Relaciones tóxicas
Manual de instrucciones de un ventilador que no se apaga: «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda»
Por Mike Sain't Louis ·

Enhorabuena por la adquisición de su nuevo ventilador.
Antes de enchufarlo, lea con atención este folleto. Consérvelo para futuras consultas. Y si es usted de los que tiran las instrucciones a la basura con el plástico de burbujas, haga una excepción esta vez, porque este aparato tiene una particularidad que no viene en la caja: una vez encendido, no hay manera de apagarlo.
Lo dice el propio modelo, en su placa de características, con el nombre más largo que se ha visto en una tienda de electrodomésticos: «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda». Pertenece a la gama «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, y su ficha lo da de alta el 12 de junio de 2026. El planeta lo ha desmontado pieza a pieza y presenta aquí su manual de uso. No se responsabiliza de las manchas.
1. Contenido de la caja
Al abrir el embalaje encontrará usted las siguientes piezas:
Un hombre que llega a casa el último día. Una cara de culpable. Una habitación de al lado. Un silencio con forma de puerta cerrada. Una lista de ubicaciones que ya no son secretas. Un grupo de gente («toda su gente») que todavía no sabe nada. Unas respuestas que parecen dictadas por un crío. Y un estribillo, repetido una docena de veces, que no se calla ni con la cinta americana.
Si falta alguna pieza, no reclame. Faltan siempre. En estas historias nunca llega el kit completo: siempre hay un tornillo que el otro se ha guardado en el bolsillo, una versión de los hechos que no aparece por ningún lado, una explicación que se quedó en el almacén.
Hay que fijarse en el formato, que no es el de una canción al uso. La letra arranca como un párrafo, sin estrofas, sin rimas que se vean desde lejos, a pecho descubierto. Es la forma del audio de WhatsApp de cuatro minutos que uno graba en el coche aparcado delante de casa, sin respirar, antes de que se le pase el valor. Y después, de golpe, el estribillo, que es pura repetición. Primero el desahogo largo; luego el grito que no se apaga. Así se construyen los ventiladores.
2. Instalación: el avestruz
Coloque el aparato en el centro del salón. Observe a continuación la primera escena, que viene ya montada de fábrica:
Luego que cobarde, llega a casa el último día y como un avestruz y cara de culpable se mete en la otra habitación no vaya a ser que cara a cara le vaya a pedir alguna explicación.
El planeta ha leído muchos insultos en la discografía de Mike Sain't Louis. Narcisista de la almorrana, coordinador de saldo, marrano de no sé dónde. Pero este avestruz tiene una precisión que da miedo. Porque el avestruz no huye. El avestruz se queda. Se queda en el mismo piso, a cuatro metros, detrás de un tabique de pladur, con la cabeza enterrada en la arena de su móvil, convencido de que si él no mira, nadie le ve.
Cualquiera que haya vivido el último día de una convivencia reconoce la geografía. El salón se convierte en zona neutral. La cocina, en paso fronterizo. Y la otra habitación, la del cuarto de invitados, la de la plancha y la bicicleta estática que nadie usa, se transforma en búnker. Desde allí se oye el ruido de una cremallera de maleta, el pitido de un móvil en silencio que no está del todo en silencio, la cisterna. Nada más. Ni una palabra.
«No vaya a ser que cara a cara le vaya a pedir alguna explicación.» Ese «no vaya a ser» es de abuela, de recomendación de no salir sin rebeca, y aplicado aquí es demoledor. El tipo no se esconde por vergüenza. Se esconde por logística: para que no le hagan preguntas. Para no tener que contestar. Cobarde, dice la primera palabra de la frase. Y después de leer la escena, el planeta no encuentra argumentos para la defensa.
3. Funcionamiento: por qué calla
Una vez instalado, el ventilador funciona de la siguiente manera. Lo explica la propia letra, que en este punto se pone técnica:

Él sabe que se todo, incluso las ubicaciones, por eso se calla, para que el ventilador esparciendo mierda de repente no le llegué a toda su gente
Lea dos veces la palabra «ubicaciones». Es la palabra de 2026 para lo que antes eran una mancha de carmín en el cuello de la camisa o una carta perfumada en el bolsillo del abrigo. Ahora la infidelidad deja coordenadas. Un punto azul en un mapa. Una hora. Un nombre de calle donde no tenías por qué estar. El planeta no entra en cómo se supo, porque la letra no lo cuenta, y aquí no se inventa. Basta con saber que se sabe todo, y que él sabe que se sabe.
Y entonces llega la física del aparato, que es lo más interesante. Él calla. ¿Por qué? No para proteger a quien ha engañado. Calla para proteger a su gente. Calla para que la mierda no llegue a sus amigos, a su familia, a su grupo de WhatsApp de los domingos, a su madre, al compañero de trabajo que le tiene por un buen chico. Su silencio no es arrepentimiento: es control de daños. Es un departamento de comunicación de crisis formado por una sola persona en una habitación con la puerta cerrada.
Esto es importante porque desmonta una idea que circula mucho: que el silencio del que la ha liado es una forma de pudor. No siempre. A veces el silencio es la manera más eficaz de seguir controlando la historia. Mientras no se dice nada, la versión oficial sigue intacta. El que calla no otorga. El que calla administra.
3 bis. Ficha técnica: la gente de él
Antes de seguir, el planeta se detiene en una pieza pequeña que suele pasar desapercibida en el montaje: «toda su gente». Son tres palabras, y sin ellas el aparato no tendría sentido.
¿Quién es su gente? La letra no da nombres, y hace bien. Pero cualquiera puede rellenar el hueco con la plantilla de siempre. Los amigos del pádel. La cuñada que organiza las paellas de los domingos. El grupo de WhatsApp con nombre de chiste malo y foto de perfil de una despedida de soltero en Salou. Los compañeros del trabajo que le invitan a las cañas del viernes. La madre, que tiene en la vitrina una foto de los dos en la boda de un primo. Todo ese mundo que lo considera «majísimo», «un cielo», «el más normal de todos».
Para el avestruz, esa gente es su capital. Lo que ha construido durante años con sonrisas en las cenas y con mensajes de cumpleaños puntuales. Y lo que más miedo le da no es perder a quien ha engañado, que eso ya lo da por perdido, sino perder esa reputación. Que se sepa. Que se comente en la barbacoa. Que alguien, al verle llegar, baje la voz.
El planeta conoce muy bien la otra cara de esa moneda, porque las maricas han sido durante siglos «la gente» de nadie. El que no tenía grupo que le defendiera, el que se quedaba solo cuando estallaba el rumor, el que no tenía una cuñada con paella para contar su versión. Por eso esta canción tiene algo de justicia poética. Aquí, por una vez, es el bien relacionado el que tiembla porque la verdad se airee entre los suyos. Y es el que se quedó solo el que tiene el micrófono.
No hace falta decir más. Basta con mirar cómo cambia el equilibrio cuando quien tenía toda la gente de su lado se encierra en un cuarto de plancha, y quien no tenía a nadie se pone a escribir.
Hay, además, una ironía de diseño que no conviene pasar por alto. Un ventilador sirve para refrescar. Se compra en julio, en la gran superficie de la carretera, cuando el piso de Madrid se convierte en un horno y no hay aire acondicionado que lo arregle. Es el aparato más doméstico de todos, el que se lleva de una habitación a otra según dónde se vaya a dormir la siesta. Que la canción convierta precisamente ese aparato en el que esparce la verdad por toda la casa tiene mucha gracia. El objeto que tenía que aliviar el calor es el que acaba poniéndolo todo perdido. Como tantas relaciones que empezaron siendo refugio.
4. Advertencias de seguridad
El planeta tiene la obligación legal, como todo buen fabricante, de incluir un apartado de advertencias. Aquí está, porque es la parte de la letra que más quema:

Y si tiene que mentir una vez más y dejarte por esquizofrénico desquiciado para tapar lo hijo de puta que es, lo hará sin pensarlo. Los pondrá de su lado.
Advertencia número uno: el aparato puede convertir al usuario en el problema. Advertencia número dos: puede hacerlo sin pensarlo, de manera automática, como el termostato que salta solo. Advertencia número tres: el resultado final del proceso es que la gente acaba de su lado.
Esto tiene nombre, y el planeta le ha dedicado una canción entera, «Gaslighting», y unas cuantas páginas en el diario, como la de cuando te dicen que lo soñaste. La luz de gas es hacer dudar a alguien de su propia cabeza. Pero lo que describe esta letra va un paso más allá: no se trata solo de que tú dudes de ti, sino de que los demás duden de ti. Es la campaña de imagen. El «está fatal, el pobre». El «no le hagáis caso, que no está bien». El «ya sabéis cómo se pone».
La palabra que la letra pone en boca de esa estrategia es brutal: esquizofrénico. Y conviene leerla bien. Quien la usa no es el narrador; es el que miente, que coge un diagnóstico serio y lo convierte en un insulto para desacreditar. La canción no se burla de la enfermedad mental: denuncia a quien la usa como arma. Hay pocas cosas más viejas en la historia de las maricas que esa. Al raro, al sensible, al que se queja, se le ha llamado loco desde que existen los manicomios. Que el planeta tenga una galería con un manicomio rosa no es casualidad: es la manera de apropiarse del insulto, pintarlo de fucsia y colgarlo en la pared.
Lo seco, dicho una vez: cuando alguien necesita que todos piensen que estás loco, suele ser porque lo que cuentas es verdad.
5. Solución de problemas: las respuestas de preescolar
Todo manual tiene un apartado de averías frecuentes. «El aparato no enciende», «el aparato hace un ruido extraño», «el mando a distancia no responde». El de este ventilador tiene uno solo, y viene con la mejor línea cómica de la canción:
«Resulta que las respuestas que me daba cuando se descubrió la verdad, no sé si se las dictaba un niño de preescolar.»
El planeta se ríe aquí porque la imagen es perfecta. Un hombre adulto, pillado con todas las ubicaciones, intentando dar explicaciones con el nivel argumental de un crío de cuatro años al que le han encontrado el chocolate escondido en la mochila. «Yo no he sido.» «Ha sido sin querer.» «Es que tú también.» «No me acuerdo.» «Pues no sé.» El repertorio clásico del parvulario, ahora en boca de alguien con hipoteca.
Lo bonito de esta línea es que, en mitad de una letra que es puro dolor, se permite una burla. Es un rasgo de la casa: del chiste a la herida y vuelta al chiste. Nadie aguanta una canción entera de rabia pura sin reírse un poco del otro, y reírse del otro es también una manera de recuperar la cabeza que te intentaban quitar. Si sus respuestas eran de preescolar, quien estaba loco no eras tú. Era el que no sabía mentir mejor.
Solución recomendada para esta avería: ninguna. No hay manera de arreglar una mentira mal hecha. Solo de escucharla y apuntarla.
6. Velocidades
Este modelo dispone de doce velocidades, que en el folleto aparecen todas con el mismo nombre:
No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mieeeeeeeerdaaaaaaaaa
Doce veces. El planeta las ha contado en la letra publicada. Doce repeticiones de la misma frase con las vocales estiradas hasta romperse, como cuando se te queda un mensaje de voz atascado y la última palabra se arrastra hasta el infinito.
¿Por qué doce? El planeta no lo sabe, y no va a atribuir al autor una intención que no consta. Pero sí puede decir lo que hace esa repetición cuando se escucha. Primero, gracia. A la tercera, incomodidad. A la sexta, una especie de trance. A la décima, ya es otra cosa: es un mantra, una oración de las que se dicen con el rosario. Y a la duodécima, el oyente entiende que esa es exactamente la experiencia de quien está dentro. No puedes parar. No puedes desenchufarlo. Da igual cuántas veces lo intentes, el aparato sigue girando y la mierda sigue saliendo.
Es una imagen que todo el mundo entiende porque viene del refrán. En España, cuando un asunto turbio salpica a todos, se dice que alguien «ha puesto el ventilador». La canción da la vuelta al refrán, igual que esta casa da la vuelta a casi todo: aquí nadie ha puesto el ventilador a propósito. Ya estaba en marcha. Y lo que el narrador confiesa no es que quiera esparcir nada, sino que no puede pararlo. Que lo que se sabe ya no se puede dejar de saber. Que la verdad, una vez enchufada, gira sola.
Hay algo casi trágico en esa impotencia. El avestruz quería que nada llegara a su gente. El narrador, quizás, también querría que todo parase. Ninguno de los dos controla el aparato. Al final, el ventilador manda.
7. Compatibilidad con otros aparatos de la casa
Este modelo es compatible con varios electrodomésticos del planeta, y funciona especialmente bien en combinación con ellos.

En la propia ficha del disco, el ventilador viene justo después de «En grupo mienten, explotan siempre», y el título de esa pista ya lo explica casi todo: hay mentiras que se sostienen en grupo, con cómplices, con gente que mira para otro lado, y que al final revientan. Es la pareja perfecta del ventilador. Una describe el globo hinchándose. La otra, el momento en que pincha.
Después, en la discografía, sigue «Licenciada en derecho», que tiene el tono de quien ya se ha puesto las gafas de leer contratos. Y en la misma estantería están «El narcisista», el gran musical del planeta sobre la frialdad, y «Ni con un palo», donde aparece la frase que el planeta repite siempre que alguien pregunta por estas cosas: «No es rechazo, es cálculo». El avestruz que se encierra en la otra habitación también calcula. Cada minuto de silencio está medido.
El usuario avanzado puede montar con todos ellos una cadena completa: el engaño, la mentira en grupo, el ventilador, el contrato, el diagnóstico. Es el ciclo entero, contado en canciones de pocos minutos.
8. Mantenimiento y limpieza
El fabricante recomienda limpiar las aspas con un paño húmedo cada cierto tiempo. En este modelo no sirve. Lo que esparce no sale con bayeta.
Lo que sí funciona, según la experiencia de quien ha tenido uno de estos en casa, es otra cosa: contarlo. Ponerlo por escrito. Darle un título absurdo y largo que haga reír a la gente antes de que entienda de qué va. Subirlo a una plataforma. Que el ventilador, ya que no se puede apagar, al menos sople en la dirección correcta.
El planeta cree que esa es la verdadera función de esta canción. No es una venganza. No hay nombres, no hay apellidos, no hay datos que permitan señalar a nadie. Hay una escena, un avestruz, unas ubicaciones y una estrategia que mucha gente reconocerá en su propia casa. Lo que hace la letra es dar la versión que el avestruz no quería que se oyera. No a su gente, que eso no está en manos del narrador. A todo el mundo, que es más gente todavía.
Y lo hace sin pedir permiso al jurado. Porque en estas historias siempre hay un jurado: el que pregunta «¿y tú qué hiciste para que te tratara así?», el que dice «hay dos versiones», el que recomienda «pasar página» con la misma ligereza con la que se recomienda un restaurante. La canción no comparece ante ese tribunal. Se planta delante del ventilador, deja que le despeine, y cuenta lo que vio. Con eso le basta. Con eso, de hecho, le sobra para llenar una canción y doce estribillos.
9. Condiciones de la garantía
La garantía de este aparato cubre:
La sensación de no estar loco. La certeza de que lo que se vio, se vio. El alivio de reírse del niño de preescolar. La compañía de todos los que han vivido lo mismo y se han encontrado aquí con un estribillo que les describe.
La garantía no cubre:
Que el otro reconozca nada. Que su gente cambie de opinión. Que el ventilador se pare.
Para cualquier reclamación, el planeta dispone de sala de prensa, donde consta lo esencial del fabricante: Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical madrileño, escribe sus letras sin IA y hace la música y las voces con herramientas como Suno. Esta en concreto se puede escuchar en Spotify, donde gira a la velocidad que haga falta.
Nota final del servicio técnico
Hay aparatos que se compran y aparatos que te tocan. Este es de los segundos. Nadie elige tener en el salón un ventilador que esparce lo que esparce. Pero una vez que está ahí, girando, lo único que se puede decidir es qué hacer con el ruido.
Se puede intentar taparlo con una manta. Se puede salir de casa y dejarlo encendido. Se puede, también, sentarse delante, con el pelo revuelto, y escribir. Llamarle por su nombre. Ponerle un estribillo. Repetirlo doce veces hasta que la frase deje de doler y empiece a ser un poco ridícula, como todas las cosas que se repiten mucho.
El avestruz seguirá en la otra habitación. Pero tú ya no estás en esa casa.
Desenchufar, no se puede. Mudarse, sí.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda»?
Del final de una relación en el que quien ha mentido se esconde «como un avestruz», calla para que la verdad no llegue a su gente y está dispuesto a hacer pasar al otro por desquiciado para tapar lo que ha hecho. El estribillo repite que el ventilador ya no se puede desenchufar.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 12 de junio de 2026.
¿Qué tiene que ver con la luz de gas?
La letra describe una estrategia típica: cuando la verdad sale a la luz, quien la ocultaba convierte al otro en el problema y lo hace pasar por loco ante los demás. Es una forma de manipulación que el planeta trata también en «Gaslighting».
¿Quién la ha escrito?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se han hecho con herramientas de inteligencia artificial.