Cultura pop
Lo que no salía en el periódico: historia de la prensa LGTBI en España, del boletín clandestino a Shangay, leída con las letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

En una de las canciones más tristes del Planeta Gayfolk, escrita en inglés y ambientada en los años de la Gran Depresión estadounidense, hay un verso que podría servir de lema a este texto: «A headline screamed what the country was». Un titular gritaba lo que era el país. Unas líneas después, la canción dice lo contrario, lo que los periódicos callaban: «They won’t print the part that made me bleed». No imprimirán la parte que me hizo sangrar.
Esa distancia entre lo que se publica y lo que se vive es la historia de la prensa LGTBI. Durante buena parte del siglo XX, en España, las personas homosexuales y trans solo aparecían en los periódicos como sucesos, escándalos o casos de juzgado. Para contar su propia vida tuvieron que inventar sus propios papeles: boletines a multicopista, revistas que se disfrazaban de otra cosa, fanzines grapados, hojas fotocopiadas en un bar de Chueca y, al final, webs hechas por voluntarios.
Este repaso recorre ese medio siglo de papel y pantalla, y lo lee al lado de las letras de Mike Sain't Louis, que tienen mucho de hemeroteca: titulares, foros, comentarios, portadas soñadas y diarios personales.
Antes del primer boletín
Para entender lo que significó el primer boletín hay que recordar desde dónde se escribía. En 1970, el régimen franquista aprobó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que sustituía a la vieja ley de vagos y maleantes y seguía incluyendo los actos de homosexualidad entre las conductas consideradas peligrosas. Ser descubierto podía significar detención, internamiento y una ficha policial para siempre.
En ese contexto, la prensa generalista no informaba sobre la vida homosexual: la vigilaba. Cuando aparecía, lo hacía en la crónica de sucesos o en el lenguaje moralizante de la época. No había un sitio donde una persona gay o lesbiana pudiera leer algo escrito por alguien como ella.
Ese silencio es exactamente el que describe «The Great Depression». La canción imagina a dos hombres que se quieren en una ciudad estadounidense de los años treinta, alquilando un cuarto encima de un bar los martes por la noche. Y sabe que la historia oficial los borrará: «They’ll write it down as banks and bread», lo escribirán como bancos y pan. Las crónicas hablarán de la crisis, de los hombres que saltaron, de las deudas. No de ellos.
AGHOIS: un boletín que llegaba por correo
A comienzos de los setenta, en Barcelona, un pequeño grupo de amigos empezó a reunirse en casa de Armand de Fluvià. Con él estaba, entre otros, Francesc Francino. Se llamaron primero Agrupación Homófila para la Igualdad Sexual, AGHOIS, y después Movimiento Español de Liberación Homosexual, MELH, para alinearse con los frentes de liberación que nacían en otros países. Las reuniones se hacían con mil precauciones: los invitados llegaban con media hora de diferencia para que ni los vecinos ni el portero sospecharan.
De ese grupo salió la primera publicación homosexual de España, el boletín AGHOIS, que se editó entre 1972 y 1974. No se vendía en ningún quiosco. Se enviaba por correo, de forma privada, desde Francia y más tarde desde Suecia, para que no se pudiera rastrear su origen en España. Según el libro «Memorias de Shangay», llegó a tener unos doscientos suscriptores. Para hacerlo fue clave la ayuda de los homófilos franceses de la revista Arcadie.
Doscientas personas parecen pocas. Pero cada una de ellas abría un sobre, en su casa o en un apartado de correos, y leía por primera vez que no estaba enferma ni sola. La actividad del grupo se interrumpió en 1974, tras una llamada de la policía a casa de Fluvià en mitad de una reunión.
Las letras como boletín privado
Hay algo de boletín clandestino en la manera en que «The Great Depression» guarda su secreto. La canción termina con una imagen que es casi una hemeroteca íntima: «So I keep you folded in my chest, / A quiet headline no one guessed». Te guardo doblado en el pecho, un titular silencioso que nadie adivinó.

El titular doblado es una buena metáfora de lo que fueron aquellos boletines: noticias que no podían desplegarse en público, papeles que se guardaban en un cajón o se quemaban después de leerlos. La letra no habla de España ni de los setenta, pero entiende el mismo mecanismo. Cuando no hay un sitio donde publicar tu vida, la llevas plegada contigo.
Esa canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y ya tiene en este diario una lectura sobre el Pansy Craze y el Nueva York de 1933. Aquí interesa otra cosa: su mirada de periodista que repasa el periódico del día y encuentra que falta la noticia más importante.
El chivatazo y la vecina de la barandilla
El final de aquel primer grupo tiene un detalle que conviene contar con calma. Según el relato recogido en «Memorias de Shangay», la llamada policial que interrumpió las reuniones en 1974 no llegó por casualidad: llegó por un chivatazo. En un país donde ser homosexual era una conducta peligrosa, bastaba con que una persona hablara más de la cuenta en un interrogatorio para que cayera una red entera.
«The Great Depression» tiene su propia versión de esa amenaza, y la pone en el rellano. En la letra aparece una vecina inventada, siempre asomada a la barandilla: «Then Mrs. Crowley—always at the rail— / Saw you leave too late, saw my face go pale». La señora Crowley vio salir al amante demasiado tarde y vio palidecer al narrador. No hace falta que la canción diga qué pasa después. El miedo está en ese verbo, ver.
La historia de la prensa LGTBI es también la historia de cómo se dio la vuelta a esa mirada. Durante décadas, quien miraba y contaba era el vecino, el portero, el policía o el periodista de sucesos. Las publicaciones del colectivo nacieron para que fueran las propias personas queer quienes miraran su vida y la contaran con sus palabras, sin que nadie tomara nota desde la barandilla.
Por eso aquel boletín se enviaba desde el extranjero y los invitados a las reuniones llegaban de media hora en media hora. Cada precaución era una manera de proteger a los lectores de la señora Crowley de turno. Leídos hoy, esos detalles impresionan más que cualquier titular.
Party: una revista de quiosco disfrazada
Tras la muerte de Franco, el país empezó a cambiar más deprisa que sus leyes. El 16 de abril de 1977, dos meses antes de las primeras elecciones democráticas, salió en Barcelona el primer número de Party, editada por Amaika. Fue la primera revista dirigida al público homosexual que se vendió libremente en los quioscos españoles. Duró hasta 1985.
Party nació con disfraz. Su lema era «La revista del mundo del espectáculo» y en sus primeras portadas aparecían actrices. Dentro, poco a poco, el contenido para hombres gais se hacía más visible y, con los años, más explícito. Su director, Eloy Rosillo, firmaba el consultorio sexual con el seudónimo de Luis Arconada. Como muchas revistas de la época, mezclaba erotismo con reportajes, noticias de las primeras marchas del Orgullo y crónicas de la vida gay de Barcelona.
Los estudios sobre esas revistas señalan algo interesante: las fotos de hombres desnudos o semidesnudos eran muchas veces la excusa que permitía colar debates políticos de fondo. El quiosquero vendía una revista picante; el lector se llevaba, además, la noticia de que en otros países ya había frentes de liberación.
En los mismos años nacieron las publicaciones de los colectivos. En el País Vasco, EHGAM sacó desde 1977 su órgano de expresión, Gay Hotsa, militante, autoeditado y sin ánimo de lucro. En Barcelona, el Institut Lambda, creado por Fluvià en 1976, acabaría teniendo su propia revista de divulgación, Infogai.
Disfraces de portada en las letras
El truco de Party, presentarse como otra cosa para poder decir lo que se quería, tiene ecos en la manera en que el planeta juega con los formatos. Muchas letras se disfrazan de documento: una reclamación, un parte médico, una esquela, un acta. Detrás del disfraz está siempre la misma intención de contar algo que no cabría en un formato más serio.

En «Asqueroso coordinador», la fantasía es la contraria: no esconderse en una revista, sino salir en la portada de un periódico. El estribillo lo pide sin rodeos: «Que lo publique OkDiario: ¡Hasta nunca, bastardo!». El personaje convierte una ruptura en una noticia imaginaria y sueña con que el mundo entero se entere de quién era aquel coordinador infiel. Es una broma de despecho, exagerada a propósito. Y tiene una lógica histórica: durante décadas, la prensa fue el sitio desde donde se señalaba a las personas queer. Aquí, por una vez, es la persona queer quien imagina la portada.
Los ochenta y los noventa: fanzines, sida y lesbianas en papel
Los años ochenta trajeron el sida, y con él una nueva urgencia informativa. Las asociaciones LGTBI se convirtieron en fuentes de información sanitaria que la prensa generalista no daba, o daba con estigma. Boletines, folletos y revistas de colectivos explicaban cómo protegerse, dónde hacerse una prueba y cómo acompañar a los enfermos. La revista de una asociación podía ser, literalmente, el único sitio donde leer información fiable sin ser juzgado.
Las lesbianas tuvieron que abrirse hueco dos veces: frente a la sociedad y dentro de un movimiento que a menudo hablaba solo de hombres gais. En Euskadi, el Colectivo de Lesbianas Feministas publicó entre 1986 y 1994 la revista Sorginak. En Madrid, el grupo LSD sacó entre 1994 y 1998, de forma irregular, la revista Non Grata, con textos teóricos, fotografía, poesía, debates sobre el lesbianismo y la salida del armario, y hasta una lista de grupos de mujeres anglosajonas muy LSD. Algunos de esos números se expusieron en 2017 en la muestra «Archivo Queer» del centro cultural Conde Duque y hoy forman parte de la colección digital del Museo Reina Sofía.
Los archivos de asociaciones como Aldarte, en Bilbao, conservan decenas de cabeceras de esos años: revistas de colectivos asturianos o catalanes y otras como «Entiendes?», que llegó a publicar decenas de números. Muchas tenían tiradas pequeñas y se repartían en bares, librerías y sedes. Juntas forman una memoria que la prensa generalista no guardó.
Shangay: cuatro fotocopias en Chueca
En septiembre de 1994 salió en Madrid el primer número de Shangay Express. Eran cuatro hojas DIN A4 fotocopiadas para anunciar las fiestas de los domingos Shangay Tea Dance, que Alfonso Llopart y Roberto S. Miguel habían empezado a organizar en 1993. Tenía un recorrido por la noche gay madrileña, un horóscopo y entrevistas falsas.
Chueca era entonces un barrio degradado del centro, con mucha droga y mucha delincuencia, pero también con la mayoría de bares para gais y lesbianas. Los locales eran baratos, y empezaron a abrir negocios de día, como la librería Berkana. Esos negocios querían anunciarse, y el fanzine se convirtió en revista gratuita. Llopart ha contado que querían hacer algo parecido al suplemento Tentaciones de El País, una revista de cultura y ocio dirigida a todo el mundo, no solo al colectivo, sin pornografía y sin política de partido.
Con el tiempo, Shangay incorporó un consultorio de salud con información sobre VIH, drogas y anabolizantes, y una sección de contactos a través de la cual muchos hombres que no habían salido del armario, que no iban al ambiente o que vivían lejos de una gran ciudad podían conocer a otros. Llopart lo resumió diciendo que acabó convirtiéndose en el diario de Chueca. Hoy es la revista LGTBI más longeva de España.
Zero: portadas que salían del armario
En julio de 1998 nació la revista Zero, que se publicó hasta 2009. Su seña de identidad fueron las portadas. Según la Biblioteca Nacional, que conserva la colección, fueron portada el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, el alcalde de Madrid Alberto Ruiz-Gallardón o Pedro Zerolo, uno de los grandes activistas de la lucha por la igualdad.

La misma institución destaca que Zero ayudó a visibilizar la homosexualidad de personajes públicos como Fernando Grande-Marlaska, después ministro del Interior, el director de cine Alejandro Amenábar o el presentador Jesús Vázquez. En los años previos al matrimonio igualitario, aprobado en 2005, ver a alguien conocido decir quién era en una portada de quiosco tenía un efecto que ningún editorial podía igualar.
Había en ello una inversión histórica. Durante el franquismo, salir en el periódico siendo homosexual era una catástrofe. Treinta años después, salir en una portada siendo homosexual era una forma de orgullo y de servicio público.
La era digital: foros, blogs y comentarios
El 9 de noviembre de 2005, con la ley del matrimonio igualitario recién aprobada, nació con dominio propio dosmanzanas, una web de noticias LGTB hecha por colaboradores voluntarios que antes había funcionado como blog. En pocos años se convirtió en un punto de referencia para seguir la actualidad política, social y cultural del colectivo en España y en el resto del mundo de habla hispana. Como tantas otras, abrió espacio a los comentarios de los lectores, con la promesa de borrar los que incitaran a la violencia.
Internet cambió las reglas. Ya no hacía falta imprenta ni quiosco: cualquiera podía publicar. Eso trajo una libertad enorme, y también un problema nuevo. La misma red que permitía a un adolescente de pueblo leer que no estaba solo permitía que miles de desconocidos le insultaran bajo una foto.
En las letras del planeta, esa cara oscura de la red tiene nombre propio. «Forocoches» toma el nombre de uno de los foros más conocidos de España para describir una noche de insomnio y desamor. El momento central es un despertar: «Me he despertado entre treinta insultos y reproches / Ya no distingo si es mi vida o forocoches». La línea es muy precisa. Describe una época en la que la vida y el foro se mezclan, en la que el ruido de los comentarios se mete dentro de casa y ya no se sabe dónde termina uno y empieza la pantalla.
Cuando los comentarios pesan
«Forocoches» es una canción de ficción, pero su personaje atraviesa un estado muy reconocible: llanto, insomnio, una psicóloga que le recomienda hacer deporte y la sensación de que nada tiene sentido. Muchas personas LGTBI conocen ese estado, y muchas lo han vivido agravado por el acoso en redes, que a veces se ceba precisamente con quien es diferente.
Si alguna vez sientes que no puedes más, no estás solo ni sola. En España puedes llamar al 024, la línea gratuita y confidencial de atención a la conducta suicida, a cualquier hora, o al 112 si hay un peligro inmediato. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país. Si los insultos que recibes en internet o en la calle son por tu orientación o tu identidad, se pueden denunciar: en Madrid, por ejemplo, el Observatorio Madrileño contra la LGTBIfobia atiende en el 618 547 166. Hablar con alguien de carne y hueso, una amiga, un familiar, un profesional, ayuda más de lo que parece.
La prensa LGTBI de los setenta se inventó para que nadie leyera solo. Esa función sigue siendo necesaria, ahora en otro formato.
Los que opinan sin escuchar
El propio Mike Sain't Louis conoce de primera mano la caja de comentarios. En la presentación de «Tus letras son basura», cuenta que durante años le dijeron que sus letras eran demasiado raras, demasiado intensas, demasiado personales, y que, cuando empezaron a tener eco, aparecieron «los que opinan sin escuchar, los que juzgan sin sentir». La canción está dedicada, dice, a todos los que alguna vez recibieron ese comentario y siguieron creando igual.

En «Tampoco te escandalices tanto», la presentación se convierte en manifiesto sobre el uso de la inteligencia artificial en el arte y define el primer álbum como «un diario donde la inteligencia artificial se vuelve herramienta de catarsis». La palabra diario no es casual. El proyecto entero funciona como una publicación propia: un sitio donde contar sin intermediarios lo que otros medios no contarían.
Y en «Hipócritas», la presentación del videoclip apunta a los que dan lecciones que ellos mismos no cumplen. Es otra forma de prensa: el editorial de quien está harto de ser juzgado.
Hemeroteca del planeta
Si se juntan todas estas piezas, el planeta tiene su propia hemeroteca. Está el titular que grita lo que es el país y el que nadie imprime, en «The Great Depression». Está la portada soñada de «Asqueroso coordinador». Está el foro que se come la vida en «Forocoches». Está la caja de comentarios de «Tus letras son basura». Y está la vecina que lo vigila todo desde la ventana en «La vecina cotilla», que es, al fin y al cabo, la forma más antigua de prensa del corazón: «Me he convertido en la vecina cotilla».
Esa vecina es un buen recordatorio de que el chisme y la noticia siempre han estado cerca. Durante décadas, lo único que se publicaba sobre las personas queer era chisme convertido en escándalo. Las publicaciones del colectivo hicieron lo contrario: convirtieron la vida queer en información, en cultura y en memoria.
Por qué hace falta seguir contándolo
Puede parecer que hoy, con redes sociales y medios de todo tipo, la prensa LGTBI ya no es necesaria. La historia sugiere lo contrario. Cada avance legal ha necesitado alguien que lo explicara. Cada crisis sanitaria ha necesitado información sin estigma. Cada ola de odio en redes ha necesitado medios que la documenten.
Y hay algo más: la memoria. Los boletines de AGHOIS, las revistas de Party, los fanzines de LSD y las primeras fotocopias de Shangay se conservan en bibliotecas y archivos porque alguien decidió guardarlos. Sin ellos, la historia LGTBI de España sería otra vez lo que temía la canción de 1933: una historia de bancos y pan, sin las personas que se querían en el cuarto de encima del bar.
Una lectura con el periódico al lado
Para seguir el hilo, se pueden leer en la sección de letras de la web las canciones citadas, en este orden: «The Great Depression», «Asqueroso coordinador», «Forocoches» y «La vecina cotilla». Cuatro maneras de mirar la prensa: lo que se calla, lo que se sueña publicar, lo que se lee de madrugada y lo que se cuenta desde la ventana.
Y después, si se tiene ocasión, buscar en una biblioteca o en un archivo digital alguna de esas viejas revistas. Leer un número de Party de 1977 o una hoja de Shangay de 1994 es asomarse a un país que estaba aprendiendo a nombrarse. El planeta, a su manera, sigue escribiendo ese periódico.
Ficha
El hilo de este texto es «The Great Depression», una de las canciones en inglés de «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, que puede escucharse en Spotify. Su autor, Mike Sain't Louis, es letrista, compositor y productor musical, y se llama a sí mismo «el primer cantautor IA», porque la música y las voces se generan con inteligencia artificial. Las parejas, vecinas y coordinadores de las letras son ficción; de las publicaciones y personas reales mencionadas solo se recogen datos públicos, procedentes de la Biblioteca Nacional, de archivos y de la prensa. Quien necesite información oficial puede pasar por la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuál fue la primera publicación homosexual en España?
Suele citarse el boletín AGHOIS, ligado al grupo clandestino que reunió en Barcelona a Armand de Fluvià y Francesc Francino a comienzos de los setenta. Se editó entre 1972 y 1974 y se distribuía por correo de forma privada, enviado desde Francia y después desde Suecia.
¿Qué fue la revista Party?
La primera revista dirigida al público homosexual que se vendió libremente en los quioscos españoles. La editó Amaika en Barcelona entre 1977 y 1985; su primer número salió el 16 de abril de 1977 y al principio se presentaba como revista de espectáculos.
¿Cuándo nació Shangay?
El primer número de Shangay Express salió en septiembre de 1994 en Madrid. Empezó como cuatro hojas fotocopiadas para anunciar las fiestas Shangay Tea Dance de Alfonso Llopart y Roberto S. Miguel y acabó siendo la revista LGTBI más longeva de España.
¿Por qué fue importante la revista Zero?
Zero se publicó entre 1998 y 2009 y destacó por sus portadas con figuras públicas, incluidos políticos que apoyaban los derechos LGTBI. Según la Biblioteca Nacional, ayudó a visibilizar a personas como Fernando Grande-Marlaska, Alejandro Amenábar o Jesús Vázquez.
¿Qué tiene que ver la prensa con las letras del Planeta Gayfolk?
Varias letras hablan de titulares, foros y comentarios: «The Great Depression» imagina lo que los periódicos de 1933 nunca imprimieron, «Forocoches» confunde una vida con un foro lleno de insultos y «Asqueroso coordinador» sueña con una portada de periódico como venganza.