Cultura queer
Santoral del Planeta Gayfolk: Carmina Barrios, Paco León, Yurena, Malena Gracia y otros iconos con vela encendida
Por Mike Sain't Louis ·

En los pueblos de España cada día del calendario tiene su santo. El Planeta Gayfolk también tiene santoral, pero sus santos no salen de un martirologio. Salen de la tele de la sobremesa, de las portadas de las revistas que se leen en la peluquería, del Orgullo de Madrid y de las películas que se ven a escondidas a los catorce años. Sus milagros son pequeños: hacer reír a una madre, sobrevivir a una portada, ponerse una peluca y seguir de pie.
Mike Sain't Louis lleva años encendiéndoles velas en forma de canción. Algunas tienen el nombre del icono en el título. Otras lo dejan caer en un verso, como quien pronuncia un nombre en una sobremesa para que la mesa entera sepa de qué lado está. Este texto es un santoral de bolsillo: quién está en el altar del planeta, qué le pide la letra y por qué esas figuras, y no otras, tienen sitio en él.
Una advertencia antes de entrar en la ermita. Aquí solo se citan versos publicados en el archivo de letras. Cuando una canción todavía no tiene letra publicada, se nombra y se enlaza, pero no se le inventan palabras. Y los personajes de las letras que no son famosos (exmaridos, coordinadores, suegras con mal carácter) son inventados, aunque duelan como si fueran de verdad.
Santa Carmina de la Suegra Soñada
Empezamos por el altar mayor, porque ninguna figura del planeta despierta tanta devoción doméstica. «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» parte de algo muy terrenal: una mala suegra. La letra arranca con el tono de quien se pone el delantal para contarlo todo:
«Fíjate lo que te digo, / y no haber acabado tan mal con mi último marido. / De mi última suegra mejor ni hablo»
Y luego, con una lógica de juicio rápido, la disculpa a medias: «obviamente es su hijo, / tiene que estar del otro bando». Hasta ahí, una discusión familiar como cualquier otra. Pero entonces la canción hace lo que hace el camp cuando funciona: cambia el plano y abre la puerta de un sueño.
«Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios, / y comer con ella en el jardín, / en compañía de Paco León, mi chiquitín.»
Carmina Barrios, la madre de Paco León, se convirtió en icono a fuerza de ser ella misma delante de una cámara. Su gracia es la de tantas madres andaluzas que no han ido a ninguna escuela de interpretación y no la necesitan. Por eso funciona como santa patrona de la suegra soñada: lo que la letra pide no es fama, ni dinero, ni una boda en la tele. Pide una comida en un jardín. Un domingo con una mujer que te quiera aunque no seas su hijo.
El verso siguiente remata la fantasía con un detalle de calendario: «Celebrando Paco y yo nuestro decimocuarto aniversario». Catorce años de una relación imaginaria, contados con la precisión con la que se cuentan las relaciones de verdad. Es una broma, y es también una herida. Catorce años, ni diez ni quince: un número con la torpeza exacta de lo real, el que se dice en una cena cuando alguien pregunta cuánto lleváis. Detrás del chiste hay alguien que ha tenido una suegra que no lo quería y que se consuela pensando en otra.
En medio, la letra frena a todo el mundo con una de sus fórmulas de plató: «Señoras, señores, stop, stop, un momento, / no están hablando con un imbécil». Así se reza en el planeta. Primero se para el programa. Luego se pide el milagro.
San Paco León, patrón del trabalenguas
Si Carmina es la santa madre, su hijo es el santo más invocado de toda la trilogía. Paco León aparece en tantas letras que podría tener su propia procesión. Hay un single que lleva su nombre entre exclamaciones, «¡Que polvo tiene Paco León!», y su apellido es el motor de dos canciones del primer disco.
En «La dieta del cucurrucho», Paco León es el detonante de una crisis de pareja. Dos años sin celos, y de pronto:
«¿No me puedes explicar sin gritar como una loca a / que viene el numerito de Eduardo Casanova? / ¿No Me puedes explicar viniendo a la habitación a / que viene el numerito de Paco León?»
Es una escena de celos con estampitas. La pareja se pelea por dos iconos, como dos vecinas que discuten por el santo de su barrio. Y el narrador se defiende con una inocencia muy poco creíble: «y tan solo te he dicho que me gustan los ojos de Eduardo Casanova». Tan solo. El adverbio hace todo el trabajo cómico.
En «Trabalenguas para meter la lengua» el santo se convierte en ejercicio de dicción. La canción juega con la coincidencia del apellido: un personaje llamado Miguel Ángel de León y el actor, enredados en una cadena de nombres que se tropieza a sí misma.
«Paco León y Miguel Ángel de León / Miguel Ángel de León y Paco León, / María León, Ana María de León»
La letra imagina una boda, una invitada especial y un hijo con el apellido duplicado. En «La dieta del cucurrucho» el niño ya tiene nombre: «Francisco Miguel de león León ó León de León». Y la canción añade, con un gesto que dice mucho del planeta: «me da igual, si es chica chico trans o neutral». En el santoral gayfolk hasta los hijos imaginarios nacen sin casilla obligatoria.
Lo interesante de este culto es que nunca se vuelve servil. Paco León no es un dios lejano: es el chico al que se ve «varias veces en Chueca», con quien se cruzan miradas de «tres segundos como mucho». La devoción del planeta es de barrio. Se reza al santo que pasa por tu calle.
Santa Yurena de la Hemeroteca
Hay santas que llegan al altar después de que el mundo se riera de ellas. «I Am Yurena» es la canción que mejor lo entiende. Yurena, que fue Tamara antes de reinventarse, cargó durante años con las burlas de los programas que vivían de ella. La letra le devuelve el nombre con una frase en mayúsculas mentales:
«Yo no soy Tamara la mala / Tira de / hemeroteca»
«Tira de hemeroteca» es una frase que cualquiera que haya sido señalado entiende enseguida: mira lo que se dijo, mira quién lo dijo, mira cómo se dijo. La hemeroteca, que suele ser el arma del que acusa, aquí se vuelve el arma de la acusada. Y la canción remata con una de esas salidas del planeta que no admiten réplica educada: «Y si te molesta / cómeme las tetas». Después, la afirmación que hace de estribillo y de credo:
«Yo soy Yurena / ¡Yo soy Yurena!»
La parte en inglés dibuja el decorado: «Neon light, plastic love, / Shining fake, high above», luz de neón, amor de plástico. Es una manera de decir que lo artificial también es verdadero cuando lo elige una. Yurena entra en el santoral como patrona de quienes se cambian de nombre y no piden permiso para hacerlo.
Santa Malena Gracia, candidata electa
El planeta no solo reza: también vota. Malena Gracia tiene dos canciones en el primer álbum. Una es «Malena», un tema bilingüe de pista donde la diva entra en el club y lo ilumina todo:
«She steps in the club, it's Malena / Lighting up the room, no hay pena»
Y el estribillo, que es una confesión de aspiraciones: «Yo quiero ser, ser como Malena Gracia». No se trata de tenerla, sino de ser como ella. La mezcla de inglés y español, «Loca, loca, can't escape your fuego», tiene algo de canción del verano de los noventa vista a través de un neón nuevo.
La otra es «Vota Malena Gracia», que lleva la devoción a la política espacial. En el texto que acompaña a la canción en su página, el planeta sufre una crisis: unos multimillonarios quieren comprarlo y se convocan «elecciones galácticas» en las que Malena Gracia y Noemí Argüelles se presentan «como símbolos de la resistencia colorida». Es la imagen más camp de todo el santoral: una santa con papeleta. Y Noemí Argüelles tiene su propio single en el segundo disco, «Noemí Argüelles va ganando en las encuestas», donde la campaña sigue con el mismo descaro: «Porque Noemí Argüelles va ganando en las encuestas».
En el planeta las divas no se quedan en la peana. Se presentan a las elecciones y ganan.
Santa Ylenia de los Abandonados
De todas las velas del santoral, la de Ylenia Padilla es la más sorprendente y la más tierna. «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla» es, literalmente, una declaración de apoyo. La televisión hizo de ella un personaje, y luego, como hace tantas veces, la dejó caer. La letra se pone a su lado sin ironía:
«Yo sí entiendo a Ylenia Padilla / Yo también soy Ylenia Padilla / Yo también he sentido alguna vez / Que todo el mundo me ha fallado / Y que me han dado la espalda / En el momento más equivocado»
Es uno de los momentos más limpios de la trilogía. Sin chiste, sin insulto, sin giro. Una identificación pura: yo también. El estribillo enumera verbos de lealtad como quien firma un manifiesto: «Yo apoyo», «Yo defiendo», «Yo estoy a favor». Y el «públicamente» del título importa. Apoyar en privado es fácil. Lo que hace la canción es levantar la mano en la plaza.
Ylenia entra en el santoral como patrona de los que se quedan solos cuando se apagan las cámaras. Es la santa a la que se le reza cuando el grupo de WhatsApp ya no contesta.
Fíjense además en la forma. La canción repite el nombre completo, nombre y apellido, en casi cada verso. No dice «ella» ni «esa chica». Dice «Ylenia Padilla» una y otra vez, como se repite el nombre de alguien en una manifestación para que no se pierda entre la multitud. La televisión la redujo a un mote y a un par de frases sacadas de contexto. La letra le devuelve el nombre entero, que es lo primero que se le quita a una persona cuando se la convierte en chiste. Ese gesto, tan sencillo, vale más que cualquier análisis sobre la telebasura.
San Eduardo Casanova de los Ojos
Algunos santos se veneran por una sola reliquia. En «Los ojos de Eduardo Casanova», la reliquia son los ojos. El actor y director aparece en la canción como la medida de lo auténtico frente a lo falso:
«Dime que culpa tengo yo de / que los ojos de Eduardo Casanova me parezcan tan bonitos y especiales / ese brillo no lo tienen las lentillas de colores»
Las lentillas de colores vuelven a aparecer en otras letras del planeta, siempre como símbolo del engaño. Aquí la oposición es clara: los ojos verdaderos de un icono contra la mirada fabricada del ex. La canción se enciende enseguida contra ese ex, con una crudeza que no vamos a copiar entera, y vuelve una y otra vez a la misma pregunta: qué culpa tengo de que me gusten «los ojos / auténticos y verdaderos».
Eduardo Casanova, que ha hecho un cine raro, rosa y deliberadamente incómodo, encaja en el santoral del planeta por afinidad estética. Pero la letra no habla de su filmografía. Habla de mirar a alguien y saber que esa mirada no miente. Para un planeta lleno de narcisistas con lentillas, eso ya es un milagro.
Las santas de la pista
Una parte del santoral está dedicada a las reinas de la noche. «Kaaa Miga» es el homenaje del planeta a La Veneno, la figura trans que la televisión de los noventa convirtió en fenómeno y que la serie de los Javis devolvió, décadas después, a su sitio en la memoria queer. La letra de la canción aún no está publicada en el archivo, así que no la citamos. Basta con el título, que imita su manera de estirar las vocales, y con la página del single, donde se puede escuchar.
Los Javis tienen también su propia canción, «Los Javis», en el tercer álbum, y aparecen de pasada en «Trabalenguas para meter la lengua», en una línea que se desmarca con gracia de cualquier malentendido. De la misma familia son Ana Locking, la diseñadora a la que «La primera drag de Benidorm» le pide un vestido y una noche de copas («QUIERO QUE ME VISTA ANA LOCKING»), y Locomía, que suenan de fondo en «Discutiendo con la IA», «mientras escucho a Locomía», abanicos incluidos.
Madonna tiene su capilla internacional. Hay un homenaje titulado «The Queen of Pop» y una canción entera, «El productor de Madonna no compra en Mercadona», que la usa como vara de medir lo inalcanzable. En «Spoiler», el narcisista empieza su campaña «dando solo me gusta a fotos de Madonna», que es una forma muy contemporánea de declarar intenciones. Y Britney tiene su vela en «Free Britney», del tercer disco.
Y luego están las devociones de paso, los nombres que aparecen una sola vez pero no se olvidan. «Como diría La Pantoja», dice «Si Don AussieBum hablase», invocando a la tonadillera como se invoca a una abuela con refranes. En «La música me está salvando» se cuela Esperanza Gracia, la astróloga de la tele, en una lista de cosas que no consiguieron salvar a nadie. El santoral también tiene santos menores. Se les enciende una vela pequeña.
Por qué estas santas y no otras
Si se ponen todas las estampitas sobre la mesa, el patrón se ve claro. Casi todas las figuras del santoral comparten algo: la televisión, la prensa o el público se rieron de ellas, las usaron o las juzgaron, y ellas siguieron. Yurena, señalada durante años. Ylenia, abandonada. La Veneno, convertida en chiste antes de ser reconocida como pionera. Britney, encerrada en su propia fama. Malena Gracia, vedette de una época que miraba a las vedettes por encima del hombro.
El camp español tiene una larga tradición de esa devoción. La página de camp en el planeta traza el linaje: Almodóvar, Alaska, Massiel, Bibi Andersen, «Rocío Jurado en el hipódromo», «Sara Montiel escribiendo columnas» y «las drag queens de las verbenas del pueblo». Es una genealogía de mujeres excesivas y de maricas que las adoraban. El santoral del Planeta Gayfolk la continúa con nombres de ahora.
Lo que añade Mike es la cercanía. Sus santos no están en el cielo: comen en el jardín, pasan por Chueca, se presentan a las elecciones, sufren en un plató. La devoción no es la de un fan que colecciona autógrafos. Es la de alguien que dice «yo también soy Ylenia Padilla» y lo dice en serio.
Hay además una lógica de amparo. Muchas de estas canciones nacen al lado de una herida privada: la suegra que no te quería, el ex que te celaba, el coordinador que te mintió. El icono aparece justo ahí, como el santo al que se le reza en mitad del problema. En «Asqueroso coordinador», la canción de la venganza, Paco León vuelve a salir como el amor que habría sido mejor: «Con Paco León sí que hubiera sido feliz, un sueño». Y Carmina vuelve con él: «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios». El santoral sirve para eso. Para tener a quién mirar cuando lo que tienes delante es un desastre.
Cómo se reza en el planeta
Cada religión tiene su liturgia. La del Planeta Gayfolk tiene tres gestos que se repiten.
El primero es la identificación. «Yo soy Yurena», «Yo también soy Ylenia Padilla», «Yo soy como Malena». El devoto no se arrodilla: se pone en el lugar de la santa. Es una forma de fe muy queer, la de quien ha aprendido a reconocerse en las mujeres que la sociedad señalaba porque a él también lo señalaban.
El segundo es el deseo. Paco León y Eduardo Casanova no son santos castos. La letra los desea sin pudor y convierte ese deseo en humor: el cucurucho, el trabalenguas, los ojos. En un planeta que se define, según la definición de gayfolk, sin heterosexualidad por defecto, el deseo masculino por un hombre famoso se dice en voz alta, en el estribillo, sin pedir perdón.
El tercero es la defensa. Apoyar públicamente, votar, tirar de hemeroteca. El santoral no se queda en altar: también es trinchera. Se reza para proteger a quien recibió los golpes.
Conviene decir que ninguno de los tres gestos es irónico del todo. El planeta se ríe mucho, pero no se ríe de sus santas. Se ríe con ellas, o se ríe de quienes se reían de ellas. Esa diferencia, tan fina, es la que separa el camp de la burla. La burla mira desde arriba. El camp mira desde el mismo suelo, con los mismos tacones rotos, y por eso puede permitirse exagerar sin humillar.
Hay algo de procesión de pueblo en todo esto. Las imágenes salen a la calle una vez al año, se las pasea, se les reza una saeta y vuelven a su capilla. En el planeta las imágenes salen cada semana, en forma de single nuevo. Cambia el ritmo, no el rito.
Una vela para los que vengan
Como todos los santorales, este no está cerrado. El universo de Mike, según su propia definición, es una obra que «siempre admite nuevos personajes». Habrá nuevas santas mañana. Alguna vedette olvidada, alguna concursante maltratada, alguna folclórica que nadie volvió a llamar. Cuando la tele se ensañe con alguien, es probable que el planeta le encienda una vela.
Mientras tanto, el altar queda así: Carmina en el jardín, Paco León en Chueca, Yurena con la hemeroteca en la mano, Malena Gracia con la banda de presidenta, Ylenia con alguien al lado por fin, Eduardo Casanova con los ojos abiertos. Y detrás, el resto de la corte: La Veneno estirando las vocales, Los Javis saludando de la mano, Ana Locking con aguja e hilo, Locomía con los abanicos, Madonna en su capilla lejana.
Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Para datos de los discos, está la sala de prensa. La canción de la suegra soñada está en Spotify, que es la mejor manera de pasar un domingo cuando la comida familiar ha salido regular.
Que cada cual le rece a quien quiera. En el planeta, por si acaso, se le reza a Carmina.
Preguntas frecuentes
¿Qué iconos aparecen en las letras de Mike Sain't Louis?
Carmina Barrios, Paco León, Eduardo Casanova, Yurena, Malena Gracia, Ylenia Padilla, Ana Locking, Madonna, Locomía, Esperanza Gracia y La Pantoja, entre otros. Algunos tienen canción propia y otros aparecen de pasada en un verso.
¿De qué trata «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios»?
Es una queja contra la última suegra convertida en fantasía: comer en el jardín con Carmina Barrios y con Paco León, celebrando un decimocuarto aniversario que nunca existió.
¿Por qué tantas canciones homenajean a mujeres de la tele?
Porque el camp español del proyecto toma a las divas, las folclóricas y las mujeres señaladas por la prensa como figuras de resistencia. En el planeta se las defiende, se las copia y se las vota.
¿Quién escribe las letras?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde se pueden leer las letras?
En el archivo de letras de gayfolkplanet.com, en /letras.