IA y autoría
El juego de la imitación: «Mi Último Ex Era una IA Disfrazada» y la prueba de Turing en el sofá
Por Mike Sain't Louis ·

Hay una habitación con dos puertas cerradas. Detrás de una hay una persona. Detrás de la otra, una máquina. Tú solo puedes hacer preguntas por escrito y leer las respuestas. Si al final no sabes cuál es cuál, la máquina gana.
Así, más o menos, es el juego que propuso un matemático inglés en 1950. Se llamaba Alan Turing. Era gay. Y el juego, que él llamó «juego de la imitación», se convirtió con los años en la prueba más famosa para saber si una máquina piensa.
«Mi Último Ex Era una IA Disfrazada» juega a ese mismo juego, setenta y seis años después, desde un sofá. Pero lo juega al revés. No se pregunta si una máquina puede pasar por humana. Se pregunta si un humano, un ex concreto, el último, pudo haber sido todo el tiempo una máquina con peluca.
El diario ya escribió sobre esta canción y sobre el chip de la traición, sobre la sospecha y sobre el novio ideal con límites. Hoy el planeta abre otra puerta. Se sienta en la habitación de Turing con la letra en la mano y juega la partida entera. Pregunta a pregunta. Puerta a puerta. Hasta el grito final.
Las reglas del juego
Merece la pena contar bien el juego original, porque tiene una sorpresa que poca gente conoce.
El artículo de Turing, publicado en 1950 en una revista de filosofía, empieza con un juego de salón que no tiene nada que ver con ordenadores. Hay tres personas: un hombre, una mujer y alguien que hace preguntas desde otra habitación. El que pregunta tiene que adivinar quién es el hombre y quién es la mujer. El hombre intenta engañarle. Hace como que es la mujer. Imita. Se disfraza con palabras.
Solo después Turing cambia una pieza: pone una máquina en el lugar del hombre. Y pregunta si la máquina podría engañar igual de bien.
El planeta lee eso y no puede evitar una sonrisa. El juego que dio origen a toda la conversación sobre inteligencia artificial empieza con un hombre haciéndose pasar por mujer. Empieza con un drag por escrito. Con alguien imitando un género que no es el suyo, a ver si cuela. Antes de que la máquina entrara en la habitación, la habitación ya era un camerino.
Y la canción, que no menciona a Turing en ningún momento, lleva en el título la palabra exacta: disfrazada. Una IA disfrazada. El juego de la imitación, otra vez, con lentejuelas.
Primera pregunta: ¿siempre dice la verdad?
La canción empieza con una propuesta que parece sensata. Será mejor crear un novio con inteligencia artificial. Y da las razones, en una lista que suena a folleto de concesionario:
«Porque te dirá siempre la verdad / Porque te contestará con sinceridad».
Y no te engañará, añade.
Si esto fuera la partida de Turing, sería la primera pregunta del interrogatorio: ¿quién de los dos dice siempre la verdad? Y la canción tiene clara la respuesta. La máquina. La persona miente. La persona engaña. La persona te dice que está en el gimnasio cuando está en otro sitio. La máquina, según esta lógica, no tiene motivos para mentir. No tiene ego. No tiene un perfil abierto en una aplicación. No tiene un ex al que sigue escribiendo a escondidas.
Hay mucha ironía en esa premisa, y el planeta la disfruta. Cualquiera que haya usado una de estas herramientas sabe que se equivocan, que se inventan cosas, que a veces contestan con una seguridad pasmosa algo que es mentira. Pero la canción no está hablando de tecnología real. Está hablando de un deseo. El deseo de alguien que ha sufrido tantas mentiras que preferiría un novio de silicio antes que otro de carne. Es una fantasía de despecho, no un análisis técnico.
Y como toda fantasía de despecho, tiene una grieta.
Segunda pregunta: ¿qué no te puede dar?
La grieta aparece enseguida. La máquina lo tiene todo menos una cosa. O tres:

«serán besos / abrazos / y polvazos».
El planeta adora ese tercer elemento. Besos, abrazos, y entonces, sin avisar, polvazos. Es el momento en que la canción baja del folleto a la cama. Hasta ahí todo era verdad, sinceridad, ausencia de engaño, palabras de manual de pareja sana. Y de repente, la palabra de barra de bar. La que se dice con un gin-tonic en la mano y una carcajada.
En el juego de Turing, el que pregunta solo puede usar palabras escritas. No puede ver a los jugadores, ni oírlos, ni tocarlos. Precisamente para que el cuerpo no delate a nadie. Turing quería saber si la mente de una máquina podía pasar por humana, y para eso tenía que quitar el cuerpo de en medio.
La canción hace lo contrario. Pone el cuerpo en el centro. Una máquina podría ganar la conversación. Podría contestar los mensajes de buenos días, recordar los cumpleaños, decir te quiero sin faltas de ortografía. Pero no podría dar un abrazo en el sofá un domingo de lluvia. No podría dar un beso en el portal. No podría lo otro.
Esa es la pregunta que ninguna máquina pasa. No hace falta interrogatorio. Basta con apagar la luz.
Tercera pregunta: ¿y si el ex era la máquina?
Aquí la canción da el salto que la convierte en lo que es. Después de plantear las ventajas del novio artificial, el narrador se queda mirando al techo y algo encaja. «Me estoy quedando flipada», dice, en femenino, con toda la pluma del mundo. Y lanza la pregunta del título:
«¿Entonces mi último ex era una I A disfrazada?»
El razonamiento es delicioso precisamente porque no tiene sentido. Si las máquinas no mienten y el ex mentía, el ex no podía ser una máquina. Pero la canción no se rinde ante la lógica. Encuentra una salida, que es la mejor línea de todo el tema:
«que justo le fallaba el chip de la traición».
Ahí está. El ex era una IA, sí. Solo que venía con una pieza defectuosa. El chip de la traición. Y la letra añade, para rematar, que le cambiaron la pieza en alguna ocasión. Como un coche que pasa por el taller. Como una lavadora a la que le cambian la goma. El ex no era un mentiroso: era un modelo con una avería de fábrica que nadie arregló bien.
El planeta se ríe con esta parte porque reconoce una verdad muy humana dentro del disparate. Cuando alguien nos hace mucho daño, buscamos explicaciones que nos dejen fuera. No puede ser que yo eligiera mal. No puede ser que no viera las señales. Tenía que haber algo raro en él. Algo inhumano. Una pieza que fallaba. Y si hay que inventarse que era un robot para no sentirse tonto, se inventa.
Es la autoparodia de siempre en esta casa. El narrador sabe que su teoría es absurda. Y la defiende igual, con los ojos muy abiertos, como quien cuenta una conspiración en una cena familiar.
Flipada, en femenino
Un paréntesis antes del grito, porque hay una palabra que el planeta no quiere dejar pasar sin su momento de gloria.

«Me estoy quedando flipada». Flipada. Con a. El narrador de la canción se pone el femenino como quien se pone unos pendientes de aro para salir. No hay explicación ni hace falta. Cualquiera que haya pasado una noche en Chueca sabe que entre maricas el femenino es un idioma propio: «tía», «hija», «nena», «estoy muerta», «me quedo loca». No es confusión. Es estilo. Es la forma de hablar de un barrio entero que lleva décadas jugando con los géneros gramaticales igual que juega con la ropa.
Y en esta canción esa palabra tiene un sentido extra. Porque estamos en el juego de la imitación. En el juego original, el hombre intentaba hacerse pasar por mujer usando solo palabras. Aquí el narrador usa una palabra femenina sin intentar engañar a nadie. No imita. Lo dice como lo diría en la barra, con el abanico en la mano. Turing tenía que esconder quién era para jugar. El narrador del planeta juega a cara descubierta, con la pluma por delante.
Esa diferencia, de 1950 a hoy, cabe en una sola letra. La a de flipada.
La película de la voz en el oído
Hay una película que todo el mundo cita cuando se habla de enamorarse de una máquina, y el planeta también la va a citar, aunque sea para llevarle la contraria.
Se llama «Her», es de 2013, la dirigió Spike Jonze y cuenta la historia de un hombre solitario que se enamora del sistema operativo de su ordenador, una voz femenina que se llama Samantha. Es una película tierna, melancólica, de colores pastel y camisas de cuello alto. Él la lleva en el oído a todas partes. Ella le escucha, le entiende, le hace reír. Y al final, sin destripar demasiado, la relación tiene los problemas que tiene cualquier relación, más algunos que solo puede tener una relación con un programa.
La canción del planeta es la versión de barrio de esa película. No hay camisas de cuello alto ni pisos con ventanales en Los Ángeles. Hay un sofá, un móvil y un ex que se ha ido. Y no hay ternura melancólica, hay sospecha y cachondeo. Donde «Her» se pregunta si se puede amar a una máquina, el planeta se pregunta si se ha amado a una sin saberlo. Donde la película acaba en una azotea mirando la ciudad, la canción acaba en un grito de íes y aes.
Las dos historias tienen una cosa en común. En las dos, la máquina parece más fiable que las personas. Y en las dos, eso es menos una buena noticia sobre las máquinas que una mala noticia sobre cómo nos tratamos entre nosotros.
El grito del final
Y entonces llega el momento que hace de esta canción algo distinto a cualquier otra del planeta. En las últimas vueltas, la pregunta se repite, pero la palabra IA ya no se pronuncia con normalidad. La letra publicada la escribe así: una fila larguísima de íes minúsculas, seguida de una fila larguísima de aes mayúsculas. Un grito que empieza bajito y termina a pleno pulmón.
El planeta lee ese grito como lo que es dentro del juego: el fallo del sistema. El momento en que la imitación se rompe. En las películas de ciencia ficción, cuando el robot que parecía humano se estropea, siempre hay una escena así: la voz se distorsiona, la frase se repite, el sonido se estira hasta volverse metálico. Es el instante en que se le ve el cable.
Aquí no se le ve el cable al ex. Se le ve al narrador. Es él quien se queda colgado en la sílaba, como un disco rayado, incapaz de terminar la palabra de lo flipado que está. La sospecha es tan grande que no cabe en dos letras. Hay que estirarlas.
Y en ese grito hay algo de diva, también. De folclórica que alarga la última nota hasta que el público aplaude. De drag que hace el gesto final con el brazo en alto. El juego de la imitación, otra vez. Ahora es el narrador el que imita: a una máquina estropeada, a una diva en pleno clímax, a sí mismo de tan flipado.
El hombre que inventó el juego
Hay que volver un momento a Turing, porque su historia no es una anécdota de laboratorio. Es parte de la memoria que este planeta reivindica.

Alan Turing fue uno de los matemáticos que ayudaron a descifrar los códigos de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Pensó máquinas que todavía no existían. Hizo preguntas sobre la inteligencia que hoy, con los móviles llenos de asistentes, parecen proféticas. Y en 1952 fue condenado en el Reino Unido por homosexualidad. Le dieron a elegir entre la cárcel y un tratamiento hormonal. Eligió el tratamiento. Murió en 1954, con cuarenta y un años. El Estado británico tardó décadas en pedirle perdón.
Este planeta habla mucho de memoria queer, de la historia que no salió en los periódicos, de las vidas que se cortaron por amar a quien no tocaba. Turing es una de esas vidas. Y cuando una canción del planeta juega, sin saberlo o sabiéndolo, a su juego de la imitación, el planeta quiere dejar su nombre escrito en la crónica. Para que conste. Para que el chiste tenga debajo un suelo firme.
Una línea seca, sin adorno: el hombre que preguntó si las máquinas podían pensar fue castigado por cómo amaba.
La máquina que escribe la música
Hay un último giro en esta partida, y es el más curioso de todos.
La canción habla de una IA disfrazada de novio. Y la propia canción está hecha, en parte, con inteligencia artificial. No la letra: la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y la escribió él, sin IA. Pero la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno. Es algo que el planeta repite siempre, sin esconderlo, y que está explicado con detalle en la nota de prensa sobre independencia, autoedición y proceso creativo.
Así que la pregunta del título rebota. ¿Mi último ex era una IA disfrazada? Y quien escucha podría preguntarse: ¿esta voz que me lo cuenta es una IA disfrazada? La respuesta es que sí, la voz sí. Lo que no es una máquina es lo que dice. Las palabras, la sospecha, el chip de la traición, el «flipada» con pluma. Eso lo puso alguien de carne y hueso que había tenido un último ex.
Es el juego de la imitación llevado a otro nivel. Una máquina pone la voz a una persona que sospecha que su ex era una máquina. Turing habría tenido mucho que decir.
El planeta tiene otras canciones en esa misma habitación de espejos. Está «He creado un novio con inteligencia artificial», que es casi la precuela de esta, el momento en que la fantasía se pone en marcha. Está «3 Años de Garantía», donde todo empezó, según contó el diario, con un novio pedido por catálogo. Y está «Discutiendo con la IA», donde la máquina deja de ser novio y pasa a ser compañera de pelea. Quien quiera ver cómo encaja todo eso en el universo del planeta puede pasarse por la sección de tecnología del universo GAYFOLK.
El interrogatorio que faltó
Si el planeta pudiera sentar al ex de la canción en la habitación de Turing, con su pantalla y su teclado, le haría unas cuantas preguntas por escrito. No para pillarle. Para salir de dudas.

¿Por qué contestabas los mensajes de buenos días siempre a la misma hora, como si tuvieras una alarma? ¿Por qué decías «te quiero» sin tildes ni pausas, igual que quien lee un prospecto? ¿Por qué te acordabas del cumpleaños de mi madre pero no de dónde habías estado el sábado? ¿Por qué tu respuesta a cualquier reproche era una disculpa perfecta y vacía, de esas que podrían haber salido de una plantilla? ¿Por qué, cuando te pregunté si había otro, tardaste exactamente lo que tarda un programa en cargar?
Ninguna de esas preguntas está en la letra. Son del planeta, que se ha puesto en la piel del narrador y ha ido un poco más allá. Pero cualquiera que haya revisado un chat de madrugada buscando señales sabe que son preguntas reales. Que se hacen. Que se le hacen al móvil, en silencio, a las cuatro de la mañana.
Y que nunca tienen respuesta.
Resultado de la partida
Si hubiera que rellenar el acta del juego, quedaría así.
Pregunta uno: ¿quién dice siempre la verdad? Según la canción, la máquina. El ex, no.
Pregunta dos: ¿quién da besos, abrazos y lo otro? La persona. La máquina, no.
Pregunta tres: ¿el ex era humano? Aquí el jurado no se pone de acuerdo. Mentía como un humano. Fallaba como una máquina. Le cambiaron piezas. Y cuando se fue, dejó a alguien gritando íes y aes en mitad del salón.
Veredicto: empate técnico. Y una sospecha que no se va.
El planeta propone una lectura menos científica y más de barra. Quizá la pregunta no sea si el ex era una máquina. Quizá la pregunta sea por qué, después de ciertas relaciones, uno necesita pensar que el otro no era del todo humano. Porque si era humano, entonces eligió hacer daño. Y eso es mucho más difícil de digerir que un chip defectuoso.
Ficha técnica
Para el archivo del juego, lo que consta.
La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single la fecha el 30 de mayo de 2026, con el sello propio del autor, y en la discografía completa del planeta es la pista 202 de 273.
El videoclip oficial es de los largos de la casa: más de cinco minutos. Se puede ver en la sección de vídeos. La ficha del single tiene un fragmento de treinta segundos, enlaces a Spotify, YouTube y Deezer, y descarga gratuita, sin registro. Para el resto de la historia, la sala de prensa.
Se apagan las luces de la habitación
Las dos puertas siguen cerradas. Detrás de una, quizá, una persona. Detrás de la otra, quizá, una máquina. Y en medio, alguien con el móvil en la mano, releyendo los últimos mensajes de su ex, buscando en cada frase una pista: una respuesta demasiado perfecta, una errata que no cuadra, un silencio sospechoso de exactamente tres horas.
Turing quería saber si las máquinas podían pensar. Esta canción quiere saber otra cosa, mucho más pequeña y mucho más urgente.
Si alguna vez la quisieron de verdad.
Esa pregunta no la contesta ningún test. Ni el de Turing, ni el de la revista de los años noventa que preguntaba «¿te quiere de verdad?» con casillas para marcar, ni el de la amiga que te mira por encima de la copa y te dice que ya lo sabías. La contesta, como mucho, el tiempo. Y el tiempo, en este planeta, se cuenta en canciones.
Esta es una más. Con grito incluido.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Mi Último Ex Era una IA Disfrazada»?
De alguien que, tras pensar que sería mejor crearse un novio con inteligencia artificial porque nunca mentiría, llega a una sospecha delirante: que su último ex era en realidad una IA con el «chip de la traición» averiado.
¿Qué tiene que ver Alan Turing?
Nada en la letra: es la lectura de esta crónica. Turing propuso en 1950 un «juego de la imitación» para decidir si una máquina puede pasar por humana. La canción hace la pregunta al revés: si un humano pudo pasar por máquina.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 30 de mayo de 2026.
¿Quién la ha escrito?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno.