Cultura
Paleta del Planeta Gayfolk: el rosa, el gris, el verde y el neón en las letras de Mike Sain't Louis
Por Mike Sain't Louis ·

Hay letras que se leen y letras que se miran. Las de Mike Sain't Louis tienen mucho de lo segundo. Cada canción del planeta viene con su carátula, su cartel y su videoclip, pero incluso sin imágenes, solo con el texto delante, hay una paleta. Un rosa chicle en una nave espacial. Un gris que pesa como un ladrillo. Un verde que huele a plaza en fiesta. Un azul de ojos que resulta ser de plástico. Un blanco que no es pureza sino marca. Y por encima de todo, la luz del neón de una pista de baile.
Este texto coge esos colores uno a uno, como quien saca botes de pintura de un armario y los pone en fila sobre la mesa. No es una teoría del color ni un ensayo de pintura. Es algo más modesto y más útil: una lista de dónde aparece cada color en las letras publicadas, qué hace allí y qué dice de la manera de escribir de Mike.
El primer bote que se abre es verde. Y es verde porque hay una canción que se llama exactamente así: «Verde», del tercer álbum de la trilogía GAYFOLK.
El primer bote: «Verde»
«Verde» es una rumba. Lo dice su propio texto, que habla de «rumba y risas bajo el cielo sin fin», de «guitarras y cajones», de palmas, de una plaza que «se llena de un perfume especial». Es una de las canciones más alegres del catálogo, y su color es el de la planta a la que está dedicada sin rodeos: la marihuana.
El primer verso ya es una declaración: «verde que te quiero verde, marihuana querida». Cualquiera que haya pasado por un colegio en España reconoce la primera parte. «Verde que te quiero verde» es el arranque del «Romance sonámbulo» de Federico García Lorca, uno de los versos más famosos de la poesía en castellano. La letra lo coge, lo sienta en un jardín y le cambia el destinatario. Donde Lorca ponía un misterio, aquí hay una planta en «el rincón de mi jardín».
Ese gesto es muy del planeta. Coger algo serio, consagrado, de libro de texto, y llevárselo a la fiesta del barrio. No para burlarse de Lorca, sino para hacerle sitio en otra mesa. El poeta granadino también es un nombre fundamental de la memoria queer española, y que su verso más conocido acabe en una rumba sobre la hierba tiene algo de homenaje travieso.
Luego viene la frase que justifica todo este texto: «De todos los colores de mi tierra natal, / el verde es el que me sabe animar». La canción dice abiertamente que hay muchos colores y que elige uno. Ese verso es la puerta de la paleta. Si el verde es el que anima, los demás colores del planeta tendrán otras tareas: unos entristecen, otros mienten, otros despegan.
Y al final, otro detalle de pintor: «con sueños y colores que vienen y van». En «Verde» los colores no se quedan quietos. Se mueven al compás, entran y salen como los vecinos en una verbena. La canción termina con «la verde alegría nos viene a abrazar», donde el color ya no es de la planta sino del estado de ánimo.
Verde que te pone verde
Hay otro verde en las letras, mucho menos simpático, y viene del castellano de todos los días. En España, «poner verde» a alguien es criticarlo a sus espaldas, despellejarlo en cuanto se da la vuelta. Mike usa la expresión más de una vez, y siempre para retratar a alguien que no conviene.
En «Carta de recomendación», del segundo álbum, la letra es un informe en contra de un personaje inventado, y dos de sus acusaciones son en verde: «A la mejor amiga la pone también verde» y «Y con las compañeras pone verde a la jefa». Es una carta de recomendación al revés, de las que se escriben para que nadie contrate al candidato.
En «Igual que en las pelis slasher» aparece otra vez: «y de poner verde a las espaldas». El verde de la crítica es el verde de la envidia, el del que habla mal cuando no le oyen.
Lo interesante es que la paleta del planeta tiene así dos verdes que se miran de frente. Uno, el de «Verde», es comunitario: una plaza, palmas, gente que ríe junta. El otro es el verde del cotilleo malintencionado, que también es comunitario, pero al revés: se hace en grupo para dejar fuera a alguien. El mismo color sirve para abrazar y para apuñalar. Eso, en las letras de Mike, pasa con casi todo.
El rosa: la nave que se va
Si el planeta Gayfolk tuviera bandera, tendría mucho rosa. No porque lo diga ningún manifiesto, sino porque el rosa es el color del vehículo que lleva hasta allí.

En «La despedida», del primer álbum, la letra está escrita casi entera en mayúsculas, como un grito en una carretera, y cada línea empieza por el nombre de Camela. En medio de esa lista de recuerdos aparecen los colores del despegue: «Camela y un cohete rosa en este viaje sideral», «Camela en un coche de choque rosa de un planeta ideal», «Camela en la nave rosa que se aleja de la Tierra para no volver jamás». Y por si quedaba duda del tono, una variante todavía más dulce: «un cohete color chicle».
Ese rosa no es el rosa delicado de un ramo de novia. Es el rosa de la feria. Un coche de choque es una atracción de barracas, de verbena de pueblo, de luces de colores y música a todo volumen. El cohete color chicle tiene algo de juguete, de chuchería, de envoltorio. Es un rosa que no pide perdón, el rosa de los coches de choque y no el de las acuarelas.
Esa elección dice mucho de la trilogía. La huida a otro planeta no se cuenta con la estética fría de la ciencia ficción, con naves plateadas y pantallas azules. Se cuenta con la estética de una caseta de feria. El espacio exterior del planeta Gayfolk es una verbena que ha despegado.
El rosa sale también en otros sitios. En «El descarte del narcisista», del segundo álbum, la letra amenaza con algo muy concreto: «aunque sea voy a contarlo al programa Facha Rosa». El rosa, aquí, es el de la prensa del corazón y los platós donde se ventilan las vidas ajenas. Y en «Voy a olvidarme de ti», del primer álbum, el rosa vuelve a su forma más clásica, la flor, pero con su lado peligroso: «Voy a cortar esa rosa / Que me hiere con su espina».
El gris: las cabezas con ruido
Si el rosa es el color de la salida, el gris es el color de la habitación de la que hay que salir. En las letras de Mike, el gris casi siempre vive dentro de la cabeza.
El ejemplo más claro está en «Dark Corners», del segundo álbum, una canción que mezcla inglés y castellano. La letra empieza con un día sin sol, «I wake up late, no sun today», y sigue con una confesión que podría servir de título a este apartado: «My colors fade behind my smile». Los colores se apagan detrás de una sonrisa.
Luego llega el verso que da nombre al gris del planeta: «En mi cabeza hay un party gris». Una fiesta, pero gris. Una fiesta que solo existe dentro, que no tiene invitados ni música de verdad. Y justo antes, dos líneas que funcionan como una negación de toda la iconografía queer de purpurina: «Ain’t no rainbow in my sky / No glitter tears, just quiet eyes». No hay arcoíris en el cielo. No hay lágrimas de purpurina. Solo ojos callados.
Es una de las cosas más valientes que hace la paleta del planeta. El arcoíris es el símbolo más reconocible del orgullo LGTBIQ+, y la purpurina es casi su uniforme festivo. «Dark Corners» los nombra para decir que hoy no están. Que se puede ser marica, llevar tacones y bailar en la pista, y tener por dentro un día completamente gris. La canción lo dice con precisión: «My heels are high, mi mood is low». Tacones arriba, ánimo abajo.
En «Ruido en mi mente», también del segundo álbum, el gris tiene peso físico: «Y el aire pesa como un ladrillo gris». No es un gris de cielo nublado, que al menos se mueve. Es el gris del ladrillo, del material de obra, de lo que construye muros. Más adelante la misma letra lo confirma: «Construyo un muro para verme después». El color y el muro son la misma cosa.
Y luego está el gris que da título a una canción entera: «Paris restera gris», «París seguirá gris». El texto que la presenta habla de «el final de una relación gay de muchos años», de «un viaje a París que se planeó mil veces y nunca se hizo» y de «las maletas que nunca salieron del armario». París, que en las postales es la ciudad de la luz, aquí se queda gris porque nadie llegó a pisarla. El mismo texto lo resume con una expresión que tiene su propio color: «una tristeza elegante».
Ese es el gris más fino de la paleta. No es el gris angustiado de «Ruido en mi mente», ni el gris fingido de «Dark Corners». Es un gris de despedida tranquila, de tarde de domingo, de ciudad mirada en Google Maps y no en persona.
Sin colores: el blanco y negro de la tristeza
Hay una canción del primer álbum donde lo que falta no es un color concreto, sino todos. En «Entre cuatro paredes» la letra es una larga lista de cosas que no hay. No hay ilusión, no hay fuerza, no hay motivación, no hay respuestas. Y en medio, una línea que convierte la tristeza en un problema de pintura: «No hay colores a mi alrededor».

Esa frase, por cierto, aparece también en el texto publicado de «No me aparece una ilusión», del mismo disco, que comparte versos con «Entre cuatro paredes». Que el mismo verso esté en dos sitios habla de lo importante que es para el planeta esa imagen: el mundo sin color como forma de decir que algo va mal.
La letra de «Entre cuatro paredes» tiene, además, otras pistas de luz: «No me importa si el sol vuelve a brillar», «No veo el final de este túnel sin luz». Es una canción sin sol, sin calor, sin colores. Pero termina con una rendija: «No, pero algo en mí pide respirar / Tal vez algún día logre despertar». En la paleta del planeta, la tristeza es ausencia de color, y la esperanza es la posibilidad de que vuelva alguno.
Si alguien que lee esto se reconoce en esa habitación sin colores, conviene decirlo con claridad: hablar con alguien ayuda. En España, el teléfono 024 atiende de forma gratuita y a cualquier hora a personas con pensamientos de suicidio o en crisis, y en una emergencia está el 112. Fuera de España, el número de emergencias local.
Hay otro blanco y negro, mucho más cómico, en la carta larga de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», del primer álbum. El narrador cuenta cómo el ex, supuestamente hundido tras la ruptura, publica un selfi en el que sale «muy guapo» y al que, encima, le ha puesto «un efecto en blanco y negro». El blanco y negro, aquí, no es tristeza sino filtro. Es la pose del que quiere parecer triste para la foto. La paleta del planeta distingue muy bien entre el gris de verdad y el gris de Instagram.
El azul de mentira: las lentillas
Ningún color aparece en las letras con tanta mala fama como el azul de los ojos. Y no porque el azul sea malo, sino porque casi nunca es de verdad.
En «Carta de recomendación» la advertencia es directa: «No te fíes de sus ojos azules, son lentillas de colores». En «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», el narrador recuerda que le dijo al ex que lo que más le gustaba de él «eran sus ojos azules, que me recordaban al azul del mar». Más tarde le pregunta si usaba lentillas de colores, y la respuesta es tan rápida que delata: «para nada amore».
Y en «Los ojos de Eduardo Casanova», del segundo álbum, la comparación se hace explícita. La letra defiende que los ojos del actor y director le parezcan «tan bonitos y especiales», y lo explica con una línea que resume el problema del azul en todo el catálogo: «ese brillo no lo tienen las lentillas de colores». Frente a lo auténtico, la canción coloca al otro, cuyo todo es «falsificación / made in Pakistán directamente». Los ojos que le gustan son «auténticos y verdaderos». Los del otro, no.
Así, en la paleta del planeta, el azul de los ojos funciona como un detector de mentiras. Cuando un personaje inventado tiene los ojos azules, conviene acercarse y mirar si se ve el borde de la lentilla. Es un chiste repetido, de esos que hacen escuela dentro de un catálogo, y también una idea seria: el problema nunca es el color, sino fingirlo.
Por contraste, hay un azul que sí parece de verdad, aunque venga cargado de pena. En «Un puñetazo al día», del primer álbum, el texto menciona «una mirada azul» en medio de una celebración muy rara: el «entierro» simbólico de un exmarido, con amigos, una corona de flores en el maletero y «un vacío tan frío en esta casa». El azul de esa mirada no se discute. Es el de alguien que se recuerda, no el de alguien que miente.
Blanco: la boda, el coche y la marca
El blanco del planeta casi nunca es inocente. Aparece pegado a tres cosas: una boda, un coche y un supermercado.

La boda está en «El anillo de casado», del primer álbum, que habla de alguien que se ha casado por la iglesia «con su mujer de blanco puro y cuatrocientos invitados». Es el blanco más tradicional que existe, el del vestido de novia, y la letra lo coloca justo donde más duele. El personaje del que habla la canción, inventado como todos, tiene boda de iglesia y cuatrocientos invitados, y el «blanco puro» de la novia contrasta con todo lo que se cuenta alrededor. El blanco, aquí, es la fachada.
El coche sale en «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara», del segundo álbum: «Con tal de decir que el BMW blanco es de usted». Un coche blanco de marca alemana como trofeo, como algo que se presume aunque no sea propio. El blanco del BMW es el blanco de la apariencia.
Y luego está el blanco del supermercado, la marca blanca, que en las letras de Mike es casi un personaje. La marca blanca es lo barato que imita a lo caro, lo que se compra sin logo. En el planeta, decir que algo es de marca blanca es una forma de rebajar a alguien sin necesidad de insulto. El blanco, que en tantas culturas es pureza, aquí es etiqueta genérica.
Por último, el blanco de la playa, el único de esta lista sin trampa. En «María María», del tercer álbum, la letra es casi una postal: «Arena blanca, melodía, / sueños libres, armonía». Y unas líneas antes, otro verde: «Verde hoja, fantasía». Es una de las letras más luminosas del catálogo, con «sol y brisa» y «olas suaves», y sus colores son los de una playa en calma.
Negro: el pelo y la oscuridad
El negro tiene en las letras dos usos muy distintos. Uno es puro deseo. En «Mi novio de Albacete», del primer álbum, la letra recuerda: «Tú pelazo negro, yo encantado». No hace falta más. «Pelazo» es una palabra de barrio, de piropo de verdad, y el negro del pelo es lo que enamora.
El otro negro es la oscuridad, que aparece en muchas letras tristes del catálogo. En «Entre cuatro paredes», «No encuentro consuelo ni en la oscuridad» y «No puedo seguir en esta oscuridad». En «Dark Corners», el propio título ya es negro: los rincones oscuros donde se baila sin que nadie mire. Ahí la oscuridad no es un sitio de miedo sino de refugio, un lugar donde se puede estar triste sin dar explicaciones.
El neón: el color de la pista
Hay un color que no está en la caja de lápices del colegio, pero que en el planeta es casi el principal: la luz de neón. Es el color de la noche, de los bares, de las pistas, de los letreros que se encienden cuando se va el sol.
En «Gaslighting», del segundo álbum, el neón es una armadura. La canción cuenta la salida de una relación en la que el otro negaba lo que había pasado («Me dices baby no pasó / Que lo soñé, que todo fui yo»), y el giro llega sobre una pista de baile. «Las luces bailan sobre mi piel», dice la letra, y luego: «El neón me cubre, soy inmortal». Al final, el grito de victoria: «Gaslighting, gaslighting, I won maricón».
Ese neón conecta con el gris de «Dark Corners». En las dos canciones hay una pista, hay luces, hay tacones. La diferencia es lo que pasa por dentro. En «Dark Corners», la pista es un lugar para esconderse: «La pista es mía, la pena igual». En «Gaslighting», la pista es un lugar para ganar. Es el mismo escenario con dos iluminaciones distintas. Con el gris, el baile es fingimiento. Con el neón, el baile es liberación.
Y eso dice mucho del título del tercer álbum, «El día de la liberación». El neón, en el planeta, es el color de ese día.
La paleta completa
Si se ponen todos los botes en fila, aparece un pequeño sistema. No es una regla que Mike haya escrito en ninguna parte, sino lo que sale de leer las letras juntas:

- El verde anima y también critica: rumba en la plaza, cotilleo a las espaldas.
- El rosa despega: cohetes, coches de choque y una nave color chicle hacia Gayfolk.
- El gris pesa: ladrillos, fiestas en la cabeza, un París que no se pisó.
- La falta de color es la tristeza: una habitación entre cuatro paredes.
- El azul de los ojos miente, salvo cuando no.
- El blanco es fachada: boda por la iglesia, coche de marca, producto sin logo.
- El negro enamora en el pelo y protege en los rincones.
- El neón libera.
Vista así, la paleta del planeta tiene la lógica de un vestuario de teatro. Cada color se pone para una escena. Y como en el teatro, los colores cambian de significado según quién los lleve y en qué momento. El rosa de una nave no es el de un plató. El gris de París no es el de un ladrillo.
Lo que la paleta dice del oficio
Hay una idea de escritura detrás de todo esto, aunque nunca se enuncie: los colores, en las letras de Mike, casi nunca están para decorar. Están para decir algo que la frase sola no diría.
«No hay colores a mi alrededor» es más fuerte que «estoy triste» porque obliga a imaginar el mundo apagado. «Son lentillas de colores» es más demoledor que «es un mentiroso» porque da una prueba visual, casi de detective. «Un cohete color chicle» es más divertido que «una nave» porque mete la feria en el espacio. «Un party gris» es más preciso que «estoy deprimido en una fiesta» porque cabe en tres palabras.
Ese es el truco que se repite en todo el catálogo. Un detalle concreto, cotidiano, reconocible, que hace el trabajo de una explicación entera. En otras letras ese detalle es una marca de supermercado, un programa de la tele o un mensaje de WhatsApp. En estas, es un color.
También hay humor en la paleta. Que un verso de Lorca acabe dedicado a la marihuana, que el ex se ponga filtro en blanco y negro para parecer triste, que la nave a otro planeta sea un coche de choque de feria. Mike no trata los colores con solemnidad. Los trata como trata todo lo demás: con la mano izquierda llena de chistes y la derecha preparada para el golpe.
Cómo mirar las canciones con esta paleta
Para quien quiera probar a leer el catálogo con los colores delante, hay un orden posible:
- Empezar por «Verde», que es la canción que lleva el color en el título y la que más se divierte con él.
- Seguir con «La despedida», para ver el rosa del despegue en su contexto, con Camela sonando en el coche.
- Pasar al gris con «Dark Corners» y «Ruido en mi mente», y comparar cómo cada una pinta la cabeza.
- Leer «Entre cuatro paredes» como la canción sin colores.
- Comprobar las lentillas en «Carta de recomendación» y «Los ojos de Eduardo Casanova».
- Terminar en la pista con «Gaslighting», con el neón encima.
Todas las letras publicadas están en el archivo de letras, para quien quiera revisar cada color en su verso original.
Último brochazo
Las letras del planeta no necesitan imágenes para tener color, aunque las tengan. Cada canción lleva dentro su propia caja de pinturas, y Mike la usa como usa el resto de cosas que caben en una letra: con descaro, con memoria y con mucha mala uva cuando hace falta.
El verde anima, el rosa despega, el gris pesa, el azul a veces miente y el neón, cuando por fin se enciende, cubre la piel y deja decir en voz alta «I won». Es la paleta de alguien que ha pasado por la habitación sin colores y ha decidido pintar la salida de rosa chicle.
Ficha
«Verde» pertenece a «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los nombres y personajes de las letras son inventados. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Verde»?
Es una rumba festiva dedicada a la marihuana. Empieza con «verde que te quiero verde, marihuana querida», un guiño al primer verso del «Romance sonámbulo» de Federico García Lorca, y sigue con palmas, guitarras, cajones y una plaza que se llena de fiesta.
¿En qué disco está «Verde»?
En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK.
¿Qué significa el «party gris» de «Dark Corners»?
Es la imagen central de la canción: una fiesta que solo existe dentro de la cabeza, sin color. La letra lo resume con «Ain’t no rainbow in my sky» y con alguien que baila en los rincones oscuros para no tener que explicar cómo está.
¿Por qué aparecen tantas lentillas de colores en las letras?
Porque funcionan como prueba de lo falso. En «Carta de recomendación», «Los ojos de Eduardo Casanova» y «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», los ojos azules de mentira son la manera rápida de decir que alguien no es lo que aparenta.
¿Qué color tiene la nave que va a Gayfolk?
Rosa. En «La despedida», del primer álbum, aparecen «un cohete rosa», «un coche de choque rosa» y «la nave rosa que se aleja de la Tierra para no volver jamás», además de un cohete «color chicle».