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Cinco palabras que no se retiran: «Nunca más nos volveremos a ver», leída de una en una

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Portada de «Nunca MáS Nos Volveremos a Ver», canción de Mike Sain't Louis

Nunca.

Más.

Nos.

Volveremos.

A ver.

Así está escrito el título en la portada. Una palabra debajo de otra, en letras grandes y apretadas, ocupando casi la mitad de la imagen. Mike lo explica en su ficha: leerlo así, a trozos, le da todavía más peso.

La otra mitad es un primer plano en blanco y negro, muy de cerca. Una lágrima baja por la mejilla y otra ya asoma en el otro ojo. El pelo revuelto, la barba, un pendiente con una cruz pequeña colgando de la oreja. Nada distrae de la mirada.

Es la portada de «Nunca más nos volveremos a ver», y Mike la define con una frase que no tiene ni una gota de ironía: aquí no hay brillos ni bromas, solo una despedida que duele de verdad.

La letra no está publicada en la web. En /letras pone «próximamente». El planeta no sabe a quién va dirigida esa despedida ni quién decide que no habrá más encuentros, y Mike tampoco lo cuenta: dice que eso se sabe escuchándola. Así que esta crónica no va a adivinar. Va a hacer lo que propone la propia portada: leer despacio. Una palabra cada vez.

Un aviso antes de empezar. Esta es una crónica sobre despedidas, y algunas despedidas pesan mucho. Si estás pasando un momento en que la palabra «nunca» te suena a ti, por favor, no te quedes solo con ella. En España, el 024 atiende gratis a cualquier hora a quien está pensando en hacerse daño. Hay gente al otro lado.

Nunca

La primera palabra es la más dura del idioma.

Nunca es una palabra sin rendijas. No admite excepciones, no tiene letra pequeña, no deja una ventana abierta. «Casi nunca» es otra cosa. «Nunca» a secas es una puerta cerrada con llave.

En la vida cotidiana la usamos mal, como casi todo. Decimos «nunca más bebo» un domingo por la mañana y el sábado siguiente estamos pidiendo otra. Decimos «nunca más me enamoro» después de una ruptura y a los tres meses estamos escribiendo mensajes a las dos de la madrugada. Decimos «nunca voy a ser como mi madre» y a los cuarenta nos sorprendemos guardando bolsas de plástico dentro de otra bolsa de plástico.

El «nunca» de la portada no parece de esos. Está escrito en grande, el primero, encima de todo. Es un nunca que va en serio.

Edgar Allan Poe construyó uno de los poemas más famosos de la lengua inglesa alrededor de una sola palabra que significa lo mismo. En «El cuervo», publicado en 1845, un hombre que llora a una mujer muerta recibe la visita de un pájaro negro que solo sabe decir «nevermore». Nunca más. El hombre le hace preguntas cada vez más desesperadas, si volverá a verla, si encontrará consuelo, y el cuervo contesta siempre lo mismo.

Nevermore. Una palabra que no se mueve.

Más

La segunda palabra, sola, es optimista. Más es una palabra de crecimiento, de seguir, de pedir otra ración. Más tiempo. Más besos. Más canciones.

Pegada a «nunca», cambia de bando. «Nunca más» es la cuenta que se cierra. Es la hoja del calendario que no se va a volver a arrancar.

En España, «nunca más» tiene además una carga política. Fue el lema de la protesta ciudadana en Galicia después del hundimiento del Prestige, en noviembre de 2002, cuando un petrolero partido en dos llenó de chapapote la Costa da Morte. Miles de voluntarios fueron con monos blancos a limpiar las playas con las manos. Las banderas con «Nunca máis» colgaron de los balcones durante años.

Aquella vez, el «nunca más» era una exigencia. Que no vuelva a pasar.

En la portada de Mike, el «nunca más» es otra cosa. No exige nada. Constata.

Nos

La tercera palabra es la más pequeña y la más importante.

Nos. Primera persona del plural. No dice «nunca más te veré» ni «nunca más me verás». Dice nos. Los dos. La despedida no es de uno contra otro. Es de un nosotros que se acaba.

Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. «Nunca más te veré» puede ser una amenaza, un portazo, una venganza. «Nunca más nos volveremos a ver» tiene algo de reconocimiento compartido. De mirar los dos el mismo final.

En el catálogo de Mike abundan las despedidas con rencor. Hay letras enteras dedicadas a cerrar la puerta en las narices de un ex, a hacerle la factura, a desearle mala suerte con mucha gracia. Esta portada no parece una de esas. No hay burla. No hay exclamaciones. Solo una lágrima y un «nos».

El «nos» es lo que hace que duela. Porque implica que hubo un nosotros, y que ese nosotros importaba.

Volveremos

La cuarta palabra es un verbo en futuro. Y es, de todas, la que más esperanza tiene, aunque esté negada.

Volver es una palabra con mucha literatura en castellano. Gustavo Adolfo Bécquer escribió en el siglo XIX una de las rimas más recitadas en los colegios de este país, la de las oscuras golondrinas. Volverán las golondrinas a colgar sus nidos en tu balcón, dice. Pero aquellas que vieron nuestra felicidad, esas no volverán.

Es exactamente el mismo movimiento que la portada de Mike. El mundo sigue: las golondrinas vuelven cada primavera, el sol sale, la gente queda para tomar algo. Pero lo que fue nuestro, eso no vuelve.

Bécquer lo dijo con golondrinas. Mike lo dice con una palabra apilada debajo de otra.

Y hay algo muy humano en que la palabra del futuro esté justo ahí, en medio de la negación. Para decir que algo no volverá, hay que pronunciar el verbo volver. Hasta en el adiós más rotundo se cuela el deseo contrario.

A ver

Las dos últimas palabras van juntas, porque separadas no significan nada.

A ver.

En el castellano de la calle, «a ver» es una muletilla que sirve para todo. «A ver, ¿qué te pasa?» «A ver si quedamos.» «A ver qué dice el médico.» «A ver, a ver, a ver.» Es la expresión de la curiosidad, de la impaciencia, de la duda.

En el título de Mike, en cambio, es literal. Volver a ver. Ver de nuevo una cara. Encontrarse otra vez con alguien en una calle, en un bar, en una estación de metro.

Y la portada está hecha precisamente de eso: de una cara vista muy de cerca. Un primer plano tan próximo que casi se pueden contar las pestañas. Es la última vez que vemos esa cara, parece decir la imagen. Mírala bien.

El blanco y negro

Mike empieza su ficha con una frase muy sencilla: hay portadas que no necesitan colores.

En un catálogo lleno de rosas chicle, azules eléctricos, neones fucsia y plumas de todos los colores, esta portada en blanco y negro es casi un silencio. Es la imagen que se ve cuando se apaga la discoteca.

El blanco y negro tiene en la fotografía una asociación muy fuerte con la memoria. Las fotos de los abuelos jóvenes. Las de las bodas de los años cincuenta. Las de los documentos de identidad antiguos. Las esquelas de los periódicos. Es el formato de lo que ya pasó.

Poner un rostro con lágrimas en blanco y negro es darle a esa cara un aire de recuerdo, aunque sea una foto de hoy. Es como si la despedida ya hubiera ocurrido y estuviéramos mirando el retrato después.

La cruz en la oreja

Hay un detalle pequeño en la portada: el pendiente con una cruz colgando.

El planeta no va a hacerle decir a una cruz lo que no dice. Puede ser un adorno sin más, de los que se compran en cualquier tienda de bisutería. Puede ser un recuerdo de alguien. Puede ser un guiño al catálogo, donde las cruces aparecen en más portadas, como la cadena de «Mitad Venezuela, mitad Pakistán».

Pero en una imagen de despedida, en blanco y negro, con lágrimas, una cruz tiene inevitablemente un eco. Es el símbolo que se pone en las tumbas, en las esquelas, junto a las fechas de los que se fueron. Es también, para quien cree, el símbolo de algo que viene después.

La cruz es lo único de la portada que mira más allá de la despedida. Todo lo demás, la lágrima, el título, el blanco y negro, se queda en el momento del adiós.

Dos lágrimas

La portada tiene dos lágrimas: una que ya baja por la mejilla y otra que asoma en el otro ojo. Es un detalle de precisión casi cruel. No es un llanto desbordado. Es el momento justo en que empieza.

Hay una fotografía muy famosa de Man Ray, de principios de los años treinta, que se titula «Lágrimas». Es un primer plano en blanco y negro de un rostro de mujer, con los ojos mirando hacia arriba y unas gotas sobre la cara. Las gotas son de cristal. Man Ray, que era surrealista, quería jugar con la idea de un llanto fabricado, de una emoción de estudio.

La portada de Mike se parece a aquella foto en el encuadre, en el blanco y negro, en la cercanía. Pero va en la dirección contraria. Aquí nada parece de cristal. El pelo está revuelto, la barba sin arreglar. No hay pose de estudio. Hay una cara que llora en el momento en que entiende algo.

La segunda lágrima, la que todavía no ha caído, es la que más impresiona. Es la que dice que esto no ha terminado. Que el llanto va a seguir un rato más.

Siempre nos quedará París

Toda despedida rotunda del cine tiene un antepasado en un aeropuerto con niebla.

En «Casablanca», de 1942, Humphrey Bogart se despide de Ingrid Bergman en la pista, con el avión a punto de salir. Ella se va con otro hombre. Él se queda. Y le dice aquella frase que medio mundo conoce aunque no haya visto la película: siempre nos quedará París.

Es la despedida más famosa del cine, y es una despedida con consuelo. No volverán a verse, pero les queda un recuerdo compartido. París es el «nos» que no se rompe.

La portada de «Nunca más nos volveremos a ver» no tiene París. No hay frase de consuelo, no hay recuerdo compartido en el título. Hay solo la constatación. Mike lo dice: es una frase que no deja margen para la esperanza.

El planeta, que es muy de cine, se permite una pequeña rebeldía: aunque el título no lo diga, todo adiós deja su París. Una canción, un bar, una calle de Madrid, una playa. Algo que queda. Puede que la letra lo cuente. Puede que no. Pero quien haya vivido una despedida así sabe que el lugar sigue ahí.

Estaciones

Las despedidas de verdad, en este país, se han hecho durante décadas en las estaciones.

En los andenes de Atocha y de Chamartín, en las dársenas de la estación de autobuses de Méndez Álvaro, en las puertas de embarque de Barajas. Las abuelas con pañuelo en la mano. Los novios con la frente pegada al cristal del tren. Los emigrantes de los años sesenta que se iban a Alemania con una maleta de cartón atada con cuerda.

Las estaciones tienen un tiempo propio. Todo el mundo sabe a qué hora sale el tren. Hay un reloj enorme que marca los minutos que quedan. La despedida tiene fecha y hora exacta, y eso la hace más dura y más limpia a la vez.

Una frase como «nunca más nos volveremos a ver» suena a andén. A última llamada. A puerta que se cierra con un pitido.

Las despedidas de este país

En España nos despedimos fatal. Es un hecho conocido por cualquier extranjero que haya intentado irse de una cena familiar.

Decimos «me voy» y tardamos cuarenta minutos en salir. Decimos «venga, hasta luego» a gente que no vamos a ver en diez años. Decimos «a ver si quedamos» como fórmula de cortesía, sabiendo los dos que no vamos a quedar nunca. Nos damos dos besos en la puerta, luego otros dos en el ascensor, luego nos gritamos algo desde la ventana.

Tenemos un idioma entero para no despedirnos del todo.

Por eso «nunca más nos volveremos a ver» suena tan raro en castellano. Es una frase que no se dice. Nadie la suelta en la puerta de una cena. Es una frase de película, de carta, de último mensaje. Es una frase que, como dice Mike, se dice una sola vez y ya no se puede retirar.

El vídeo de los primeros días

Hay un dato que hace esta canción especialmente curiosa dentro del catálogo. Según la ficha de mikesaintlouis.com, el videoclip oficial, de 2:54, se subió al canal en noviembre de 2024. Es uno de los primeros vídeos de todo el planeta.

En aquel momento, según cuenta la página de prensa, el proyecto acababa de pasar por su primera época, con «Tan Cateto» viral en TikTok, y empezaba a convertirse en lo que es hoy. Que una de las primeras canciones subidas al canal fuera una despedida en blanco y negro tiene algo de paradoja. Un planeta que empieza con un adiós.

La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, el del descubrimiento. Y quizá tenga sentido. Para descubrir un planeta nuevo hay que despedirse del viejo. Hay personas, sitios y versiones de uno mismo que se quedan atrás.

En la discografía de la web, es la pista 256. Justo antes está «Un invitado VIP cortando cebolla», cuya letra sí está publicada y tiene un verso que funciona casi como antesala:

«Hoy es mi vuelta a los infiernoooooooos / Después de cuatro años como invitado Vip en el cielo»

Cuatro años en el cielo y luego la vuelta. Y después, en la pista siguiente, una cara en blanco y negro que dice que no habrá más encuentros. El planeta no construye una historia con el orden de dos pistas. Pero escuchadas seguidas, una tras otra, el efecto es potente.

Otra despedida del catálogo

Hay una canción de Mike con letra publicada que habla de mirar desde lejos algo que fue tuyo, y que el planeta quiere citar aquí porque tiene la serenidad que le falta a la portada. Es «La playa del Mal Pas»:

«Hoy la miro desde lejos. / Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor.»

No es la misma canción ni el mismo tema. Pero ofrece algo que conviene tener a mano cuando una despedida duele: la idea de que lo que se pierde no se borra. Se mira desde lejos. Y eso también cuenta.

Lo que se queda

Hay despedidas que se eligen y despedidas que te pasan. Hay quien se va de una relación porque ya no puede más. Hay quien pierde a alguien porque se muere. Hay quien corta con una familia que le hace daño. Hay quien se despide de una ciudad, de un trabajo, de una amiga que se ha ido a vivir a otro continente.

La portada de Mike no dice cuál de ellas es. Y el planeta no lo va a adivinar.

Lo que sí sabe el planeta es que todas tienen algo en común: después de la frase, queda uno. Con la lágrima. Con el blanco y negro. Con el pendiente de la cruz.

Si te encuentras en ese lugar, en el después de una despedida, hay una nota en el diario sobre duelo y despedidas que puede servirte. Y otra, más dura y más necesaria, sobre hablar del suicidio para prevenirlo, que precisamente menciona esta canción. Recuerda algo importante: que preguntar a alguien si está pensando en hacerse daño no le mete la idea en la cabeza, y que muchas veces es un alivio.

Si la despedida que tienes en la cabeza es la tuya, la de irte del todo, para un momento. Esos pensamientos son síntomas de un sufrimiento enorme, no una descripción real de las cosas. Las personas que te quieren no estarían mejor sin ti. Llama al 024. Es gratis, es a cualquier hora, y al otro lado hay alguien formado para escucharte. En caso de emergencia, el 112.

Hay frases que no se pueden retirar. Esa, la de irse para siempre, es la única que el planeta te pide que no digas.

Sin autoparodia

Las crónicas de este diario suelen tener un momento en que el planeta se ríe de sí mismo. Esta no lo va a tener.

No por solemnidad. Porque la portada no lo pide. Mike lo dice: aquí no hay brillos ni bromas. Y hay que saber cuándo un planeta tan camp tiene que bajar la voz.

Solo una cosa, pequeña y verdadera. El planeta también ha dicho alguna vez «nunca más nos volveremos a ver». Fue en una estación de autobuses, hace muchos años. Se cumplió. Y todavía, de vez en cuando, en un vagón de metro, le parece ver esa cara entre la gente.

No es. Nunca es.

Pero mirar sigue siendo una forma de recordar.

Los datos

La ficha del single fecha «Nunca más nos volveremos a ver» el 17 de mayo de 2026. Se puede escuchar en Spotify y bajarla gratis desde la web.

La letra la ha escrito Mike sin IA. La música y las voces están creadas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, algo que él declara abiertamente.

El día que la letra se publique, el planeta volverá a esta cara. A lo mejor averigua a quién iba dirigida la frase. A lo mejor no hace falta saberlo. Lo que diga la canción manda sobre lo que ha leído esta crónica en una portada.

La última palabra

Mike termina su ficha aconsejando elegir un momento tranquilo, sin interrupciones, para escucharla.

El planeta añade otra cosa. Si la escuchas y te remueve, si te recuerda a alguien que no vas a volver a ver, no apagues el móvil y te encierres. Escríbele a alguien que sí está. A tu amiga de siempre, a tu hermano, a tu madre si se puede, a quien sea.

Porque la portada habla de un nosotros que se acaba.

Pero hay otros que siguen.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Nunca más nos volveremos a ver»?

La letra todavía no está publicada en gayfolkplanet.com, así que este post no la cita ni la resume. La portada es un primer plano en blanco y negro con una lágrima en la mejilla, un pendiente con una cruz pequeña y el título apilado palabra a palabra. Mike la describe como una despedida que duele de verdad y deja abierto a quién va dirigida.

¿En qué disco está?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer acto de la trilogía GAYFOLK. Es la pista 256 de la discografía de la web y la ficha del single lo fecha el 17 de mayo de 2026.

¿Tiene videoclip?

Sí, un videoclip oficial de 2:54. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en noviembre de 2024, lo que lo convierte en uno de los primeros vídeos del planeta.

¿Dónde pedir ayuda si una despedida me hace pensar en hacerme daño?

En España, el 024 es la línea gratuita de atención a la conducta suicida y atiende a cualquier hora. En caso de emergencia, llama al 112.

¿Quién la ha hecho?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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