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Un carrusel de neón azul, caballos que giran en la penumbra y una plaza pintada de colores: los tiovivos de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Dark Corners»: un carrusel antiguo iluminado con bombillas y neón violeta gira de noche, con caballos de colores y pequeñas figuras montadas, sobre una plataforma brillante

De niño, el tiovivo era la primera atracción que te dejaban montar solo. Te subían a un caballo de madera pintado, te agarrabas a la barra dorada y, cuando sonaba la campanilla, el mundo empezaba a girar. Abajo, tu madre o tu abuela aparecían y desaparecían en cada vuelta, saludando con la mano. Arriba, el caballo subía y bajaba despacio. No ibas a ninguna parte, pero tenías la sensación de cabalgar.

Mike Sain't Louis, conocido como «el primer cantautor IA», figura como letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y en uno de sus videoclips más nocturnos hay carruseles por todas partes. Giran con neón azul, con bombillas amarillas, con luces violetas. Este paseo recorre los tiovivos de Planeta Gayfolk, y la canción que pone la música a la vuelta es «Dark Corners».

Una canción para bailar en el rincón

«Dark Corners» mezcla inglés y español en cada estrofa, como quien piensa en dos idiomas a la vez. Empieza con una mañana gris: se levanta tarde, no hay sol, el espejo le pregunta qué ha pasado. Los colores se le apagan detrás de la sonrisa. Camina despacio, «Camino lento, mile by mile», milla a milla.

Mike Sain't Louis con gorra estampada, camiseta de tirantes blanca y brazos tatuados, la mano apoyada en la sien, ante un escenario con un foco rosa, junto al verso «Camino lento, mile by mile» de «Dark Corners»

Y luego llega el estribillo: baila en los rincones oscuros, con su sombra, que es la dueña de sus noches. Sin aplausos, sin rumores. Es el rey de la nada, pero sonríe para no sentir.

La canción describe algo que mucha gente conoce sin saber ponerle nombre: estar triste en medio de la fiesta. Llevar tacones altos y el ánimo por el suelo. Brillar en la calle, «En las calles brillo más», y estar vacío por dentro. Fingir un espectáculo que nadie descubrirá.

Carruseles de neón

El vídeo está lleno de tiovivos, y ninguno se parece a otro. Hay uno antiguo, con bombillas amarillas y caballos de colores, que gira en mitad de la oscuridad como un pastel iluminado. Hay otro moderno, casi futurista, con aros de neón azul y figuras de pie en la plataforma, inmóviles, como maniquíes. Hay uno con luces violetas y rosas, cuyos caballos blancos parecen salir de un cuento.

Fotograma del videoclip de «Dark Corners»: un carrusel antiguo de bombillas amarillas con caballos de colores gira en la oscuridad, con tres miniaturas de otros tiovivos de neón azul y violeta

Todos giran de noche. Todos están rodeados de penumbra. Y en casi todos hay figuras que montan o esperan, pequeñas, lejanas, como si la cámara no quisiera acercarse demasiado.

Es una imagen muy precisa para lo que cuenta la canción. El tiovivo es la atracción más alegre de la feria, la de la infancia, la de las fotos familiares. Pero aquí está sola en la oscuridad, girando para nadie. La alegría sigue funcionando, las luces siguen encendidas, la música sigue sonando. Pero algo se ha quedado vacío.

Girar sin llegar

Lo que define a un tiovivo es que gira sin ir a ningún sitio. Da vueltas y vueltas y siempre vuelve al mismo punto. Los caballos galopan, pero no avanzan. El viaje es una ilusión.

Hay épocas de la vida que se parecen a eso. Te levantas, trabajas, sales, vuelves, duermes, te levantas otra vez. Todo funciona. Desde fuera, parece que avanzas. Pero por dentro tienes la sensación de estar girando en el mismo sitio, sin llegar nunca a ninguna parte.

Los profesionales de la salud mental describen a veces la depresión como un círculo. Los pensamientos negativos generan cansancio, el cansancio impide hacer cosas, no hacer cosas alimenta los pensamientos negativos. Es un carrusel del que cuesta bajarse, porque desde dentro parece que el giro es lo normal.

Una plaza pintada de colores

En uno de los planos más bonitos del vídeo, la cámara sube hasta lo alto y mira hacia abajo. Debajo hay una plaza enorme, rodeada de edificios antiguos con soportales. El suelo está pintado con espirales de colores: rojo, amarillo, verde, azul, violeta. Y sobre las espirales, pequeñas figuras con faldas de volantes giran como peonzas.

Otro fotograma de «Dark Corners»: una plaza porticada vista desde lo alto, con el suelo pintado de espirales de colores y bailarinas de faldas de volantes, junto a miniaturas de un carrusel, un corazón en llamas y un corazón negro entre la multitud

Es como ver un tiovivo desde el cielo. Toda la plaza se convierte en una atracción. Las bailarinas son los caballos, las espirales son la plataforma, y la ciudad entera es el feriante que pone en marcha la música.

Esa imagen tiene algo de alegría desbordada. Pero también, si uno se fija en la escala, de soledad. Desde tan arriba, las figuras son diminutas. Cada una gira en su espiral, separada de las demás. Bailan juntas, pero cada una en su círculo.

La sonrisa como uniforme

Hay una expresión que se ha popularizado en los últimos años: la depresión sonriente. No es un diagnóstico oficial, pero describe una experiencia real. Personas que sufren síntomas depresivos y que, aun así, mantienen una apariencia alegre, sociable, funcional. Van a trabajar, salen con amigos, hacen bromas, suben fotos de fiestas. Y nadie sospecha nada.

El problema de esa sonrisa es que funciona demasiado bien. Si nadie nota el sufrimiento, nadie pregunta. Si nadie pregunta, la persona sigue sola con lo que le pasa. Y cuanto más tiempo pasa, más difícil es romper el personaje.

«Dark Corners» es casi un retrato de ese estado. El protagonista sonríe para no sentir. Finge un espectáculo. Es el rey de la nada. Y en el último momento, alguien le pregunta si está bien, y responde que sí, que solo está bailando.

La feria de noche

Las ferias tienen dos caras. De día, son ruidosas, familiares, llenas de niños con algodón de azúcar. De noche cambian. Las luces se encienden, la música sube, los adolescentes toman las atracciones. Y a última hora, cuando se van cerrando las casetas, aparece una melancolía extraña. Las bombillas siguen encendidas, pero ya no queda casi nadie.

Muchas personas recuerdan esa sensación del final de la feria. El último viaje en la noria, el último paseo entre los puestos, el olor a churros y gasolina, la música que se apaga. Era la hora de volver a casa, y la fiesta, que parecía eterna, había terminado.

Los tiovivos del vídeo viven en esa hora. Parecen funcionar después del cierre, cuando ya no hay público. Giran por costumbre, por inercia, como una fiesta que no sabe que se ha acabado.

Caballos que suben y bajan

En un carrusel clásico, los caballos no solo giran. También suben y bajan, movidos por una barra que los atraviesa. Ese movimiento ondulante es lo que da la sensación de galope. Sin él, el tiovivo sería solo una plataforma que da vueltas.

En el vídeo, los caballos de madera brillan bajo las luces. Algunos son blancos, otros de colores, con crines doradas y sillas pintadas. Suben y bajan en la penumbra como olas. Hay algo hipnótico en verlos.

El estado de ánimo también sube y baja. Hay días mejores y días peores, horas en que todo parece posible y horas en que nada tiene sentido. Lo importante, dicen quienes acompañan estos procesos, es no confundir una bajada con el final del viaje. El caballo vuelve a subir.

El corazón en llamas

En mitad de una plaza nocturna aparece un corazón enorme hecho de fuego. A su alrededor, una fila de bailarines con trajes de lentejuelas se da la mano y forma un semicírculo. Detrás, los edificios antiguos y una torre de iglesia.

Es una imagen de fiesta popular, de verbena, de las que se celebran en los pueblos en verano. Pero también es una imagen muy simbólica. El corazón arde. Está en el centro de todo, iluminando la plaza, y a la vez consumiéndose.

En otro momento del vídeo, el corazón es negro, gigante, y lo lleva una procesión de gente vestida de oscuro por calles estrechas de piedra. Desde arriba, la cámara lo ve avanzar entre la multitud como un objeto pesado, casi fúnebre.

Fuego y luto. Dos maneras de llevar el mismo corazón.

Bailar para no pensar

Hay gente que baila para celebrar, y hay gente que baila para no pensar. Desde fuera, es imposible distinguirlas. Las dos mueven los brazos, las dos cierran los ojos, las dos parecen felices.

En la comunidad LGTBI, la pista de baile ha sido históricamente un refugio. Un lugar donde ser uno mismo, donde encontrar a otros como tú, donde olvidar durante unas horas la hostilidad del mundo. Pero también, para algunas personas, se ha convertido en un escondite. Un sitio donde no hace falta hablar, donde la música tapa los pensamientos, donde la noche se alarga para no tener que volver a casa.

La canción no juzga eso. Solo lo describe. Y en esa descripción hay una enorme ternura hacia quien baila en el rincón.

Las figuras quietas

En uno de los carruseles modernos, las figuras no montan. Están de pie sobre la plataforma, inmóviles, mientras el aro de neón gira a su alrededor. Parecen maniquíes, o personas que se han quedado congeladas en mitad de un gesto.

Esa quietud en medio del movimiento es muy elocuente. Todo gira, pero ellas no se mueven. Es como la sensación de estar en una fiesta y sentirse completamente aparte. La música suena, la gente baila, las luces cambian. Y tú estás ahí, quieto, mirando sin participar.

Las personas con ansiedad social conocen bien esa sensación. Estar presente físicamente y ausente por dentro. Querer formar parte y no saber cómo.

La infancia que vuelve

Los tiovivos son objetos de la infancia, y por eso despiertan tanta nostalgia. Volver a ver uno de adulto es volver, por un instante, a un tiempo en que las cosas eran más sencillas. En que la mayor preocupación era elegir el caballo blanco o el rojo.

Para muchas personas LGTBI, la infancia no fue sencilla. Fue el tiempo de esconderse, de no entender por qué uno era distinto, de los insultos en el patio. Y aun así, en medio de todo, había momentos de pura alegría: una vuelta en el tiovivo, un helado, una tarde de feria con la familia.

El vídeo de «Dark Corners» trae esos tiovivos al mundo adulto, a la noche, al neón. Como si dijera que el niño que montaba en el caballo de madera sigue ahí, girando, esperando que alguien le saque de la oscuridad.

El feriante que pone la música

Todo tiovivo tiene a alguien que lo pone en marcha. Un feriante sentado en una garita, que cobra los tickets, toca la campanilla y aprieta el botón. Es una figura casi invisible, pero sin ella no hay vuelta. La música, las luces, el movimiento dependen de esa persona que mira desde un lado.

En los carruseles del vídeo no se ve a nadie manejándolos. Giran solos, como si tuvieran voluntad propia. Y esa ausencia inquieta un poco. ¿Quién decide cuándo empieza la vuelta? ¿Quién decide cuándo termina?

Cuando uno atraviesa una depresión, a veces tiene esa misma sensación. La vida sigue girando sin que uno la controle. Las cosas pasan, los días se suceden, y no parece haber ningún botón al que llamar para que pare. Recuperar la sensación de control, aunque sea en cosas pequeñas, es uno de los objetivos de muchas terapias. Elegir qué comer, cuándo salir a caminar, a quién escribir. Volver a ser, poco a poco, el feriante de la propia vida.

Los tacones y el suelo

Hay un verso de la canción que resume todo su tono: los tacones altos y el ánimo bajo. Es una imagen muy gráfica. Por fuera, la persona se ha arreglado, se ha subido a unos zapatos imponentes, se ha preparado para brillar. Por dentro, el ánimo está a ras del suelo.

En la cultura drag y en la noche gay, los tacones son mucho más que un calzado. Son una declaración. Subirse a ellos es ocupar espacio, hacerse ver, desafiar las normas sobre lo que un cuerpo debe llevar. Pero también son incómodos, duelen, obligan a mantener el equilibrio a cada paso.

Quizá por eso la imagen funciona tan bien. Sostener la sonrisa cuando uno está mal es como caminar toda la noche con tacones altos. Se puede hacer, y desde fuera puede parecer fácil. Pero el cuerpo lo paga, y en algún momento hace falta sentarse y quitárselos.

La música de la feria

Los tiovivos tienen una banda sonora propia. Durante mucho tiempo fue la de los órganos mecánicos, con sus melodías repetitivas, alegres, un poco desafinadas. Luego llegaron los altavoces, con las canciones del verano a todo volumen. Siempre una música que no se elige, que suena para todos, que se mete en la cabeza.

«Dark Corners» juega con esa idea. Su ritmo invita a moverse, tiene algo de pista de baile, de noche de fiesta. Pero la letra cuenta lo contrario. Es la misma paradoja que el tiovivo nocturno: la música dice una cosa y el corazón otra.

Hay muchas canciones así en la historia de la música popular. Temas bailables con letras tristísimas, que se corean a gritos en las discotecas sin que nadie preste atención a lo que dicen. Quizá esa sea una forma de compartir el dolor sin tener que nombrarlo directamente.

Mirar desde fuera

Hay una manera de estar en la feria que consiste en no montar. Quedarse junto a la valla, mirando cómo giran los demás. Ver las caras felices de los niños, las parejas que se hacen fotos, los grupos de amigos que ríen. Y sentir que uno no forma parte de eso.

Las cámaras del vídeo a menudo adoptan esa mirada. Observan los carruseles desde lejos, desde abajo, desde lo alto. Pocas veces se acercan. Es como si el propio vídeo estuviera mirando desde la valla.

Esa distancia es muy reconocible para quien convive con la fobia social o la evitación. El deseo de estar con los demás choca con el miedo a no encajar, a ser juzgado, a hacer el ridículo. Y uno acaba mirando la fiesta desde fuera. Salir de ahí lleva tiempo, y muchas veces ayuda profesional, pero se puede. El primer paso puede ser tan pequeño como acercarse un metro más a la plataforma.

La sombra como pareja de baile

En la letra, el protagonista no baila solo. Baila con su sombra, y la sombra es la dueña de sus noches y de su corazón. Es una imagen inquietante y, a la vez, muy honesta. La tristeza no aparece como un enemigo exterior, sino como una compañera íntima, alguien que conoce todos los pasos.

Los carruseles del vídeo proyectan sombras largas sobre el suelo. Cada caballo tiene la suya, que gira con él, que sube y baja al mismo ritmo. Es imposible separarlos. Donde va el caballo, va la sombra.

Hay quien dice que aprender a vivir con la depresión es, en parte, aprender a conocer esa sombra. Saber cuándo se alarga, qué la alimenta, qué la acorta. No se trata de fingir que no existe, sino de no dejar que lleve siempre el paso. De ir recuperando, poco a poco, la dirección del baile.

Volver a casa después de la fiesta

Hay un momento de la noche que nadie fotografía: el regreso a casa. Las calles vacías, los pies doloridos, el maquillaje corrido, el silencio después de tanta música. Para algunas personas es un momento de calma. Para otras, es cuando todo lo que la fiesta tapaba vuelve de golpe.

En esa hora, la sonrisa ya no hace falta. No hay nadie mirando. Y precisamente por eso puede ser la hora más difícil. Es cuando el protagonista de la canción se queda a solas con su sombra, sin aplausos y sin rumores.

Si esa hora se ha convertido en la peor del día, merece la pena hablarlo. Con un amigo al que se pueda escribir un mensaje al llegar, con un terapeuta, con el médico. Hay recursos para las noches difíciles, y no hace falta esperar a tocar fondo para usarlos.

Pedir que pare

Una de las cosas que se aprenden de niño en el tiovivo es que, si te mareas, puedes pedir que pare. Levantas la mano, llamas al feriante, y la plataforma se detiene. Te bajas, respiras, y el suelo vuelve a estar quieto.

De adulto, a veces se nos olvida que también podemos pedir que pare. Que no hace falta seguir girando por obligación. Que se puede decir «no estoy bien» aunque todo el mundo crea que sí. Que bajarse del carrusel no es un fracaso.

Una historia detrás de la sonrisa

Mike ha relatado en público que pasó unos veinte años atrapado en dos relaciones sucesivas con hombres narcisistas, que le sometieron a maltrato psicológico. Cuando por fin se atrevió a hablar, se dio cuenta de que ambos llevaban tiempo sembrando dudas sobre él entre su gente, y muchos se apartaron. Estuvo muy cerca de quitarse la vida. Hoy le atiende un equipo de salud mental, y convive con estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. Durante muchos años, desde fuera, parecía que todo iba bien.

Si tú también sonríes por fuera y por dentro no puedes más, no lo guardes. Díselo a alguien de confianza y pide ayuda profesional, empezando por tu médico de cabecera. Si alguna vez piensas en el suicidio, en España el 024 atiende día y noche, sin coste y de forma confidencial. Si hay peligro inmediato, marca el 112.

Subirse al carrusel

El videoclip entero de «Dark Corners», con sus carruseles, su plaza de espirales y sus corazones de fuego y de luto, está en la página del vídeo. En Spotify tienes el tema completo. Si quieres más feria y más pista, «Pura magia» y «Montaña rusa» tienen su propia ficha, y el resto de canciones se reúne en el catálogo.

Mike Sain't Louis con abrigo negro largo y vaqueros en un callejón nocturno de piedra con espejos dorados que reflejan un planeta rosa, junto al verso «En las calles brillo más» de «Dark Corners»

Toda la música se descarga gratis, sin cuentas ni formularios, en la tienda de la web o en mikesaintlouis.com/descargas. Si escribes para un medio, en prensa encontrarás material.

La última vuelta

Vuelvo al carrusel de bombillas amarillas. Gira despacio en la oscuridad, con sus caballos de colores subiendo y bajando. No hay nadie mirando desde fuera. Nadie saluda con la mano.

Quizá eso sea lo que dicen los tiovivos de Planeta Gayfolk. Que se puede girar mucho tiempo con una sonrisa puesta. Que las luces pueden seguir encendidas aunque la fiesta haya terminado. Y que, en algún momento, hace falta levantar la mano, pedir que pare, y bajar a pisar el suelo firme, donde alguien, por fin, pueda preguntarte de verdad cómo estás.

Preguntas frecuentes

¿Qué aparece en el videoclip de «Dark Corners»?

Varios carruseles de feria iluminados con neón azul, rosa y violeta, caballos de madera que suben y bajan, una plaza empedrada pintada con espirales de colores vista desde lo alto, un corazón gigante en llamas y una procesión nocturna que lleva un enorme corazón negro por calles de piedra.

¿De qué habla «Dark Corners»?

De alguien que brilla por fuera y se apaga por dentro. Sale a la pista con tacones altos y el ánimo por los suelos, finge un espectáculo que nadie llega a notar y baila en los rincones oscuros con su sombra. Mezcla inglés y español.

¿Qué es la depresión sonriente?

Es una expresión popular, no un diagnóstico oficial, para describir a personas con síntomas depresivos que mantienen una apariencia alegre y funcional. Por fuera parecen estar bien, y eso hace que su sufrimiento pase desapercibido y que tarden más en pedir ayuda.

¿Dónde se puede escuchar la canción?

En su ficha de gayfolkplanet.com, en Spotify y en descarga gratuita desde la tienda de la web o desde mikesaintlouis.com/descargas.

¿Qué hago si sonrío por fuera y no puedo más por dentro?

Cuéntaselo a alguien de confianza y pide cita con tu médico o con un profesional de salud mental. Si aparecen ideas de suicidio, en España el 024 atiende gratis y a cualquier hora, y ante un riesgo inmediato está el 112.

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