Universo GAYFOLK
Almanaque del selfi con el sol de frente: «Me gusta el verano», mes a mes
Por Mike Sain't Louis ·

Un selfi. Brazo estirado, sol de frente, la mochila clavándose en los hombros y el corazón con alas tatuado en el pecho, reluciente de sal.
No hay más. Ni filtro de tristeza, ni ex escondido detrás de una palmera, ni metáfora que haya que descifrar con un diccionario de símbolos. La portada de «Me gusta el verano» es lo que parece: alguien que está en una playa casi vacía, con montañas verdes al fondo y un cielo azul en el que el sol revienta por una esquina, y que quiere que lo sepas.
Mike lo resume en su ficha con una frase que cualquier persona que haya pasado un agosto en la costa entiende a la primera: no hay misterio. Es alguien que se lo está pasando bien.
En un catálogo donde abundan los narcisistas, los vampiros emocionales y los féretros con luz de neón, eso es casi una provocación.
La letra todavía no está en la web. La página de /letras dice «próximamente». El planeta no va a inventarse ni una estrofa. Lo que va a hacer es colgar la portada en la pared de la cocina, como esos almanaques de propaganda que regalaba la ferretería del barrio, y leerla mes a mes. Porque un verano no es un día. Es una temporada entera, con su principio, su ecuador y su resaca.
Junio: la mochila todavía huele a armario
El verano empieza antes de llegar a la playa. Empieza el día que sacas la mochila del altillo y descubres que dentro sigue la arena del año pasado.
En la portada, la mochila está ahí, con sus correas bien visibles sobre los hombros desnudos. No es una bolsa de playa de rafia con flecos ni un capazo de mercadillo. Es una mochila de caminar, de las que se llevan cuando el plan es llegar a pie a una cala donde no hay chiringuito ni sombrillas de alquiler.
Ese detalle cambia la escena. Este chico no ha aparcado delante del paseo marítimo. Ha andado. Ha bajado un camino de tierra, probablemente con las chanclas en la mano, y ha llegado a una playa que, según la propia descripción de Mike, está casi vacía.
Junio es eso. El mes en el que las playas todavía son tuyas porque los colegios no han cerrado y los guiris de agosto no han aterrizado. El mes de los primeros chapuzones con el agua todavía fría, de los gritos de «¡está buenísima!» que son mentira, de la piel blanca de oficina que se pone roja a las dos horas.
Y también el mes del Orgullo. En Madrid, el de las carrozas por la Castellana y las terrazas de Chueca hasta arriba. Hay gente para la que el verano empieza exactamente el sábado de la manifestación, con purpurina en el pelo y un abanico en el bolsillo de atrás.
El chico de la portada no lleva purpurina. Lleva sal. Es otro tipo de orgullo.
Julio: el tatuaje sale del armario
Durante nueve meses al año, un tatuaje en el pecho es un secreto. Va debajo de la camisa, del jersey, del abrigo. Lo ven tu pareja, tu médico de cabecera y el de la sauna. Poco más.
En verano sale. El corazón con alas de la portada está ahí, a la vista de quien pase por la orilla. Es un motivo clásico de tatuaje, de los que llevaban los marineros y las chicas de los ochenta, un corazón que se escapa volando. En un planeta que se llama Gayfolk y que trata, según la nota de prensa de la trilogía, de descubrir un sitio, desear viajar a él y liberarse, un corazón con alas es casi el escudo oficial.
Julio es el mes de enseñar lo que tapa el invierno. Las piernas sin depilar o depiladas a cera, según la tribu. La barriga cervecera o la tableta de gimnasio, según el presupuesto. Las cicatrices de las operaciones, los lunares que hay que vigilar, las marcas del bañador del año pasado.
Hay una libertad muy concreta en eso. Cualquiera que haya crecido con vergüenza de su cuerpo, y en el colectivo somos legión, sabe lo que cuesta quitarse la camiseta en una playa por primera vez. La portada de «Me gusta el verano» lo hace sin dramatismo. Torso desnudo, piel reluciente, mochila. Como quien se quita una chaqueta en el metro.
No tiene nada de heroico. Por eso funciona.
El título, escrito con brocha
Hay que detenerse en la tipografía. El título está pintado con brocha en rosa, turquesa y amarillo, y Mike dice que parece sacado de un cartel de verbena playera.

Quien haya veraneado en un pueblo de costa sabe de qué carteles habla. Los que anuncian la orquesta del sábado en la plaza, la fiesta de la espuma, la paella popular, el concurso de disfraces infantiles y la verbena de la Virgen del Carmen. Se pegan en las farolas con celo y se despegan con el primer temporal de septiembre.
Esos carteles tienen una estética que nadie diseña a propósito. Colores que no combinan, letras que no caben, una foto pixelada del vocalista de la orquesta en una esquina. Son lo más camp que existe en la geografía española, y nadie lo sabe salvo las locas que los fotografían para subirlos a Instagram con un comentario irónico.
Poner el título de un single con esa letra de verbena es elegir bando. No es la estética de los festivales de música indie con sus pulseras de silicona y sus patrocinios de cerveza artesana. Es la estética de la plaza del pueblo a las dos de la madrugada, cuando la orquesta ataca «Paquito el chocolatero» y hasta el cura se arranca.
Agosto, por cierto, es eso.
Agosto: la canción del verano no se elige
España tiene una tradición muy rara que en otros países no existe con la misma fuerza: la canción del verano. Una por año, más o menos. Nadie la vota. Nadie la decide. Un buen día está sonando en todos los chiringuitos, en todas las radios de los coches con la ventanilla bajada y en todas las bodas de agosto, y en septiembre ya nadie la soporta.
La lista es larga y vergonzosa a partes iguales. «La Macarena» de Los del Río, que dio la vuelta al mundo en los noventa. «Aserejé» de Las Ketchup, con aquel baile de manos que se hacía en las verbenas de todo el país en 2002. Y antes y después, decenas de temas con sus coreografías obligatorias.
¿Quiere «Me gusta el verano» ser una de esas? El planeta no tiene ni idea. La letra no está publicada y la ficha no dice nada de aspiraciones. Lo que sí dice es que es una canción para ponerla de camino a la playa, con las ventanillas bajadas.
Eso, en la tradición española, ya es media canción del verano.
Lo que sí tiene gracia es que esté en el disco que está. «Me gusta el verano» vive en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, el de después. Después del descubrimiento, después del deseo de viajar. Es el disco en el que el personaje ya ha llegado.
Y cuando llegas a un sitio donde por fin estás a gusto, lo primero que haces es irte a la playa.
Una nota sobre las playas que tenemos
Las playas españolas no son todas iguales para un marica.
Hay playas donde dos chicos de la mano todavía provocan miradas. Hay playas que el colectivo convirtió en refugio hace décadas: los rincones nudistas de las dunas, las calas a las que solo se llega andando, los tramos del final donde ya no llega el socorrista. Maspalomas en Gran Canaria, con sus dunas, es una de las más famosas, y el planeta tiene una página dedicada a Canarias por algo. Sitges en Cataluña, con su Carnaval y su paseo. Torremolinos, que en los años sesenta fue un oasis raro en plena dictadura hasta que en 1971 llegó la redada del Pasaje Begoña y la policía se llevó a más de un centenar de personas de una noche.
Esa historia está debajo de cada toalla. Las playas casi vacías de la portada, a las que se llega con mochila, tienen algo de ese pasado: lugares apartados donde se podía estar sin que nadie mirase.
El chico de la portada no parece estar escondiéndose. Al revés. Se hace un selfi para que se vea. Pero la playa vacía, las montañas verdes y la mochila de caminata siguen ahí, como un recuerdo de por qué durante tanto tiempo las playas buenas eran las que estaban lejos.
La lectura pícara
Mike deja una puerta abierta en su ficha. Dice que si la canción cuenta exactamente lo que dice el título o algo más pícaro, habrá que escucharla para saberlo.

El planeta, que tiene la mente sucia como cualquier vecino de Chueca, ha pensado en las dos opciones.
Opción inocente: el verano gusta porque hay sol, playa, helado, siesta y vacaciones. Fin.
Opción pícara: el verano gusta por todo lo demás. Por la ropa que se quita sola. Por los cuerpos al aire en la orilla. Por las aplicaciones de ligar que en agosto echan humo en cualquier pueblo de costa. Por los guiris. Por los socorristas. Por las duchas de la playa, que son el escenario de media fantasía gay desde que existen las duchas de playa.
En el catálogo de Mike hay precedentes de las dos lecturas. Hay canciones de playa luminosas y hay canciones de playa con pies de foto que no se pueden leer en el autobús. «Summer Vibes», por ejemplo, se presenta con un helado de fresa derritiéndose en un charco rosa, que puede ser solo un helado o puede ser otra cosa. Y «Madrid to Benidorm» es la carretera hacia la costa más famosa de las vacaciones españolas, con sus rascacielos, sus drags y sus terrazas de bingo.
¿Cuál de las dos es «Me gusta el verano»? El planeta no lo sabe. Y le parece bien no saberlo.
Septiembre: el selfi se queda en el carrete
Todo almanaque tiene una última hoja. En la del verano, la página de septiembre es la más triste.
Vuelves a la ciudad. La piel se despelleja. El tatuaje vuelve debajo de la camisa. La mochila vuelve al altillo con la arena dentro. Y el selfi se queda en el carrete del móvil, entre las fotos del ticket de aparcamiento y las capturas de pantalla de conversaciones que no deberías haber guardado.
Mike lo sugiere en la última frase de su ficha: la canción también vale para ponerla en pleno invierno, cuando lo que más te gusta del verano es acordarte de él.
Eso es lo que hacen los selfis de playa. No sirven para agosto, porque en agosto estás en la playa y no necesitas recordarla. Sirven para febrero. Para ese martes gris en Madrid con el cielo color fregona, cuando abres el móvil en el metro de Plaza de Castilla y aparece una foto tuya con el sol de frente y la piel reluciente.
En ese momento, la portada de «Me gusta el verano» deja de ser una imagen y se convierte en una prueba. La prueba de que estuviste ahí. De que fuiste feliz al menos una tarde.
Hay quien tiene pocos de esos selfis. Hay quien los ha perdido al cambiar de móvil. Hay quien los ha borrado porque en la foto salía alguien que ya no está.
Por eso conviene guardarlos.
Autoparodia de temporada
Aquí va la confesión de la casa. El planeta, en verano, es un desastre. Se quema siempre el primer día, olvida la crema en el coche, se mete en el agua con las gafas de sol puestas y las pierde, pide una caña en el chiringuito y le cobran como si fuera un gin-tonic de autor.
Lleva veinte años diciendo que este año va a ir a una cala escondida con mochila, como el chico de la portada, y termina todos los años en una tumbona de pago con un vecino de toalla que pone reguetón desde un altavoz Bluetooth.
Así que esta crónica tiene algo de envidia. El selfi de la portada es el verano que el planeta quiere tener y casi nunca tiene. Playa vacía, montañas verdes, el sol estallando, ni un altavoz a la vista.
Si la canción es la mitad de feliz que la foto, ya es más de lo que han sido la mitad de nuestros agostos.
Diccionario mínimo de chiringuito
Para leer bien un selfi de playa hace falta vocabulario. El planeta ha preparado un pequeño glosario, por orden de aparición en una tarde de agosto cualquiera.
Tinto de verano. Vino peleón con gaseosa y hielo. Se pide porque es barato, se bebe porque hace calor y se olvida en cuanto se calienta. Nadie lo toma en invierno, y eso lo convierte en el reloj más fiable de la estación.
Toalla de propaganda. La que regalaron en una gasolinera hace doce años y sigue en servicio. Tiene el logotipo de una marca que ya no existe. Es la toalla con más historia de la casa.
Moreno de albañil. Brazos tostados hasta la manga, tronco blanco como una nevera. Lo que pasa cuando el primer día de playa llega en agosto y el resto del año se ha trabajado con camiseta. El chico de la portada no lo tiene: su moreno es uniforme, de los que se ganan con muchas tardes sin camiseta.
La siesta de la sombrilla. Dormir a las cuatro bajo un trozo de lona que se mueve con el viento, despertarse con media pierna al sol y una marca roja que dura hasta octubre.
El último baño. El que se da al atardecer, cuando la playa se vacía y el agua está más caliente que el aire. El planeta sospecha que el selfi de la portada se hizo poco antes o poco después de ese baño. Por la luz. Por la cara. Por la calma.
Cinco palabras y una temporada entera. Ese es el idioma en el que habla la portada, aunque no diga ni una.
Las montañas del fondo
Detrás del chico hay algo que no suele salir en las postales de playa española: montañas verdes.

La costa que vende el turismo es la de los rascacielos de Benidorm, la de los chiringuitos de Málaga, la de los hoteles con pulsera de todo incluido. Montañas verdes detrás de una playa casi vacía es otra cosa. Es una playa que no está en el folleto.
El planeta no sabe dónde se hizo esa foto, y no va a fingir que lo sabe. La ficha no dice nada de lugares. Pero la combinación de verde, mar turquesa y arena sin sombrillas tiene un efecto claro en quien la mira: parece un sitio al que se llega por casualidad, después de equivocarse de desvío.
Hay algo muy GAYFOLK en eso. El planeta entero es un sitio al que nadie llega por el camino principal. Se llega por el desvío, por el camino de tierra, por la cala que no sale en Google Maps. Se llega, como el chico, con mochila y sin prisa.
Y cuando llegas, lo primero que te apetece es hacerte una foto para demostrarte a ti mismo que existe.
Para quién es esta canción
Mike da dos indicaciones de uso: de camino a la playa con las ventanillas bajadas, o en invierno, para acordarse.
El planeta añade algunas más, sin saber todavía qué dice la letra. Para el primer día de vacaciones, cuando el cuerpo todavía no se cree que no tiene que fichar. Para la persona que lleva tres veranos sin ir a la playa porque no tenía con quién, o porque no tenía dinero, o porque no tenía ganas. Para el que ha salido del armario en primavera y va a pasar su primer agosto sin esconder nada. Para el que acaba de dejar a alguien y descubre, con sorpresa, que el sol sigue saliendo igual.
Y para quien está pasando un verano malo, que también los hay. Los veranos de duelo, de paro, de ansiedad, en los que todo el mundo parece feliz en las redes menos tú. Si es tu caso, que sepas que no estás solo y que existe el 024, la línea gratuita de atención a la conducta suicida, a cualquier hora del día. Un selfi feliz en la portada de una canción no obliga a nadie a estar feliz.
El videoclip y los datos
Para quien quiera ir más allá de la portada, el single tiene videoclip oficial, de 3:08 de duración, en la sección de vídeos del planeta. Según la ficha de mikesaintlouis.com, se publicó en el canal en noviembre de 2025: un vídeo de verano subido en noviembre, que es justo lo que pide Mike cuando dice que la canción también sirve en invierno.
La ficha del single la fecha el 5 de junio de 2026 y la coloca en el tercer disco de la trilogía. La canción se puede escuchar en Spotify y descargar gratis desde la web, como todo el catálogo.
La letra es de Mike, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Lo cuenta él mismo en la página de prensa, sin rodeos: la máquina pone el sonido; las palabras, el concepto y la selección de lo que se publica son suyos.
Cuando se publique la letra, el planeta volverá a esta playa para ver qué decía realmente el chico del selfi. Puede que hable de un amor de verano. Puede que hable de la crema solar. Puede que sea todo mucho más pícaro de lo que esta crónica se ha atrevido a sospechar.
La última hoja
En el diario ya hay una nota sobre el verano en el planeta, corta, que lo pinta como una estación casi mítica. Esta crónica ha querido bajarlo a tierra, a la mochila con arena, a la tipografía de verbena, a la redada de Torremolinos y al vecino del altavoz.
Porque el verano en el planeta Gayfolk tiene las dos cosas: el mito y la toalla.
Y una frase final, seca, para colgar debajo del almanaque. Lo raro no es que a alguien le guste el verano. Lo raro es que alguien, en un catálogo tan lleno de heridas, se atreva a decirlo tan claro.
Me gusta el verano. Punto. Sin justificarse.
Ojalá todos aprendiéramos a decir así las cosas que nos gustan.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Me gusta el verano»?
La letra todavía no está publicada en gayfolkplanet.com, así que este post no la cita. La portada sí está publicada: un selfi en la playa, sin camiseta, con las correas de una mochila, un tatuaje de corazón con alas en el pecho y el título pintado en rosa, turquesa y amarillo. Mike sugiere en su ficha que la canción puede ir de lo que dice el título o de algo más pícaro.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», el tercer acto de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 5 de junio de 2026.
¿Tiene videoclip?
Sí, un videoclip oficial de 3:08 que se puede ver en la sección de vídeos de gayfolkplanet.com.
¿Quién la ha hecho?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.