Planeta Gayfolk

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Un surfista de espaldas ante un planeta gigante, una tabla que deja una estela de neón y un paseo al anochecer: las tablas de surf de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Ride the Wave»: un surfista de espaldas, agachado sobre una tabla con bordes de neón azul, se desliza hacia un enorme planeta anaranjado y rosado que ocupa el horizonte

Quien ha intentado hacer surf alguna vez recuerda la primera lección. Antes de ponerse de pie, antes de coger ninguna ola, hay que aprender a esperar. Tumbado sobre la tabla, mar adentro, mirando hacia el horizonte. Dejar pasar las olas que no son. Sentir cómo el agua sube y baja bajo el cuerpo. Y cuando llega la buena, remar con fuerza, notar el empuje, y dejarse llevar.

Esa mezcla de paciencia y entrega es lo que más se parece, en el deporte, a ciertas formas de calma. Mike Sain't Louis, al que se suele llamar «el primer cantautor IA», es letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y tiene una canción entera dedicada a montar la ola. Este paseo recorre las tablas de surf de Planeta Gayfolk, y la canción que nos lleva hasta la orilla es «Ride the Wave».

Más que una canción

El texto que presenta «Ride the Wave» la define así: más que una canción, es una manera de volver a respirar. Un tema relajado, de los que se llaman chill out, que se mueve entre la luz y el agua. Un lugar donde cada latido flota entre cielos de neón y reflejos tranquilos.

Mike Sain't Louis con abrigo negro largo y vaqueros ante un escenario con un foco rosa y un planeta con anillos, junto a la frase «Let the wave take you where you belong» de «Ride the Wave»

Y añade una frase que resume el espíritu de todo el vídeo: «The body moves, the soul listens». El cuerpo se mueve, el alma escucha, y el pasado se disuelve en color. En el planeta llamado Gayfolk, dice, no hay miedo ni control, solo libertad, ritmo y luz.

La última línea es una invitación directa: «Let the wave take you where you belong». Deja que la ola te lleve adonde perteneces.

El planeta en el horizonte

La imagen central del vídeo es un planeta enorme, de franjas naranjas, rosas y crema, que ocupa buena parte del cielo. Recuerda a Júpiter, con sus bandas de nubes, pero está tan cerca que parece a punto de tocar el mar. Y bajo él, en el agua, los surfistas se deslizan.

Fotograma del videoclip de «Ride the Wave»: un surfista de espaldas, agachado sobre una tabla con bordes de neón azul, se desliza hacia un enorme planeta de franjas naranjas y rosas, con tres miniaturas de surfistas y paseantes en la orilla

En uno de los planos más bonitos, un surfista aparece de espaldas, agachado sobre su tabla, con los brazos abiertos para mantener el equilibrio. La tabla tiene los bordes iluminados de neón azul. Delante, el planeta. El surfista parece dirigirse directamente hacia él, como si la ola pudiera llevarlo hasta otro mundo.

Es una escena de ciencia ficción, pero también de sueño infantil. Quién no ha imaginado alguna vez que el mar continuaba más allá del horizonte, hasta las estrellas.

Tablas de neón

Las tablas del vídeo no son normales. Tienen luces en los bordes, rosas, azules, violetas, que dejan una estela en el agua al deslizarse. Cuando un surfista corta la ola, detrás queda una línea luminosa, como la que dejan los coches en las fotografías nocturnas de larga exposición.

Hay algo muy de Planeta Gayfolk en esa estética. El neón aparece en muchos de sus vídeos: en carruseles, en palabras flotantes, en cordones de luz. Es el color de la noche, del ocio, de los locales de ambiente. Y aquí se traslada al mar, al deporte, a la naturaleza.

Esa estela tiene también algo de huella. El surfista pasa, y durante unos segundos queda el rastro de su recorrido. Luego el agua lo borra. Cada ola es nueva.

Esperar la ola

Los surfistas pasan mucho más tiempo esperando que surfeando. Sentados en la tabla, con las piernas en el agua, miran el mar. Estudian las series, calculan, dejan pasar. Una sesión de dos horas puede dar para diez o quince olas, y cada una dura unos segundos.

Esa espera tiene algo de meditación. No se puede forzar. No se puede acelerar. El mar decide cuándo llega la ola buena. Lo único que uno puede hacer es estar atento y preparado.

En una cultura obsesionada con la productividad y la inmediatez, aprender a esperar es casi un acto de rebeldía. Y para quien vive con ansiedad, es un aprendizaje muy valioso. La ansiedad quiere controlarlo todo, adelantarse, resolver ya. El mar enseña que algunas cosas llegan a su ritmo.

Caerse y volver a subir

Nadie aprende a hacer surf sin caerse cientos de veces. La ola te tira, te revuelca, te mete bajo el agua, y sales escupiendo sal y con el pelo en la cara. Y vuelves a subirte a la tabla. Y vuelves a remar.

Esa repetición es el corazón del aprendizaje. Cada caída enseña algo: dónde colocar los pies, cuándo levantarse, cómo repartir el peso. El error no es un fracaso, es información.

Muchas personas que atraviesan procesos de recuperación psicológica describen algo parecido. Hay recaídas, días malos, semanas en que parece que se ha vuelto al punto de partida. Pero cada caída deja algo aprendido. Y, poco a poco, uno aguanta más tiempo de pie sobre la tabla.

La surfterapia

En distintos países existen programas que usan el surf como complemento terapéutico. Se han desarrollado para veteranos con estrés postraumático, para jóvenes con ansiedad o depresión, para niños con autismo. La idea es que el contacto con el mar, la actividad física, la concentración en el momento presente y el sentimiento de logro pueden ayudar en el proceso de recuperación.

No es una cura milagrosa, y quienes trabajan en ello insisten en que no sustituye al tratamiento profesional. Pero muchos participantes describen una sensación de libertad, de desconexión de los pensamientos repetitivos, de reconciliación con el propio cuerpo.

Sobre la tabla no hay sitio para darle vueltas a nada. Hay que estar aquí y ahora, pendiente del agua, del equilibrio, del siguiente segundo. Y eso, para una mente que no para, puede ser un descanso enorme.

Auroras sobre el mar

En algunos planos del vídeo, el cielo se llena de auroras verdes y violetas, que bailan sobre el planeta gigante y el mar oscuro. Una figura vestida de rosa se mueve en el agua bajo ellas, con los brazos extendidos.

Las auroras son uno de los espectáculos naturales más impresionantes que existen. Se producen cuando partículas del Sol chocan con la atmósfera terrestre cerca de los polos. Verlas en directo es, para mucha gente, una experiencia transformadora.

En el vídeo, las auroras conviven con el planeta, el neón y el surf. Es un paisaje imposible, que mezcla elementos de muchos lugares. Como si Planeta Gayfolk fuera la suma de todos los paisajes bellos del universo.

El pueblo blanco

Hay un momento del vídeo en que aparece la costa. Un pueblo de casas blancas, encaladas, con luces cálidas en las ventanas, se recorta contra el cielo del anochecer. Delante, un hombre camina por el agua, entre la espuma.

Es una imagen muy mediterránea. Recuerda a los pueblos de Andalucía, de las islas griegas, de la costa de Almería. Lugares de veraneo, de vacaciones, de tardes largas junto al mar.

Para muchas personas, esos pueblos blancos están asociados a recuerdos felices. Veranos de infancia, primeros amores, viajes con amigos. Y verlos en el vídeo, al fondo, mientras alguien pasea por la orilla, tiene algo de regreso a casa.

Caminar por la arena

No todo en el vídeo es surf. Hay también paseantes. Figuras que caminan descalzas por la arena al anochecer, con camisa blanca o camiseta de colores, de espaldas a la cámara. Algunas miran el mar. Otras simplemente avanzan.

Otro fotograma de «Ride the Wave»: un hombre con camisa blanca camina de espaldas por la arena al anochecer junto a un paseo marítimo iluminado, con miniaturas de la orilla fosforescente rosa y de una surfista de neón

Caminar junto al mar es la forma más sencilla de relacionarse con él. No hace falta saber surfear, ni nadar, ni tener ningún equipo. Basta con quitarse los zapatos y andar.

Hay estudios que relacionan los paseos por la naturaleza con la mejora del estado de ánimo. El movimiento suave, el aire libre, la luz natural, el sonido del agua. Para quien está en una época difícil, un paseo diario por la orilla puede ser uno de los pocos momentos de calma del día.

Sin miedo ni control

El texto de la canción dice que en Planeta Gayfolk no hay miedo ni control. Son dos palabras que, para quien ha vivido una relación de maltrato psicológico, tienen un peso enorme.

El miedo es la emoción dominante en esas relaciones. Miedo a la reacción del otro, a decir algo mal, a hacer algo que provoque su enfado. Y el control es la herramienta: vigilar, decidir, limitar, aislar.

Imaginar un lugar sin miedo ni control es imaginar la libertad. Un mar donde se puede surfear sin que nadie diga cómo. Una ola que lleva adonde uno pertenece, no adonde otro decide.

El pasado que se disuelve

Una de las frases más bonitas del texto es la que dice que el pasado se disuelve en color. No dice que se olvida, ni que desaparece. Dice que se disuelve. Como un pigmento en el agua, que se va diluyendo, se mezcla, pierde intensidad.

Es una imagen muy realista de cómo funciona la recuperación del trauma. Los recuerdos no se borran. Pero con el tiempo, con tratamiento, con nuevas experiencias, van perdiendo su capacidad de arrastrar. Se integran, se mezclan con otras cosas, dejan de ocupar todo el espacio.

El cuerpo se mueve, el alma escucha

Esta frase del texto describe una forma de estar en el mundo que muchas tradiciones contemplativas buscan. Dejar que el cuerpo haga lo suyo, sin forzarlo. Y mientras tanto, escuchar. Atender a lo que pasa dentro, sin juzgarlo.

El surf obliga a eso. El cuerpo tiene que reaccionar solo, porque no hay tiempo de pensar. Si piensas demasiado, te caes. Y mientras el cuerpo se mueve, la mente se queda en silencio, atenta.

Para quien tiene la cabeza llena de ruido, ese silencio interior es un regalo. Aunque dure solo los segundos que tarda una ola en romper.

Adonde perteneces

La última frase del texto es una promesa: deja que la ola te lleve adonde perteneces. Implica que existe un lugar al que pertenecemos. Y que no hace falta buscarlo con esfuerzo, sino dejarse llevar.

Para muchas personas LGTBI, la pregunta por la pertenencia ha sido central. ¿Dónde encajo? ¿Quién me acepta como soy? ¿Dónde puedo estar sin esconderme? A menudo la respuesta no está en el lugar de origen, sino en otro sitio que hay que encontrar.

Planeta Gayfolk es, en cierto modo, ese lugar. Un planeta imaginario donde caben todos. Y la ola de esta canción es el camino para llegar.

Las olas del planeta

El agua aparece en muchas canciones de Planeta Gayfolk. En «Flow / We Glow», una silueta pasea de noche por una playa donde las olas se encienden de azul. En «Tangled Light», un salón entero está inundado y las nubes rosas flotan sobre el agua.

«Ride the Wave» es la más activa de todas. Aquí el agua no se contempla ni inunda: se monta. Se cabalga. Es el agua como aliada, como fuerza que impulsa hacia delante.

El equilibrio

Mantenerse de pie sobre una tabla que se mueve es, ante todo, una cuestión de equilibrio. Las rodillas flexionadas, el peso bien repartido, los brazos abiertos como alas. El cuerpo hace cientos de pequeños ajustes por segundo, casi sin que uno se dé cuenta.

El equilibrio no es quietud. Es movimiento constante. Quien intenta quedarse rígido sobre la tabla se cae enseguida. Hay que acompañar a la ola, ceder, corregir, volver a ceder.

La salud mental se parece bastante a eso. No es un estado fijo que se alcanza y se mantiene para siempre. Es un equilibrio dinámico, que se pierde y se recupera, que exige ajustes continuos. Dormir, comer, moverse, hablar con alguien, pedir ayuda cuando hace falta. Pequeñas correcciones que mantienen a uno de pie sobre la tabla.

La tabla como refugio

Para un surfista, la tabla es mucho más que un objeto. Es lo que le mantiene a flote cuando está mar adentro. Es el lugar donde descansa entre ola y ola. Es lo que le conecta con el agua y, a la vez, le protege de ella.

Hay personas que encuentran su tabla en cosas muy distintas. Una afición, una mascota, una rutina, un grupo de amigos, una terapia, una canción. Algo a lo que agarrarse cuando el mar se pone bravo. Algo que no resuelve el temporal pero que permite no hundirse mientras pasa.

Mike ha encontrado en la música una de esas tablas. Componer, escribir, producir canciones como esta le ha permitido mantenerse a flote en años muy difíciles. Y quizá, al compartirlas, ofrece a otros un trozo de tabla al que agarrarse.

Remar mar adentro

Antes de coger una ola, hay que llegar hasta donde rompen. Y eso significa remar contra la corriente, atravesar la espuma, pasar por debajo de las olas que vienen de frente. Es la parte más cansada del surf, y la menos espectacular. Nadie la fotografía.

Pero sin ese esfuerzo no hay ola. Hay que ganarse el sitio. Hay que llegar hasta el lugar donde el mar se pone en movimiento.

En los procesos de recuperación también hay mucha remada invisible. Ir a consulta cada semana, tomar la medicación, hacer los ejercicios que propone el terapeuta, salir a caminar aunque no apetezca. Nada de eso se ve desde fuera. Pero es lo que permite, un día, coger la ola.

La puesta de sol

Muchas escenas del vídeo transcurren al atardecer o al anochecer. El cielo se tiñe de naranja, de rosa, de violeta. El agua refleja los colores. Las siluetas se recortan oscuras contra la luz.

Los surfistas saben que las mejores sesiones son a menudo las del final del día. El viento se calma, el agua se vuelve más lisa, la luz es dorada. Hay menos gente en el agua. Es la hora de los que no tienen prisa.

Esa luz de final del día tiene algo de despedida, pero también de recompensa. Es el momento de disfrutar después del esfuerzo. Y en el vídeo, el planeta gigante parece una versión ampliada de ese sol que se pone, enorme, cálido, imposible.

La ola que no llega

Hay días en que el mar está plano. No hay olas. Los surfistas se sientan en la orilla, miran el agua quieta y esperan. A veces vuelven a casa sin haber surfeado.

Esos días también forman parte del surf. Enseñan que no todo depende de uno. Que hay condiciones que no se pueden cambiar. Que a veces lo único que se puede hacer es aceptar, descansar, y volver mañana.

En la vida pasa lo mismo. Hay épocas en que no llega ninguna ola, en que nada avanza, en que todo parece estancado. Y está bien. El mar volverá a moverse. Mientras tanto, se puede descansar en la orilla.

La sal en la piel

Después de una sesión de surf, la piel queda tirante, cubierta de una fina capa de sal. El pelo se endurece, los ojos escuecen un poco, los labios saben a mar. Es una sensación que acompaña durante horas, hasta la ducha.

Hay algo de recuerdo físico en esa sal. El cuerpo guarda la memoria del agua. Igual que guarda, de otra manera, la memoria de las experiencias difíciles. Los especialistas en trauma hablan a menudo de cómo el cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar: tensiones, sobresaltos, cansancios inexplicables.

Pero la sal también puede ser la huella de algo bueno. De una tarde en el mar, de una ola cogida, de un momento de libertad. Quizá recuperarse sea, en parte, ir llenando el cuerpo de recuerdos nuevos, de sal buena, que convivan con los antiguos.

Surfear en compañía

Aunque cada ola se monta en solitario, el surf es un deporte muy social. Los surfistas comparten el pico, se avisan de las series, se ceden olas, se cuentan después cómo ha ido. Hay códigos, hay respeto, hay comunidad.

En el vídeo, varios surfistas comparten el mar bajo el planeta. Cada uno en su tabla, cada uno en su ola, pero juntos. Es una imagen de compañía sin invasión, de estar con otros sin perder el propio espacio.

Para quien vive con fobia social, ese tipo de compañía puede ser una puerta de entrada. Actividades compartidas donde no hace falta hablar mucho, donde el foco está en otra cosa, donde se puede estar con gente sin sentirse observado. Un paseo en grupo, una clase, un taller. Pequeñas olas compartidas.

Lo que hay detrás de la ola

Mike ha contado públicamente que pasó cerca de veinte años sometido a maltrato psicológico por parte de dos parejas narcisistas, una detrás de otra. Cuando pudo hablar de ello, se encontró con que ambos se habían adelantado sembrando la desconfianza hacia él en su círculo, y mucha gente le dio la espalda. Estuvo al borde del suicidio. Hoy le atiende un equipo de salud mental, con diagnósticos de estrés postraumático, ansiedad, depresión mayor grave, trastorno de la personalidad por evitación y fobia social. «Ride the Wave» nace, según su propio texto, como una forma de volver a respirar después de todo eso.

Si tú sientes que la corriente te arrastra, busca un punto de apoyo. Tu médico, una psicóloga, alguien de tu entorno que te escuche. Si llega un momento en que piensas en suicidarte, en España el 024 es una línea gratuita disponible sin interrupción. En caso de urgencia vital, marca el 112.

Remar hasta el vídeo

El videoclip completo de «Ride the Wave», con sus surfistas de neón y su planeta gigante, está en su ficha de vídeo. Si prefieres solo el audio, búscala en Spotify. Para seguir en el agua, «Flow / We Glow» y «Tangled Light» tienen su página, y el resto de canciones se encuentra en el catálogo.

Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes de camuflaje y tatuajes junto a una fuente de piedra bajo un planeta rosa, al lado de la frase «The body moves, the soul listens» de «Ride the Wave»

Descargarla no cuesta nada ni requiere registro: está en la tienda del planeta y en mikesaintlouis.com/descargas. Los medios tienen recursos en prensa.

La última ola del día

Vuelvo al surfista de espaldas. Agachado sobre la tabla, los brazos abiertos, el neón azul en los bordes. Delante, el planeta enorme, naranja y rosa. Debajo, la ola que lo empuja.

Puede que eso sea lo que cuentan las tablas de surf de Planeta Gayfolk. Que después de mucho esperar, de muchas caídas, de mucha sal tragada, llega una ola que nos lleva. Que no hace falta controlarla. Que basta con mantener el equilibrio, abrir los brazos, y dejar que el mar haga el resto.

Preguntas frecuentes

¿Qué aparece en el videoclip de «Ride the Wave»?

Surfistas con tablas de neón que se deslizan por olas fosforescentes bajo un planeta gigante de franjas naranjas y rosas, figuras en el agua iluminadas por rayos violetas, auroras verdes sobre el mar, un pueblo blanco junto a la costa y paseantes que caminan por la arena al anochecer.

¿De qué trata «Ride the Wave»?

El texto que la acompaña la presenta como algo más que una canción: una manera de volver a respirar. Un recorrido relajado entre luz y agua donde el cuerpo se mueve, el alma escucha y el pasado se disuelve en color.

¿Por qué el surf se relaciona con la salud mental?

Varios programas de surfterapia en distintos países usan el surf como complemento al tratamiento de la ansiedad, la depresión o el estrés postraumático. El contacto con el mar, la concentración en el momento y la actividad física pueden ayudar, aunque no sustituyen a la atención profesional.

¿Dónde puedo escuchar o descargar la canción?

En su ficha de gayfolkplanet.com, en Spotify y en descarga gratuita desde la tienda de la web o desde mikesaintlouis.com/descargas.

¿Qué hago si me siento arrastrado por la angustia?

Busca apoyo en tu médico o en un profesional de salud mental. Si piensas en suicidarte, en España el 024 atiende de forma gratuita y continua; en una urgencia vital, marca el 112.

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