Madrid
Programa de fiestas del barrio: «Los fuegos artificiales de Móstoles», acto por acto
Por Mike Sain't Louis ·

Unas semanas antes de las fiestas, aparecía en todos los buzones del barrio. Un librito grapado, de papel satinado, con una foto de la iglesia o de la plaza en la portada y el escudo del ayuntamiento arriba. Dentro, el saluda del alcalde, el programa de actos día por día, la foto de las reinas de las fiestas del año anterior y, sobre todo, anuncios. Muchos anuncios. La ferretería de la esquina, la autoescuela, el bar de la plaza, la peluquería unisex, la academia de inglés, la tienda de electrodomésticos que llevaba cuarenta años abierta.
Nadie lo leía entero. Pero todo el mundo buscaba la misma página: la del castillo de fuegos artificiales. Día, hora y lugar.
«Los fuegos artificiales de Móstoles» es ese librito. No cuenta una historia con principio y final. Enumera. Lugares, apodos, sustos, fiestas, secretos. Va soltando cosas una detrás de otra, como en esas cenas de reencuentro del instituto en las que alguien dice «¿te acuerdas?» y la mesa entera se pasa tres horas tirando del hilo.
Así que hoy el planeta lo lee como lo que es: un programa de fiestas. Acto por acto, desde el saluda hasta la recogida de sillas.
Una nota antes de abrir el librito. Todos los nombres y apodos que salen en la letra son personajes inventados. Ficción del universo GAYFOLK. Si alguien cree reconocerse, que sepa que en todos los barrios del extrarradio hubo una Isa, un chalet de alguien y un bosque al que no había que acercarse.
Saluda del alcalde
Todo programa de fiestas empieza con el saluda. Una página con la foto del alcalde sonriendo y un texto que siempre dice lo mismo: queridos vecinos, un año más, nuestras fiestas, convivencia, alegría, disfrutad con responsabilidad.
Móstoles tiene, además, un alcalde famoso en los libros de historia. El 2 de mayo de 1808, el día del levantamiento de Madrid contra las tropas de Napoleón, los alcaldes de Móstoles firmaron un bando que llamaba a los españoles a levantarse en armas. Un pueblo pequeño del sur de Madrid declarándole la guerra al imperio francés. Es una de esas historias que se cuentan en el colegio y que dan a la ciudad un orgullo especial.
Hoy Móstoles es una ciudad grande del sur metropolitano, de bloques de ladrillo, avenidas anchas, parques con columpios y centros comerciales. De las que creció a toda velocidad con la gente que llegaba de los pueblos a trabajar a Madrid. Y de las que tienen fiestas de barrio con verbena, orquesta y castillo de fuegos.
El saluda de esta canción, si lo hubiera, lo firmaría la memoria. Queridos vecinos de la adolescencia: un año más, aquí estamos, acordándonos de todo.
Pregón: el callejero
Las fiestas se abren con el pregón. Alguien conocido del pueblo sube al balcón del ayuntamiento y suelta un discurso lleno de nombres de calles, de lugares, de recuerdos compartidos.
El pregón de esta canción es una ristra de lugares sin respirar:
«Las montañitas, el bunque, el local, la clase de gimnasia, la casa de Isa, el chalet de Estela, el Berrueco»
A quien no es del barrio, esos nombres no le dicen nada. Y aun así, cualquiera que haya crecido en el extrarradio los reconoce, porque en su barrio había otros iguales. Las montañitas, que serían esos montículos de tierra de un descampado donde se montaba en bici. El local, que era el sitio donde se juntaba la pandilla. La clase de gimnasia, con su potro y sus colchonetas que olían a sudor de veinte promociones. La casa de una amiga, el chalet de otra.
Y luego vienen otros nombres que parecen de una clase de geografía:
«los meridianos, los paralelos»
En muchos barrios del sur de Madrid, las calles y los parques se bautizaron con nombres de series: los planetas, los ríos, las provincias, los pintores. Es una forma de ordenar el callejero de una ciudad que crece de golpe. Y para los chavales de ese barrio, los meridianos y los paralelos no eran líneas imaginarias del globo terráqueo. Eran el sitio donde se quedaba después de clase.
Asociaciones colaboradoras
Al final de todo programa de fiestas hay una página con las asociaciones que colaboran. La de vecinos, la de mayores, la peña del Atleti, el club de petanca, la asociación juvenil.

La canción tiene la suya:
«Alternativa juvenil ecologista»
Es un nombre que lo dice todo de una época. Los grupos juveniles de barrio que se reunían en un local cedido por el ayuntamiento, que hacían pancartas a mano, que organizaban limpiezas de parques y acampadas, que tenían un tablón de corcho lleno de carteles de conciertos. Para muchos chavales de extrarradio, esas asociaciones fueron el primer sitio donde se sintieron parte de algo.
Y para muchos chavales queer de esos barrios, también fueron el primer sitio donde había alguien un poco distinto, alguien con quien hablar de cosas de las que no se hablaba en casa.
Concurso de leyendas urbanas
Todo barrio tenía sus leyendas. La casa abandonada donde decían que había pasado algo. El túnel por el que no había que meterse. El descampado donde aparecían cosas raras.
La canción tiene una advertencia en forma de leyenda:
«Nunca te acerques al viejo bosque de moreras»
Es una frase que suena a cuento de los hermanos Grimm, a madre que avisa desde la ventana. Nunca te acerques. Y por supuesto, todos los chavales del barrio se acercaban. Porque para eso están las prohibiciones en la adolescencia: para saber exactamente adónde hay que ir.
Las moreras, por cierto, son esos árboles de parque que en verano dejan el suelo lleno de moras aplastadas, manchas moradas en las aceras y en las zapatillas blancas. Un bosque viejo de moreras es un sitio pegajoso, oscuro, con olor dulzón. El escenario perfecto para una leyenda de barrio.
Personajes ilustres
Los programas de fiestas incluyen a veces un homenaje a algún vecino ilustre. El panadero que se jubila, la señora que cumple cien años, el chaval que ha ganado un campeonato.
La canción hace su propio homenaje, a su manera. Una lista de apodos que no necesitan explicación para los del barrio:
«el conejo slowly y la madre de Fabián. / La monóloga y las fiestas del barrio.»
Y más adelante, otros: la polaca, Verónica fumeta, la santa de Patricia, el gordo viejo del chalet. Todos inventados, todos reconocibles. Porque en cualquier pandilla de adolescentes había un mote para cada uno, y los motes eran crueles, cariñosos y exactos a la vez. El que hablaba despacio. La que no paraba de hablar. La que era demasiado buena para ese grupo. La madre de alguien que era más famosa que su hijo.
«La monóloga» es de lo mejor que ha dado el diccionario de barrio. Esa persona que en cualquier reunión acaba hablando sola, sin dejar meter baza, mientras los demás se miran. Todos conocemos a una.
Castillo de fuegos artificiales
Y llega el acto central. El que todo el mundo buscaba en el programa:

«La borrachera viendo los fuegos artificiales de Móstoles»
Es la adolescencia en una sola imagen: grandiosa y cutre a la vez. Tirados en el césped de un parque, o sentados en el capó de un coche, con la cabeza dando vueltas por el calimocho o lo que fuera, mirando el cielo lleno de colores. Las palmeras doradas, los cohetes que silban al subir, las bombas que retumban en el pecho, el humo que se queda flotando después del final, ese olor a pólvora que llega con el viento.
Los castillos de fuegos de las fiestas de barrio no son los de una gran ciudad, ni los de las fallas, ni los de una boda de millonarios. Son más modestos, más cortos, con algún cohete que falla y una traca final que siempre parece que no va a acabar. Pero para un chaval de quince años, borracho por primera vez, con sus amigos alrededor, son lo más bonito que ha visto en su vida.
Y esa es la clave del título. No son fuegos espectaculares. Son los fuegos de Móstoles. Los nuestros. Los del barrio.
La orquesta: estaban flow
En toda verbena hay una orquesta que toca en un escenario montado en la plaza. Y en esta canción, la orquesta es el estribillo:
«los borrachos rumanos del parque que estaban flow / Que estaban flow / Flow / Flow»
Es un estribillo absurdo, de los que se te quedan pegados sin saber por qué. Y retrata algo que cualquiera que haya vivido en el extrarradio reconoce: los grupos de hombres que pasaban la tarde en un banco del parque con unas latas, siempre en el mismo sitio, a los que los chavales del barrio veían a diario. Personajes del paisaje, como los columpios.
Lo de «estaban flow» es lenguaje de chaval. Flow como estado de ánimo, como rollo, como forma de estar en el mundo. Estaban a su aire. Estaban en su mundo. Estaban flow. Y la palabra se repite y se repite, cada vez más corta, «flow, flow», como el eco de una noche que se acaba.
Peñas: las maricas del barrio
En las fiestas de los pueblos están las peñas, los grupos de amigos con su camiseta, su local y su charanga. Cada una con su nombre.
La canción menciona una peña muy especial, casi de pasada:
«las maricas de Enrique y Miguel»
Es uno de los versos más bonitos de toda la letra, y lo es precisamente porque va de pasada. No hay drama. No hay explicación. No hay salida del armario contada como tragedia. En medio de la lista de lugares y apodos, están ellos, como un lugar más del barrio. Las maricas de Enrique y Miguel. Como se dice «la casa de Isa» o «el chalet de Estela».
Para muchos chavales queer del extrarradio, ese tipo de referentes fue fundamental. Saber que en tu barrio, en tu misma calle, había dos chicos que eran lo que eran. Aunque se les llamara así. Aunque el resto se riera a veces. Estaban. Y eso, en un barrio de los noventa o los dos mil, ya era muchísimo.
El planeta ha escrito sobre Madrid y Chueca en las canciones, pero esta canción recuerda que la vida queer de Madrid no estaba solo en el centro. Estaba también en los parques de Móstoles, en los locales juveniles, en los chalets de fin de semana.
Excursión de fin de semana
Algunos programas de fiestas incluían una excursión. Un autobús que salía de la plaza a las ocho de la mañana hacia la sierra o hacia la playa.
La excursión de esta canción es otra:
«el fin de semana en el chalet del gordo viejo, Darío y cuando hicimos un trío»
Ahí está. Dicho así, en media línea, como quien guiña un ojo a los que estuvieron allí. Un chalet, un fin de semana, unos nombres y una anécdota que no se cuenta entera. La letra tampoco se guarda lo picante. Lo dice con la misma naturalidad con la que dice «el local» o «la clase de gimnasia».
Así se acuerda uno de lo que pasó de verdad. Sin adornarlo, sin justificarlo, con esa media sonrisa de quien sabe que fuera del grupo nadie lo entendería del todo.
Las noches en el trastero
Los programas de fiestas nunca incluyen lo que pasaba fuera del programa. Lo que hacían los chavales cuando los mayores estaban en la verbena.

La canción sí lo incluye:
«Las noches en el trastero, fotocopiando las notas a fin de mes, a la comisaría los tres»
Tres escenas en un verso. El trastero del bloque, con su bombilla desnuda, su olor a humedad, las bicis viejas y las cajas de la mudanza, convertido en refugio de la pandilla. Las notas fotocopiadas a fin de mes, que no sabemos bien qué eran ni para qué, y que suenan a trapicheo de instituto. Y la visita a comisaría de tres en tres, que tampoco se explica y que suena a la noche en que algo salió mal.
La letra no aclara nada. Y no hace falta. La memoria de la adolescencia funciona así: por fogonazos. Un trastero te lleva a unas notas, las notas te llevan a una comisaría, y en medio aparece alguien que hacía tiempo que no recordabas.
El verso que se queda
En mitad de todo el inventario, entre trasteros y comisarías, aparece un verso distinto. Más corto. Más tierno. Más triste:
«y cuando aún tú amabas»
Es el único momento de la letra en que alguien le habla a alguien. «Tú». Y lo que dice es que hubo un tiempo en que esa persona todavía amaba. Que algo cambió después. Que ese «aún» marca una frontera entre antes y ahora.
No sabemos quién es «tú». Puede ser un amigo, un amor, un antiguo yo. Pero el verso hace lo que hacen las mejores fotos de un álbum: te detiene. En medio de las risas y los apodos, de repente, una punzada.
Así es la nostalgia de verdad. Nunca es dulce del todo. Siempre deja un hueco.
La sauna con Lidia
Y el inventario sigue, sin pausa:
«y cuando fuimos con Lidia a la sauna y cuando la montaba si no ligaba»
Una visita a la sauna con una amiga, que suena a aventura de veinteañeros explorando la ciudad. Y alguien que «la montaba» cuando no ligaba, es decir, que montaba un numerito, que armaba un escándalo, cuando la noche no salía como esperaba. Todos hemos conocido a alguien así. O hemos sido alguien así.
La letra lo junta todo al mismo nivel. La sauna, el trío, la comisaría, los fuegos, el bosque de moreras. No jerarquiza. No decide qué fue importante y qué no. Lo pone todo en fila, como las fotos de una caja de zapatos volcada sobre la cama.
Memoria por fogonazos
Cuando intentamos contar nuestra adolescencia, solemos ordenarla. Primero pasó esto, luego aquello. Pero la memoria real no funciona así. Funciona por fogonazos, como los fuegos artificiales: una luz, un estallido, un color, y vuelta a la oscuridad.
La canción imita ese mecanismo. Y por eso el título es tan acertado. Los fuegos artificiales son una escena de la letra y, a la vez, su forma. Cada nombre es un cohete que sube, explota y se apaga. La montañitas. ¡Pum! El bunque. ¡Pum! La casa de Isa. ¡Pum! Las maricas de Enrique y Miguel. ¡Pum!
Y al final, la traca. El estribillo que se repite, «flow, flow, flow», como la ristra de petardos que cierra cualquier castillo que se precie.
El planeta ha escrito sobre la memoria y la generación anterior, y esta canción es su versión de barrio: la memoria de una pandilla, de un sitio, de unos años que no vuelven.
Anuncios por palabras
Lo mejor de los programas de fiestas eran los anuncios. Ocupaban más páginas que los actos. «Ferretería Hermanos López, su ferretería de confianza desde 1974». «Autoescuela La Rápida, aprueba a la primera». «Bar El Rincón, tapas y raciones, felices fiestas». «Peluquería Mari, caballeros y señoras». Todos con su número de teléfono de siete cifras y una foto borrosa del local.

Esos anuncios eran el retrato verdadero del barrio. Más que el saluda del alcalde, más que el programa de actos. Ahí estaba la gente que hacía funcionar el sitio: los que vendían el pan, cortaban el pelo, arreglaban los grifos, servían las cañas.
La letra de esta canción tiene algo de esa página de anuncios. No vende nada, pero hace lo mismo: retrata el barrio a través de los sitios y de la gente. El local, el trastero, el chalet, el parque. Isa, Estela, Darío, Lidia, la polaca. No hay un solo monumento. No hay una sola foto de postal. Solo hay los sitios donde pasaba la vida de verdad.
Si la canción tuviera un anuncio propio en el programa, diría algo así: «Recuerdos de barrio, se recogen a domicilio. Sin cita previa. Felices fiestas».
Patrocinadores: el disco
Todo programa de fiestas tiene sus patrocinadores. Este tiene un disco.
La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. Tiene un videoclip oficial de algo más de cinco minutos.
En la lista numerada de singles de la web va precedida de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que es el deseo de irse a otro planeta, y seguida de «Spoiler», que es la manía de contar el final antes de tiempo. Entre las dos, esta canción hace lo contrario: no quiere irse a ningún sitio ni contar ningún final. Quiere quedarse en el barrio, mirando el cielo, un rato más.
Y si quieres seguir paseando por el sur y el centro, el planeta tiene su rincón de Madrid.
Información práctica
La letra de «Los fuegos artificiales de Móstoles» es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que la escribió sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. En la sección de prensa está todo explicado.
Se escucha en Spotify y en el resto de plataformas, y se descarga gratis desde la web.
Recogida de sillas
El último acto de cualquier fiesta de barrio no sale en el programa. Es la recogida de sillas. Los voluntarios de la asociación de vecinos apilando las sillas de plástico en la plaza a las cuatro de la mañana. Los barrenderos con la manguera. Los vasos aplastados en el suelo. El escenario de la orquesta desmontándose bajo la luz de las farolas.
Es un momento triste y bonito a la vez. La fiesta se ha acabado. Pero todavía queda el olor a pólvora en el aire.
Esta canción se queda ahí, en ese momento. Cuando ya han terminado los fuegos y los amigos siguen tirados en el césped, sin ganas de irse a casa. Cuando alguien dice «¿te acuerdas de...?» y empieza otra vez la lista.
Y la lista no se acaba nunca. Porque la adolescencia no se acaba del todo. Se queda en un librito grapado, en un cajón, esperando a que alguien lo abra por la página de los fuegos artificiales.
Día, hora y lugar. El barrio. Siempre.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Los fuegos artificiales de Móstoles»?
Es un inventario de la adolescencia en un barrio del sur de Madrid: lugares, apodos, fiestas, sustos y secretos enumerados de corrido. El título viene de una de esas escenas, una borrachera viendo los fuegos artificiales de Móstoles.
¿Los nombres de la letra son personas reales?
No. Los nombres y apodos que aparecen son personajes de ficción del universo GAYFOLK.
¿Tiene videoclip?
Sí, tiene videoclip oficial de algo más de cinco minutos, en la web y en YouTube.
¿Quién hace la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.