Planeta Gayfolk

Arte y mirada

Las alas de Planeta Gayfolk: plumas negras, alas de oro y el peso de echar a volar

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Fotograma de «Goodbye»: un hombre avanza entre ruinas en llamas con unas enormes alas doradas encendidas a la espalda, seguido por otros con alas negras

Cuando repaso mis videoclips uno detrás de otro, hay una imagen que vuelve una y otra vez, como un estribillo que no está en ninguna letra: unas alas. Alas negras, enormes, de pluma tupida. Alas que se encienden y se vuelven de oro. Alas rojas sobre un traje de torero. Alas de pluma oscura en mitad de un desierto. Nunca lo planeé como una serie, pero al ponerlos juntos se ve. En Planeta Gayfolk la gente tiene alas, y casi nunca las usa para lo que uno espera.

Esta no es una nota sobre una sola canción. Es un paseo, más bien, por tres clips donde las alas mandan, y por lo que me dicen cuando las miro con calma. No hay aquí ángeles de estampita ni demonios de carnaval. Hay cuerpos que cargan con algo a la espalda y que, en algún momento, descubren que ese peso también puede servir para irse.

Una ciudad que arde y hombres que se van volando

El primer clip es el de «Goodbye». Salió el 7 de agosto de 2025, dura cuatro minutos y diecisiete segundos, y se puede ver en su página de vídeo. Empieza con el título escrito en neón violeta entre dos muros de piedra, con niebla al fondo y unas alas que ya asoman, y desde ese instante no deja de volar.

Lo que se ve es una huida. Un hombre con unas alas negras gigantescas avanza por galerías de arcos, por patios en ruinas, por calles de edificios destrozados. A veces corre, a veces planea a ras de suelo, a veces se eleva hasta que la cámara lo pierde entre los tejados. Hay una luna llena sobre unas ruinas. Hay fuego en las esquinas, como si la ciudad entera se estuviera quemando a su espalda. Y hay más gente con alas, cada vez más, una bandada de hombres que salen de los escombros y se lanzan detrás de él.

Me gusta mirar las alas en este vídeo porque no tienen nada de ligeras. Son negras, pesadas, se arrastran por el suelo cuando el protagonista camina. Parecen más un abrigo de luto que un instrumento para volar. Pero en cuanto se abren, ocupan todo el plano. Es como si alguien llevara años cargando con algo enorme sin saber para qué, y de pronto lo desplegara.

Hacia el final pasa algo que me emociona cada vez. Las alas de uno de ellos se encienden. Se vuelven doradas, de un oro que quema, mientras a su alrededor otros siguen con las suyas oscuras. Y luego viene el despegue: una figura que sube en vertical entre dos edificios, impulsada por una columna de luz blanca, hasta convertirse en un punto contra el cielo.

Volar a ras de suelo

Hay un detalle de «Goodbye» que tardé en apreciar: casi nadie vuela alto. Durante buena parte del clip, el protagonista planea a un palmo del suelo, con el cuerpo estirado como un nadador, mientras a los lados del pasillo arden pequeñas hogueras. Las alas le rozan las paredes. Parece que en cualquier momento va a tocar el suelo con la barbilla.

Ese vuelo bajo me parece la imagen más verdadera de todo el vídeo. Porque así es como se sale de casi todo: no con un despegue limpio hacia las nubes, sino a trompicones, pegado al suelo, esquivando escombros. Avanzas, pero todavía notas el calor del fuego en los tobillos. Todavía podrías caerte. Lo importante es que ya no estás quieto.

En otro momento, un chico de camisa blanca abre unas alas negras en lo alto de una colina, con montañas al fondo y la luz naranja del atardecer. Hay restos de un muro a su lado y algo ardiendo cerca de sus pies. Es un plano casi sereno, el único donde parece que alguien se para a respirar antes de seguir. Me gusta que el clip le dé ese segundo. No todo es huir. A veces hay que detenerse en un alto, mirar lo que queda atrás y comprobar que las alas siguen ahí.

Y luego está el pasillo de luz. Un hombre de camiseta oscura avanza hacia la cámara con unas alas doradas abiertas, por un corredor blanco tan iluminado que casi no se ven las paredes. A ambos lados, abajo, hay gente que levanta los brazos hacia él. No sé si lo despiden o lo celebran. Probablemente las dos cosas. Así son los buenos adioses: alguien se va, y los que se quedan lo empujan con las manos en alto.

La portada que no vuela

Lo curioso es que la portada de «Goodbye» no tiene ni una pluma. Es un chico en blanco y negro con los ojos cerrados, la cabeza un poco echada hacia atrás y una sola lágrima bajando por la mejilla. La palabra del título va en un rosa suave. En su ficha la describí como el momento justo después del adiós, cuando ya se ha dicho todo y queda el cuerpo procesándolo.

Cuatro fotogramas del videoclip de «Goodbye»: un hombre de alas negras vuela a ras de suelo entre llamas, otro con camisa blanca despliega sus alas sobre una montaña al atardecer, una figura alada bajo la luna llena sobre unas ruinas y un hombre con alas doradas avanza por un pasillo de luz

Entre esa portada quieta y ese vídeo desbordado cabe toda la canción. Por fuera, una lágrima. Por dentro, una ciudad en llamas y una bandada que se va. Me parece una manera bastante honesta de contar una despedida: casi nunca se ve desde fuera lo que está pasando dentro de alguien que se marcha.

La letra de «Goodbye» todavía no está publicada; su ficha dice que llegará próximamente. Así que aquí no voy a citar versos que no se pueden leer. Me quedo con lo que sí está a la vista: una cara en calma y un cielo lleno de alas.

Con pocas horas de diferencia, aquel mismo agosto, subió también el clip de «Fly Away», del mismo disco. No hace falta saber inglés para entender que esas dos canciones se miran de reojo. Una dice adiós y la otra dice vete volando.

El torero que cambia de alas

El segundo clip es el de «No te vuelvo a mirar más», y aquí las alas tienen otro carácter. Lo protagoniza un torero. En Planeta Gayfolk los toreros aparecen a menudo, siempre sin toro y sin sangre, como un símbolo de coraje con chaquetilla bordada. A este le han puesto alas, y lo bonito es que no son siempre las mismas.

Al principio, de pie frente a un mar morado, las lleva negras y abiertas, enormes, como un telón. Después le crece detrás un abanico de plumas rojas y negras que le enmarca la cara. En una estancia blanca, junto a dos jaulas doradas abiertas las alas son de un dorado tostado, mientras unas palomas salen volando de ellas. En un escenario bañado de luz azul y violeta, el plumaje es blanco, de revista, de ángel de desfile. Entre lápidas claras, lo que lleva encima ya es otra cosa: un manto de plumaje rojo que le cuelga de los hombros.

Cada estrofa, un plumaje. Es como si el personaje fuera probándose alas igual que uno se prueba trajes, buscando cuál le sirve para salir de donde está. La canción habla de cerrar una puerta a alguien que ha hecho daño, y el vídeo lo cuenta así: con un cuerpo que no deja de mudar de piel.

Este vídeo, que llegó a YouTube un miércoles de finales de julio de 2025 y no llega a los tres minutos y medio, se puede ver en su página. El final sucede en una sala circular y abandonada, con un techo acristalado por el que entra la luz. Llueven plumas, como copos de nieve, y el torero se queda de pie en el centro, solo. Ya casi no tiene alas. No le hacen falta. Hay un verso de la letra que me viene a la cabeza cada vez que veo ese plano: «yo ya no me escondo».

Un desierto de televisores

El tercer clip es el de «Tangled Light», del disco «El día de la liberación». Salió el 21 de noviembre de 2025, dura tres minutos y cuarenta y uno, y está en su página de vídeo. Es un vídeo lleno de rarezas: un salón bajo el agua con humo rosa, azoteas con humo de colores, pasillos de corazones, un disco gigante como pista de baile.

Collage con un detalle de la carátula de «Goodbye», un chico en blanco y negro con una lágrima, y las carátulas de «No te vuelvo a mirar más», «Tangled Light» y «Fly Away»

Las alas aparecen en un lugar que me parece de los más extraños de todo el planeta. Un desierto de arena clara, con montañas al fondo y polvo en el aire, sembrado de televisores antiguos, de esos de tubo, color crema, colocados en filas sobre la arena. Algunos tienen piernas, como si fueran figuras con una pantalla por cabeza. Y en medio, una figura con un abrigo de plumas negras que se abre como unas alas, de pie, quieta, mirando a cámara.

No vuela. Esa es la gracia. Es la única de las tres que no despega. Está ahí, entre cientos de pantallas apagadas, con sus plumas oscuras, como una presencia que se niega a ser una imagen más. Si en «Goodbye» las alas sirven para huir y en «No te vuelvo a mirar más» para cambiar, aquí sirven para quedarse en pie en medio de todo lo que mira y no ve.

Me hace pensar en todo lo que se dice de nosotros desde una pantalla. En la cantidad de veces que alguien te observa sin verte. Esa figura de plumas en el desierto no responde a ninguna de esas miradas. Simplemente está.

Quitarse las alas

En la última parte del clip del torero hay un gesto que se me escapó las primeras veces. Bajo esa luz que entra por el techo acristalado, el personaje ya no lleva alas a la espalda. Lleva un manojo de plumas rojas en la mano, colgando junto a la pierna, como quien sostiene un ramo después de una fiesta. Las alas, al final, se pueden quitar.

Eso también me parece importante. Las alas sirven para salir, pero no tienes que llevarlas puestas el resto de tu vida. Llega un día en que ya no estás huyendo de nada, y entonces lo que te sacó volando se convierte en un recuerdo que puedes sostener, mirar, incluso regalar. No lo tiras. Pero ya no te define.

Durante mucho tiempo pensé que, si algún día conseguía alejarme de lo que me hacía daño, iba a quedarme para siempre en modo huida, con las alas tensas, preparado para salir corriendo otra vez. Ese plano final me dice otra cosa. Que se puede llegar a un sitio con luz, quedarse de pie en el centro y soltar los brazos.

La noche en el planeta

Si cierro los ojos e intento imaginar Planeta Gayfolk de noche, me aparecen estas alas. Una ciudad con los tejados rotos y una luna enorme. Figuras que cruzan el cielo sin hacer ruido. En la plaza, alguien con un traje de luces que se sacude plumas del hombro. Lejos, en el desierto, una silueta de plumaje negro que vigila entre televisores que ya nadie enciende.

No es una noche triste. Es una noche de gente que se ha ido de algún sitio y se ha encontrado en otro. Hay fuego, sí, pero es el fuego de lo que ya no hace falta. Hay humo rosa saliendo de una boca en un salón inundado. Hay corazones colgando del techo de un pasillo. Hay un disco que gira como una pista de baile para quien quiera bailar.

En esa noche nadie pregunta de dónde vienes ni qué te hicieron. Basta con ver tus alas para saberlo. Las negras cuentan que has atravesado algo. Las doradas, que lo estás dejando atrás. Las blancas, que hoy te apetece brillar sobre un escenario. Y las que ya no llevas, las que tienes en la mano, que has llegado.

Lo que pesa una pluma

Hay algo que se repite en los tres clips y que tardé en ver. Las alas casi nunca son ligeras. Se arrastran, ocupan sitio, estorban en los pasillos estrechos, se enganchan con las cosas. En «Goodbye», el protagonista tiene que caminar encorvado bajo arcos demasiado bajos para su envergadura. El torero de «No te vuelvo a mirar más» lleva unas alas tan grandes que tapan medio decorado. La figura de «Tangled Light» parece hundirse un poco en la arena con su abrigo de pluma.

Collage del Planeta Gayfolk con una foto real de Mike Sain't Louis con gorra y cuatro fotogramas con alas: una figura de plumas negras en un desierto de televisores de «Tangled Light» y el torero de «No te vuelvo a mirar más» con plumas rojas, con alas doradas junto al mar y con alas blancas sobre un escenario

Pienso a menudo en eso. En que lo que te permite salir de un sitio suele ser lo mismo que te pesaba mientras estabas dentro. La sensibilidad que te hacía sufrir es la que luego te deja escribir. La memoria que no te dejaba dormir es la que, ordenada, se convierte en canción. Las alas no aparecen el día que te vas. Llevaban ahí todo el tiempo, plegadas, haciendo bulto.

En Planeta Gayfolk eso tiene un nombre muy sencillo: pluma. Tener pluma, que se te note la pluma, soltar pluma. Durante mucho tiempo fue un insulto, algo que esconder en el colegio y en la oficina. Me divierte que en mis videoclips la pluma sea literal, enorme, negra, roja, dorada, y que sirva precisamente para escapar. La misma palabra que te señalaba termina siendo lo que te saca volando.

Alas negras, alas de oro

El color de las alas también cuenta su propia historia. En los tres clips mandan las negras. No las leo como alas de demonio. Son alas de duelo, de noche, de algo que se ha quemado. Son las que tiene uno cuando sale de un sitio donde le han hecho daño: oscuras, tiznadas, con olor a humo.

Por eso me gusta tanto ese momento de «Goodbye» en el que unas alas se vuelven de oro. No cambian de forma, ni de tamaño. Solo se encienden. Lo que antes era carbón ahora es luz. Y a su alrededor siguen las negras, porque no todo el mundo se enciende a la vez, ni hace falta. Cada uno despega a su ritmo.

En el vídeo del torero pasa algo parecido, pero con todos los colores del armario: negro, rojo, ocre, blanco, dorado. Es la versión más gayfolk de la idea. No hay un solo plumaje correcto para salir de una historia. Hay que ir probando.

Las mías

Ya que hablo de cargar con algo a la espalda, me toca decir de dónde salen estas imágenes, con pocas palabras y sin señalar a nadie. Dos relaciones con personas narcisistas me ocuparon dos décadas enteras. Cuando por fin se vio lo que eran, consiguieron que parte de la gente que yo quería se pusiera en mi contra. Salí de ahí con mucho peso: un diagnóstico de estrés postraumático, una depresión mayor grave, fobia social, un trastorno de la personalidad por evitación, ansiedad. A día de hoy me tratan una psiquiatra y un equipo de psicología, y voy mejorando.

No cuento esto para dar pena. Lo cuento porque las canciones fueron mi forma de explicar mi versión, y los videoclips, mi forma de imaginar la salida. Cuando veo a esos hombres con alas negras escapando de una ciudad que arde, no veo una película de fantasía. Veo algo muy parecido a lo que sentí al marcharme: el peso, el humo, la sensación de que todo se quema detrás y de que, sin embargo, algo empuja hacia arriba.

Si estás cargando con algo así y te cuesta respirar, no tienes que hacerlo a solas. En España existe un teléfono, el 024, que es gratuito, funciona las veinticuatro horas y está pensado justo para eso: para que alguien te escuche cuando todo pesa demasiado. También ayuda decírselo a alguien de confianza o al médico de cabecera. Salir no es instantáneo. Pero las alas, te lo prometo, están.

Una bandada

Hay un plano de «Goodbye» que es mi favorito de todo el vídeo. No es el despegue final ni las alas de oro. Es uno en el que el protagonista corre por una calle destrozada, entre rocas y polvo, y de pronto, por encima de él, aparecen otros dos con alas negras, volando en la misma dirección. No se dicen nada. No se miran. Solo van juntos.

Ficha de «Goodbye» con su carátula, del segundo volumen GAYFOLK «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»: letra y producción de Mike Sain't Louis

Me parece la imagen más parecida a lo que es para mí Planeta Gayfolk. No un sitio al que se llega solo, sino una dirección hacia la que va mucha gente a la vez, cada uno con su peso, cada uno con sus plumas. Quien quiera saber más sobre ese lugar inventado tiene la explicación en «Por qué Planeta Gayfolk».

En «Goodbye» la bandada crece hasta llenar el cielo de siluetas. En «No te vuelvo a mirar más» el torero está solo, pero el clip termina con plumas que caen como si alguien acabara de pasar volando. En «Tangled Light» la figura de pluma negra se queda en pie entre pantallas, y uno tiene la sensación de que no es la primera ni será la última en plantarse allí.

Para mirarlas con calma

Si quieres hacer este paseo por tu cuenta, te propongo un orden. Empieza por «Tangled Light» y quédate con la figura quieta del desierto: las alas como forma de estar. Sigue con «No te vuelvo a mirar más» y cuenta cuántas veces cambia de plumaje el torero: las alas como forma de cambiar. Termina con «Goodbye» y espera al momento del oro: las alas como forma de irse.

Las tres canciones, y el resto del catálogo, se pueden escuchar y descargar gratis desde la tienda de Planeta Gayfolk. «Goodbye» y «No te vuelvo a mirar más» comparten disco, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que es la parte central de la trilogía; «Tangled Light» pertenece al cierre. Si prefieres una plataforma, «Goodbye» también te espera en Spotify.

Todas tienen la misma firma. Soy Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical, con la música y la interpretación vocal hechas con IA, y los videoclips son el sitio donde dejo que mis personajes hagan lo que yo, de momento, solo hago por escrito. Para periodistas y curiosos hay material, fotos y datos en prensa.

La última pluma

Cierro con una imagen pequeña. En el final de «No te vuelvo a mirar más», mientras el torero se queda quieto bajo la cúpula, caen plumas claras despacio delante de la cámara. Nadie las recoge. Nadie las sigue con la mirada. Simplemente bajan.

Me gusta pensar que esas plumas son de alguien que acaba de irse. Que en Planeta Gayfolk, cuando una persona por fin despega, deja caer una pluma para que los que vienen detrás sepan que se puede. Que el peso que llevabas a la espalda no era un castigo. Era el equipaje para volar.

Preguntas frecuentes

¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis salen alas?

En muchos. Esta nota se centra en tres: «Goodbye», donde hombres con alas negras huyen volando de una ciudad en llamas; «No te vuelvo a mirar más», con un torero que cambia de alas en cada escena; y «Tangled Light», con una figura de plumas oscuras en un desierto lleno de televisores.

¿Cuándo salió el videoclip de «Goodbye»?

El 7 de agosto de 2025, con cuatro minutos y diecisiete de duración. Pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco que ocupa el centro de la trilogía GAYFOLK.

¿Tiene letra publicada «Goodbye»?

Todavía no: su ficha indica que la letra estará disponible próximamente. Por eso esta nota habla de su videoclip y de su portada, sin citar versos.

¿Por qué tantas alas?

En el planeta, las alas no son de ángel ni de demonio. Son una forma de contar salidas: de una relación, de una ciudad, de una época. Pesan, se arrastran, arden, y a veces sirven para despegar.

¿Quién firma estas canciones?

Las firma Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», que escribe las letras, compone y produce; la música y la interpretación vocal están hechas con IA. El catálogo completo se descarga gratis en la tienda de gayfolkplanet.com.

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