Salud mental
Tabla de mareas para quien sale del temporal: «Ride the Wave», de Hokusai a Mundaka
Por Mike Sain't Louis ·

Pleamar a las 06:42. Bajamar a las 12:55.
Así empiezan las tablas de mareas que se venden en los quioscos de los pueblos de costa, esos folletos pequeños con el escudo del ayuntamiento y la publicidad de la carnicería en la contraportada. Los pescadores las llevan en el bolsillo de la camisa. Los surfistas las tienen en el móvil. Los veraneantes de toda la vida las consultan para saber cuándo se puede bajar a la cala sin mojarse las toallas.
Una tabla de mareas no te dice si el mar va a estar bonito. Te dice cuándo sube y cuándo baja. Y eso, que parece poca información, es justo lo que hace falta para no ahogarse.
«Ride the Wave» es, en el catálogo de Mike, la pieza que viene después del temporal. Él la describe en su ficha como una de las canciones más tranquilas de todo el planeta, un chill out pensado para bajar el ritmo y soltar los hombros. Y en el texto que la acompaña en la web, escrito en inglés, la presenta con una frase muy sencilla: una forma de volver a respirar.
La letra completa no está publicada. En /letras lo que aparece es ese texto de presentación, el mismo que acompaña al vídeo en YouTube, y el planeta va a citar solo eso, sin inventarse versos. Con esa base, esta crónica propone leer la canción como una tabla de mareas: no como una promesa de calma eterna, sino como un aviso de que el agua sube y baja.
El cuerpo se mueve
El texto de Mike tiene una frase que lo resume todo, y es la que él mismo destaca en su ficha:
«The body moves, the soul listens, and the past dissolves into color.»
El cuerpo se mueve, el alma escucha y el pasado se disuelve en color.
Mike la explica así: no se trata de olvidar a la fuerza, sino de dejar que lo de antes se vaya diluyendo, como acuarela en agua clara. Sin rencor, sin drama, sin esfuerzo.
Es una idea muy distinta de la que suele vender la cultura de la autoayuda. Allí todo es esfuerzo: supera, cierra ciclos, suelta, trabaja tus heridas, sal de tu zona de confort. Como si la recuperación fuera un gimnasio. La frase de Mike va al revés. El pasado no se vence. Se disuelve. Como el pigmento de la acuarela cuando metes el pincel en el vaso.
Cualquiera que haya pintado con acuarelas en el colegio recuerda ese vaso de agua. Al principio está limpio. Luego, con cada lavado del pincel, se va tiñendo. Al final de la clase es de un color marrón grisáceo que no se parece a ninguno de los colores que usaste. El pasado, en esa imagen, no desaparece. Se mezcla con el agua hasta que deja de tener forma.
Neón sobre el agua
En su ficha, Mike se fija en la mezcla de dos imágenes del texto: los cielos de neón y los reflejos en calma.
«A chill out journey through light and water, where every heartbeat floats between neon skies and calm reflections.»
El neón, dice, es ciudad, noche y discoteca. El agua tranquila es todo lo contrario. Y lo traduce a una escena que cualquiera reconoce: cuando sales de la fiesta al amanecer, te acercas al mar y el cuerpo, por fin, se calma.
El planeta conoce bien esa escena. Es la de las seis de la mañana en Ibiza, en Sitges, en Benidorm, en Maspalomas. Las luces de las discotecas todavía encendidas a la espalda, el cielo empezando a ponerse rosa por el lado del mar, los zapatos en la mano y la arena fría bajo los pies. Gente sentada en la orilla en silencio, después de horas de ruido. Alguien que se mete en el agua con la ropa puesta.
Es un momento muy concreto de la noche marica, y casi nunca sale en las canciones. Las canciones hablan de la fiesta o de la resaca. Pocas hablan de ese rato de en medio, cuando el cuerpo todavía vibra y el mar empieza a apagarlo.
«Ride the Wave», según su texto, vive en ese rato.
La gran ola
Ningún texto sobre olas puede pasar de largo por la más famosa del mundo.

Hacia 1831, el grabador japonés Katsushika Hokusai publicó una estampa que hoy está en tazas, camisetas, fundas de móvil y emojis: «La gran ola de Kanagawa». Una ola enorme, con la cresta llena de dedos de espuma, a punto de caer sobre unas barcas de pescadores. Al fondo, pequeño, el monte Fuji.
Lo que mucha gente no mira es a los pescadores. Están dentro de las barcas, agachados, agarrados a los remos, con la ola encima. No intentan huir. No pueden. Lo único que hacen es agacharse y esperar a que pase.
Esa es la otra cara de «ride the wave». La expresión inglesa tiene, como dice Mike, un doble sentido: surfear la ola, sí, pero también aguantar lo que venga, montarte encima del momento en lugar de pelearte con él. Los pescadores de Hokusai no surfean. Aguantan. Y la estampa, curiosamente, no muestra si sobreviven. Se queda en el segundo anterior.
Surfear la urgencia
Hay una técnica de terapia que se llama, precisamente, surfear la ola. En inglés, urge surfing.
Se usa en algunos programas de atención plena y de prevención de recaídas en adicciones. La idea es muy sencilla de explicar y bastante difícil de practicar. Cuando sientes una urgencia muy fuerte, de beber, de fumar, de escribir a tu ex a las tres de la mañana, en lugar de luchar contra ella o ceder de inmediato, la observas. Notas dónde está en el cuerpo. Ves cómo sube. Y esperas, sabiendo que las urgencias, como las olas, llegan a un punto alto y luego bajan.
No es magia. No funciona siempre. Y no sustituye a la ayuda de un profesional cuando la cosa es seria. Pero tiene algo de verdad que conecta con la canción de Mike: las emociones intensas no son eternas, aunque lo parezcan mientras te pasan por encima.
El planeta no dice que Mike pensara en esta técnica al escribir el texto. No hay ningún dato que lo diga. Pero la coincidencia de nombre es demasiado bonita para no apuntarla.
Olas de aquí
España tiene olas de sobra para surfear, aunque en los mapas turísticos salgan más los chiringuitos.
En el Cantábrico, los surfistas hablan de Mundaka, en Bizkaia, con una ola izquierda en la desembocadura de la ría que tiene fama internacional. De Zarautz, en Gipuzkoa, con su playa larguísima y sus escuelas de surf. De Somo, en la bahía de Santander. En Canarias, de las olas volcánicas del norte de Lanzarote y de Fuerteventura, con agua más cálida y viento de sobra.
Hay algo muy GAYFOLK en la idea de que el mar de verdad, el que tiene olas, esté en los sitios menos de postal. Lejos de las tumbonas. Con neopreno y frío. El planeta tiene una página dedicada a Canarias, y en esas playas negras de lava también cabe la canción.
La ficha de Mike propone otros escenarios más tranquilos: en la playa al atardecer, con los cascos puestos. En el tren de vuelta a casa después de un fin de semana largo. En la bañera, con una vela y el móvil lejos. Ninguno exige saber surfear. Solo exige dejar de remar.
Sin miedo y sin control
Hay otra frase del texto que el planeta quiere citar, porque define lo que el planeta Gayfolk ha querido ser desde el principio:

«On the planet called GAYFOLK, there's no fear, no control — only freedom, rhythm, and light.»
Sin miedo y sin control. Solo libertad, ritmo y luz.
Mike la comenta en su ficha diciendo que el planeta aparece aquí como lo que siempre ha querido ser. Y es verdad. En un catálogo lleno de canciones sobre personas que controlan, que castigan, que vigilan, la palabra control tiene un peso enorme. Muchas letras de Mike hablan de relaciones donde todo era control: dónde estás, con quién hablas, por qué tardas, qué te has puesto.
Que el planeta se defina por la ausencia de control es una declaración política y personal a la vez. Es decir que, después de todo eso, el sitio al que se quiere llegar es uno donde nadie te lleva la cuenta.
En un texto sobre el agua, además, la idea tiene un sentido literal. El agua no se puede controlar. Si cierras el puño, se escapa.
La pieza tranquila del repertorio
Mike lo dice con humor: en un repertorio lleno de exes, bañadores robados y ajustes de cuentas, una canción así se agradece.
Es cierto. El catálogo del planeta es ruidoso. Tiene narcisistas en despachos con lámparas verdes, vampiros emocionales, ataúdes de neón, cartas de recomendación envenenadas. Tiene mucha rabia, y la rabia es necesaria. Pero un planeta donde solo hay tormenta no es un sitio donde se pueda vivir.
«Ride the Wave» forma parte de una pequeña familia de piezas tranquilas, casi todas en inglés. Está «Flow We Glow», que el diario leyó como un manual para hacer el muerto en el mar. Está «The Northern Lights», con su latido de reggae y su humo. Está «Whisper Fade», un susurro que se pierde entre galaxias. El diario tiene incluso una nota sobre canciones para relajarse que reúne varias de ellas.
Son la otra mitad del planeta. La playa después del temporal. Las que se ponen cuando ya no queda nada que gritar y lo único que apetece es tumbarse boca arriba y mirar el techo, o el cielo, según dónde te haya pillado el final de la tormenta.
Por qué sube y baja
Las mareas tienen una explicación que se aprende en el colegio y se olvida enseguida: la luna.
La gravedad de la luna, y en menor medida la del sol, tira del agua de los océanos. En la parte de la Tierra que mira a la luna, el agua se abomba. En la parte contraria, también, por una cuestión de fuerzas que los profesores de Física explican con dibujos de flechas. Mientras la Tierra gira, cada costa pasa por esos abombamientos dos veces al día. Por eso hay dos pleamares y dos bajamares, más o menos cada doce horas y pico.
En el Mediterráneo apenas se notan. En el Cantábrico, en cambio, la diferencia entre la marea alta y la baja puede ser de varios metros. Playas enteras aparecen y desaparecen. Hay islotes a los que se llega andando por la mañana y que por la tarde están rodeados de agua.
El planeta encuentra en eso una metáfora que no necesita mucha explicación. Hay épocas de la vida que son de marea alta, con el agua hasta el cuello. Y épocas de bajamar, en las que aparece la arena y se puede caminar. Ninguna de las dos es para siempre. La luna sigue tirando.
Banderas en la orilla
En las playas españolas con socorrista hay un mástil con una bandera. Verde, amarilla o roja.

Verde quiere decir que el baño es libre. Amarilla, que hay que tener precaución. Roja, que está prohibido bañarse. Es un código tan sencillo que lo entienden los niños de cuatro años y los guiris recién bajados del avión.
El planeta piensa que la salud mental necesitaría algo parecido. Una bandera en la puerta de casa que avisara a los demás de cómo está el mar por dentro. Hoy verde, podéis venir. Hoy amarilla, venid con cuidado. Hoy roja, por favor, no me pidáis nada.
«Ride the Wave», según el texto que la acompaña, es una canción de bandera verde. Para los días en que el agua está en calma y se puede flotar. Pero el propio hecho de que exista una canción así en un catálogo tan lleno de banderas rojas dice algo. Que el mar cambia. Que después de la roja, algún día, llega la verde.
La bañera, el tren, la playa
Mike da tres escenarios concretos para la canción: la playa al atardecer, el tren de vuelta a casa después de un fin de semana largo, la bañera con una vela y el móvil lejos.
El tercero es el más interesante, porque es el más doméstico y el más difícil. Cualquiera puede relajarse en una playa al atardecer. Lo complicado es relajarse en casa, un martes, con la ropa sucia en el cesto, los correos sin contestar y el móvil vibrando en la otra habitación.
La bañera es el único mar que tiene la mayoría de la gente que vive en un piso. Un mar de ciento cincuenta litros, con un tapón y un grifo que gotea. Meterse dentro con una canción tranquila es una forma de hacer el mismo gesto que el chico de la orilla al amanecer, pero sin discoteca y sin arena.
Y lo de dejar el móvil lejos es, probablemente, el consejo más útil de toda la ficha. El móvil es la ola que no para nunca. Notificaciones, mensajes, noticias, vídeos. Una marea constante que no tiene tabla.
Cuatro minutos
Un detalle técnico que el planeta no quiere dejar pasar: el videoclip de «Ride the Wave» dura más de cuatro minutos. En un catálogo donde muchos temas rondan los tres, eso tiene su significado.
Una canción tranquila necesita tiempo. No se puede relajar a nadie en dos minutos y medio. El cuerpo tarda en soltar los hombros, en bajar las pulsaciones, en dejar de pensar en la lista de la compra. Las canciones de fiesta pueden ser cortas porque el subidón es inmediato. Las de calma tienen que durar lo suficiente para que el cuerpo se dé cuenta de que puede parar.
Cuatro minutos y ocho segundos dan para mucho si uno se deja. Para una ducha entera. Para el trayecto de metro entre Sol y Moncloa con algún transbordo de por medio. Para fumarse el último cigarro en el balcón antes de acostarse, mirando las ventanas de enfrente que se van apagando. Para llorar un poco, si hace falta, y que dé tiempo a que se pase.
Hay quien pone la misma canción tranquila en bucle durante una hora entera, como quien deja el sonido de la lluvia de fondo para dormir. Si «Ride the Wave» sirve para eso, el planeta no tiene nada que objetar. Las olas, al fin y al cabo, también se repiten. Esa es su gracia: siempre vuelve otra.
Autoparodia de surfista
Confesión de la casa: el planeta intentó aprender a surfear una vez, en Somo, con un neopreno alquilado que le quedaba dos tallas pequeño y le hacía parecer una morcilla de Burgos.

Se pasó dos horas tragando agua salada. Consiguió ponerse de pie en la tabla exactamente una vez, durante un segundo y medio, antes de caer de cara contra una ola que medía como mucho medio metro. El monitor, un chaval de veinte años con rastas, le dijo que lo había hecho muy bien. Mentía con mucho cariño.
Desde entonces, el planeta solo surfea olas metafóricas. Y la verdad es que se le dan igual de mal. Pero al menos no tiene que ponerse el neopreno.
Llevar el aire contenido
Mike termina su ficha con una indicación que el planeta quiere subrayar: ponla en cualquier momento en el que notes que llevas demasiado tiempo conteniendo el aire.
Contener el aire. Es lo que hace el cuerpo cuando tiene miedo, cuando está tenso, cuando espera un golpe. Se respira poco, arriba, en el pecho. Los hombros suben. La mandíbula se aprieta. Mucha gente vive así durante semanas o meses sin darse cuenta, hasta que un día le duele la espalda sin motivo o se despierta con los dientes destrozados de apretar.
Respirar despacio, con la tripa, es una de las cosas más sencillas que se pueden hacer para calmar un poco el cuerpo. No cura nada. Pero ayuda.
Y si lo que contienes es algo más grande, si llevas tiempo con una angustia que no se va, con la sensación de que la ola te va a tragar, no lo cargues solo. Habla con alguien. Busca un profesional. Y si en algún momento piensas en hacerte daño, en España existe el 024, gratis y a cualquier hora. En caso de emergencia, el 112. Hay gente que sabe ayudarte a salir del agua.
El sitio al que perteneces
La última frase del texto de presentación es una invitación:
«Let the wave take you where you belong.»
Deja que la ola te lleve al sitio al que perteneces.
Mike la comenta en su ficha con una idea sencilla: no hace falta remar. Basta con subirse.
El planeta, que es un poco desconfiado de los mensajes demasiado bonitos, añade una matiz. No todas las olas te llevan a buen sitio. Algunas te estampan contra las rocas. Por eso existen las tablas de mareas, los socorristas y las banderas rojas. Dejarse llevar está bien cuando el mar es amable. Cuando no lo es, hay que pedir ayuda.
Pero hay días en que el mar sí es amable. Días en que la ola viene suave, el agua está templada y el cielo tiene ese color de neón que se apaga al amanecer. Para esos días es esta canción.
Los datos, en bajamar
El single tiene videoclip oficial, de 4:08, uno de los más largos de esta parte del catálogo. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en noviembre de 2025. La ficha del single lo fecha el 24 de mayo de 2026. Se puede escuchar en Spotify y bajarlo gratis desde la web.
Está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. Sus palabras son de Mike, sin IA; la música y las voces se han hecho con herramientas como Suno, tal como explica la página de prensa.
Pleamar
Vuelta a la tabla de mareas. Pleamar a las 06:42.
A esa hora, en la orilla, alguien que acaba de salir de una discoteca se sienta en la arena con los zapatos en la mano. Tiene el pelo pegado de sudor y los oídos todavía zumbando. El mar sube despacio hasta mojarle los pies.
No hace nada. No se levanta. No se aparta.
Respira.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Ride the Wave»?
Según el texto que Mike publica con la canción, es una pieza chill out para volver a respirar: una travesía entre luz y agua donde el cuerpo se mueve, el alma escucha y el pasado se disuelve en color. La letra completa todavía no está publicada en gayfolkplanet.com; este post cita solo ese texto de presentación.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», el tercer acto de la trilogía GAYFOLK. Es la pista 243 de la discografía de la web y la ficha del single lo fecha el 24 de mayo de 2026.
¿Tiene videoclip?
Sí, un videoclip oficial de 4:08. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en noviembre de 2025.
¿Qué es «surfear la ola» en terapia?
Es una técnica usada en algunos enfoques de atención plena y prevención de recaídas: en lugar de luchar contra una urgencia o una emoción intensa, se observa cómo sube, llega a su punto más alto y baja, como una ola. No sustituye a la ayuda profesional.
¿Quién la ha hecho?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Sus textos son suyos y están escritos sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.