Letras
Un cuerpo tendido bajo los focos, una figura que cae en el humo blanco y un codo que se apoya en el suelo: las caídas de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Los niños pequeños se caen cientos de veces antes de aprender a andar. Se caen de culo, de lado, hacia delante. Lloran un poco, a veces ni eso, y vuelven a intentarlo. Nadie les dice que han fracasado. Todo el mundo entiende que caerse es parte del aprendizaje, que el cuerpo necesita perder el equilibrio muchas veces para descubrir dónde está.
De mayores olvidamos esa lección. Caerse empieza a dar vergüenza. Duele más, tarda más en curarse, y sobre todo nos asusta lo que piensen los demás. Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), llenó de caídas el videoclip de «Gaslighting». Cuerpos que se desploman, que quedan tendidos en el suelo de un hangar, que tardan en moverse. Y luego, despacio, cuerpos que se incorporan. Esta es una mirada a las caídas de Planeta Gayfolk.
El suelo que se mueve
La canción habla de una forma muy concreta de maltrato psicológico. En inglés se llama gaslighting, y en castellano se ha traducido como luz de gas, por una vieja película en la que un marido manipula las lámparas de la casa y luego convence a su esposa de que la luz no ha cambiado, de que todo está en su cabeza.

Quien lo ha vivido lo describe casi siempre con palabras de equilibrio. Sentir que el suelo se mueve. Que no hay dónde apoyarse. Que lo que uno recuerda con total claridad, el otro lo niega con tanta seguridad que al final se duda. La letra lo dice en sus primeros versos, con la frase que repite quien manipula: que no pasó, «Que lo soñé, que todo fui yo».
Esa frase es un empujón. No se ve, no deja marca, pero desequilibra. Y quien la escucha muchas veces acaba perdiendo pie. Las caídas del vídeo son la traducción física de ese empujón invisible.
Una figura en el humo blanco
Hay un plano que me impresionó la primera vez que lo vi. La pantalla está casi entera blanca, cubierta por un humo espeso, y en el centro una figura oscura cae de lado, con un brazo extendido y las piernas dobladas. No se ve el suelo. No se ve contra qué cae. Solo el cuerpo en el aire, a punto de tocar algo que no aparece.
Ese humo blanco es otra manera de contar la luz de gas. Quien la sufre pierde las referencias. No sabe dónde está el límite de las cosas, qué es real y qué no, hacia dónde caerse para hacerse menos daño. Todo se vuelve neblina.
En el plano siguiente, la figura ya está en el suelo, boca abajo, casi borrada por el blanco. Parece que el humo se la va a tragar. Es una imagen dura. Pero el vídeo no se queda ahí.
Muchos cuerpos en el suelo
Más adelante, la cámara se aleja y descubrimos que no es una sola persona. Hay muchas. Están tendidas por todo el suelo del hangar, bajo una luz violeta, con los brazos y las piernas en posturas extrañas, unas encima de otras, como si una ola las hubiera derribado a la vez.

Me parece una de las decisiones más acertadas del vídeo. La luz de gas suele hacer sentir a sus víctimas que son las únicas, que lo suyo es raro, que nadie más lo entendería. Ese plano dice lo contrario: somos muchos los que hemos caído así. El suelo del hangar está lleno.
Las asociaciones que trabajan con supervivientes de maltrato psicológico repiten algo parecido. Uno de los momentos más importantes de la recuperación es conocer a otras personas que han pasado por lo mismo. Ver que la historia propia se parece a la de otros. Que no estaba loco. Que hubo un empujón.
Aprender a caer
En las artes marciales japonesas hay una técnica que se enseña antes que cualquier golpe: la caída. En el judo se llama ukemi. Los principiantes pasan semanas cayendo al tatami de todas las formas posibles, hacia atrás, de lado, rodando hacia delante, hasta que el cuerpo aprende a repartir el impacto y a levantarse enseguida.
La idea me parece muy sabia. Antes de aprender a ganar, se aprende a perder sin romperse. Se acepta que uno va a caer muchas veces y se entrena para que esas caídas hagan el menor daño posible.
En la vida no hay tatami. Nadie nos enseña a caer cuando nos empujan con palabras. Pero algo de esa técnica se puede aprender después, en terapia, con apoyo, con el tiempo. Reconocer la caída cuando llega. Proteger la cabeza. Apoyar las manos. Y no quedarse en el suelo más de lo necesario.
El codo que se apoya
La imagen de la portada es la que da sentido a todo este recorrido. Un local vacío, con mesas y sillas al fondo, cuatro focos azules que cruzan el humo y, en el centro del suelo pulido, una figura tumbada. Pero no está quieta del todo. Se apoya en un codo. Levanta un poco el tronco. Mira hacia arriba.
Es el primer movimiento después de una caída. El más difícil. Antes de ponerse de pie hay que incorporarse, y antes de incorporarse hay que apoyar algo en el suelo. Un codo, una mano, una rodilla. Ese gesto pequeño es la diferencia entre estar caído y empezar a levantarse.
Me gusta que el vídeo lo muestre sin prisa. No hay un salto espectacular, no hay música triunfal en ese instante. Solo un codo en el suelo y una mirada hacia los focos. A veces la recuperación empieza así, con algo tan pequeño que nadie lo ve.
Tu mentira no me va a callar
La primera estrofa de la canción sigue con una afirmación rotunda: lo que vi y lo que sentí lo sé bien. Y después llega un verso que cambia de dirección: «Tu mentira no me va a callar».
Es la respuesta al empujón. Quien manipula intenta que la otra persona dude, se calle, deje de insistir. La canción hace lo contrario. Recupera la memoria propia, la defiende y la pone por encima de la versión ajena.
Esa recuperación es, en el fondo, otra forma de levantarse. Durante la luz de gas, la víctima ha ido cediendo terreno: primero duda de un detalle, después de un día entero, al final de su propio criterio. Recuperar la confianza en lo que uno ha vivido es volver a pisar suelo firme.
Caer para brillar en la pista
En la cultura del ballroom, las competiciones de baile que nacieron en las comunidades negras y latinas LGTBI de Nueva York, hay un movimiento famoso que consiste precisamente en caer. Se llama dip, o también death drop. El bailarín, en mitad de la pasarela, se deja caer de espaldas hasta el suelo con una pierna doblada y la otra estirada, en un solo golpe de música.
Es una caída controlada, ensayada, y es uno de los momentos más celebrados de cualquier actuación. El público grita, aplaude, chasquea los dedos. Lo que en otro lugar sería un tropiezo, allí es un triunfo.
Me encanta esa inversión. Una comunidad que ha sido empujada al suelo tantas veces convirtió la caída en un gesto de orgullo. Caer, sí, pero cuando yo lo decido, con estilo y con todo el mundo mirando. La canción de Mike, que termina en una pista de baile, tiene algo de ese espíritu.
Los tacones y la prisión
La segunda estrofa de «Gaslighting» habla de pasos. Cada paso sobre el tacón, dice la letra, es un grito contra la prisión del otro. El tacón, que tantas veces se ha usado para burlarse de los hombres que lo llevan, aparece aquí como una herramienta de libertad.
Caminar con tacones exige equilibrio. Es fácil torcerse un tobillo, perder pie, caer. Quien camina bien sobre ellos ha tenido que practicar mucho, ha tenido que caerse unas cuantas veces. Por eso cada paso firme sobre un tacón tiene algo de victoria.
En el contexto de la canción, esos pasos son los de alguien que antes no se atrevía a moverse. Que tenía miedo a la crítica, a la burla, al castigo. Y que ahora camina, aunque se tambalee, aunque el suelo todavía tiemble un poco.
Las cadenas quedan atrás
Hay un verso que aparece junto a una de las imágenes de este texto: «Las cadenas quedan atrás». Es una frase de liberación clásica, pero en este vídeo tiene una lectura física muy clara. Muchas de las figuras que caen al suelo parecen inmovilizadas, como atadas, incapaces de moverse durante unos segundos.

Y luego se mueven. Primero un brazo, luego el tronco, luego las piernas. Se ponen de rodillas. Se levantan. Y en los planos finales las vemos de pie en la sala amarilla, con los brazos abiertos en cruz, ocupando todo el espacio.
Esa secuencia, de la caída a los brazos abiertos, resume la canción entera. No niega que hubo un momento en el suelo. No lo esconde. Pero lo coloca en el pasado. Las cadenas, ahora, están atrás.
Ícaro y el mar
La caída más famosa de la mitología griega es la de Ícaro. Su padre, Dédalo, le fabricó unas alas de plumas pegadas con cera para escapar de una isla donde estaban prisioneros, y le advirtió que no volara demasiado alto. Ícaro, embriagado por el vuelo, se acercó al sol, la cera se derritió y cayó al mar.
Durante siglos, esa historia se ha contado como una advertencia contra la ambición. No subas demasiado. No te creas más de lo que eres. Conténtate con volar bajo.
Pero hay otra manera de leerla, y me parece más cercana a la canción de Mike. Ícaro estaba encerrado. Las alas eran una forma de huir. Y aunque cayó, por un momento voló, fue libre, vio el mundo desde arriba. Quien ha salido de una relación de control conoce ese vértigo: la libertad recién estrenada puede dar miedo, puede hacer tropezar. Pero sigue siendo mejor que la isla.
Especialistas en caer
En el cine hay profesionales cuyo trabajo consiste en caer. Los especialistas se tiran por escaleras, ruedan sobre capós de coches, se desploman desde balcones. Lo hacen tantas veces que parece fácil, pero detrás de cada caída hay horas de ensayo, colchones escondidos, cálculos precisos y un equipo entero vigilando.
Lo que más me llama la atención de ese oficio es que nunca caen solos. Siempre hay alguien que comprueba el suelo, que coloca la protección, que está preparado para intervenir si algo sale mal. La caída parece individual, pero es un trabajo colectivo.
Me gustaría que las caídas de la vida funcionaran igual. Que hubiera siempre alguien revisando el suelo, alguien que pusiera un colchón debajo. A veces lo hay: amigas, terapeutas, grupos de apoyo, líneas de ayuda. Saber que existen cambia la forma de caer, porque se cae sabiendo que alguien va a acudir.
Una mano tendida
En casi todas las culturas hay un gesto que se entiende sin palabras: tender la mano a alguien que está en el suelo. Se hace en la calle cuando alguien tropieza, en el campo de fútbol cuando un rival cae, en el escenario cuando una compañera resbala. Es un gesto instintivo, casi automático.
Pero levantarse con ayuda tiene una condición: hay que aceptar la mano. Y eso, para quien ha sufrido luz de gas, no siempre es fácil. Después de tanto tiempo oyendo que uno exagera, que es demasiado, que molesta, cuesta creer que alguien quiera ayudar sin pedir nada a cambio.
Por eso me parece tan valioso cualquier gesto que haga visible esa mano. Una canción que dice esto me pasó a mí, una amiga que dice te creo, un profesional que escucha sin juzgar. Ninguno de ellos levanta a nadie por la fuerza. Solo están ahí, con la mano tendida, esperando a que la otra persona decida agarrarla.
La gravedad no es culpa de nadie
Hay una tendencia muy humana a culparse de las caídas. Si me caí, algo hice mal. Debí mirar por dónde pisaba. Debí ser más fuerte. Debí darme cuenta antes.
La luz de gas alimenta esa culpa de forma deliberada. Quien manipula convence a su víctima de que todo es responsabilidad suya, de que exagera, de que el problema es su sensibilidad. Y cuando por fin cae, la víctima se culpa también de la caída.
Pero hay caídas que no dependen de quien cae. Nadie se culpa por resbalar en un suelo que otro ha encerado a propósito. La canción de Mike lo dice con una frase muy simple: no soy tu culpa. La caída tuvo un responsable, y no fue quien estaba en el suelo.
Bailar solo en el hangar
Antes de las caídas, el vídeo muestra a varias personas bailando solas en el hangar. Cada una en su rincón, bajo su propio foco, sin tocarse. Algunas se llevan las manos a la cara. Otras miran al techo con los brazos levantados. Parecen perdidas en su propio movimiento.
Ese baile solitario es otra imagen de la luz de gas. Quien la sufre suele quedarse aislado. El manipulador aleja a la víctima de sus amigos, de su familia, de cualquiera que pudiera confirmar su versión. Y la víctima acaba bailando sola, en un espacio enorme, sin nadie que la sostenga.
Por eso es tan importante el plano final, cuando las figuras se levantan a la vez. Ya no están solas. Han caído juntas y se levantan juntas. El hangar, que antes parecía un lugar de aislamiento, se convierte en una pista compartida.
El otoño también es caer
En inglés, una de las palabras para el otoño es fall, que significa precisamente caída. Es la estación en la que caen las hojas, en la que los árboles se desprenden de lo que ya no les sirve para prepararse para el invierno. Nadie piensa que un árbol que pierde sus hojas está fracasando. Sabemos que es parte de un ciclo.
Me gusta mirar así algunas caídas. No como el final de algo, sino como un momento de desprendimiento. Se cae lo que ya no sostenía, lo que pesaba, lo que no era nuestro. Y debajo, aunque tarde, vuelve a brotar algo nuevo.
Las hojas caídas, además, alimentan la tierra. Se descomponen y se convierten en nutrientes para el árbol que las soltó. Hay caídas que, con el tiempo, se convierten en el suelo sobre el que se crece.
Caer en la cuenta
En castellano tenemos una expresión preciosa que mezcla caída y entendimiento: caer en la cuenta. Se dice cuando, de repente, algo que no entendíamos se vuelve claro. Una pieza encaja, la niebla se disipa, y vemos lo que antes no veíamos.

Para muchas víctimas de luz de gas, ese momento es decisivo. Un día leen un artículo, escuchan una canción, oyen a alguien contar algo parecido, y caen en la cuenta. Eso que me pasaba tiene nombre. No era yo. Había un patrón.
Esa caída sí es buena. Es la que abre la puerta para levantarse. Y es, quizá, la que Mike quiere provocar con sus canciones: que alguien, al escuchar «Gaslighting», caiga en la cuenta de lo que vive y empiece a buscar la salida.
De rodillas a de pie
Entre estar en el suelo y estar de pie hay una posición intermedia que solemos pasar por alto: de rodillas. Es una postura incómoda, a medio camino, que asociamos con la súplica o con la derrota. Pero en el proceso de levantarse es imprescindible.
En el vídeo, varias figuras pasan por ella. Se incorporan del suelo, quedan unos segundos de rodillas, con las manos apoyadas en los muslos, respirando. Y después se ponen de pie.
Me gusta pensar en esa pausa como un derecho. Nadie tiene que pasar del suelo a la pista de un salto. Se puede estar de rodillas un tiempo. Se puede descansar a mitad de camino. Lo importante es la dirección, no la velocidad.
Por qué Mike habla de caídas
Mike sabe de primera mano lo que es perder pie de esta manera. Vivió casi veinte años con dos parejas narcisistas, una detrás de otra, que lo maltrataron psicológicamente. Cuando por fin les puso nombre y lo contó, se encontró con que ellos ya habían sembrado dudas sobre él entre su gente, y varias personas cercanas se alejaron. Llegó a estar cerca de quitarse la vida. Desde entonces se trata, con ayuda especializada, de un estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno de personalidad por evitación. Sus canciones fueron, durante mucho tiempo, la única forma de contar su versión, y hoy las comparte para que nadie que esté en el suelo se crea solo.
Si te reconoces en estas caídas, apunta lo que vives, cuéntaselo a alguien de fuera que pueda escucharte sin juzgar y busca apoyo profesional. Salir es posible. Si en algún momento te pasa por la cabeza quitarte la vida, el 024 responde en España de forma gratuita, confidencial y a cualquier hora. Ante una emergencia, el 112.
Volver a la pista
El hangar entero, con sus láseres, su humo de colores y su sala amarilla, se puede ver en la página del videoclip, y la pista está también en Spotify. Para el capítulo siguiente de esta historia, el de cerrar la puerta y no mirar atrás, está «No Contact». «El descarte del narcisista» cuenta el momento en que te dejan tirado, y «Tattoo de fénix» habla de renacer de las cenizas. Todo lo demás está en el catálogo y en la videoteca.
«Gaslighting» se descarga gratis en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas. Para medios y periodistas, hay fotos y datos en la sala de prensa.
Mirar hacia los focos
Vuelvo a la figura de la portada, la del codo en el suelo. No sabemos cuánto tiempo lleva ahí. No sabemos quién la empujó ni cuántas veces ha caído antes. Solo sabemos que, en ese instante, está mirando hacia arriba, hacia los focos azules que cruzan el humo.
Las caídas de Planeta Gayfolk son reales. Hay cuerpos en el suelo, hay humo que lo borra todo, hay momentos en los que parece imposible moverse. Pero en casi todos esos planos hay también una luz encima. Y alguien que, poco a poco, levanta la cabeza para mirarla. Ese gesto, tan pequeño, es por donde empieza todo lo demás.
Preguntas frecuentes
¿Qué aparece en el videoclip de «Gaslighting»?
Un hangar oscuro lleno de humo de colores, láseres rosas y azules, máquinas recreativas al fondo y una sala con paredes amarillas. Varias personas bailan solas, se detienen, se llevan las manos a la cara, caen al suelo y, poco a poco, vuelven a levantarse con los brazos abiertos.
¿De qué trata la canción?
De la luz de gas, una forma de maltrato psicológico en la que alguien niega lo que ha pasado hasta que la otra persona duda de su propia memoria. La canción responde con un rotundo «gracias pero no», recupera la verdad propia y celebra la libertad en una pista de baile.
¿Por qué tantas caídas en el vídeo?
Porque la luz de gas desequilibra. Quien la sufre siente que el suelo se mueve bajo sus pies. Las caídas del vídeo muestran ese derrumbe, y los planos en los que las mismas figuras se incorporan muestran la otra mitad de la historia: volver a ponerse de pie.
¿Dónde puedo escuchar y descargar «Gaslighting»?
En su ficha de gayfolkplanet.com, con la letra y el vídeo. Se descarga gratis desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas, y está también en Spotify.
¿Qué hago si alguien me hace dudar de lo que he vivido?
Apunta lo que pasa, con fechas, y compártelo con alguien de confianza que pueda contrastarlo contigo. Un profesional de la psicología puede ayudarte a ordenar lo vivido. Si en algún momento piensas en quitarte la vida, llama al 024, gratuito y disponible en España a todas horas. En una emergencia, al 112.