Copla y rumba
Una espalda, un pendiente y una peseta: «Lola Flores» y el arte de ocupar sitio
Por Mike Sain't Louis ·

Una espalda. Eso es lo primero que enseña la portada de «Lola Flores»: una mujer vuelta de espaldas, con un traje de flamenca estampado de flores rojas, la espalda al aire, el pelo recogido con una flor y unos pendientes grandes que cuelgan como lámparas. Al fondo, en la penumbra, una guitarra apoyada en la pared. Textura de foto antigua. Letras rojas de cartel de feria. Ni una cara.
El autor lo explica en su ficha con una frase que el planeta firmaría con sangre: cuando pronuncias ese nombre, cada uno pone la imagen en su cabeza. Y es verdad. Basta con decir «Lola» en cualquier bar de España para que la mitad de la barra vea el mismo moño, la misma bata de cola, el mismo taconeo, la misma boca abierta en mitad de un «¡ay!».
La canción forma parte de «El día de la liberación» y su ficha la fecha el 3 de julio de 2026. La letra todavía figura como «próximamente» en el planeta, así que aquí no se va a citar ni un verso suyo. Lo que el planeta propone es otra cosa: repasar a la Faraona a través de sus objetos. Una espalda, un pendiente, una peseta y un marido. Con eso se puede contar casi todo.
La espalda
¿Por qué de espaldas? El planeta tiene su teoría, y como toda teoría de barra, no la va a atribuir a nadie más que a sí mismo.
Una folclórica de espaldas es una folclórica que se está yendo. O que acaba de entrar en el escenario y todavía no se ha girado. Es el segundo antes del primer quejío, cuando el público contiene el aliento. Y es también la postura de quien no necesita enseñar la cara para que sepan quién es. Las grandes divas se reconocen por la nuca. Por la manera de llevar los hombros. Por cómo cae el volante sobre la cadera.
Lola Flores era así. Tenía una cara que se ha reproducido en millones de abanicos, de postales, de camisetas, de azulejos de bar de tapas. Pero lo que la hacía Lola no era la cara: era el cuerpo entero puesto al servicio del arte, de la cabeza a los tacones. Una espalda al aire en una portada es una manera de decir que el arte está en todas partes, incluso donde no se mira.
Hay algo más. Para muchas maricas de este país, la primera folclórica que vieron la vieron así, de espaldas: en la tele del salón, desde el sofá, por encima del hombro de la madre que planchaba. La madre miraba la plancha; el niño miraba a Lola. Era una de esas cosas que se veían de reojo y se guardaban para siempre.
La guitarra en penumbra
Queda un objeto más en la portada, y es el más discreto: la guitarra. Está al fondo, apoyada en la pared, en la penumbra, casi tapada por la figura de la mujer. Nadie la toca. Nadie la mira. Pero está ahí.
El planeta la ve como el retrato de todos los que trabajan detrás de las divas. Los guitarristas de los tablaos, los palmeros, los músicos de las orquestas de verbena que tocaban durante horas para que la estrella brillase diez minutos. Sin ellos no habría bata de cola que mover. Son la penumbra que hace posible la luz.
Y al planeta le gusta pensar que la guitarra de la portada también tiene algo de autorretrato. Quien escribe estas canciones no sale en primer plano. No pone la voz, no se sube al tablao, no se gira en el último compás. Está al fondo, apoyado en la pared, escribiendo las palabras que otra figura va a lucir. Hoy esa figura la crean herramientas de inteligencia artificial; antes la creaban bailaoras y orquestas. Lo que no ha cambiado es que alguien tiene que estar en la penumbra con la guitarra, poniendo la base.
Es un sitio humilde y es un buen sitio. Desde ahí se ve todo el escenario.
Jerez, 1923
La biografía cabe en una línea y no cabe en ningún libro. Lola Flores nació en Jerez de la Frontera en 1923 y murió en Madrid en 1995. Entre medias, se convirtió en la Faraona, hizo películas, llenó teatros en medio mundo, tuvo tres hijos que también se subieron a los escenarios y se convirtió en algo que va más allá de una artista: en un adjetivo. «Es muy Lola» se dice en España de una manera de entrar en una habitación.
Hay una frase que se le atribuye a un crítico neoyorquino, y que se ha repetido tanto que ya da igual si la escribió alguien o no: según él, aquella señora no era una virtuosa ni de la garganta ni de los pies, pero no había que perdérsela. El planeta la adora porque resume la paradoja de Lola mejor que cualquier enciclopedia. No era la mejor en ninguna disciplina técnica. Era la mejor en estar. En ocupar el escenario con una intensidad que hacía que no pudieras mirar a otro sitio. Lo que tenía no se enseña en ningún conservatorio.
Y aquí el planeta se permite un guiño. Algo parecido le han soltado más de una vez al propio Mike Sain't Louis, con mala intención. Tiene gracia, porque es literalmente cierto: Mike no pone voz a sus canciones. Es letrista, compositor y productor, y la música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial, como cuenta la sala de prensa. Lo que no se pierde nadie, según el planeta, son las letras. Ahí está el arte. Lo demás es instrumento.
El pendiente
Hay una escena de la vida de Lola que se ha convertido en leyenda televisiva. En una fiesta, se le cayó un pendiente. Y en lugar de buscarlo discretamente, como haría cualquier mortal, paró la fiesta. Pidió a todo el mundo que se pusiera a buscarlo. Y la fiesta entera, con sus invitados elegantes y sus copas en la mano, se puso a gatas a buscar el pendiente de la Faraona.

Al planeta esta escena le parece una clase de camp de primera categoría, de las que deberían darse en la universidad. Porque ahí está todo. La desproporción, el drama aplicado a un objeto pequeño, la seguridad absoluta de que lo tuyo importa, el humor de saberse ridícula y hacerlo igual. Lola no pidió perdón por interrumpir. Pidió ayuda. Y la consiguió.
La portada de la canción, con esos pendientes grandes colgando de una oreja que no vemos, tiene algo de homenaje a esa escena, aunque el planeta no sabe si es intencionado y no va a decir que lo es. Lo que sí sabe es que cualquier marica que haya perdido un pendiente en una discoteca ha pensado alguna vez en Lola. Y ha tenido la tentación de parar la música.
La peseta
Segundo objeto: una moneda. En plena pelea con Hacienda, Lola Flores se plantó delante de las cámaras y pidió a cada español que le diera una peseta. Si cada uno ponía la suya, decía, su deuda quedaba saldada. El país entero se rió, se escandalizó, y alguno, dicen, mandó la peseta por correo.
El planeta no va a juzgar las cuentas de nadie. Pero sí quiere quedarse con el gesto, porque es exactamente el gesto que Mike describe en su ficha de la canción: estar en el mundo sin pedir perdón por ocupar espacio. Pedir una peseta a cuarenta millones de personas es ocupar mucho espacio. Es convertir un problema personal en un número de variedades. Es reírse de la propia desgracia delante de todo el país, que es lo que han hecho siempre las folclóricas y las maricas cuando les ha ido mal.
Hay una línea muy fina entre la desvergüenza y la dignidad, y Lola caminaba por ella con tacones. El planeta también intenta caminar por esa línea, con menos garbo y más tropezones. Aquí también se piden cosas. Se piden escuchas, se piden descargas, se pide que alguien comparta una canción en su grupo de WhatsApp. Si cada oyente diera una peseta de atención, el planeta tendría resuelta la temporada. La diferencia es que a Lola le daban la peseta. Aquí todavía estamos esperando.
El marido
Tercer objeto, y el más musical de todos: el Pescaílla. Antonio González, gitano de Barcelona, marido de Lola, padre de sus hijos. Y, según cuentan todos los que saben de música, uno de los inventores de la rumba catalana: esa forma de tocar la guitarra golpeando las cuerdas como si fuera un tambor, el ventilador, que luego llenaría las verbenas de medio país.
Esto importa al planeta porque la rumba es una de las patas de su universo. La copla y la rumba son el folclore que llevaba la madre en el radiocasete del coche, el que sonaba en las bodas y en las ferias, el que los niños maricas aprendían de memoria sin entender del todo lo que decían las letras. Con Lola y el Pescaílla, las dos cosas se casaron literalmente. La copla de Jerez y la rumba de Barcelona compartieron cama, casa y apellidos.
En el planeta, esa mezcla sigue viva. Hay temas que suenan a rumba, a copla, a tablao, y que se escriben con mirada marica. Uno de los más claros es «Voy a olvidarme de ti», que tiene la estructura de copla clásica, con sus repeticiones de quejío y sus imágenes de cuchillo:
Y unos ojos traicioneros / Que como puñales clavan / Que como puñales clavan / Me clavan, me clavan
Eso es copla pura. Ojos traicioneros, puñales, la repetición que se queda clavada como el propio puñal. Lola habría podido decir esos versos con la mano en el pecho y el moño intacto. Y hay también «Con el taconeo», cuyo título ya es un tablao entero.
La bata de cola
Falta un objeto en la lista, y es el más difícil de manejar. La bata de cola. Ese vestido de flamenca con una cola larguísima de volantes que se arrastra por el suelo y que la bailaora tiene que mover con el pie, con la cadera, con un golpe seco de tobillo, para que no se le enrede. Quien la ha visto de cerca sabe que pesa. Que se ensucia. Que si te equivocas en un giro, te caes de bruces delante de todo el teatro.
El planeta piensa que la bata de cola es la mejor metáfora que ha dado el folclore español para hablar del pasado. Todos llevamos una detrás. Volantes de lo que fuimos, de lo que nos hicieron, de las casas en las que vivimos y de la gente que nos quiso o no nos quiso. No se puede quitar: va cosida al vestido. Lo único que se puede hacer es aprender a moverla. Con arte, con un golpe de cadera en el momento justo, para que en lugar de hacerte tropezar dibuje un círculo perfecto en el suelo del escenario.
Lola movía la suya como nadie. Y no hablamos solo de la tela. Hablamos de una vida entera de escándalos, deudas, amores y pérdidas que arrastraba detrás y que, en lugar de esconder, convertía en espectáculo. Esa es la técnica que el planeta admira y que intenta aprender: no ocultar la cola, sino hacerla girar.
Las canciones de esta casa están llenas de colas así. Exes, mudanzas, narcisistas, noches de Chueca, veranos en Benidorm. Mucho volante. Y la apuesta, siempre, es la misma que la de la Faraona: no pedir perdón por el peso. Darle un golpe de tobillo y que se vea el dibujo.
Quince días de mayo
Hay un dato de la biografía de Lola que el planeta no puede contar con chiste, y no lo va a intentar. Murió en mayo de 1995, en Madrid. Dos semanas después murió su hijo Antonio, que había compuesto canciones que todavía hoy se ponen en los bares a las tres de la mañana para llorar a gusto. Medio país lo vivió como una tragedia de copla, de esas que ninguna letrista se atrevería a escribir por exagerada.

El planeta lo menciona porque explica algo de la devoción. A Lola no se la quiere solo por la alegría. Se la quiere también por el luto. Porque su historia tiene la forma de las canciones que escuchaban nuestras madres: amor, fiesta, ruina y muerte, todo en el mismo disco. Las maricas aprendimos mucho de esa forma. Aprendimos que una vida puede tener lentejuelas y ataúd en la misma página, y que eso no la hace menos digna.
Esa es la tradición en la que se inscribe una canción con su nombre. No la del homenaje de cartón, sino la del cariño a alguien que vivió a lo grande y pagó a lo grande. De espaldas, con la flor en el pelo, mirando hacia donde ya no la podemos ver.
Por qué las folclóricas son nuestras
El planeta se lo ha preguntado muchas veces. ¿Por qué las maricas españolas tienen esa devoción por las folclóricas? Por Lola, por Rocío Jurado, por Isabel Pantoja, por Juanita Reina. Por mujeres que, en principio, representaban la España más tradicional, la de la peineta y la Semana Santa.
La respuesta del planeta tiene varias capas. La primera es la evidente: el exceso. Las folclóricas eran desmesuradas. Las batas de cola, los gestos, los dramas, los «¡ay!». En un país que obligaba a los hombres a la contención, ellas eran el permiso para el exceso. Un niño que no podía mover las manos al hablar veía a Lola moverlas como si fueran alas.
La segunda capa es la madre. Las folclóricas eran la música de las madres. Y para muchas maricas, la madre era el primer refugio, la primera aliada o, como mínimo, la primera persona con la que se compartía algo íntimo: un disco, una película, una tarde de sábado viendo «Cine de barrio». Querer a Lola era querer a la madre. Era un idioma común en una casa donde había muchas otras cosas de las que no se podía hablar.
La tercera capa es la más seria, y el planeta la dice una vez. Las folclóricas sufrían en público. Lloraban, se arruinaban, se divorciaban, perdían hijos, y lo hacían delante de todo el país. Enseñaban que el dolor se puede llevar con lentejuelas. Para gente que tenía que esconder el suyo, eso era una escuela.
Hay una letra del planeta que lo dice con otro nombre propio, pero con la misma devoción:
Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios
Carmina, la madre de Paco León, la de «Carmina o revienta», es otra forma de folclórica: la de barrio, la de verdad, la que no necesitó escenario para ser un personaje. Que el planeta le dedique una canción entera, «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», es parte de la misma genealogía. Lola es la reina; Carmina es la vecina. Las dos son familia.
Lola en órbita
En el manifiesto del planeta, que está colgado como manifiesto de colonización, Lola Flores aparece en órbita geoestacionaria. La nota del diario sobre Lola Flores en órbita lo explica mejor que este post: es una manera de decir que hay figuras que nunca bajan, que están siempre en el mismo sitio del cielo, mirando.
El planeta añade solo un apunte. Una órbita geoestacionaria es la que siguen los satélites que nunca se mueven respecto a la Tierra: los de la tele, los que permiten que la antena del tejado apunte siempre al mismo sitio. Es decir, Lola está donde están los satélites de televisión. Que es exactamente donde estuvo siempre para millones de españoles: en la tele, en ese punto fijo del cielo al que se apuntaba la antena los sábados por la tarde.
Una memoria de Chueca
Hay otro verso del planeta que no habla de Lola, pero que el planeta pone aquí porque habla del mismo miedo y de la misma música que salvaba de él. Viene de «La despedida», y está escrito en mayúsculas, como se escriben las cosas que se gritan:
CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE FUI YO SOLO CON MIEDO A / CHUECA PENSANDO QUE ME IBAN A PEGAR
Es otro grupo, otra década, otra música. Pero es la misma función. Las folclóricas, Camela, la rumba de verbena: la música que se llevaba puesta como un escudo cuando uno iba por primera vez a sitios que daban miedo. Cada generación de maricas ha tenido la suya. La de los abuelos fue la copla. La de los padres, la rumba y las folclóricas de la tele. La de Mike, Camela en el walkman. Y en todas, alguien como Lola, de espaldas, con la flor en el pelo, diciendo sin palabras que se puede ocupar sitio.
La autoparodia de la casa
El planeta tiene que confesar algo. Ha intentado varias veces hacer el gesto de Lola, el del brazo arriba, la mano girando y el «¡ay!», delante del espejo. Le sale como un señor espantando una avispa. Hay cosas que no se aprenden. Lola nació con ellas y se las llevó.
Pero el gesto, aunque salga mal, sigue siendo un homenaje. Y una canción con su nombre, aunque no lleve su garganta, sigue siendo un altar. Con su guitarra en penumbra, con su espalda al aire, con sus pendientes enormes que algún día alguien perderá en una fiesta.
Para escucharla
La canción está en Spotify. El autor recomienda acompañarla de una copa de manzanilla, o tenerla sonando mientras uno se arregla para salir. El planeta añade una sugerencia: ponerla de espaldas al espejo, peinarse sin mirar y girarse de golpe en el último compás.
Y si alguien en la mesa de al lado pregunta quién es esa, no hace falta explicar nada. Basta con señalar la portada, con su espalda al aire y su flor roja, y decir el nombre. Las dos palabras hacen todo el trabajo. Llevan haciéndolo desde 1923, y el planeta sospecha que seguirán haciéndolo cuando todos los que estamos aquí ya seamos foto antigua con textura de cartel.
Si se cae un pendiente, se para la fiesta.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata la canción «Lola Flores»?
Es un homenaje a Lola Flores. Su autor lo describe como una declaración de cariño y admiración por una forma de estar en el mundo con arte, con genio y sin pedir perdón por ocupar espacio. La portada muestra a una mujer de espaldas con traje de flamenca de flores rojas.
¿Está publicada la letra?
Todavía no. En la sección de letras del planeta figura como «próximamente», así que este post no cita versos de esta canción y se apoya en otras letras publicadas del autor.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», uno de los álbumes de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 3 de julio de 2026.
¿Quién la ha escrito?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Escribe las letras sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.