Relaciones tóxicas
Cláusulas de un acuerdo de pareja abierta: «Scott Bonehill» y la letra pequeña que nadie firma
Por Mike Sain't Louis ·

Las parejas que deciden abrir la relación casi nunca firman un papel. Pero todas tienen un contrato. Se negocia en el sofá, en la cama, en una terraza con dos cañas, a veces en mitad de una discusión. Y tiene cláusulas, aunque nadie las escriba.
No repetir con la misma persona. No en casa. No con amigos comunes. No con exes. Avisar antes. O no avisar nunca. Contarlo todo con detalle. O no contar nada. Usar protección siempre. Volver a dormir a casa. No dejar marcas. Borrar los chats.
Cada pareja tiene las suyas. Y casi todas tienen una que es la más importante de todas y la más difícil de cumplir. La que no se puede controlar. La que se escribe en voz baja, casi con miedo: no enamorarse.
«Scott Bonehill» es una canción sobre esa cláusula. Sobre el día en que alguien la rompe. Y lo cuenta con una letra cortísima, de apenas unos versos, que cabe en una servilleta de bar y que sin embargo dice todo lo que hay que decir.
Así que hoy el planeta lee la canción como lo que es: un contrato. Con su exposición de motivos, sus cláusulas, su periodo de prueba y su rescisión.
Una aclaración para que conste en acta: Scott Bonehill, el nombre que da título a la canción, es un personaje inventado del universo GAYFOLK. Como toda la pareja que aparece en ella. Ficción, aunque el sentimiento sea muy de verdad.
Las cláusulas de siempre
Quien haya hablado alguna vez de abrir una relación conoce el repertorio. Son cláusulas que se repiten de pareja en pareja, como si hubiera un modelo oficial que nadie ha visto nunca pero todo el mundo conoce.
La cláusula de la casa: «en casa, no». Nuestra cama es nuestra. Lo de fuera, fuera. La cláusula de los amigos: «con gente que conozcamos los dos, no». Para que las cenas sigan siendo cenas. La cláusula de la repetición: «una vez y ya». Para que nadie se acostumbre a nadie. La cláusula de la información: «cuéntamelo» o «no me lo cuentes nunca», que son dos filosofías opuestas y las dos tienen sus defensores. La cláusula de la salud, que es la única que no se discute. Y la cláusula del veto: «si alguien no me gusta, me lo dices y paras».
Todas estas cláusulas tienen algo en común: intentan controlar lo que pasa con el cuerpo. Dónde, con quién, cuántas veces, cómo. Y funcionan, más o menos, porque el cuerpo se deja controlar.
Pero luego está la otra. La que intenta controlar lo que pasa con el corazón. Y esa no se deja.
Cláusula preliminar: no es por ti
Todo contrato empieza con una declaración de intenciones. Esta empieza con la frase más gastada de todas las rupturas:
«No es por ti, es por mí, no quiero darte la lata»
Pero aquí la frase se usa al revés. Normalmente la dice quien se va, para suavizar el golpe. Aquí la dice quien se queda. Quien no quiere molestar. Quien se disculpa antes de empezar, como si ya supiera que lo que va a decir no va a gustar.
Es un gesto que conoce cualquiera que haya tenido miedo de perder a alguien. Empiezas pidiendo perdón por existir. Por tener sentimientos. Por no ser como el otro querría que fueras. Y esa disculpa previa ya dice mucho de cómo está la relación.
«No quiero darte la lata». Es decir: sé que esto es una molestia. Sé que te aburro. Pero tengo que decirlo.
Exposición de motivos: la autoestima
Los contratos tienen una exposición de motivos. Un preámbulo que explica por qué se firma. El de esta canción es una confesión:

«Ya sabes que tengo la autoestima muy baja»
Ese «ya sabes» es demoledor. No es una novedad. El otro ya lo sabe. Lo ha sabido siempre. Y aun así, la propuesta llega.
La autoestima baja es una de esas cosas que se arrastran durante años, a veces desde la infancia, a veces desde una relación anterior, a veces desde mil pequeñas cosas que nadie ve. El planeta ha escrito sobre autoestima y cuerpo y sobre cómo afecta a la forma en que nos queremos y dejamos que nos quieran. Y aquí aparece en el peor momento posible: justo cuando la pareja quiere abrir la puerta a otras personas.
Porque abrir una relación con la autoestima por los suelos es como abrir la ventana en pleno invierno con fiebre. Puede que el aire fresco sea bueno. Pero tú no estás para eso.
Cláusula de los abrazos
La siguiente línea del contrato es una petición. Casi una súplica:
«No me empujes al límite si ya ni me abrazas»
Es uno de los versos más tristes del catálogo. Y uno de los más precisos. Porque describe el orden en que se rompen las cosas. Primero dejan de llegar los abrazos. Luego llega la propuesta. Y el que pide que no le empujen ya lleva tiempo notando el frío.
Los abrazos son la cláusula que ningún contrato escribe y que todas las relaciones necesitan. No el sexo. No la exclusividad. Los abrazos. El contacto de cada día. La mano en la espalda al pasar por la cocina. El cuerpo del otro en el sofá. Cuando eso desaparece, todo lo demás se tambalea.
Y la canción lo dice sin rodeos: si ya ni me abrazas, no me pidas más.
Anexo funerario
En mitad del contrato aparece un anexo inesperado. Una lista de material de pompas fúnebres:
«Y a la relación ya solo le falta una lápida, una pala / y un enterrador en esta noche tan mala»
Es humor negro del que tanto gusta en el planeta. Una funeraria completa, con su material de trabajo. La lápida, la pala, el enterrador. Como si la relación ya estuviera muerta y solo faltara el papeleo del cementerio.
Y la rima, «pala» con «mala», tiene ese aire de copla que convierte la tragedia en algo que se puede corear. Una noche tan mala. Una pala. Una lápida. Y nosotros dos, mirando el agujero.
Es la forma en que el narrador se defiende: con una broma macabra. Porque si te ríes del entierro, quizá duela un poco menos.
Cláusula primera: abrir la relación
Y llega el punto central del contrato. La propuesta:
«Ya solo nos falta abrir la relación»
Fíjate en el «ya solo nos falta». Como si fuera el último paso de una lista. Como si la relación hubiera ido perdiendo cosas una a una, los abrazos, la ilusión, la complicidad, y ahora solo quedara este último gesto antes de la lápida.
Abrir la relación, en sí, no es bueno ni malo. En la comunidad gay es algo de lo que se habla muchísimo, y muchas parejas lo hacen y les funciona de maravilla. Lo que la canción cuenta no es un juicio sobre las relaciones abiertas. Es lo que pasa cuando se proponen en el momento equivocado, a la persona equivocada, por el motivo equivocado. Como un parche para algo que ya estaba roto.
Y lo peor de todo
Y entonces llega la línea más valiente de la canción:

«y lo peor de todo es que tienes razón»
Aquí la letra se gana el respeto de cualquiera. Nadie hace de malo. Nadie hace de víctima perfecta. Son dos piezas que dejaron de encajar, y una de ellas concede que la otra lleva razón. Que quizá sí habría que abrir la relación. Que quizá eso es lo lógico, lo moderno, lo maduro.
Pero tener razón no basta. Porque se puede tener razón y hacer daño a la vez. Y el que admite que el otro tiene razón no está diciendo que esté de acuerdo. Está diciendo algo mucho más doloroso: que no puede discutir. Que se ha quedado sin argumentos. Que solo le quedan los sentimientos, y los sentimientos no ganan debates.
Cláusula de modernidad
Las siguientes cláusulas del contrato son tres excusas. O tres autoacusaciones. La primera:
«Será que no soy ¡moderno!»
Esa palabra, «moderno», gritada con exclamación, es todo un mundo. Porque en ciertos ambientes, no querer una relación abierta se ve casi como un defecto. Como algo antiguo, de otra época, de gente que no ha entendido nada. La monogamia como cosa de abuelos.
Y la canción se lo apropia con ironía. Será que no soy moderno. Será que soy antiguo. Será que soy un carca. Vale. Pues lo soy. Y aquí hay un pequeño orgullo escondido debajo de la disculpa: puede que sea antiguo, pero sé lo que quiero.
Cláusula del infierno
La segunda excusa sube el tono:
«Será que voy a ir directo al ¡infierno!»
Aquí la canción se pone teatral. El infierno, con sus llamas y su diablo. Como si no querer abrir la relación fuera un pecado. O como si quererlo fuera el pecado. La frase es ambigua a propósito, y funciona en las dos direcciones.
Muchos chavales queer de España se criaron con la idea del infierno muy presente. La misa de los domingos, la catequesis, el colegio de monjas o de curas, las abuelas con el rosario. Y aunque luego se aleje uno de todo eso, la culpa se queda. Esa sensación de que hagas lo que hagas, algo está mal.
La canción la convierte en grito. Directo al infierno. Con exclamación. Como quien se ríe de sus propios miedos para que dejen de dar miedo.
Cláusula del amargado
Y la tercera excusa es la más dura con uno mismo:
«Será que estoy siempre amargado»
Aquí ya no hay ironía. Hay una sospecha real. ¿Y si el problema soy yo? ¿Y si estoy siempre de mal humor, siempre triste, siempre quejándome, y por eso el otro busca fuera lo que no encuentra dentro?
Es la pregunta que se hace cualquiera con la autoestima baja. Y la canción la deja ahí, sin respuesta, como se quedan esas preguntas en la cabeza a las tres de la mañana.
Las tres excusas juntas, moderno, infierno, amargado, suenan a lamento de tablao puesto al día. Es lo que hace quien prefiere declararse culpable antes del juicio, por si acaso: confesarlo todo para que nadie pueda sorprenderle con la acusación.
Cláusula de reserva: no estoy preparado
Y después de las tres excusas, la única afirmación firme de todo el contrato:
«Pero te repito que no estoy preparado»
«Te repito». No es la primera vez que lo dice. Lo ha dicho antes, y el otro no ha querido oírlo. Y ahora lo repite, con toda la claridad que le queda.
Esta es, para el planeta, la cláusula más importante de la canción. Porque dice algo que a veces se olvida en estas conversaciones: que uno tiene derecho a decir que no. Que no estar preparado es una respuesta válida. Que no hace falta justificarse con la modernidad, el infierno o la amargura. Basta con decir «no estoy preparado» y que se respete.
Todo acuerdo de pareja abierta que funciona empieza ahí: con dos personas que de verdad quieren lo mismo. Si una de las dos no está preparada, no hay contrato. Hay presión.
La contraoferta
En cualquier negociación, cuando una de las partes no acepta la propuesta, puede presentar una contraoferta. Una alternativa. Otra forma de llegar a un acuerdo.

La canción no la presenta. El narrador dice que no está preparado, pero no propone nada a cambio. Y esa ausencia también es muy reveladora. Porque cuando la autoestima está tan baja, ni siquiera se te ocurre que puedes pedir algo. Te limitas a defenderte. A decir que no. A aguantar.
Si el planeta tuviera que redactar esa contraoferta en su nombre, sería algo así de sencillo. Primero, volver a abrazarnos. Antes de abrir nada, recuperar lo que se perdió por el camino. Segundo, hablar de verdad, sin prisa, de por qué uno de los dos necesita buscar fuera. Tercero, darse tiempo. Las relaciones abiertas que funcionan no se deciden en una noche mala; se construyen despacio, con confianza, cuando los dos están bien. Y cuarto, si nada de eso es posible, aceptar que quizá la relación ya no da para más, y despedirse con cariño antes de que aparezca un Scott Bonehill a hacerlo por vosotros.
Ninguna de esas cláusulas aparece en la canción. Pero todas están en el hueco que deja. Y quien la escuche en mitad de una conversación parecida quizá las encuentre ahí, entre el «no estoy preparado» y el verano que vino después.
Periodo de prueba: ese verano
Y aun así, lo intentaron. La canción lo cuenta en dos versos:
«La primera vez que lo intentamos, / ese verano»
El verano es la estación perfecta para los periodos de prueba. Las vacaciones, los viajes, las noches largas, la playa, las terrazas, los festivales. Todo invita a probar cosas nuevas. Todo parece más ligero.
Y también es la estación en que las cosas se descontrolan. Los amores de verano son famosos por eso: empiezan sin querer y acaban sin poder. Llegan con el calor y se van, o no se van, con las primeras lluvias de septiembre.
La canción no cuenta los detalles de ese verano. Solo cuenta cómo acabó.
Incumplimiento: no enamorarse
«acabaste de Scott Bonehill enamorado»
Ahí está. La cláusula rota. La única que no se puede controlar.
Podías pactar no repetir, no en casa, no con amigos. Podías pactar avisar o no avisar. Pero no podías pactar con el corazón del otro. Y el otro, ese verano, se enamoró.
Y la canción lo repite tres veces. «Acabaste de Scott Bonehill enamorado». Una, dos, tres. Como un eco. Como una frase que no se puede dejar de pensar. Como cuando te dicen algo que te rompe y tu cabeza lo repite en bucle durante días.
El nombre
Lo más llamativo de la canción es, por supuesto, el nombre. Scott Bonehill. Un nombre y un apellido en inglés, que suenan a protagonista de película americana, a actor de los que salen en las revistas, a chico de anuncio de colonia.
Y ese es el golpe. El rival no es un chico cualquiera. Tiene nombre de estrella. Tiene nombre de póster. Con un nombre así, ¿cómo vas a competir tú, con tu autoestima por los suelos y tu nombre de toda la vida?
La canción no dice nada más de él. No sabemos cómo es, de dónde es, qué hacía. Solo sabemos su nombre. Y es suficiente. Porque cuando alguien te deja por otro, a veces lo único que se te queda grabado es eso: el nombre. Lo pronuncias mil veces en tu cabeza. Lo buscas en las redes. Lo odias sin conocerlo.
Scott Bonehill. Dos palabras que ocupan el título entero.
Y hay algo casi cómico en esa desproporción. Una canción entera sobre la autoestima, los abrazos, el infierno y la modernidad, y al final el título se lo lleva un desconocido que solo aparece en la última línea. Como esos secundarios de película que salen cinco minutos y se quedan con el cartel.
La letra pequeña
Todo contrato tiene letra pequeña. Y la de esta canción dice algo que ningún acuerdo de pareja abierta se atreve a escribir: que lo que se rompe no siempre es la cláusula. A veces se rompe el que la firmó a regañadientes.

El narrador no quería abrir la relación. Lo dijo. Lo repitió. Admitió que el otro tenía razón, pero que él no estaba preparado. Y aun así lo intentaron. Y el resultado fue el peor posible.
El planeta ha escrito sobre celos y control, y una de las cosas que más se repiten es que los celos no se curan abriendo la relación. Al contrario. Si ya están ahí, se multiplican. Y si la autoestima ya estaba baja, cae todavía más.
La canción no da lecciones. Solo cuenta lo que pasó. Pero la lección está ahí, en la letra pequeña: no se puede abrir una puerta que uno de los dos quiere cerrada.
Los testigos
Los contratos se firman ante testigos. En las relaciones, los testigos son los amigos.
La canción no los menciona, pero están ahí. Son los que escucharon al narrador contar la propuesta, los que le dijeron «tú haz lo que sientas», los que le preguntaron en voz baja si de verdad quería. Son también los que vieron venir lo de Scott Bonehill antes que nadie, porque desde fuera siempre se ve antes.
Y son los que estarán después. Cuando el verano se acabe y haya que recoger los restos. Cuando la lápida, la pala y el enterrador dejen de ser una broma y se conviertan en una mudanza. Los amigos son la cláusula de garantía de cualquier relación: no protegen la pareja, protegen a la persona.
En el planeta, eso vale más que cualquier contrato.
Los firmantes del disco
La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. Tiene un videoclip oficial de unos tres minutos y cuarenta segundos.
Antes va «Dark Corners», que suena a rincones oscuros, a lo que pasa donde no llega la luz. Después va «NANA PARA ADULTOS», que es lo que necesita cualquiera después de un verano así: que alguien le susurre algo bajito para dormir. Tres canciones que van de lo que no se dice, de lo que se esconde, de lo que se intenta calmar.
Datos de las partes
La letra de «Scott Bonehill» es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que la escribió sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. En la sección de prensa está todo explicado.
Se escucha en Spotify y en el resto de plataformas, y se descarga gratis desde la web.
Rescisión
Todo contrato tiene una cláusula de rescisión. La forma de terminarlo.
Esta canción no la escribe. Termina con el nombre repetido tres veces y se acaba. Sin despedida. Sin portazo. Sin lápida, aunque la tenía preparada desde el principio.
Y quizá esa sea la forma más honesta de acabar una historia así. Sin moraleja. Sin venganza. Con el nombre del otro resonando en la cabeza, y la sospecha de que, en el fondo, lo sabías desde el primer verso.
No era por ti. Era por mí. Y al final, fue por Scott Bonehill.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Scott Bonehill»?
De una pareja que se plantea abrir la relación. El narrador, con la autoestima por los suelos, admite que su pareja tiene razón pero que él no está preparado. La primera vez que lo intentan, ese verano, el otro acaba enamorado de un tal Scott Bonehill.
¿Scott Bonehill es una persona real?
No. Es un personaje de ficción del universo GAYFOLK, como el resto de la letra.
¿Tiene videoclip?
Sí, tiene videoclip oficial de unos tres minutos y cuarenta segundos, en la web y en YouTube.
¿Quién hace la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.