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Un abrigo de espaldas en un ascensor dorado, sombreros entre la multitud y un tren que se pierde en el vapor: los abrigos de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «The Great Depression»: una figura de espaldas con abrigo de tweed y sombrero de fieltro dentro de un ascensor de paredes doradas, bajo una lámpara redonda

Hay una manera de saber cuánto ha durado un invierno sin mirar el calendario: mirar los abrigos. Los codos brillan de tanto roce, los botones cuelgan de un hilo, el bajo se ha descosido y nadie ha tenido tiempo de arreglarlo. Un abrigo viejo es un diario sin palabras. Lleva escrito cada día de frío, cada espera en una parada, cada vez que alguien se lo cerró hasta el cuello para que no le vieran temblar.

Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), abrió una de sus canciones más tristes con un abrigo así. Es «The Great Depression», una historia de amor entre dos hombres en el otoño de 1929, y su primera estrofa ya habla de un paño que se deshilacha. Lo que sigue es un paseo por los abrigos de Planeta Gayfolk de la mano de esa canción y de su videoclip: lanas gastadas, sombreros, espaldas, un ascensor dorado y un tren que se pierde entre el vapor.

Un paño que se deshilacha

La letra arranca en octubre, con un trago de ginebra barata que quema la garganta. El narrador lee los números del periódico, las cifras de la bolsa que se hunde, metido en un abrigo que se deshace por las costuras. En inglés lo dice en un solo verso: «I read the numbers in my fraying coat.»

Mike Sain't Louis con abrigo negro largo ante un escenario con foco rosa, junto al verso «I read the numbers in my fraying coat» de «The Great Depression»

Me parece una forma muy precisa de empezar. Antes de hablar del amor, antes del crac, antes de nada, la canción nos pone delante una prenda gastada. Sabemos enseguida que ese hombre no es rico, que su abrigo ya ha pasado varios inviernos, que lo que se derrumba en la bolsa le va a caer encima aunque nunca haya tenido acciones.

Un abrigo raído cuenta una economía entera. Cuenta que no hay dinero para otro, que se ha remendado lo que se ha podido, que la prioridad es comer. En los años treinta, millones de personas pasaron la década con la misma ropa de abrigo, heredada, prestada o comprada de segunda mano en mercadillos donde se amontonaban las prendas de quienes lo habían perdido todo.

Sombreros como orgullo

El segundo verso sigue con la ropa. Los hombres, dice la letra, sujetaban el sombrero igual que sujetaban su orgullo, con las dos manos y sin dejar que se cayera.

Es una imagen que se entiende sin traducción. En las fotografías de aquella época, las colas ante los bancos cerrados y los comedores sociales están llenas de hombres con sombrero. Gente sin trabajo, sin ahorros, sin casa a veces, que aun así salía a la calle con el fieltro bien puesto. El sombrero era lo último que se perdía. Era la prueba de que uno seguía siendo alguien.

Y quitárselo, apretarlo entre las manos, era un gesto de súplica. Se hacía ante el patrón que podía dar trabajo, ante el funcionario que repartía ayudas, ante la puerta cerrada de la oficina del banco. El orgullo, como el sombrero, se sujetaba fuerte para que no saliera volando con el viento de aquellos meses.

Espaldas con sombrero

El videoclip de «The Great Depression» está lleno de esas espaldas. Hay un plano en el que la cámara se queda detrás de un grupo de hombres frente a una verja de hierro. Todos llevan abrigo largo, oscuro, de paño grueso. Todos llevan sombrero o gorra. No vemos ninguna cara. Solo hombros caídos, cuellos subidos, una multitud que espera algo que no llega.

Fotogramas de «The Great Depression»: un hombre de espaldas con abrigo y sombrero junto a una ventana de ladrillo, y dos hombres de espaldas entre la multitud con las manos juntas detrás del cuerpo

En medio de ese grupo hay dos figuras más juntas que las demás. Están de espaldas, como todos, pero si uno mira con atención se da cuenta de que tienen las manos unidas detrás del cuerpo, escondidas entre los faldones de los abrigos. Nadie a su alrededor lo nota. Es un gesto mínimo, casi invisible, y por eso mismo enorme.

Ahí entiendo por qué el abrigo es tan importante en esta historia. No solo protege del frío. También tapa. Bajo esa lana gruesa, dos hombres pueden tocarse en mitad de la calle sin que nadie lo vea. El abrigo hace de habitación portátil, un cuarto propio en mitad de la multitud.

La muñeca entre la gente

La letra describe ese mismo gesto con otras palabras. Cuando la gente se agolpa, cuando la multitud empuja, alguien le sujeta la muñeca al narrador. No la mano, que se vería, sino la muñeca, que queda medio oculta bajo la manga del abrigo.

Hay toda una gramática del contacto escondido que las personas LGTBI han tenido que aprender durante siglos. Rozar un codo al pasar. Dejar la mano en el respaldo de un asiento. Sentarse un poco más cerca de lo normal. Gestos que no podían ser denunciados porque, vistos desde fuera, no significaban nada. Pero que para quienes los hacían lo eran todo.

La ropa de invierno facilitaba ese idioma secreto. Las mangas anchas, los bolsillos profundos, los faldones que caían hasta las rodillas. El invierno, que tanto castigaba a los pobres, ofrecía también una forma de refugio a quienes necesitaban esconder su cariño.

Un ascensor dorado

La portada de estas líneas procede del mismo videoclip y parece salida de otro mundo. Es un ascensor de los de antes, con las paredes forradas de latón dorado, una lámpara redonda en el techo y una reja de hierro labrado. Dentro, de espaldas a la cámara, hay una figura con un abrigo de tweed claro y un sombrero de fieltro con cinta oscura.

Los ascensores de aquellos años tenían algo de teatro. En los grandes almacenes y en los edificios de oficinas había un ascensorista que manejaba la palanca y anunciaba las plantas. Subir en uno de ellos era una pequeña ceremonia, un trayecto vertical entre la calle y las alturas donde se movía el dinero.

Me fascina ver ese abrigo modesto dentro de una caja tan lujosa. El contraste dice mucho de 1929: el oro de los edificios seguía brillando mientras la gente que los habitaba se arruinaba. Las paredes doradas no sabían que fuera había colas. Y quien subía, envuelto en su lana, llevaba encima todo el frío de la calle.

El abrigo como casa

Para quien no tenía casa, el abrigo era la casa. Esto no es una metáfora. Durante la Gran Depresión, cientos de miles de personas vivieron en la calle o en poblados de chabolas levantados con cartón y chapa, y el abrigo era su cama, su manta y su armario a la vez. Se dormía con él puesto. Se guardaban en los bolsillos los papeles, el poco dinero, una fotografía.

Hay algo muy conmovedor en esa idea de llevar todo lo que uno tiene encima. Un abrigo así pesa más de lo que parece. Pesa la vida entera.

En la canción, el narrador sí tiene un techo, aunque sea alquilado y por horas. Pero la sensación de intemperie está presente igual. Su amor no tiene casa. No puede vivir a la vista. Tiene que ir de un sitio a otro, de la calle a un cuarto prestado, siempre con el abrigo puesto, siempre preparado para irse.

Un cuarto encima del bar

La segunda estrofa nos lleva a ese cuarto. Alquilaban las noches de los martes encima de un bar. Una habitación estrecha, un tarro prestado de azúcar y de esperanza, y una petición constante: que nadie mire. La corbata del otro colgaba bien colocada de un gancho de la cocina.

Esa corbata colgada me parece la otra cara del abrigo. En la calle, la ropa esconde. En el cuarto, por fin, la ropa se quita, se cuelga, descansa. El gancho de la cocina es el único lugar del mundo donde esas prendas pueden estar juntas sin dar explicaciones.

Imagino también los abrigos de los dos sobre una silla, uno encima del otro, mientras fuera el casero cuenta lo que se le debe. La letra lo dice así: fuera se cuenta el dinero, dentro se cuentan los latidos. Dos contabilidades distintas. Una para el mundo y otra para ellos.

La vecina en la barandilla

Pero el refugio dura poco. Una vecina, la señora Crowley, siempre asomada a la barandilla, ve al otro salir demasiado tarde. Y el narrador se pone pálido.

Es un momento breve y terrible. Todo el cuidado, todos los abrigos, todas las precauciones, deshechos por una mirada desde un rellano. En aquella época, una sospecha bastaba para perder el trabajo, la vivienda, la reputación. En muchos lugares, el amor entre hombres estaba castigado con cárcel.

Pienso en cuántas personas vivieron así, siempre vigiladas por alguna señora Crowley. La vecina que comenta, el compañero que insinúa, el familiar que pregunta demasiado. Contra esas miradas no había abrigo lo bastante grueso.

La lana que pica

Hay un detalle sensorial de los abrigos antiguos que se nos ha olvidado: picaban. La lana de entonces era áspera, gruesa, pesada. Mojada por la lluvia, olía a oveja y tardaba días en secarse. Llevarla era una mezcla de alivio y de incomodidad. Protegía, pero rascaba.

Me parece una buena descripción de lo que supone vivir escondido. El secreto protege, sí. Evita el castigo, la burla, la pérdida. Pero pica. Roza la piel todos los días, deja marcas, no se olvida nunca. Uno se acostumbra a llevarlo, pero nunca deja de notarlo.

Las personas que han pasado años en el armario lo cuentan así. No era solo miedo. Era un cansancio constante, una vigilancia que no se apagaba ni al dormir. Y cuando por fin se quitaron esa prenda, descubrieron cuánto pesaba.

El empeño de los inviernos

En los peores años de la crisis, el abrigo era también una moneda. Las casas de empeño se llenaron de ellos. Se dejaba el abrigo bueno en primavera, a cambio de unas monedas para comer, con la esperanza de recuperarlo antes de que volviera el frío. Muchas veces no se podía. Y el invierno siguiente se pasaba con uno peor, o sin ninguno.

Hay algo muy doloroso en ese gesto: desprenderse de lo que te protege para poder sobrevivir unos días más. Elegir entre el frío de mañana y el hambre de hoy.

Esa misma lógica aparece en la canción con el amor. Para seguir adelante, para no perderlo todo, el narrador tiene que renunciar a vivirlo abiertamente. Empeña su cariño a cambio de seguridad. Y lo guarda, como quien guarda una papeleta de empeño, esperando el día en que pueda recuperarlo.

Lo que escribirán los libros

La tercera estrofa es la que más me emociona. El narrador sabe que la historia recordará esos años por los bancos y el pan, por los hombres que saltaron, por las deudas que nadie pagó. Pero no escribirá que el otro le arreglaba el puño de la camisa. No escribirá que la palabra amigo nunca fue suficiente.

Ese puño arreglado es otro gesto de ropa. Un hombre que, antes de salir a la calle, le recoloca al otro la manga, le endereza el cuello, le cierra un botón. Son los cuidados pequeños de una pareja que nadie veía como pareja. Cuidados que no aparecen en ningún archivo.

La historia oficial está hecha de cifras y de nombres importantes. La historia de las personas LGTBI está hecha, muchas veces, de esos detalles minúsculos que nadie apuntó. Recuperarlos es una forma de justicia. Y una canción puede hacerlo mejor que muchos libros.

Doblado en el pecho

Y entonces llega el verso que cierra esa estrofa, el que da sentido a todo el recorrido de los abrigos: «So I keep you folded in my chest,». Te guardo doblado en el pecho, dice el narrador. Un titular callado que nadie adivinó.

Mike Sain't Louis con gorra y la mano en la visera en un callejón de espejos de feria, junto al verso «So I keep you folded in my chest» de «The Great Depression»

La imagen es de ropa otra vez. Doblar es lo que se hace con las prendas para guardarlas. Se doblan las camisas, las bufandas, las cartas. Y se guardan cerca del cuerpo, en el bolsillo interior del abrigo, justo encima del corazón.

Me parece una de las formas más hermosas de nombrar un amor que no se pudo vivir. No se perdió. No se olvidó. Se dobló con cuidado y se guardó dentro, donde nadie podía quitarlo. El abrigo de fuera seguía siendo el de un hombre cualquiera. Pero en el bolsillo de dentro llevaba un tesoro.

Un tren que se pierde en el vapor

El videoclip termina con imágenes de un andén. Es de noche, las farolas tiñen de naranja la niebla y un tren de vapor espera con las ventanillas iluminadas. El humo blanco lo llena todo. Junto a los vagones hay una figura encorvada, con abrigo oscuro, que parece buscar algo o despedirse de alguien.

Las estaciones de aquella época eran lugares de despedida constante. Hombres que se iban a buscar trabajo a otras ciudades, familias que se separaban, gente que subía a los trenes de mercancías sin billete para cruzar el país. El andén era el sitio donde los abrigos se abrazaban por última vez.

Hay un plano en el que una mano se apoya en el cristal de una ventanilla, por fuera, mientras dentro otra figura mira. No se pueden tocar. El cristal y el vapor se interponen. Es el adiós de quienes no pueden despedirse en público, de quienes solo pueden dejar la huella de una mano en un vidrio empañado.

La memoria que se hereda

Muchas de las historias de amor entre hombres de aquellos años se han perdido para siempre. Las cartas se quemaron, las fotos se rompieron, los diarios desaparecieron con sus dueños. Lo poco que queda está en archivos policiales, en procesos judiciales, en las páginas de sucesos. Es decir, en el lado del castigo.

Por eso me parece tan valioso que una canción imagine el otro lado. El de los martes por la noche, el de la corbata en el gancho, el de la muñeca sujeta entre la multitud. Mike no inventa una historia concreta, pero rellena un hueco con algo verosímil, con algo que seguro pasó miles de veces aunque nadie lo escribiera.

En Planeta Gayfolk, esa memoria se cuida mucho. «Entre cuatro paredes» habla de quedarse encerrado en un cuarto mientras el mundo sigue fuera. «La última carta» recoge las despedidas por escrito. Y en esta misma web, la ficha de la canción recoge la letra entera para leerla despacio.

Guardarropas de otra época

En los teatros, los cines y los salones de baile de aquellos años había siempre un guardarropa. Se entregaba el abrigo en una ventanilla y a cambio se recibía un pequeño cartón numerado. Durante unas horas, la prenda se quedaba colgada en una fila larga junto a cientos de abrigos iguales, oscuros, de paño, imposibles de distinguir.

Me gusta imaginar esas filas como un retrato de la ciudad. Abrigos de banqueros arruinados junto a abrigos de obreros, de oficinistas, de camareros. Todos esperando a que sus dueños volvieran a buscarlos. Y entre ellos, seguro, los de muchas parejas que habían ido juntas a bailar fingiendo ser solo amigos.

El cartón numerado era la única prueba de que esa prenda tenía dueño. Sin él, el abrigo podía perderse para siempre en la fila. Algo parecido les pasó a muchas historias de amor de entonces: se quedaron colgadas en algún guardarropa de la memoria, sin nadie que conservara el resguardo para reclamarlas.

Quitarse el abrigo

Hay un momento, cuando se llega a casa en invierno, que es pura felicidad: quitarse el abrigo. Se cuelga en la entrada, se sacude la lluvia, se deja atrás el frío. El cuerpo se relaja. Por fin se está a salvo.

Más fotogramas de «The Great Depression»: un tren de vapor en un andén nocturno envuelto en humo, con una figura encorvada junto a los vagones y la luz de las farolas al fondo

Para muchas personas del colectivo, salir del armario se pareció a eso. Quitarse por fin una prenda que pesaba demasiado. No siempre fue fácil, ni siempre salió bien. A veces fuera seguía haciendo frío y hubo que volver a ponérsela. Pero quien lo ha vivido sabe lo que se siente al dejarla colgada aunque sea un rato.

Me gusta pensar que el narrador de la canción tuvo algunos martes así. Unas horas en el cuarto de encima del bar, con los abrigos en la silla, sin necesidad de esconder nada. Poco tiempo, pero suyo.

Por qué Mike cuenta estas historias

Mike sabe lo que es tener que proteger una verdad que otros niegan. Pasó casi veinte años en dos relaciones sucesivas con hombres narcisistas que lo maltrataron psicológicamente. Cuando se decidió a contarlo, descubrió que ellos se habían adelantado y habían sembrado dudas sobre él, y parte de su gente le dio la espalda. Hubo un momento en que estuvo a punto de quitarse la vida. Ahora sigue un tratamiento por estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y trastorno de personalidad por evitación, y escribe canciones para que otras personas que viven algo parecido se sientan acompañadas. Las suyas son, como el pecho del narrador, un lugar donde guardar lo que en otro sitio no se pudo decir.

Si hoy tú también sientes que tienes que esconder quién eres o lo que te pasa, busca a alguien de confianza con quien quitarte ese abrigo, y no dudes en pedir ayuda profesional. Las cosas pueden mejorar. Y si en algún momento aparece la idea del suicidio, el 024 está ahí: en España responde gratis, de día y de noche, y con total confidencialidad. Ante una urgencia, el 112.

Ver los abrigos en movimiento

Los sombreros entre la multitud, el ascensor de latón y el andén cubierto de humo se pueden ver seguidos en la página del videoclip, y quien prefiera solo escuchar tiene la pista en Spotify. Para otra noche fría, más tranquila, está «Holy Stillness», con su nieve y sus ventanas encendidas. Hay muchas más historias repartidas entre todas las canciones y los vídeos del planeta.

La descarga de «The Great Depression» no cuesta nada: se hace desde la tienda o desde mikesaintlouis.com/descargas. Los medios encontrarán material gráfico e información en la sala de prensa.

Colgado en la entrada

Vuelvo al abrigo raído del principio, al que se deshilachaba mientras su dueño leía las cifras del desastre. Me lo imagino ahora colgado en la entrada de algún sitio, con los codos lustrosos y el bajo descosido. Ya no tiene que esconder nada. Ya no tiene que tapar ninguna mano.

Los abrigos de Planeta Gayfolk son prendas de una época dura, de paño grueso y lana que pica. Llevan dentro inviernos enteros, colas ante bancos cerrados, cuartos alquilados por horas y andenes llenos de humo. Pero también llevan, en el bolsillo de dentro, doblado con cuidado, un amor que nadie consiguió quitarles. Y cada vez que suena esta canción, ese bolsillo se abre un poco y deja ver lo que guardaba.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «The Great Depression»?

Una ciudad de finales de los años veinte: muelles con niebla, multitudes con abrigo y sombrero ante las puertas de un banco, un ascensor de paredes doradas, una habitación alquilada encima de un bar y un tren de vapor que arranca en un andén. En el centro, dos hombres que se quieren en una época en la que ese amor era delito.

¿De qué habla la canción?

De una historia de amor entre dos hombres durante el crac de 1929. Mientras el país cuenta bancos quebrados y deudas, el narrador cuenta latidos. La letra lamenta que los libros recuerden el dinero perdido y olviden el cariño que tuvo que esconderse.

¿Por qué los abrigos son tan importantes en el vídeo?

Porque eran el uniforme de la época y, a la vez, un escondite. Bajo un abrigo largo se podía rozar una mano sin que nadie lo viera. La letra abre con un abrigo raído y cierra con un amor guardado en el pecho, doblado como una prenda.

¿Dónde puedo escuchar y descargar «The Great Depression»?

Tiene ficha propia en gayfolkplanet.com con la letra y el vídeo. Se descarga gratis desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas, y también está en Spotify.

¿Qué hago si siento que tengo que esconder quién soy?

No tienes que cargarlo en soledad. Busca personas y colectivos LGTBI de confianza y, si te pesa demasiado, pide ayuda a un profesional. Si alguna vez piensas en quitarte la vida, el 024 atiende en España de forma gratuita y a cualquier hora. En una emergencia, llama al 112.

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