Letras
Tres hombres bajo el agua y un canguro en la luna: el videoclip de «Canguros», de la orilla al bosque de algas
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

Hay canciones de despedida que se ruedan en un andén, con maletas y un tren que se va. El videoclip de «Canguros» no tiene andén, ni tren, ni maleta. Tiene un canguro que salta sobre un fondo color arena dejando detrás una estela de pintura rosa, azul y violeta. Tiene una playa de piedras con un chico de camisa fucsia que mira el mar de espaldas a la cámara. Tiene la luna, un mar de nubes, tres hombres que nadan bajo el agua y una sirena quieta en un bosque de algas. Todo eso para contar algo muy pequeño: alguien que se va y que, delante de quien se queda, se atasca en el adiós.
Subió a YouTube el 19 de marzo de 2025 y son tres minutos y veintiún segundos de imágenes. Lo tenéis entero en su ficha de vídeo, y la letra completa está en la sección de letras de la web. En el diario ya hay otras lecturas de la letra: una que cuenta de dónde salen los rumores del mar y las promesas lunares y otra sobre lo que «Canguros» no dice. Esta nota va por otro camino. Me he sentado con el vídeo parado cada tres segundos, apuntando qué sale en cada plano, y lo que sigue es ese cuaderno de notas puesto en orden, con los versos al lado cuando vienen a cuento.
El cartel: un hombre en el desierto y la palabra partida en tres
Todo arranca con el rótulo. La palabra «CANGUROS» está partida en tres pisos, «CAN», «GU», «ROS», en letras gruesas de color azul eléctrico con el borde amarillo, y ocupa la esquina de arriba a la derecha. Abajo a la izquierda está mi nombre en el mismo estilo, apretado en tres líneas. Entre medias, un hombre con el torso descubierto y unos pantalones rojos con dibujos blancos da un salto en un paisaje de tierra rojiza, rodeado de animales con cuernos que corren a su alrededor. En el cielo flotan un par de lunas pequeñas, como canicas.
Es un arranque raro, y me gusta que lo sea. No hay canguros todavía. Hay unos ciervos, o algo parecido, y un tipo que salta con ellos. El vídeo empieza prometiendo animales que saltan y tarda unos segundos en traer a los de verdad. Es un poco lo que hace la letra, que arranca con el borde del mundo, con un faro y con una estrella, y deja a los canguros para mucho más tarde.
El canguro de la estela de colores
A los seis segundos aparece el primero. Es un canguro de perfil, en pleno salto, con las patas traseras estiradas y la cola tiesa, sobre un fondo liso color arena. Del lomo le sale una estela de pintura que se deshace hacia atrás en franjas rosas, azules, violetas y turquesas, como si alguien hubiera pasado un pincel mojado justo detrás de él. No hay paisaje, no hay suelo. Solo el animal y su rastro.
Esa imagen vuelve varias veces a lo largo del clip, a los veinticuatro segundos y otra vez a los ciento dos, y funciona como un separador entre escenas. Es la que he elegido para la portada de esta nota, porque resume el vídeo sin necesidad de nadie más: algo que salta, que no se queda quieto y que deja un rastro de color por donde pasa. Si la canción va de no poder despedirse, el canguro es justo lo contrario, el que se va sin mirar atrás y encima deja el suelo pintado.
Un hombre que flota sobre la luna
A los nueve segundos estamos en la luna. La superficie gris, con cráteres, llena la parte de abajo del encuadre, y alrededor flotan varios asteroides redondos y oscuros, como bolas de petanca. En el centro hay un hombre con un traje blanco y dorado, de solapas grandes y botonadura de gala, suspendido en el aire con los brazos abiertos. Debajo de él, sobre la propia superficie lunar, un canguro lo mira.
Es el primer momento en que la letra y la imagen coinciden del todo, aunque el verso todavía no ha llegado. El hombre del traje de gala parece alguien que se ha vestido para una fiesta y ha acabado en el sitio equivocado, flotando sin peso en un paisaje donde no hay nadie más que un animal. Es una imagen cómica y, al mismo tiempo, muy sola.
La orilla: la camisa fucsia de espaldas
A los dieciocho segundos el vídeo baja a tierra. Es una playa de piedras grises bajo un cielo nublado, con un acantilado oscuro al fondo y el mar en calma. Delante, de pie sobre las piedras, hay un chico de pelo corto y oscuro, peinado hacia arriba, y una camisa fucsia de manga corta con un bordado en la espalda. Está de espaldas a la cámara, con la cabeza un poco inclinada hacia abajo, mirando al agua.
De todo el clip, este es el plano más cercano a la letra literal. Es el que se queda mirando el mar porque se tiene que ir. No pasa nada más: no hay barco, no hay faro, no hay nadie con él. Solo la camisa, que es lo único de color fuerte en un paisaje gris. Ese contraste dice mucho. Todo lo demás está apagado, menos él.
Me tengo que ir Y al verte aquí No me puedo despedir
Unos segundos después, a los cuarenta y dos, el mismo chico de la camisa fucsia aparece de frente, en un cielo blanco y lechoso, con los brazos levantados hacia arriba y las palmas abiertas, mirando al cielo. Es un gesto ambiguo. Puede ser alegría, puede ser rendición, puede ser alguien que llama a otro desde muy lejos. El vídeo no lo aclara, y me parece bien que no lo haga.
Un mar de nubes con canguros de fiesta
Entre esas dos escenas de la orilla, a los veintisiete segundos, llega la primera gran escena de fantasía. Un hombre con camisa blanca, tirantes y pantalón oscuro camina por encima de un mar de nubes, bajo un cielo de galaxia violeta y azul lleno de estrellas. A su alrededor saltan canguros enormes, con las patas delanteras recogidas, y dos de ellos llevan en la cabeza un gorrito de cumpleaños de cartón, de los de punta.

Los gorros de fiesta son mi detalle favorito de esa parte. Convierten el cielo en una celebración, como si los canguros hubieran salido de un cumpleaños y siguieran de juerga entre las estrellas. La letra dice que en la luna hay canguros saltando entre galaxias. El vídeo añade que, además, van de fiesta. Es la manera del planeta de leer un verso: cogerlo al pie de la letra y luego exagerarlo un poco más.
El hombre de la barba rosa y las siluetas del horizonte
A los treinta y tres segundos aparece otro personaje. Lleva la barba teñida de rosa chicle y el pelo castaño, con una chaqueta de brocado dorado y azul, de las de torero o de artista de copla, y un pañuelo rojo largo que le cae por el hombro. Está de pie delante de un planeta visto desde muy arriba, con la curva del horizonte detrás, y sobre esa curva se recortan siluetas de animales oscuros que caminan en fila. Algunas parecen canguros. Otras, con el cuello largo, parecen dinosaurios.
Es uno de los planos más teatrales del clip. El hombre mira a cámara con cara seria, casi solemne, como un presentador de circo antes de abrir el telón. La chaqueta de brocado es pura folclórica, y la barba rosa la saca de cualquier época concreta. Cuando el vídeo vuelve a él, a los ciento cincuenta y tres segundos, está exactamente igual, quieto, como un retrato colgado en mitad del viaje.
Banderas arcoíris dentro de una espiral
A los cuarenta y cinco segundos el vídeo hace una de sus apuestas más claras. Un hombre con traje gris y pelo oscuro baila en el centro de una espiral de nubes blancas y turquesas, como si estuviera dentro de un remolino o de un túnel de viento. A su alrededor saltan canguros, y varios de ellos sostienen banderitas arcoíris, de esas que se agitan en las carrozas. El hombre tiene las piernas abiertas y los brazos en alto, en mitad de un paso de baile.
La escena vuelve casi igual a los ciento veintiséis segundos. Es el momento en que el clip dice, sin palabras, dónde estamos: en el planeta. Las banderas no aparecen en la letra, que no habla ni de orgullo ni de fiesta. Las pone el vídeo. Y al ponerlas, la canción de despedida se convierte también en una canción de pertenencia. El que se va lo hace desde un sitio donde se puede bailar con banderas, y eso cambia el tono de todo el adiós.
El salto entre las rocas
A los cuarenta y ocho segundos cambia el paisaje. Hay unas rocas de arenisca amarilla, como las de un cañón del desierto, recortadas contra un cielo verde azulado con nubes blancas. Entre las rocas saltan dos canguros grandes, con las patas estiradas, y en medio de ellos cae, o salta, una figura pequeña vestida de oscuro. A los noventa y seis segundos volvemos a ese mismo decorado, con otro canguro y otra figura en pleno vuelo.
Es la parte más física del vídeo. Aquí no hay galaxias ni sirenas, hay piedra, aire y gravedad. Me gusta que, entre tanto cielo, el clip se acuerde de que saltar también es arriesgado, que el que se lanza puede caer. Cuadra con el verso más inseguro de la canción, el que pone en duda todo lo que se cuenta:
Mírame a los ojos No te creo
El hombre del frac entre nubes
A los cincuenta y cuatro segundos aparece un hombre con frac negro y pajarita, con el pelo rizado y claro, flotando con los brazos abiertos por encima de un mar de nubes blancas. Debajo de él, sobre las nubes, hay un grupo de canguros de pie, mirando hacia arriba, como un público que espera el número principal. Detrás, un cielo verde oscuro con alguna estrella.
Es una postura de director de orquesta o de mago al final del truco. Los brazos abiertos, el frac, los espectadores con orejas largas. El vídeo vuelve a él a los ciento cinco y a los ciento ocho segundos, siempre en la misma pose. Si el hombre del brocado era el presentador, este es el artista del número final, el que vuela sin cables.
La columna de luz
A los sesenta segundos el clip se va al espacio profundo. Una columna de luz blanca y azul baja en vertical por el centro de la imagen, entre nebulosas rosas y violetas, y alrededor de ella giran figuras pequeñas en el aire, personas y animales mezclados, como hojas atrapadas en un remolino. Abajo se adivina la curva de un planeta. La escena regresa a los ciento setenta y cuatro y a los ciento ochenta segundos, cuando el vídeo ya se acerca al final.

Es la imagen más abstracta del clip y, para mí, la que mejor dibuja la palabra «galaxias» de la letra. Todo flota, nada tiene peso, y la luz parece tirar de todos hacia arriba. Si la canción tuviera una puerta para salir del mundo, sería esa columna.
Tres hombres bajo el agua
A los sesenta y seis segundos cambiamos de elemento. Estamos debajo del mar, en un agua azul profunda con rocas a la derecha y rayos de luz que bajan desde la superficie. Tres hombres nadan juntos. El de delante tiene el torso desnudo y, en lugar de piernas, una cola de pez de escamas verdes y doradas. Los otros dos, detrás, llevan bañador oscuro y nadan con las piernas, como cualquiera en una piscina.
Es la escena que da título a esta nota, y la que mejor traduce uno de los versos más bonitos de la canción. La letra no se conforma con el femenino. Añade el masculino, y al final lo repite como un eco, dos palabras sueltas en líneas separadas. El vídeo le pone cara a esa segunda palabra. El tritón de la cola verde no está solo, nada acompañado por dos hombres que todavía tienen piernas, como si estuviera enseñándoles el camino hacia algún sitio. No hay que forzar mucho la lectura para ver ahí una pandilla, un grupo de amigos que se mete en un sitio donde las criaturas del cuento son, por fin, también como ellos.
Dicen que hay sirenas y sirenos
Sirenas que vuelan sobre la luna
A los setenta y cinco segundos el agua sube al cielo. Varias sirenas de colas verdes, azules y doradas vuelan en horizontal, con el pelo largo al viento, por encima de una superficie gris llena de cráteres. Arriba, a la derecha, se ve la Tierra entera, azul y blanca, colgada en el negro del espacio. Las sirenas no nadan, vuelan, con los brazos extendidos como si fueran pájaros.
Un poco más adelante, a los ciento treinta y cinco segundos, la misma idea vuelve con otro color. Ahora el cielo es naranja melocotón, abajo hay olas turquesas que rompen contra unas rocas, y las sirenas cruzan la pantalla de izquierda a derecha en fila, algunas casi de espaldas, otras mirando hacia abajo. A los ciento cuarenta y cuatro segundos queda una sola, la última, con una cola verde agua y el pelo oscuro, alejándose.
Me gusta mucho esa mezcla de mar y luna. La letra junta en la misma canción a los seres del agua y a los animales que saltan en el espacio, y el vídeo los pone a compartir escenario sin pedir permiso a nadie. Las sirenas abandonan el mar y suben. Los canguros abandonan la tierra y suben también. Todos se van hacia arriba, igual que el que se despide.
El hombre del pelo rosa y los canguros voladores
A los ochenta y siete segundos aparece otro personaje, uno de los más llamativos del clip. Es un hombre de piel oscura con el pelo teñido de rosa fucsia, peinado hacia arriba en una cresta enorme, y la barba también rosa. Lleva una camisa blanca con un estampado grande de manchas rojas y está de pie frente a un cielo azul claro. A su lado, en el aire, vuelan dos canguros con las patas estiradas, uno a cada lado, como si lo escoltaran.
El mismo hombre vuelve a los ciento cincuenta y nueve y a los ciento sesenta y dos segundos, con otro canguro que pasa volando por detrás. Es un plano muy de portada de revista: el personaje mira a cámara, serio y elegante, y el disparate ocurre a su alrededor sin que él se inmute. Es una manera muy camp de estar en el mundo, la de quien sigue posando aunque a su lado vuele un canguro.
El barco hundido
A los noventa y tres segundos volvemos bajo el agua, pero a otra profundidad. La luz es verde y turbia. Al fondo se ve el casco de madera de un barco hundido, con las cuadernas a la vista, y delante una sirena de cola larga nada de lado, mientras otras figuras se mueven en la penumbra.
Es la única vez que aparece un barco en el clip, y es un barco roto. La letra promete una embarcación de madera al que siga a una estrella. El vídeo enseña dónde acaba esa embarcación: en el fondo, convertida en casa de sirenas. No es una imagen triste, o no del todo. Lo que se hunde también puede ser habitado.
La media luna y el canguro sobre un planeta diminuto
A los ciento once segundos el clip cambia de estilo de golpe. Ya no parece una foto, parece una ilustración de cuento. Es un cielo azul marino lleno de estrellas pequeñas y remolinos de nebulosa, con una media luna amarilla a la derecha. Sentada dentro de la curva de la luna hay una figura pequeña vestida de rojo, con las piernas colgando. Abajo, sobre un planeta tan pequeño que apenas cabe un animal, corre un canguro anaranjado.

Es el plano más tierno del vídeo, el de los libros infantiles, el del principito que vive en un asteroide. La letra dice «Dicen que te encontraré de nuevo», y la imagen podría ser esa: alguien que espera sentado en la luna mientras otro corre, abajo, buscando el camino.
Dicen que te encontraré de nuevo Vuelve Prometiste Te espero
El baile del traje blanco
A los ciento catorce segundos llega la escena más alegre del clip. Un hombre con traje blanco salpicado de manchas rojas, como pintura tirada a brochazos, baila sobre un fondo turquesa liso. Alrededor de él saltan cuatro o cinco canguros, al mismo ritmo, con las patas delanteras arriba. Él abre los brazos, levanta una pierna, se ríe. El vídeo se queda en esa escena casi diez segundos, del ciento catorce al ciento veintitrés, más que en casi ninguna otra.
Aquí el clip abandona cualquier melancolía. Es pura coreografía, un número de variedades con animales. Me parece una decisión muy del planeta: en mitad de una canción de despedida, poner un baile de alegría. No contradice la letra. La completa. Despedirse también puede ser algo más que llorar en una orilla; a veces también es la última noche de fiesta antes de irse.
El traje rosa en la luna
A los ciento veintinueve segundos aparece un hombre con barba, de piel oscura, con un traje rosa claro salpicado también de manchas rojas y la camisa abierta. Está de pie en la superficie gris de la luna, bajo un cielo de galaxia violeta, y estira un brazo hacia la derecha, como señalando algo fuera de plano o lanzando una frase al aire. Vuelve a los ciento sesenta y ocho y a los ciento setenta y un segundos, en la misma pose, un poco más cerca.
Es el gesto de quien se despide desde lejos, con el brazo, porque no puede decirlo en alto. Si el chico de la camisa fucsia era el que no podía despedirse en la orilla, este es el que lo intenta desde la luna. La canción tiene esa forma: el mismo estribillo regresa cuatro veces, y el vídeo lo reparte entre personajes distintos, como si cada uno lo intentara a su manera.
La pantalla del atardecer
A los ciento cuarenta y siete segundos aparece una imagen extraña. Es una superficie plana e inclinada, como una pantalla o un panel grande visto en diagonal, con un atardecer pintado en franjas naranjas, rosas, azules y amarillas. Sobre ella corre la silueta negra de un canguro, recortada como una sombra chinesca. A los ciento setenta y siete y a los ciento ochenta y tres segundos vuelve el canguro en silueta, esta vez cruzando un fondo de espacio turquesa y rosa con una estrella muy luminosa.
Es un canguro de cartel de carretera, de postal de viaje, de los que avisan de que hay animales cruzando. Me gusta que el clip, además de canguros con gorro de fiesta y canguros que bailan, tenga este canguro sin cara, solo forma. Es el rumor convertido en símbolo.
El hombre que se tumba en la orilla
A los ciento sesenta y cinco segundos, la orilla vuelve, pero ahora es de noche, o casi. El mar está azul oscuro, con espuma blanca, y un hombre con el torso desnudo está tumbado boca abajo en la arena mojada, apoyado en los codos, sonriendo. Detrás de él, saliendo del agua, se levanta una cola de pez enorme. No sabemos si es la suya o la de alguien que acaba de irse.
Es mi plano favorito de todo el clip. Es el chico de la orilla del principio, o alguien como él, pero ya no está de pie ni de espaldas. Está tumbado, de frente, sonriendo. Y la cola de pez que asoma detrás deja la pregunta abierta: ¿se ha convertido él en sireno, o es otro el que se marcha al agua y él se queda mirando? Las dos lecturas valen, y las dos encajan con el verso que no sale: «No me puedo despedir».
El bosque de algas
Al final, a partir de los ciento ochenta y seis segundos, el vídeo se queda bajo el agua. Primero, un tritón de cola azul eléctrico sentado en una roca, con el torso desnudo, mirando a un lado, mientras detrás de él se adivinan otras figuras. Luego, a los ciento ochenta y nueve, un bosque de algas altísimas, verdes y doradas, con rayos de luz que bajan desde la superficie. En el centro, quieta, de pie, una sirena de cola larga flota entre las algas, con los brazos pegados al cuerpo, y alrededor nadan bancos de peces pequeños.

La cámara se queda en ese bosque hasta el final. A los ciento noventa y cinco segundos vuelve a aparecer el título partido en tres pisos, «CAN», «GU», «ROS», en la esquina de la derecha, y a los ciento noventa y ocho se suma mi nombre abajo a la izquierda, sobre las algas y la luz. El vídeo termina como empezó, con el cartel, pero en el otro extremo del mundo: si el principio era un desierto rojizo con un hombre saltando, el final es el fondo del mar con una sirena que no se mueve.
Es un cierre muy tranquilo. Después de tanto salto, tanta fiesta y tanto vuelo, la última imagen es alguien que flota sin ir a ninguna parte. Es el «Te espero» de la letra hecho decorado.
Lo que el vídeo hace con la letra
Si se pone la letra al lado del vídeo, se ve un método bastante claro. La canción está hecha de habladurías imposibles, una detrás de otra, todas con la misma muletilla al principio. El vídeo no elige entre ellos ni intenta explicarlos. Los convierte todos en paisaje. El faro y el límite del mundo quedan en la orilla gris; las sirenas y los sirenos, bajo el agua y en el cielo; los canguros, en la luna, en las nubes y en el desierto.
Y entre esos decorados, el estribillo, el que se repite cuatro veces, se reparte entre personajes distintos: el chico de la camisa fucsia, el hombre del frac, el del traje blanco, el del traje rosa en la luna, el del pelo rosa con su escolta de canguros. Nadie es el protagonista único. Cada uno vive su propia versión de la misma despedida. Eso le da al clip algo de álbum de fotos de unas vacaciones en grupo, donde todos salen en la misma postal pero cada uno mira a un sitio.
Me gusta también lo que el vídeo deja fuera. No hay ninguna escena de dos personas abrazándose, ni de una pareja que se separa en un aeropuerto, ni lágrimas en primer plano. La despedida está en todas partes y en ninguna. Está en la camisa fucsia de espaldas, en el brazo estirado desde la luna, en la cola de pez que sale del agua detrás del chico tumbado. Es una despedida contada con animales y criaturas de cuento, sin dramatismo de telenovela.
Dónde vive «Canguros» en el planeta
En el orden del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», «Canguros» ocupa el puesto dieciséis. Justo después llega «Usted es un puto narci psico encubierto», que es todo lo contrario: una sátira con megafonía de oficina y un diagnóstico leído en alto. Pasar de las sirenas del bosque de algas a ese aviso de empresa es uno de los saltos de tono más bruscos del disco, y creo que le sienta bien. Después de una canción que no sabe decir adiós, una que lo dice todo a gritos.
Las criaturas con cola de pez no aparecen solo aquí. El mar del planeta tiene su propia mitología, y en el diario hay un despacho sideral sobre las sirenas que no existen en Canarias. Si os interesa esa parte del mapa, también está la página sobre Canarias en mi música. Y para ver cómo encaja este clip con los demás, en el catálogo de canciones están todas, con sus vídeos.
El tono de «Canguros», mezcla de ternura y disparate, de despedida y de baile con banderas, encaja en lo que la web describe como camp a la española: una emoción pequeña con un decorado desproporcionado alrededor, con brocados, barbas rosas y canguros con gorro de cumpleaños.
Los dos planos que guardo
Si tuviera que recortar dos fotogramas y pegarlos en la nevera, serían estos. El primero, el chico de la camisa fucsia de espaldas en la playa de piedras, con el acantilado al fondo. Es el plano más quieto de todo el vídeo y el que más se parece a lo que uno siente cuando se tiene que ir de un sitio y no sabe cómo decirlo. No hace falta nada más que ese color en mitad del gris.
El segundo, el hombre tumbado en la orilla al anochecer, sonriendo, con la cola de pez levantándose detrás. Es la respuesta al primer plano. El que no se podía despedir ahora está tumbado, tranquilo, casi contento, y el mar a su espalda guarda el secreto de quién se queda y quién se va.
El clip se puede repasar entero desde su ficha, enlazada arriba. La pista, para escucharla sin imágenes, está en Spotify. Quien prepare un artículo o un programa de radio encontrará fotos y notas oficiales en la sala de prensa. La próxima vez que tengáis que despediros de alguien y no os salga, pensad en los canguros de la luna. Dicen que saltan entre galaxias. Dicen que te encontraré de nuevo.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «Canguros»?
Un canguro que salta dejando una estela de colores, un chico de camisa fucsia de espaldas en una playa de piedras, un hombre que flota sobre la luna, canguros con gorro de fiesta sobre un mar de nubes, banderas arcoíris dentro de una espiral, tres hombres nadando bajo el agua, uno de ellos con cola de pez, sirenas que vuelan por encima de las olas y, al final, una sirena quieta en un bosque de algas.
¿Por qué hay canguros en la luna?
Porque lo dice la letra: «Y dicen que en la luna hay canguros / Saltando entre galaxias». Es uno de los rumores imposibles que la canción va enumerando, y el vídeo se lo toma al pie de la letra: hay canguros sobre la superficie lunar, entre nubes y cruzando el cielo estrellado.
¿Cuándo se estrenó el videoclip de «Canguros»?
Subió a YouTube el 19 de marzo de 2025; son 201 segundos de clip. En la web de Planeta Gayfolk está en su ficha de vídeo, junto a la letra completa.
¿En qué disco está «Canguros»?
Es la pista 16 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK, justo antes de «Usted es un puto narci psico encubierto».
¿Quién escribió «Canguros»?
La letra, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. Los personajes del vídeo, del chico de la orilla a las sirenas, son inventados.