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Perros con tutú, un mango del frutero y bombillas sobre la arena: el videoclip de «Marica chill» escena a escena

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Fotograma recortado del videoclip de «Marica chill»: dos perritos de pelo color miel con tutú rosa cruzan un paso de cebra junto a las piernas de dos señoras, con puestos de fruta al fondo

Tres perros con tutú rosa cruzan un paso de cebra. Detrás, un chico con camisa transparente y pantalón corto azul celeste camina como si la calle fuera suya, y a los lados se amontonan las naranjas, los limones y los toldos verdes y rojos de un mercado junto al mar. Nadie corre. Nadie mira el móvil. Nadie tiene prisa por llegar a ningún sitio.

Así arranca, en cuanto se va el cartel del título, el videoclip de «Marica chill», y lo pongo aquí delante porque ese paso de cebra es la mejor definición que tengo de la canción: un día libre que avanza a cuatro patas, con volantes y sin agenda.

El clip salió en mi canal el 31 de julio de 2025. Dura tres minutos y doce segundos, ocupa el puesto 123 de los 276 que hay en la transmisión de videoclips y la canción pertenece al segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». Esos son los datos. Lo demás es purpurina, y la purpurina hay que mirarla de cerca.

Antes de empezar, una aclaración que hago siempre: los chicos que salen en el vídeo no soy yo. Son personajes inventados para la ocasión, igual que las señoras del mercado, la frutera y los perros con falda de bailarina. Yo pongo la letra, la canción y el montaje. Ellos ponen las piernas.

Un tríptico con purpurina

La primera imagen no es una escena, es un cartel dividido en tres. A la izquierda, dos señoras mayores en un puesto de fruta: una de blanco que abre un abanico rojo y otra con un vestido turquesa de los de domingo, y a sus pies dos perritos con tutú rosa chicle. En el centro, un chico con barba, camisa blanca de gasa abierta y pantalón corto blanco, caminando bajo los toldos amarillos. A la derecha, el mismo chico del brazo de una señora con un vestido rojo de lunares dorados y otro abanico rojo, otra vez con los perros pegados a los tobillos.

Encima de todo, el título en letras blancas muy gordas, como de chicle hinchado, con una sombra rosa. Debajo, mi nombre escrito a mano en rosa, con esa letra de cuaderno de adolescente que firma en todas las hojas.

Ese tríptico ya cuenta el reparto entero. Hay abuelas. Hay perros. Hay un chico guapo que no pide perdón por enseñar el pecho. Y hay abanicos, muchos, que en este planeta sirven igual para darse aire que para contestar a una crítica sin abrir la boca.

Lo que no hay es drama. En otros clips míos el cartel inicial ya avisa de una tormenta. Aquí avisa de una mañana de mercado con las abuelas del barrio haciendo de damas de honor.

Glitter en la cara y café solo

La canción empieza con una resaca bien llevada:

Foto real de Mike Sain't Louis con gorra estampada y camiseta de tirantes sobre un fondo magenta con estrellas y un planeta rosa, junto al verso «Un café solo, sin leche y sin drama» de «Marica chill»

Hoy me levanté con glitter en la cara

Y el vídeo lo cumple al pie de la letra. A los veinte segundos aparece un chico sentado en una cama blanca puesta en una terraza sobre el mar, con macetas de barro con geranios y albahaca en el murete, la bahía azul al fondo y una ristra de bombillas cruzando el cielo. Tiene la camisa abierta, un pantalón corto caqui y, en los pómulos, dos manchas de purpurina plateada que parecen alas de mariposa pegadas a la cara. Bebe de una taza blanca pequeña, con el platillo en la otra mano.

Por detrás pasan tres señoras con vestidos de flores, bolsos y una carpeta bajo el brazo. Lo miran, se ríen, siguen su camino. Ninguna le dice que se quite eso de la cara.

Un café solo, sin leche y sin drama

Ese verso es casi un programa de gobierno. Café solo, porque la noche anterior ya hubo bastante azúcar. Sin leche, porque no hace falta suavizar nada. Y sin drama, que es lo más difícil de pedir en cualquier barra de España a las once de la mañana. Me hace gracia que el clip lo resuelva con la taza más pequeña posible, la de un café que se bebe en dos sorbos y no da para ninguna conversación seria.

Más adelante, hacia el minuto dos, el mismo chico vuelve a salir, ahora en otra terraza con suelo de barro cocido, palmeras, una pérgola de cañas y una cesta llena de juguetes de playa en un rincón. Le pasan por delante tres chicas en bañador y vestido de verano, cogidas de la mano, descalzas. Él levanta la taza como quien brinda. Es la misma mañana, pero ya con el sol más alto.

Un paso de cebra para tres perros

La letra tiene una frase que en el vídeo se convierte en coreografía:

Mosaico de cuatro recortes sin caras del videoclip de «Marica chill»: dos perritos de pelo color miel con tutú rosa en un paso de cebra, una frutera con vaqueros que sostiene una naranja junto a cajas de verdura, una ristra de bombillas sobre un poste blanco al anochecer y una hilera de palmeras en el paseo marítimo

Me bastan mis perros y mi eyeliner green

Los perros del clip son tres, peludos, de color miel, con un tutú rosa de tul que les queda como a una vedette de Paralelo. Cruzan el paso de cebra a la altura de las rodillas del chico, que camina con la camisa transparente abierta y el pantalón azul, y detrás vienen dos señoras, una con vestido de flores y otra de rojo, con el mercado entero a sus espaldas: toldos verdes, sombrillas rojas, cajas de limones al sol.

Hay algo muy serio en ese plano, aunque esté hecho para reírse. La letra dice que no necesita pareja para sentirse bien, y el vídeo no pone a ningún novio a su lado. Pone perros. Pone señoras. Pone fruta. La compañía existe, pero no es la que el mundo espera que tenga un chico guapo con camisa de gasa. Es la compañía que uno elige cuando ya ha aprendido lo que cuesta la otra.

Los perros vuelven a salir en el paseo marítimo y en el cartel final. No son decorado. Son la familia.

La vecina y el balcón

La vecina said: that boy’s too much

Hay un plano corto que me gusta mucho. El chico de la camisa blanca se asoma a un balcón de hierro forjado, con las piernas encogidas, el cuerpo inclinado hacia fuera y la mano abierta hacia la calle, como saludando a alguien de abajo. Debajo del balcón hay un naranjo con las naranjas todavía en las ramas, y al fondo, edificios color crema, palmeras y unas montañas peladas.

En la letra el balcón es el sitio de la crítica: desde ahí le miran, desde ahí le juzgan, desde ahí la vecina sentencia que ese chico es demasiado. En el clip pasa al revés. El balcón es suyo. Él es el que se asoma, él es el que saluda, él es el que tiene la mejor vista. La vecina, si existe, está abajo, en la calle, y desde la calle no se ve el naranjo.

Si me critican desde el balcón Les mando besitos y pongo reggaetón

Justo después, en una terraza del mismo pueblo, el chico levanta los brazos al cielo con las manos abiertas mientras dos perros grandes, dorados, saltan a su alrededor y dos mujeres bailan junto a un quiosco con cajas de limones. Nadie sabe qué música suena dentro del plano. Pero se baila.

Lo de la vecina, por cierto, es tradición en este planeta. En «La vecina cotilla» el cotilla era yo, pegado a la ventana para ver al vecino de los shorts cortitos. En «Marica chill» me toca el otro lado de la cortina. Y lo llevo mucho mejor.

La frutera y el abanico

Pero el frutero me regaló un mango lush

Aquí el vídeo hace una pequeña trampa, y me gusta. En la letra quien regala la fruta es un frutero. En el clip son dos mujeres. El protagonista de esta parte es un chico con la cara pintada de purpurina verde y rosa con destellos dorados, como si se hubiera frotado contra un arcoíris, con una camiseta de tirantes de malla negra que lo deja todo a la vista y unos vaqueros cortos deshilachados. Camina por una calle estrecha de puestos: tomates colgados en ristras, guindillas, cajas de manzanas rojas y verdes, montañas de naranjas, calabacines alineados como lápices.

A su izquierda, una chica con top de flores le ofrece un abanico de papel pintado, abierto, con flores y pájaros. A su derecha, otra chica con camiseta azul marino le tiende una pieza de fruta naranja y redonda sobre un plato. Él coge el abanico con una mano y mira la fruta como quien mira un regalo de cumpleaños.

Con un abanico y mi short transparente

Y aquí la segunda trampa. En la letra lo transparente es el pantalón corto. En el vídeo el pantalón es vaquero de toda la vida y lo transparente es la camiseta de malla. La transparencia se ha subido de piso. Me parece bien: el clip no ilustra la canción palabra por palabra, la traduce a su manera, igual que hacen las abuelas cuando te cuentan una película que no han visto entera.

El abanico vuelve varias veces. Uno rojo en manos de un chico con camiseta negra de tirantes, en una calle con balcones llenos de geranios. Otro blanco, enorme y redondo, que un chico con camisa de flores rojas, amarillas y azules agita delante de la cámara hasta que la imagen se emborrona. Es el instrumento oficial del vídeo. Sirve para darse aire, para hacer una pose y para tapar la cara de quien critica.

Calles color mostaza

Entre el mercado y la playa hay un barrio entero. Fachadas color mostaza, salmón, turquesa y crema; rejas negras en las ventanas; macetas de geranios rojos colgadas de los balcones; adoquines con confeti pisado. El clip se mete por esas calles con varios chicos distintos que bailan solos o con vecinos.

Díptico de fotogramas sin personas del videoclip de «Marica chill»: a la izquierda, una fachada color naranja con balcones de hierro llenos de geranios rojos; a la derecha, una caja de botellas azul sobre la arena de un chiringuito

Uno lleva una camiseta de tirantes amarilla y un pantalón blanco ancho, y se inclina hacia atrás con el brazo levantado como en un musical de los de antes. Otro, con la camisa de flores, abre los brazos de par en par en mitad de una calle tan estrecha que casi toca las dos paredes. Y hay un tercero, mi favorito, con una chaqueta de lentejuelas color bronce encima de una camiseta blanca y unos vaqueros rotos, que va delante de un pequeño desfile de vecinos: una mujer con vestido de flores, un hombre con camisa azul, otra mujer con blusa estampada. Por encima de sus cabezas vuela un globo amarillo y verde que alguien acaba de lanzar.

Es una procesión sin santo. O mejor: el santo es el chico de las lentejuelas, y lo único que se celebra es que hace buen día y que no hay que ir a trabajar.

Me fijo mucho en una cosa: en esas calles nadie se esconde. No hay ventanas con visillos que se cierran de golpe ni miradas torcidas desde el portal. Los vecinos bailan con el chico, no contra él. Es la calle que muchos de nosotros soñamos de pequeños, cuando el camino del colegio a casa era una carrera de obstáculos.

Los colores ayudan. Nada en esas fachadas es gris. Hasta las sombras tienen un tono naranja, de última hora de la tarde, y las rejas negras de las ventanas parecen dibujadas con rotulador. El clip no busca un pueblo de postal concreto, ni Cádiz, ni Sitges, ni Nerja. Busca la idea de pueblo de costa que todos llevamos en la cabeza: la ropa tendida, la vecina en la puerta, el olor a fruta madura y a crema solar, el ruido de una moto que pasa a lo lejos. Es un sitio inventado hecho con trozos de muchos sitios reales, igual que el propio planeta.

Bombillas sobre la arena

Ilustración sin personas de un chiringuito de Planeta Gayfolk al anochecer: postes blancos con guirnaldas de bombillas, cajas amarillas y azules, una silla amarilla, dos palmeras, la luna sobre el mar y unos zapatos de tacón rojos en la arena, con el verso «And I still wear heels pa’ bajar a la playa»

And I still wear heels pa’ bajar a la playa

Cuando el vídeo llega por fin a la playa, ya es casi de noche. El cielo está azul claro, el mar más oscuro, y sobre la arena hay un chiringuito de los de verdad: postes blancos de madera, una ristra de bombillas que va de poste en poste, mesas con sillas de plástico azules, verdes y amarillas, y cajas de botellas apiladas como taburetes, unas amarillas, otras azules, otras blancas de madera.

En medio de ese chiringuito baila un chico con un pañuelo rosa atado en la cabeza, una camiseta blanca de tirantes cortada por encima del ombligo y unos vaqueros. Mueve los brazos, se lleva la mano al pecho, se ríe. A su alrededor, la gente sigue cenando. Un chico de tirantes blancos con gafas de sol, una pareja al fondo, alguien con un refresco. Nadie se levanta a echarlo. Nadie se levanta a acompañarlo tampoco, y es lo mejor: baila porque le da la gana, no para que lo miren.

Y aquí la tercera trampa, la más divertida: la letra habla de bajar a la playa con tacones, y el chico del chiringuito lleva unas zapatillas blancas de deporte. Los tacones se han quedado en la canción. Supongo que en la arena nadie aguanta mucho rato con tacón, ni siquiera en Planeta Gayfolk.

Ese tramo del clip, el del chiringuito al anochecer, es el que más me recuerda a otras canciones mías. En «Croquetas en el crucero» el Mediterráneo era una pesadilla de buffet barato y queso malo. En «Madrid to Benidorm» la costa era un sitio al que llegar con orgullo. En «Marica chill» la costa no es ni castigo ni trofeo. Es un sitio donde cenar con los pies en la arena.

Un vestido de flores en el paseo

Mi tramo preferido llega hacia los dos minutos y cuarto. Un paseo marítimo con el suelo de ladrillo rojizo, una fila de palmeras que se pierde en el horizonte, farolas negras de hierro, un murete blanco y el mar al otro lado, verde y azul. Por ese paseo camina un chico alto con un vestido largo sin mangas, color crema con flores rosas y verdes, y unas gafas de sol blancas. A su lado trota un perrito con tutú rosa.

En los bancos y en el murete hay señores y señoras mayores. Dos mujeres vestidas de negro, de esas que parecen salidas de una procesión de Semana Santa, lo miran pasar. Un señor con camiseta blanca, sentado en el muro, levanta un poco la mano. Nadie se escandaliza. Luego aparece otro chico con un vestido casi igual y se saludan en mitad del paseo, cogiéndose de los brazos, como dos amigas que llevan meses sin verse.

El estribillo lo llama vestido de mercadillo, y me gusta que el clip lo haya tomado en serio. Es un vestido de mercadillo, sí, de esos de cinco euros colgados de una percha en la plaza, pero llevado con la cabeza alta por un paseo con palmeras, ante las abuelas del pueblo. Eso es lo que significa para mí esta canción: no pedirle permiso a nadie para ponerse lo que uno quiera un martes cualquiera.

Las abuelas también bailan

Si cuento las personas mayores que salen en el vídeo, me salen muchísimas. Las del tríptico inicial con el abanico rojo y el vestido turquesa. Las tres señoras que pasan por detrás de la cama blanca. Las del vestido de lunares rojos que siguen al chico por el paso de cebra. Las dos de negro del paseo. El señor del murete.

No lo pensé así al principio, pero ahora creo que son el corazón del clip. Muchos de nosotros crecimos temiendo justamente esa mirada: la de la señora del banco, la del portal, la de la frutería. Y aquí esas señoras están de nuestro lado. Le dan la fruta, le abren el abanico, le acompañan por la calle y le sonríen en el paseo. Planeta Gayfolk es, entre otras cosas, un sitio donde la abuela del barrio aplaude cuando pasas con vestido.

Puede que sea una fantasía. Seguramente lo es. Pero las fantasías también sirven: enseñan qué es lo que uno echa de menos.

Un final que vuelve al principio

El vídeo no se cierra con un beso ni con una puesta de sol. Se cierra con el chico de la purpurina otra vez en su terraza, con su taza, sus palmeras, un perro que olisquea el suelo y la bahía al fondo. Y después, el mismo tríptico del principio: las señoras, los perros con tutú, el chico de gasa, el abanico rojo.

Me gusta ese círculo. Un día libre no tiene trama. Empieza con un café y acaba con otro. Lo que pasa en medio, el mercado, el balcón, la calle, la playa, el paseo, no cambia nada importante, y precisamente por eso importa. La letra lo resume en un verso que no puedo citar sin reírme:

Porque la vida no me la explico I just flow, sin moral ni castigo

Sin castigo. Esa es la palabra que más me pesa de toda la canción. Porque hubo un tiempo en el que todo lo que yo hacía tenía su castigo, y los castigos llegaban en forma de silencio o de reproche.

Por qué hacía falta un día libre

Este planeta tiene muchas canciones oscuras. Las tiene porque pasé unos veinte años de mi vida con dos parejas narcisistas, una detrás de otra, y cuando por fin les vi la cara, consiguieron poner a buena parte de mi gente en mi contra. Las canciones fueron la única forma que encontré de contar mi versión, porque un narcisista en público suele caer simpático a todo el mundo, y uno se queda solo con su historia. De aquella etapa salí con diagnósticos de los que hoy hablo sin vergüenza: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Sigo con mi tratamiento y con mi terapia.

Por eso «Marica chill» no es una canción menor dentro del disco. Es lo que viene después. Es el día en que uno se despierta con purpurina en la cara y no siente culpa. El día en que la vecina dice que eres demasiado y a ti te da igual. El día en que alguien te regala un mango y lo aceptas sin preguntarte qué querrá a cambio.

La recuperación, al menos la mía, no se parece a una película con música de violines. Se parece más a esto: a bajar a la calle sin miedo, a dejar que los perros marquen el paso, a cenar en un chiringuito y bailar un rato aunque nadie te acompañe.

Para verlo con calma

El vídeo completo está en su página de la transmisión, y la canción tiene su ficha propia en la discografía, donde se puede escuchar un fragmento. También está en Spotify. Toda mi música se puede escuchar y descargar gratis, sin registrarse, en la tienda de Planeta Gayfolk.

Si te apetece seguir con canciones de la misma familia, yo haría este recorrido: empieza por «Soy marica sideral», que es justo el clip anterior en la lista y tiene esa misma actitud de no pedir permiso; sigue con «Marica chill», y termina con «Como a mi chihuahua», que es la otra canción de este planeta donde un perro pequeño hace más compañía que media humanidad.

Y si quieres leer más crónicas de videoclips, todas están en el diario.

Quién firma el día libre

Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo cada verso, decido cada plano y elijo cada perro con tutú. Quien quiera escribir sobre este planeta tiene fotos, textos y datos en la sección de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Quién sale en el videoclip de «Marica chill»?

Personajes inventados: varios chicos que pasan el día en un pueblo de costa, señoras del barrio, una frutera y tres perritos con tutú rosa. Ninguno es Mike Sain't Louis ni una persona real.

¿A qué disco pertenece «Marica chill»?

Al segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». El videoclip se publicó el 31 de julio de 2025 y dura tres minutos y doce segundos.

¿Por qué en el vídeo el chiringuito no tiene tacones?

Porque el clip traduce la letra a su manera. La canción habla de bajar a la playa con tacones; en el chiringuito, el chico que baila lleva zapatillas blancas. Pasa lo mismo con el short transparente, que en el vídeo se convierte en una camiseta de malla.

¿Qué significa «Marica chill» dentro de Planeta Gayfolk?

Es el día libre después de las canciones duras: despertarse con purpurina, tomar un café solo, aguantar la crítica de la vecina con un beso al aire y bailar en la playa sin pedir permiso.

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