Letras
Un sobre bajo un arco de piedra, una calle llena de papeles y una silueta en el pórtico: los soportales de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

En casi todas las ciudades viejas de España hay soportales. Calles enteras cubiertas por arcos de piedra donde uno se resguarda de la lluvia en invierno y del sol en agosto. Bajo ellos se han vendido telas, se han tomado cafés, se han hecho promesas y se han roto. Son lugares de paso, pero también de espera. Quien se ha quedado alguna vez bajo un pórtico viendo caer el agua sabe que ahí el tiempo corre distinto.
Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», que firma letras, composición y producción musical (música e interpretación vocal hechas con IA), eligió precisamente ese escenario para una de sus piezas más serenas y más duras a la vez. «La última carta» no tiene estribillo ni rimas: es un texto recitado, una carta de despedida a alguien que hizo daño durante años. Y su videoclip la llena de arcos de piedra, de sobres que vuelan y de calles cubiertas de papeles. Este recorrido pasea por los soportales de Planeta Gayfolk con esa carta en la mano.
Una carta sin destinatario
Lo primero que dice el texto es que no se escribe para volver a hablar con nadie. Ni siquiera busca una respuesta, ni atención. Es una carta para quien la escribe. Una manera de cerrar algo que la otra persona nunca tuvo el valor de reconocer.
Esa premisa es rarísima en la historia del género epistolar. Las cartas, por definición, van dirigidas a alguien. Se escriben para ser leídas. Esta, en cambio, renuncia a su destinatario desde la primera línea. Es una carta que se envía hacia dentro.
En terapia hay un ejercicio muy conocido que funciona así: escribir a quien te hizo daño todo lo que nunca pudiste decirle, y luego no mandarlo. Guardarlo, romperlo, quemarlo o simplemente dejarlo en un cajón. Lo importante no es que llegue. Lo importante es que, al escribirlo, uno ordena lo que siente y se devuelve la palabra que le quitaron.
Un sobre bajo el arco
El videoclip arranca con unas escaleras de piedra por las que baja agua y vuelan folios. Pero las imágenes que definen la pieza llegan poco después, en blanco y negro: un soportal de arcos enormes, con columnas gruesas y bóvedas oscuras, y bajo uno de esos arcos, flotando en el aire como si pesara lo mismo que una pluma, un sobre gigante.

En otro plano, más abierto, el sobre se ve recortado contra el cielo blanco que asoma entre los arcos. Al fondo, muy pequeña, una figura de pie junto a una columna. No se mueve. Parece esperar. Y en un tercero, el arco se repite, con su sobre suspendido y la plaza vacía detrás.
Me fascina la escala de esas imágenes. El sobre es enorme comparado con la persona. Es como si la carta fuera más grande que quien la escribe, o como si lo que hay que decir ocupara más espacio que el propio cuerpo. Y al mismo tiempo flota, no cae. Está ahí, a medio camino entre irse y quedarse.
Los soportales, además, son el lugar perfecto para ese momento. No estás dentro de casa ni del todo en la calle. Estás protegido, pero a la vista. Es un sitio para detenerse antes de dar el siguiente paso.
Dudar de uno mismo
La segunda parte del texto describe algo que cualquier persona que haya vivido una relación de abuso psicológico reconoce con un escalofrío. Durante mucho tiempo, dice, me hice preguntas. Dudé de mí, de mis reacciones, de mis límites. Me hiciste creer que exageraba, que era demasiado sensible, que todo era un malentendido.
Es una descripción precisa de lo que hoy se conoce como luz de gas, por la película de 1944 en la que un marido manipula a su mujer hasta hacerla dudar de su propia percepción. El término se ha popularizado tanto que a veces se usa a la ligera, pero en su sentido original describe algo muy serio: un desgaste sistemático de la confianza de una persona en su propio juicio.
Y entonces llega la frase más corta del texto, la que funciona como un portazo: no era yo. Fuiste tú. Tres palabras que a algunas personas les cuesta años poder pronunciar. Porque para decirlas hay que haber desmontado, pieza a pieza, todas las explicaciones que el otro fue colocando.
La piedra que no se mueve
Hay algo en la piedra de los soportales que contrasta con todo lo demás del vídeo. Los papeles vuelan, los sobres flotan, la lluvia cae, la gente pasa. Pero los arcos están quietos. Llevan siglos ahí y seguirán cuando todo eso haya pasado.
Me gusta leer esa piedra como la imagen de algo que el texto busca: un suelo firme. Después de años de manipulación, lo que más falta es precisamente eso, algo que no se mueva. Una certeza. Una verdad que no dependa de lo que diga el otro.
El texto lo formula al final con una seguridad que no tenía al principio. Sé quién fui. Y sé quién eres. Son frases de piedra. No admiten discusión. Y llegan después de haber atravesado todas las dudas.
Las columnas como testigos
En los planos del soportal, las columnas tienen una presencia casi humana. Están alineadas, una detrás de otra, como una fila de personas que observan en silencio. Entre ellas pasa la luz, pasan los papeles, pasa la figura diminuta del fondo.
En muchas historias de maltrato psicológico, lo que más duele después va más allá de lo que hizo la pareja: duele también lo que hicieron, o no hicieron, quienes estaban alrededor. Los testigos que miraron hacia otro lado. Los amigos que se creyeron la versión del otro. La familia que no quiso ver.
Las columnas del vídeo son testigos mudos. No intervienen. Pero tampoco se van. Y eso, en cierto modo, es también una forma de compañía: la de algo que estuvo ahí y que, si pudiera hablar, contaría la verdad.
Dependencia disfrazada
Uno de los pasajes más lúcidos del texto separa con cuidado el amor de otra cosa que se le parece. El narrador reconoce que quiso, y mucho, más de lo que la otra persona merecía. Que aguantó cosas que no se aguantan por amor. Y concluye que lo que recibía no era amor, sino dependencia vestida de afecto.
Esa distinción es fundamental en cualquier proceso de recuperación. Muchas víctimas de relaciones abusivas se sienten culpables por haber querido a quien les hacía daño, o por echarle de menos después. El texto les quita ese peso: lo que sentías era real, pero lo que te daban no lo era. Hubo amor por un lado y dependencia por el otro.
Y esa dependencia se construía, explica, con un mecanismo muy concreto: hacer sentir al otro que debía algo. Que su enfado era injusto, que sus dudas eran celos. Cuando en realidad, dice la carta, eran señales de alarma que alguien apagaba a base de silencios.
Una calle llena de papeles
En los tramos en blanco y negro del vídeo aparece varias veces una calle estrecha, encajonada entre edificios muy altos, con el suelo de adoquines. Del cielo caen folios. Algunos vuelan todavía, otros ya están en el suelo, amontonados contra los portales. No hay nadie. Solo papel y piedra.

Es una imagen preciosa y un poco inquietante. Parece el después de algo: como si alguien hubiera vaciado desde una ventana todas las cartas que guardaba. O como si la ciudad entera se hubiera llenado de palabras que nadie va a leer.
Para mí esa calle es el mapa de una relación terminada. Todo lo que se dijo, se escribió, se prometió, está ahí tirado. Ya no sirve para nada. Y quien escribe la última carta camina entre esos papeles sin agacharse a recogerlos.
El silencio como respuesta
Hacia el final del texto aparece la clave de todo. La paz, dice, viene del corte. Del bloqueo. Del silencio. De no buscar al otro, no responderle, no caer en sus trampas.
En la literatura sobre relaciones con personas narcisistas eso tiene un nombre: contacto cero. Consiste en eliminar cualquier vía de comunicación con quien ha ejercido el abuso, siempre que sea posible. Bloquear el teléfono, las redes, no contestar mensajes indirectos a través de terceros. Es una medida dura, que a veces se vive como una pérdida enorme, pero que muchos profesionales consideran imprescindible para que la persona pueda empezar a recuperarse.
El texto de Mike lo convierte en algo casi luminoso. No habla del silencio como castigo, sino como paz. No es un silencio rencoroso. Es el silencio de quien por fin ha dejado de defenderse.
La dignidad y la nostalgia
Hay una frase en la carta que, para mí, resume toda la pieza: hoy la dignidad pesa más que la nostalgia. Es una balanza. En un platillo, el recuerdo de los momentos buenos, que también los hubo. En el otro, el respeto por uno mismo. Y por fin, después de mucho tiempo, el segundo gana.

Cualquiera que haya salido de una relación difícil sabe que la nostalgia no desaparece de un día para otro. Vuelve en forma de canción en la radio, de olor en un ascensor, de calle por la que se paseaba juntos. Y cada vez que vuelve, hay que decidir otra vez. La frase de la carta no dice que la nostalgia se haya ido. Dice que ya no manda.
Te elegiste
Casi al final, el texto cambia de destinatario sin avisar. Deja de hablarle al otro y empieza a hablarse a sí mismo. Esta carta, dice, es para decirme: lo lograste, saliste, te elegiste.

Es un giro precioso. La carta que empezó dirigida a quien hizo daño termina siendo una carta de felicitación propia. Un reconocimiento que nadie más va a dar, así que hay que darse uno.
Y luego viene la frase que cierra el círculo: el daño existió, pero ya no te pertenece. Lo recupero para poder curarlo. Es una idea muy fina. No niega el daño. No lo minimiza. Lo recupera. Lo saca de las manos del otro, que lo usaba como arma, y lo coloca en las propias, donde puede curarse.
Ventanas rotas y lluvia
Al principio del vídeo, antes de los soportales, hay planos de una ventana que se rompe bajo una tormenta. Los cristales saltan y, entre ellos, se cuelan sobres empapados que el viento arrastra hacia dentro. Hay relámpagos. Todo es azul oscuro.
Es el momento del estallido. Lo que estaba contenido detrás del cristal, protegido o atrapado, de repente irrumpe. En muchas historias de abuso, el momento de decir basta llega así: de golpe, con violencia, después de mucho tiempo de presión acumulada.
Y después de la tormenta vienen los soportales, la calma, la piedra. El orden del vídeo parece seguir el de una recuperación: primero la rotura, luego el refugio, luego el paseo lento por una calle llena de papeles viejos.
Soportales de toda la vida
Los soportales tienen una historia larga en la arquitectura española. En plazas mayores, en calles comerciales, en pueblos castellanos y en ciudades del norte donde llueve mucho. Nacieron para proteger a comerciantes y compradores del tiempo, y con los siglos se convirtieron en lugares de encuentro.
Bajo esos arcos se han dado citas a escondidas, se han cruzado miradas, se ha esperado a alguien que no llegaba. Para muchas personas LGTBI de generaciones anteriores, los soportales fueron también espacios ambiguos: suficientemente públicos para no levantar sospechas, suficientemente sombríos para permitir un gesto discreto.
En «La última carta» el soportal pierde esa carga y se vuelve otra cosa: el lugar donde uno se para a cerrar una historia. Ya no se espera a nadie. Solo se deja ir un sobre.
Una mano que suelta
Hay un plano breve, en color, que me parece el más bonito del vídeo. Una mano deja caer un sobre sobre un charco dorado, al atardecer. El papel toca el agua y se queda flotando un instante. Detrás, desenfocada, una figura camina.
Ese gesto lo resume todo. No es arrojar con rabia. No es romper. Es soltar. Abrir los dedos y dejar que la carta se vaya. Lo que pase con ella después, si el agua la deshace o si alguien la recoge, ya no importa.
Soltar es probablemente lo más difícil de cualquier ruptura. No olvidar, que es imposible, sino dejar de sujetar. Y la mano del vídeo lo hace con una tranquilidad que da envidia.
Escribir a mano
Hoy casi nadie escribe cartas a mano. Los mensajes se teclean, se borran, se reescriben, se mandan en segundos. Pero la carta de papel tiene algo que los mensajes han perdido: obliga a ir despacio. Cada frase cuesta un poco de tinta y un poco de tiempo. No se puede borrar sin dejar rastro.
Quizá por eso el vídeo llena sus calles de papel y no de pantallas. Una carta escrita a mano es un objeto que pesa, que ocupa sitio, que se puede doblar y guardar. Y una carta de despedida escrita así tiene algo de ceremonia: se elige el papel, se busca un momento tranquilo, se piensa cada palabra.
Muchas personas que han hecho el ejercicio terapéutico de escribir a quien les hizo daño cuentan que, al hacerlo a mano, les salieron cosas que no esperaban. Que la letra se volvía temblorosa en ciertos párrafos. Que tuvieron que parar a llorar. Que al terminar sintieron un cansancio enorme y, después, un alivio que no sabían explicar.
La versión del otro
En un momento del texto, quien escribe dice que ya no le importa la versión del otro. Que le da igual si sigue justificándose, si cuenta por ahí que era difícil de tratar, si dice que fue él quien le hizo daño. Es una frase que suena sencilla y que en realidad es una conquista enorme.
Una de las cosas más agotadoras de salir de una relación con alguien manipulador es la batalla por el relato. Esa persona suele moverse rápido para contar su propia historia antes que nadie, y lo hace a menudo con mucho encanto. Quien sale de la relación se encuentra, además de herido, teniendo que defenderse ante amigos comunes, familiares, conocidos.
Llegar al punto de no necesitar ganar esa batalla es liberador. Significa que la propia verdad ya no depende de que los demás la crean. Que se puede vivir sabiendo quién fue quién, aunque haya gente que nunca lo entienda.
Un texto sin música de fondo
Casi todo el catálogo de Mike está hecho de canciones con melodía, estribillo y ritmo. «La última carta» es una excepción: aquí manda la palabra hablada. Esa desnudez le sienta bien. No hay un estribillo pegadizo que suavice lo que se dice ni una melodía que distraiga. Cada frase llega sola, con su peso exacto.
Es una forma muy antigua de decir las cosas importantes. Las cartas se leían en alto en las casas, los testamentos se recitaban ante la familia, las despedidas se pronunciaban sin acompañamiento. Al elegir ese formato, la pieza se coloca en esa tradición de textos que no buscan gustar, sino dejar constancia.
Monstruos en la playa
El vídeo tiene también un tramo en color que contrasta con los soportales: criaturas gigantescas que emergen del mar frente a una playa abarrotada, una bestia de fuego entre los rascacielos, una multitud que huye por la arena. Son imágenes de película de catástrofes, casi cómicas por su exageración.
Yo las leo como el reverso de la calma de los arcos. Son lo que se siente durante la relación y justo después de salir de ella: que hay algo enorme y destructivo que lo arrasa todo, que no hay dónde esconderse. El monstruo ocupa todo el horizonte.
Y sin embargo, el vídeo vuelve una y otra vez a los soportales en blanco y negro, a la piedra quieta, a los papeles que caen despacio. Como si dijera que, por grande que sea el monstruo, siempre hay un pórtico bajo el que refugiarse y escribir la última carta.
El vacío que se queda el otro
La última línea del texto es la única que tiene algo de dureza. Después de devolverse el daño, quien escribe le deja al otro lo único que, según dice, tiene de verdad: su vacío.
No es una maldición ni una venganza. Es una constatación. Las personas que viven de manipular a otras suelen necesitar constantemente atención, admiración, control. Cuando se les retira todo eso, lo que queda es justamente un hueco. La carta no se lo desea. Simplemente se lo entrega, como quien devuelve algo que nunca fue suyo.
Lo que hay detrás del texto
«La última carta» habla desde una experiencia que Mike ha hecho pública. Durante cerca de veinte años vivió, una tras otra, dos relaciones con hombres narcisistas que lo maltrataron psicológicamente. Al romper su silencio comprobó que ambos se le habían adelantado, extendiendo dudas sobre él entre conocidos, y hubo quien se alejó por eso. Tocó fondo hasta el punto de casi quitarse la vida. Ahora lo acompañan especialistas que trabajan con él un estrés postraumático, una depresión mayor severa, ansiedad, fobia social y un trastorno evitativo de la personalidad. La carta es, en buena medida, la que él mismo necesitó escribir.
Si estás intentando salir de una relación que te hace dudar de ti, no lo hagas en soledad. Habla con alguien que te crea y pide orientación a tu médico o a un servicio especializado. Si en algún momento te ronda la idea del suicidio, llama al 024, que en España responde gratis y a cualquier hora. Para un peligro inmediato, el 112.
Leerla, verla y guardarla
El vídeo de «La última carta», con sus soportales en blanco y negro y sus sobres en el aire, se puede ver entero en su página. El texto recitado está también en Spotify. Si te interesa esta misma sensación de estar atrapado, «Punto muerto» la lleva a una cuerda floja entre galaxias, y «Entre cuatro paredes» al encierro del cuarto. El resto del repertorio está en el catálogo y los demás clips en vídeos.
Llevártela no cuesta nada: tienes descarga libre en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas. Si preparas un reportaje, hay recursos en prensa.
El último arco
Vuelvo al soportal del principio. Imagino a la figura pequeña del fondo echando a andar por fin, pasando bajo el último arco, saliendo a la plaza. El sobre se queda atrás, flotando, cada vez más lejos.
Los soportales de Planeta Gayfolk son eso: el último tramo cubierto antes de salir al aire libre. Un lugar donde se puede descansar un momento, mirar la lluvia, terminar de escribir lo que había que escribir. Y después seguir caminando, con las manos vacías y la dignidad, por fin, más pesada que la nostalgia.
Preguntas frecuentes
¿Qué aparece en el videoclip de «La última carta»?
Buena parte está en blanco y negro: soportales de piedra con arcos enormes, sobres que flotan en el aire, calles estrechas cubiertas de folios y ventanas por las que entran papeles con la lluvia. En otros tramos hay escenas de color con criaturas gigantes en una playa y una ciudad.
¿De qué habla «La última carta»?
Es un texto dirigido a alguien que manipuló y mintió durante una relación. Quien escribe deja claro que no busca respuesta: la carta sirve para cerrar, para recuperar el daño y curarlo, y para elegirse a uno mismo.
¿Por qué escribir una carta que no se va a enviar?
Muchas terapias la usan como herramienta: poner por escrito lo que no se pudo decir ayuda a ordenar las emociones y a cerrar etapas sin reabrir el contacto con quien hizo daño.
¿Dónde se puede escuchar y descargar?
En su ficha de gayfolkplanet.com se oye completa. La descarga es gratuita desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas, y también está en Spotify.
¿Qué hago si estoy saliendo de una relación de maltrato psicológico?
Busca apoyo en gente de confianza y en profesionales: tu médico de familia puede orientarte y hay servicios especializados. Si piensas en hacerte daño, el 024 atiende en España a cualquier hora y gratis. Ante un peligro inmediato, llama al 112.