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Un joyero que suelta purpurina, un cofre de plata con espejo y una piedra que reluce entre dos manos: los tesoros de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Lai»: un joyero de cobre labrado con la tapa abierta del que sale una nube de purpurina turquesa hacia un espejo de marco antiguo

Hay un plano en el videoclip de «Lai» que dura apenas unos segundos y que se me ha quedado dentro como una canica en el bolsillo. Sobre una mesa en penumbra descansa un joyero de cobre, redondo y labrado como un encaje de metal. La tapa se levanta sola. Y de dentro, en lugar de collares o anillos, sale una nube de purpurina turquesa que sube despacio hacia un espejo de marco antiguo colgado detrás.

No hay nadie en la escena. Solo el objeto, la luz y el polvo luminoso. Es la imagen exacta de un tesoro: algo pequeño que se abre y devuelve más de lo que parecía contener.

«Lai» es una nana de Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», que escribe la letra, compone y produce cada tema (música e interpretación vocal hechas con IA). Y su vídeo está lleno de cosas así: joyeros, cofres, piedras que relucen, anillos levantados contra el cielo. Este texto es un inventario de esos tesoros, y una pregunta sobre qué guardamos y para qué.

Una nana sin apenas palabras

Antes de abrir los cofres, conviene escuchar la canción. «Lai» casi no tiene letra. Está hecha de sílabas que se repiten como un arrullo, un juego de sonidos que suena a canción de cuna antigua de ningún país concreto. Entre esas sílabas aparecen, muy de vez en cuando, palabras sueltas en inglés: serenidad, velo, sueño, bruma, silencio.

Esa escasez es una decisión. Las nanas no necesitan argumento. No cuentan una historia ni explican nada; acompañan. Su trabajo es bajar el ritmo del corazón de quien escucha hasta que pueda dormir. Y para eso sobran las frases largas. Basta un sonido que vuelve, una melodía que no sorprende, una promesa de que todo seguirá igual mientras dure la canción.

Por eso «Lai» funciona también como un tesoro en sí misma. Es pequeña, cabe en cualquier sitio, se puede llevar encima. Y está pensada para sacarla en el momento justo, cuando la noche se hace larga.

Un brillo tenue

Entre las pocas palabras de la canción hay una petición que me parece la clave del vídeo entero. Pide brillo, pero un brillo suave, amable. No un foco ni un relámpago, sino una luz que no hiera los ojos.

Mike Sain't Louis con gorra estampada, camiseta de tirantes y la mano junto a la sien, junto a un brocal de piedra con un planeta rosa reflejado y el verso «Shine, gentle shine...» de «Lai»

Los tesoros del vídeo brillan exactamente así. Nada deslumbra. La purpurina del joyero flota como polvo en un rayo de sol; los destellos alrededor del cofre de plata parecen luciérnagas; la piedra entre las manos centellea sin cegar. Es una luz de mesilla de noche, la que se deja encendida para que un niño no tenga miedo, pero que no impide dormir.

Me gusta pensar que esa es la luz que necesitamos en los peores días. No una revelación ni un cambio de vida, sino algo pequeño que reluzca lo justo para recordarnos que no todo está a oscuras. Un mensaje de alguien, una canción, un objeto guardado en un cajón que nos devuelve un buen recuerdo.

El joyero que se abre

Vuelvo al joyero de cobre. En el primer plano en que aparece, la tapa ya está levantada y el polvo turquesa sale en espiral hacia arriba. El espejo de detrás, de marco oscuro y ornamentado, recoge parte de ese brillo y lo multiplica. Alrededor flotan motas de luz blanca, como si el aire entero estuviera lleno de chispas.

Fotogramas de «Lai»: un joyero de cobre abierto que suelta purpurina turquesa hacia un espejo antiguo y un cofre de plata con un espejo ovalado, una pluma y burbujas de colores

Lo curioso es lo que no hay. No vemos joyas. No hay perlas ni pendientes ni relojes heredados. El tesoro de este joyero es el propio brillo que suelta. Como si lo valioso no fuera lo que se guarda, sino el gesto de abrir y dejar salir.

Hay algo muy íntimo en un joyero. Suele estar en un dormitorio, sobre una cómoda o en un tocador. Guarda objetos que no tienen por qué valer mucho dinero pero que significan muchísimo: un anillo de una abuela, unos pendientes de la primera comunión de alguien, una medalla, un botón que se cayó de una chaqueta querida. Abrirlo es abrir una pequeña biografía.

Y el joyero de «Lai», al soltar purpurina en lugar de mostrar joyas, parece decir que esa biografía no se puede tocar. Solo se puede ver salir, brillar un momento y posarse.

El cofre de plata y su espejo

Otro tesoro del vídeo es un cofre rectangular de plata labrada, con relieves y patas, y encima un espejo ovalado de marco muy trabajado, con volutas que recuerdan a los tocadores de otro siglo. A un lado asoma una pluma blanca, como de escribir. Alrededor flotan destellos dorados y, en algunos planos, burbujas grandes de colores verdes y turquesas que cruzan delante de la cámara.

Ese espejo sobre el cofre me hace pensar en la forma en que nos miramos cuando guardamos algo. El espejo está ahí para quien abre el cofre: antes de ver lo que hay dentro, uno se ve a sí mismo. Como si el primer tesoro fuera la propia cara de quien busca.

En muchas casas antiguas, los joyeros de tocador tenían espejo precisamente para eso: para probarse lo que se sacaba. Pero en el vídeo nadie se prueba nada. El espejo refleja luz y burbujas, y la escena se queda suspendida en ese momento previo, el de la expectativa.

La pluma, además, añade una idea preciosa: este cofre podría guardar cartas. Palabras escritas a mano que alguien no se atrevió a enviar o que recibió y no quiso tirar. En el universo de Mike, las cartas son importantes; tiene una canción entera, «La última carta», sobre la que se escribe para cerrar algo. El cofre con pluma sería su lugar natural.

Un espejo sin cara

Hay un detalle de los dos espejos del vídeo que tardé en notar. Ni el de marco oscuro que hay detrás del joyero de cobre ni el ovalado que corona el cofre de plata reflejan a nadie. No aparece ningún rostro en ellos. Solo devuelven luz, purpurina, burbujas y la penumbra de la habitación.

Un espejo sin cara es una imagen muy extraña. Estamos acostumbrados a que los espejos sirvan para mirarnos, para comprobar si estamos bien, para juzgarnos. Muchas personas tienen con su reflejo una relación difícil, de examen constante. El espejo de un tocador puede ser un lugar de crueldad.

En «Lai», en cambio, los espejos están liberados de esa función. No juzgan a nadie. Solo multiplican el brillo de los tesoros que tienen delante. Es como si el vídeo propusiera otra manera de mirarse: no buscando defectos en la propia cara, sino fijándose en lo que uno guarda, en lo que ha querido, en lo que le hace brillar.

Me parece una propuesta muy de nana. Antes de dormir, no hace falta revisar lo que está mal. Basta con abrir el cofre, ver cómo reluce lo que hay dentro y cerrar los ojos.

Las burbujas que flotan

En los planos del cofre aparecen burbujas que no estaban en el joyero de cobre: esferas translúcidas, verdes y turquesas, que flotan delante del objeto y se desenfocan al acercarse a la cámara. Algunas son tan grandes que tapan parte de la imagen.

Las burbujas son el tesoro más frágil imaginable. Brillan, reflejan todo lo que hay alrededor y duran un instante. Nadie puede guardarlas. Y sin embargo, en el vídeo conviven con la plata y el cobre como si fueran igual de valiosas.

Me parece una lección muy de nana. Hay cosas que no se pueden conservar y que, aun así, importan muchísimo. Una tarde, una conversación, el olor de una casa. No caben en ningún cofre. Lo único que se puede hacer es mirarlas mientras flotan.

Una piedra entre dos manos

Hacia el final del vídeo, la cámara se acerca a dos manos que se juntan como un cuenco. En el hueco descansa una piedra ovalada, del tamaño de un huevo, cubierta de purpurina plateada y de colores. Alrededor, el fondo dorado se deshace en círculos de luz rosa, verde, amarilla y blanca.

Más fotogramas de «Lai»: dos manos sostienen una piedra cubierta de purpurina entre luces desenfocadas y una mano levanta un anillo de pedrería a contraluz

De todos los tesoros, este es el que más me conmueve. Porque es una piedra. Un objeto que en cualquier playa o camino pasaría desapercibido, y que aquí alguien ha decidido cubrir de brillo y sostener con las dos manos, con el cuidado con que se sostiene un pájaro herido.

Quien haya ido a la playa de pequeño sabe que las piedras pueden ser tesoros. Esa piedra lisa, de un color raro, que uno se metía en el bolsillo y llevaba a casa. Que acababa en una caja de zapatos o en una estantería, sin ningún valor para nadie más. El tesoro no estaba en la piedra, sino en la mirada que la eligió.

Las manos del vídeo no aprietan. La piedra descansa en ellas, sin agarre. Es un gesto de ofrecimiento, como si alguien la tendiera hacia la cámara para que la cojamos.

Un anillo a contraluz

Muy cerca de ese momento hay otro tesoro más pequeño todavía. Una mano de uñas largas sostiene entre el pulgar y el índice un anillo de cuentas relucientes y lo levanta contra el cielo del atardecer. A su lado, desenfocada, una gran forma verde translúcida ocupa media pantalla, como una burbuja enorme o un trozo de cristal de mar.

Levantar algo a contraluz es un gesto de examen. Se hace para ver mejor, para comprobar si una piedra es auténtica, para descubrir los colores que esconde un cristal. Pero también es un gesto de admiración. Uno mira a través del objeto y el mundo cambia de color.

En una canción casi sin palabras, ese anillo funciona como una frase completa. Dice: esto es mío, esto vale, mira cómo brilla. Y lo dice sin necesidad de explicar por qué.

Cofres de cuento

Los cofres tienen una larga vida en los cuentos. Están en las islas de los piratas, enterrados bajo una cruz dibujada en un mapa; en las cuevas de los ladrones, que se abren con una palabra mágica; en los desvanes de las casas encantadas, cubiertos de polvo y telarañas. Casi siempre contienen oro, monedas, collares que se desbordan por los bordes.

El cofre de plata de «Lai» no se parece a ninguno de esos. No está escondido ni custodiado por nadie. Descansa a la vista, sobre una superficie lisa, con su espejo encima como quien se peina antes de salir. Y no se desborda de riquezas: lo único que se escapa de él son destellos.

Me gusta esa versión doméstica del cofre del tesoro. Le quita la aventura y le deja la intimidad. No hay que cruzar mares para encontrarlo; está en el dormitorio de alguien. Y lo que guarda no lo puede robar nadie, porque solo vale para quien lo guardó.

En Planeta Gayfolk, además, los tesoros nunca son de oro. Son de cristal, de purpurina, de luz de neón. Materiales baratos que, bien mirados, brillan más que cualquier metal precioso.

La purpurina de Planeta Gayfolk

La purpurina está por todas partes en los videoclips de Mike. Cae sobre pistas de baile, cubre caras en fiestas, flota en el aire de habitaciones imposibles. En «Lai» se convierte casi en protagonista: sale del joyero, rodea el cofre, recubre la piedra entre las manos.

Tiene sentido que sea así. La purpurina es un material humilde y escandaloso a la vez. Cuesta muy poco, se pega a todo, no hay manera de quitarla del todo de la ropa ni del suelo. Durante días después de una fiesta, uno sigue encontrando motas en el pelo, en la almohada, en el cuello de una camisa. Es un recuerdo que se resiste a irse.

Por eso me parece el material perfecto para los tesoros de este vídeo. Un tesoro, al fin y al cabo, es algo que se resiste a desaparecer. Y la purpurina es exactamente eso: brillo que se queda pegado cuando la noche ya ha terminado.

En la piedra del final, la purpurina transforma un guijarro cualquiera en algo digno de un joyero. Es una pequeña alquimia de manualidades, de las que se hacen en una mesa de cocina con pegamento y paciencia. Y tiene algo de declaración: cualquier cosa puede brillar si alguien decide cubrirla de luz.

Inventario para un cofre propio

Después de ver el vídeo varias veces, me he puesto a pensar qué cabría en un cofre como el de plata. Y la respuesta dice mucho de cómo funcionan los tesoros.

Cabría una entrada de concierto arrugada, aunque ya no se recuerden bien las canciones. Una postal de una ciudad visitada con alguien que ya no está cerca. Una piedra recogida en una playa del norte. Un mechero que no funciona pero que perteneció a alguien querido. Una nota escrita deprisa en una servilleta de bar.

Nada de eso vale dinero. Pero si alguien abriera ese cofre y lo tirara todo a la basura, su dueño sentiría que le han robado un trozo de vida. Ese es el tipo de tesoro que enseña «Lai»: el que solo se entiende desde dentro.

Y quizá también metería una canción. Una de esas que uno escucha en bucle en una época concreta y que, años después, devuelve de golpe cómo se sentía entonces. Las canciones son tesoros que ocupan muy poco espacio y que se pueden abrir en cualquier momento.

Lo que se apaga despacio

Otra de las palabras sueltas de la canción describe un destello que se desvanece poco a poco. No se rompe ni se apaga de golpe: se va.

Mike Sain't Louis con abrigo oscuro ante un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, junto al verso «Glimmer, glimmer, fade...» de «Lai»

Me parece una forma muy delicada de hablar de las cosas que perdemos. Algunas pérdidas son bruscas, pero muchas otras son así: un brillo que va bajando hasta que un día nos damos cuenta de que ya no está. Un amigo con el que hablábamos cada semana y ahora una vez al año. Una costumbre que se fue perdiendo. Un lugar que cambió.

La nana no se rebela contra eso. Lo acepta con la misma calma con que acepta el sueño. Y en el vídeo, la purpurina que sube del joyero también acaba posándose, las burbujas acaban saliendo de cuadro. Nada brilla para siempre, y no pasa nada.

Pero hay una diferencia entre lo que se apaga y lo que se olvida. Los tesoros sirven para eso: para que lo que se apaga no se olvide. Un objeto en un cajón mantiene vivo un recuerdo aunque su brillo original ya no esté.

Los tesoros que no brillan

Pienso ahora en los tesoros que no aparecen en el vídeo porque no brillan. Una camiseta vieja que se ha convertido en pijama. Una taza desportillada de la que solo bebe una persona. Un audio antiguo guardado en el móvil que nadie más escucharía. Una receta escrita a mano con manchas de aceite.

Son tesoros igual de verdaderos que el joyero de cobre. Lo que los hace valiosos no es su aspecto, sino lo que guardan. Y en momentos de tristeza, a veces son lo único que sostiene. Una persona que atraviesa un mal momento puede encontrar más consuelo en una vieja sudadera de alguien querido que en cualquier consejo.

El vídeo de «Lai» les pone purpurina a estos objetos humildes. Los convierte en algo mágico para que veamos lo que ya eran.

Las nanas como cofres

Hay muchas nanas en el repertorio de Mike, y todas tienen algo de cofre. «Holy Stillness» es una nana de invierno, de calma nocturna, que pide descanso sin miedo. «Dreams Drift Afar» deja que los sueños se alejen flotando. Y «Lai» es la más desnuda de todas, la que casi renuncia a las palabras.

Lo que tienen en común es que guardan calma. Son pequeños depósitos de tranquilidad a los que se puede volver. Igual que se abre un joyero para mirar un anillo heredado, se puede poner una nana para recuperar, aunque sea tres minutos, la sensación de que el mundo es un lugar seguro.

Me parece una idea muy hermosa para un artista: fabricar tesoros sonoros. Objetos pequeños, sin valor de mercado, que alguien guarda en su teléfono para sacarlos en la noche en que los necesite.

Por qué guardamos

Me pregunto por qué los seres humanos guardamos cosas. Hay explicaciones prácticas, claro, pero los tesoros del vídeo no tienen nada de práctico. Son puro afecto. Y creo que los guardamos porque necesitamos pruebas de que hemos sido queridos, de que hemos vivido cosas buenas, de que no todo ha sido lucha.

Para quien ha pasado por épocas muy oscuras, esas pruebas son vitales. Cuando la cabeza insiste en que nada ha valido la pena, un objeto guardado puede llevar la contraria. Esa piedra de la playa recuerda que hubo un verano feliz. Esa carta recuerda que alguien escribió palabras bonitas pensando en nosotros.

No es casualidad que algunos profesionales de la salud mental propongan reunir una caja de recuerdos agradables para los días difíciles: fotos, notas, objetos pequeños. Es exactamente lo que hace el vídeo de «Lai»: abrir cofres llenos de brillo y enseñarlos despacio.

Lo que hay detrás de la nana

Las nanas de Mike no salen de la nada. Él ha contado en público que durante cerca de veinte años vivió, con dos parejas distintas, una relación tras otra marcada por el narcisismo y el maltrato psicológico. Cuando se decidió a hablar, descubrió que ambos se le habían adelantado sembrando sospechas entre conocidos, y perdió a gente por el camino. Hubo un momento en que pensó en quitarse la vida. Hoy sigue un tratamiento con un equipo de salud mental por estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y trastorno evitativo de la personalidad. En ese contexto, componer una nana tiene algo de cuidar al niño que uno fue y de dejar un tesoro para quien venga detrás.

Si tú también estás en una noche en la que no encuentras nada que brille, no lo atravieses en silencio. Busca a alguien con quien hablarlo, una amiga, un familiar, tu médica de cabecera. Y si los pensamientos se vuelven de muerte, llama al 024: es gratuito, funciona en España a cualquier hora y quien contesta está ahí para escucharte. En una urgencia, el 112. Esa llamada también puede ser un tesoro: la que te devuelve la luz tenue que necesitas para llegar a mañana.

Dónde abrir este cofre

El vídeo completo, con el joyero, el cofre, la piedra y el anillo, se puede ver en su página dentro de esta web. Para escucharla en cualquier otro momento, «Lai» también está en Spotify. Y si te apetece seguir abriendo cajones de este planeta, el listado de canciones y la galería de videoclips tienen muchos más.

Guardarla en tu propio cofre es gratis. La puedes bajar desde la tienda de gayfolkplanet.com o desde la página de descargas de mikesaintlouis.com, sin pagar nada y sin dar tus datos. Quien prepare un reportaje encontrará fotos y textos en el área de prensa.

El cofre cerrado

Termino imaginando el final de la escena. La purpurina del joyero ya se ha posado sobre la mesa, formando una capa fina que brilla cuando le da la luz. La tapa sigue abierta. El espejo de detrás refleja una habitación en calma.

Alguien, en algún momento, volverá a cerrarlo. Y el tesoro quedará dentro, a salvo, esperando la próxima noche difícil en que haga falta abrirlo otra vez.

Eso son los tesoros de Planeta Gayfolk: no joyas, sino brillos guardados. Una nana sin palabras, una piedra cubierta de purpurina, un anillo levantado contra el atardecer. Cosas pequeñas que no valen nada en ningún mercado y que, en el momento justo, lo valen todo.

Preguntas frecuentes

¿Qué tesoros aparecen en el videoclip de «Lai»?

Un joyero de cobre labrado que se abre y suelta una nube de purpurina turquesa hacia un espejo de marco antiguo; un cofre de plata con un espejo ovalado encima y una pluma al lado, rodeado de destellos y burbujas de colores; dos manos que sostienen una piedra cubierta de brillos, y una mano que levanta un anillo de cuentas relucientes a contraluz.

¿«Lai» tiene letra?

Casi no. Es una nana hecha de sílabas y de unas pocas palabras sueltas en inglés que piden calma, sueño suave y un brillo tenue. El estribillo es un juego de sonidos que se repite como un arrullo.

¿Por qué hablar de tesoros a partir de una nana?

Porque las nanas y los tesoros cumplen una función parecida: guardan algo valioso para cuando hace falta. El vídeo está lleno de objetos pequeños que brillan, y la canción funciona como uno de ellos, algo a lo que volver en una noche difícil.

¿Dónde se puede escuchar y descargar «Lai»?

Está en su ficha de gayfolkplanet.com, en Spotify y en la página del videoclip. Se descarga gratis desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas.

¿Qué hago si siento que ya no me queda nada que valga la pena guardar?

Esa sensación puede formar parte de una depresión y merece atención. Cuéntaselo a alguien de confianza y pide cita en tu centro de salud. Si piensas en quitarte la vida, en España el 024 te escucha gratis y a cualquier hora. En caso de emergencia, llama al 112.

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