Madrid
Polaroid encontrada: «Madrid» en blanco y negro y el chico que camina pegado a la pared
Por Mike Sain't Louis ·

Bordes manchados. Grietas en la emulsión. Una calle que acaba de llover, el asfalto brillando como un espejo roto. Coches de otra época aparcados junto a la acera, farolas encendidas aunque parece de día, y al fondo una de esas cúpulas que coronan las esquinas del centro. En primer plano, de espaldas, alguien camina con chaqueta y pantalón de cuero y gafas de sol, aunque llueva. Va pegado a la pared. Como quien conoce bien el camino.
Así describe su autor la portada de «Madrid»: como una polaroid encontrada en una caja de mudanza, de esas que han pasado por muchas manos o por muchos cajones. Y así la ha recibido el planeta, que tiene la costumbre de rescatar fotos viejas de los mercadillos y de inventarse, solo para sí mismo, la vida de la gente que sale en ellas.
Esta vez no hará falta inventar. Datos de la ficha: disco «El día de la liberación», salida el 6 de julio de 2026, a primeros de ese mes en que la ciudad celebra su Orgullo. Los versos de esta pista aún esperan turno en la web, pero la ciudad que retrata asoma en media discografía. El planeta va a hacer lo que se hace con una polaroid encontrada: sacarla de la caja y pasearla. Por las otras canciones, por las otras calles. A ver si alguien reconoce al chico de espaldas.
Por qué en blanco y negro
Lo primero que llama la atención es la falta de color. Madrid, en la imaginación colectiva, es una ciudad de colores: el rojo de los ladrillos de Lavapiés, el ocre de la Plaza Mayor, el azul imposible de su cielo de invierno, el arcoíris de Chueca en julio. Y la portada lo quita todo. Lo deja en grises.
El planeta tiene una teoría: el blanco y negro es el color de la memoria. Nadie recuerda en tecnicolor. Los recuerdos llegan desteñidos, con grano, con manchas en los bordes, con la sensación de que algo falta. Una ciudad en blanco y negro no es la ciudad que se ve; es la ciudad que se recuerda. Y la ciudad que se recuerda es siempre más bonita y más triste que la de verdad.
Hay también algo de homenaje a otra época. Las fotos en blanco y negro de Madrid son las de los años en que ser marica en esta ciudad era una cosa muy distinta. Antes de la Movida, antes de que Chueca fuera Chueca, antes de que el Orgullo llenara la Castellana de carrozas. Cuando los bares de ambiente tenían la puerta cerrada y había que llamar al timbre. Esa es la ciudad que asoma por debajo del gris.
Pegado a la pared
El detalle que más le ha tocado al planeta es ese: el chico va pegado a la pared. Su autor lo cuenta casi de pasada, pero es una de esas imágenes que, una vez vistas, ya no se olvidan.
¿Por qué se camina pegado a la pared? Por muchas razones. Porque llueve y los aleros protegen un poco. Porque la acera es estrecha. Porque uno conoce el camino y va a lo suyo, sin pararse a mirar escaparates. Pero hay otra razón, y cualquier marica de cierta edad la conoce en el cuerpo: se camina pegado a la pared cuando no se quiere que te vean. Cuando vas a un sitio al que se supone que no deberías ir. Cuando sales de un bar de madrugada y no quieres que el portero del edificio de enfrente te reconozca.
Hay una letra del planeta que lo cuenta con una sinceridad que todavía corta. No es de esta canción, sino de «La despedida», y habla de la primera vez que alguien fue solo a Chueca, con miedo, pensando que le iban a pegar. Ese chico de la polaroid podría ser él. O su hermano mayor, veinte años antes. O cualquiera de los miles que han recorrido esas mismas calles con el corazón en la garganta y la espalda contra el ladrillo.
Y sin embargo, en la portada, el chico no parece asustado. Lleva gafas de sol bajo la lluvia, que es un gesto de diva. Lleva cuero de arriba abajo, que es un gesto de orgullo. Va pegado a la pared, sí, pero como quien conoce el camino. No se esconde: se sabe el atajo.
El planeta se queda con esa ambigüedad. Hay una manera de pegarse a la pared que es miedo y otra que es oficio. La ciudad enseña las dos.
La cúpula
Al fondo de la foto hay un edificio con cúpula. Su autor no dice cuál, y el planeta no va a ponerle nombre por su cuenta. Pero cualquiera que haya paseado por el centro sabe de qué tipo de edificio se trata. Madrid está llena de cúpulas en las esquinas, de torreones de pizarra con remates dorados, de estatuas aladas que miran la ciudad desde arriba. La más famosa de todas, la del Metrópolis, en el cruce de Gran Vía con Alcalá, tiene una Victoria alada que lleva un siglo contemplando el tráfico como quien mira pasar a sus ex.
Las cúpulas son el sombrero de la ciudad. Le dan aire de capital, de sitio importante, de postal. Y en la portada están al fondo, desenfocadas, mientras en primer plano camina alguien anónimo. Es una composición muy de este planeta: lo monumental detrás, lo cotidiano delante. La gran ciudad como decorado; la vida de una persona como protagonista.
Primera parada: Chueca
Con la polaroid en la mano, el planeta empieza el paseo por el sitio obvio. Chueca. La plaza, las terrazas, los bares, las tiendas de ropa interior con escaparates que harían sonrojar a una monja. El barrio que durante décadas ha sido la capital no oficial de las maricas del país.

Chueca aparece en varias canciones de la casa. La más descarada es «La dieta del cucurrucho», que tiene uno de los arranques más gloriosos del catálogo:
Hola Paco León / Soy Miguel Ángel de León / Te vi varias veces en Chueca / que pena tener pareja
Es Madrid en estado puro. Un letrista que se llama Miguel Ángel de León, que es el nombre real de Mike Sain't Louis, se dirige a un actor sevillano de apellido casi idéntico, al que dice haber visto en el barrio, y lamenta tener pareja. Todo en cuatro versos. El planeta no conoce otra ciudad donde se pueda escribir algo así con tanta naturalidad. En Chueca uno se cruza con famosos comprando el pan, y eso forma parte del paisaje.
El chico de la polaroid podría estar llegando a Chueca. O saliendo. Con las gafas de sol puestas a pesar de la lluvia, por si acaso se cruza con alguien conocido. Así se camina por un barrio donde todo el mundo se conoce.
Segunda parada: una fila desde bien temprano
Siguiente parada: la puerta de una sala de conciertos. No se sabe cuál, pero se sabe la escena. Una fila de gente esperando desde por la mañana, con bocadillos y termos, para coger sitio delante. Y en esa fila, alguien solo. Lo cuenta «El concierto de Ismael Serrano»:
He estado esperando en la fila desde bien temprano
Ismael Serrano es madrileño, de Vallecas, y sus canciones han sido banda sonora de varias generaciones de la ciudad. La letra del planeta no habla de él, sino de alguien que prometió acompañar al narrador y no apareció. Y del narrador, solo en la fila, acabando por escuchar «Caperucita» sin nadie al lado.
El planeta pone esta escena junto a la polaroid porque tiene la misma luz. Un chico solo en una ciudad grande, esperando a alguien que no llega. Madrid tiene esa capacidad cruel: puedes estar rodeado de tres millones de personas y sentirte el único habitante del planeta. La fila del concierto, el andén del metro a las once de la noche, la barra de un bar donde todo el mundo habla con alguien menos tú.
Lo curioso es que en esa soledad hay también una forma de libertad que solo dan las ciudades grandes. En el pueblo, si te dejan plantado en la puerta de un concierto, se entera todo el mundo antes de que llegues a casa. En Madrid no se entera nadie. Puedes llorar en el banco de una plaza y la gente pasa de largo, no por crueldad sino por respeto, o por prisa, que en esta ciudad viene a ser lo mismo. Muchas maricas llegaron aquí precisamente por eso: porque el anonimato, que en un sitio pequeño es imposible, en la capital es un derecho. Nadie te conoce, nadie te juzga, nadie le cuenta a tu madre con quién te vieron salir de un bar. La polaroid tiene ese aire. Alguien camina solo, sin que nadie le mire, y por primera vez en su vida eso no le parece una condena sino un regalo.
Tercera parada: Móstoles y los fuegos
El paseo sale del centro. Coge el Cercanías, o la línea 12 de metro, la que da vueltas por el sur como un tiovivo. Y llega a Móstoles. Porque Madrid, además de la almendra central, es su cinturón de ciudades dormitorio, donde se crece, se hace el botellón y se aprende casi todo lo que luego se cuenta en las canciones.
«Los fuegos artificiales de Móstoles» es la canción del planeta que mejor retrata esa otra ciudad. Es un torrente de nombres, sitios y anécdotas de adolescencia que el planeta no va a reproducir aquí, porque está lleno de gente con nombre y apellidos que tiene derecho a su intimidad. Pero sí puede citar el verso que da título al tema, porque es una postal que todo el sur de Madrid reconoce:
La borrachera viendo los fuegos artificiales de Móstoles
Las fiestas de Móstoles, los fuegos sobre los bloques de ladrillo, la cerveza caliente en el parque. Esa también es la ciudad de la polaroid. No la de las cúpulas, sino la de los descampados. El chico de cuero, antes de ser el chico de cuero, fue un chaval en un parque del sur mirando cohetes con la boca abierta.
Cuarta parada: las dos de la mañana
La última parada no es un sitio. Es una hora. Las dos de la mañana, cuando Madrid cambia de piel y las calles del centro se llenan de gente que va o que vuelve. El planeta tiene una canción que vive exactamente en ese minuto, «La noche no es para mí»:
El reloj pasa ya de las 2:00 / Todo a mi alrededor / Se vuelve diferente / Aunque en el fondo sea igual
Es la hora de las farolas encendidas de la portada. La hora en la que la ciudad parece otra pero sigue siendo la misma, como dice la letra. Y la hora en que más gente camina pegada a la pared: los que salen de los bares, los que buscan un taxi que no pasa, los que no quieren volver a casa todavía. Madrid de madrugada es una ciudad de sombras que se cruzan sin mirarse.
El planeta piensa que el chico de la polaroid podría ir camino de esa hora. O volviendo de ella. Con las gafas de sol puestas no para el sol, que no hay, sino para que no se le vean los ojos. Las gafas de sol de noche son el maquillaje de los que han llorado.
El cuero
Antes de seguir, una parada en el vestuario. El chico de la portada va de cuero de arriba abajo: chaqueta y pantalón. Y el cuero, en la historia de las maricas, no es una prenda cualquiera.

Fue el uniforme de los motoristas de las películas americanas de los cincuenta, el de Marlon Brando con la gorra ladeada. Luego se lo apropiaron los bares de hombres de medio mundo, y los dibujos de Tom of Finland lo convirtieron en un código: el cuero decía quién eras sin que tuvieras que abrir la boca. Era una armadura y era una invitación. Protegía del frío y avisaba al que sabía leerlo.
En Madrid también se ha llevado ese código, en los bares del centro donde la luz era roja y la música sonaba a otra década. Y el planeta no puede evitar ver en la polaroid ese doble sentido. El chico camina pegado a la pared, como quien no quiere ser visto, pero lleva el traje que más se ve de todos. Es la contradicción de toda una época: esconderse y anunciarse a la vez. Bajar la mirada y ponerse lo más llamativo del armario.
Hay quien dice que la ropa es un disfraz. El planeta cree que, a veces, es lo contrario: la única forma de decir la verdad en una ciudad que no quería oírla. El cuero bajo la lluvia es una frase entera. Dice: aquí estoy, aunque vaya pegado a la pared.
Y luego está el detalle práctico, que al planeta le hace mucha gracia. El cuero y la lluvia no se llevan bien. Se mancha, se endurece, huele a perro mojado. Salir de cuero un día de lluvia es una imprudencia de estilo que solo comete quien tiene muy claro que la imagen va primero. Eso, en Madrid, tiene un nombre. Se llama tener mucho arte.
Quinta parada: la caja de mudanza
El paseo tiene que acabar donde empezó la foto: en una caja. Su autor dice que la portada parece encontrada en una caja de mudanza, y el planeta sabe muy bien qué cajas son esas. Las que se bajan del altillo cuando alguien se va de un piso. Las que llevan escrito con rotulador «VARIOS» o «NO TIRAR». Las que se abren años después y huelen a polvo y a otra vida.
En Madrid se cambia mucho de piso. Es una de las cosas que definen a la ciudad: los alquileres suben, los compañeros de piso se van, las parejas se rompen, y todo el mundo acaba cargando cajas por escaleras sin ascensor un domingo de agosto. En cada mudanza se pierde algo y se encuentra algo. Una carta, un tíquet de un concierto, una foto en blanco y negro de alguien de espaldas que ya no recuerdas quién era.
Esa es, quizá, la mejor manera de escuchar esta canción: como quien abre una caja vieja. Sin saber exactamente qué va a encontrar, pero sabiendo que será suyo.
Sitio de paso y casa
Su autor resume la portada en una frase: Madrid aparece como recuerdo, como sitio de paso y como casa. El planeta la ha leído varias veces y le parece la mejor definición de la ciudad que ha escuchado nunca.
Recuerdo, porque Madrid es una ciudad que se lleva encima. Uno puede irse a vivir a Benidorm, a Canarias, a Ámsterdam, y seguir soñando con el olor a churros de San Ginés y con el ruido del metro. Sitio de paso, porque la mitad de los que viven aquí vinieron de otro sitio y la otra mitad se irá algún día. Madrid es una estación enorme donde todo el mundo está esperando un tren. Y casa, porque a pesar de todo, de los precios de los alquileres, del calor de agosto, de las obras eternas, es el sitio al que se vuelve.
El planeta, que se construye desde aquí, como explica la sección de Madrid, sabe que esas tres cosas no se contradicen. Una ciudad puede ser recuerdo, estación y hogar a la vez. Igual que una persona puede ser ex, amigo y familia en distintos momentos de la vida.
La autoparodia madrileña
Hay una confesión que el planeta debe hacer. Como buen madrileño, cree que su ciudad es el centro del universo y que todo lo que pasa fuera de la M-30 es provincia. Es un defecto conocido de la gente de aquí, y el planeta lo tiene en grado superlativo. Por eso tiene la sede en un planeta: porque Madrid se le quedaba pequeño para tanto ego.
Hay incluso quien, en el planeta, ha llegado a defender en una cena que el kilómetro cero de la Puerta del Sol es el centro geográfico de la galaxia y que Benidorm es solo una colonia de verano. Le miraron raro. Insistió. Acabó la noche pidiendo un taxi en la calle Alcalá y discutiendo con el taxista sobre si el Retiro es más bonito que Central Park. Ganó el taxista.
Lo que no quita que, cuando sale de viaje, a los tres días eche de menos el cocido, las terrazas, el metro a reventar y hasta los gritos del vecino de arriba. Madrid tiene eso. Te quejas de ella todo el rato y no puedes vivir sin ella. Como algunos novios.
Volver a guardar la foto
Al final del paseo, el planeta vuelve a casa y mete la polaroid en la caja. No la tira. Las fotos encontradas no se tiran; se guardan para que otro las encuentre dentro de muchos años.
Lo que queda del paseo es una sensación: la de haber caminado detrás del chico de cuero sin llegar a verle la cara. Y está bien así. Su autor dice que le gusta que no se le vea, y el planeta está de acuerdo. Si se le viera la cara sería una persona concreta. De espaldas, puede ser cualquiera de nosotros.
La canción está en Spotify, y su autor recomienda escucharla paseando por las calles de la ciudad. El planeta añade un consejo: hacerlo un día de lluvia. Y caminar pegado a la pared. No por miedo. Por oficio.
Todo lo demás sobre quien la escribe, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño que hace sus letras sin IA y la música y las voces con herramientas de inteligencia artificial, está en la sala de prensa. Y si se quiere seguir el paseo, en el diario hay una nota sobre Madrid en las canciones del planeta que recorre el mapa completo.
El chico de la polaroid ya habrá llegado a donde iba, con el cuero empapado y las gafas en el bolsillo de la chaqueta. Seguro que conocía el camino.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata la canción «Madrid»?
Es la canción del planeta dedicada a la ciudad desde la que se construye GAYFOLK. Su autor describe la portada como una polaroid vieja en blanco y negro: una calle mojada, coches de otra época, farolas, un edificio con cúpula y alguien de espaldas con chaqueta y pantalón de cuero. Madrid aparece como recuerdo, como sitio de paso y como casa.
¿Está publicada la letra?
Todavía no. En la sección de letras figura como «próximamente», por eso este post no cita versos de «Madrid» y se apoya en otras letras publicadas del autor que pasan por la ciudad.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», uno de los álbumes de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 6 de julio de 2026.
¿Quién la ha escrito?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Escribe las letras sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.