Letras
Donde habite el olvido: literatura queer en español, de Cernuda a Lemebel, leída con las letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay una estantería que casi todas las personas LGTBI que leen en español acaban montando, aunque no lo sepan. Empieza con Lorca, porque es el nombre que llega antes. Pero detrás de Lorca hay muchos más libros, escritos a ambos lados del Atlántico, que dijeron el deseo cuando decirlo costaba caro. Algunos se publicaron con miedo, otros desde el exilio y otros después de la muerte de quien los escribió.
Este texto recorre esa estantería, sin pretender que sea completa. Se queda con unos cuantos nombres y unos cuantos libros, y los pone al lado de las letras del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño que se presenta como «el primer cantautor IA».
Conviene decirlo desde el principio: ninguna canción del planeta cita a estos autores. Lo que hay son temas que se repiten de un siglo a otro, como el olvido entendido como una tarea, el deseo que se nombra en voz alta por primera vez, el diario íntimo que se vuelve obra o la escritura como acto de desobediencia. Las letras pertenecen a otra época y a otro registro, mucho más directo y mucho más callejero, pero se apoyan en la misma necesidad.
Después de Lorca
Federico García Lorca ocupa un lugar tan grande en la memoria queer española que a veces tapa todo lo demás. Su muerte en 1936 y la desaparición de sus restos lo convirtieron en símbolo. Pero su generación, la del 27, tenía otra figura que habló del deseo entre hombres con una franqueza todavía mayor, y que además vivió lo bastante para ver cómo su país le daba la espalda.
Se llamaba Luis Cernuda. Nació en Sevilla en 1902 y murió en Ciudad de México en 1963. Entre una fecha y otra pasó veinticinco años lejos de España, porque salió en 1938, en plena guerra, y ya no volvió. Vivió en Glasgow, en Cambridge, en Londres, en Estados Unidos y, al final, en México. En todos esos sitios siguió escribiendo en español un único libro que fue creciendo con los años y al que tituló «La realidad y el deseo».
El título lo resume casi todo. Para Cernuda, la vida era el choque entre lo que uno desea y lo que el mundo permite. Y su deseo, como dejó escrito sin rodeos, se dirigía a otros hombres.
«Los placeres prohibidos»
En 1931 Cernuda escribió un libro de poemas en prosa y en verso que tituló «Los placeres prohibidos». Lo publicó dentro de la primera edición de «La realidad y el deseo», en 1936. Para la España de entonces, el título ya era una declaración: nombraba lo prohibido como placer, y no como pecado ni como enfermedad.
Uno de sus poemas más conocidos empieza con un deseo condicional: si el hombre pudiera decir lo que ama. La frase plantea un mundo en el que el amor no tendría que esconderse, y en el que decirlo bastaría para cambiar las cosas. El poema imagina ese amor levantado hasta el cielo como una nube en la luz. Es un poema de rabia y de esperanza al mismo tiempo.
Hay un eco curioso en el planeta. El segundo álbum de la trilogía GAYFOLK se titula «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». También es un condicional, un «ojalá» que imagina un sitio donde amar no costaría tanto. Cernuda habla de decir y la canción habla de viajar, pero las dos frases nacen de la misma distancia entre lo que se quiere y lo que hay. Casi un siglo separa una frase de otra, y la distancia todavía no se ha cerrado del todo.
«Donde habite el olvido»
Entre 1932 y 1933, después de una ruptura amorosa, Cernuda escribió un libro breve que se publicó en 1934 con un título prestado de Bécquer: «Donde habite el olvido». El verso pertenece a la rima LXVI, en la que Bécquer sitúa su tumba allí donde habite el olvido. Cernuda le dio la vuelta. En su libro, el olvido no es la tumba, sino el lugar al que quiere llegar para dejar de sufrir por un amor terminado.

Es uno de los libros de desamor más tristes de la poesía en español. No hay escenas ni nombres. Hay una voz poética que repasa lo que ha perdido, que se describe como alguien vaciado, y que solo pide que el recuerdo deje de doler.
En el primer álbum del planeta, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», hay una canción que se plantea el olvido con otra energía. «Voy a olvidarme de ti» empieza con una lista de cosas por borrar:
«Voy a olvidar un "te quiero" / De la noche a la mañana / Y unos ojos traicioneros / Que como puñales clavan»
Donde Cernuda describe el olvido como un lugar lejano, la canción lo plantea como una decisión: voy a olvidar. Y la decisión tiene precio: «Aunque me cueste la vida / Y a mí me toque sufrir / Aunque pierda esta partida». El estribillo repite las palabras finales como un eco de copla, «me clavan, me clavan», «condena, condena», «lastima, lastima».
Lo más llamativo es una línea que podría estar en el título del libro de Cernuda: «Voy a olvidar mi deseo». La realidad y el deseo, otra vez. En los dos casos, el deseo es lo que hay que olvidar para seguir viviendo, y en los dos casos se nota que no es tan fácil. La canción termina con una imagen de jardín, «Voy a cortar esa rosa / Que me hiere con su espina», que remite a la poesía popular de toda la vida.
No es una canción de olvido
En el mismo álbum hay otra canción que habla del olvido desde la mentira. En su presentación, «Ya no te quiero» se describe como «esa mentira que uno se repite para no romperse del todo». Y añade una frase que podría servir de lema a medio libro de Cernuda: «No es una canción de olvido, es una canción de resistencia».
La presentación explica que la canción nació en ese punto en el que uno sabe que debería soltar, pero algo dentro sigue aferrado. Habla de la necesidad de poner palabras a lo que no se puede decir en voz alta y termina con una paradoja: la canción es «una verdad que aún no me creo».
Cernuda tardó años en publicar algunos de sus poemas más personales y los fue reordenando en cada edición de su libro. Hay algo parecido en la idea de una canción que dice «ya no te quiero» sabiendo que todavía no es verdad. La escritura llega antes que el sentimiento, como si escribirlo fuera una manera de empujarlo a que ocurra.
Gil de Biedma: la vida iba en serio
Pasando a la posguerra, el gran nombre queer de la poesía en español es Jaime Gil de Biedma, nacido en Barcelona en 1929 y muerto en 1990. Formó parte de la llamada generación del 50, junto a poetas como José Agustín Goytisolo, Carlos Barral o Ángel González, y reunió su obra en un único volumen, «Las personas del verbo», publicado en 1975.
Su poesía es conversacional, irónica y muy precisa. Uno de sus poemas más citados, «No volveré a ser joven», empieza diciendo que la vida iba en serio y que uno lo empieza a comprender más tarde. Otro, «Contra Jaime Gil de Biedma», es una pelea consigo mismo en la que el poeta se reprocha su propia manera de vivir. Ese gesto de escribirse en segunda persona, de hablarse como a otro, es muy suyo.
Gil de Biedma escribió también diarios. Una parte se publicó en vida, en 1974, como «Diario del artista seriamente enfermo». La versión completa, mucho más explícita sobre su vida sentimental y sexual, apareció después de su muerte con el título «Retrato del artista en 1956». Murió en 1990 a causa de una enfermedad asociada al sida, en una época en la que la palabra todavía se pronunciaba con miedo.
El planeta tiene su propio «diario». En la presentación de «Outsider Radical», del tercer álbum, «El día de la liberación», el primer disco de la trilogía se describe como «una autobiografía conceptual» y como «un diario donde la inteligencia artificial se vuelve herramienta de catarsis». La herramienta es distinta, pero el impulso es el de Gil de Biedma: convertir la propia vida en material de trabajo y mirarla con la distancia suficiente para que deje de ser solo dolor.
Gloria Fuertes y Lavapiés
Gloria Fuertes nació en Madrid en 1917, en el barrio de Lavapiés, y murió en 1998. Mucha gente la recuerda por sus versos infantiles y por sus apariciones en la televisión de los setenta y ochenta, con sus corbatas y su manera de leer. Pero también escribió una poesía para adultos llena de humor, de soledad y de amor, en la que se presentaba a sí misma con una ironía muy madrileña.

Durante su vida no habló públicamente de su orientación. Después de su muerte, y sobre todo en torno al centenario de su nacimiento en 2017, las biografías y los estudios sobre su obra han contado la relación que mantuvo durante años con la hispanista estadounidense Phyllis Turnbull, y han releído muchos de sus poemas de amor a esa luz.
Su caso es importante porque muestra otra forma de estar en el armario: la de quien es enormemente popular y a la vez tiene que guardar una parte de su vida. La gente la quería, pero la quería entera solo hasta cierto punto. El planeta, que se escribe desde Madrid y con mucho humor, comparte con Gloria Fuertes esa costumbre de decir las cosas serias con una sonrisa.
Terenci Moix y el cine de los sábados
En Barcelona, en los mismos años, un escritor muy distinto decidió no esconder nada. Terenci Moix nació en 1942 y murió en 2003. Escribió en catalán y en castellano, ganó el Premio Planeta en 1986 con «No digas que fue un sueño», una novela sobre Marco Antonio y Cleopatra, y fue durante décadas una figura muy presente en la prensa y la televisión, con su pasión por el antiguo Egipto y por el cine clásico de Hollywood.
Su novela «El día que murió Marilyn», publicada en catalán en 1969, retrata a una generación que creció en la posguerra barcelonesa con el cine como única ventana al mundo. Más tarde escribió unas memorias en varios volúmenes reunidas bajo el título «El peso de la paja». El primero, «El cine de los sábados», cuenta su infancia en el Raval y su descubrimiento del cine y del deseo.
Terenci Moix entendió algo que el planeta lleva al extremo: que la cultura popular, las estrellas de cine, las divas y los melodramas pueden ser un refugio y también un idioma. Muchas personas queer de su generación aprendieron a nombrarse con las palabras de las películas. En el Planeta Gayfolk, las carátulas de los singles imitan carteles de cine y las letras citan programas de televisión, folclóricas y estrellas del pop. Es el mismo gesto, con otros iconos.
Mendicutti, Pombo y la transición
Con la llegada de la democracia, la literatura queer en España dejó de escribirse a escondidas. No del todo, pero sí lo suficiente para que aparecieran novelas que contaban la vida LGTBI sin pedir perdón.
Eduardo Mendicutti, nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1948, publicó en 1988 «Una mala noche la tiene cualquiera». La novela está narrada por una mujer trans, La Madelón, durante la noche del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Mientras los tanques amenazan con devolver el país al pasado, ella y su amiga se preguntan qué será de ellas si el golpe triunfa. Es una novela muy divertida y muy seria a la vez, y retrata como pocas el miedo concreto de las personas LGTBI a perder lo que acababan de ganar. Mendicutti escribió después «Los novios búlgaros», que Eloy de la Iglesia llevó al cine en 2003.
Álvaro Pombo, nacido en Santander en 1939, ganó el Premio Herralde en 1983 con «El héroe de las mansardas de Mansard» y el Premio Planeta en 2006. En 2024 recibió el Premio Cervantes, el más importante de las letras en español. Es uno de los escritores abiertamente homosexuales más reconocidos de su generación, y su obra explora con mucha finura las relaciones de poder dentro de las familias y de las parejas.
Juan Goytisolo, Premio Cervantes en 2014, contó su homosexualidad en dos libros de memorias, «Coto vedado» (1985) y «En los reinos de taifa» (1986). Lo hizo con una sinceridad que en su momento sorprendió, porque hablaba también de su matrimonio y de lo que había callado durante años.
Lo que une a estos libros es la primera persona. Escribir «yo» y contar lo que pasó, sin máscaras. Las letras del planeta hacen eso mismo en otro formato. «La última carta», del segundo álbum, empieza con una frase que podría encabezar unas memorias: «No escribo esto para volver a hablar contigo». Y en «El descarte del narcisista» aparece la tentación de convertir una relación en libro: «Como si tengo que escribir un libro contando tu historia».
Al otro lado del Atlántico: Puig y la mujer araña
La literatura queer en español no se escribe solo en España, y algunos de sus libros más importantes vienen de América Latina.

Manuel Puig nació en General Villegas, en la provincia de Buenos Aires, en 1932, y murió en Cuernavaca, México, en 1990. Creció viendo películas en el cine del pueblo y convirtió esa pasión en estilo: sus novelas están hechas de diálogos, cartas, boleros, folletines y recuerdos de películas. En 1976 publicó «El beso de la mujer araña».
La novela transcurre casi entera en una celda de una cárcel de Buenos Aires. La comparten Molina, un hombre homosexual condenado por corrupción de menores, y Valentín, un preso político. Para pasar las noches, Molina le cuenta películas a Valentín. Poco a poco, entre las películas y las conversaciones, nace entre ellos una relación que ninguno de los dos esperaba.
En 1985, el director Héctor Babenco la llevó al cine, y William Hurt ganó el Óscar al mejor actor por su interpretación de Molina. En 1993 se estrenó en Broadway una versión musical con canciones de John Kander y Fred Ebb. La historia de dos hombres encerrados contándose películas acabó en los escenarios más grandes del mundo.
Puig enseñó que la cultura popular, tantas veces despreciada, podía ser el material de una gran novela. Las letras del planeta hacen algo parecido con la televisión. En «Me rindo», del segundo álbum, el personaje se pregunta si todo lo vivido con su ex eran «tomas falsas de La que se avecina o de Caso cerrado». Es la misma operación de Molina: entender la propia vida a través de la pantalla.
Arenas, Piñera y la isla
Cuba dio a la literatura queer en español dos nombres imprescindibles, y los dos sufrieron la persecución.
Virgilio Piñera nació en 1912 y murió en La Habana en 1979. Fue poeta, dramaturgo y narrador, autor del gran poema «La isla en peso» (1943). Su homosexualidad, conocida en su entorno, le valió el aislamiento en sus últimos años, cuando dejó de publicar en su país.
Reinaldo Arenas nació en 1943 y murió en Nueva York en 1990. Fue encarcelado en Cuba, salió de la isla en 1980 con el éxodo del Mariel y escribió en el exilio una autobiografía feroz, «Antes que anochezca», publicada después de su muerte, en 1992. Arenas tenía sida y se quitó la vida en Nueva York. En el año 2000, Julian Schnabel adaptó el libro al cine, y Javier Bardem recibió una nominación al Óscar por interpretarlo.
Su historia es durísima y conviene contarla con cuidado. Si estás pasando por un momento muy difícil o has pensado en quitarte la vida, no estás solo: en España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas, o al 112 si hay una emergencia. Hablar del suicidio no lo provoca; callarlo, a veces, sí aísla más.
México: los Contemporáneos
En el México de los años veinte y treinta, un grupo de escritores conocido como los Contemporáneos renovó la poesía mexicana. Dos de sus figuras principales, Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, eran homosexuales, y los dos lo dejaron ver en su obra de maneras muy diferentes.
Villaurrutia, nacido en 1903 y muerto en 1950, escribió «Nostalgia de la muerte» (1938), uno de los libros más misteriosos de la poesía mexicana, lleno de noches, espejos y estatuas. Su deseo aparece en ese libro de forma velada, como una sombra.
Salvador Novo, nacido en 1904 y muerto en 1974, fue todo lo contrario: provocador, ingenioso, presente en todos los periódicos. Escribió unas memorias sobre su juventud y su vida sexual que tituló «La estatua de sal», y que no se publicaron hasta 1998, mucho después de su muerte.
Los dos sufrieron ataques en la prensa por su orientación. Y los dos muestran las dos estrategias que el planeta combina: la sombra y el descaro. Hay canciones del catálogo que hablan del dolor con imágenes casi románticas, como la rosa con espinas de «Voy a olvidarme de ti», y otras que lo dicen todo a la cara con un humor que habría encantado a Novo.
Lemebel: hablo por mi diferencia
En 1986, en plena dictadura de Pinochet, el escritor chileno Pedro Lemebel subió a hablar en un acto político de la izquierda en Santiago. Llevaba tacones y una hoz y un martillo maquillados en la cara. Leyó un texto que tituló «Manifiesto (Hablo por mi diferencia)», en el que preguntaba a sus propios compañeros qué lugar tendrían las personas como él en el país que querían construir.

Lemebel nació en 1952 y murió en 2015. Con Francisco Casas formó a finales de los ochenta el colectivo de arte Yeguas del Apocalipsis, que hizo acciones públicas muy provocadoras. Escribió crónicas sobre la vida de las locas de Santiago, sobre el sida y sobre la memoria de la dictadura, y una sola novela, «Tengo miedo torero» (2001), sobre una loca que se enamora de un joven guerrillero en 1986. En 2020 la novela se llevó al cine.
El manifiesto de Lemebel es, entre otras cosas, una defensa del derecho a hablar con la propia voz poética, sin pedir permiso a nadie. En el planeta hay una canción que se presenta del mismo modo. La presentación de «Tus letras son basura», del tercer álbum, dice que la canción es «para quien escribe sin pedir permiso», y defiende unas letras «demasiado raras, demasiado intensas, demasiado personales». Lemebel lo habría dicho con más plumas, pero no con más convicción.
Peri Rossi y Mistral
La estantería no estaría completa sin mujeres, y la historia de las escritoras lesbianas en español ha sido todavía más silenciada.
Cristina Peri Rossi nació en Montevideo en 1941. En 1971 publicó «Evohé», un libro de poemas eróticos dirigidos a una mujer que causó escándalo en Uruguay. En 1972 se exilió y se instaló en Barcelona, donde ha vivido desde entonces. En 2021 recibió el Premio Cervantes, y fue una de las pocas mujeres en conseguirlo.
Gabriela Mistral, la poeta chilena que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1945, fue durante décadas presentada como una figura casi maternal. La publicación en 2009 de su correspondencia con la escritora estadounidense Doris Dana, con quien convivió sus últimos años, en un libro titulado «Niña errante», cambió la manera de leerla. Lo que se había contado como amistad era, según esas cartas, una relación amorosa.
El caso de Mistral recuerda que la historia queer está llena de cartas que se leen tarde. Por eso tiene sentido que el planeta guarde sus letras en un sitio público, la sección de letras de la web, donde cualquiera puede leerlas tal como se escribieron.
Lo que hay en la estantería del planeta
Si se colocaran las canciones del planeta junto a estos libros, quedarían así.
Al lado de «Donde habite el olvido», «Voy a olvidarme de ti», con su decisión de olvidar el deseo.
Al lado de «Contra Jaime Gil de Biedma», «Ya no te quiero», que se dice a sí misma una mentira para no romperse.
Al lado de las memorias de Goytisolo, «La última carta», escrita en primera persona para cerrar.
Al lado de «El beso de la mujer araña», «Me rindo», que mira la propia vida como un episodio de televisión.
Y al lado del manifiesto de Lemebel, «Tus letras son basura», que defiende el derecho a escribir sin pedir permiso.
No es una comparación de calidad ni de importancia. Es una manera de recordar que las letras de hoy se apoyan, lo sepan o no, en una larga cadena de personas que escribieron cuando era peligroso hacerlo. Leerlas hoy es también una forma de devolverles el sitio que les quitaron.
Ficha
«Voy a olvidarme de ti» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras son inventados; las figuras públicas citadas aparecen solo con datos conocidos de su trayectoria. Los datos sobre los escritores mencionados proceden de fuentes públicas. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Por qué se considera a Luis Cernuda un pionero de la poesía queer en español?
Porque en «Los placeres prohibidos», escrito en 1931, y en otros libros de «La realidad y el deseo» habló del deseo entre hombres con una claridad muy rara en su época, sin esconderlo detrás de máscaras ni de personajes.
¿De dónde sale el título «Donde habite el olvido»?
Es un verso de la rima LXVI de Gustavo Adolfo Bécquer. Cernuda lo tomó como título para el libro que escribió entre 1932 y 1933 tras una ruptura amorosa, publicado en 1934.
¿Qué es el «Manifiesto (Hablo por mi diferencia)»?
Un texto que el escritor chileno Pedro Lemebel leyó en 1986 en un acto político de la izquierda en Santiago, en plena dictadura. En él reclamaba un lugar para las personas homosexuales dentro de la lucha por la democracia.
¿Qué libros de esta lista conviene leer primero?
Para empezar sirven «Donde habite el olvido» de Cernuda, «Las personas del verbo» de Gil de Biedma, «El beso de la mujer araña» de Manuel Puig y «Tengo miedo torero» de Pedro Lemebel. Son breves o muy legibles y dan una idea clara de cada época.
¿Qué relación tienen estos libros con las letras del Planeta Gayfolk?
Ninguna canción del catálogo cita a estos autores. La relación está en los temas que comparten: el olvido como tarea, el deseo que no se puede decir, la escritura en primera persona y la idea de escribir sin pedir permiso.