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Audioguía no oficial con alas: «Louvre» y un recorrido marica por las salas del museo

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Portada de «Louvre», canción de Mike Sain't Louis

Bienvenido. Pulse el número uno y colóquese delante de la pirámide.

Esta audioguía no la ha encargado el museo. No tiene la voz pausada de una actriz francesa ni la musiquita de clavecín de fondo. La ha grabado el planeta, con el móvil, en la cola de entrada, rodeado de grupos de jubilados de Valladolid y adolescentes coreanos haciéndose selfis. De fondo suena una canción: «Louvre», de Mike Sain't Louis.

El texto que la acompaña en la web cuenta la idea en dos líneas: «cómo sería entrar en un lugar tan solemne con alas de mariposa y convertirlo en una pista de baile». Y aclara algo importante antes de que nadie se haga ilusiones: el vídeo no está grabado en París, aunque lo parezca, «porque el Louvre aquí no es un museo: es un símbolo».

El diario ya contó cómo se baila en los lugares donde nunca nos invitaron y, en otra nota, hizo un pequeño mapa de París y el Louvre en el catálogo. Hoy el planeta hace algo más práctico y más tonto: una visita guiada. Sala por sala, con las alas puestas, mirando las obras más famosas del museo con los ojos de quien nunca se sintió del todo bienvenido en un sitio así.

Póngase cómodo. Ajústese los cascos. Y, por favor, no toque las obras.

Parada 1: la pirámide de cristal

Está usted delante de la entrada más fotografiada del mundo. Una pirámide de vidrio y metal plantada en mitad de un patio de palacio renacentista.

Cuando se inauguró, a finales de los ochenta, hubo parisinos que pusieron el grito en el cielo. Que si era una aberración, que si destrozaba el patio, que si un museo así no podía tener una entrada que pareciera de centro comercial del futuro. Hoy es el símbolo del museo, sale en todas las postales y nadie imagina el Louvre sin ella.

El planeta empieza aquí por un motivo. La pirámide es lo primero que hace el museo para decir que lo solemne y lo moderno pueden convivir. Y es exactamente lo que propone la canción. En la ficha de mikesaintlouis.com, la imagen que lo resume es la de unas alas rosas sobre la pirámide de cristal. Lo antiguo y lo que no pide permiso, uno encima del otro.

La diseñó Ieoh Ming Pei, un arquitecto estadounidense nacido en China, que tuvo que defenderla delante de comisiones, periodistas y vecinos indignados. Es una historia que al planeta le suena mucho: alguien llega de fuera a un sitio con siglos de historia, propone algo que no se parece a nada de lo que había y aguanta el chaparrón. Con los años, lo que se llamó escándalo pasó a llamarse icono. No es la primera vez que ocurre, ni será la última. Y tampoco hace falta esperar a que pase para saber que uno tiene razón.

Mire la pirámide un momento. Ahora imagínela con una bola de discoteca colgando del vértice.

Ya está. Ya ha entendido la canción.

Parada 2: la Gioconda y su cola

Pulse el número dos. Siga la marea de gente hasta una sala enorme donde, al fondo, detrás de un cristal blindado y de una cola de doscientas personas con el móvil en alto, hay un cuadro pequeño. Más pequeño de lo que usted esperaba. Siempre es más pequeño de lo que uno espera.

Fotogramas del videoclip oficial de «Louvre», de Mike Sain't Louis

La Gioconda.

Al planeta le hace mucha gracia esta sala, porque es la más solemne y la menos solemne del museo a la vez. Todo el mundo baja la voz, pero todo el mundo empuja. Todo el mundo mira con respeto, pero nadie mira el cuadro: miran la pantalla del móvil con el cuadro dentro. Es una procesión de Semana Santa con selfie stick.

Y mientras tanto, ella, con su sonrisa que no se sabe si es de burla o de pena, mira a todo el mundo como si supiera algo que los demás no. Hay una larga tradición de leer esa sonrisa en clave queer, de imaginar al pintor y a su taller, de buscar en la ambigüedad de esa cara algo que no encaja del todo en el chico o la chica. El planeta no va a entrar en debates de historiadores. Solo apunta que, si alguien en esta sala tiene pinta de saber lo que es estar en un armario de cristal blindado con todo el mundo mirando, es ella.

El texto de «Louvre» dice que el Louvre representa lo que el arte tiene «de eterno, pero también de frágil, de humano y de queer». La Gioconda es eterna. Y está detrás de un cristal porque es frágil. Las dos cosas a la vez.

Parada 3: la Victoria de Samotracia

Pulse el número tres. Suba la escalera grande, la Daru, y levante la vista.

Arriba del todo, sobre la proa de un barco de piedra, hay una mujer sin cabeza y sin brazos con dos alas enormes abiertas al viento. La Victoria de Samotracia. Es griega, de hace más de dos mil años, y es probablemente la escultura con más estilo de todo el museo. No tiene cara y no la necesita. La túnica pegada al cuerpo por el viento le basta para decirlo todo.

El planeta se queda aquí más rato que en ninguna otra parada. Porque tiene alas.

Las alas son la imagen central del vídeo de Mike. Alas de mariposa a la espalda, en mitad de un sitio donde se camina despacio y se habla bajito. La Victoria lleva más de un siglo con las alas abiertas en mitad de esa escalera, y la gente sube y baja a su alrededor sin atreverse a mover los brazos. Si alguien en este museo tiene derecho a bailar, es ella.

El diario tiene una nota sobre la mitología griega en el planeta, porque los dioses y las diosas de los griegos aparecen mucho en el catálogo. La Victoria, Niké, era la diosa que volaba sobre los vencedores. El planeta se permite una lectura: aquí, en la escalera, vuela sobre todos los que entraron al museo pensando que no era sitio para ellos. Y entraron igual.

Parada 4: el Hermafrodito dormido

Pulse el número cuatro. Esta parada no sale en la mayoría de los folletos, así que tendrá que preguntar a un vigilante. Dígale «Hermaphrodite endormi» con la mejor pronunciación que pueda. Si se ríe, no pasa nada.

En una sala de escultura antigua hay una figura tumbada boca abajo sobre un colchón de mármol. Desde un lado parece una mujer dormida, con la espalda curvada y el pelo recogido. Uno da la vuelta alrededor de la escultura y, al llegar al otro lado, se encuentra con que tiene también cuerpo de chico. Es Hermafrodito, hijo de Hermes y de Afrodita, que según el mito acabó fundido en un solo cuerpo con una ninfa.

El colchón, por cierto, no es antiguo. Lo esculpió siglos después un artista italiano muy famoso, porque alguien pensó que una figura así merecía dormir cómoda. Al planeta le parece uno de los gestos más tiernos de toda la historia del arte.

Esta parada es el corazón de la audioguía. Porque aquí está, en mármol y desde hace siglos, lo que tantas veces se ha querido presentar como una moda de ahora. El texto de «Louvre» lo dice con una frase que el planeta firmaría con las dos manos: lo queer «no es una moda: es una manera de ver el mundo con más color y más verdad».

Ni moda ni invento. Mármol. En el museo más visitado del mundo. Durmiendo tranquilamente sobre un colchón que alguien le talló con cariño.

Dé la vuelta completa alrededor de la escultura. Despacio. Es lo que la obra pide.

Parada 5: la balsa de los náufragos

Pulse el número cinco. Vuelva a las salas de pintura grande, la francesa del siglo XIX, y busque un cuadro inmenso, oscuro, lleno de cuerpos amontonados sobre una balsa en mitad del mar.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «no es una moda: es una manera de ver el mundo con más color y más verdad» de «Louvre»

La balsa de la Medusa. Cuenta un naufragio real: los supervivientes de un barco que, abandonados por sus oficiales, pasaron días a la deriva sobre unas tablas. Arriba del montón de cuerpos, un hombre agita un trapo hacia un barco que apenas se ve en el horizonte. No se sabe si los van a rescatar.

El planeta se para aquí porque este cuadro es el espejo oscuro del vídeo de Mike. En «Louvre» se baila. Aquí se espera. Pero los dos hablan de lo mismo: de gente a la deriva en un sitio que no la quiere, buscando una señal.

En el catálogo hay otra canción que vive en este cuadro, aunque no lo nombre. «Paris restera gris» habla, según su texto en la web, del final de una relación gay de muchos años y de un viaje a París que se planeó mil veces y nunca se hizo. De los hoteles vistos en Google Maps que se convirtieron en ruinas imaginarias. Esa pareja también estuvo en una balsa, mirando un barco que no llegó.

Lo que diferencia una canción de otra es el gesto. En «Paris restera gris», París se queda gris. En «Louvre», se llega por fin al museo, aunque sea con la imaginación, y se baila.

Parada 6: la Libertad con el pecho al aire

Pulse el número seis. En la misma ala, muy cerca, hay otro cuadro famosísimo. Una mujer avanza sobre una barricada con una bandera en una mano, un fusil en la otra y el pecho descubierto. A su lado, un chaval con dos pistolas. Detrás, el humo de París en revolución.

La Libertad guiando al pueblo.

El planeta no va a dar una clase de historia, que para eso están las audioguías oficiales. Solo quiere señalar una cosa: la figura que guía al pueblo es una mujer medio desnuda, despeinada y sin ningún miedo. No es una reina ni una santa. Es un cuerpo que se planta delante de todos y avanza.

En el texto de «Louvre» hay una frase que podría ir escrita en la bandera: «eso es lo que hacemos las personas diferentes: reescribir los lugares donde nunca fuimos invitados». La Libertad del cuadro no pidió permiso para subirse a la barricada. Las mariposas del vídeo de Mike tampoco piden permiso para entrar en la sala.

Parada 7: la sala del techo pintado

Pulse el número siete. Busque cualquier galería con el techo cubierto de pinturas, dorados y molduras, y mire hacia arriba hasta que le duela el cuello.

Los techos de palacio están hechos para hacerte sentir pequeño. Eso es lo que hace la solemnidad: te coloca abajo, a ras de suelo, y te recuerda que hubo gente más importante que tú que comía en esas salas y mandaba desde ellas.

En el catálogo hay una canción que vive debajo de un techo así, aunque sea otro, en otro país. «La de la capilla sixtina» usa el techo más famoso del mundo como nombre de una última vida, la definitiva. La letra no tiene nada de solemne:

«No soy un condón que tiras después de / Usarse / Y ya he usado seis vidas / La séptima es la definitiva»

El planeta adora esta mezcla. Miguel Ángel arriba, con sus profetas y sus sibilas. Y abajo, alguien que ha decidido que la séptima vida va a ser la buena, la de la capilla sixtina, la que se mira hacia arriba con la cabeza alta. Los techos de palacio te hacen pequeño. Esta letra los usa para hacerse grande.

Parada 7 bis: la Venus sin brazos

Antes de seguir, desvíese un momento. Pulse el siete bis. En una sala de escultura griega, rodeada siempre de un corrillo, está la Venus de Milo.

Collage con un detalle de la carátula de «Louvre» y las carátulas de «Paris restera gris», «La de la capilla sixtina», «La playa del Mal Pas»

Tampoco tiene brazos. En este museo, por lo visto, las diosas más famosas llegaron mutiladas y aun así se llevaron toda la atención. Nadie sabe con seguridad qué hacían esos brazos: si sostenían una manzana, un espejo, un escudo o nada. Generaciones de expertos han discutido sobre ello. Ella sigue a lo suyo, con la cadera ladeada y la túnica a punto de caerse.

Al planeta le gusta la Venus por una razón muy concreta: es la prueba de que se puede ser icono con piezas que faltan. Le falta medio cuerpo y es el canon de belleza de media humanidad. Si eso no es una lección para cualquiera que se mire al espejo con complejos, que baje la diosa y lo vea.

Muchas canciones del catálogo hablan de cuerpos que no encajan, de autoestima rota, de gente que se siente incompleta después de una relación que le arrancó algo. La Venus contesta sin decir una palabra. Mírala. Le falta lo que le falta y ahí está, en el museo más visitado del planeta Tierra, con un corrillo de turistas que no se cansa de mirarla.

Haga una foto si quiere. Pero hágasela también a usted, al lado. Con lo que le falte. Porque si a ella le perdonamos los brazos, la nariz desconchada y los siglos de polvo, no hay ningún motivo para no perdonarle a usted una ojera, una cana o una cicatriz.

Parada 8: el banco del medio de la sala

Pulse el número ocho. Esta no es una obra. Es un banco.

En casi todas las salas grandes del museo hay un banco en el medio, de madera o de cuero, donde la gente se sienta a descansar los pies. El planeta le tiene un cariño especial a ese banco. Ahí se sientan los que ya no pueden más. Los que han venido acompañando a alguien que sí quería ver el museo. Los que se han emocionado con algo y necesitan un minuto.

Siéntese. Mire un cuadro cualquiera desde lejos.

Hay una canción del catálogo que se escucha muy bien sentado en un banco de museo, aunque no hable de museos. «La playa del Mal Pas» habla de mirar desde lejos algo que uno quiso. Su final es de los más limpios que ha escrito Mike:

«Hoy la miro desde lejos. / Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor.»

Eso es exactamente lo que se hace en un museo. Mirar desde lejos algo que sigue siendo el mismo, mientras uno ya no lo es. El cuadro no cambia. Usted, que lo vio a los veinte años en una excursión del instituto y vuelve a los cuarenta, sí.

Parada 9: la tienda del museo

Pulse el número nueve. Toda visita termina en la tienda. Es la ley de los museos.

Ficha de la canción «Louvre» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Ahí están los imanes de la Gioconda, los paraguas con La Libertad, las tazas, los cuadernos, las bolsas de tela con la pirámide, las réplicas en miniatura de la Victoria que cuestan un dineral. El arte convertido en souvenir. El planeta no lo critica, ojo. Le encanta una tienda de museo. Ahí el arte deja de estar detrás del cordón y se lleva a casa, aunque sea en forma de llavero.

Es, a su manera, lo que hace la canción. «En mi universo GayFolk, el arte no se encierra», dice el texto. «Se baila, se llora, se rompe y se comparte». Se lleva a casa. Se pone en el salón. Se cuelga del espejo retrovisor del coche.

Si quiere un recuerdo de esta audioguía, no hace falta comprar nada. En la galería del planeta hay imágenes de todas las épocas de la trilogía, y en la sección de vídeos están los videoclips, el de «Louvre» incluido, con sus alas y su purpurina. Gratis. Sin cola.

Parada 10: la salida, de noche

Pulse el número diez. Salga por la pirámide. Si ha calculado bien, ya habrá anochecido.

De noche, la pirámide se ilumina por dentro y el patio entero cambia. Lo que de día era solemne se vuelve casi una discoteca al aire libre, con reflejos en el agua de las fuentes y gente sentada en el borde con una botella de vino barato del supermercado de la esquina. Es la hora del Louvre que más se parece al vídeo de Mike.

El diario tiene una nota sobre el neón y la estética del planeta, y esta parada es su ilustración perfecta. El planeta siempre ha preferido los sitios importantes de noche, cuando se apagan los vigilantes y se encienden las luces de colores. Lo eterno, iluminado como un garito.

El texto de «Louvre» termina con un deseo que es casi un brindis: «Que nunca falte el brillo, ni la libertad, ni las ganas de bailar frente a los templos del arte». El planeta levanta su botella de vino barato hacia la pirámide y repite el brindis en voz baja.

Frente a los templos. No dentro, a escondidas. Frente a ellos, a la vista.

Nota final de la audioguía

Antes de devolver los cascos, una última aclaración, que en este diario siempre conviene hacer.

«Louvre» es una canción de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya, escrita sin IA. La música y las voces, como en todo el proyecto, se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Las fechas, los créditos y el resto de la discografía están en la página de prensa. La canción forma parte de «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y el título del álbum le va al pelo: es una canción que lleva a un sitio que no está en ningún mapa y que, aun así, se reconoce en cuanto se pisa.

Si usted es de los que nunca se ha sentido cómodo en un museo, de los que bajan la voz por miedo a que se note que no son de ahí, de los que entran con las manos a la espalda y salen con prisa, esta audioguía era para usted. La próxima vez, entre con alas. Aunque sean imaginarias. Aunque solo las vea usted.

Y si alguien le mira raro, siga andando. La Victoria lleva más de dos mil años con las alas abiertas y nadie se ha atrevido a decirle nada.

Escuche «Louvre» en Spotify mientras hace cola. Merece la pena la espera.

Fin del recorrido. Gracias por su visita. Recuerde recoger sus pertenencias en la consigna.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Louvre»?

Según el texto que la acompaña en la web, es una fantasía visual que mezcla arte, identidad y libertad: entrar en un lugar solemne con alas de mariposa y convertirlo en una pista de baile. El Louvre funciona como símbolo de lo eterno y lo frágil del arte.

¿Se grabó el videoclip en París?

No. El propio texto de la canción lo aclara: no está grabado en París, aunque lo parece, porque el Louvre ahí es un símbolo más que un lugar.

¿En qué disco está?

En «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single la fecha el 26 de junio de 2026.

¿Quién la ha hecho?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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