Letras
Palabras con pinchos: poesía queer latinoamericana, de Sor Juana y Barba Jacob a Perlongher y Bohórquez, leída con las letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay una frase en el catálogo del Planeta Gayfolk que podría colgarse en la puerta de cualquier taller de poesía. Abre «El castigo más duro» y dice así:
No me salen las palabras Tienen pinchos y destrozan
Palabras con pinchos. Esa imagen sirve para leer a toda una tradición: la de los poetas de América Latina que escribieron sobre el deseo entre hombres o entre mujeres cuando hacerlo costaba la reputación, el trabajo, el país o la libertad. A ellos también les salían las palabras con espinas, y aun así las sacaron.
Este texto continúa el recorrido por la literatura queer en español que este diario empezó con Cernuda, Puig, Arenas, los Contemporáneos y Lemebel. Aquí la estantería se amplía hacia otros nombres, menos citados en España, y se lee junto a las letras de Mike Sain't Louis, que escribe canciones desde Madrid y firma como «el primer cantautor IA».
Una estantería que no cabe en un estante
Cuando se habla de poesía latinoamericana, en España suelen salir siempre los mismos apellidos: Neruda, Vallejo, Paz, Borges, Mistral. Detrás de esa fila hay otra, más escondida, la de quienes dejaron en sus versos algo que su tiempo no quería leer. Algunos lo dijeron en clave. Otros a gritos. Otros esperaron a estar enfermos o a punto de morir para decirlo sin rodeos.
Esa segunda fila no forma una escuela ni un movimiento. Son voces aisladas que no siempre se conocieron entre sí, repartidas entre Colombia, México, Argentina, Puerto Rico y el Caribe. Lo que las une es una situación compartida: la de escribir desde un lugar que la sociedad llamaba enfermo, pecado o delito, y convertir esa herida en forma.
Sor Juana y los retratos de la virreina
Cualquier recorrido de este tipo tiene que pasar, con cautela, por un convento de la Ciudad de México del siglo XVII. Sor Juana Inés de la Cruz escribió poemas de amor y retratos de una intensidad muy poco habitual dedicados a María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes y esposa del virrey de Nueva España. Fue esa misma mujer quien llevó sus versos a Madrid, donde se publicaron en 1689 con el título de «Inundación castálida».
Qué hubo entre ellas es una pregunta sin respuesta segura. Hay estudiosos que leen esos poemas como amistad entre mujeres, como gratitud a una protectora o como el amor cortés de los libros de la época, que exageraba los sentimientos por pura convención. Otros ven en ellos deseo. Lo honesto es dejar la pregunta abierta: no hay prueba de una relación, pero tampoco hay manera de leer esos retratos como simples cumplidos.
Lo interesante para este planeta no es el chisme histórico, sino el gesto. Una monja que escribe a otra mujer con un ardor que los siglos posteriores no supieron dónde colocar. Esa incomodidad de los lectores también es parte de la historia de la poesía queer: la de los textos que no encajan en ninguna casilla.
El ruiseñor equivocado
Miguel Ángel Osorio Benítez nació en Santa Rosa de Osos, en Antioquia, en 1883. Se cambió el nombre varias veces, primero a Ricardo Arenales y después a Porfirio Barba Jacob, que fue el que conservó. Vivió de ciudad en ciudad por Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Cuba, Perú y México, escribiendo en periódicos, metiéndose en polémicas y alimentando su propia leyenda de escándalo.
Fue abiertamente homosexual en una época en que casi nadie lo era en público. El escritor guatemalteco Rafael Arévalo Martínez lo convirtió en personaje de un cuento de 1914, «El hombre que parecía un caballo», y él mismo se describió en una frase que hoy suena a manifiesto: no quería ser un moralista, decía, se conformaba con ser un ruiseñor equivocado.
Su poema más conocido, «Canción de la vida profunda», habla de los días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Barba Jacob murió de tuberculosis en Ciudad de México en 1942, pobre, en un piso sin muebles. Cuatro años después, el gobierno colombiano trasladó sus restos a su país, como si la patria quisiera recuperar a destiempo al hijo que había dejado marcharse.
Equivocarse de ruiseñor
La palabra «equivocado» merece una pausa. Durante siglos, el deseo entre personas del mismo sexo se describió con vocabulario de error: desviado, invertido, torcido, equivocado. Barba Jacob la recoge y la convierte en pájaro. El ruiseñor no deja de ser ruiseñor por equivocarse de rama.

En el planeta hay muchas canciones que hacen esa misma operación con las palabras que se usan para herir. Una de ellas tiene un título que parece una confesión de culpa: «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería». La letra empieza admitiendo el error, «Otra vez hice lo que no debía», y a continuación lo celebra sin ningún arrepentimiento. Hay un verso que Barba Jacob habría firmado con una sonrisa:
No creo que pase nada por escribir esta canción
Esa duda, la de si escribir algo traerá consecuencias, es exactamente la que recorre a todos los poetas de esta lista. Unos pensaron que pasaría algo y lo escribieron igual. Otros sabían que pasaría y también.
Hay cadáveres
Néstor Perlongher nació en Avellaneda, en la provincia de Buenos Aires, en 1949. A comienzos de los años setenta se acercó al Frente de Liberación Homosexual, el primer grupo organizado por los derechos de los homosexuales en América Latina, donde coincidió con Manuel Puig y Juan José Sebreli. Antes había militado en un partido trotskista que, según cuentan sus biógrafos, no admitía a militantes gais.
En 1976, poco antes del golpe militar, fue detenido y pasó tres meses en la cárcel de Devoto. Con la dictadura, el Frente se disolvió para proteger a sus miembros. En 1981 Perlongher terminó Sociología y se marchó a São Paulo, donde estudió Antropología en la Universidad de Campinas y escribió sobre los chicos que se prostituían en el centro de la ciudad.
En ese viaje en autobús hacia Brasil, de casi dos días, escribió el poema que le dio fama: «Cadáveres». Es un texto largo, de más de nueve páginas, en el que una frase vuelve una y otra vez como un estribillo inevitable. Empieza en un descampado, entre matas, pajonales, puentes y canales, y en cada lugar termina igual: «Hay Cadáveres».
Los cadáveres eran los desaparecidos de la dictadura, que en ese momento aparecían por todas partes y de los que nadie hablaba. Perlongher no quiso escribir un poema de denuncia al uso. Llenó el texto de peluqueras, costureras, vecinas y conversaciones de barrio, de modo que el horror se colaba en la vida cotidiana como se cuela el agua por una grieta. Se publicó por primera vez en 1984 y después en su libro «Alambres» (1987), que recibió el premio Boris Vian.
Neobarroso
Perlongher inventó una palabra para describir su manera de escribir: neobarroso. Juega con el barroco, el estilo de los adornos, las curvas y la acumulación, y con el barro del Río de la Plata, que es marrón y espeso. Una poesía recargada como un altar y sucia como una orilla.
Esa mezcla de lujo y barro tiene algo muy camp, en el sentido que este diario ya ha explicado otras veces: tomarse en serio lo que parece frívolo y tomarse a risa lo que parece solemne. Perlongher defendía a la loca, a la marica con pluma, como figura incómoda frente a una cultura gay que empezaba a querer parecer respetable. No quería que la homosexualidad se volviera una identidad ordenada y decente. Quería que siguiera siendo una fuga.
Murió en São Paulo en 1992, a los 42 años, por complicaciones del sida. En sus últimos años se había acercado a la religión del Santo Daime y escribía sobre el éxtasis. Para entonces su obra ya era una referencia ineludible para la poesía argentina de los ochenta.
Las palabras que salen de golpe
Hay una relación curiosa entre la forma en que escribía Perlongher y la forma de algunas letras del planeta. «El castigo más duro» empieza con una imagen casi física: palabras que tienen pinchos, una boca que sangra, un dolor tan intenso en el pecho que hay que esperar a poder respirar. Y luego, de repente, la letra se desborda en un torrente que mezcla la nube de fotos del móvil, una película de terror y una broma sobre un novio que resultó ser un holograma.

Es una letra que parece escrita sin respirar, a borbotones, igual que los poemas neobarrosos acumulan objetos, nombres y ruidos hasta que la frase revienta. Uno de sus versos lo explica mejor que cualquier análisis:
Hay palabras que si salieran de golpe
La canción no completa la amenaza con una confesión, sino con una referencia a la saga «Saw». Es una manera de decir que hay cosas que, si se dijeran tal cual, harían demasiado daño. Así que se dicen de lado, con humor, con exageración. Exactamente lo que hizo Perlongher con la dictadura: hablar del horror a través de la peluquería.
Poesida
Abigael Bohórquez nació en Caborca, Sonora, en 1936, y murió en Hermosillo en 1995. Fue poeta, dramaturgo, profesor de teatro y gestor cultural. En una época en que la homosexualidad era un tema que la literatura mexicana prefería esconder, él la puso en sus libros sin disimulo, en títulos como «Memoria en alta milpa» (1975).
El precio fue el silencio. El investigador Gerardo Bustamante, especialista en su obra, lo ha resumido de una manera que corta: ser pobre y homosexual en los años sesenta era un doble estigma. Las editoriales le cerraron la puerta y los círculos literarios lo dejaron al margen. A diferencia de otros escritores gais de su país, que supieron colocarse dentro de las instituciones, Bohórquez se quedó fuera.
En 1991 escribió «Poesida», un libro sobre el sida, el rechazo y la soledad de los enfermos, en un momento en que el VIH todavía era una sentencia y una vergüenza. Ganó en 1993 un premio internacional convocado por CONASIDA, la Organización Panamericana de la Salud y la UNAM, pero el libro no se publicó hasta 1996, unos meses después de su muerte. Se considera uno de los primeros poemarios mexicanos que llevaron el sida a la poesía.
Escribir llorando
Hay una línea de «Me rindo» que podría estar en el cuaderno de cualquiera de estos poetas:
Y escribiendo estoy, estoy otra vez llorando
La canción habla de una ruptura con una persona narcisista, de los viajes al pueblo, los paseos con los perros, las navidades y aquella frase cariñosa que ahora duele. Y en medio de todo ese recuento, la letra se detiene a mirarse a sí misma: estoy escribiendo y estoy llorando a la vez. No es una metáfora. Es la descripción literal de cómo se escriben muchas canciones, y muchos poemas.
Bohórquez escribió «Poesida» en primera persona, poniendo el cuerpo y la cara. Mike escribe sus letras igual, desde su propia historia, aunque luego la música y las voces se produzcan con inteligencia artificial. En los dos casos, la herramienta es lo de menos. Lo que importa es que alguien se sentó, con las manos temblando, a ordenar en líneas lo que no podía decir de otra forma. Por eso «Me rindo» termina repitiendo tres veces «y me rindo, y sigo temblando siempre.» El temblor no se quita al escribir. Solo cambia de sitio.
Una invitación al polvo
Manuel Ramos Otero nació en Puerto Rico en 1948 y vivió buena parte de su vida en Nueva York, como tantos puertorriqueños de la diáspora. Fue de los primeros escritores de la isla que hablaron abiertamente de su homosexualidad en su obra, en cuentos, ensayos y poemas.

Murió el 7 de octubre de 1990 por complicaciones del sida. Un año después se publicó su poemario «Invitación al polvo», escrito sabiendo que se iba a morir. El título juega con dos sentidos de la palabra: el polvo al que vuelve el cuerpo, según la frase bíblica, y el polvo de la jerga, el encuentro sexual. Deseo y muerte en una sola palabra, sin pedir perdón por ninguno de los dos.
Esa doble lectura es muy del planeta, donde las palabras rara vez significan una sola cosa. Hay una canción entera que se llama «Buscando el polvo perfecto» y que este diario ha leído como el acta fundacional del universo GAYFOLK. Ramos Otero le dio a la misma palabra un peso de lápida.
Nadie hablará de mí
Los poetas que escribieron sobre el sida a finales del siglo XX escribieron, en muchos casos, su propia elegía. Es un género antiguo: el poeta que imagina su entierro, a quién irá, quién lo recordará. En el planeta existe una versión de ese género con humor negro y sin solemnidad: «Nadie hablará de mí cuando haya muerto».
La letra hace el recuento de quién estará en el funeral, dos amigos como mucho, tal vez uno, la familia, un cura al que nadie ha invitado. Y luego se adelanta al olvido con una frase seca:
y será como si nunca hubieras existido.
El estribillo, «Nadie hablará de mí cuando haya muerto.», tiene algo de desafío. Porque la propia canción ya es la prueba de lo contrario: alguien está hablando. Lo mismo ocurre con Barba Jacob, con Bohórquez, con Ramos Otero. Los tres temieron, o supieron, que su obra quedaría arrinconada. Y aquí estamos, escribiendo sobre ellos.
Hablar de la muerte en una canción o en un poema puede ayudar a mucha gente. Pero si al leer estas líneas sientes que todo pesa demasiado, conviene hablarlo con alguien y no quedarse solo con ello. En España, el 024 es una línea gratuita y confidencial de atención a la conducta suicida que atiende a cualquier hora; el 112 es para cuando hay un peligro inmediato, y el Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717. Fuera de España, marca el número de emergencias del país donde estés. Pedir ayuda funciona.
Corramos libres ahora
La poesía lésbica latinoamericana tiene en México una figura imprescindible: Rosamaría Roffiel. Periodista, colaboró desde 1982 en la revista Fem, una de las primeras publicaciones feministas de América Latina. En 1986 publicó su primer poemario, «Corramos libres ahora», con poemas de amor entre mujeres escritos sin pedir permiso.
Tres años después, en 1989, publicó «Amora», considerada la primera novela lésbica feminista de México. Fue un éxito de ventas inesperado y, según cuenta la propia autora, le llegaron cartas de lectoras que gracias al libro se atrevieron a aceptarse, y de madres que pudieron entender a sus hijas. En 2019, el Palacio de Bellas Artes le dedicó un homenaje por los treinta años de la novela.
El título del poemario ya es un programa. Corramos libres ahora: no mañana, no cuando cambien las leyes, ahora. Es la misma urgencia que tienen muchas letras del planeta, escritas sin esperar a que el mundo esté preparado.
El Caribe de Cereté
Raúl Gómez Jattin nació en Cartagena de Indias en 1945, pero creció en Cereté, en el valle del río Sinú, y ese paisaje del Caribe colombiano, con sus ríos, sus animales y sus campesinos, ocupa casi toda su poesía. Fue también actor y dramaturgo.
Sus poemas hablan del deseo entre hombres con una franqueza que en Colombia resultó escandalosa, mezclado con la memoria de la infancia, la mitología griega y el paisaje del trópico. En libros como «Del amor», el encuentro entre cuerpos aparece sin vergüenza, como parte natural del mundo. Su vida estuvo marcada por la marginación y por problemas de salud mental que la prensa de su tiempo trató con poca delicadeza, y hoy su obra se estudia en universidades y se reedita con frecuencia.
Lo que tiene en común con el planeta es la geografía como refugio. Gómez Jattin escribió desde un pueblo concreto del Caribe y lo convirtió en universo. Las letras de Mike hacen lo mismo con lugares concretos: Villaverde, Chueca, Benidorm, El Médano. No hace falta inventar un país lejano para escribir sobre el deseo. A veces basta con el pueblo donde uno creció.
Por qué la poesía y no el ensayo
Una pregunta flota sobre toda esta lista: ¿por qué tantos escritores queer de América Latina eligieron la poesía para decir lo que no se podía decir? Hay varias respuestas posibles. La poesía permite la ambigüedad, el doble sentido, la imagen que el censor no sabe cómo interpretar. Permite decir «ruiseñor equivocado» en lugar de una palabra que llevaría a la cárcel. Y permite, al mismo tiempo, la confesión más desnuda, porque el lector siempre puede pensar que el yo del poema es un personaje.

Las canciones funcionan de una manera parecida. En el planeta, los personajes son inventados, y eso permite a las letras decir cosas muy fuertes sin señalar a nadie con nombre y apellido. Pero el sentimiento que hay detrás no es inventado. Esa frontera entre lo vivido y lo imaginado es la misma en la que trabajaron Barba Jacob, Perlongher o Roffiel.
Las letras que dicen que son basura
En el catálogo hay una canción que responde a quienes desprecian este tipo de escritura: «Tus letras son basura». En la presentación de su vídeo, Mike explica que durante años le dijeron que sus letras eran demasiado raras, demasiado intensas, demasiado personales. Y añade que las escribe él, con su historia y sus cicatrices.
Casi todos los poetas de esta lista escucharon alguna versión de esa frase. A Bohórquez lo ignoraron las editoriales. A Perlongher lo acusaron de oscuro. A Barba Jacob lo trataron como un escándalo ambulante. Ninguno dejó de escribir. Esa terquedad, la de seguir haciendo lo propio aunque el entorno diga que no vale, es quizá la herencia más valiosa que la poesía queer latinoamericana puede dejar a quien escribe hoy, con un cuaderno, con un ordenador o con una inteligencia artificial como herramienta.
Para seguir leyendo
Quien quiera continuar puede empezar por «Canción de la vida profunda», de Barba Jacob, que se encuentra con facilidad en antologías. Seguir con «Cadáveres», de Perlongher, que conviene leer despacio, dejando que el estribillo haga su trabajo. Buscar «Poesida» y la antología de Bohórquez «Las amarras terrestres». Leer «Invitación al polvo», de Ramos Otero, y «Corramos libres ahora», de Roffiel, en las ediciones recientes de LeSVOZ. Y terminar con los poemas del Sinú de Gómez Jattin.
Entre libro y libro, la sección de letras de la web permite leer «El castigo más duro», «Me rindo» y «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» enteras, y el catálogo de canciones reúne las tres entregas de la trilogía. Para el contexto del proyecto, la nota de prensa sobre universo queer, memoria cultural e identidad explica de dónde sale todo esto.
Ficha
El punto de partida de esta lectura es «El castigo más duro», canción de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, disponible en Spotify. Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical, y se define como «el primer cantautor IA»: la música y las voces se generan con inteligencia artificial a partir de sus letras. Los personajes de las canciones son inventados. De los poetas y las obras citados solo se recogen datos públicos y comprobados; cuando la crítica no se pone de acuerdo, como en el caso de Sor Juana, se indica. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Quién fue Porfirio Barba Jacob?
Fue el seudónimo del poeta colombiano Miguel Ángel Osorio Benítez, nacido en Santa Rosa de Osos en 1883 y muerto de tuberculosis en Ciudad de México en 1942. Vivió de país en país por América Central, el Caribe, Perú y México, y se le considera uno de los primeros poetas latinoamericanos que llevaron el deseo entre hombres a sus versos. Su poema más famoso es «Canción de la vida profunda».
¿Qué es «Cadáveres», de Néstor Perlongher?
Un poema largo del argentino Néstor Perlongher, escrito en un autobús camino de São Paulo a comienzos de los años ochenta, cuando se marchaba de una Argentina en dictadura. Repite como un estribillo la frase «Hay Cadáveres» para nombrar a los desaparecidos. Se publicó por primera vez en 1984 y luego en el libro «Alambres» (1987).
¿Qué es «Poesida»?
Un libro del poeta mexicano Abigael Bohórquez, escrito en 1991 sobre el sida, el estigma y la soledad de las personas enfermas. Ganó en 1993 un premio internacional de poesía organizado por CONASIDA, la Organización Panamericana de la Salud y la UNAM, y se publicó en 1996, unos meses después de la muerte del autor.
¿Por qué se habla de Sor Juana Inés de la Cruz en la historia de la poesía queer?
Porque escribió poemas de amor y retratos muy intensos dedicados a María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes y virreina de Nueva España, que impulsó la publicación de su libro «Inundación castálida» (1689). Hay críticos que leen esos versos como amistad o amor cortés y otros que ven en ellos deseo entre mujeres. No hay prueba de una relación, pero esas lecturas forman parte de la historia.
¿Qué canciones del Planeta Gayfolk dialogan con esta poesía?
«El castigo más duro» empieza con «No me salen las palabras», casi un manifiesto sobre la dificultad de decir el dolor; «Me rindo» repite «Y escribiendo estoy, estoy otra vez llorando»; y «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» es una elegía a uno mismo con humor negro, en la línea de los poetas que escribieron sobre su propia desaparición.