Salud mental
No estoy preparado: complacer para no perder, la autoestima baja y el derecho a ir a tu ritmo
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

Un globo aerostático rosa, de un rosa chicle imposible, flota a ras de suelo entre lápidas grises. Hay niebla, ramas desnudas, una cruz al fondo. El globo no sube ni baja. Está ahí, quieto, como si no supiera si quedarse a velar a alguien o salir volando. Ese fotograma del videoclip de «Scott Bonehill» es la portada de esta nota, y resume bastante bien lo que se siente cuando una relación se está muriendo y uno todavía no se atreve a decir lo que piensa.
La letra, fiel a su humor fúnebre, da la pareja por difunta y solo echa en falta los útiles del sepulturero. Pero bajo el chiste fúnebre hay algo que interesa mucho más que el entierro. Hay una persona que lleva tiempo cediendo. Que da la razón aunque no la tenga del todo clara. Que se pregunta si el problema es suyo. Y que, al final, consigue decir una frase muy corta que le cuesta muchísimo: no estoy preparado.
Esta nota recorre ese camino, de complacer al otro a ponerse un límite, en varias letras del Planeta Gayfolk. El material biográfico es escaso y está elegido por él: Mike Sain't Louis ha hablado de una infancia con acoso escolar y abusos, un primer amor a los 22, dos parejas que salieron mal y que hoy define con la palabra narcisista, varios diagnósticos de salud mental con 41 años y una terapeuta que le acompaña en esta etapa. Lo demás no se cuenta, no se supone y no se adorna. Todo personaje que asoma en estas letras, empezando por el que da título a esta, es inventado.
No es por ti, es por mí
El primer verso recicla el tópico de despedida que todo el mundo ha oído alguna vez:
No es por ti , es por mí, no quiero darte la lata
Normalmente esa frase se usa para dejar a alguien con suavidad. Aquí suena distinta. Suena a disculpa preventiva. El narrador no está dejando a nadie: está pidiendo perdón por existir con sus dudas. Lo de la lata se traduce así: no quiero molestarte con lo que siento. No quiero ser un problema. Y justo después viene la confesión que lo explica todo:
Ya sabes que Tengo la autoestima muy baja
Así, con esa T mayúscula colocada donde no toca, como si la palabra «tengo» pesara más que las demás. Es una de las líneas más desnudas de todo el primer disco. No hay metáfora de terror, no hay insulto creativo, no hay Pepi Valladares. Hay alguien que reconoce, ante la persona con la que comparte su vida, que no se valora. Y que lo dice como quien recuerda algo que el otro ya sabía: «ya sabes».
Esa expresión, «ya sabes», tiene algo inquietante. Significa que la autoestima baja no es un secreto en esa relación. Es un dato conocido. Y un dato así, en manos de quien no te cuida, se convierte en palanca.
La costumbre de dar la razón
Lo que viene después en la letra es un ejemplo perfecto de autocrítica que se adelanta a la crítica ajena:
y lo peor de todo
es que tienes razón
Y enseguida, en cascada, tres preguntas que el narrador se hace a sí mismo con las palabras del otro metidas dentro:
Será que no soy ¡moderno!
Será que estoy siempre amargado
Fíjate en el movimiento. El conflicto es entre dos personas que quieren cosas distintas. Pero el narrador no lo vive como un desacuerdo. Lo vive como un defecto propio. Si no quiere lo que el otro quiere, será que es antiguo, será que es un amargado, será que va directo al infierno. El otro tiene razón. Siempre la tiene. Él, en cambio, siempre tiene algo que corregir.
Mucha gente reconoce esta forma de funcionar. Se llama de muchas maneras: complacer, agradar, ceder, ser demasiado bueno. En inglés se ha popularizado la expresión «people pleaser». Es el hábito de anteponer de forma casi automática los deseos de los demás a los propios, no por generosidad, sino por miedo. Miedo al enfado, al rechazo, a quedarse solo. Quien funciona así no siente que elija ceder. Siente que no tiene otra opción.
Una respuesta que se aprende
En algunos enfoques sobre el trauma se habla de una cuarta respuesta ante la amenaza, además de las tres más conocidas, luchar, huir o paralizarse. Esa cuarta respuesta es complacer. Calmar al que da miedo. Adelantarse a lo que quiere. Hacerse pequeño y útil para que el peligro pase de largo. No es una decisión consciente. Es una estrategia que el cuerpo aprende cuando, en algún momento de la vida, enfrentarse o huir no eran opciones posibles.

Un niño que sufre acoso en el colegio, por ejemplo, aprende rápido que llamar la atención es peligroso. Que conviene no destacar, no llevar la contraria, reírse de las bromas aunque duelan. Mike ha contado que de niño vivió acoso y abusos. No ha dicho más, y aquí no se va a suponer cómo le afectó en concreto. Pero no hace falta conocer los detalles para entender que una infancia así deja enseñanzas difíciles de olvidar. Y una de las más comunes es esta: si haces lo que el otro quiere, quizá no te hagan daño.
El problema es que esa estrategia, útil para sobrevivir en un patio de colegio, se vuelve una trampa en la vida adulta. Sobre todo en el amor. Porque quien ha aprendido a complacer suele atraer, sin quererlo, a quien ha aprendido a aprovecharse. Encajan como dos piezas. Y la autoestima baja, ese «ya sabes» de la canción, es el pegamento.
No me empujes al límite
Hay un verso en «Scott Bonehill» que funciona como bisagra entre la queja y el límite:
No me empujes al límite si ya ni me abrazas
Es una petición doble. Por un lado, no me empujes. No me pidas más de lo que puedo dar. Por otro, una constatación muy triste: ya ni me abrazas. Es decir, me pides que ceda en algo importante y, a cambio, ni siquiera me das lo básico. El trato está desequilibrado desde hace tiempo, y el narrador empieza a verlo.
Esa queja por los abrazos que faltan es la primera grieta en la costumbre de complacer. Hasta ahí, el narrador asumía que todo era culpa suya. Ahora, por primera vez, señala algo que hace el otro. O mejor dicho, algo que el otro ha dejado de hacer. La falta de cariño no es un detalle. Es el contexto en el que se le pide que ceda. Y ceder sin cariño a cambio ya no parece amor. Parece otra cosa.
Sobre esta misma canción, el diario ya publicó un análisis centrado en la relación abierta y la autoestima. Esta nota mira otro ángulo: no tanto qué se pedía en esa relación, sino cómo responde alguien que lleva toda la vida diciendo que sí.
Pero te repito
Y entonces llega la frase que da título a esta nota:

Pero te repito que no estoy preparado
Hay tres palabras ahí que merecen atención. La primera es «pero». Después de dar la razón, después de llamarse amargado y antiguo, después de admitir la autoestima baja, llega un «pero». Es la conjunción más pequeña y más valiente del idioma. Significa: todo lo anterior es verdad, y aun así.
La segunda es «repito». Esa frase ya se había pronunciado, y nadie la tuvo en cuenta. O le han escuchado y han insistido. El narrador no grita, no amenaza, no se va dando un portazo. Repite. Con paciencia, con cansancio, con la firmeza de quien ya sabe que lo va a tener que decir otra vez.
La tercera es «preparado». No dice «no quiero». No dice «me parece mal». Dice que no está listo. Es una forma de poner un límite sin atacar el deseo del otro. No juzga lo que el otro quiere. Solo afirma que él, ahora, no puede. Y eso, para alguien que lleva años complaciendo, es enorme. Porque supone reconocer que su propio ritmo existe y que tiene derecho a respetarlo.
Hay personas que tardan años en poder decir una frase así. Que la ensayan en la cabeza mil veces y luego, en el momento, sale un «bueno, vale, lo que tú quieras». La canción, en cambio, la deja escrita, rimada y publicada. A lo mejor en la vida real costó más. Pero en la letra quedó dicha, y lo que queda escrito sirve de recordatorio.
No necesito agradar
Si «Scott Bonehill» es el momento del primer límite, «Antisocial» es lo que viene muchos años después, cuando el límite se ha convertido en manera de vivir:
No necesito agradar, no necesito que me aprueben,
Es casi la frase opuesta a «tienes razón». Donde antes había alguien que necesitaba la aprobación del otro para sentirse bien, ahora hay alguien que se la niega con orgullo. La canción es exagerada, rabiosa y muy divertida, y presenta ese cambio como una elección radical: antisocial por elección, prefiriendo mil veces a sus animales antes que aguantar a un narcisista.
No hace falta llegar a ese extremo para entender lo que se ha ganado. Lo importante no es aislarse. Es dejar de medir el propio valor por la aprobación ajena. Quien necesita agradar a todos vive pendiente de cada cara, de cada silencio, de cada mensaje sin contestar. Quien deja de necesitarlo recupera algo que parecía perdido: la capacidad de saber qué quiere él, sin mirar antes qué quiere el otro.
El chollo se ha terminado
Hay otra canción del primer disco que muestra el final del camino desde un ángulo más cómico. En «No quiero otro novio cojín», después de una larga lista de rutinas grises, cafés amargos y trabajos insípidos, el narrador se planta:
El chollo se te ha terminado.
Un chollo. Así ve, por fin, lo que ha sido su papel en la relación: un chollo para el otro. Alguien que daba mucho y pedía poco. Alguien cómodo, blandito, siempre disponible. Un cojín. La imagen del título lo dice todo: un novio cojín es alguien en quien el otro se apoya, se tumba, se acomoda, sin preguntarle nunca si le pesa.
Lo que tiene de liberador esta canción es el humor. Después de años de ceder, el narrador no se lamenta. Se ríe. Y en esa risa hay una forma de recuperar la dignidad que ninguna terapia puede imponer desde fuera, pero que muchas veces ayuda a encontrar. Quien se ríe de haber sido un cojín ya no lo es.
No voy a aguantar más
Y hay una última frase, en «El narcisista», que suena como el grito que llevaba tiempo esperando salir:
no voy a aguantar máaaaaaaaaaaas
Así, con la a estirada hasta el infinito. Es interesante comparar esta frase con la de «Scott Bonehill». Allí, el narrador decía «no estoy preparado», con suavidad, casi pidiendo permiso. Aquí ya no pide nada. Afirma. Y la vocal larga, que se queda sonando como una sirena, transmite todo lo que se ha acumulado entre una frase y la otra.
Juntas, las cuatro canciones dibujan una especie de mapa. Primero, la autoestima baja que da la razón. Después, el primer «pero», tímido y repetido. Más tarde, el humor que ve el chollo. Y al final, el límite rotundo, la vocal que no se acaba. No es un camino lineal, y nadie lo recorre de una vez. Pero se puede recorrer.
El cansancio de estar siempre disponible
Hay un precio que quien complace paga en silencio y que rara vez se nombra: el agotamiento. Estar siempre disponible cansa. Leer constantemente el estado de ánimo del otro, anticiparse a lo que va a pedir, ajustar el propio humor al ajeno, todo eso consume una energía enorme. Y como no se ve, nadie la agradece. Ni siquiera uno mismo, que suele pensar que no hace nada especial.

La canción de «No quiero otro novio cojín» empieza precisamente ahí, antes del portazo. Antes de que el narrador diga que el chollo se ha terminado, hay una larga enumeración de días iguales: despertar solo, miradas vacías, rutina fría, café amargo, trabajo insípido, risas distantes. Es el retrato de alguien que se ha ido apagando poco a poco. No por un golpe concreto, sino por el desgaste de darlo todo sin recibir casi nada.
Esa enumeración merece leerse junto a lo que Mike ha contado sobre su depresión. Sin establecer una relación de causa y efecto que él no ha establecido, es fácil reconocer en esa lista el tono gris de los días en que nada sorprende, nada apetece y todo pesa. Muchas personas que han pasado por una depresión cuentan que, mirando atrás, vieron cómo se habían ido vaciando en relaciones donde siempre cedían. No es la única causa, ni mucho menos. Pero es una de las que se pueden empezar a cambiar.
Por eso el límite no es egoísmo. Es una forma de dejar de vaciarse. Cuando el narrador dice «no estoy preparado», no solo protege su ritmo en un tema concreto. Protege también la poca energía que le queda para sí mismo. Y esa energía, recuperada poco a poco, es la que luego permite escribir, salir, reírse del cojín que fue.
Quien acompaña a alguien así también puede ayudar. No exigiendo que de repente se plante, sino notando cuándo dice que sí con la boca y que no con la cara. Preguntando dos veces. Dejando claro que un «no» no va a tener consecuencias. Para alguien que ha complacido toda la vida, saber que puede negarse sin perder el cariño es, a veces, el primer paso.
Cómo se aprende a decir que no
A quien se vea retratado en el narrador de «Scott Bonehill», pueden servirle algunas ideas que las propias canciones sugieren sin dar lecciones.
Empieza por frases pequeñas. No hace falta un discurso. «No estoy preparado» son cuatro palabras. «Ahora no puedo» son tres. «Déjame pensarlo» son dos. Cuanto más corta la frase, menos espacio hay para que se convierta en una justificación interminable.
Repetir no es fracasar. El narrador dice «te repito». Si la otra persona insiste, no tienes que buscar argumentos nuevos. Basta con decir lo mismo otra vez. Un límite no se gana por convencer. Se gana por mantenerlo.
Fíjate en lo que recibes a cambio. La falta de abrazos de la canción es una pista. A veces ayuda hacer cuentas, no para pasar factura, sino para ver con claridad si la relación es recíproca. Si cedes siempre y no recibes nada, el problema no es tu falta de modernidad.
Escríbelo antes. Muchas personas que complacen por reflejo no saben lo que quieren hasta que lo ven escrito. Una nota en el móvil, una carta que no se envía, una lista. La idea está desarrollada en la entrada escribir para entenderse.
Pide ayuda si el patrón es muy fuerte. Complacer por miedo puede tener raíces profundas, sobre todo si viene de experiencias tempranas difíciles. Un psicólogo o una psicóloga pueden ayudar a entender de dónde viene y a practicar alternativas. Es lo que Mike hace hoy con su terapeuta, según ha contado. Las dudas más habituales antes de empezar están resueltas en las preguntas frecuentes sobre la terapia del diario.
La autoestima no se arregla antes del límite
Hay una idea muy extendida que conviene desmontar: que primero hay que tener la autoestima alta y luego ya se podrán poner límites. Las canciones sugieren lo contrario. El narrador de «Scott Bonehill» se valora poquísimo, lo reconoce él mismo, y aun así pone un límite. Tiembla, duda, se llama amargado, pero dice «no estoy preparado».

Y es probable que ese límite, puesto con la autoestima baja, sea precisamente lo que empiece a subirla. Cada vez que uno respeta su propio ritmo, aunque sea con miedo, se demuestra a sí mismo que su ritmo importa. Y esa demostración, repetida muchas veces, acaba cambiando la idea que uno tiene de sí mismo. La autoestima no es un requisito para poner límites. Es, en buena parte, el resultado de ponerlos.
Para muchas personas LGTBI esto tiene una dimensión añadida. Quien ha crecido sintiendo que su forma de querer no era aceptable suele llegar a la vida adulta con la costumbre de pedir perdón por existir. Por qué ese peso aparece tan a menudo, y cómo aligerarlo, lo explica la entrada sobre salir del armario y salud mental.
Un globo que espera
Vuelve al fotograma de la portada. El globo rosa no está atado a nada visible. Podría subir en cualquier momento. Y sin embargo se queda entre las lápidas, a ras de hierba, como si esperara una señal. Es una buena imagen de lo que significa ir a tu ritmo. No es quedarse quieto para siempre. Tampoco es salir disparado porque alguien te empuja. Es esperar a que el aire caliente sea suficiente, a que el peso que llevas se reduzca, a que la niebla deje ver hacia dónde vas.
Muchas personas que han complacido toda la vida confunden su propio ritmo con lentitud, con cobardía, con ser «poco moderno», como teme el narrador. No lo es. El ritmo de cada uno depende de lo que lleva encima. Quien carga con heridas antiguas, con diagnósticos, con relaciones que salieron mal, necesita más aire caliente para despegar. Y eso no es un defecto. Es física.
Para escuchar «Scott Bonehill»
La canción forma parte del primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y está disponible en Spotify. En la página de prensa se explica cómo se organizan los tres discos del planeta y qué historia cuenta cada uno.
Si te cuesta poner límites
Si te pasas la vida diciendo que sí por miedo, si das la razón aunque no la veas, si notas que alguien se aprovecha de tu forma de ser, no tienes por qué cargar con ello solo. Hablarlo con alguien de confianza o con un profesional puede cambiar mucho las cosas. Y si en algún momento te sientes desbordado, hay ayuda disponible: en España, el 024 contesta a cualquier hora, sin coste y también por chat; si la vida de alguien corre peligro, marca el 112; para hablar con calma con alguien que escucha, el Teléfono de la Esperanza tiene el 717 003 717; los menores, y los adultos preocupados por un menor, encuentran a la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Lejos de España, findahelpline.com reúne las líneas de cada país.
El globo rosa del cementerio no tenía por qué quedarse a velar nada. Podía subir cuando estuviera preparado. Y eso, decidir cuándo, también era suyo.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice «Scott Bonehill» sobre la autoestima?
El narrador lo admite sin rodeos: «Ya sabes que Tengo la autoestima muy baja». Y aun así, al final de la letra, se planta con una frase sencilla: «Pero te repito que no estoy preparado». Esa mezcla de inseguridad y límite es el centro de esta nota.
¿Qué es la tendencia a complacer para evitar conflictos?
Es un patrón en el que una persona antepone de forma sistemática los deseos de otros a los suyos para evitar el rechazo, el enfado o el abandono. En algunos enfoques sobre el trauma se describe como una respuesta más ante la amenaza, junto a luchar, huir o quedarse paralizado. No es un diagnóstico en sí, pero conviene hablarlo en terapia si limita tu vida.
¿Decir «no estoy preparado» es lo mismo que decir que no?
Es una forma de decir que no que deja la puerta abierta al tiempo. No niega el deseo del otro ni lo juzga. Solo afirma que uno no está listo, y eso ya es un límite válido.
¿Los personajes de las canciones son reales?
No. Los nombres y personajes que aparecen en las letras de Mike Sain't Louis son inventados. Lo biográfico de esta nota se limita a lo que él ha contado en público.
¿Qué teléfonos de ayuda hay en España?
El 024 atiende gratis y a cualquier hora, también por chat. El 112 es para emergencias. El Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717 y la Fundación ANAR, para menores y familias, en el 900 20 20 10. Fuera de España, consulta findahelpline.com.