Planeta Gayfolk

Madrid

Carta de una taberna con rótulo de los cincuenta: «Licores modernos», copa a copa

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Portada de «Licores Modernos», canción de Mike Sain't Louis

Llueve.

Fuera, la calle brilla como un charco de aceite y las farolas se reflejan en el asfalto en manchas amarillas. Dentro, el cristal está empañado y alguien ha dibujado con el dedo, hace un rato, algo que ya no se lee. Hay estanterías de madera hasta el techo llenas de botellas, una lámpara colgante de luz cálida que se mueve un poco cada vez que se abre la puerta, y un vaso servido sobre la barra.

Y en primer plano, un chico con la camisa abierta, los tatuajes a la vista y cara de ir por la segunda copa. Sin prisa ninguna por irse.

Encima de todo, con letras de cartel antiguo, como el rótulo de un anuncio de bebidas de 1955: «Licores modernos».

Y ahí está el chiste. El letrero dice «modernos». Todo lo demás huele a madera vieja, a serrín en el suelo y a taberna de toda la vida, de las que tienen un calendario de una cerrajería colgado detrás de la caja registradora desde hace veinte años.

La letra de la canción todavía no está publicada (sale como «próximamente» en su página de letras), así que aquí no hay versos que citar. Hay una barra, una tarde de lluvia y una pregunta muy de este planeta: qué es exactamente un licor moderno en un bar que no ha cambiado los azulejos desde la Transición.

Para averiguarlo, el planeta se sienta en un taburete, apoya el codo en la barra y hace lo que se hace en estos sitios. Pide la carta. Aunque no haya carta. Aunque la carta sea el camarero.

Primera copa: el anís del mono

Toda taberna de antes tiene en la estantería una botella de anís con un mono en la etiqueta. Es tan de la casa como el palillero.

El Anís del Mono se empezó a destilar en Badalona en 1870, y su etiqueta es una de las imágenes más raras de la historia de la publicidad española: un mono con cara de señor barbudo que sostiene un pergamino. Mucha gente ha dicho siempre que la cara es una caricatura de Darwin, que por aquellos años andaba escandalizando a medio mundo con lo de que veníamos del mono. La botella tiene además esas facetas en relieve, como un diamante tallado, que en las casas de los pueblos se usaba para rascarla con una cuchara y hacer ruido en Navidad, como si fuera una zambomba.

Es decir: en la estantería de cualquier bar de España hay un instrumento de percusión con la cara de Darwin.

Si esa no es la definición de un licor moderno, que venga alguien y lo explique.

Segunda copa: «es cosa de hombres»

La segunda botella de la estantería es la que más gracia le hace al planeta, y no precisamente por el sabor.

En los anuncios de la tele de los setenta y ochenta había un brandy cuyo eslogan se repetía en todas las casas: «Soberano, es cosa de hombres». Salían señores muy serios, muy de bigote, muy de caballo y de cortijo, bebiendo una copa de coñac con la mirada perdida en el horizonte, como si estuvieran decidiendo el futuro de la patria. Lo de «cosa de hombres» era una frase que lo explicaba todo: había bebidas de señoras, como el licor de café o el anís dulce de las meriendas, y había bebidas de machos.

Ahora pon al chico de la portada en ese anuncio. Camisa abierta, tatuajes, mirada lánguida de segunda copa en un bar con lluvia. Bebiendo de un vaso que podría ser perfectamente un brandy.

¿Es cosa de hombres? Pues sí, cariño. Pero no de los hombres que tenía en mente el publicista.

Ahí está, quizá, el primer licor moderno de la carta. No el que cambia de sabor, sino el que cambia de quién lo bebe.

Tercera copa: el sol y sombra

En las tabernas de antes, a las ocho de la mañana, los obreros de la obra de enfrente pedían un «sol y sombra». Mitad coñac, mitad anís, en un vaso pequeño. Para entrar en calor. Para empezar el día. Para aguantar el andamio.

Es una bebida que lleva la dualidad en el nombre. El sol y la sombra. Lo seco y lo dulce. Lo claro y lo oscuro. Lo que se enseña y lo que se esconde.

Y mira tú por dónde, esa dualidad es la historia de muchos hombres que se sentaban en esas mismas barras. El albañil casado que por la noche iba a otro bar, a otro barrio. El señor de la boina que miraba de reojo al camarero joven. La vida en dos mitades, como el vaso: sol en casa, sombra en la calle de atrás.

El chico de la portada, en cambio, bebe a la vista. Con la camisa abierta. Con el ventanal empañado, sí, pero no por esconderse, sino por la lluvia. Su sol y sombra está mezclado en el mismo vaso, y no tiene ninguna intención de separarlo.

Cuarta copa: el carajillo

Café, un chorro de coñac o de ron, y en algunos sitios se quema el licor con una cucharilla para que se evapore el alcohol y quede el aroma. El carajillo es la bebida del bar español por excelencia, la que se pide después de comer con un «ponme un carajillo, anda» que es casi una contraseña.

Fotogramas del videoclip oficial de «Licores modernos», de Mike Sain't Louis

Tiene una virtud que lo hace muy del planeta: es una mezcla de lo cotidiano con lo prohibido. El café es lo de todos los días, lo de la oficina, lo del desayuno con tostada. El chorrito es el pecado. Y juntos son lo que se toma un martes a las cuatro de la tarde sin que nadie te juzgue.

Así funcionan muchas canciones del catálogo de Mike Sain't Louis. Un ticket del súper con un drama dentro. Un estado de WhatsApp con una herida. Una ruptura contada como si fuera la lista de la compra. Café con chorrito.

Y la portada de «Licores modernos» tiene esa misma temperatura. Una escena de bar normal con algo dentro que quema.

Quinta copa: el pacharán de la abuela

En el norte, en Navarra sobre todo, hay casas donde se hace pacharán. Endrinas del monte, anís, una botella grande y meses de paciencia en la despensa, hasta que el líquido se pone de un color rojo oscuro, como de rubí barato, y se sirve en vasitos de cristal tallado después de las comidas de domingo.

El pacharán casero es la bebida de las abuelas. De las que te ponían un vasito «para el estómago» y luego te contaban cosas que tu madre no sabía que sabías. Esta copa va por ellas. Por las que no preguntaban. Por las que te servían otro vasito cuando volvías triste de la ciudad y no decían nada, solo te miraban.

En la estantería de la portada no se ve ninguna botella casera. Pero en todas las barras de antes había una, sin etiqueta, que el camarero sacaba solo para los de confianza.

Esa es la copa que pide el planeta cuando ya no le queda nada que decir.

Sexta copa: la botella plateada

En muchas estanterías de bar, al fondo, brilla una botella plateada con forma de licorera. Es el Ponche Caballero, de El Puerto de Santa María, y es una de esas bebidas que todo el mundo ha visto y casi nadie ha probado. Está ahí como un adorno, como el busto de un señor en el recibidor de una casa de abogados.

Al planeta le encanta esa botella porque es pura pose. Plateada, reluciente, con forma de objeto de lujo, en una estantería de madera vieja entre el anís y el coñac de garrafón. Es la que lleva lentejuelas en una fiesta de chándal.

Si en la portada hay una botella así, y en todas las tabernas de antes la había, es la prima hermana del chico de la camisa abierta. Las dos están en un bar de toda la vida brillando más de lo que el bar esperaba.

Séptima copa: el gin-tonic en copa de balón

Y aquí llega, por fin, lo que en este país se entendió como «licor moderno» durante una década entera.

Hacia 2010, en España, el gin-tonic dejó de ser la copa de los señores en el club de golf y se convirtió en una religión. Copas de balón del tamaño de una pecera, con el hielo en piedra, la piel de limón retorcida, los granos de pimienta rosa, el enebro, el pepino, las ginebras con nombres en inglés y botellas azules, las tónicas premium que costaban más que la ginebra. Bares de toda la vida se pusieron una pizarra en la puerta con veinte marcas de ginebra escritas con tiza. El camarero que durante treinta años había servido cañas se puso un mandil de cuero y aprendió a remover con una cuchara larga.

Era lo moderno. Lo cool. Lo que se pedía para que te vieran pedirlo.

Y ese es el choque exacto que propone el título. «Licores modernos» en un bar con lámpara de los cincuenta. La copa de balón sobre una barra de estaño. La pimienta rosa al lado del serrín.

El planeta, que adora los anacronismos, no ve contradicción ninguna. Ve un drag en un pueblo. Ve una folclórica en una discoteca de Ibiza. Ve exactamente lo que es: lo moderno siempre llega a los sitios viejos, y los sitios viejos siempre lo acaban convirtiendo en parte del mobiliario.

Copa de sobremesa: el licor de los cuarenta y tres

Hay una botella amarilla, de un dorado casi de purpurina, que en los ochenta y noventa ocupó todas las sobremesas de España. El Licor 43 nació en Cartagena en 1946, y su nombre viene de los cuarenta y tres ingredientes que lleva, según la casa, entre frutas, hierbas y especias. La receta exacta, como corresponde a toda buena leyenda de bar, es secreta.

Collage con un detalle de la carátula de «Licores modernos» y las carátulas de «Mitad Venezuela, mitad Pakistán», «La insignia de artista», «Croquetas en el crucero»

Al planeta le gusta pensar en ese número. Cuarenta y tres cosas mezcladas en una sola botella para que no se note ninguna. Así se fabrica también una identidad en un sitio pequeño: un poco de lo que tu familia espera, un poco de lo que ves en la tele, un poco de lo que escondes, un poco de lo que vas a contar dentro de diez años. Todo mezclado, dulce, con hielo. Y que nadie adivine la receta.

El chico de la portada, por su cara, ya ha dejado de esconder ingredientes. Lleva la receta escrita en los tatuajes.

La copa de Chinchón

A una hora de Madrid está Chinchón, con su plaza porticada, sus balcones de madera y su anís, que es el otro gran anís de las estanterías de España. Seco o dulce. Los domingos, la gente de Madrid baja a comer cordero, se toma su copita en la plaza y vuelve a la ciudad con una botella en el maletero para la Navidad.

Esa excursión es muy madrileña: salir del centro para buscar lo de antes, comprar lo de antes y volver al piso de Lavapiés o de Chueca con una botella de pueblo que luego se queda años en el mueble del salón, al lado del altavoz bluetooth.

Lo viejo y lo moderno en la misma balda. Igual que en el título.

El vermú de las doce

Antes del mediodía, los domingos, la taberna cambia de carácter. Ya no es el sitio de la lluvia y la segunda copa, sino el del vermú de grifo, la aceituna con anchoa, las patatas fritas de bolsa y las conversaciones a gritos de cuatro generaciones en la misma mesa.

El vermú también fue cosa de abuelos durante décadas y luego volvió, hace unos años, convertido en plan moderno. Hoy hay bares nuevos que imitan a los viejos para servirlo: azulejos de imitación, sifones de adorno, carteles retro impresos el mes pasado. Lo de antes como decoración.

Y aquí la portada de «Licores modernos» juega con algo muy fino. Su taberna podría ser real o podría ser uno de esos bares nuevos disfrazados de antiguos. El rótulo con letras de 1955 podría tener setenta años o tres semanas. No lo sabemos. Y quizá es mejor no saberlo: cuando todo el mundo se disfraza de pasado, el único gesto realmente moderno es sentarse ahí con la camisa abierta y ser quien eres.

El camarero, que lo ha visto todo

Falta un personaje, aunque no salga en la portada. En todas las tabernas de antes hay un camarero que lleva ahí desde siempre. Delantal, trapo al hombro, el bolígrafo detrás de la oreja. Sabe lo que bebes antes de que lo pidas. Sabe con quién viniste la semana pasada y con quién vienes hoy. Y no dice nada.

Ese silencio de barra ha protegido a mucha gente. El camarero que no preguntaba por qué dos hombres se quedaban hasta el cierre. El que miraba hacia otro lado cuando hacía falta y hacia ti cuando también hacía falta. El que te ponía la penúltima sin cobrártela porque te había visto la cara.

Si el chico de la portada va por la segunda copa, alguien se la ha servido. Y ese alguien, seguro, también ha visto el tatuaje.

Octava copa: el calimocho del crucero

Una copa de otra canción, para no beber solos.

En «Croquetas en el crucero» hay un verso que define la relación entre lo que pides y lo que te sirven mejor que cualquier tratado de hostelería: «pedí champán, me dieron calimocho». Es el resumen de media vida. Pides glamour y te llega vino peleón con cola en vaso de plástico.

En la taberna de «Licores modernos» seguramente pasa lo mismo. Pides algo moderno y te sirven lo de siempre con otro nombre. Y no pasa nada. A veces el calimocho sabe mejor que el champán, sobre todo si te lo sirve alguien que te mira a los ojos.

Hay que saber brindar con lo que te ponen.

La ventana empañada

Dejemos las copas un momento y miremos la ventana, que es el detalle más bonito de la portada.

Ficha de la canción «Licores modernos» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Un ventanal de bar empañado es una de las imágenes más melancólicas que existen. Separa dos mundos: la calle mojada, fría, con las farolas reflejadas en los charcos, y el interior caliente, con la lámpara y el murmullo de las conversaciones. Desde fuera, la gente que pasa con paraguas ve sombras borrosas y luz amarilla. Desde dentro, ves la ciudad como si fuera un recuerdo.

En los bares de ambiente de antes, las ventanas no se empañaban: se tapaban. Cortinas gruesas, cristales pintados, puertas sin rótulo o con un timbre. No había que ver desde la calle quién estaba dentro. Eso era parte de la regla de supervivencia.

La portada de «Licores modernos» tiene un ventanal sin cortinas. Empañado por la lluvia, no por la vergüenza. Y eso también es un licor moderno.

La lámpara que se balancea

Y luego está la lámpara. Una lámpara colgante, de luz cálida, de las que había en las tabernas antes de que todo se iluminara con fluorescentes y luego con bombillas de filamento falso compradas por internet.

Esa luz amarilla es la luz de las conversaciones largas. La de los bares donde la gente se quedaba hasta que el camarero ponía las sillas encima de las mesas. Donde se contaban cosas que no se contaban en casa. Donde un desconocido se convertía en amigo en el tiempo que dura un carajillo, y un amigo en algo más en el tiempo que duran tres.

El chico de la portada está bajo esa luz. Y tiene, precisamente, cara de conversación larga.

Los vecinos de barra

En la discografía de la web, «Licores modernos» tiene dos compañeros de barra que completan la tertulia.

Antes está «Mitad Venezuela, mitad Pakistán», que ya desde el título mezcla dos mundos como se mezcla el sol y sombra. Después está «La insignia de artista», que suena a chapa en la solapa, a reconocimiento que se pide o se reparte en la barra cuando ya vamos todos un poco contentos.

Las tres están en «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. Y si escuchas el disco entero, la taberna de «Licores modernos» es una parada en mitad de la fiesta: el sitio donde te sientas un rato antes de volver a la pista.

Para una noche más tranquila, el catálogo tiene también «Marica Chill», que es el arte de no hacer nada con mucho estilo. Ideal para la tercera copa.

La cuenta

El camarero deja el platito con el ticket encima de la barra. Estos son los datos, por si alguien quiere volver otro día.

«Licores modernos» tiene un videoclip oficial de algo menos de tres minutos y medio, en la web y en YouTube. La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que la escribió sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. En la sección de prensa está todo contado.

Se escucha en Spotify y en el resto de plataformas, y se descarga gratis desde la web. Esta ronda paga la casa.

Y si estás en Madrid y llueve, ya sabes qué hacer: busca un bar de los de antes, con lámpara y estantería, siéntate en la barra y ponte los cascos.

La última, que es la penúltima

En España nadie pide la última. Se pide «la penúltima», porque pedir la última da mala suerte y porque siempre cabe otra.

Esa costumbre resume muy bien lo que propone la portada. El chico de la camisa abierta no tiene prisa. Va por la segunda copa y no piensa en la tercera, pero tampoco la descarta. Fuera llueve. Dentro se está bien. La lámpara se balancea un poco cada vez que entra alguien con el paraguas chorreando.

Lo moderno, al final, no está en la botella. Está en estar ahí, en una taberna de las de antes, con la camisa abierta y sin cortinas, bebiendo lo que te dé la gana sin mirar el reloj.

Las tabernas de nuestros abuelos tenían reglas. Esta tiene un rótulo.

Ponme otra.

La penúltima.

Preguntas frecuentes

¿Está publicada la letra de «Licores modernos»?

Todavía no: en gayfolkplanet.com/letras figura como «próximamente». Esta crónica no cita versos de la canción; habla de su portada y de su título.

¿Qué se ve en la portada?

Un bar de los de antes: ventanal empañado con la calle mojada, estanterías llenas de botellas, una lámpara colgante y un vaso servido en la barra. En primer plano, un chico con la camisa abierta y tatuajes. El título va en letras de cartel antiguo, como un anuncio de bebida de los años cincuenta.

¿En qué disco está «Licores modernos»?

En «El día de la liberación», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿Quién hace la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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