Letras
Un planeta anillado sobre la multitud, palabras de neón que flotan y una figura entre pájaros de luz: los rugidos de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay un momento en la vida de muchos niños en que descubren que pueden rugir. Se ponen a cuatro patas, abren mucho la boca, enseñan los dientes y sueltan un sonido que pretende ser el de un león. Los adultos fingen asustarse. El niño se ríe. Durante unos segundos, ese cuerpo pequeño se siente enorme, poderoso, capaz de hacer temblar la casa.
Luego, poco a poco, aprendemos a no hacer ruido. A no molestar, a hablar bajito, a no llamar la atención. Para muchos chavales LGTBI, esa lección llega con más fuerza que para nadie: mejor no destacar, mejor que no se note, mejor callar. Y el rugido se queda guardado en algún sitio.
Mike Sain't Louis, al que muchos llaman «el primer cantautor IA», es letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y una de sus canciones va a buscar ese rugido perdido. Este paseo recorre los rugidos de Planeta Gayfolk a partir de «Roar Roar».
Una transformación
El texto que acompaña a «Roar Roar» la define desde la primera línea: no se queda en una pista: es una transformación. Una declaración de poder, de rebeldía y de liberación. Nace del silencio y se convierte en grito. Un pulso que se niega a apagarse.

Más adelante dice a quién va dedicada: a quienes han sido silenciados, juzgados o borrados, y aun así eligieron brillar más fuerte que el ruido. Y termina con tres instrucciones muy directas: «Turn up the volume». Siente la tormenta. Y, sobre todo, deja que tu rugido se oiga en todo el universo.
Es un texto breve, casi un manifiesto. Y el vídeo lo convierte en un recorrido visual por un planeta lleno de luz, de animales y de sonidos escritos en el aire.
Un planeta sobre la multitud
La imagen más poderosa del vídeo aparece varias veces. En el horizonte se alza un planeta gigantesco, de tonos rosados y anaranjados, rodeado de anillos de luz como Saturno. Debajo, una multitud inmensa, en penumbra, mira hacia él. Un camino luminoso atraviesa la explanada y lleva directamente hasta el planeta.

Es una escena de concierto cósmico. La multitud podría estar esperando a una estrella, pero la estrella es el propio planeta. Algunas veces, rayos de luz violeta salen disparados hacia los lados, como focos de un escenario. Otras, la gente levanta los brazos.
Hay algo de rito colectivo en esa imagen. Miles de personas mirando lo mismo, compartiendo el mismo asombro. Es la sensación de los grandes conciertos, de las manifestaciones, de las celebraciones del Orgullo: estar entre muchos y sentir que, por una vez, nadie tiene que esconderse.
Palabras que flotan
Una de las cosas más originales del vídeo son las palabras de neón. Aparecen escritas en el aire, con tubos de luz rosa, azul y violeta: YIP-YIP, ROAR ROAR, MOO-MOO, ZWOOM-ZWOOM. Flotan sobre el agua, rodean a las figuras, forman espirales.

No son palabras con significado. Son onomatopeyas, sonidos de animales y de máquinas escritos como si fueran rótulos. El ladrido de un perro, el mugido de una vaca, el rugido de un león, el zumbido de algo que pasa muy rápido.
Hay algo muy liberador en ese idioma. No tiene gramática, no tiene reglas, no se puede decir mal. Cualquiera lo entiende, en cualquier país. Es el idioma de antes de aprender a hablar correctamente, cuando los niños imitan a los animales y nadie les corrige.
El miedo a hacer ruido
Para quien convive con la fobia social, hacer ruido es una de las cosas más difíciles. No solo en sentido literal. Hacer ruido es hablar en una reunión, levantar la mano en clase, dar una opinión, pedir algo en un restaurante, llamar por teléfono. Cualquier situación en la que uno pueda ser mirado, juzgado o criticado.
La fobia social no es timidez. Es un miedo intenso y persistente a esas situaciones, que puede llevar a evitarlas por completo. Quien la sufre a menudo sabe que el miedo es desproporcionado, pero no puede evitarlo. El cuerpo reacciona como si hubiera un peligro real: el corazón se acelera, las manos sudan, la mente se queda en blanco.
En ese contexto, una canción que se llama «Roar Roar» y que invita a subir el volumen tiene algo de desafío. No es una orden. Es una invitación. Un recordatorio de que el rugido existe, aunque esté guardado.
Una figura entre pájaros de luz
En varios planos, una figura aparece de espaldas, de pie sobre una roca o un pequeño montículo. A su alrededor vuelan pájaros y peces hechos de luz, translúcidos, de colores pastel. Es una imagen de calma en medio del espectáculo.
La figura no ruge. No grita. Solo está ahí, quieta, rodeada de criaturas luminosas. Como si el rugido no siempre tuviera que ser un sonido fuerte. Como si a veces bastara con ocupar un lugar, con no esconderse, con estar de pie.
Esa es quizá una lección importante. Rugir no significa necesariamente gritar más que nadie. Puede significar simplemente dejar de pedir perdón por existir.
Túneles de espirales
Otra imagen recurrente del vídeo son los túneles. Espirales de luz rosa, violeta y azul que se adentran en la profundidad, como el interior de una caracola o un agujero de gusano. Por ellos bailan parejas, se mueven figuras, flotan palabras.
Los túneles son lugares de paso. Se entra por un lado y se sale por otro, transformado. En la mitología, en los cuentos, en el cine, atravesar un túnel suele ser un rito de iniciación. Quien sale ya no es el mismo que entró.
La canción habla precisamente de eso: de una transformación. Del silencio al rugido. Y los túneles del vídeo funcionan como el pasadizo entre esos dos estados.
Los animales del planeta
Planeta Gayfolk está lleno de animales. Hay chihuahuas que corren bajo la aurora, canguros de colores que saltan entre galaxias, perros que duermen la siesta. En «Roar Roar», los animales no aparecen tanto como cuerpos sino como sonidos. Están en las palabras de neón: el perro que hace yip-yip, la vaca que hace moo-moo, el león que ruge.
Hay también peces de luz que nadan alrededor de las figuras, pájaros que vuelan en bandadas luminosas, criaturas que parecen salidas de un arrecife de coral. Todo el vídeo tiene algo de fondo marino, de acuario, de ecosistema fantástico.
Los animales no tienen vergüenza de sus sonidos. El perro ladra cuando quiere, el gato maúlla, el pájaro canturrea al amanecer sin preocuparse de si lo hace bien. Quizá por eso el vídeo los usa como modelo. Recuperar el rugido es, en parte, recuperar algo de esa naturalidad animal.
Silenciados, juzgados, borrados
El texto de la canción nombra tres verbos: silenciar, juzgar, borrar. Son tres formas de violencia que muchas personas LGTBI conocen de primera mano.
Silenciar es no dejar hablar. Es el «eso no se dice», el «aquí no», el «no hagas tanto ruido» que muchos oyeron de niños. Juzgar es mirar con desprecio, opinar sobre la vida ajena, condenar sin conocer. Borrar es hacer como si no existieras. No nombrarte, no invitarte, no contar contigo, eliminarte de la historia familiar o de las fotos.
Las tres dejan huella. Y las tres son especialmente dañinas cuando vienen de personas cercanas. Quien ha sufrido maltrato psicológico en una relación conoce bien esas tres formas: el silencio impuesto, el juicio constante, la sensación de ir desapareciendo poco a poco.
La tormenta
«Feel the storm», dice el texto. Siente la tormenta. Es una frase que puede leerse de dos maneras. La tormenta puede ser lo que viene de fuera, las dificultades, los ataques, el ruido del mundo. O puede ser lo que viene de dentro: la rabia acumulada, la energía contenida, todo lo que se ha callado durante años.
Esa segunda tormenta da miedo. Muchas personas que han vivido situaciones de maltrato aprenden a reprimir la rabia, porque expresarla era peligroso. Y cuando por fin se sienten seguras, la rabia aparece de golpe, a veces con una intensidad que asusta.
Los terapeutas suelen explicar que la rabia no es mala en sí misma. Es una emoción que señala que algo ha estado mal, que se han cruzado límites. Lo importante es aprender a sentirla sin que nos destruya ni destruya a otros. A canalizarla. Quizá, en algunos casos, a convertirla en música.
Bailar en espiral
En los túneles del vídeo, varias parejas bailan. Se cogen de las manos, giran, se separan, vuelven a juntarse. Una mujer con vestido rojo flota en el agua. Otra figura con vestido de tul gira sobre una pista reflectante. Todo se mueve en espiral.
El baile es otra forma de rugido. Un cuerpo que se mueve libremente está diciendo algo, aunque no use palabras. Ocupa espacio, se hace ver, se expresa. Para mucha gente con fobia social, bailar en público es casi imposible. Para otra, en cambio, es la única forma de expresarse que no da miedo, porque no requiere hablar.
Del susurro al grito
Hay un camino entre el silencio y el rugido, y no se recorre de un salto. Primero se susurra. Luego se habla bajito. Luego, un día, se dice algo en un tono normal delante de alguien. Y así, poco a poco, se va ganando terreno.
Las terapias para la ansiedad social suelen funcionar de esa manera: exposición gradual. Enfrentarse a situaciones temidas empezando por las más fáciles, acostumbrando al cuerpo a que no pasa nada, subiendo un escalón cada vez. No hay prisa. No hay que rugir el primer día.
«Roar Roar» propone el final del camino. Pero el camino tiene muchas paradas intermedias, y todas cuentan.
El concierto del universo
El texto de la canción termina pidiendo que el rugido se oiga en todo el universo. Es una hipérbole hermosa. Y el vídeo la toma al pie de la letra: hay planetas, anillos, galaxias, espacio.
Hay algo consolador en pensar en esa escala. Nuestros miedos parecen enormes cuando estamos dentro de ellos. Pero visto desde lejos, desde el espacio, todo es pequeño. El juicio de los demás, la vergüenza, el miedo al ridículo. Frente a un planeta con anillos, ¿qué importancia tiene equivocarse al hablar en una reunión?
La multitud que no juzga
Volvamos a la multitud que mira el planeta. Son miles de personas. Ninguna mira a las demás. Todas miran hacia el mismo punto, hacia la luz. No hay juicio, no hay comparación. Solo asombro compartido.
Es una imagen que contrasta con la experiencia de quien tiene fobia social, para quien cualquier grupo de personas es un tribunal. En el vídeo, la multitud no es una amenaza. Es una comunidad. Y eso, para quien ha vivido aislado, puede ser lo más difícil de imaginar y lo más necesario.
Encontrar la propia manada
Los animales que rugen suelen vivir en grupo. Los leones, los lobos, los perros. El rugido y el aullido sirven para comunicarse con los suyos, para marcar territorio, para avisar. No son sonidos solitarios.
Quizá recuperar el rugido pase también por encontrar la propia manada. Las personas con las que uno puede ser como es. Para mucha gente LGTBI, esa manada no es la familia de origen, sino la familia elegida: amigos, compañeros, colectivos, espacios seguros. Lugares donde uno puede hacer ruido sin miedo.
El eco
Cuando uno grita en una montaña o en un valle, el sonido rebota y vuelve. Es el eco. De niño, es una experiencia mágica: dices tu nombre y la montaña te lo devuelve, como si alguien te respondiera desde lejos.
El eco tiene algo de confirmación. Dice: te he oído. Tu sonido ha llegado a algún sitio y ha vuelto. Existes.
Para quien ha vivido mucho tiempo silenciado, esa confirmación es fundamental. Hablar y que nadie responda es una de las experiencias más dolorosas. Por eso, cuando por fin alguien escucha, cuando un terapeuta, un amigo o un desconocido devuelve el eco, algo se recoloca por dentro. El rugido necesita, al menos al principio, que alguien lo oiga.
Las palabras de neón del vídeo funcionan un poco como ecos visuales. Los sonidos no se pierden en el aire. Se quedan escritos, flotando, iluminados. Como si el planeta guardara todos los sonidos que alguna vez se hicieron en él.
El neón como escritura
El neón es una tecnología de principios del siglo XX, inventada para los rótulos comerciales. Durante décadas iluminó las calles de las grandes ciudades: bares, cines, hoteles, tiendas. Luego se asoció a la noche, a los barrios de ocio, a los locales de ambiente. Muchos bares gais históricos tenían su nombre escrito en tubos de neón rosa o azul.
En el vídeo de «Roar Roar», el neón no anuncia nada. No vende nada. Solo escribe sonidos. Es una forma de rescatar esa estética nocturna y darle un uso poético.
Hay algo en la luz del neón que tiene que ver con la visibilidad. Se ve desde lejos, atraviesa la niebla, no se puede ignorar. Es una luz que dice: aquí estoy. Exactamente lo que la canción propone hacer con el propio rugido.
Corales y profundidades
Una parte del vídeo transcurre en algo que parece el fondo del mar. Hay corales de colores, plantas que se mecen, peces luminosos. Figuras que flotan como si estuvieran sumergidas. El rugido, que parecía cosa de leones y sabanas, aparece también bajo el agua.
Bajo el agua no se puede gritar. El sonido se ahoga, las palabras se convierten en burbujas. Es una imagen muy precisa de lo que se siente al estar silenciado: abres la boca y no sale nada que los demás puedan oír.
Pero el vídeo no se queda ahí. Las figuras sumergidas salen, el sonido vuelve a escribirse en el aire, el planeta aparece en el horizonte. La profundidad es solo una etapa del recorrido.
Ocupar espacio
Hay una expresión que se usa mucho en los colectivos LGTBI y feministas: ocupar espacio. Significa no hacerse pequeño, no pedir permiso para estar, no reducirse para que otros estén cómodos. Sentarse con las piernas como uno quiera, hablar sin pedir perdón, caminar por la calle sin bajar la mirada.
Para muchas personas, ocupar espacio es un aprendizaje lento. Toda la vida se les ha enseñado lo contrario. Y al principio, hacerlo da miedo, incluso vergüenza. Parece que uno está siendo exagerado, egoísta, maleducado.
Los rugidos de Planeta Gayfolk son una forma de ocupar espacio sonoro. De decir: este sonido es mío, y tengo derecho a hacerlo. No para molestar a nadie, sino para existir del todo.
La primera palabra
Los niños pequeños suelen decir sus primeras palabras alrededor del primer año. Antes de eso, balbucean, imitan sonidos, hacen ruidos de animales. Las onomatopeyas son, de hecho, una de las primeras formas de lenguaje que aprenden: el guau del perro, el miau del gato, el brum del coche.
Volver a esas palabras es volver a un momento en que hablar no daba miedo. En que cualquier sonido era celebrado. En que nadie te corregía la gramática ni se reía de tu acento.
El vídeo de «Roar Roar» invita, de algún modo, a recuperar esa relación con el sonido. A dejar de pensar si lo que vamos a decir es correcto, inteligente o adecuado. A empezar por algo tan sencillo como un rugido.
El camino de luz
En los planos del planeta sobre la multitud hay un detalle que se repite: un camino luminoso que atraviesa la explanada y lleva directamente hacia el horizonte. Es una línea recta, dorada, que parte de donde está la cámara y termina bajo el planeta.
Ese camino invita a avanzar. Es como una pista de aterrizaje, o como la alfombra que lleva al escenario. Nadie lo recorre en el vídeo, pero está ahí, disponible, esperando.
Hay épocas en que uno no se ve capaz de dar ese paso. Sabe que el camino existe, sabe hacia dónde lleva, pero el miedo lo mantiene quieto en la orilla. Y está bien. El camino no se va a ningún sitio. Se puede empezar mañana, o la semana que viene, o dentro de un año. Lo importante es saber que existe.
Ruido y música
El texto de la canción habla de brillar más fuerte que el ruido. Es una distinción interesante. El ruido es lo que molesta, lo que interrumpe, lo que no tiene sentido. La música es el sonido organizado, con intención, con belleza.
Quien ha vivido rodeado de ruido, de gritos, de discusiones, de críticas constantes, puede llegar a temer cualquier sonido fuerte. Y, al mismo tiempo, puede necesitar con urgencia expresar lo que lleva dentro. La música ofrece una salida: convertir la rabia en ritmo, el dolor en melodía, el silencio en canción.
«Roar Roar» es eso. No un grito descontrolado, sino un rugido con forma. Algo que se puede escuchar, repetir, compartir.
Lo que hay detrás del rugido
Mike ha contado abiertamente que, durante cerca de dos décadas, sufrió maltrato psicológico en dos relaciones consecutivas con hombres narcisistas. Al romper el silencio, comprobó que esos hombres habían ido minando su imagen ante amigos y conocidos, y se encontró prácticamente solo. Hubo un momento en que estuvo a punto de suicidarse. Hoy recibe tratamiento de un equipo de salud mental por una depresión mayor grave, ansiedad, estrés postraumático, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación. El miedo a ser visto, y a hacer ruido, forma parte de su día a día, y «Roar Roar» es una forma de plantarle cara.
Si a ti también el miedo a ser mirado te encierra, no tienes que resolverlo solo. Consulta con tu médico de atención primaria o con un psicólogo, y cuéntaselo a alguien de confianza. Si la idea de quitarte la vida aparece, en España tienes el 024, gratis, confidencial y sin horarios. Si la situación es de peligro inmediato, el 112.
Subir el volumen
El vídeo de «Roar Roar», con su planeta anillado y sus palabras de neón flotando en el aire, está en la página del videoclip. En Spotify puedes ponerla a todo volumen. Si te apetece seguir por el mar del planeta, «Ride the Wave» y «Flow / We Glow» tienen su propia ficha, y todo lo demás está en el catálogo.

Las descargas son gratuitas y no piden registro: entra en la tienda de gayfolkplanet.com o en mikesaintlouis.com/descargas. El material para medios está en prensa.
El último rugido
Vuelvo al planeta sobre la multitud. Enorme, rosado, con sus anillos de luz. Miles de personas lo miran en silencio. Y en el aire, flotando, una palabra de neón: ROAR.
Puede que eso sea lo que guardan los rugidos de Planeta Gayfolk. La certeza de que el sonido que nos enseñaron a callar sigue ahí. Que no ha desaparecido, solo estaba esperando. Y que un día, quizá no hoy, quizá poco a poco, podremos volver a abrir la boca como aquel niño a cuatro patas, y dejar que se oiga.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «Roar Roar»?
Un planeta gigante con anillos luminosos que se alza sobre una multitud, palabras de neón como YIP-YIP, ROAR ROAR, MOO-MOO o ZWOOM-ZWOOM que flotan en el aire, túneles de espirales, peces y pájaros de luz, figuras que bailan y un fondo marino de corales.
¿De qué trata «Roar Roar»?
Según el texto que la acompaña, es una transformación: una declaración de poder, rebeldía y liberación nacida del silencio que se convierte en grito. Está dedicada a quienes han sido silenciados, juzgados o borrados y aun así eligieron brillar.
¿Por qué hay tantas onomatopeyas en el vídeo?
Las palabras de neón imitan sonidos de animales y de máquinas. Funcionan como un idioma sin gramática, que cualquiera entiende, y encajan con la idea de la canción: expresarse más allá de las palabras correctas.
¿Dónde puedo escuchar o descargar la canción?
En su ficha de gayfolkplanet.com y en Spotify. También se descarga sin coste en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas.
¿Qué hago si el miedo a ser visto me paraliza?
La fobia social tiene tratamiento. Habla con tu médico o con un psicólogo. Si alguna vez piensas en quitarte la vida, en España el 024 atiende gratis y a todas horas; en una emergencia, llama al 112.