Salud mental
«Los años que me ha robado»: el duelo por el tiempo perdido en una relación que hacía daño, y lo que sí se recupera
Por Mike Sain't Louis ·

Un hombre con pajarita y traje oscuro sostiene en alto un ramo de flores blancas, de esos que se encargan en una floristería de barrio para un compromiso serio. A su lado, alguien rasguea una guitarra. Detrás, una avenida europea con coches antiguos aparcados y edificios de piedra. Podría ser la escena previa a una boda. No lo es. En el videoclip de «Un puñetazo al día» las flores van a un entierro, y el difunto está vivo.
La letra lo cuenta sin rodeos. El narrador queda en Madrid con su mejor amigo, se encuentran en un antro donde parece que no pasa el tiempo, se dan un abrazo de verdad, y entonces abre el maletero del coche:
Es una corona de flores,
porque esta noche
vamos a celebrar el entierro de mi exmarido
y los años que me ha robado.
Ese último verso es el centro de esta nota. Los años que me ha robado. No dice el amor, ni la ilusión, ni la confianza. Dice los años. Como si el tiempo fuera un objeto que alguien se hubiera llevado de casa al marcharse, junto con la cafetera buena y las toallas grandes.
Lo que aquí se escribe se apoya solo en lo que Mike Sain't Louis ha hecho público de su vida: un primer amor a los 22, dos relaciones posteriores que acabaron mal con dos personas a las que hoy describe como narcisistas, un diagnóstico de depresión mayor y otros trastornos a los 41, y una psicóloga que hoy le ayuda. Sin nombres. Las cifras y los personajes de las canciones son de las canciones. Lo que interesa es cómo escribir esas cuentas le permitió mirar de frente un tipo de dolor del que casi nadie habla: el duelo por el tiempo.
La contabilidad del planeta
Si uno recorre la discografía con una libreta de contable, encuentra un libro de cuentas sorprendente. Las letras del planeta llevan la cuenta del tiempo con una obsesión casi notarial.
En «Un puñetazo al día», los años robados se concretan un poco más abajo:
que después de siete años,
En «Tu mendigo» la cifra sube:
mientras perdía doce años enteros,
En «La ley de la exageración» la suma ya es de récord, y además con dos responsables:
Dos ladrones me han robado
Veinte años de mi vida del tirón
En «El castigo más duro» los años ya no se cuentan: se borran, uno por uno, de todos los sitios donde se guardan los recuerdos en el siglo veintiuno:
Estos siete años los tendré que borrar del iPhone, Google fotos, Movistar cloud, One Drive y usar la función de bloquear el rostro
Y en «Ni un pimiento» aparece la figura que da nombre a todo esto:
como si fueras con un ladrón de años
Siete, doce, veinte. Las cifras no cuadran entre sí, y no tienen por qué. No son un expediente judicial. Son la forma en que una persona herida traduce el dolor a números, porque los números parecen más objetivos que los sentimientos. Decir «me hizo mucho daño» suena a queja. Decir «me robó veinte años» suena a denuncia.
La ley de la exageración
Aquí conviene detenerse en un detalle que lo cambia todo. Una de esas canciones se titula, literalmente, «La ley de la exageración». Y en mitad de la cuenta de los dos ladrones, el narrador se planta y confiesa:
Sí, yo soy la ley de la exageración
Es un gesto de una inteligencia enorme. El mismo que acaba de decir que le robaron veinte años del tirón admite, en la línea siguiente, que exagera. No para retirar lo dicho, sino para ponerle el marco correcto. Lo que siento es así de grande, aunque las cifras no salgan exactas en una calculadora.
Esa honestidad desactiva de antemano la crítica más habitual que recibe quien habla de su dolor: «estás exagerando». Si yo mismo lo digo primero, con humor y en el título, ya no me lo puedes echar en cara. La exageración deja de ser una debilidad y se convierte en un estilo. Y el estilo, en el planeta, es una forma de dignidad.
Además, la hipérbole tiene una función emocional muy concreta. Cuando el dolor es difuso, ponerle una cifra desmesurada lo vuelve visible. Es como subir el contraste de una foto oscura: los detalles salen exagerados, sí, pero por fin se ven. Y lo que se ve se puede trabajar.
El duelo por el tiempo
En los manuales de psicología se habla mucho del duelo por las personas: por quien muere, por quien se va, por quien deja de querernos. Se habla menos de otro duelo que acompaña a casi todas las rupturas dolorosas: el duelo por el tiempo invertido.

Ese duelo tiene una forma muy reconocible. Aparece en mitad de la noche como una cuenta que no cuadra. Si hubiera salido antes, ahora tendría. Si no hubiera perdido esos años, podría haber. Viajes que no se hicieron, amistades que se descuidaron, proyectos que se aparcaron, una versión de uno mismo que se quedó esperando en la puerta. Las letras del planeta lo llaman robo porque esa es exactamente la sensación: alguien se llevó algo tuyo sin pedirte permiso.
Lo que hace especialmente difícil este duelo es que el tiempo no se puede recuperar. Puedes volver a tener pareja, puedes reconstruir amistades, puedes recuperar la autoestima. Pero los años son los años. No hay oficina de objetos perdidos para los martes de hace una década.
En «La playa del Mal Pas», Mike escribió la versión más serena y más dura de esta cuenta:
A los 40 años uno entiende que la mitad de su vida fue mentira y la otra mitad soledad.
La frase reparte la vida en dos mitades y no deja ningún hueco para una tercera. Es la cuenta que hace cualquiera que llega a una edad redonda después de una mala racha larga: se sienta, mira hacia atrás y suma. Y la suma da miedo. En el diario hay una nota sobre la depresión más allá de la tristeza que explica cómo la depresión tiñe también la memoria: cuando uno está mal, el pasado entero parece más gris de lo que fue.
Por qué uno se queda tanto tiempo
La pregunta que acompaña al duelo por los años es casi siempre la misma: ¿por qué me quedé? Y esa pregunta, mal planteada, se convierte en un látigo. Porque soy tonto. Porque no quise ver. Porque me lo merecía.
La psicología ofrece respuestas más amables y más exactas. Una de ellas es la llamada falacia del coste hundido: la tendencia humana a seguir en algo precisamente porque ya hemos invertido mucho en ello. Pasa con una película aburrida que no dejamos a la mitad porque ya hemos pagado la entrada, con una carrera que no nos gusta pero en la que llevamos tres cursos, y pasa, sobre todo, con las relaciones. Después de siete años, cómo voy a tirarlo todo. Después de tanto esfuerzo, seguro que mejora.
Cada año invertido hace más difícil el siguiente paso fuera, porque marcharse supone admitir que todo lo anterior se perdió. Y así, la propia cuenta de los años se convierte en una cadena.
«Un puñetazo al día» describe esa cadena con una imagen tremenda:
Porque me has dejado atado,
en los tobillos, dos pesas de trescientos kilos,
y después me has tirado al mar.
Las pesas en los tobillos son el coste hundido hecho escultura. Cuanto más tiempo, más peso. Cuanto más peso, más difícil nadar hacia la orilla. A eso se suman otros mecanismos que el planeta conoce bien: el vínculo traumático, la esperanza de que el otro cambie, la duda sobre la propia percepción, el miedo a la soledad. Nadie se queda años en una relación que le hace daño por gusto. Se queda porque hay muchas cuerdas atándole, y la mayoría no se ven desde fuera.
Entender eso no devuelve los años. Pero cambia la pregunta. Ya no es «por qué fui tan tonto», sino «qué me ataba». Y la segunda pregunta tiene respuestas que se pueden trabajar.
Borrar siete años de la nube
Hay una tarea muy contemporánea que el duelo por el tiempo impone, y que «El castigo más duro» retrata con un humor casi documental: borrar los años de todos los sitios donde se guardan. El iPhone. Google Fotos. La nube de la operadora. One Drive. Y, como remate, activar el bloqueo facial para que nadie pueda volver a abrir lo que queda.

Antes, una ruptura se cerraba quemando cartas o metiendo fotos en una caja de zapatos que acababa en el altillo. Ahora hay que entrar en cuatro servicios distintos, con cuatro contraseñas distintas, y enfrentarse a la función de recuerdos que te propone, sin que se lo pidas, «hace siete años hoy». La tecnología, que lo guarda todo, convierte el duelo en una tarea de mantenimiento.
La enumeración de la letra tiene algo de inventario de mudanza, y ahí está su fuerza: nombrar cada sitio es reconocer cuánto ocupaban esos años. No eran un recuerdo vago. Estaban repartidos por toda la vida digital, como polvo en los rincones. Limpiarlos uno a uno es lento, aburrido, a veces doloroso. Pero cada carpeta borrada es un pequeño entierro.
No hace falta borrarlo todo, ni hacerlo de golpe. Hay quien prefiere archivar en una carpeta que no se abre, hay quien necesita eliminar sin mirar, y hay quien guarda unas pocas fotos porque forman parte de su historia. Ninguna opción es mejor que otra. Lo que importa es que la decisión sea tuya y no de un algoritmo que te recuerda aniversarios que no quieres celebrar.
El entierro con amigos
Volvamos al bar de «Un puñetazo al día», porque lo que pasa allí es, probablemente, la mejor idea de toda esta colección de cuentas. El narrador no llora los años en soledad, en su cuarto, a oscuras. Los entierra en compañía. Con su mejor amigo, con gente que le hace reír, en un sitio donde siempre hay ambiente. Lleva una corona de flores en el maletero. Hace una fiesta del funeral.
Los rituales de despedida existen en todas las culturas porque cumplen una función: marcan un antes y un después. El velatorio, el entierro, la misa de difuntos, la comida familiar posterior. Cuando lo que se pierde no es una persona sino una etapa, no hay ritual oficial. Nadie manda flores por el fin de una relación tóxica. Nadie da el pésame por siete años perdidos. Y ese vacío ritual hace que el duelo quede como suspendido, sin fecha de cierre.
La canción se inventa su propio ritual, y lo hace con humor:
Montalvo suelta: "Será un cadáver".
Carcajada. Isidro ya tardaba.
El amigo bromea con lo que hay en el maletero y la carcajada estalla. Es una escena de comedia, y a la vez es una ceremonia. El humor no quita peso al dolor. Lo hace compartible. Se puede llorar y reír en la misma mesa, y la letra lo dice expresamente unos versos después: el narrador está celebrando el entierro y está llorando a la vez, sin contradicción.
Si algo enseña esta escena es que el duelo por los años no tiene por qué ser solitario. Se puede convocar a la gente propia, contar la historia, brindar por lo que se acaba. Se puede comprar una corona de flores, literal o figurada. Se puede elegir una fecha y decir: hoy entierro esto. En el diario hay una entrada sobre duelos y despedidas que habla de la importancia de estos gestos, aunque parezcan simbólicos. Lo simbólico, para el cerebro, es muy real.
Lo que no se robó
Hay un momento en todo duelo por el tiempo en el que conviene hacer la cuenta al revés. No lo que se perdió, sino lo que, a pesar de todo, siguió siendo tuyo. Y las letras del planeta, leídas con atención, ofrecen esa cuenta también.

En «La playa del Mal Pas» aparece justo después de la frase de las dos mitades:
Cada ola me recuerda algo que ya no soy, pero también lo que he sobrevivido.
Lo que he sobrevivido. Esos años no fueron solo robo. También fueron resistencia. Mientras alguien se llevaba el tiempo, la persona que lo vivía estaba aprendiendo a aguantar, a observar, a reconocer señales, a sostenerse con muy poco. Ninguna de esas habilidades se pidió, y ojalá no hubiera hecho falta aprenderlas. Pero están ahí, y no hay ladrón que pueda llevárselas.
Tampoco se robó la capacidad de querer. Los años de una relación dañina son también años en los que alguien amó de verdad, aunque ese amor fuera a parar al sitio equivocado. Ese amor era tuyo y sigue siéndolo.
Y, sobre todo, no se robó la escritura. En el caso de Mike, la discografía entera del planeta nace, en buena parte, de lo que dolió. Cada una de esas canciones que llevan la cuenta del tiempo es, al mismo tiempo, una prueba de que el tiempo no pasó en vano: se convirtió en obra. No es una justificación del daño. Es una forma de recuperar el control sobre la historia. El ladrón se llevó los años, pero el relato de esos años se lo ha quedado quien los vivió.
El reloj de los demás
El duelo por los años se agrava cuando uno mira alrededor y compara. Las amistades que se casaron, que compraron piso, que cambiaron de trabajo tres veces y ahora tienen un puesto con despacho, que viajaron a Japón, que tuvieron hijos o perros o las dos cosas. Parece que todo el mundo ha avanzado por una autopista mientras uno estaba parado en el arcén, con el capó abierto, esperando una grúa que no llegaba.
Esa comparación tiene nombre en sociología: a veces se habla de reloj social, el calendario implícito que dice a qué edad se supone que hay que haber hecho cada cosa. Y para muchas personas LGTBI ese reloj nunca encajó del todo. Quien salió del armario tarde, o vivió la adolescencia escondido, o tuvo que dedicar años enteros a sobrevivir al acoso, llega a ciertas etapas con retraso respecto al calendario oficial. No por torpeza, sino porque arrancó la carrera con una mochila que los demás no llevaban.
Las letras del planeta no se comparan con nadie. Cuentan sus propios años, con sus propias cifras exageradas, sin mirar el reloj del vecino. Y en eso hay una lección discreta: el único calendario que importa para hacer el duelo es el propio. Lo que hicieron otros en esos años no te dice nada sobre lo que tú perdiste ni sobre lo que todavía puedes hacer. El arcén, por largo que haya sido, no es el final de la carretera.
Además, el reloj social es bastante más mentiroso de lo que parece. Detrás de muchas de esas vidas que avanzan por la autopista hay averías que no salen en las fotos. Comparar tu interior con el escaparate de los demás es una pelea perdida de antemano.
El tiempo que queda
El duelo por los años tiene una trampa más, y es la más peligrosa: que la cuenta del pasado se coma el presente. Que uno pase tanto tiempo lamentando el tiempo perdido que siga perdiéndolo. Es la paradoja del contable obsesivo: revisa tanto el balance del año anterior que se olvida de abrir la tienda.

«El castigo más duro» tiene, en mitad de su enumeración de nubes y contraseñas, una frase que funciona como un pequeño cambio de rumbo:
Tal vez será la puta edad y ya que pase lo que tenga que pasar
Es una frase de cansancio, sí. Pero también de soltar. Ya está. Lo que tenga que pasar, que pase. La edad, que en la cuenta de los años perdidos aparecía como una losa, aquí aparece como una especie de permiso. A cierta altura, uno deja de esforzarse por quedar bien, por gustar, por justificar cada decisión. Y en ese cansancio hay algo liberador.
Mike recibió su diagnóstico a los 41. Para mucha gente, recibir un diagnóstico de salud mental a esa edad provoca precisamente el duelo del que habla esta nota: si lo hubiera sabido antes. Pero hay otra lectura posible, y es la que propone su propia obra. A partir de ese momento, el tiempo que queda se vive con mapa. Ya no a ciegas. Ya no dándose golpes contra paredes que no se veían.
Algunas cosas que ayudan a que el pasado no se coma lo que viene:
- Hacer la cuenta una vez, en serio. Escribirla, si hace falta, con todas las cifras exageradas que pida el cuerpo. Dejar que salga la rabia. Y después cerrar la libreta.
- Ponerle fecha al entierro. Un día concreto, con gente o a solas, en el que se despide la etapa. Una cena, un paseo, una carta, unas flores.
- Hacer la cuenta inversa. Lo que sobrevivió, lo que se aprendió, lo que se conservó.
- Invertir el tiempo que queda en lo que se aparcó. Ese viaje, esa amistad, ese proyecto. No para recuperar los años, sino para que los que vienen sean tuyos.
- Pedir ayuda si la cuenta no se cierra. Hay duelos que se atascan, y desatascarlos es trabajo de profesionales.
Cuando la libreta no se cierra
Si llevas tiempo dando vueltas a los años perdidos y eso te impide dormir, trabajar o disfrutar de nada, no te lo guardes. Puedes hablarlo con tu médico de cabecera, que puede orientarte hacia salud mental. Si te sientes desbordado, en España la línea 024 está para eso: es gratuita, funciona las veinticuatro horas y al otro lado hay gente preparada para escucharte. En caso de emergencia, el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717, y la Fundación ANAR, en el 900 20 20 10, para niños, adolescentes y adultos preocupados por ellos. Si vives en otro país, findahelpline.com te dice a qué número llamar.
Y si quieres entender por qué a muchas personas LGTBI estos duelos nos pesan de una manera particular, la entrada sobre salud mental LGTBI da contexto.
La corona en el maletero
«Un puñetazo al día» está en el primer disco de la trilogía, y puedes escucharla en Spotify. La página de prensa cuenta cómo se organiza el universo del planeta, disco a disco.
En el último plano del fotograma que abre esta nota, el hombre de la pajarita sigue sosteniendo las flores en alto, como quien ofrece algo. El guitarrista sigue tocando. No sabemos adónde van. Quizá a un cementerio imaginario. Quizá a la barra del bar, donde esperan los amigos. Quizá a ninguna parte, porque lo importante era comprarlas.
Los años que se fueron no vuelven. Eso es verdad y no hay manera bonita de decirlo. Pero el que lleva la corona en el maletero no es el difunto. Es el que sigue vivo, el que conduce, el que ha quedado con sus amigos un sábado para enterrar lo que tocaba y reírse un rato. Ese, con todo lo que perdió, todavía tiene por delante el resto de la noche. Y el resto de la noche, esta vez, es suyo.
Preguntas frecuentes
¿Qué canción habla de «los años que me ha robado»?
«Un puñetazo al día», del primer disco de la trilogía GAYFOLK. En ella, el narrador y sus amigos celebran en un bar de Madrid el entierro simbólico de un exmarido «y los años que me ha robado», con una corona de flores en el maletero.
¿Las cifras de años de las letras son reales?
Son cifras de personajes y de canciones, no un registro biográfico. Una de las letras se llama, de hecho, «La ley de la exageración». Lo único que Mike ha contado en público es que tuvo un primer amor a los 22 y después dos relaciones con dos personas que hoy describe como narcisistas.
¿Es normal sentir que has perdido años de tu vida?
Sí. Después de una relación que hacía daño es frecuente hacer cuentas y sentir rabia o tristeza por el tiempo invertido. Es una forma de duelo y, como cualquier duelo, necesita tiempo y, a veces, ayuda para atravesarlo.
¿Qué es la falacia del coste hundido?
Es la tendencia a seguir en algo porque ya hemos invertido mucho en ello, aunque nos haga daño. En las relaciones aparece como «después de tantos años, cómo lo voy a dejar». Reconocerla ayuda a entender por qué uno se quedó y a dejar de castigarse por ello.
¿Dónde pedir apoyo si el duelo se hace muy cuesta arriba?
Tu médico de cabecera es buena primera parada. En España, la línea 024 no cuesta nada y está abierta todo el día; para urgencias vitales, el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717 y la Fundación ANAR, para menores, en el 900 20 20 10. Desde el extranjero, consulta findahelpline.com.