Planeta Gayfolk

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Un canguro de colores que cruza el papel, una silueta que salta al atardecer y sirenas sobre la luna: los saltos de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Canguros»: la silueta negra de un canguro en pleno salto sobre un cielo de franjas naranjas, rosas y azules

Hay un instante en todo salto en el que el cuerpo deja de pertenecer al suelo. Dura muy poco, apenas una fracción de segundo, pero es el más importante. Los pies ya no tocan nada. La gravedad todavía no ha recuperado su dominio. Durante ese breve paréntesis, uno flota. Los niños lo saben muy bien, y por eso saltan sin parar sobre las camas, en los charcos, en las colchonetas de las ferias. Buscan una y otra vez ese segundo de vuelo.

Mike Sain't Louis, conocido como «el primer cantautor IA», es letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y en su universo se salta con una frecuencia sorprendente. Saltan animales, saltan siluetas, saltan figuras que parecen haber perdido el peso. Este paseo recorre los saltos de Planeta Gayfolk, y la canción que da el primer brinco es «Canguros».

Lo que dicen

«Canguros» es una canción construida sobre rumores. Casi todas sus estrofas empiezan igual: dicen que. Dicen que hay un límite en el mundo. «Dicen que hay un faro en la bahía». Dicen que si sigues a cierta estrella acabarás en un barco de madera. Dicen que hay sirenas y sirenos. Y la más famosa, la que da título a la canción: dicen que en la luna hay canguros.

Es un recurso muy bonito. La canción no afirma nada directamente. Se limita a recoger cosas que se cuentan, leyendas, historias de pueblo, cuentos de marineros. Algunas son posibles, otras imposibles. Y el narrador las va desgranando como quien repasa las historias que le contaron de pequeño.

En mitad de esas leyendas, sin embargo, aparece algo muy real. Una despedida. Me tengo que ir, dice el narrador, y al verte aquí no me puedo despedir. Las leyendas son el decorado. La despedida es el corazón.

Canguros en la luna

El verso más llamativo de la canción describe a los canguros de la luna con una imagen preciosa: «Saltando entre galaxias». No saltan de roca en roca ni de cráter en cráter. Saltan de galaxia en galaxia, como si cada brinco les llevara a otro rincón del universo.

Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes de camuflaje y tatuajes en los brazos, junto a un brocal de piedra con un planeta rosa reflejado, al lado del verso «Saltando entre galaxias» de «Canguros»

Es una imagen infantil en el mejor sentido. Recuerda a esos cuentos en los que los animales hacen cosas imposibles con toda naturalidad. Y tiene algo de verdad física: en la luna, con su gravedad mucho menor que la de la Tierra, cualquier salto sería enorme. Los astronautas que la pisaron se movían a saltitos, como canguros torpes, porque era la forma más eficaz de desplazarse.

La canción convierte ese dato en poesía. Si en la luna hay canguros, sus saltos no tienen límite. Pueden llegar a cualquier parte. Y quizá también puedan llevar a alguien de vuelta.

Un canguro de colores que cruza el papel

El vídeo de «Canguros» abre con una imagen muy gráfica. Sobre un fondo claro que parece papel, un canguro oscuro cruza la pantalla en pleno salto, con las patas traseras estiradas y la cola en horizontal. Detrás de él, como si dejara una estela, se despliegan franjas de color: rosa, violeta, azul, turquesa, fucsia. Es como si el animal estuviera pintando el aire al moverse.

Fotograma del videoclip de «Canguros»: un canguro oscuro cruza en pleno salto un fondo claro de papel dejando una estela de franjas rosas, violetas y turquesas, junto a tres miniaturas de una silueta de canguro sobre un cielo naranja y del mismo canguro de colores

Esa imagen resume muy bien lo que es un salto en Planeta Gayfolk. Va mucho más allá de un desplazamiento: es una explosión de color. El canguro deja tras de sí un arcoíris desordenado, vibrante, lleno de energía. Su movimiento transforma el espacio que atraviesa.

Hay algo muy queer en esa estela. Los colores del orgullo convertidos en el rastro de un salto. Como si cada vez que alguien se atreve a lanzarse, el mundo quedara un poco más pintado.

Una silueta al atardecer

Otro plano del vídeo es completamente distinto. Aquí no hay papel ni estelas. Hay un cielo inmenso de franjas naranjas, rosas y azules, como un atardecer pintado con brochazos gruesos. Y en primer plano, recortada en negro, la silueta de un canguro en pleno vuelo.

Es la imagen más clásica del animal, la que aparece en las señales de tráfico de su país de origen y en las postales. Pero el vídeo la coloca sobre un cielo imposible, saturado, casi abstracto. El canguro deja de ser un animal concreto y se convierte en un símbolo: el del salto en sí.

Me gusta mucho esa silueta porque no tiene detalles. No sabemos si es grande o pequeño, joven o viejo. Solo vemos la forma del impulso, las patas recogidas, la cola tensa, la cabeza adelantada. Representa el salto en estado puro.

Sirenas sobre la luna

Una de las imágenes más sorprendentes del vídeo junta dos leyendas de la canción en una sola escena. Sobre la superficie gris de la luna, llena de cráteres, flotan varias figuras con colas de pez de colores, verdes, rosas, doradas. Son sirenas, o sirenos, nadando en el vacío como si el espacio fuera agua. Al fondo, enorme y azul, se ve la Tierra.

Fotograma del videoclip de «Canguros»: varias sirenas con colas verdes, rosas y doradas flotan sobre la superficie gris de la luna con la Tierra azul al fondo, junto a tres miniaturas de figuras suspendidas sobre la luna ante un estallido de luz violeta

Es una mezcla deliciosamente absurda. Las sirenas pertenecen al mar, los canguros a la tierra, la luna al cielo. El vídeo lo junta todo en un mismo plano, como hace la canción al encadenar sus leyendas. En Planeta Gayfolk no hay fronteras entre los mundos. Todo puede convivir.

La letra menciona a sirenas y sirenos, en masculino y femenino. Es un detalle pequeño pero significativo. Las sirenas de los cuentos clásicos son casi siempre mujeres. Añadir a los sirenos es abrir la leyenda a otras formas de belleza, a otros cuerpos, a otras miradas.

Figuras que flotan

Otro plano muestra un grupo de figuras humanas suspendidas en el espacio, sobre la curva de la luna, con un estallido de luz azul y violeta detrás, como una nebulosa o la vía láctea vista de cerca. No están de pie ni tumbadas. Flotan, con los brazos y las piernas en posiciones distintas, como bailarines congelados en mitad de un salto.

Es el salto llevado a su extremo. Figuras que han saltado tan alto que ya no vuelven a caer. Que han escapado de la gravedad y se han quedado flotando entre las estrellas. Hay algo liberador en esa imagen, y algo inquietante también. ¿Pueden volver? ¿Quieren hacerlo?

Me tengo que ir

La parte central de «Canguros» es una despedida. El narrador tiene que irse, pero al ver a la otra persona no consigue decir adiós. Es una situación que todo el mundo ha vivido alguna vez: estar en la puerta, con la maleta hecha, y sentir que las palabras no salen.

La canción no explica a dónde se va ni por qué. Solo sabemos que hay una llamada, algo que empuja a marcharse, y una persona que retiene. Esa tensión entre irse y quedarse es el gran tema de muchas vidas. El trabajo en otra ciudad, la relación que hay que dejar, el país que se abandona buscando un futuro mejor.

Para muchas personas LGTBI, irse ha sido a menudo una necesidad. Dejar el pueblo, dejar la familia, dejar el entorno donde no se podía ser uno mismo. Y esa partida, aunque sea liberadora, viene casi siempre acompañada de despedidas difíciles.

Saltar para irse

Hay un salto que no aparece en el vídeo pero que está en el fondo de la canción: el salto que uno da cuando se marcha. Saltar a otra ciudad, a otra vida, a lo desconocido. Es el salto más difícil de todos, porque no se sabe dónde se va a caer.

Muchas personas que han salido del armario describen ese momento con la misma metáfora: fue como lanzarse al vacío. No sabían cómo reaccionaría su familia, si perderían amigos, si les echarían de casa. Y aun así saltaron. Porque quedarse donde estaban se había vuelto insoportable.

Los canguros de la luna, que saltan de galaxia en galaxia, son quizá una imagen de esa valentía. Lanzarse sin saber exactamente dónde se aterrizará, confiando en que el impulso será suficiente.

Vuelve, prometiste

Después de la despedida, la canción recoge una última leyenda: dicen que te encontraré de nuevo. Y a continuación tres palabras sueltas, cada una en su línea, que tienen la fuerza de un grito contenido: vuelve, prometiste, te espero.

Es el momento más emotivo de la canción. Las leyendas anteriores eran juegos, cuentos, rumores. Esta es una necesidad. El narrador quiere creer que habrá un reencuentro, que la promesa se cumplirá, que quien se fue volverá. Y lo dice con una economía de palabras que lo vuelve todavía más desgarrador.

Hay una ambigüedad interesante. ¿Quién se va y quién se queda? Al principio de la canción es el narrador quien dice que tiene que irse. Pero luego es él quien pide que vuelvan y quien espera. Quizá los dos se van. Quizá los dos esperan. Las despedidas, a veces, son así de confusas.

El faro en la bahía

Entre todas las leyendas de «Canguros», hay una que me parece especialmente bonita: la del faro en la bahía. Los faros son, desde siempre, símbolos de orientación. Una luz que gira en la oscuridad para que los barcos no se pierdan, para que sepan dónde está la costa y dónde las rocas.

Mike Sain't Louis con abrigo oscuro en un callejón nocturno de piedra con un espejo dorado, junto al verso «Dicen que hay un faro en la bahía» de «Canguros»

En una canción sobre despedidas, el faro es la promesa de que habrá un camino de vuelta. Que por muy lejos que se vaya, siempre habrá una luz que indique dónde está el puerto. Quien espera es, en cierto modo, ese faro. Mantiene la luz encendida para que quien se fue pueda encontrar el camino.

Saltos en otros rincones del planeta

Los saltos aparecen también en otras canciones de Planeta Gayfolk. En «Chihuahua», una manada de perros pequeños brinca a la vez sobre una llanura lavanda bajo una luna blanca, suspendidos en el aire con las orejas tiesas. Es un salto de pura alegría, sin otra razón que la fiesta.

En «Tattoo de fénix» el salto es el del ave que renace de sus cenizas, que se eleva desde el fuego hacia el cielo. Es un salto de transformación, el que se da después de haber tocado fondo.

Y los canguros de la luna completan esa familia. Su salto es el de la leyenda, el de la imaginación, el que permite viajar a donde el cuerpo no puede llegar.

El miedo a saltar

No todo el mundo salta con facilidad. Hay personas para las que cualquier cambio es un abismo. Dejar un trabajo, terminar una relación, mudarse, pedir ayuda: todo parece demasiado arriesgado. Y el miedo puede paralizar durante años.

Ese miedo tiene a menudo raíces profundas. Experiencias pasadas en las que saltar salió mal. Personas que nos hicieron sentir que no éramos capaces. Una ansiedad que anticipa siempre lo peor. Para quien vive con fobia social o con trastorno de evitación, el salto más pequeño, como hablar con un desconocido o asistir a una reunión, puede parecer tan imposible como saltar hasta la luna.

La terapia ayuda a desmontar ese miedo poco a poco. No se trata de lanzarse de golpe, sino de dar pequeños saltos, cada vez un poco más largos, y comprobar que se puede aterrizar.

Los colchones de la infancia

Pienso en los saltos que daban los niños de antes en las camas de sus padres, aprovechando un descuido. En las colchonetas hinchables de las ferias de pueblo. En las camas elásticas que llegaron después. El salto infantil es una de las formas más puras de alegría física que existen. No tiene objetivo, no busca nada. Se salta porque se puede.

Muchos adultos han olvidado esa alegría. El cuerpo se vuelve pesado, prudente, se mueve solo cuando hace falta. Pero de vez en cuando aparece de nuevo: un charco que invita a pisarlo, una pista de baile que pide brincar, un reencuentro que hace dar saltos de alegría. Recuperar ese gesto, aunque sea en una cocina con la música alta, puede ser una pequeña forma de cuidarse.

Saltos de fe

Existe una expresión muy extendida para hablar de las decisiones que se toman sin garantías: dar un salto de fe. Lanzarse confiando en que habrá algo al otro lado, aunque no se vea. La usan los creyentes, pero también los emprendedores, los enamorados, los que se mudan a otro país con una maleta y poco más.

Todo salto de fe tiene algo de locura y algo de valentía. Desde fuera puede parecer imprudente. Desde dentro, muchas veces, es la única salida posible. Quien ha vivido años en una situación que le hacía daño sabe que llega un momento en que quedarse es más peligroso que saltar.

La canción de los canguros está llena de esa fe. Cree en las leyendas, en los faros, en los reencuentros. No porque tenga pruebas, sino porque necesita creer. Y esa necesidad, lejos de ser ingenua, es lo que permite seguir adelante.

El trampolín de la piscina

Pienso también en los trampolines de las piscinas municipales en verano. Esa cola de niños y adolescentes esperando su turno, el que sube la escalerilla con decisión y el que se queda paralizado en lo alto mientras los de abajo le gritan. El momento de asomarse al borde, ver el agua muy lejos, dudar.

Casi todo el mundo ha estado alguna vez en lo alto de un trampolín sin atreverse. Y casi todo el mundo recuerda la primera vez que por fin saltó: el estómago en la garganta, el golpe del agua, la risa al salir a la superficie. Después de eso, el trampolín ya no daba miedo. Se subía una y otra vez.

El miedo al salto suele ser mayor que el salto en sí. La anticipación pesa más que la caída. Es algo que la ansiedad conoce muy bien: imaginar lo peor durante horas para descubrir, al final, que lo temido no era para tanto.

Animales que saltan

El canguro no es el único animal que ha hecho del salto su forma de vida. Están las ranas, que pueden recorrer distancias muchas veces superiores a su tamaño. Las pulgas, que en proporción son las mejores saltadoras del mundo. Los delfines, que brincan fuera del agua aparentemente por puro placer. Las cabras montesas, que saltan de roca en roca en paredes casi verticales. Los gatos, que calculan con precisión milimétrica antes de lanzarse a un estante.

Cada uno salta por razones distintas: para huir, para cazar, para desplazarse, para jugar. Pero todos comparten esa capacidad de desafiar por un instante la gravedad. Y en todos hay algo hermoso que los seres humanos admiramos desde siempre.

Los canguros, además, tienen una particularidad: no pueden caminar hacia atrás. Su cuerpo, con esa cola enorme y esas patas traseras tan potentes, solo les permite avanzar. Quizá por eso se han convertido en símbolo de progreso. Un animal que solo sabe ir hacia delante, a saltos.

La gravedad de los días

Hay días en que el cuerpo pesa el doble. Levantarse de la cama cuesta un mundo, cada paso parece hundirse en el suelo, los brazos cuelgan como si fueran de plomo. Quien ha vivido una depresión conoce esa gravedad aumentada, esa sensación de que todo tira hacia abajo.

En esos días, hablar de saltos puede parecer una burla. Pero quizá no lo sea. Imaginar la luna, donde todo pesa menos y los canguros brincan entre galaxias, puede ser un pequeño alivio. Una forma de recordar que la gravedad no es la misma en todas partes, ni en todos los momentos. Que habrá días más ligeros.

Un barco de madera

Otra de las leyendas de «Canguros» habla de seguir una estrella para acabar en un barco de madera. Es una imagen que parece sacada de un cuento de piratas o de un relato de navegantes antiguos, cuando los marineros se orientaban por el cielo nocturno y las travesías duraban meses.

Seguir una estrella es una forma de confiar en algo lejano para orientarse en lo cercano. Y el barco de madera, frágil, artesanal, es el vehículo que permite el viaje. No es un transatlántico ni un avión. Es algo hecho a mano, que cruje con las olas, que exige cuidado.

Me gusta pensar que esa leyenda habla de las vidas que se construyen poco a poco, con materiales sencillos, siguiendo una intuición. Muchas personas LGTBI han tenido que fabricar su propio barco, sin planos ni modelos, para salir del lugar donde estaban. Y han navegado guiándose por estrellas que otros no veían.

El límite del mundo

La primera leyenda de la canción es quizá la más inquietante: dicen que hay un límite en el mundo. Durante siglos, muchos creyeron que la Tierra tenía un borde, un lugar donde el mar caía al vacío y los barcos desaparecían para siempre. Los mapas antiguos dibujaban monstruos en sus márgenes.

Hoy sabemos que ese límite no existe en la geografía. Pero sigue existiendo en la cabeza de mucha gente. El límite de lo que uno se atreve a hacer, de lo que cree merecer, de lo que considera posible. Y ese límite, como el de los mapas antiguos, suele estar mucho más cerca de lo que debería.

Saltar es, en cierto modo, comprobar que el límite estaba más lejos. Que al otro lado del borde no había un abismo, sino más mundo.

Una historia con muchos saltos

Mike ha hablado abiertamente de una etapa de casi veinte años marcada por dos relaciones consecutivas con hombres narcisistas, en las que sufrió maltrato psicológico. Cuando decidió contarlo, se encontró con que ellos ya habían sembrado la desconfianza en parte de su entorno, y perdió a mucha gente. Llegó a estar al borde del suicidio. Hoy cuenta con un equipo de salud mental que le ha diagnosticado estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. Escribir canciones como «Canguros» ha sido para él una forma de imaginar otros mundos donde todavía es posible saltar.

Si a ti el miedo te tiene clavado al suelo y no ves la manera de dar el siguiente paso, no tienes que hacerlo a solas. Habla con alguien de confianza o con tu médico de cabecera. Y si en algún momento piensas en quitarte la vida, en España está el 024, que atiende de forma gratuita, confidencial y a cualquier hora. Si es una emergencia, llama al 112.

Escucharla y llevársela

El vídeo completo de «Canguros», con sus canguros de colores, sus sirenas lunares y sus figuras flotantes, está en su página. La canción también se encuentra en Spotify. Las otras dos canciones mencionadas tienen su ficha, y el repertorio completo está en el catálogo.

Todo se descarga gratis, sin cuentas ni pagos, desde la tienda de gayfolkplanet.com y desde mikesaintlouis.com/descargas. Los periodistas tienen material en prensa.

El último brinco

Vuelvo al canguro de colores que cruza el papel. Su cuerpo en tensión, las patas estiradas, la estela de rosa y azul que deja atrás. Está en ese instante en que ya no toca el suelo y todavía no ha caído. Ese segundo de vuelo.

Quizá eso sea lo que buscan todos los saltos de Planeta Gayfolk. No tanto llegar a un sitio como habitar ese instante en el aire, cuando todo es posible. Y la promesa, escondida en la canción, de que después del salto habrá alguien esperando, con la luz del faro encendida, para recibirnos al aterrizar.

Preguntas frecuentes

¿Qué saltos aparecen en el vídeo de «Canguros»?

Canguros pintados con estelas de colores que cruzan un fondo de papel, la silueta de un canguro que salta sobre un cielo naranja y figuras que flotan en el espacio sobre la luna, entre ellas sirenas con colas de colores y la Tierra al fondo.

¿De qué habla «Canguros»?

De las cosas que se dicen sin que nadie las haya visto: que hay un límite en el mundo, un faro en la bahía, sirenas y sirenos, canguros en la luna. Entre esas leyendas aparece una despedida difícil y la promesa de reencontrarse.

¿Por qué hay canguros en la luna?

Es una imagen de la letra, que convierte la luna en un lugar donde los canguros saltan de galaxia en galaxia. Funciona como una leyenda infantil, una de esas cosas maravillosas que se cuentan y en las que uno quiere creer.

¿Dónde puedo escuchar o descargar la canción?

En su ficha de gayfolkplanet.com se oye completa. Puedes bajarla gratis en la tienda de la web o en mikesaintlouis.com/descargas, y también está en Spotify.

¿Qué hago si me da miedo dar un paso importante?

Es normal que los cambios asusten. Si el miedo te paraliza o se mezcla con tristeza profunda, consulta con tu médico o con un psicólogo. Si piensas en quitarte la vida, en España el 024 atiende gratuitamente a todas horas, y el 112 en una emergencia.

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