Planeta Gayfolk

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Un escenario bajo un cielo violeta, carpas rosas en la oscuridad y una multitud que no se ve: los festivales de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «La noche no es para mí»: un escenario lejano iluminado bajo un cielo violeta cruzado por haces de luz, con una explanada oscura delante

Hay una hora en los festivales en que todo parece posible. Ya es de noche, el escenario principal se enciende, los láseres cruzan el cielo y miles de personas levantan los brazos a la vez. Es un momento de comunión que pocas cosas igualan. Y sin embargo, en mitad de esa multitud, siempre hay alguien que mira alrededor y siente que no está del todo allí. Que la fiesta pasa a su lado sin tocarle.

Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», que escribe, compone y produce (música e interpretación vocal hechas con IA), le dedicó una canción a esa persona. Se llama «La noche no es para mí» y su videoclip está lleno de festivales: escenarios bajo cielos violetas, carpas rosas, láseres sobre el gentío. Este paseo recorre los festivales de Planeta Gayfolk a partir de ella, y sobre todo de quien, en mitad de la fiesta, comprende que aquello no era lo que buscaba.

Esperar la noche

La canción empieza con una confusión. El narrador ya no sabe qué está bien y qué está mal. Y entonces dice algo que me parece de una lucidez tremenda: se pasa el día esperando la noche como quien espera su final.

Mike Sain't Louis con gorra junto a un brocal de piedra con un planeta rosa reflejado, al lado de los versos «Esperando la noche / Como el que espera su final» de «La noche no es para mí»

Es una forma muy precisa de describir cierta manera de vivir el ocio nocturno. El día se convierte en una sala de espera. Las horas de luz son algo que hay que pasar, un trámite, mientras se cuentan los minutos hasta que llegue la noche y, con ella, la promesa de que todo cambie.

Pero la comparación con el final añade una sombra. Esperar la noche no es esperar algo bueno. Es esperar algo que termina. Y esa ambigüedad atraviesa toda la canción: la noche promete y, a la vez, amenaza.

El leitmotiv que no aparece

Hay un verso curioso en la primera estrofa: el narrador busca un leitmotiv. Usa la palabra entre comillas, casi con ironía, como quien se ríe un poco de sí mismo. Busca un hilo, un motivo, algo que dé sentido a los días.

Y lo busca para saciar dos cosas que la canción nombra sin rodeos: aburrimiento y soledad. Esa pareja de palabras es la clave de todo. No se sale de noche por alegría, sino para tapar un vacío. Para no estar solo, para no aburrirse, para no pensar.

Mucha gente reconoce ese mecanismo. Salir como huida. Llenar la agenda de planes para no quedarse a solas con uno mismo. Y funciona, durante un tiempo. Hasta que deja de funcionar.

Un escenario bajo un cielo violeta

El videoclip tiene varios tramos dedicados a un festival imaginario. En uno de los planos más impresionantes, un escenario lejano brilla bajo un cielo violeta oscuro, cruzado por haces de luz. Delante se extiende una explanada en sombra donde se adivina una multitud, pero tan lejos que solo es una mancha.

Fotogramas de «La noche no es para mí»: un escenario iluminado de violeta ante una multitud a contraluz, focos sobre la explanada y una masa de gente bajo luces magenta

En otro, la cámara se acerca: el escenario se llena de luces moradas y azules, y delante, a contraluz, se ven cabezas y brazos levantados. Más tarde, un mar de gente bajo focos magenta, con humo que flota sobre el público y siluetas que bailan.

Son imágenes de una belleza enorme. Pero si uno las mira despacio, nota algo raro: casi nunca se ven rostros. La multitud es siempre una masa oscura recortada contra la luz. No hay individuos, no hay miradas que se crucen. Es una fiesta en la que todo el mundo es silueta.

Y eso, en una canción sobre sentirse solo en mitad de la noche, es una decisión muy elocuente.

Cuando la noche se vuelve otra

El estribillo llega con una frase que se repite hasta el final: la noche no es para mí. Pero antes, en la segunda estrofa, hay un momento que describe con mucha precisión la transformación que muchas personas sienten al caer la noche.

El reloj marca más de las dos y todo alrededor se vuelve diferente, aunque en el fondo sea igual. Es una frase sutil. La noche cambia la apariencia de las cosas: las luces, los cuerpos, las conversaciones. Pero no cambia lo esencial. Uno sigue siendo quien era, con lo que traía de casa.

Es una advertencia contra una ilusión muy extendida: la de que la noche nos convierte en otras personas. Que con el ruido, las luces y el baile, los problemas se quedan en la puerta. La canción dice que no. Que los problemas también entran.

El ritual

En la misma estrofa aparece una palabra que me parece fundamental: ritual. El narrador cumple siempre el ritual. Salir, tomar algo, buscar compañía, volver de madrugada. Una y otra vez.

Los rituales nocturnos tienen algo de sagrado. Para mucha gente, el fin de semana es un ciclo con sus pasos fijos: la cena, la previa, el primer bar, la discoteca, el último local, el desayuno de churros al amanecer. Hay belleza en esa repetición, en esa liturgia compartida.

Pero un ritual que se cumple por obligación y no por gusto pierde su sentido. Se convierte en rutina, en inercia. Y la canción captura ese momento en que alguien se da cuenta de que lleva tiempo cumpliendo con un rito que ya no le dice nada.

Las noches LGTBI

Para la comunidad LGTBI, la noche ha tenido históricamente un papel muy especial. Durante décadas, los bares y discotecas de ambiente fueron los únicos lugares donde muchas personas podían ser ellas mismas. Allí se conocían, se querían, se organizaban. Muchos de los movimientos por los derechos nacieron en locales nocturnos.

Esa historia hace que la noche tenga una carga emocional enorme para muchos. Es refugio, es libertad, es comunidad. Y precisamente por eso, sentir que la noche no es para uno puede ser doloroso: es como sentirse fuera del único sitio donde se suponía que había que estar.

Hoy hay muchas más formas de encontrarse: asociaciones, grupos deportivos, clubs de lectura, encuentros de día. Y es importante recordarlo. No todo el mundo encaja en la noche, y no pasa nada. La comunidad es mucho más grande que una pista de baile.

Carpas rosas en la oscuridad

Hacia el final del vídeo aparece un plano que funciona como postal del festival: un conjunto de carpas puntiagudas, iluminadas de rosa desde dentro, en mitad de una oscuridad completa. Delante, el público, otra vez a contraluz. Sobre una de las carpas se alza una cruz.

Más fotogramas de «La noche no es para mí»: carpas puntiagudas iluminadas de rosa en la oscuridad, láseres fucsia sobre el público y una cúpula encendida al fondo de un festival

En otro plano, láseres fucsia se cruzan sobre la multitud como una red de luz, y en otro más, una cúpula encendida al fondo preside una explanada llena de gente. Todo es rosa, magenta, violeta. Todo brilla. Y todo está, de algún modo, lejos.

Esas carpas me recuerdan a las ferias de pueblo, a los circos ambulantes, a los campamentos. Son estructuras provisionales, que se montan para una noche y se desmontan al día siguiente. Y eso añade melancolía a la imagen: la fiesta es preciosa, pero no dura. Por la mañana solo quedará la hierba aplastada.

La cruz sobre la carpa

Hay un detalle en el plano de las carpas que no quiero pasar por alto: sobre la más alta se recorta una cruz. En mitad de un festival de luces rosas, ese símbolo resulta extraño, casi fuera de lugar. Y en otros momentos del vídeo aparece también un hombre de pelo largo que carga con una cruz de madera.

No pretendo darle una lectura cerrada, porque el vídeo no la da. Pero la presencia de ese símbolo en mitad de la fiesta sugiere algo: que en la noche también se carga con cosas. Que se puede estar bailando y, al mismo tiempo, llevar a cuestas un peso que nadie ve. La cruz sobre la carpa es la soledad del narrador puesta en lo alto, a la vista de todos y, sin embargo, ignorada.

El amanecer en el recinto

Los festivales tienen un momento final que pocos fotografían: el amanecer sobre el recinto. La luz gris que revela el suelo lleno de vasos, la gente sentada en la hierba con la mirada perdida, los últimos que todavía bailan frente a un escenario pequeño. Es un paisaje de resaca colectiva, a medio camino entre la belleza y el desastre.

A esa hora, quien sentía que la noche no era para él suele sentir algo de alivio. Por fin ha terminado. Por fin puede irse sin dar explicaciones. Y quizá, mientras camina hacia la salida con el sol saliendo, se da cuenta de que esa luz le sienta mucho mejor que la de los láseres.

El mar que brilla de madrugada

Entre los planos del festival hay uno distinto: el mar de noche, con las olas iluminadas por una luz turquesa, casi fosforescente. No hay nadie en la orilla. Solo el agua que brilla y la oscuridad.

Es una imagen que respira. Después del ruido, del gentío, de los láseres, aparece algo tranquilo, silencioso, natural. Y me gusta leerla como lo que el narrador necesitaba en realidad: no una fiesta, sino un sitio donde la noche fuera calma.

Hay gente para la que la noche ideal no es una pista abarrotada sino un paseo por la playa, una conversación larga en una terraza, un cielo estrellado. Y la canción, sin decirlo, parece apuntar en esa dirección.

La oscuridad que crece

En el puente de la canción la letra se oscurece. La oscuridad crece, dice, y las tinieblas se apoderan de la mente. Y no se puede soportar.

Es el momento más duro. La noche, además de aburrida o decepcionante, se vuelve amenazante. Lo que empezó como una búsqueda de compañía termina en una especie de pozo. Y quien haya tenido noches así, de esas en que la cabeza se llena de pensamientos negros a las cuatro de la madrugada, sabe exactamente de qué habla.

Hay una razón por la que muchos servicios de ayuda insisten en estar disponibles de noche. Es cuando más pesa la soledad, cuando menos gente hay despierta para escuchar, cuando las ideas se agrandan. Si alguna vez te ves así, recuerda que hay teléfonos que contestan a cualquier hora.

Buscar con quién pasar la noche

En la última estrofa, el narrador vuelve a la confusión del principio y añade algo nuevo: busca con desesperación con quién pasar la noche. Otra noche sin final.

Esa desesperación es muy humana. No se busca a alguien concreto. Se busca a alguien. Cualquiera que llene el hueco durante unas horas. Y esa búsqueda, cuando nace de la soledad y no del deseo, suele dejar un vacío mayor al día siguiente.

No hay juicio en la canción, y tampoco quiero ponerlo yo. Las noches compartidas pueden ser maravillosas. Pero la letra señala una diferencia importante: no es lo mismo buscar compañía que huir de uno mismo.

No es para mí

Y entonces llega la frase que da título a la canción, repetida una y otra vez hasta el final: la noche no es para mí. Con cada repetición suena distinta. Primero parece una queja. Luego, una constatación. Al final, casi una liberación.

Mike Sain't Louis con abrigo oscuro ante un callejón de espejos, junto al verso «La noche no es para mí» de la canción del mismo título

Porque decir que algo no es para uno puede ser una derrota o puede ser un descubrimiento. Hay quien pasa años intentando encajar en una forma de vida que no le corresponde: saliendo cada fin de semana porque es lo que se hace, forzándose a disfrutar de lo que no disfruta. Reconocer que eso no es para uno abre la puerta a buscar lo que sí lo es.

Me gusta pensar que la canción termina ahí, en ese umbral. No dice qué es lo que sí. Pero al menos deja claro lo que no.

El cansancio del lunes

Hay una parte de la noche que las canciones de fiesta casi nunca cuentan: el día siguiente. El cuerpo agotado, la cabeza pesada, la sensación de haber perdido horas. Y para quien sale buscando tapar un malestar, el lunes trae además el regreso de todo lo que se quiso olvidar, a menudo multiplicado.

Ese ciclo, cuando se repite, puede convertirse en una trampa. Se sale para no estar mal, se está peor al día siguiente, y eso empuja a salir otra vez. La canción no habla del lunes, pero su repetición final, esa noche sin final que vuelve una y otra vez, describe exactamente esa rueda.

La fiesta que sí

No quiero que este texto parezca un alegato contra la noche. Los festivales, las discotecas, los conciertos son lugares de alegría, de encuentro, de descubrimiento. Muchas de las mejores noches de la vida de cualquiera ocurren ahí. Y para la comunidad LGTBI siguen siendo espacios de celebración y de orgullo.

La canción no condena la fiesta. Condena otra cosa: usarla como anestesia. Ir a la noche esperando que nos salve de algo. Y en ese sentido, «La noche no es para mí» puede ser una canción muy útil incluso para quien adora salir: le recuerda que la fiesta funciona mejor cuando se llega a ella con ganas y no con huida.

El eco de las discotecas de antes

Muchos de los grandes festivales de hoy tienen algo de herederos de las discotecas míticas de los años setenta y ochenta, donde la música de baile nació en buena parte gracias a públicos gais, negros y latinos que no tenían otro sitio donde reunirse. En aquellas pistas se inventaron estilos enteros, se crearon familias elegidas, se resistió a la persecución y, más tarde, se lloró a quienes se llevó la epidemia del sida.

En España, la movida madrileña y las salas de los años ochenta fueron también espacios de libertad para muchas personas que salían de décadas de represión. Cuando se piensa en todo eso, se entiende por qué la noche tiene para la comunidad un peso que va mucho más allá del ocio.

Y por eso mismo, una canción que dice que la noche no es para ella resulta casi provocadora. Se atreve a decir bajito algo que mucha gente siente y no se atreve a confesar: no todo el mundo es feliz en la pista, aunque la pista sea un símbolo de libertad.

La música que se oye desde lejos

Hay una experiencia muy concreta que conoce cualquiera que haya vivido cerca de un recinto de festivales: oír la música desde lejos. Desde la ventana de casa, desde una carretera, desde la playa. Un retumbar de graves que llega amortiguado, con fragmentos de melodía que el viento trae y se lleva.

Esa música lejana tiene algo muy melancólico. Hay una fiesta, sabes que la hay, la oyes. Pero no estás. Y no sabes si te gustaría estar o si prefieres seguir donde estás, escuchándola de lejos.

Los planos más abiertos del vídeo, con el escenario como un punto de luz en el horizonte violeta, producen esa misma sensación. Son la fiesta vista desde fuera. Y quizá ese sea el punto de vista del narrador: alguien que contempla el festival desde una distancia que no consigue o no quiere salvar.

Las pulseras de tela

Quien haya ido a un festival de varios días conoce las pulseras de tela que se ponen en la muñeca al entrar y no se pueden quitar hasta que termina. Hay gente que las guarda durante meses, incluso años, como recuerdo. Otras se las cortan en cuanto llegan a casa.

Me parece un objeto muy simbólico. La pulsera dice que perteneces, que tienes permiso para estar allí. Pero también ata. Y para quien siente que la noche no es para él, esa pulsera puede pesar como una obligación: estar, disfrutar, aguantar hasta el final porque has pagado la entrada.

La canción, en cierto modo, es el momento de cortarse la pulsera. De decir: no tengo que quedarme. Puedo irme cuando quiera.

Otras formas de noche

Hay noches que no tienen nada que ver con la fiesta y que pueden ser igual de hermosas. La noche de quien escribe hasta tarde con una lámpara encendida. La de quien observa las estrellas desde una azotea. La de quien conversa durante horas con un amigo por teléfono. La de quien camina por una ciudad vacía y la encuentra distinta.

Para alguien que siente que la noche no es para él, explorar esas otras noches puede ser una manera de reconciliarse con las horas oscuras. No todo es pista y láser. También existe la noche tranquila, íntima, silenciosa. La que no pide nada y simplemente acompaña.

Lo que hay detrás de esta noche

Mike no habla de oídas. Ha contado públicamente que durante unos veinte años encadenó dos relaciones con hombres narcisistas que ejercieron sobre él maltrato psicológico. Cuando dio el paso de contarlo, comprobó que los dos se habían anticipado y habían esparcido recelos sobre él entre conocidos, y algunos se alejaron. Hubo un tiempo en que estuvo a punto de acabar con su vida. Hoy lo acompaña un equipo de salud mental que trata con él un estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno evitativo. Para alguien con fobia social, una multitud a contraluz bajo láseres no es una fiesta: es un desafío. De ahí nace esta canción.

Puede que tus noches se hayan convertido en una escapada que ya no te alivia. Si es así, merece la pena compartirlo: con un amigo, con alguien de tu familia, con tu médico de cabecera. Y cuando la madrugada traiga pensamientos de muerte, recuerda que existe el 024, una línea gratuita que en España responde a cualquier hora y no juzga. Si la situación es urgente, el 112.

Escucharla, verla y llevártela

El videoclip completo de «La noche no es para mí», con sus escenarios violetas y sus carpas rosas, se puede ver en su página de vídeo. La canción está también en Spotify. Si te interesa el reverso de esta noche, «No me aparece una ilusión» habla de no poder salir del cuarto, y «Dientes, dientes» de sonreír ante las miradas ajenas. Todo lo demás está en el catálogo y en los vídeos.

Se descarga gratis, sin registro, desde la tienda de esta web o desde mikesaintlouis.com/descargas. Si eres periodista, encontrarás material en prensa.

Cuando se apagan los focos

Vuelvo a las carpas rosas en la oscuridad. Imagino el momento en que se apagan: el público se dispersa, los técnicos desmontan, la explanada se queda vacía. Y en algún lugar, alguien camina hacia casa sintiendo que, una vez más, la noche no era para él.

Pero quizá esa misma persona, al llegar, abre la ventana y ve amanecer. Y piensa que a lo mejor lo suyo no era la noche, sino la mañana. Los festivales de Planeta Gayfolk son preciosos, enormes, llenos de luz. Pero la canción deja claro que no hace falta estar en ellos para pertenecer. Que hay otras horas, otras luces, otras formas de encontrarse.

Preguntas frecuentes

¿Qué aparece en el videoclip de «La noche no es para mí»?

Mezcla interiores oscuros con planos de festivales nocturnos: escenarios bajo cielos violetas, carpas iluminadas de rosa, láseres sobre una multitud a contraluz y un mar que brilla de madrugada. Hay también figuras solitarias que contrastan con el gentío.

¿De qué trata la canción?

De alguien que espera la noche durante todo el día buscando algo que calme el aburrimiento y la soledad, y que al llegar se da cuenta de que la noche, con su ruido y su ritual, tampoco le da lo que necesita.

¿Por qué uno puede sentirse solo en una fiesta?

Porque la compañía no depende de la cantidad de gente. En ambientes muy ruidosos y llenos es fácil sentirse desconectado, sobre todo si se llega buscando que la noche arregle un malestar que viene de dentro.

¿Dónde puedo escucharla y bajarla?

En su ficha de gayfolkplanet.com se oye completa, y se descarga gratis en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas. También está en Spotify.

¿Qué hago si salgo de noche para no pensar y cada vez estoy peor?

Puede ser una señal de que necesitas apoyo. Háblalo con alguien cercano y con tu médico, que puede orientarte. Si aparecen ideas de suicidio, el 024 atiende en España a cualquier hora, gratis y con confidencialidad. Ante una emergencia, el 112.

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