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Levantar los tejados: el Diablo Cojuelo, el catalejo de La Regenta y el edificio sin fachada, leídos con «La vecina cotilla»

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Fotograma del videoclip de «La vecina cotilla»: la silueta de una cabra sobre el tejado de una casa recortada contra un cielo rosa

Hay una fantasía muy antigua que casi todo el mundo ha tenido alguna vez, mirando un edificio de noche: quitarle la fachada y ver qué pasa dentro de cada piso. Quién cena solo, quién discute, quién baila en calzoncillos con la persiana medio subida. La literatura española la tuvo por escrito hace casi cuatro siglos, cuando un diablillo cojo subió a un estudiante a lo alto de una torre de Madrid y levantó los tejados de la ciudad como quien levanta la tapa de un pastel.

«La vecina cotilla» es la versión pop, camp y descaradamente cachonda de esa misma fantasía. Su protagonista no necesita ningún diablo. Le basta una ventana, un vecino de enfrente y muchas ganas:

Me he convertido en la vecina cotilla,

Este tío me pone, soy la vecina cotilla

El diario ya le ha dedicado a la canción un elogio del visillo y unas notas de escucha. Esta entrada sigue otro hilo: el de la literatura que se asoma a las casas ajenas. Del Diablo Cojuelo al catalejo de un canónigo de provincias, del qué dirán de Bernarda Alba a un edificio de tebeo sin fachada y una novela francesa construida como un rompecabezas. Una tradición larguísima de mirones con la que la canción, sin proponérselo, entra en diálogo.

Una redoma en un desván

En 1641 se publicó en Madrid «El Diablo Cojuelo», de Luis Vélez de Guevara, un dramaturgo andaluz que había escrito decenas de comedias y que esta vez se pasó a la prosa. Vélez de Guevara había nacido en Écija en 1579 y era uno de los autores de teatro más populares de su tiempo, contemporáneo de Lope de Vega y de Calderón. Su obra más recordada en los escenarios es «Reinar después de morir», sobre la leyenda de Inés de Castro, la amante del príncipe Pedro de Portugal coronada después de muerta. Pasó buena parte de su vida en Madrid al servicio de nobles y de la corte, con problemas de dinero casi constantes, y conocía la ciudad como la palma de su mano. Esa experiencia está en cada página del libro: sus calles, sus mesones, sus personajes y sus vicios.

El propio autor avisa en el prólogo de que no lo divide en capítulos, sino en «trancos», que es como decir zancadas, porque el protagonista es cojo y avanza a saltos.

La historia empieza a las once de la noche de un día de finales de julio. Un estudiante, don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, huye por los tejados de la justicia, que le persigue por un asunto de faldas del que jura no ser culpable. Salta a la buhardilla de una casa y cae en el desván de un astrólogo, lleno de papeles, esferas y compases. Entre los trastos oye un suspiro. Sale de una redoma de cristal, donde el astrólogo tiene encerrado a un demonio.

Don Cleofás le pregunta si es Lucifer, Satanás o Belcebú, y el diablo contesta que no, que esos son demonios para otras clientelas. Él es más menudo, aunque se mete en todo. Y se presenta con una lista que es una delicia y que, leída hoy, tiene mucho que ver con cualquier patio de vecinos: dice ser las pulgas del infierno, el chisme, el enredo, la usura. También presume de haber traído al mundo la zarabanda, la chacona y un montón de bailes y juegos populares. Es, en pocas palabras, el diablo de la fiesta y del cotilleo. Se llama el Diablo Cojuelo porque fue el primero en caer cuando los ángeles se rebelaron, y los demás le cayeron encima.

El pastelón de Madrid

Don Cleofás rompe la redoma con un cuadrante. El diablillo sale convertido en un hombrecillo con muletas, feísimo, y para pagar el favor se lleva al estudiante volando hasta lo alto de la torre de la iglesia de San Salvador, que entonces era la atalaya más alta de Madrid. Da la una de la madrugada. Y entonces viene la escena por la que el libro es famoso.

Fotogramas del videoclip oficial de «La vecina cotilla», de Mike Sain't Louis

Con su arte diabólica, el Cojuelo levanta los techos de los edificios, «lo hojaldrado», y deja a la vista «la carne del pastelón de Madrid». La comparación es perfecta: la ciudad es un pastel de carne, y los tejados son la masa de hojaldre que tapa el relleno. Como hace calor, añade el narrador, las casas tienen menos celosías que de costumbre, y se ve todo.

Lo que se ve es un desfile de vidas pequeñas contado con una malicia magnífica. Un grupo de señores cenando a deshoras. Un presumido que duerme con bigotera y papelitos en el pelo. Dos enfermos que se han purgado juntos y discuten a almohadazos. Dos ladrones que entran en casa de un rico y descubren que el rico duerme dentro del saco de su dinero. Un alquimista que lleva diez años intentando fabricar oro en un sótano. Un matrimonio tan aficionado a su coche que vive dentro de él. Un caballero que, al desnudarse, se quita la peluca, la nariz postiza, el bigote falso y un brazo de palo. Un mentiroso con pesadillas porque sueña que dice la verdad.

Y, entre todos, la dama de don Cleofás, la que él creía una santa, abriendo la puerta en enaguas a otro. El estudiante quiere bajar a matarla a coces; el diablo le calma y le informa de que la señora tiene ochenta galanes más repartidos por horas. Al amanecer, el Cojuelo vuelve a poner la tapa al pastelón y bajan a la calle. Ver lo de dentro tiene un precio: a veces lo que se ve es a uno mismo haciendo el ridículo.

Una calle llena de espejos

El libro tiene otra escena que encaja de maravilla con el planeta. Por la mañana, el diablo lleva a don Cleofás por una calle estrecha llena de espejos a ambos lados, donde damas y caballeros presumidos ensayan gestos: la boquita, los ojos entornados, la postura de los dedos. Es la calle de los Gestos, dice el Cojuelo, y allí viene la gente de la corte a elegir la cara con la que va a salir ese día.

Casi cuatrocientos años antes del selfi, Vélez de Guevara ya se burlaba de quien ensaya delante del espejo la cara que va a enseñar. La sátira barroca es muy dura con los «lindos», los hombres presumidos y acicalados de la época, que eran blanco de bromas por no ajustarse a lo que se esperaba de un varón. Leída hoy, esa burla tiene un regusto incómodo, porque muchas de aquellas bromas iban dirigidas a hombres con pluma. Pero también deja constancia de que existían, de que se arreglaban y de que salían a la calle.

Conviene recordar desde dónde mira el Cojuelo. La torre de San Salvador estaba en la calle Mayor, en pleno centro del Madrid de los Austrias, cerca de lo que hoy es la plaza de la Villa. Era el mirador perfecto: desde allí se dominaba la ciudad entera, de los palacios a las corralas. La iglesia se derribó en el siglo XIX, pero la escena sobrevive en el libro, y cualquiera que pasee hoy por esa zona puede jugar a imaginarse arriba, junto al diablillo, a la una de la madrugada.

Asmodeo se va a París

La idea del diablo que levanta los tejados tuvo tanto éxito que cruzó los Pirineos. En 1707 el escritor francés Alain-René Lesage publicó «Le Diable boiteux», una adaptación libre de la novela de Vélez de Guevara. Mantuvo el escenario en Madrid y al estudiante don Cleofás, pero el diablo pasó a llamarse Asmodeo, como el demonio del libro de Tobías. El libro fue un gran éxito en Francia y se reeditó y amplió durante décadas.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Cuando se asoma a la ventana ¡yo ya no me ubico!» de «La vecina cotilla»

Gracias a Lesage, la imagen del diablo que destapa las casas se convirtió en un tópico europeo. Durante el siglo XIX aparecieron por todas partes periódicos satíricos, columnas y libros de costumbres que se titulaban con su nombre o con el de Asmodeo, y que prometían al lector lo mismo que el Cojuelo a don Cleofás: contar lo que pasa dentro de las casas de la ciudad.

Es curioso cómo funciona esa promesa. El lector se pone en el lugar del estudiante, en lo alto de la torre, con un guía que se lo enseña todo. Mirar se convierte en un privilegio, y la ciudad entera en un espectáculo. Es exactamente la posición de la protagonista de «La vecina cotilla», pero sin diablo: la ventana hace de torre y el deseo hace de guía.

El catalejo del canónigo

Dos siglos y medio después del Cojuelo, otro personaje subió a otra torre para mirar una ciudad desde arriba. «La Regenta», de Leopoldo Alas, Clarín, publicada en dos tomos en 1884 y 1885, empieza con una frase célebre: la heroica ciudad dormía la siesta. La ciudad es Vetusta, trasunto de Oviedo, y el primer capítulo nos lleva a la torre de la catedral, donde el canónigo don Fermín de Pas saca un catalejo y se pone a observarla barrio por barrio.

No mira el paisaje. Mira a la gente. Examina el barrio viejo de la Encimada, donde vive la aristocracia venida a menos, y el barrio nuevo de la Colonia, el de los indianos ricos. Calcula influencias, recuerda pecados confesados, mide su poder sobre cada casa. Clarín lo resume en una frase que se ha citado mil veces: Vetusta era su pasión y su presa.

Es la cara oscura del mirón. El Cojuelo mira por diversión y por malicia; don Fermín mira para controlar. En «La Regenta», mirar a los demás es una forma de dominio, y toda la novela está hecha de miradas: la de los vecinos que vigilan a Ana Ozores, la de los hombres que la desean, la del propio don Fermín, que la convierte en su obsesión. Vetusta es una ciudad en la que todo el mundo se observa y nadie es libre, y la novela es, en buena medida, el retrato de lo que ese escrutinio constante hace con una mujer.

Bernarda y el qué dirán

Si hay una obra española en la que la mirada de los vecinos pesa como una losa es «La casa de Bernarda Alba», que Federico García Lorca terminó en junio de 1936, dos meses antes de que lo asesinaran. No llegó a verla representada; se estrenó en Buenos Aires en 1945.

En el drama, la madre impone a sus cinco hijas un luto de ocho años tras la muerte del marido. La casa se convierte en una cárcel, y su carcelero principal no es una persona, sino una idea: el qué dirán. Bernarda vive pendiente de lo que piensen los vecinos, de lo que se cuente en el pueblo, de la honra que hay que mantener a cualquier precio. Las ventanas, que en «La vecina cotilla» sirven para mirar con deseo, en la casa de Bernarda sirven para ser vigiladas. Las hijas se asoman a escondidas para ver pasar a los hombres que vuelven del campo. La criada lo sabe todo y lo cuenta a medias.

El final de la obra es una lección terrible sobre el precio del silencio impuesto. Bernarda exige que nadie hable, que todo se quede dentro de las cuatro paredes. Para una generación de lectores LGTBI, el drama de Lorca, que vivió su homosexualidad en una España que la castigaba, ha sido siempre algo más que una tragedia rural: el retrato de una casa en la que el deseo existe, pero no se puede nombrar, porque alguien está mirando.

La canción de Mike le da la vuelta a esa escena con humor. La vecina cotilla no vigila para juzgar, sino para disfrutar. No quiere que nadie se calle. Lo que quiere es que el vecino de enfrente se asome otra vez.

El edificio sin fachada

En el siglo XX, la fantasía del Cojuelo encontró su forma más popular en un tebeo. El 6 de marzo de 1961, en el primer número de la segunda época de la revista Tío Vivo, Francisco Ibáñez publicó la primera página de «13, Rue del Percebe». La idea era tan simple como genial: un edificio de vecinos dibujado sin fachada, con todos los pisos a la vista a la vez, y en cada piso un chiste distinto.

Collage con un detalle de la carátula de «La vecina cotilla» y las carátulas de «Entre cuatro paredes», «Madrid to Benidorm», «Mi Novio De Albacete»

Abajo, el colmado de don Senén, un tendero que engaña con el peso, y una alcantarilla donde vive un señor que discute con las ratas. Una consulta de veterinario desastroso, una pensión abarrotada, una señora que colecciona animales imposibles, un científico loco que fabrica monstruos que le salen buenazos, un ladrón que roba cosas absurdas, una familia de niños terribles y, en la buhardilla, un pintor moroso que huye de los acreedores. Y en la portería, por supuesto, la portera cotilla, con su moño y su escoba, que lo sabe todo de todos.

Ibáñez no inventó el recurso de la casa cortada por la mitad, que ya habían usado otros dibujantes de forma puntual, pero lo convirtió en una serie fija. Cada página se podía leer en el orden que uno quisiera, saltando de piso en piso, como hacía el Cojuelo desde la torre. Según se cuenta, a la censura franquista le molestó el científico que creaba vida, e Ibáñez lo mudó del edificio con una despedida irónica. El dibujante acabó harto de aquella cuadrícula tan rígida, pero el edificio sin fachada se quedó en la memoria de varias generaciones. Las comedias de vecinos de la televisión española de los años dos mil le deben mucho, aunque sus autores lo hayan negado en ocasiones.

Un rompecabezas en París

Casi al mismo tiempo, un escritor francés tuvo la misma fantasía y la llevó al extremo. Georges Perec, miembro del grupo Oulipo, aficionado a los juegos de palabras y a las reglas imposibles, publicó en 1978 «La vida instrucciones de uso», que ganó ese año el premio Médicis. En un libro anterior, «Especies de espacios», de 1974, había descrito la idea: imaginar un inmueble parisino cuya fachada ha desaparecido, de modo que desde el entresuelo hasta las buhardillas todas las habitaciones sean visibles a la vez.

Perec reconoció como una de sus fuentes un dibujo de Saul Steinberg publicado en 1952, en el que se ve un edificio al que le falta parte de la fachada. La novela describe una a una las habitaciones de un edificio imaginario en el número 11 de la calle Simon-Crubellier, todas en el mismo instante: el 23 de junio de 1975, poco antes de las ocho de la tarde. El orden de los capítulos sigue el salto del caballo de ajedrez sobre una cuadrícula de diez por diez, y por esas habitaciones pasan más de mil personajes y más de cien historias.

Si el Cojuelo levantaba los tejados para reírse, y don Fermín miraba para dominar, Perec mira para inventariar: para dejar constancia de cada objeto, cada mueble, cada vida. Hay algo tierno en esa obsesión. Al final, lo que muestra el edificio sin fachada es que detrás de cada ventana hay una novela entera.

La ventana como escenario

Todos estos mirones tienen algo en común: necesitan una barrera que separe al que mira del que es mirado. Una torre, un catalejo, una fachada que desaparece solo para el lector. La vecina cotilla de la canción tiene la suya: la ventana.

Ficha de la canción «La vecina cotilla» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Cuando se asoma a la ventana ¡yo ya no me ubico!

La letra convierte la ventana en un escenario y al vecino en un espectáculo. Sale con sus pantalones cortos de hacer deporte, se pone el pijama, baja a la calle. Ella, o él, porque en el planeta la vecina cotilla es un papel que puede hacer cualquiera, se pone la canción e imagina que bailan despacito. Es la misma escena que vio don Cleofás desde la torre de San Salvador, pero sin desengaño: lo que hay al otro lado no es una dama infiel, sino un chico guapo y tatuado que ni siquiera sabe que tiene público.

Hay una diferencia importante con los mirones literarios. El Cojuelo, Asmodeo, don Fermín y la portera de Ibáñez miran para saber, para juzgar o para contar. La vecina cotilla mira porque desea, y lo confiesa sin ningún pudor. En lugar de esconder su mirada, la proclama a los cuatro vientos y se ríe de sí misma:

Estas cosas sólo las haría una chiquilla

Es una forma de mirar que convierte el cotilleo, tradicionalmente asociado a la crítica y al control, en un juego de deseo. Y es una mirada queer, en el sentido más literal: el deseo de un hombre por otro hombre, contado por una vecina de toda la vida, con delantal imaginario y codo apoyado en el alféizar.

Mirar sin hacer daño

Toda esta tradición deja también una advertencia, y conviene decirla claramente en una entrada que juega con el cotilleo. Mirar por la ventana y fantasear con el vecino es un juego cuando se queda en la fantasía. Grabar, fotografiar o difundir lo que otra persona hace en su casa sin su permiso no lo es: vulnera su intimidad, puede ser delito y, para muchas personas LGTBI, ha sido históricamente una forma de acoso y de exposición forzada. La vecina cotilla de la canción no saca el móvil; se pone una canción y se lo imagina todo. Esa es la frontera.

Y hay otra advertencia que nos deja Bernarda Alba. Vivir pendiente de lo que dirán los de enfrente encierra a la gente. Muchas personas del colectivo han crecido en casas, barrios o pueblos donde cada ventana parecía un ojo, y donde salir del armario significaba exponerse a esa mirada. Que una canción convierta a la vecina vigilante en una vecina deseante, divertida y sin vergüenza, es una pequeña venganza contra todos esos visillos.

Vecinos del planeta

El edificio de Mike tiene muchos vecinos. En «Entre cuatro paredes», la casa es un espacio cerrado del que hay que salir. Madrid, la ciudad del Cojuelo, aparece una y otra vez en el catálogo, como recuerda el diario en Madrid y Chueca en las canciones y en el planeta según Madrid, y tiene su propia página en la sección de Madrid. Si don Cleofás subiera hoy a la torre de San Salvador, que por cierto ya no existe, vería desde arriba unos cuantos balcones con banderas arcoíris y alguna que otra vecina cotilla con la canción puesta.

Notas para escucharla

«La vecina cotilla» forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK. Se puede escuchar en Spotify y ver en el videoclip oficial, lleno de tejados, cielos rosas, una cabra que pasea por encima de las casas como si fuera el mismísimo Cojuelo, un salón con una cascada morada y un hombre que hace ejercicio en una azotea con toda la ciudad a sus pies. La información sobre su autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, está en la página de prensa.

Una propuesta para escucharla: una noche de verano, con la ventana abierta y la luz apagada. Mira el edificio de enfrente sin prisa, como si fueras don Cleofás en lo alto de la torre. Imagina que alguien levanta los tejados. Cuenta cuántas vidas caben en una fachada. Y luego pon la canción, apoya el codo en el alféizar y conviértete, durante tres minutos, en la vecina cotilla del barrio. Sin móvil y sin juicio. Solo con ganas.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata El Diablo Cojuelo?

Es una novela corta de Luis Vélez de Guevara publicada en Madrid en 1641. Un estudiante, don Cleofás, libera a un diablillo cojo encerrado en una redoma por un astrólogo. En agradecimiento, el diablo lo sube a la torre de la iglesia de San Salvador y levanta los tejados de la ciudad para mostrarle lo que pasa dentro de cada casa a la una de la madrugada. Luego recorren Madrid, Toledo y Andalucía en una sátira de las costumbres de la época.

¿Qué relación tiene El Diablo Cojuelo con Lesage?

El escritor francés Alain-René Lesage publicó en 1707 «Le Diable boiteux», una adaptación libre de la novela de Vélez de Guevara en la que el diablo se llama Asmodeo. Tuvo un enorme éxito en Francia y convirtió la imagen del diablo que levanta los tejados en un tópico europeo.

¿Qué hace don Fermín de Pas con el catalejo en La Regenta?

En el primer capítulo de la novela de Clarín, publicada en 1884 y 1885, el canónigo don Fermín de Pas sube a la torre de la catedral de Vetusta y observa la ciudad con un catalejo, barrio por barrio. La escena define al personaje: Vetusta es, según el narrador, su pasión y su presa, y mirarla desde arriba es una forma de dominarla.

¿Qué es 13, Rue del Percebe?

Es una serie de historietas de Francisco Ibáñez que empezó a publicarse el 6 de marzo de 1961 en la revista Tío Vivo. Cada página muestra un edificio sin fachada, con todos sus pisos a la vista, y los vecinos viven a la vez sus propios chistes: el tendero tramposo, el ladrón, el moroso de la buhardilla y la portera cotilla.

¿De qué trata «La vecina cotilla»?

Es una canción de humor de Mike Sain't Louis, del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», sobre alguien que se vuelve loco por el vecino de enfrente y acaba convertido, sin remedio, en la vecina cotilla del barrio. La letra juega con la ventana, el pijama del vecino y la espera hasta las diez.

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