Humor
Recetario del Planeta Gayfolk: croquetas de buffet, gofio, cebolla y un café aguado
Por Mike Sain't Louis ·

Croquetas y queso malo. Ese es el menú.
No hay mejor manera de abrir un recetario del Planeta Gayfolk que con la cena más decepcionante de toda la trilogía. En «Croquetas en el crucero» alguien se apunta a un crucero por el Mediterráneo soñando con playas, sol «y algún italiano», y se encuentra con esto:
«pero en el buffet solo había croquetas y queso malo»
Cualquiera que haya estado en un buffet libre de hotel de costa conoce esa bandeja. Las croquetas que llevan ahí desde el mediodía, el queso en taquitos sudando bajo la lámpara, la cola de gente con el plato en la mano mirando a ver si sacan algo nuevo. Es una de las imágenes más españolas que existen, y Mike la convierte en estribillo.
Este post es un recetario. No uno de los de verdad, con gramos y tiempos de horno, sino una lista de lo que se come, se bebe y se cocina en las letras publicadas de la trilogía GAYFOLK. En el planeta se come poco y mal, eso hay que decirlo desde el principio. Pero se cocina mucho con las palabras. Y la despensa, si se abre con cuidado, cuenta casi tanto como un diario.
El buffet del crucero
Empecemos por el plato principal, que es una catástrofe. «Croquetas en el crucero» es, en el fondo, una crítica gastronómica de unas vacaciones. La letra va apuntando cada decepción como en una hoja de reclamaciones.
El minibar, que debería tener botellitas y bombones: «No lo sé, pero hay sardinas en el minibar». Sardinas en el minibar es una imagen tan absurda que da risa y asco a la vez. Es el lujo de hotel sustituido por la lata de conservas.
El brindis, que debería ser con burbujas: «pedí champán, me dieron calimocho». Para quien no lo conozca, el calimocho es vino tinto con cola, la bebida de las fiestas de pueblo y los botellones de toda la vida, servida en vaso de plástico. Pedir champán y recibir calimocho es la definición exacta de unas vacaciones que no están a la altura de su folleto.
Y la cena con el capitán, que debería ser el momento elegante de la travesía: «El capitán me guiñó un ojo travieso / me ofreció una copa y un queso». Un queso. Ni siquiera una tabla de quesos: un queso, en singular, como quien ofrece un caramelo. La letra lo resume todo al final con un balance que es casi una nota de cata:
«croquetas y queso malo… todo muy flojo»
«Todo muy flojo.» Hay quien escribe reseñas de restaurantes de tres párrafos para decir menos. Y en medio de la decepción llega la pregunta que convierte la cena en funeral: «¿Esto era un crucero o un Tanatorio de alta mar?». El buffet como velatorio. Las croquetas como canapés de tanatorio, que es donde suelen acabar las croquetas que nadie quiere.
Lo bonito de esta canción es que no se queja con amargura. Se queja con gracia, que es como se quejan los españoles en las sobremesas: contando el desastre como si fuera una hazaña. El crucero salió mal y por eso hay canción. Si llega a salir bien, no habría nada que contar. Y hay otra cosa: la letra no se ríe de quien come croquetas, se ríe de quien las vende como lujo. La croqueta casera, la de la madre o la del bar de la esquina, es sagrada en cualquier casa española. La croqueta de buffet de crucero es otra especie, congelada en origen y recalentada tres veces, y merece cada palabra de la canción. Hay que saber distinguir. El planeta distingue.
Gofio: el ingrediente del ex
Si el crucero es el plato principal, el gofio es el condimento que lo impregna todo. Y no por casualidad.

El gofio es la harina de cereal tostado que se come en Canarias desde siempre, en el desayuno, amasado, en el potaje, con leche. Es probablemente el alimento más canario que existe. Y en el planeta, donde el ex tiene domicilio en El Médano, el gofio se convierte en arma arrojadiza. La frase se repite en dos canciones distintas:
«Ha dicho que le ha sentado fatal mi comentario, / De que ojalá se atragante con el gofio canario.»
Es el arranque de «Gofio de calcetín», y vuelve casi igual en «No quiero otro novio cojín». Lo gracioso es la estructura: no es el insulto lo que se cuenta, sino la reacción al insulto. «Ha dicho que le ha sentado fatal mi comentario.» El que se ofende es el ex, y la letra se encoge de hombros y repite el comentario para que quede claro. Desearle a alguien que se atragante con el alimento de su tierra es de una mala uva doméstica difícil de superar.
El título de la canción también tiene su receta. «Gofio de calcetín» junta el alimento canario con la prenda más humilde del armario. El estribillo explica la mitad del título, «El que tuve quedó a la altura de un calcetín», y deja la otra mitad flotando: el gofio y el calcetín, como si fueran los dos ingredientes de un plato que nadie quiere probar.
Y en «Karma», que es una de las letras más bestias de la trilogía, Canarias vuelve a la mesa con su otra salsa sagrada. La letra le dice al «marrano de El Médano» lo que puede hacer con su anatomía, y le ofrece opciones: «por mí como si lo metes en mojo / o mejor gofio, lo que prefieras». Mojo o gofio. La carta completa de la cocina canaria convertida en insulto de dos líneas.
Conviene decir, como siempre, que el gofio no tiene la culpa. La página de Canarias en el planeta recuerda que las islas son una de las coordenadas madre del universo. El gofio en las letras es como El Médano: el apellido de un personaje. Fuera de la canción, sigue siendo un desayuno estupendo.
La cebolla, coartada universal
Hay un ingrediente en el recetario que no se usa para comer. Se usa para mentir. Es la cebolla.
«Un invitado VIP cortando cebolla» es una de las canciones más tristes del primer álbum. Habla de volver «a los infiernos» después de cuatro años «como invitado Vip en el cielo», de lágrimas, de ansiedad, de una noche en una sauna. Y al final, cuando la letra ya ha confesado todo, llega la excusa:
«Que no se preocupen / es que me acabo de hacer una ensalada y he estado / cortando cebolla»
Es la mentira más vieja del mundo. Llorar en la cocina y echarle la culpa a la cebolla. La han usado las madres, las abuelas y cualquiera que haya necesitado llorar sin dar explicaciones. Lo que hace la letra es llevarla a la calle: si me ven llorando por Madrid, es por la cebolla. Como si uno fuera por la Gran Vía con la tabla de cortar en la mano.
Y es una excusa que nadie se cree, y la letra lo sabe. Por eso funciona. Es autoparodia pura: estoy hecho polvo, todo el mundo lo ve, y aun así me invento una ensalada. Del chiste a la herida y vuelta al chiste, en tres líneas. La cebolla es el ingrediente secreto de la dignidad. No sirve para nada, salvo para poder seguir andando.
Sal y pimiento: lo que no vale nada
La cocina española tiene dos ingredientes que sirven para medir lo que no vale nada. La sal, en «ni una pizca», y el pimiento, en «me importa un pimiento». Las letras del planeta los usan los dos.

«Ni un pimiento», del segundo álbum, lleva la expresión al título y al estribillo:
«No vale un pimiento llorar por el pasado / Mejor ríe alto que el mundo está marcado»
Es un consejo de abuela con ritmo. Llorar por el pasado no vale un pimiento, es decir, no vale nada. Y la misma letra abre con la otra medida mínima: «El sufrimiento no vale ni una pizca de sal». Así que en una sola canción el dolor queda tasado dos veces, en sal y en pimiento, y las dos veces a precio de saldo.
Luego la letra se mete en la cocina de verdad, con una imagen de nevera que da escalofríos: el ex descrito como algo que «estaba caducado y era de segunda mano, estaba toqueteado». Caducado. Como un yogur olvidado al fondo del frigorífico. Hay pocas maneras más precisas de describir una relación que se mantuvo más tiempo del que debía.
La sal tiene otra aparición, más oscura. En «Como en la matanza de Texas» el vampiro emocional hace una operación química terrible:
«Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal»
Es una de las líneas más bonitas de toda la trilogía, y es de cocina. La esperanza entra y sale sal. Sal de lágrimas, sal que seca la tierra, sal que se echa en la herida. Y está también la mujer de Lot de la Biblia, convertida en estatua de sal por mirar atrás, aunque la letra no la nombra. La sal, en el recetario del planeta, es lo que queda cuando alguien se ha comido todo lo demás.
Y el pimiento vuelve, de pasada, en «Los ojos de Eduardo Casanova», con su forma más castiza: «Eso te la importa un pimiento embustero». La gramática se tambalea un poco, como se tambalea cuando uno habla enfadado, y el pimiento se queda en la mesa.
El café: amargo, solo, aguado
Si hubiera que elegir la bebida oficial del planeta, no sería el champán que nunca llega. Sería el café. Aparece en varias letras y cada vez con un apellido distinto, como si las canciones fueran una barra de bar con su carta de cafés.
Café amargo, en «No quiero otro novio cojín», dentro de una enumeración de la rutina que suena a lunes eterno: «Trabajo insípido / Café amargo / Todo es tan rígido / Maldito letargo». El café amargo de la máquina del trabajo, el que uno se toma por obligación y no por gusto.
Café solo, en «Marica Chill», y aquí es todo lo contrario, una declaración de calma: «Un café solo, sin leche y sin drama». Sin leche y sin drama, como si fueran lo mismo. El café de la mañana después de una noche con purpurina en la cara, tomado sin prisa y sin culpa.
Café con un policía, en «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería»: «Por cortesía me invitó a un café / Pero me puse tan colorado que le dije / Tranquilo, estoy bien». Rechazar un café por vergüenza es una de las tragedias pequeñas del enamoramiento, y la letra la clava.
Dos tazas, en «Asqueroso coordinador», como medida de tiempo: algo que «lo puedes ver mientras te tomas dos tazas de café». Dos cafés como unidad para medir lo que dura un vídeo. Muy de aquí.
Y café aguado, en «Me mola Zeus», que es el más bonito de todos:
«me hiciste un café aguado / y fue la mejor cita de la semana»
Ahí está el recetario entero del enamoramiento. El café está malo. Está aguado, flojo, hecho por alguien que no sabe hacerlo. Y da igual, porque lo ha hecho él. Es la misma lógica que en el crucero pero al revés: allí el lujo salía mal y era un drama; aquí lo cutre sale mal y es la mejor cita de la semana. La diferencia no está en el café. Está en quién lo sirve.
Vino, queso y papel de plata
Hay una letra que convierte una bolsa de la compra en el retrato de una humillación. Se llama «Hetero», está en el segundo álbum y es corta como un mensaje de móvil. La escena es esta: alguien queda con otro, llega, y ya hay otro en la cama. «Ni disimula. Ni le importa.» Y la imagen de la puerta:

«Y yo con el vino, el queso y la dignidad envuelta en papel de plata.»
El vino y el queso, que son lo que uno lleva a una cita cuando quiere quedar bien sin pasarse. Y la dignidad, envuelta en papel de plata, como un bocadillo para el viaje. Es una imagen cómica y desoladora a la vez. Uno se imagina el paquetito de papel de aluminio en la mano, la dignidad bien envuelta para que no se estropee, y la puerta que se abre a otra cosa.
La letra remata con una pregunta que no tiene nada de chiste, «¿sería más fácil ser hetero o simplemente más fácil no ser yo?», y una frase que sirve casi de lema para todo el recetario: «La clase de noche que no se explica: se traga». Se traga. Como la croqueta fría del buffet, como el café amargo de la oficina. Hay noches que se comen sin ganas porque no queda otra.
El trozo de pan que lleva veneno
En castellano, decir que alguien es «un trozo de pan» es decir que es buenísimo, incapaz de hacer daño, de los que lo dan todo. Es una de las expresiones más cariñosas del idioma. Y en el planeta, por eso mismo, es una de las más sospechosas.
La ficha de «El canario que miente», escrita por Mike, termina con una vuelta de tuerca sobre la expresión:
«El trozo de pan… que siempre tiene veneno.»
Es el pan de los cuentos, el de la manzana de Blancanieves pero en panadería. El buenazo oficial, el que todo el mundo cree «majo», resulta tener veneno dentro. La expresión vuelve en «El impostor», donde se explica por qué nadie sospecha del personaje: «Porque como es el / Trozo de pan / No pueden saber / la otra / parte desconocida / de él». Y en «Esperma» con retintín: «Vaya vaya, el trozo de pan como se las gasta».
Es una operación muy fina sobre el idioma. Coger la expresión más tierna de la cocina española y darle la vuelta para nombrar al manipulador simpático. Después de escuchar estas canciones cuesta volver a decir «es un trozo de pan» sin mirar dos veces al pan.
Frases de cocina para un culebrón
El castellano está lleno de frases hechas que salen de la cocina, y las letras del planeta las usan como especias.
«Se descubrió el pastel», en «Narci de cutre culebrón»: «Se descubrió el pastel narci de cutre culebrón». Descubrir el pastel es destapar el engaño, y en la letra el pastel tiene sabor a telenovela barata. «Poner a caldo», en «No quiero otro novio cojín», para hablar de esos amigos a los que alguien presume delante y «luego, a las espaldas, pones a caldo». El caldo, que en las casas sirve para curar resfriados, aquí sirve para despellejar a la gente. Y la «mala leche», que aparece en la ficha de «Si soy una puta», donde Mike explica que devuelve lo que otros repiten sin pensar, «pero con estilo y mala leche fina». Mala leche fina. Como una salsa que pica pero no quema.
Son tres expresiones de cocina y las tres sirven para lo mismo: para hablar del engaño y de la venganza con palabras de casa. El planeta no necesita vocabulario de tribunal. Le basta con el de la cocina de la abuela.
La barra: jarras, chupitos y una botella en la basura
El recetario no estaría completo sin el apartado de bebidas, que es largo y tiene resaca.

Las jarras, en «El anillo de casado» y en «Un puñetazo al día». Cinco jarras en los Cien Montaditos, una jarra de cerveza «tan despreocupado» en la noche del funeral del exmarido. La jarra es la bebida de la camaradería, la que se pide cuando uno piensa quedarse un rato.
El chupito, en «Bareback», pero en negativo: «Ni un chupito voy a dedicarte». Es una forma preciosa de despreciar a alguien. Ni siquiera vale un chupito, que es lo mínimo que se brinda en una barra. Ni un chupito: menos que un pimiento.
Y la botella vacía, en «Forocoches», como prueba de una mala noche: «Una botella vacía de yaguer en la basura». La letra lo escribe así, «yaguer», como suena en la barra y no como figura en la etiqueta. Es el bodegón de la resaca: una botella de licor de hierbas tirada en el cubo, a las siete de la tarde, cuando por fin se acaba el día.
Hay un último ingrediente en la barra que el planeta tiene en el título de una canción: «Licores modernos». En «Un invitado VIP cortando cebolla» aparece la expresión «mi vuelta a los licores modernos», que suena a carta de cócteles y en realidad es una recaída. La barra del planeta siempre tiene dos caras: la de la fiesta y la del día siguiente.
Lo que se come en el planeta
Si se junta todo el recetario, la mesa del Planeta Gayfolk tiene un aspecto muy concreto. Hay croquetas frías de buffet y queso en taquitos. Hay gofio lanzado como un proyectil. Hay cebolla que no se come, sirve de coartada. Hay sal y pimiento para medir lo que no vale nada. Hay café de todas las clases, amargo de oficina, solo de mañana tranquila, aguado de primera cita. Hay vino y queso para llevar a una puerta que se abre a otra cosa. Hay pan que lleva veneno. Y hay jarras, chupitos negados y una botella en la basura.
Lo que no hay es alta cocina. Ni un restaurante con estrella, ni un plato con nombre francés, ni un sumiller. El planeta come como come la mayoría: en el buffet, en la barra, en la cocina de casa, con lo que hay. Y en esa elección hay algo de declaración de principios, igual que en la ropa de SHEIN o en la marca blanca. Lo que se come en una canción dice de qué lado de la mesa está quien la escribe.
Hay también una lección de oficio. Las letras de Mike no dicen «comida» ni «bebida». Dicen croquetas, gofio, calimocho, café aguado. El detalle exacto es lo que hace reír, y es también lo que hace daño. Una cita fallida duele más si uno se imagina el queso en la mano. Un enamoramiento se entiende mejor en una taza de café malo que en cien metáforas sobre el corazón.
Todas las citas de este post están en letras y fichas publicadas que se pueden leer en el archivo de letras, y los datos de álbumes y lanzamientos están en la sala de prensa. Las personas que aparecen en las canciones son personajes. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.
La canción del crucero se puede escuchar en Spotify. Mejor con un café, aunque sea aguado. Sobre todo si es aguado.
Preguntas frecuentes
¿Qué canción de Mike Sain't Louis habla de comida?
La más clara es «Croquetas en el crucero», del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»: un crucero por el Mediterráneo con un buffet de «croquetas y queso malo», sardinas en el minibar y calimocho en lugar de champán.
¿Por qué sale tanto el gofio en sus letras?
El gofio, la harina de cereal tostado típica de Canarias, aparece ligado al personaje del ex canario: «ojalá se atragante con el gofio canario» se repite en «No quiero otro novio cojín» y en «Gofio de calcetín». Los personajes de las letras son ficticios.
¿Qué pasa con la cebolla en «Un invitado VIP cortando cebolla»?
Es la excusa para las lágrimas: si alguien le ve llorando por Madrid, la letra responde que se acaba de hacer una ensalada y ha estado cortando cebolla.
¿Quién escribe estas letras?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas, sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde puedo leer las letras completas?
En el archivo de letras de gayfolkplanet.com, en /letras.