Planeta Gayfolk

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Ropa que gira en el aire, aros de luz sobre la azotea y un túnel en espiral: los remolinos de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Barcelona»: una figura de espaldas en una azotea de noche hace girar dos aros de luz de colores alrededor de su cuerpo, con agujas góticas iluminadas al fondo

Hay noches en las que la cabeza se convierte en un desagüe. Todo lo que pasó durante el día, y lo que pasó hace años, y lo que podría pasar mañana, empieza a dar vueltas en el mismo sentido, cada vez más rápido, hacia un agujero que no se ve. Uno cierra los ojos y el giro continúa. Se da la vuelta en la cama y el giro continúa. Es como si alguien hubiera quitado el tapón de una bañera llena de pensamientos.

Conocido como «el primer cantautor IA», Mike Sain't Louis reúne las tareas de letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y entre sus canciones hay una canción que describe con enorme precisión ese remolino interior. Pero el giro aparece también en otros lugares de Planeta Gayfolk, a veces como angustia y a veces como baile. Este recorrido sigue esos remolinos, y la canción que pone el primer círculo es «Ruido en mi mente».

Correr en círculos

«Ruido en mi mente» está llena de imágenes de encierro: un laberinto, espejos partidos, un muro que el propio narrador construye. Pero hay un verso que define el movimiento de toda la canción, y es el que da título a este paseo: «Corro en círculos en un sueño sin red». Correr sin avanzar. Esforzarse muchísimo para volver siempre al mismo punto. Y hacerlo, además, sin ninguna protección debajo, como un trapecista al que le han quitado la malla.

Retrato en blanco y negro de Mike Sain't Louis junto a un brocal de piedra con un planeta rosa reflejado, al lado del verso «Corro en círculos en un sueño sin red» de «Ruido en mi mente»

Es una descripción exacta de lo que los psicólogos llaman rumiación. La mente vuelve una y otra vez sobre los mismos pensamientos, casi siempre dolorosos, sin llegar nunca a una conclusión. No se trata de reflexionar, que tiene una dirección y un final. Se trata de girar. El pensamiento entra en una órbita de la que no sabe salir.

El estribillo lo repite con la insistencia propia del remolino. «Ruido ruido ruido en mi mente otra vez», tres veces la misma palabra antes de llegar a la queja. Y después: cierro los ojos, pero esta vez tampoco se va.

Ropa que gira en el aire

El vídeo de «Ruido en mi mente» traduce ese giro en una de sus imágenes más extrañas. Sobre un suelo blanco y rugoso, como nieve o como la superficie de otro planeta, se levanta una especie de torbellino de color hueso, formado por capas superpuestas que se ensanchan hacia arriba. Alrededor, flotando en el aire oscuro, vuelan prendas de ropa: telas azules, granates, mostaza, moradas, como si un armario entero hubiera sido aspirado por el viento.

Fotograma del videoclip de «Ruido en mi mente»: un torbellino blanco de capas superpuestas se levanta sobre un suelo nevado mientras prendas azules, granates y moradas vuelan a su alrededor, junto a tres miniaturas del mismo torbellino, un túnel en espiral de objetos de colores y un río de lava que baja hasta el mar

Es una imagen inquietante y a la vez casi divertida. Hay algo de lavadora cósmica en ella, de centrifugado gigantesco. Y tiene mucho sentido dentro de la canción. La ropa es lo más cercano al cuerpo, lo que nos ponemos cada mañana, lo que nos identifica. Verla arrancada y girando en el vacío es ver la vida cotidiana descontrolada, levantada del suelo por una fuerza que no se puede detener.

En algunos planos, las prendas caen sobre la nieve y quedan arrugadas, como después de una tormenta. En otros siguen subiendo. El torbellino no parece tener intención de parar.

Un túnel en espiral

Otro plano del mismo vídeo lleva el remolino al interior. La cámara mira hacia el centro de un túnel formado por anillos concéntricos de objetos: cajas, papeles, piezas de colores, fragmentos que parecen sacados de una farmacia o de un archivo. Todo gira alrededor de un agujero negro en el centro. La sensación es de caída, de estar siendo absorbido.

Es la imagen visual del laberinto del que habla la letra. Quiero escaparme, dice el narrador, pero la salida se ríe de otra manera. Cada paso le vuelve a atrapar. Y el túnel en espiral es eso: un camino que parece llevar a algún sitio y en realidad se enrosca sobre sí mismo, cada vuelta más estrecha que la anterior.

Un río de fuego hacia el mar

Hay en el vídeo un plano que no gira, pero que fluye con la misma inevitabilidad. Desde el aire se ve una costa verde y escarpada, y por ella baja un río de lava naranja que llega hasta el mar levantando columnas de vapor blanco. El fuego avanza lento, sin que nada pueda pararlo, y se encuentra con el agua.

Me parece una imagen poderosa para hablar de lo que ocurre cuando el remolino interior no encuentra salida. La presión se acumula hasta que algo se desborda. Puede ser una crisis de ansiedad, un ataque de llanto, una explosión de rabia. El vapor que sube al tocar el mar es casi un alivio: el fuego, por fin, encuentra algo que lo enfríe.

El reloj parado

La letra de «Ruido en mi mente» empieza con una imagen paradójica. Un reloj parado que grita su tic. Es una contradicción perfecta: el tiempo se ha detenido y sin embargo sigue sonando. Como esos recuerdos que ya no avanzan, que se quedaron congelados en un momento concreto, y que no dejan de repetirse en la cabeza.

Quien ha vivido un trauma conoce bien ese reloj. El tiempo sigue pasando fuera, los meses y los años se suceden, pero por dentro hay un momento que no termina nunca. Y alrededor de ese momento gira todo lo demás, como el agua alrededor del sumidero.

Unas líneas más abajo aparece otra imagen muy fuerte: el pasado sentado al filo de la cama. No en un rincón lejano, no en una caja guardada en el trastero. Ahí mismo, junto a la almohada, recordándole cada noche quién manda.

Aros de luz sobre la azotea

Pero no todos los giros de Planeta Gayfolk son angustiosos. En el vídeo de «Barcelona» hay un plano que muestra el remolino en su versión más festiva. Una azotea de noche, con farolas encendidas y, al fondo, las agujas de un templo gótico iluminadas. En el centro, una figura de espaldas, con los brazos abiertos, hace girar a su alrededor dos aros de luz: uno de colores cálidos a la altura del pecho, otro azul y verde a la altura de las caderas.

Fotograma del videoclip de «Barcelona»: una figura de espaldas en una azotea nocturna hace girar aros de luz alrededor de su cuerpo ante agujas góticas iluminadas, junto a tres miniaturas de la misma azotea, una silueta dentro de un círculo naranja junto a un ventanal y haces de luz sobre una pista

Los aros dejan estelas en el aire, como si el cuerpo estuviera rodeado de anillos planetarios. Es exactamente el mismo movimiento que el del torbellino de ropa, girar y girar, pero aquí el giro es voluntario. Lo controla quien lo hace. Y en lugar de arrastrar, ilumina.

En otro plano, en el interior de un edificio con grandes ventanales, otra silueta a contraluz gira dentro de un círculo de luz naranja, mientras líneas de neón azul cruzan el suelo. Es casi una coreografía de patinaje, elegante, controlada, alegre.

Girar en la pista

La letra de «Barcelona» transcurre en una noche de baile. Habla de luces de la ciudad, de un corazón que se salta un latido, de dos cuerpos que se mueven juntos y se liberan con la música. Y el giro forma parte esencial de ese baile. Dar vueltas en la pista, dejarse llevar por la mano de otra persona, perder un poco el equilibrio a propósito.

En «Tattoo de fénix» el giro se convierte directamente en invitación. «Gira conmigo, en este baile, movidito», repite el estribillo, una y otra vez. Es una propuesta de juego, de complicidad, de mareo compartido. Girar con alguien es confiar en que no te va a soltar.

Y en «Chihuahua», donde un hombre sale de noche a la discoteca con su compañero de cuatro patas, el giro lo pone quien pincha: «The DJ spins», dice la letra, el DJ hace girar los discos. Del plato del tocadiscos a los pies de la pista, todo da vueltas por pura alegría física.

Dos formas de dar vueltas

Lo que me fascina de estos remolinos es que el movimiento es el mismo y el sentido es opuesto. En «Ruido en mi mente», girar es estar atrapado. En «Barcelona», «Tattoo de fénix» o «Chihuahua», girar es estar libre. La diferencia no está en el giro, sino en quién lo dirige.

Cuando el pensamiento gira solo, sin que podamos detenerlo, nos marea y nos agota. Cuando somos nosotros quienes elegimos girar, con música, con otra persona, con un perro que salta a nuestro lado, el mareo se vuelve placentero. Los derviches giróvagos de la tradición sufí lo saben desde hace siglos: dan vueltas sobre sí mismos durante largos minutos y lo viven como una forma de meditación, de encuentro con algo más grande.

Quizá una de las tareas de quien vive con ansiedad sea precisamente esa: aprender a pasar del giro que arrastra al giro que se elige. No se trata de dejar de dar vueltas, que es imposible, sino de recuperar el control del eje.

El agua que se va por el desagüe

Hay un fenómeno físico que cualquiera puede observar en casa: cuando se quita el tapón de una bañera, el agua empieza a girar alrededor del desagüe y forma un pequeño remolino, con un hueco de aire en el centro. Durante mucho tiempo se dijo que el sentido del giro dependía del hemisferio, pero en un recipiente tan pequeño lo deciden otras cosas: la forma de la bañera, el último movimiento del agua, un empujón accidental.

Me gusta esa imagen para pensar en los pensamientos circulares. No giran en un sentido porque una ley universal lo exija. Giran así por una mezcla de historia personal, de costumbre, de cosas que pasaron hace tiempo y dejaron una inercia. Y del mismo modo que basta meter la mano en la bañera para cambiar el sentido del remolino, a veces basta una intervención pequeña, una conversación, un paseo, un tratamiento indicado por quien sabe, para alterar el giro de la cabeza.

Los molinos de la llanura

En el paisaje español hay otros remolinos que nadie llama así: los molinos. Los de viento, blancos, alineados en las crestas de la Mancha, y los aerogeneradores modernos que hoy giran en casi todas las sierras. Sus aspas dan vueltas día y noche, y con ese giro producen algo útil: harina en un caso, electricidad en el otro.

Es una idea consoladora. El movimiento circular no tiene por qué ser estéril. Puede transformar la fuerza del viento en energía. Muchas personas que han atravesado épocas de ansiedad cuentan que, con el tiempo y con ayuda, aprendieron a convertir parte de esa inquietud en otra cosa: escritura, dibujo, música, cuidado de los demás. No es que el giro desapareciera. Es que encontró un molino.

Las canciones de Mike tienen algo de eso. «Ruido en mi mente» nace del torbellino, pero al convertirse en canción deja de ser solo un tormento privado y se transforma en algo que otras personas pueden escuchar y reconocer.

La noria de la feria

Y está, por supuesto, la noria. El remolino vertical de las ferias, que sube despacio, se detiene arriba un momento para que se vea toda la ciudad iluminada y vuelve a bajar. Hay quien se marea y hay quien espera todo el año para montarse. En la cabina, apretados, muchos se han dado su primer beso, aprovechando esos segundos en lo alto.

La noria es un giro que se elige y que tiene un final. Uno sabe cuándo se sube y sabe que en unos minutos volverá a pisar el suelo. Quizá por eso no asusta: porque el círculo está acotado. Lo terrible de los pensamientos que no paran es que no parece haber taquilla de salida. Por eso es tan importante recordar que la hay, aunque desde dentro no se vea.

Remolinos en el pelo

Hay un remolino que casi todo el mundo lleva encima sin pensar en él: el del pelo. Ese punto en la coronilla donde el cabello nace en espiral y se niega a quedarse peinado. De pequeños, a muchos nos lo intentaron domar con agua y colonia antes de ir al colegio, y él volvía a levantarse en cuanto se secaba.

Me hace gracia pensar que llevamos de serie un pequeño torbellino en la cabeza, por fuera, mucho antes de que aparezcan los de dentro. Y que ese remolino capilar, por mucho que se intente aplastar, termina siempre saliéndose con la suya. Hay algo en él de rebeldía tranquila, de forma propia que no se deja corregir. Quizá los otros remolinos, los del pensamiento, también tengan algo que decirnos si dejamos de pelear contra ellos a manotazos y aprendemos a peinarlos con paciencia.

Los peluqueros saben que un remolino no se elimina: se respeta. Se corta el pelo siguiendo su dirección, se elige un peinado que lo aproveche en lugar de esconderlo. Con la ansiedad ocurre algo parecido. Los buenos terapeutas no prometen arrancarla de raíz, sino ayudar a convivir con ella de una forma que no duela tanto, a encontrar el corte que le sienta bien a cada cabeza.

Espejos partidos

La canción vuelve una y otra vez a la imagen del reflejo. El narrador sigue cayendo en espejos rotos donde su reflejo aparece herido. Se pregunta si la realidad es verdad o un truco, si lo que ve es real o el eco de algo que no puede olvidar.

Esos espejos también giran, en cierto modo. Un espejo roto multiplica la imagen, la fragmenta en pedazos que apuntan en direcciones distintas. Quien se mira en él no se ve entero, sino repartido en muchos trozos, cada uno con un ángulo diferente. Es una buena metáfora de cómo se siente alguien después de años de manipulación psicológica: ya no sabe cuál de sus reflejos es el verdadero.

Los fantasmas que gritan

En el puente de la canción aparecen los fantasmas propios, que no dejan de gritar. No son fantasmas de película. Son los recuerdos, los diálogos interiores, las frases que alguien nos dijo y que se quedaron dentro repitiéndose. Esas frases suelen ser las que alimentan el remolino. Una crítica, un insulto, una humillación, y la cabeza las hace girar durante años.

Quien ha sufrido maltrato psicológico conoce bien ese mecanismo. Las palabras del agresor se instalan dentro y siguen sonando mucho después de que la relación haya terminado. Uno se sorprende juzgándose con las mismas expresiones que usaba la otra persona. El silencio, dice la canción, me juzga y se ríe sin fe.

Un muro para verse después

El final de «Ruido en mi mente» tiene una imagen ambigua y muy bonita. El narrador construye un muro para verse después. No está claro si el muro es una protección o una cárcel. Quizá las dos cosas. Construir una barrera para resguardarse del ruido y, al otro lado, tener por fin un lugar donde mirarse con calma.

Mike Sain't Louis con gorra azul y camiseta negra con letras rojas en un callejón nocturno de piedra con un espejo dorado, junto al verso «Construyo un muro para verme después» de «Ruido en mi mente»

Y aun así, dice la última línea, siempre acaba cayendo aunque no lo desee. La canción no ofrece una salida fácil. No termina con una victoria sobre el remolino. Termina con la constatación honesta de que a veces uno vuelve a caer. Y esa honestidad es, en sí misma, una forma de compañía para quien está pasando por algo parecido.

Romper el círculo

Existen herramientas para frenar la rumiación. La terapia cognitiva enseña a reconocer cuándo empieza el giro y a poner nombre a los pensamientos que lo alimentan. Algunas personas encuentran útil escribir lo que les da vueltas, para sacarlo de la cabeza y verlo en el papel. Otras recurren al movimiento físico: caminar, nadar, bailar. El cuerpo en acción a veces consigue interrumpir el centrifugado mental.

Hay también técnicas de atención plena que proponen observar los pensamientos sin engancharse a ellos, como quien mira pasar nubes. Y está, sobre todo, la posibilidad de hablar. Contarle a otra persona lo que nos ronda puede ser suficiente para que el remolino pierda velocidad.

Ninguna de estas herramientas funciona de un día para otro, ni sustituye a la ayuda profesional cuando hace falta. Pero todas tienen algo en común: intentan cambiar el giro que arrastra por un movimiento que se elige.

El eje de cada uno

Detrás de esta canción hay una biografía que Mike ha decidido no esconder. Pasó cerca de veinte años atrapado en dos parejas sucesivas, ambas con hombres de perfil narcisista, que le sometieron a un desgaste psicológico continuo. Al atreverse a hablar se topó con un vacío: esos hombres habían ido envenenando la opinión de amigos y conocidos, y una parte de ellos le retiró la confianza. Hubo un momento en que el suicidio le pareció la única salida. Hoy cuenta con apoyo psiquiátrico y psicológico, y los diagnósticos incluyen estrés postraumático, una depresión mayor de carácter grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. «Ruido en mi mente» habla desde dentro de ese remolino.

Si tu cabeza tampoco deja de dar vueltas y sientes que el giro te arrastra cada vez más abajo, no esperes a tocar el fondo para pedir ayuda. Habla con alguien de tu confianza o pide cita con tu médico. Si en algún momento aparece la idea del suicidio, en España existe el 024, una línea gratuita que no cierra nunca y que no revela quién llama. Si la situación es de urgencia, llama al 112.

Para escucharlas y quedárselas

El vídeo completo de «Ruido en mi mente», con su torbellino de ropa y su túnel en espiral, está en su página. Además está subida a Spotify. Las otras tres canciones de este recorrido se oyen enteras en sus fichas, y todo lo demás aguarda en el catálogo.

Quien quiera guardarlas en su móvil o en su ordenador puede hacerlo sin pagar un céntimo ni dar su correo, desde la tienda de esta misma web o desde mikesaintlouis.com/descargas. Los medios tienen a su disposición la sección de prensa.

La última vuelta

Vuelvo a la azotea de «Barcelona». La figura de espaldas, los brazos abiertos, los dos aros de luz girando a su alrededor bajo el cielo nocturno. Ese cuerpo es el centro de su propio remolino. Nada le arrastra. Es él quien hace girar la luz.

Quizá eso sea lo que buscan, al final, todos los remolinos de Planeta Gayfolk. Pasar del torbellino que se lleva la ropa al aro que uno sostiene. Del túnel que se traga la cámara a la pista donde alguien te dice gira conmigo. El giro va a seguir, porque la vida da vueltas. Pero se puede aprender a bailarlo.

Preguntas frecuentes

¿Qué remolinos aparecen en los vídeos de Mike Sain't Louis?

En «Ruido en mi mente» un torbellino blanco arrastra prendas de colores sobre un suelo nevado y un túnel en espiral parece tragarse la cámara. En «Barcelona» una figura de espaldas hace girar aros de luz en una azotea nocturna y otra gira dentro de un círculo naranja junto a un ventanal.

¿De qué habla «Ruido en mi mente»?

De una cabeza llena de ecos que no se callan: un reloj parado que sigue sonando, un pasado sentado al borde de la cama, espejos rotos, un laberinto sin salida. Describe con imágenes muy físicas la ansiedad y los pensamientos que vuelven una y otra vez.

¿Qué es la rumiación?

Es la tendencia a darle vueltas a los mismos pensamientos negativos sin llegar a ninguna solución. Aparece con frecuencia en la depresión, la ansiedad y el estrés postraumático, y se trabaja bien en terapia psicológica.

¿Dónde puedo escuchar o descargar estas canciones?

Cada una tiene su ficha en gayfolkplanet.com para escucharla completa. Bajarlas no cuesta nada: están en la tienda de la web y en la sección de descargas de mikesaintlouis.com, y también en Spotify.

¿Qué hago si no consigo parar los pensamientos?

Si los pensamientos repetitivos te impiden dormir o vivir con normalidad, consúltalo con tu médico o con un psicólogo. Si en esos círculos aparece la idea de quitarte la vida, en España el 024 responde gratis, a cualquier hora y con discreción; ante un peligro inmediato, el 112.

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