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Cultura queer

Reino Unido queer: de Wilde en Reading a Turing, el informe Wolfenden, la Sección 28 y «Boys like us»

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Fotograma del videoclip de «The Great Depression», de Mike Sain't Louis, con dos hombres con gorra y ropa de los años treinta sentados muy juntos en una calle mojada de noche, en la portada de «Manos que nadie veía»

Hay un verso en el planeta que cabe en una palma. En «Boys like us», del segundo álbum de Mike Sain't Louis, entre purpurina, tacones y estribillos de orgullo, aparece de pronto una imagen pequeña y conmovedora:

He holds my hand

Y justo después, la condición:

Where no one sees

Una mano cogida donde nadie mira. Durante siglos, esa fue la única forma posible de amor entre hombres en buena parte de Europa, y en pocos lugares se nota tanto como en la historia del Reino Unido, un país que mandó a la cárcel a su escritor más deslumbrante, castigó al matemático que le ayudó a ganar una guerra y, ya a finales del siglo XX, aprobó una ley para que en las escuelas no se hablara del tema. El diario ya leyó la canción como un himno con la mano escondida. Este artículo recorre la historia que hay detrás de ese gesto.

1885: una enmienda de madrugada

La historia moderna de la persecución en el Reino Unido tiene fecha y apellido. En 1885, durante la tramitación de una ley pensada para proteger a las niñas de la prostitución, el diputado Henry Labouchere introdujo una enmienda que castigaba los actos de «indecencia grave» entre hombres, tanto en público como en privado, con hasta dos años de cárcel. La sodomía ya estaba penada desde hacía siglos, pero la enmienda Labouchere amplió el castigo a cualquier forma de intimidad entre hombres, por discreta que fuera.

La enmienda se aprobó casi sin debate, a altas horas de la noche. Iba a pasar a la historia como una de las leyes más dañinas jamás aprobadas por el Parlamento británico. Y su víctima más famosa estaba a punto de convertirse en el escritor de moda de Londres.

Oscar Wilde: del estreno a la cárcel de Reading

En febrero de 1895, Oscar Wilde estrenaba «La importancia de llamarse Ernesto» y era la estrella absoluta de la escena londinense. Ingenioso, extravagante, autor de «El retrato de Dorian Gray» y de comedias que llenaban teatros, Wilde mantenía una relación con un joven aristócrata, lord Alfred Douglas, cuyo padre, el marqués de Queensberry, lo acusó públicamente de sodomita.

Wilde cometió el error de demandarlo por difamación. El juicio se volvió contra él, y en pocas semanas el acusador pasó a ser el acusado. En mayo de 1895, tras dos procesos, fue condenado a dos años de trabajos forzados por indecencia grave. Cumplió parte de la pena en la cárcel de Reading, donde escribió una carta larguísima a Douglas, publicada después como «De profundis». Al salir, arruinado y enfermo, se marchó a Francia. Allí publicó «La balada de la cárcel de Reading», en 1898, y murió en París en 1900, con solo 46 años.

París, por cierto, tiene canción propia en el planeta, «Paris restera gris», y es difícil no pensar en Wilde paseando por sus calles grises en sus últimos años. El diario del planeta ha recordado su figura en varias ocasiones, y su clavel verde, la flor que convirtió en contraseña, sigue siendo un símbolo de la discreción obligada de aquella época.

Clubes con la puerta entornada

Mientras tanto, la vida queer británica continuaba en la sombra. Había pubs donde se sabía a qué iba cada cual, parques con fama, salones privados, y un lenguaje secreto propio, el polari, una mezcla de argot de teatro, de marineros y de palabras italianas que los hombres gais usaban para hablar sin ser entendidos por los demás.

Las mujeres tenían también sus refugios. El más legendario fue el Gateways, un club del barrio de Chelsea que funcionó durante décadas y que se convirtió en punto de encuentro de varias generaciones de lesbianas londinenses. Apareció incluso en una película de 1968, «The Killing of Sister George», que mostró su pista de baile a un público que nunca había visto algo así. La mano escondida de la canción tenía, en esos lugares, unas horas de libertad.

Alan Turing: el genio castigado

Pocas historias resumen mejor la crueldad de aquellas leyes que la de Alan Turing. Matemático genial, pionero de la informática, fue una de las figuras clave de Bletchley Park, el centro secreto donde durante la Segunda Guerra Mundial se descifraron los mensajes cifrados alemanes de la máquina Enigma. Muchos historiadores consideran que aquel trabajo acortó la guerra y salvó un número incalculable de vidas.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Where no one sees» de «Boys like us»

En 1952, tras denunciar un robo en su casa, Turing reconoció ante la policía que mantenía una relación con un joven. Fue juzgado por indecencia grave y condenado. Para evitar la cárcel, aceptó someterse a un tratamiento con hormonas, una castración química que alteró su cuerpo. Perdió su acreditación de seguridad. Murió en 1954, con 41 años, en unas circunstancias que todavía hoy se discuten.

El reconocimiento llegó muy tarde. En 2009, el primer ministro Gordon Brown pidió disculpas públicamente en nombre del Gobierno. En 2013, Turing recibió un indulto real póstumo. En 2017, una nueva ley, conocida popularmente como ley Turing, extendió el perdón a miles de hombres condenados por las mismas leyes. Y desde 2021, su rostro aparece en el billete de cincuenta libras. Un país que lo castigó por amar acabó poniéndolo en su moneda.

1957: el informe Wolfenden

A mediados de los años cincuenta, una serie de juicios muy mediáticos contra hombres conocidos provocó un debate público inesperado. El Gobierno encargó a un comité presidido por John Wolfenden un estudio sobre la homosexualidad y la prostitución. En 1957, el informe Wolfenden llegó a una conclusión revolucionaria para la época: el Estado no debía castigar los actos homosexuales consentidos entre adultos en privado. Recomendaba fijar la edad mínima en 21 años.

El Gobierno no hizo caso de inmediato. Pasaron diez años de campañas, cartas a los periódicos y presión de asociaciones reformistas hasta que, en 1967, el Parlamento aprobó la Sexual Offences Act, que despenalizó esos actos en Inglaterra y Gales con muchas condiciones: mayores de 21 años, en privado, y con exclusiones para las fuerzas armadas y la marina mercante. Escocia tuvo que esperar hasta 1980 e Irlanda del Norte hasta 1982. La igualdad en la edad de consentimiento no llegó hasta principios de los años 2000.

1972: la primera marcha de Londres

Inspirados por Stonewall, un grupo de jóvenes fundó en Londres en 1970 el Gay Liberation Front, que dejó atrás el tono prudente de los reformistas para reclamar orgullo y visibilidad. El 1 de julio de 1972 se celebró la primera marcha del Orgullo de Londres, con apenas unos cientos de participantes, muy lejos de las multitudes actuales.

El verso de «Boys like us» que dice «we never hide», nunca nos escondemos, habría sonado entonces a ciencia ficción. Y sin embargo, ahí empezó el camino. Otro verso de la canción lo resume con una precisión casi militante:

We turn the dark

Into pride

Convertir la oscuridad en orgullo. Eso es exactamente lo que hicieron aquellos pocos cientos de jóvenes que caminaron por Londres un sábado de verano de 1972.

Mineros y lesbianas: una alianza improbable

En 1984, en plena huelga de los mineros contra los cierres de minas del Gobierno de Margaret Thatcher, un grupo de activistas londinenses fundó Lesbians and Gays Support the Miners, lesbianas y gais en apoyo a los mineros. Recaudaron dinero para las familias de los huelguistas, especialmente en un valle minero de Gales, y establecieron una relación de solidaridad que nadie esperaba.

La alianza tuvo consecuencias. Al año siguiente, en la marcha del Orgullo de Londres de 1985, delegaciones de mineros desfilaron junto a los activistas. Y el sindicato minero apoyó después la inclusión de los derechos de gais y lesbianas en el programa del Partido Laborista. La historia se convirtió en 2014 en una película, «Pride», que emocionó a medio mundo y que demostró que las luchas pueden darse la mano, aunque al principio se miren con desconfianza.

La banda sonora de una época

Si hay un terreno en el que el Reino Unido fue por delante de su propia legislación, es el de la música pop. En plena década de los ochenta, mientras el Gobierno preparaba la Sección 28, las listas de éxitos británicas estaban llenas de artistas que desafiaban las normas de género y de deseo, a veces abiertamente y a veces con un guiño que todo el mundo entendía.

Collage con un detalle de la carátula de «Boys like us» y las carátulas de «The Great Depression», «Boys from the village», «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»

En 1984, el trío Bronski Beat publicó «Smalltown Boy», una canción cuyo videoclip contaba la historia de un chico que sufre una agresión homófoba, es rechazado por sus padres y abandona su pueblo en tren con una maleta. Para muchos adolescentes de toda Europa, aquel vídeo fue la primera vez que vieron su propia vida reflejada en la televisión. Jimmy Somerville, la figura más visible del grupo, se convirtió en un referente del activismo musical.

Boy George, al frente de Culture Club, jugaba con el maquillaje y la ambigüedad en los programas de máxima audiencia. Freddie Mercury, el líder de Queen, llenaba estadios con una teatralidad camp que hoy se lee con otros ojos, y su muerte en 1991 a causa del sida conmocionó al mundo. Los Pet Shop Boys hicieron del pop elegante y melancólico un refugio, y Neil Tennant habló abiertamente de su homosexualidad en 1994. Y Elton John, que había hecho pública su orientación años antes, fue en diciembre de 2005 uno de los primeros en registrar una unión civil, el mismo mes en que entró en vigor la ley.

El Planeta Gayfolk es heredero lejano de esa tradición. El pop como lugar donde decir lo que en otros sitios no se podía, la purpurina como armadura y el estribillo como manifiesto. «Boys like us», con sus tacones y su orgullo, no existiría sin aquellas canciones que, hace cuarenta años, convirtieron la pista de baile en un espacio político. La diferencia es que hoy no hace falta el guiño: se puede decir todo con mayúsculas.

El polari: un idioma para no ser entendido

Merece la pena detenerse un momento en el polari, porque es una de las creaciones más ingeniosas de la cultura queer británica. Era una jerga hecha de préstamos del italiano, del romaní, del argot de los teatros ambulantes, de los marineros y del rimado de los barrios obreros de Londres. Servía para hablar de hombres, de citas, de la policía o del aspecto de alguien en un bar lleno de gente sin que los extraños entendieran nada.

En los años sesenta, un programa de radio de la BBC, «Round the Horne», incluyó unos personajes que hablaban en polari, y millones de oyentes se rieron con expresiones que no sabían descifrar del todo. Con la despenalización y la llegada de una cultura más abierta, el polari fue cayendo en desuso: ya no hacía falta esconderse detrás de las palabras. Hoy sobrevive como curiosidad histórica, estudiada por lingüistas y recuperada en algunos actos culturales.

La epidemia y la estigmatización

Los años ochenta trajeron también el sida. En el Reino Unido, como en el resto del mundo, la epidemia golpeó con fuerza a los hombres gais y vino acompañada de una oleada de estigmatización en la prensa sensacionalista. El cineasta Derek Jarman, que hizo pública su condición de seropositivo, convirtió su enfermedad en arte y en activismo hasta su muerte en 1994, y su jardín de Prospect Cottage, en la costa de Kent, sigue siendo un lugar de peregrinación. El diario del planeta dedicó un artículo a la memoria del VIH.

1988: la Sección 28

En ese contexto de miedo, el Gobierno conservador aprobó en 1988 la Ley de Gobierno Local, cuyo artículo 28, conocido como Sección 28, prohibía a las autoridades locales «promover intencionadamente la homosexualidad» o enseñar en las escuelas que las relaciones homosexuales eran aceptables como una forma de familia. La ley era ambigua y casi nunca se aplicó en los tribunales, pero su efecto fue enorme: muchos docentes dejaron de hablar del tema por miedo, y toda una generación de estudiantes LGTBI creció sin referencias ni apoyo en el colegio.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «He holds my hand» de «Boys like us»

La respuesta fue memorable. En febrero de 1988, un grupo de lesbianas descendió con cuerdas desde la galería del público hasta el pleno de la Cámara de los Lores durante el debate. En mayo, otras activistas irrumpieron en el estudio del informativo de la BBC en plena emisión en directo. Ese mismo año, el actor Ian McKellen salió del armario públicamente en un programa de radio para oponerse a la ley, y en 1989 participó en la fundación de Stonewall, una organización que se convertiría en una de las más influyentes del país.

La Sección 28 fue derogada en Escocia en 2000 y en Inglaterra y Gales en 2003. Años después, el entonces primer ministro conservador David Cameron pidió disculpas por ella. El daño a una generación, sin embargo, no se borra con un decreto.

De las uniones civiles a la boda

El nuevo siglo cambió el panorama a gran velocidad. En 2004 se aprobó la ley de uniones civiles, que permitió a las parejas del mismo sexo registrar su relación con derechos similares a los del matrimonio, a partir de diciembre de 2005. En 2013, el Parlamento aprobó el matrimonio igualitario para Inglaterra y Gales, y las primeras bodas se celebraron en marzo de 2014. Escocia siguió poco después, e Irlanda del Norte en 2020.

Para quienes vivieron la época de Wilde a través de los libros, la de Turing a través de sus abuelos y la de la Sección 28 en primera persona, aquellas bodas fueron algo más que una celebración. Fueron una forma de cerrar un círculo. La mano escondida de la canción podía, por fin, sacarse a la luz en un registro civil.

Una canción para los que tuvieron que esconderse

«Boys like us» no habla de leyes ni de fechas. Habla de chicos que brillan en la noche, que llevan tacones, que bailan como locos y que no se esconden. Pero dentro de ese himno queda ese verso de la mano cogida donde nadie ve, como una cicatriz de otra época. Es un recordatorio de que la libertad de hoy se construyó sobre muchas manos escondidas.

El planeta tiene otras canciones que dialogan con esa memoria. «The Great Depression», de cuyo videoclip sale la portada de este artículo, imagina un amor entre dos hombres en los años treinta, en una época en que no podía salir en los periódicos; el diario lo contó como el amor que no salió en los periódicos. «Boys from the village» mira a otros chicos y otros lugares. Y «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» plantea la pregunta de quién recordará a quienes vivieron al margen, una pregunta que el diario acompañó con un cartel de clavel rosa.

Lo que nos enseña la historia británica

La historia del Reino Unido deja varias lecciones útiles para cualquier país. La primera: una ley aprobada casi sin debate, de madrugada, puede arruinar vidas durante ochenta años. La segunda: un informe técnico, serio y bien argumentado puede cambiar la opinión de un Gobierno, aunque tarde una década. La tercera: las alianzas improbables, como la de los mineros y los activistas, multiplican la fuerza de las causas. Y la cuarta: lo que se conquista puede retroceder, como demostró la Sección 28, que llegó dos décadas después de la despenalización.

Ficha de la canción «Boys like us» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En España, la historia tuvo otro ritmo y otros nombres, desde la Ley de Vagos y Maleantes hasta el matrimonio igualitario de 2005, que se adelantó en casi una década al británico. El diario del planeta ha contado parte de esa memoria en su texto sobre la generación anterior. Mirar al Reino Unido sirve para recordar que ninguna libertad es automática ni permanente.

Cinco lugares para una ruta británica

Para quien viaje al Reino Unido con esta historia en la cabeza, algunas paradas posibles.

La cárcel de Reading, que dejó de funcionar como prisión y que ha sido escenario de exposiciones y lecturas dedicadas a Wilde.

Bletchley Park, en Buckinghamshire, hoy museo, donde puede visitarse el lugar en el que trabajó Turing.

Manchester, la ciudad donde Turing vivió sus últimos años, con una estatua suya sentada en un banco de Sackville Park, junto al barrio gay de Canal Street.

El Soho londinense, corazón histórico de la vida LGTBI de la capital, con sus pubs, sus librerías y su memoria de décadas.

Y la costa de Dungeness, en Kent, donde el jardín de Derek Jarman sigue floreciendo entre guijarros, frente a una central nuclear, como una metáfora perfecta de la belleza que crece en terreno hostil.

Y, como propina, Brighton. Esta ciudad costera del sur de Inglaterra, a una hora en tren de Londres, lleva décadas con fama de ser la capital LGTBI del país. Sus casas de colores, su muelle victoriano lleno de atracciones y su paseo marítimo con olor a pescado frito y algodón de azúcar esconden una larga tradición de refugio para quienes huían de la mirada de sus pueblos. Su celebración del Orgullo, cada verano, es una de las más multitudinarias del Reino Unido, y su ambiente recuerda a esas ciudades de playa que el planeta tanto quiere, de Benidorm a Sitges. Pasear por su orilla de guijarros al atardecer, con «Boys like us» en los auriculares, es una manera bastante exacta de entender lo que ha cambiado.

Hay, además, pequeños museos, archivos comunitarios y rutas guiadas por voluntarios que recogen esta memoria en muchas ciudades británicas. Merece la pena buscarlos antes del viaje: suelen contar historias que no salen en las guías turísticas y que dan otra dimensión a cada calle.

Epílogo: la mano a la vista

Hoy, en muchas calles de Londres, Manchester o Brighton, dos chicos pueden caminar de la mano sin que nadie se gire. No en todas, ni a todas horas, porque las agresiones siguen existiendo. Pero el contraste con la época de Wilde o de Turing es abismal.

La canción del planeta guarda las dos cosas a la vez: la mano escondida y el orgullo a la vista. Quizá esa sea la mejor manera de recordar esta historia. Celebrar lo que se ha conseguido sin olvidar a quienes solo pudieron cogerse de la mano donde nadie miraba.

Hay algo de justicia poética en que una canción escrita en Madrid, mezclando inglés y español, recoja esa imagen. Las leyes británicas que persiguieron a Wilde y a Turing se exportaron, en su día, a buena parte de las colonias del imperio, y en algunos de esos países siguen vigentes. La historia de la mano escondida no ha terminado en todas partes. Por eso conviene contarla, bailarla en la pista a su manera y seguir mirando hacia los lugares donde todavía hay que esconderse para querer.

«Boys like us» está en Spotify. Los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, están en la página de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Por qué fue condenado Oscar Wilde?

En 1895 fue condenado a dos años de trabajos forzados por «indecencia grave» con otros hombres, en aplicación de la enmienda Labouchere de 1885. Cumplió parte de la pena en la cárcel de Reading, donde escribió la larga carta conocida como «De profundis».

¿Qué le pasó a Alan Turing?

El matemático que ayudó a descifrar los códigos alemanes en la Segunda Guerra Mundial fue condenado en 1952 por indecencia grave y aceptó un tratamiento hormonal para evitar la cárcel. El Gobierno británico le pidió perdón en 2009 y recibió un indulto real en 2013.

¿Cuándo se despenalizó la homosexualidad en el Reino Unido?

En Inglaterra y Gales, con la Sexual Offences Act de 1967, que siguió las recomendaciones del informe Wolfenden de 1957. Escocia lo hizo en 1980 e Irlanda del Norte en 1982.

¿Qué era la Sección 28?

Un artículo de la Ley de Gobierno Local de 1988 que prohibía a las autoridades locales «promover» la homosexualidad, lo que en la práctica silenció el tema en muchas escuelas. Se derogó en Escocia en 2000 y en Inglaterra y Gales en 2003.

¿Qué tiene que ver «Boys like us» con esta historia?

Es un himno pop del segundo álbum de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, sobre chicos que brillan y no se esconden. Uno de sus versos habla de una mano cogida donde nadie ve, y este artículo lo usa como hilo para recordar a quienes tuvieron que esconderse.

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