Relaciones tóxicas
Denuncia por sustracción: «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», objeto por objeto
Por Mike Sain't Louis ·

Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca.
No hace falta leer más. El título ya es una denuncia. Tiene sujeto, «un falso amore». Tiene verbo, «se ha llevado». Tiene objeto, «mis bañadores». Y tiene un agravante que cualquier policía apuntaría con cara seria: «de marca». No eran unos bañadores cualquiera de mercadillo. Eran buenos. Eso sube la cuantía.
Esta crónica hace lo que haría cualquiera que sale de una relación así y se planta en la comisaría de su barrio un martes por la mañana: rellenar el formulario. Casilla por casilla. Objeto por objeto. Porque la canción, si se lee bien, es un inventario de lo sustraído. Y los bañadores, como ya contó el diario en su nota sobre las mentiras pequeñas, son lo último que falta. No lo primero.
Datos del denunciante
Nombre: el narrador. Domicilio: la casa de la que se fue el otro. Estado: harto. La letra lo deja claro en su estribillo, con una sinceridad de mostrador: «Das asco, ¡y estoy harto!».
Hay que decir que el denunciante llega a comisaría con más humor que rabia. No va a pedir una orden de alejamiento. Va a dejar constancia. Y su forma de dejar constancia es la que el planeta conoce mejor: una canción con estribillo, con exclamaciones y con detalles que ningún atestado policial recogería pero que cualquier amiga de barra querría escuchar.
Datos del denunciado
Aquí empiezan los problemas, porque el denunciado tiene la ficha llena de datos falsos. La letra lo describe como «el morenazo», con ojos azules, medio italiano según él, de treinta años según la tarta. Casi todo eso, según la propia canción, es mentira.
Y no tiene nombre. La letra no se lo pone. Le llama «Amore», en italiano, con mayúscula y con retintín, como quien llama «cariño» a alguien con la boca torcida. Esa es la única identificación que da el denunciante. El policía tendrá que conformarse.
Objeto número uno: la tristeza
La primera estrofa empieza con una sustracción que no se puede tocar. El ex ha robado la tristeza del narrador. O, mejor dicho, se la ha falsificado.
Habían roto hacía una semana. Él decía que lo estaba pasando muy mal, que había llorado, que tenía «fatal los ojos». Y entonces aparece el selfie. Y en el selfie sale guapísimo.
Aquí la letra hace un trabajo de detective que es de lo mejor de la canción. No se limita a señalar que salía guapo. Va a los detalles técnicos de la foto: que se había molestado en recortar a su madre, que salía al lado, y que encima le había puesto un efecto en blanco y negro.
Recortar a la madre. Esto merece una pausa. El ex no solo se hizo una foto estupenda en plena supuesta tristeza: además cogió la foto donde salía con su madre y la sacó del encuadre. Hay algo casi sacrílego en eso, en un país donde las madres son sagradas y salen en todas las fotos de comunión, boda y bautizo. Recortar a tu madre para quedarte solo y guapo en blanco y negro es un gesto que lo dice todo sobre las prioridades de alguien.
Y el blanco y negro, por cierto, es el filtro de la tristeza fingida. El que te pones cuando quieres que la foto parezca profunda, de película francesa, de anuncio de perfume. Es el filtro de quien quiere que le vean sufrir con estilo.
Objeto sustraído: la tristeza compartida de una ruptura. Sustituida por una pose.
Objeto número dos: los bañadores
Y llegamos al objeto del título. La segunda estrofa lo cuenta con una mezcla de indignación y comedia que es marca de la casa:
«Tiene cojones la cosa, que para lucir paquete en bañador de slip en la playa nudista y en la zona de cancaneo, uses mis bañadores de marca para tus meneos»
Hay que leerlo dos veces para disfrutarlo. La playa es nudista. Es decir, allí no hace falta bañador. Y aun así, el ex se lleva los bañadores de marca para lucirlos en la zona de cancaneo, que es como se llama en España a la zona de las playas o de los parques donde se liga sin preámbulos. El absurdo es completo: robar bañadores para ir a un sitio donde la gente va sin bañador.
Pero el absurdo tiene lógica. El ex no necesitaba el bañador para taparse. Lo necesitaba para lucir. Para que se viera la marca. Para «lucir paquete», dice la letra sin anestesia, con una marca buena en la goma del slip. Es la vanidad de quien no se conforma con estar desnudo: quiere estar desnudo con logo.
Y el remate de la estrofa es de una tristeza cómica que se queda en la cabeza: «te has pirado de casa, y no sé si habrá sido otra vez un fantasma, pero de marca de calzoncillos y bañadores en el cajón ya no hay nada».
Un fantasma. Como en las casas encantadas, donde las cosas desaparecen sin que nadie las toque. El narrador abre el cajón de la ropa interior y está vacío, y prefiere culpar a un espíritu que aceptar lo que ya sabe. Es el humor de quien ya ha encontrado demasiados cajones vacíos.
Objeto sustraído: todos los bañadores y calzoncillos de marca. Valor sentimental: bajo. Valor de mercado: alto. Valor simbólico: incalculable.
Objeto número tres: la edad
La tercera sustracción es una de las más famosas del catálogo, porque aparece también en otra canción sobre el mismo tipo de personaje, «Carta de recomendación». Aquí se cuenta como anécdota de cumpleaños:

«Celebramos tu cumpleaños y en la tarta había unas velas que ponían treinta. Estaban supuestamente sus mejores amigos. Pues ojo al dato, cumplía cincuenta y no treinta el morenazo.»
Ojo al dato. Es una expresión de tertuliano deportivo, de presentador de radio que da una estadística de fútbol. Y el dato es demoledor: veinte años de diferencia entre las velas y la realidad. Veinte. No es un retoque de coqueto, de quitarse dos o tres años en la aplicación. Es una vida entera escondida bajo el glaseado.
Y el detalle de los amigos es todavía mejor: «estaban supuestamente sus mejores amigos». Supuestamente. Es decir, o los amigos sabían la verdad y aplaudieron igual delante de las treinta velas, o no eran tan amigos. Las dos opciones son terribles. El planeta deja las dos abiertas, como quien deja una pregunta encima de la mesa de la cena y se va a fregar.
Objeto sustraído: veinte años. Probablemente los más importantes de una biografía.
Objeto número cuatro: el mar
Y aquí la canción se vuelve tierna, de golpe, sin avisar. El narrador recuerda algo que le dijo al ex:
«Le dije que lo que más me gustaba de él eran sus ojos azules, que me recordaban al azul del mar.»
Es la frase más bonita de toda la letra, y la más triste. Porque unas líneas después llega la pregunta: ¿usas lentillas de colores? Y la respuesta, con todo su descaro: «para nada amore».
La canción no confirma del todo si eran lentillas. Pero la pregunta ya lo dice todo. Y si lo eran, lo que se ha robado aquí no es un objeto: es el mar. Es lo más bonito que el narrador veía en esa persona. Lo que le recordaba al Atlántico de las islas o al Mediterráneo de los veranos. Comprado en una óptica, en una cajita con líquido.
Este es el momento de la canción en que el chiste se rompe. Todo lo demás es denuncia cómica: la tarta, los bañadores, el selfie. Aquí hay un hombre que se enamoró de unos ojos y se entera que a lo mejor eran de plástico. No hay manera de hacer gracia con eso. La letra tampoco lo intenta. Lo dice y sigue.
Objeto sustraído: el color del mar. Irrecuperable.
Objeto número cinco: la nacionalidad
La quinta sustracción tiene fecha, cosa rara en esta letra: «Recuerdo que era un lunes y aprovechó también para mentir sobre su nacionalidad. Supuestamente era medio italiano. ¡Qué falso!».
Era un lunes. Este detalle es oro. Es el detalle que da el testigo en un juicio para que su declaración suene verdadera. No recuerdo la hora, pero era lunes. Y el lunes, además, es el día más gris de la semana, el día en que nadie espera que pase nada. Y ese día, el ex se declaró medio italiano.
Ahí está la explicación del título. Por eso es «amore» y no «amor». Porque el ex presumía de sangre italiana, y el narrador le devuelve la palabra con ironía, como quien le dice «caballero» a un macarra. Amore. Muy italiano tú. Ya.
El planeta tiene una especial habilidad para los apodos con veneno. «El marrano de El Médano», «el coordinador de mercadillo», «narcisista de la almorrana». Aquí el apodo es más sutil: una sola letra, la «e» final de amore. Con eso basta para dejar al ex en evidencia cada vez que se le nombra.
Objeto sustraído: media nacionalidad. Sustituida por un acento de pizzería.
La sirena del estribillo
Entre el inventario y la declaración, la canción tiene una línea que funciona como la sirena de un coche patrulla: «Falso falso falso falso falso Amore».

Cinco veces «falso». Seguidas. Sin coma ni respiro. Es una de esas repeticiones que en el papel parecen torpes y que en la boca se convierten en ritmo. Fa-so, fa-so, fa-so. Como el nino-nino de la policía que se acerca por la Castellana a las tres de la mañana. Como el pitido de una alarma de coche que nadie apaga.
La palabra «falso», además, es la que resume todo el atestado. La tristeza era falsa. Los treinta años eran falsos. La sangre italiana era falsa. Los ojos, probablemente, también. Y el amor, que es lo que el título pone en duda con su adjetivo, era el más falso de todos. Cinco veces falso: una por cada objeto sustraído. No sé si la cuenta está hecha a propósito. Pero sale.
Testigos
Todo atestado necesita testigos, y esta canción tiene dos que no dicen nada pero lo dicen todo.
El primero es la madre recortada. Ella estaba en la foto. Estaba al lado. Y desapareció del encuadre para que el hijo saliera solo y guapo en blanco y negro. Es una testigo silenciada, literalmente cortada con las tijeras de una aplicación de edición. La escena, tal como la cuenta la letra, no necesita más detalles: una foto de dos convertida en foto de uno, con un tijeretazo digital que nadie habría notado si el narrador no conociera la original. Si pudiera hablar, a lo mejor diría algo sobre la edad de su hijo, que ella sabría mejor que nadie. Pero la han sacado de la foto.
Los segundos son los «supuestamente mejores amigos» del cumpleaños. Estaban ahí, alrededor de la tarta con treinta velas, entonando el cumpleaños feliz a un hombre de cincuenta. Son testigos que no testifican. Sabían o no sabían, y en los dos casos se callaron.
Lo que tienen en común los dos testigos es que no hablan. Y eso dice mucho de cómo funciona una mentira grande. No la sostiene solo el que miente. La sostienen los que miran y no dicen nada, los que salen en la foto y los que soplan las velas. El narrador es el único que, al final, abre la boca. Por eso la canción existe.
Qué asco de explicaciones
Una última frase del estribillo que no hay que dejar escapar: «¡Qué asco de explicaciones!».
No es «qué asco de persona». Es «qué asco de explicaciones». Al narrador le da asco el ex, sí, pero también lo que el ex dice cuando le pillan. Las excusas, los «no es lo que parece», los «te lo estás imaginando», los «para nada amore». Las explicaciones que no explican nada y que sirven solo para ganar tiempo.
Cualquiera que haya pillado a alguien en una mentira conoce ese asco. Es casi peor que la mentira misma. Porque la mentira se puede perdonar como un error. La explicación falsa, dicha mirándote a los ojos, es una segunda mentira encima de la primera. Y el narrador, que ya ha acumulado cinco objetos sustraídos, no tiene paciencia para una sexta.
La declaración del denunciante
Después del inventario, el denunciante hace su declaración. Y es una declaración de despedida con todas las letras: «No me vuelvas a llamar mi fisco / Nunca más ni me pidas más favores».
Mi fisco. Esa expresión merece su propio comentario. El ex le llamaba «mi fisco». Como si fuera Hacienda. Como si el narrador fuera la ventanilla donde se cobran los impuestos, o mejor dicho, donde se pide la devolución. Es una de esas palabras de pareja que en su momento parecían cariñosas y que, vistas desde la comisaría, son una confesión. Me llamabas fisco porque yo era el que pagaba.
Y luego el juramento: «Y no son rumores ni faroles / Hasta nunca Falso Amore». Rumores y faroles. Ni chisme de vecina, ni bluf de jugador de mus. Hasta nunca.
Sección de agradecimientos
La última estrofa es la más irónica de todas, y la crónica no quiere estropearla explicándola demasiado. El narrador, con una dulzura envenenada, le da las gracias al ex por todo lo que ha sufrido, llorado, luchado y se ha esforzado. Esa lista de verbos en participio, sufrido, llorado, esforzado, luchado, es la lista de lo que el ex no hizo. Agradecer lo que no pasó es una de las formas más finas de sarcasmo que existen, y el planeta la domina.

Y después, una disculpa a medias: «Y la verdad es que no lo siento tanto / si te ha molestado que te haya dicho me das asco». No lo siento tanto. Igual que en otras canciones del catálogo, la culpa se reconoce en dosis homeopáticas. Un poco. Lo justo.
Y el cierre, con una lectura psicológica de barra: el ex prefiere estar callado, «porque pensarás, total, / si ya me han pillado». Si ya me han pillado, para qué voy a abrir la boca. Es el silencio del que sabe que ha perdido. El que no contesta no porque sea digno, sino porque no tiene argumentos.
Valoración de la sustracción
Recapitulemos, como haría el agente al final del atestado. Objetos sustraídos: la tristeza compartida, los bañadores de marca, veinte años, el color del mar y media nacionalidad. Objetos devueltos: ninguno. Explicaciones: «qué asco de explicaciones», dice la letra.
Lo interesante del inventario es el orden. El título habla de los bañadores, que es lo más pequeño y lo más ridículo. Y la letra va revelando que eso era lo de menos. Que lo gordo se lo había llevado antes, sin que nadie se diera cuenta. Los bañadores son solo la prueba material, lo único que cabe en una bolsa de pruebas de plástico. Lo demás no se puede meter en una bolsa.
Y hay otra cosa que el orden revela. Los bañadores son lo único que se puede recuperar, al menos en teoría. Se pueden reclamar, se pueden volver a comprar en las rebajas de agosto, se pueden sustituir por otros de otra marca. La tristeza compartida, la edad, el mar y la nacionalidad no tienen tienda. Por eso el título elige el objeto reemplazable: porque es el único del que se puede hablar sin que se te quiebre la voz. Los demás van dentro de la canción, entre exclamaciones, para que no se note tanto.
Es una estrategia muy del planeta: titular con lo cutre para hablar de lo grave. Como cuando una canción se llama «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara» y en realidad va de dignidad. O cuando otra se llama «El calcetín» y en realidad va de autoestima. El objeto cotidiano es la puerta. Lo que hay detrás es otra cosa.
El lugar en el disco
Esta denuncia es la pista 41 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», que se puede recorrer completo en la página del álbum. Está justo en la mitad del disco, entre «El productor de Madonna no compra en Mercadona» y «Si Don Aussiebum hablase», que también es una canción sobre ropa interior de marca. El planeta, por lo visto, tiene una sección entera dedicada a los calzoncillos.
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y la página del artista explica que muchas de sus letras son autobiográficas y que la música y las voces se crean con herramientas de inteligencia artificial. Los datos citables están en el centro de prensa. La canción se escucha en Spotify y se descarga gratis desde su ficha.
Firma del denunciante
Los formularios de denuncia terminan con una casilla para la firma y otra para la fecha. Esta crónica no tiene fecha que poner, porque la letra solo da una, y es un lunes.
Pero sí tiene firma. Y es la frase que se repite al final de la canción, dos veces, como quien firma en la copia del interesado y en la de la comisaría: un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca.
El agente lo leerá, levantará una ceja y preguntará si se quiere añadir algo más. Y el denunciante dirá que no. Que lo importante no se puede denunciar. Que con los bañadores se conforma. Que total, si va a la playa nudista, tampoco le van a hacer falta.
Nota del agente de guardia
Una nota más, de las que el agente escribe a mano en el margen cuando el denunciante ya se ha ido. En este tipo de casos, la comisaría no recupera nada. Los bañadores no vuelven. Los veinte años no vuelven. El mar, si era de plástico, tampoco.
Lo que sí recupera el denunciante es otra cosa: el relato. Durante meses, el ex fue el que contaba la historia. El que decía que lloraba, el que decía que tenía treinta, el que decía que era medio italiano. Ahora la historia la cuenta el otro, con estribillo y con exclamaciones. Eso, en el planeta, es lo más parecido a una sentencia firme.
Preguntas frecuentes
¿Qué se lleva el «falso amore»?
Según la letra, los bañadores de marca del narrador: «de marca de calzoncillos y bañadores en el cajón ya no hay nada». Pero la canción enumera también otras cosas que faltan, como la verdad sobre su edad y su nacionalidad.
¿Qué es lo de la tarta?
Una de las mentiras que cuenta la letra: en la tarta de cumpleaños había velas que ponían treinta, «pues ojo al dato, cumplía cincuenta y no treinta el morenazo».
¿Por qué «amore»?
Es la manera en que el narrador se dirige al ex, en italiano, y tiene retintín: la letra cuenta que él decía ser «medio italiano», cosa que el narrador pone en duda.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía GAYFOLK, como pista 41 de 90.