Letras
Un aro de luz rosa en el horizonte, un cañón con un camino de neón y un salto entre rocas rosas: los portales de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

En lo alto de una colina, cuando el cielo ya se ha puesto azul oscuro y solo queda una franja naranja pegada al horizonte, alguien ha clavado un aro de luz rosa. Es enorme, más alto que cualquier árbol, y no sostiene nada. No hay muro alrededor ni casa detrás. Solo el círculo encendido, de pie sobre la hierba, y delante la silueta pequeña de un chihuahua con las orejas tiesas, mirando hacia dentro.
Esa imagen pertenece al videoclip de «La empatía de la arpía», de Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», que firma letras, compone y produce (música e interpretación vocal hechas con IA). Y desde que la vi pienso en ella como en una puerta. Una puerta sin edificio, colocada en mitad del paisaje para quien necesite atravesarla. En Planeta Gayfolk hay varias así: aros, pasillos de luz, aberturas en la roca. Este texto es un paseo por esos portales, y por la canción que los necesita.
Una habitación que prometía refugio
Empiezo por el encierro, porque sin él los portales no tendrían sentido. La letra de «La empatía de la arpía» repite su título como quien vuelve a contar un cuento que no termina de creerse. Es la historia de alguien que parecía comprender, que parecía estar del lado de quien sufría, y que en realidad usaba esa cercanía como herramienta.

Hay un verso que me parece la llave de todo. Dice que esa persona prometía ser refugio y que era, en cambio, una habitación sin salida. Pocas veces he leído una definición tan exacta de cierto tipo de daño. No el golpe que llega de fuera, sino el que se esconde dentro del lugar al que uno corre a protegerse.
Una habitación sin salida no es necesariamente un sitio feo. Puede tener cortinas bonitas, una lámpara cálida, una cama donde descansar. Lo terrible es descubrir, tarde, que las paredes no tienen huecos. Que la puerta por la que entraste ya no está. Que el refugio era la trampa.
Por eso, cuando en el vídeo aparece un aro de luz en lo alto de una colina, lo leo como la respuesta visual a ese verso. Si la letra describe un cuarto cerrado, la imagen ofrece justo lo contrario: una abertura limpia en el aire libre.
La sonrisa que fingía
La canción va sumando detalles del personaje. Habla de una sonrisa fingida, de alguien que por fuera ofrecía ternura mientras por dentro hacía otra cosa. Y añade una línea especialmente dura: esa persona se aprendió la herida entera del otro para apretar justo donde dolía.
Me detengo ahí porque es la parte más cruel de la historia. La empatía, en principio, es un don. Es la capacidad de ponerse en el lugar de alguien, de entender su dolor sin haberlo vivido. Pero la canción habla de una empatía torcida, usada como mapa. Conocer la herida para saber dónde hacer presión.
El título lo resume con una palabra antigua. Las arpías de la mitología griega eran criaturas mitad mujer, mitad ave, que bajaban del cielo para arrebatar la comida y ensuciar lo que tocaban. Mike toma ese nombre y lo aplica a alguien que no roba alimentos, sino confianza. El monstruo ya no tiene alas ni garras: tiene una sonrisa amable.
En la mitología, además, las arpías eran mensajeras de los dioses y nadie podía dar con ellas en su propio terreno. Solo se las podía ahuyentar. Me parece una pista útil para leer la canción: no se trata de vencer a la arpía, sino de alejarse de su territorio.
Dunas de humo rosa
Antes de llegar a los portales, el vídeo pasa por un desierto. Cinco chihuahuas caminan en fila sobre una arena clara, peinada por el viento en ondas paralelas, y detrás de ellos se levanta una nube espesa de humo rosa que tapa las montañas del fondo. Avanzan hacia la cámara con las patas hundidas en la arena, muy serios, como una pequeña expedición.
Esa nube me parece la imagen perfecta de lo que queda atrás. No es una explosión ni un incendio; es algo blando, de color bonito, casi dulce. Pero no deja ver. Tapa el paisaje entero. Así es, muchas veces, la relación de la que se sale: algo que desde fuera parecía amable y que durante años impidió ver con claridad.
Los perros no se dan la vuelta para mirarla. Siguen andando. Y en ese gesto tan simple hay toda una filosofía de la huida: no hace falta entender la nube del todo para alejarse de ella. Ya habrá tiempo de entenderla desde lejos.
Una cúpula blanca en la arena
En otro plano del mismo desierto, cuatro chihuahuas se quedan quietos sobre una duna lisa, bajo un cielo de color salmón. Detrás de ellos, a media distancia, asoma una cúpula blanca y redonda con una franja de ventanas oscuras, como una estación espacial que se hubiera posado allí.
Es el único edificio de todo este recorrido, y no sabemos si es un refugio de verdad o otra habitación sin salida. La letra nos ha enseñado a desconfiar de los lugares que prometen protección. Pero también nos deja la puerta abierta a lo contrario: hay refugios que sí lo son. Casas de amigos, consultas donde se escucha, grupos donde alguien dice «a mí también me pasó».
La diferencia entre un refugio y una trampa, viene a decir la canción, no está en las paredes. Está en si te dejan salir cuando quieres. Un buen refugio siempre tiene la puerta a mano.
Cómo se reconoce un portal
Después de recorrer estos paisajes, me pregunto cómo se reconoce un portal en la vida real. No suelen ser aros de luz rosa. A veces son mucho más modestos. Una conversación con una amiga que por fin dice lo que lleva tiempo pensando. Un artículo leído por casualidad que describe exactamente lo que estás viviendo. Una cita médica. Una canción.
Lo que tienen en común es que abren algo. Hacen visible una salida que antes no se veía. Y casi siempre aparecen cuando uno empieza a sospechar que la habitación en la que vive no es tan acogedora como le habían dicho.
Me gusta pensar que «La empatía de la arpía» puede ser uno de esos portales para alguien. Que una persona la escuche, reconozca la sonrisa fingida, la herida aprendida de memoria, y piense: esto me está pasando a mí. Ese momento de reconocimiento es el aro en la colina. Lo que venga después ya es camino.
El aro de la colina
Vuelvo a la colina. En el primer plano en que aparece, el aro está casi solo. El cielo pasa del azul intenso de arriba a un rosa pálido cerca del horizonte, y el círculo de luz destaca sobre él como un trazo hecho con rotulador fosforito. En el centro, un único chihuahua de pie, oscuro, con las orejas en alto. No sabemos si acaba de llegar o si está a punto de cruzar.

Más adelante el plano vuelve, y ya no está solo. Tres siluetas pequeñas trotan por la ladera delante del aro, como si hubieran salido de él o se dispusieran a entrar. Y en otra toma aún más fantástica, el cielo se llena de chihuahuas que vuelan alrededor del círculo, decenas de cuerpos diminutos suspendidos en el aire mientras una manada entera espera en la colina.
Los portales de las historias fantásticas suelen ser así: un marco que separa dos mundos. Un armario que da a un bosque nevado, un espejo que se atraviesa, una madriguera por la que se cae durante minutos. Lo que tienen en común es que el paisaje a un lado y a otro parece el mismo hasta que se cruza. El aro de Planeta Gayfolk no muestra lo que hay detrás. Solo promete que hay un detrás.
Y eso, para quien ha vivido en una habitación sin salida, ya es muchísimo. La primera vez que alguien sale de una relación que lo encerraba, rara vez sabe lo que le espera. Lo único que sabe es que tiene que irse. El aro de la colina no garantiza nada. Solo existe. Y que exista es suficiente para empezar.
Por qué chihuahuas
Me hace gracia y me conmueve, a partes iguales, que los viajeros de estos portales sean chihuahuas. El vídeo está lleno de ellos: en la playa, en las dunas, entre cristales, junto a una tarta. Los perros más pequeños del mundo, los más frágiles en apariencia, convertidos en exploradores de un paisaje imposible.
Hay algo muy justo en esa elección. Quien sale de una relación de manipulación suele sentirse diminuto. Le han repetido durante años que no vale, que exagera, que sin la otra persona no sabría arreglárselas. Y entonces se ve a sí mismo como un perrito delante de un aro gigante. Demasiado pequeño para algo tan grande.
Pero el chihuahua del vídeo no duda. Está ahí, firme, con las orejas en punta. Y en los planos siguientes corre, salta, cruza ríos. La pequeñez no le impide moverse. Al contrario: es ligero, ágil, capaz de colarse por donde un animal grande no pasaría.
Los perros, además, son una presencia constante en el universo de Mike. Tiene canciones enteras dedicadas a ellos, como «Chihuahua», y en sus vídeos aparecen una y otra vez como compañeros fieles. En una canción sobre la traición, poner a los perros en primer plano es casi una declaración: estos sí son de fiar.
El cañón del camino de neón
Otro de los portales no es un aro, sino un pasillo. Un chihuahua avanza hacia la cámara por un camino de losas que atraviesa un cañón estrecho. Las paredes de roca, altas y rojizas, se iluminan de magenta, y a los dos lados del suelo corren dos líneas de neón rosa que dibujan el camino hasta perderse al fondo, donde la luz es más clara.
Me gusta mucho este plano porque cambia la idea de portal. Ya no es un umbral que se cruza de un salto, sino un recorrido. Las líneas de neón marcan una dirección, como las luces de emergencia que en los aviones conducen hacia la salida. No hay pérdida posible: el camino está señalado.
Salir de una habitación sin salida casi nunca es un salto único. Es más parecido a este cañón: un trayecto largo, entre paredes que todavía impresionan, con la luz al fondo pero todavía lejos. Hay días en que se avanza mucho y otros en que apenas se da un paso. Lo importante es que el camino está iluminado, aunque sea con dos líneas finitas en el suelo.
El perro camina con el collar puesto y la mirada al frente. No mira atrás. Y ese detalle, tan pequeño, me parece de los más elocuentes del vídeo.
Un río rosa entre orillas de hielo
Hay un tercer paisaje que también funciona como paso. Un chihuahua de pelo oscuro cruza un río de agua rosa, casi líquida de luz, que corre entre orillas blancas y onduladas como si fueran de hielo o de azúcar. Las patas mojadas, el cuerpo en movimiento, los ojos muy abiertos.
Los ríos son portales antiguos. En muchas mitologías separaban el mundo de los vivos del de los muertos, o una tierra conocida de otra extraña. Cruzar un río era cambiar de estado. Aquí el río no da miedo: es rosa, brilla, parece templado. Pero sigue siendo una frontera.
En la canción, la frontera que hay que cruzar es la de la duda. La arpía ha conseguido que quien la sufre no se fíe de su propio juicio. Que piense que tal vez exagera, que quizá la culpa es suya. Cruzar ese río significa empezar a creer de nuevo en lo que uno siente. Y eso, como pasar un río a nado, cuesta, moja y deja frío. Pero se llega a la otra orilla.
Rocas rosas en mitad del cielo
El portal más extraño del vídeo no tiene forma de puerta. Es un cielo entero. Un chihuahua salta en el aire, con las patas estiradas, entre rocas rosas que flotan sin caer. Son piedras redondeadas, porosas, como trozos de un planeta que se hubiera deshecho, y entre ellas brilla un polvo de purpurina que deja una estela tras el salto.

En un plano el fondo es azul claro, de día, y las rocas parecen pequeñas lunas. En otro el fondo es negro, como el espacio, y las piedras se ven enormes, cercanas, con su textura de esponja. El perro pasa de una a otra sin pisar ninguna, suspendido.
Me gusta pensar que este es el portal de después. El que aparece cuando ya se ha salido del encierro y uno comprueba que el mundo de fuera no tiene suelo firme todavía. Las rocas flotan, nada está quieto, no hay paredes pero tampoco hay mapa. Es la ingravidez de la libertad recién estrenada: vértigo y alegría a la vez.
Quien ha dejado atrás una relación así lo reconoce. Los primeros meses son extraños. No hay nadie que diga lo que está bien o mal, nadie que decida por ti. Al principio eso marea. Luego empieza a parecerse a volar.
Velas en la tarta equivocada
Hay un detalle de la letra que siempre me deja un poco helado. Dice que, a pesar de todo, esa persona sigue celebrando el cumpleaños contigo. Como si nada. Con la tarta, las velas, la foto de grupo.
Ese verso retrata muy bien la doble vida de la manipulación. Por un lado, el daño que se hace en privado; por otro, la normalidad que se mantiene en público. Los cumpleaños, las cenas, los viajes, todo sigue su curso, y precisamente por eso cuesta tanto ver lo que pasa. ¿Cómo va a hacerte daño alguien que enciende las velas de tu tarta, que te abraza delante de todo el mundo?
La respuesta de la canción es tajante: puede. Y la celebración no borra lo otro. Una fiesta de cumpleaños no es una prueba de amor si el resto del año es una habitación cerrada.
Por eso los portales del vídeo están tan lejos de cualquier salón con globos. Están en colinas, en desiertos, en cielos con rocas flotantes. Para salir de una celebración que miente hay que irse muy lejos, a un paisaje donde nadie finja.
Dos extraños
Hay un verso de la letra que me parece el más triste de todos. Dice que esta es la historia de dos extraños. Y lo dice después de haber hablado de años de convivencia, de cumpleaños celebrados juntos, de mucho tiempo compartido.

Es una de las sensaciones más difíciles de explicar a quien no la ha vivido. Mirar a alguien a quien creías conocer como a nadie y descubrir que nunca supiste quién era. Que todo lo que pensabas compartir era una representación. Que en realidad erais dos personas que no se conocían.
Pero el verso tiene también una lectura que alivia. Si erais dos extraños, la persona que sufrió no tiene que cargar con la culpa de no haberlo visto. No se puede ver lo que está escondido a propósito. El engaño estaba diseñado para no notarse. Y descubrirlo, aunque duela, es el primer paso hacia uno de esos aros de luz.
El estribillo como rueda
La estructura de la canción es casi un rezo. Una y otra vez vuelve la misma frase: esta es la historia de la empatía de la arpía. Cada vez que vuelve, añade un rasgo nuevo del personaje. La sonrisa, la herida, la ternura de mentira, el refugio que no lo era.
Esa repetición imita algo que conocen bien quienes han salido de una relación así: la necesidad de contarse la historia muchas veces para entenderla. Se repasa una escena, luego otra, luego la primera de nuevo con un detalle más. Cada vuelta aclara un poco el dibujo. Hasta que un día la historia está completa y ya no hace falta repetirla.
Hacia el final, la letra se queda en un murmullo y en un verso que se repite muchas veces: que a esa persona le daba igual cuando llorabas. Es el último descubrimiento, el más amargo. Y es también, de algún modo, el que libera. Cuando por fin se acepta que al otro le daba igual, se deja de esperar que cambie.
Los portales de las otras canciones
Los portales no se quedan en este vídeo. Mike tiene un repertorio entero dedicado a salir de relaciones que hacen daño, y cada canción propone su propia abertura.
En «Manual de escape de un narci», el portal es una lista de instrucciones dichas con descaro: no reaccionar, no explicar, abrir la puerta cuando el otro amenaza con irse. Es la versión práctica del aro de luz, la que lleva las indicaciones escritas en el marco.
En «No Contact», el portal es el silencio. Cortar la comunicación, dejar de responder, cerrar todas las vías por las que la otra persona podía volver a entrar. Es un portal que se atraviesa y luego se tapia detrás de uno.
Y en «La empatía de la arpía» el portal es, sobre todo, la comprensión. Entender lo que pasó, ponerle nombre al personaje, contarlo en alto tantas veces como sea necesario. Cada estribillo es una vuelta alrededor del aro antes de decidirse a cruzarlo.
Lo que hay detrás del aro
Esta canción no nace de la imaginación pura. Mike ha explicado en público que vivió casi dos décadas de maltrato psicológico repartidas entre dos parejas narcisistas. Cuando se atrevió a contarlo, se encontró con que ellos ya habían sembrado dudas sobre él entre gente cercana, y hubo quien se apartó. Llegó a estar muy cerca de quitarse la vida. Hoy recibe tratamiento de un equipo de salud mental que lo ayuda con un estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno de personalidad evitativa. Y escribe. Estas canciones son sus aros de luz plantados en la colina, para él y para quien llegue detrás.
Si estás dentro de una habitación así, o acabas de salir y todavía tiemblas, no tienes que cruzar el portal sin compañía. Habla con alguien que te quiera bien, con tu centro de salud o con un servicio especializado en violencia psicológica. Y si en algún momento pierdes de vista cualquier salida y aparecen ganas de morir, marca el 024: en España responde de día y de noche, sin coste y sin juicios. Si es una emergencia, el 112. Hay gente al otro lado esperando a que llames.
Para ver el vídeo y llevarse la canción
El videoclip con todos sus portales, la colina, el cañón, el río y las rocas suspendidas, está en la página del vídeo, y la canción se puede escuchar también en Spotify. Si quieres seguir el hilo de este universo, en el catálogo completo y en la sección de vídeos hay más paisajes de Planeta Gayfolk.
La descarga no cuesta nada: está en la tienda de gayfolkplanet.com y en la sección de descargas de mikesaintlouis.com, sin formularios ni pagos. Y si escribes sobre música, en la página de prensa hay fotos y textos listos para usar.
La colina después
Vuelvo una última vez a la colina del aro. Imagino que ha pasado la noche entera. El cielo, que estaba azul oscuro, empieza a clarear. El círculo de luz rosa sigue encendido, pero ya no destaca tanto, porque el día lo ilumina todo alrededor.
Los chihuahuas ya no están. Han cruzado. No sabemos adónde, pero se han ido. Y la colina, que parecía el final de algo, resulta ser solo un lugar de paso.
Eso es lo que me dejan los portales de Planeta Gayfolk. Que ninguna habitación es tan cerrada como parece desde dentro. Que siempre hay un aro en alguna colina, un camino de neón en algún cañón, un río que se puede cruzar. Y que hasta el perro más pequeño del mundo puede atravesarlos, si alguien le deja la luz encendida.
Preguntas frecuentes
¿Qué portales aparecen en el videoclip de «La empatía de la arpía»?
Un aro enorme de luz rosa plantado en lo alto de una colina al anochecer, con chihuahuas recortados delante y otros que vuelan alrededor; un cañón de paredes rojizas atravesado por un camino con dos líneas de neón; un río rosa entre orillas heladas, y un cielo con rocas rosas suspendidas entre las que salta un chihuahua.
¿De qué habla la canción?
De alguien que parecía empático y en realidad usaba esa cercanía para hacer daño: fingía una sonrisa, aprendía las heridas del otro y ofrecía un refugio que resultaba ser una habitación sin salida. La canción lo cuenta como una historia que se repite, con un estribillo que la nombra una y otra vez.
¿Por qué hablar de portales en una canción sobre manipulación?
Porque la imagen central de la letra es un encierro, y los aros de luz del vídeo funcionan como lo contrario: aberturas en el paisaje. Pensar en salidas concretas ayuda a quien se siente atrapado a recordar que la habitación tiene puertas, aunque desde dentro no se vean.
¿Dónde puedo escuchar y descargar la canción?
En su ficha de gayfolkplanet.com, en Spotify y en la página del videoclip. La descarga es gratuita en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas.
¿Qué hago si me reconozco en esa habitación sin salida?
Cuéntaselo a alguien de confianza y pide orientación a tu centro de salud o a un servicio de atención a víctimas de violencia psicológica. Si en algún momento aparecen pensamientos de quitarte la vida, en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora. En una emergencia, al 112.