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«Narci de cutre culebrón» y la anatomía de la telenovela: gemelas malvadas, identidades falsas y el capítulo en que cae la máscara

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Fotograma del videoclip de «Narci de cutre culebrón»: dos hombres con barba, cara a cara y muy tensos, delante de un letrero de neón rosa que dice «infiel»

Música dramática. Primer plano de una mujer con los ojos muy abiertos. Alguien abre un cajón y encuentra una carta. Otro alguien entra en el salón sin llamar. Corte a negro.

«Continuará».

Así terminaban casi todos los capítulos de las telenovelas que llenaron las tardes de la televisión española desde finales de los años ochenta. Y así empieza, en cierto modo, «Narci de cutre culebrón»: no por el principio de la historia, sino por el final, cuando todo se sabe. El estribillo lo dice en una sola frase:

Se descubrió el pastel narci de cutre culebrón

La canción tiene ya en este diario una nota sobre su forma, la de primer intento de rap. Esta entrada va por otro lado. Coge en serio la última palabra del título, culebrón, y la usa como herramienta para leer la letra: de dónde viene el género, cuáles son sus trucos más viejos, por qué el capítulo de la máscara que cae es el que todo el mundo espera, y qué pasa cuando ese capítulo ocurre en la vida real y no en la pantalla.

Una culebra que no se acaba

La palabra culebrón es muy española. En México o en Venezuela se dice telenovela, sin más. En España, a finales de los ochenta, cuando las producciones latinoamericanas empezaron a ocupar la sobremesa, alguien las comparó con una culebra: largas, enroscadas, sin final a la vista. El aumentativo hizo el resto.

La Real Academia recoge la palabra con dos sentidos. El primero es el de la telenovela larguísima y muy melodramática. El segundo, el que más se usa hoy, es el de cualquier historia real que se parece a una: un divorcio de famosos, una pelea de herencia, una crisis política con traiciones de por medio. Cuando alguien dice «menudo culebrón», casi nunca habla de televisión.

La canción usa el segundo sentido y le añade un adjetivo que lo rebaja todavía más: cutre. No es una gran saga de hacienda con mansión y caballos. Es un culebrón de barrio, de los que se graban con poco presupuesto y decorados de cartón. El narcisista de la letra no tiene ni el glamur de un villano de telenovela. Tiene un perfil encubierto y un arbusto.

Y soltar lo que pienso del que va de cruising y se desnuda en un arbusto

La comedia está en esa distancia. En la pantalla, los villanos llevan traje y conspiran en despachos con vistas. En la vida, el villano se esconde detrás de una foto de perfil.

De la radio a la sobremesa

El culebrón no nació en la televisión. Nació en la radio.

En los años cuarenta, en Cuba, las radionovelas se convirtieron en un fenómeno de masas. La más famosa fue «El derecho de nacer», del escritor Félix B. Caignet, emitida a partir de 1948, una historia de hijos ilegítimos, secretos de familia y una niñera que lo sabe todo. La radio cubana exportó el formato y a sus guionistas a medio continente, y cuando llegó la televisión, el género se mudó con ellos.

En Estados Unidos, el formato equivalente había nacido también en la radio, patrocinado por fabricantes de jabón y detergente que querían llegar a las amas de casa por la tarde. De ahí el nombre inglés, soap opera: la ópera del jabón. Las dos tradiciones comparten casi todo: la emisión diaria, los capítulos que acaban en suspense y una audiencia fiel que vive las desgracias de los personajes como propias.

Las grandes cadenas latinoamericanas convirtieron la telenovela en una industria propia. En Perú, «Simplemente María», de finales de los sesenta, hizo llorar a medio continente con la historia de una costurera. En México, «Los ricos también lloran», de 1979, con Verónica Castro, llegó a países tan lejanos como la Unión Soviética, donde se convirtió en un fenómeno a principios de los noventa. En Venezuela, «Cristal», de 1985, triunfó en medio mundo.

A España, «Cristal» llegó a través de Televisión Española, a caballo entre los ochenta y los noventa, y paralizó muchas sobremesas. Fue uno de los momentos en que la palabra culebrón se volvió de uso común. Desde entonces, en las casas españolas hay generaciones enteras que saben perfectamente qué es una madre que no sabe que su hija es su hija, aunque no hayan visto nunca un capítulo completo.

Hay en el diario un repaso a la televisión española en el planeta, del plató a la serie de barrio. El culebrón es la parte importada de esa memoria. La que llegaba con acento caribeño y banda sonora de violines.

El manual del género

Las telenovelas clásicas funcionan con un repertorio de recursos tan conocido que cualquiera podría escribir uno de memoria. La gracia nunca estuvo en la sorpresa, sino en cómo se administra lo que todo el mundo ya intuye. Repasarlos ayuda a entender lo que hace la canción con ellos.

Fotogramas del videoclip oficial de «Narci de cutre culebrón», de Mike Sain't Louis

La protagonista humilde. Una chica pobre, a menudo huérfana o criada lejos de su familia, entra a trabajar en una casa rica. Es buena hasta el extremo. Sufre durante cien capítulos y triunfa en el último.

El galán indeciso. El hijo de la casa, guapo, rico y comprometido con otra. Tarda una eternidad en darse cuenta de quién le conviene.

La villana. Normalmente la prometida del galán o la madrastra de la protagonista. Lo sabe todo, lo manipula todo y siempre tiene una sonrisa preparada para las visitas.

El secreto de origen. Alguien no es hijo de quien cree. O lo es, pero nadie lo sabe. La prueba aparece siempre cerca del final: una carta, una medalla, una cicatriz, una partida de nacimiento escondida.

La amnesia. Un golpe en la cabeza, un accidente de coche, y el personaje olvida quién es. Sirve para que todo se complique durante veinte capítulos más.

La gemela. El recurso estrella. Dos hermanas idénticas, una buena y otra mala, que se cambian el sitio. La versión más recordada de los últimos tiempos es «La usurpadora», de 1998, con Gabriela Spanic haciendo de las dos gemelas, Paola y Paulina, una suplantando a la otra en una familia rica.

El capítulo de la verdad. Todo lo anterior desemboca en el mismo sitio: el día en que la máscara cae. El impostor queda al descubierto delante de todos, normalmente en una fiesta, una boda o un juicio, y la audiencia, que lo sabía desde el principio, siente por fin el alivio de que los personajes también lo sepan.

La canción de Mike se salta los ciento y pico capítulos anteriores y va directamente al último.

Moreno, morenito, morenón

Hay un verso que funciona como el retrato robot del villano:

Moreno morenito morenón, perfil encubierto

La gradación es muy de telenovela. El mismo adjetivo, primero normal, luego en diminutivo cariñoso y luego en aumentativo de admiración. Moreno, morenito, morenón. Es la secuencia de un enamoramiento: lo ves, te enterneces, te deslumbra. Y justo cuando el adjetivo llega a su punto más alto, la frase da un frenazo: perfil encubierto.

En el lenguaje del culebrón, «perfil encubierto» sería la gemela suplantadora. Alguien que se presenta con una cara que no es la suya. En el lenguaje de hoy, tiene un nombre en inglés que se hizo famoso en 2010 con un documental, «Catfish», y luego con un programa de televisión del mismo título: el perfil falso en internet, la persona que se inventa una identidad para enamorar a otra.

La telenovela y el perfil falso tienen la misma estructura. Una persona construye un personaje. Otra se enamora del personaje. Y el drama depende de cuánto tarde en descubrirse la diferencia entre los dos.

En el planeta de Mike, el morenazo aparece más veces, y siempre con algo que esconder. En «Ese Pinocho nunca me comía el chocho», el narrador se dirige a él con un saludo de carta:

Querido morenazo

Se te está cayendo

el relato

El relato que se cae es exactamente lo que pasa en el capítulo final de un culebrón. El personaje que alguien había construido se desmorona delante de todos.

¡Era una falsificación!

Y entonces llega el grito:

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «Y soltar lo que pienso del que va de cruising y se desnuda en un arbusto» de «Narci de cutre culebrón»

¡Era una falsificación!

Es la frase que en una telenovela diría el abogado de la familia, con un papel en la mano, delante de toda la familia reunida en el salón. El testamento era falso. La firma era falsa. El hijo no era el hijo. La frase tiene esa música de giro final, con signo de exclamación y pausa dramática.

Lo interesante es lo que la canción hace con ese momento. En la telenovela, la falsificación sale a la luz desde fuera: un detective, una carta, un testigo. En la letra, quien la destapa es la propia persona engañada, y la canción entera es la celebración de haberlo hecho:

Menos mal que te he desenmascarado

Esta es una de las diferencias más grandes entre la ficción y la vida. En el culebrón, la protagonista suele ser la última en enterarse, y la audiencia sufre por ella capítulo tras capítulo. En la vida real, la persona engañada también suele ser la última, pero no hay nadie al otro lado de la pantalla gritándole que abra los ojos. Le toca darse cuenta sola, y eso lleva su tiempo.

En «El impostor», otra canción del planeta, ese tiempo aparece contado con una cifra concreta. El narrador explica que se enteró «después / de seis años» de lo que de verdad pasaba, y describe cómo la historia que le contaban cambiaba cada día:

Cada día es una nueva

Versión

Esa es la otra cara del culebrón. En la tele, una nueva versión de la verdad cada capítulo es entretenimiento. En una relación, es agotador.

Martin Guerre, el impostor antes de la tele

El truco del impostor es mucho más viejo que la televisión y que la radio. Uno de los casos más famosos de la historia ocurrió en el siglo XVI, en un pueblo del sur de Francia llamado Artigat.

Un campesino, Martin Guerre, abandonó a su mujer y a su familia y desapareció durante años. Un día volvió. O eso pareció. El recién llegado conocía detalles de la vida del pueblo, recordaba nombres, hablaba de cosas que solo Martin podía saber. Su mujer, Bertrande, lo aceptó, y vivieron juntos durante años como marido y mujer. Hasta que empezaron las sospechas, las disputas por las tierras y, finalmente, un juicio.

En pleno proceso, en 1560, ocurrió el giro que ningún guionista se habría atrevido a escribir: apareció el verdadero Martin Guerre, con una pierna de madera, y el impostor, un hombre llamado Arnaud du Tilh, quedó al descubierto delante del tribunal. Fue condenado a muerte. El caso lo contó por escrito uno de los jueces, Jean de Coras, y siglos después se convirtió en libro de historia y en película: «El regreso de Martin Guerre», de 1982, con Gérard Depardieu.

Es el capítulo de la verdad en estado puro. El salón lleno, el impostor sentado, la puerta que se abre y entra el auténtico. La telenovela no inventó nada. Solo lo puso en horario de sobremesa.

Lo que más llama la atención del caso, leído hoy, es la pregunta que dejó abierta durante siglos: ¿cuánto sabía Bertrande? ¿Se dejó engañar porque quería creer, porque le convenía, porque el impostor la trataba mejor que el original? Los historiadores todavía discuten sobre eso. Y es una pregunta que cualquiera que haya salido de una relación con alguien que llevaba una máscara se ha hecho alguna vez: ¿cómo no lo vi antes?

La respuesta suele ser menos dramática que la de los tribunales. No se ve antes porque el personaje está muy bien construido, porque uno quiere que sea verdad y porque nadie va por la vida esperando que su pareja sea un perfil falso. La canción no pierde tiempo en esa pregunta. Se ríe. Y en la risa hay una manera de no culparse: el que hizo el papel fue el otro.

Violines, cortinilla y rótulo

Hay otro elemento del culebrón que la canción toma prestado, aunque sea de forma indirecta: la puesta en escena. Las telenovelas tenían un lenguaje visual propio, tan reconocible como sus argumentos. Zooms bruscos sobre la cara de la villana. Música de violines en los momentos de tensión. El plano congelado antes de los créditos. Y una cabecera con una balada que todo el mundo acababa sabiéndose de memoria.

Collage con un detalle de la carátula de «Narci de cutre culebrón» y las carátulas de «El impostor», «Ese Pinocho nunca me comía el chocho», «Me rindo»

El videoclip de la canción traduce todo eso al neón. En lugar de violines, letreros de luz rosa con palabras en mayúsculas. En lugar del zoom a la villana, dos hombres cara a cara, muy cerca, con la tensión de una escena de confrontación. Es un culebrón de discoteca, con la estética de una barra de bar a las tres de la mañana.

Esa traducción tiene sentido. El culebrón siempre fue un género de lo exagerado, y lo exagerado es una forma muy seria de contar las cosas en el Planeta Gayfolk. Llevar un drama sentimental al lenguaje del melodrama le devuelve el tamaño que tuvo por dentro.

El público que ya lo sabía

Una de las reglas más curiosas de la telenovela es que el espectador siempre sabe más que los personajes. Sabemos que la gemela mala ha ocupado el sitio de la buena. Sabemos quién escondió la carta. Sabemos que el galán va a casarse con la persona equivocada. Los guionistas llaman a eso ironía dramática, y es el motor del género: el placer está en esperar a que los personajes se enteren de lo que nosotros ya sabemos.

La canción juega con esa regla en un verso:

Parece que hasta tu entorno te ha calado

Es decir: el público, los de alrededor, ya lo sabían. El último en enterarse de que el personaje no se sostenía era el propio personaje. Es una inversión muy de comedia. En el culebrón clásico, el villano es el único que lo sabe todo. Aquí, el villano es el único que no se ha dado cuenta de que todos lo han visto.

Esa idea de la vida como un plató donde todo el mundo menos uno sabe que es ficción aparece en otras canciones del planeta. En «Me rindo», la pregunta es directamente de televisión:

¿Todo eso eran tomas falsas de La que se avecina o de Caso cerrado?

La comedia de vecinos y el programa de juicios de la tarde. Dos formatos que, igual que el culebrón, viven de exagerar lo que en la vida pasa a menor escala.

Lentillas de colores

En la tradición del culebrón, la máscara casi nunca es una máscara literal. Es un detalle: un lunar que una gemela tiene y la otra no, una cicatriz, la forma de firmar, una manera de coger la taza. El público aprende a fijarse en esos detalles, porque ahí está la clave del engaño.

En el planeta de Mike, los detalles de la falsificación también son pequeños y muy concretos. En «Carta de recomendación», la advertencia más famosa es casi un consejo de culebrón:

No te fíes de sus ojos azules, son lentillas de colores.

Los ojos azules como prueba de identidad falsa. Si fuera una telenovela, ese sería el plano final del capítulo: alguien se quita una lentilla delante del espejo y la cámara se acerca, con violines.

La canción «Hipócritas» amplía el tema de la careta del individuo al grupo: los que van de una cosa y son otra. Juntas, todas estas canciones forman una especie de culebrón por entregas. Cada una es un capítulo distinto de la misma historia: cómo alguien se construye un personaje y cómo, poco a poco, se le van viendo las costuras.

Betty, o el culebrón que se rió de sí mismo

A finales de los noventa, el género dio un giro inesperado. En Colombia, el guionista Fernando Gaitán escribió «Yo soy Betty, la fea», que se estrenó en 1999. La protagonista no era una belleza humilde, sino una economista muy lista, con gafas, aparato en los dientes y un flequillo imposible, que entraba a trabajar en una empresa de moda donde todos la despreciaban por su aspecto. El éxito fue enorme, con versiones en multitud de países, entre ellas la estadounidense «Ugly Betty», de 2006.

Ficha de la canción «Narci de cutre culebrón» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Betty» funcionaba porque se reía del propio género sin dejar de pertenecer a él. Tenía la protagonista humilde, el galán indeciso, la villana y el capítulo de la verdad. Pero lo contaba con humor, con personajes secundarios ridículos y con plena conciencia de que todo era un poco absurdo.

La canción de Mike tiene algo de ese tono. Coge un drama real, el de descubrir que alguien te ha engañado durante mucho tiempo, y lo cuenta con el lenguaje de una telenovela barata, sabiendo que lo es. Hasta lo dice al principio:

Hoy se me ha ocurrido intentarlo con un rap

Es una manera de presentarse que hace reír y, al mismo tiempo, protege. Contar una herida como si fuera un culebrón cutre permite tomar distancia. Es la diferencia entre llorar dentro de la telenovela y mirarla desde el sofá.

Lo que la telenovela no enseña

El culebrón tiene una moral muy simple. Los buenos sufren, los malos conspiran, la verdad sale a la luz y, en el último capítulo, cada uno recibe lo que merece. Hay boda, hay castigo y hay final feliz.

La vida, por supuesto, no funciona así. A veces la verdad sale y no pasa nada. A veces el villano sigue con su vida como si tal cosa. A veces la persona engañada tarda mucho más en recuperarse que lo que dura un capítulo final. Por eso tiene sentido que la canción no tenga boda ni castigo. Tiene solo el descubrimiento, repetido una y otra vez en el estribillo, como si hiciera falta decirlo muchas veces para creérselo del todo.

Si algo de esto se parece a lo que estás viviendo, merece la pena saber que no hace falta esperar al último capítulo para pedir ayuda. En España, el 024 atiende cualquier tipo de malestar emocional, de día y de noche, sin coste. Si hay un peligro inmediato, el 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717, y los menores de edad pueden llamar a la Fundación ANAR al 900 20 20 10. Desde fuera de España, findahelpline.com busca el teléfono adecuado para cada país.

Créditos finales

«Narci de cutre culebrón» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. Se puede escuchar en Spotify y ver en su videoclip oficial, donde los letreros de neón rosa con palabras como «fake» o «infiel» funcionan exactamente como los rótulos de un capítulo de telenovela. La información sobre el sello, los discos y su autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, está en la página de prensa.

Una propuesta para escucharla: como se veían los culebrones en la sobremesa. Con el café delante, sin tomárselo demasiado en serio, gritándole a la pantalla lo que el personaje todavía no sabe. Y con la satisfacción, al llegar al estribillo, de que por fin lo sepa.

Continuará

Las telenovelas clásicas se acababan. Tenían ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos capítulos, pero tenían un último episodio, con boda y créditos. Los culebrones de la vida real, en cambio, tienen la mala costumbre de no acabar nunca del todo. Siempre hay una nueva versión, un mensaje, un comentario de alguien que lo vio por ahí.

Por eso el estribillo de la canción se repite tanto. «Se descubrió el pastel». Otra vez. Y otra. Como el capítulo que se queda en la memoria porque fue el que cambió la historia. El que se recuerda años después, cuando ya nadie se acuerda de cómo empezó todo.

Y por eso, también, el título tiene ese adjetivo que lo pone todo en su sitio. Cutre. El drama fue real, pero el villano no daba para más que un culebrón de saldo.

Fin del capítulo. Esta vez, sin «continuará».

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «culebrón»?

Es la palabra que se usa en España para las telenovelas muy largas y muy melodramáticas, por la imagen de una culebra que no se acaba nunca. Por extensión, también se llama culebrón a cualquier historia real llena de enredos, giros y traiciones.

¿De qué trata «Narci de cutre culebrón»?

Es una canción con forma de rap sobre el momento en que cae la máscara de un narcisista. El estribillo lo resume: «Se descubrió el pastel narci de cutre culebrón» y, al final, «¡Era una falsificación!». La canción convierte ese descubrimiento en el capítulo final de una telenovela barata.

¿Qué tiene que ver con las telenovelas?

El giro de la identidad falsa es uno de los recursos más clásicos del género: gemelas que se suplantan, herederos que no lo son, personajes que esconden quiénes son de verdad. La canción usa ese esquema para hablar de un perfil encubierto que se desmonta.

¿En qué disco está la canción?

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. Tiene videoclip oficial y está en Spotify.

¿Dónde se puede pedir ayuda si una relación así me está haciendo daño?

En España, el 024 atiende cualquier malestar emocional a cualquier hora y es gratuito. El 112 es para urgencias. También está el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, y para menores de edad la Fundación ANAR, 900 20 20 10. Desde otros países, findahelpline.com indica el número de cada lugar.

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