Planeta Gayfolk

Cultura pop

El mundo es un teatro: historia del teatro y el musical queer, de «Los chicos de la banda» a «La llamada», leída con las letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «En un musical gay», canción de Mike Sain't Louis

Hay una idea muy antigua según la cual la vida es una función. Calderón de la Barca la convirtió a mediados del siglo XVII en un auto sacramental, «El gran teatro del mundo», en el que Dios reparte los papeles entre los personajes, el rey, el rico, el labrador o el pobre, y al final de la obra cada uno tiene que devolver el traje. Medio siglo antes, Shakespeare había puesto en boca de uno de sus personajes que todo el mundo es un escenario y que todos los hombres y mujeres son solo actores.

En el primer álbum del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño que se presenta como «el primer cantautor IA», hay una canción que empieza exactamente con esa idea. «Mentes diabólicas» abre entre comillas, como quien cita un viejo dicho: «El mundo es un teatro, donde todos actuamos». Y sigue: «Con máscaras de hierro, mentiras proyectamos».

Para las personas LGTBI, la metáfora del teatro siempre ha tenido una doble cara. Por un lado, la máscara obligada, el papel de hombre o de mujer que había que representar para no ser descubierto. Por otro, el escenario real, el lugar donde por fin se podía ser otra persona, o la misma persona con más brillo. Este texto recorre esa doble historia, del armario como función al musical como refugio, y la lee con las canciones del planeta.

La máscara obligatoria

Antes de que hubiera un teatro queer, hubo una vida queer que era, a la fuerza, una representación. Durante siglos, muchas personas gays y lesbianas tuvieron que interpretar un personaje en su propia casa, en el trabajo y en la calle. Novias de compromiso, matrimonios de conveniencia, conversaciones ensayadas. El armario era, entre otras cosas, un camerino del que no se podía salir.

Esa experiencia explica por qué tantas personas queer tienen una relación especial con el teatro. Quien ha tenido que fingir durante años sabe mucho de interpretación. Sabe qué gestos delatan, qué palabras hay que evitar, cómo se cambia de voz al entrar en una habitación. Y sabe, también, lo agotador que es no poder dejar nunca el papel.

Las letras del planeta tienen muy presente la otra cara del fingimiento: la del que engaña. En «Una obra de teatro», del segundo álbum, el personaje comprende que su relación ha sido una función: «Me estás diciendo que todo / Era Una / Obra de teatro? / Siete años en un escenario?». La pregunta duele porque invierte el miedo de siempre. Aquí no es la persona queer la que finge para sobrevivir, sino el otro, que fingía para manipular. Y hay un detalle que lo cambia todo: «Por eso él no lloraba», y las pocas veces que lo hacía, dice la canción en su segunda vuelta, «lo fingía».

Lorca y el teatro bajo la arena

En España, la primera gran obra de teatro que se atrevió a hablar del deseo entre hombres la escribió Federico García Lorca hacia 1930. Se titula «El público», y Lorca la consideraba irrepresentable en su tiempo. Habla del teatro al aire libre frente al teatro bajo la arena, es decir, del teatro que cuenta lo que todos aceptan frente al que se atreve a contar la verdad oculta.

La obra quedó inédita durante décadas y no se estrenó hasta mediados de los años ochenta, en un montaje dirigido por Lluís Pasqual. Su historia retrata bien lo que le pasó al teatro queer en España: se escribió, se escondió y tardó medio siglo en subir a un escenario.

Ese teatro bajo la arena, el que dice lo que el público no quiere oír, es el que reivindica a su manera «Mentes diabólicas». La canción enumera frases sobre la hipocresía, «La hipocresía reina en cada corazón», «Cada uno en la farsa, su papel bien marcado», y termina en un estribillo sin máscaras dirigido a los hipócritas. Es el teatro al aire libre convertido en acusación.

«Cabaret»: Berlín antes de la noche

Antes de que el musical se atreviera a tener protagonistas abiertamente gays, hubo uno que lo dejaba intuir. «Cabaret» se estrenó en Broadway en 1966, con música de John Kander y letras de Fred Ebb, y se basaba en los relatos berlineses del escritor británico Christopher Isherwood, que vivió en Berlín a principios de los años treinta. En los libros de Isherwood, el narrador, trasunto del propio autor, era un hombre gay; en el primer montaje del musical, el personaje se volvió heterosexual.

Fotogramas del videoclip oficial de «En un musical gay», de Mike Sain't Louis

La película de Bob Fosse de 1972, con Liza Minnelli como Sally Bowles, dejó ver algo más: el protagonista masculino se acuesta tanto con Sally como con un aristócrata alemán. Y las reposiciones posteriores, sobre todo la de Sam Mendes en los años noventa, recuperaron la bisexualidad del personaje y convirtieron al maestro de ceremonias del Kit Kat Club en una figura ambigua y provocadora.

«Cabaret» cuenta un mundo de libertad sexual y artística que se apaga cuando llegan los nazis al poder, y entre las víctimas de ese apagón estaban los hombres gays del Berlín de entonces. El club de noche como último refugio antes de la persecución es una imagen que el teatro queer no ha dejado de visitar.

Una fiesta en Nueva York: «Los chicos de la banda»

En 1968, un año antes de los disturbios de Stonewall, se estrenó en un pequeño teatro del off-Broadway de Nueva York una obra que cambió las cosas. Se titulaba «The Boys in the Band», en español «Los chicos de la banda», y la había escrito Mart Crowley. Contaba una fiesta de cumpleaños en un apartamento de Manhattan entre un grupo de amigos gays, con copas, bromas, reproches y un juego cruel que acaba sacando lo peor de cada uno.

Por primera vez, un gran éxito comercial ponía sobre el escenario a un grupo de hombres abiertamente homosexuales hablando de sus vidas. La obra tuvo cientos de representaciones y en 1970 William Friedkin la llevó al cine con el reparto original.

Con los años, «Los chicos de la banda» recibió críticas desde dentro de la comunidad por el retrato de unos personajes atormentados y llenos de autodesprecio. Pero también se reivindicó como documento de una época. En 2018 se repuso en Broadway con un reparto formado íntegramente por actores abiertamente gays, entre ellos Jim Parsons, Zachary Quinto y Matt Bomer, y ganó el premio Tony a la mejor reposición de una obra.

Las letras del planeta conocen bien las fiestas en las que todo se tuerce. Pero su relación con el drama es otra: donde la obra de Crowley acaba en lágrimas, las canciones del planeta suelen acabar en carcajada o en portazo.

«I Am What I Am»: La jaula de las locas

En 1973, el actor y dramaturgo francés Jean Poiret estrenó en París una comedia titulada «La Cage aux Folles», la jaula de las locas. Contaba la historia de una pareja de hombres, el dueño de un club de travestismo en Saint-Tropez y la gran estrella del local, que tienen que fingir ser una familia tradicional cuando el hijo de uno de ellos anuncia su boda con la hija de un político conservador.

La comedia fue un éxito enorme, pasó al cine en 1978 y en 1983 se convirtió en musical de Broadway, con música y letra de Jerry Herman y libreto de Harvey Fierstein. De ese musical salió una de las canciones más importantes de la cultura LGTBI: «I Am What I Am», soy lo que soy. La interpreta Albin, la estrella del club, al final del primer acto, cuando decide que no va a seguir escondiéndose para no incomodar a nadie. Ese mismo año, Gloria Gaynor grabó su propia versión, que llenó las pistas de baile de todo el mundo.

La jaula de las locas es, en el fondo, una obra sobre el fingimiento, igual que tantas otras. La familia tiene que montar una función para el suegro conservador, y la comedia nace de lo mal que les sale. La gran canción llega cuando alguien se niega a seguir interpretando.

Hay una línea del planeta que podría estar en ese musical. En «Soy marica sideral», del segundo álbum, el personaje dice: «Me han llamado exagerada, / teatral y emocional», y responde: «No me cambio ni me escondo». Es Albin cuarenta años después, con spanglish y tacones.

Harvey Fierstein y la trilogía

El autor del libreto de «La Cage aux Folles», Harvey Fierstein, ya había triunfado antes con su propia obra, «Torch Song Trilogy», una trilogía de piezas cortas sobre un artista drag de Nueva York, su búsqueda de amor, la pérdida de su pareja y su relación con su madre. La obra llegó a Broadway en 1982 y ganó el premio Tony a la mejor obra.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «tenía cincuenta y tantos y aunque la edad a mí tampoco me importaba» de «En un musical gay»

Fierstein fue de los primeros hombres abiertamente gays en ganar los grandes premios del teatro estadounidense contando historias de su propia comunidad. Que su obra más famosa fuera una trilogía tiene algo de curioso visto desde el planeta, que también se organiza en tres partes: tres álbumes, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y «El día de la liberación», que van del descubrimiento al deseo de viajar y a la liberación.

El teatro en tiempos del sida

En los años ochenta, el sida cambió también el teatro. En 1985 se estrenó en Nueva York «The Normal Heart», de Larry Kramer, una obra furiosa sobre la indiferencia de las autoridades ante la epidemia. Y a principios de los noventa llegó «Ángeles en América», de Tony Kushner, una obra en dos partes y muchas horas que mezclaba la política de la era Reagan, la religión, la enfermedad y la fantasía. Ganó el Premio Pulitzer de teatro en 1993 y en 2003 se convirtió en una miniserie de televisión.

Estas obras hicieron algo que la prensa de la época no hacía: dar nombre, cara y biografía a las personas que estaban muriendo. Convirtieron una estadística en personajes con los que el público lloraba. Hoy, gracias a los tratamientos, una persona con VIH en tratamiento eficaz puede tener una vida larga y no transmite el virus, pero aquellas obras siguen siendo la memoria de una generación.

«Rent»: la bohemia que no llegó a ver su estreno

En 1996 se estrenó en Nueva York «Rent», un musical de Jonathan Larson que trasladaba «La bohème» de Puccini al East Village de los noventa. Entre sus personajes había una pareja de lesbianas, Maureen y Joanne, y una pareja formada por Collins, un profesor, y Angel, una artista drag. Varios de los personajes vivían con VIH.

La historia de su estreno es una de las más tristes de Broadway. Jonathan Larson murió de forma repentina la madrugada antes de la primera función previa, a los 35 años, por un problema en la aorta que no le habían diagnosticado. No llegó a ver el éxito de su obra, que ganó el Premio Pulitzer de teatro y el Tony al mejor musical y estuvo doce años en cartel en Broadway.

«Rent» llevó la vida queer al centro del musical comercial. Su lema, no hay otro día que el de hoy, se convirtió en consigna para una generación.

Hedwig y la ira

Dos años después, en 1998, se estrenó en el off-Broadway un musical muy distinto: «Hedwig and the Angry Inch», de John Cameron Mitchell, autor del texto y protagonista, y Stephen Trask, autor de la música. Es un concierto de rock en el que Hedwig, una artista nacida en Berlín Oriental, cuenta su vida entre canción y canción: la operación que salió mal, el amor que la traicionó y el sueño de reencontrar su otra mitad.

Collage con un detalle de la carátula de «En un musical gay» y las carátulas de «Una obra de teatro», «Mentes diabólicas», «El narcisista»

Mitchell la llevó al cine en 2001, y en 2014 llegó por fin a Broadway con Neil Patrick Harris en el papel protagonista, que ganó el Tony al mejor actor de musical. La obra demostró que el musical queer no tenía que ser amable. Podía ser punk, furioso y triste.

Hay algo de Hedwig en el planeta. «El narcisista», del primer álbum, se presenta a sí misma como un musical: «Y es que este musical se va a hacer famoso», dice, y añade que la fama le llegará por todo el daño que le hicieron. Es la misma lógica de Hedwig, que convierte en función de rock cada traición que ha sufrido.

Coros, bailarines y el monólogo de Paul

No todo el teatro queer tiene protagonistas queer. A veces está en los márgenes del escenario. En 1975 se estrenó en Nueva York «A Chorus Line», un musical sobre una audición para el coro de un espectáculo de Broadway. Los bailarines se presentan uno a uno y cuentan su vida. Uno de ellos, Paul, relata en un largo monólogo cómo empezó a trabajar en un espectáculo de travestismo y cómo sus padres lo descubrieron un día al verlo salir vestido de mujer.

Ese monólogo es uno de los momentos más recordados del musical, y retrata algo que todo el mundo en el oficio sabía: que el teatro musical era uno de los pocos lugares donde muchos hombres gays podían trabajar y vivir con cierta libertad. Los coros, las academias de baile y los camerinos fueron durante décadas un refugio.

En el planeta, «En un musical gay», del primer álbum, es una especie de convocatoria de casting para ese mundo. La canción explica las condiciones para triunfar: «En un musical Gay / también hay que ser como yo / bastante ordinaria, estrafalaria / Visionaria, Revolucionaria / Extra ordinaria / ¡y por supuesto / muy necesaria!». La palabra extraordinaria, partida en dos, dice dos cosas a la vez: ordinaria y fuera de lo común.

Fun Home y las primeras protagonistas

Durante mucho tiempo, las mujeres lesbianas tuvieron todavía menos sitio que los hombres gays en los grandes escenarios. Eso empezó a cambiar con «Fun Home», un musical basado en la novela gráfica autobiográfica de Alison Bechdel, con música de Jeanine Tesori y libreto y letras de Lisa Kron. Cuenta la historia de una dibujante que recuerda su infancia, su salida del armario en la universidad y su relación con un padre que escondía su propia homosexualidad.

En 2015 ganó el Tony al mejor musical, y se convirtió en el primer musical de Broadway con una protagonista lesbiana. Una de sus canciones más famosas cuenta el momento en que la niña ve por primera vez a una mujer con aspecto masculino y se reconoce en ella. Es uno de esos momentos que muchas personas LGTBI han vivido sin tener palabras para contarlo.

«La llamada»: un musical en el Lara

En Madrid, una de las historias más bonitas del teatro queer reciente empezó en una sala pequeña. En 2013, Javier Ambrossi y Javier Calvo estrenaron en el Teatro Lara «La llamada», un musical sobre dos adolescentes en un campamento cristiano de verano. Una de ellas recibe una llamada de Dios que, en lugar de la voz que esperaba, le llega con las canciones de Whitney Houston. Y entre las dos chicas nace algo más que una amistad.

La obra empezó en un horario de madrugada, con poco público, y se convirtió en un fenómeno que llenó el teatro durante años. En 2017 los propios autores la llevaron al cine. Ambrossi y Calvo, que además son pareja, se convirtieron después en una de las parejas creativas más conocidas de España.

«La llamada» demuestra algo que la historia del musical ya sabía: que un relato queer contado con humor, canciones pop y mucha ternura puede llegar a un público enorme sin rebajar su mensaje. La misma mezcla de humor y verdad que buscan las letras del planeta.

La Gran Vía, calle de musicales

Madrid tiene su propio Broadway, y está en la Gran Vía y sus alrededores. Desde principios de este siglo, la ciudad se ha convertido en una de las grandes capitales europeas del musical, con producciones que pasan años en cartel. «El Rey León», por ejemplo, se estrenó en el Teatro Lope de Vega en 2011 y se ha mantenido en él durante más de una década. A menudo se presenta a Madrid como la tercera ciudad del mundo en musicales, después de Nueva York y Londres.

Ficha de la canción «En un musical gay» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa industria da trabajo a cientos de artistas, técnicos, bailarines y músicos, y, como en Broadway, buena parte del público y del oficio es LGTBI. No es casual que la Gran Vía desemboque, a pocos pasos, en Chueca, ni que en los días del Orgullo los escenarios de la ciudad se llenen de números musicales. El musical y la fiesta del orgullo comparten lenguaje: lentejuelas, coreografía, estribillos que todo el mundo conoce y el placer de exagerar.

Para un letrista madrileño como Mike Sain't Louis, el musical no es un género lejano, sino algo que se ve en las marquesinas de camino a casa. Por eso no sorprende que dos canciones del primer álbum se presenten como musicales, una por su título y otra por su ambición de hacerse famosa.

El teatrillo del narcisista

Hay una palabra que el planeta usa con frecuencia y que conviene distinguir del teatro: teatrillo. En español, el diminutivo convierte el arte en trampa. Un teatrillo es una escena montada para engañar, una representación de poca calidad pensada para quedar bien.

En «No quiero otro novio cojín», del primer álbum, aparece así: «Tu nueva obra de teatrillo». Y en «Gaslighting», del segundo álbum, el personaje anuncia el final de la función ajena: «Tu teatro ya no puede más».

Es interesante el contraste. Las mismas letras que celebran el musical gay como lugar de libertad desconfían del teatro cuando se usa para manipular. El escenario honesto, el que todos saben que es ficción, es un refugio. El escenario oculto, el que finge ser la vida real, es una trampa. Toda la historia del teatro queer cabe en esa diferencia: pasar de la máscara obligatoria al escenario elegido.

Bajar el telón

Si el planeta fuera una temporada teatral, su cartel podría quedar así.

En la sala grande, «En un musical gay», con su casting de chicas ordinarias, estrafalarias y muy necesarias.

En la sala de cámara, «Una obra de teatro», el drama de siete años que resultó ser una función.

En el teatro clásico, «Mentes diabólicas», con su gran teatro del mundo lleno de hipócritas.

En el off, «El narcisista», el musical que se iba a hacer famoso a costa de quien lo inspiró.

Y como número de cierre, «Soy marica sideral», que no se cambia ni se esconde, como Albin al final del primer acto.

Todas las letras se pueden leer completas en la sección de letras de la web. Leídas juntas, cuentan algo que el teatro queer lleva más de medio siglo contando: que la libertad empieza el día en que uno decide qué papel quiere interpretar, y deja de aceptar el que le habían dado.

Ficha

«En un musical gay» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras, incluido el exnovio de El Médano, son inventados; las figuras públicas citadas aparecen solo con datos conocidos de su trayectoria. Los datos sobre las obras y los musicales mencionados proceden de fuentes públicas. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Por qué el musical tiene tanto público LGTBI?

Por muchas razones a la vez: durante décadas fue uno de los pocos oficios donde muchas personas gays podían trabajar con cierta libertad, sus historias hablan de transformarse y de ser otra persona, y su exceso de emoción y de brillo conecta con la cultura camp.

¿Qué es «Los chicos de la banda»?

Una obra de Mart Crowley estrenada en 1968 en un teatro del off-Broadway de Nueva York. Cuenta una fiesta de cumpleaños entre amigos gays y fue una de las primeras obras de gran éxito con personajes abiertamente homosexuales. En 2018 se repuso en Broadway con un reparto de actores abiertamente gays.

¿De dónde viene la canción «I Am What I Am»?

Del musical «La Cage aux Folles», estrenado en Broadway en 1983 con música y letra de Jerry Herman y libreto de Harvey Fierstein. Ese mismo año Gloria Gaynor grabó su propia versión y la canción se convirtió en un himno del orgullo.

¿Dónde se estrenó «La llamada»?

En 2013, en una sala pequeña del Teatro Lara de Madrid. Escrita y dirigida por Javier Ambrossi y Javier Calvo, pasó años en cartel y se convirtió en película en 2017.

¿De qué habla «En un musical gay»?

Es una canción del primer álbum de la trilogía GAYFOLK que imagina las condiciones para triunfar en un musical gay: ser ordinaria, estrafalaria, visionaria, revolucionaria y, sobre todo, muy necesaria. En medio aparece un exnovio de El Médano, personaje de ficción.

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