Planeta Gayfolk

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Un umbral a oscuras, un pasillo con una bombilla y una espalda que avanza: los rincones de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «No me aparece una ilusión»: un pasillo largo y estrecho de paredes oscuras con una lámpara en el techo y una figura diminuta de pie al fondo

De pequeño, cuando algo me asustaba, me metía en una esquina. No debajo de la cama ni dentro del armario, como en las películas, sino en una esquina de verdad: la que formaban la pared del pasillo y la estantería de los libros. Tenía la espalda cubierta, los dos lados protegidos y todo el resto a la vista. Desde allí nada podía pillarme por sorpresa. Creo que mucha gente guarda un recuerdo parecido, y que de mayores seguimos buscando esquinas aunque ya no nos sentemos en el suelo.

Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», que escribe las letras, compone y produce (música e interpretación vocal hechas con IA), tiene dos canciones que comparten la misma letra y que hablan precisamente de eso, de la vida reducida a un rincón: «Entre cuatro paredes» y «No me aparece una ilusión». Este texto recorre los rincones de Planeta Gayfolk con la primera como guía: las esquinas, los umbrales, los pasillos estrechos y esa espalda que, a pesar de todo, sigue avanzando.

Apartado entre la gente

Hay un verso en la canción que funciona como bisagra: el narrador se siente siempre apartado, incluso cuando está rodeado. Es una frase corta y muy precisa. No dice que esté solo. Dice que está aparte. Y esa diferencia importa.

Mike Sain't Louis junto a un brocal de piedra con un planeta rosa reflejado, al lado del verso «Siempre apartado entre tanta gente» de «Entre cuatro paredes»

Estar aparte es estar en el rincón de una fiesta con un vaso en la mano, sonriendo a medias, esperando que nadie se acerque demasiado. Es sentarse en la esquina de la mesa en una comida familiar. Es quedarse en el extremo del sofá cuando todos se aprietan para ver una película. El cuerpo está ahí, pero algo se ha replegado hacia la pared.

Muchas personas con ansiedad social conocen ese mapa de memoria. Al entrar en cualquier sitio, buscan primero la esquina, la salida, el lugar desde donde se puede observar sin ser observado. No hablo de simple timidez. Es una estrategia de supervivencia que se aprendió en algún momento en que exponerse salía caro.

La geometría del refugio

Los arquitectos y los psicólogos ambientales llevan décadas estudiando por qué preferimos sentarnos de espaldas a la pared en un restaurante, o por qué los niños construyen cabañas con mantas en los rincones del salón. Una de las teorías más citadas habla de prospecto y refugio: nos sentimos bien en sitios desde donde podemos ver mucho sin ser vistos del todo. La esquina es el refugio perfecto.

En Planeta Gayfolk esa geometría se nota en cada plano interior. Los personajes de estos vídeos rara vez están en el centro de la habitación. Se pegan a la pared, se apoyan en un marco, se quedan cerca de la puerta. El centro del cuarto es un lugar expuesto. El rincón, en cambio, ofrece una tregua.

Pero un refugio que nunca se abandona deja de serlo. Se convierte en otra forma de encierro. Y de eso hablan, en el fondo, estas dos canciones gemelas.

Un umbral a oscuras

En el videoclip de «No me aparece una ilusión» hay un plano que me parece de los más expresivos de toda la obra visual de Mike. Una puerta abierta en mitad de la oscuridad y, apoyada en el marco, una silueta. No sabemos si va a entrar o a salir. La mano agarra la jamba. El cuerpo está a medio camino entre un cuarto y otro.

Fotogramas de «No me aparece una ilusión»: una silueta apoyada en el marco de una puerta a oscuras, una figura que cruza un umbral al fondo de un cuarto y un perfil en sombra contra una pared

Unos segundos más tarde aparece otro umbral: una figura que cruza una puerta al fondo de una habitación en penumbra, iluminada apenas por una bombilla. Va encorvada, como si llevara algo pesado. Y en otro plano, un perfil en sombra se recorta contra una pared, tan cerca de ella que casi la toca con la frente.

Los umbrales son lugares raros. No pertenecen del todo a ninguna de las dos habitaciones que separan. En muchas culturas tienen algo de sagrado: no se pisa el umbral de una casa ajena sin permiso, se cruza en brazos a la persona con la que uno se casa, se cuelgan amuletos encima de la puerta. Quedarse en el umbral es quedarse en suspenso.

Para alguien que lo está pasando mal, el umbral del dormitorio puede ser la frontera más difícil del día. Desde dentro se ve el pasillo, la luz de la cocina, el ruido de la casa. Pero dar el paso cuesta un mundo. Esas siluetas en el marco de la puerta capturan exactamente ese instante.

Las esquinas de la casa

Si uno se fija, las casas tienen muchísimas esquinas, y cada una guarda algo. La esquina del salón donde se amontonan los cojines. La de la cocina donde está el cubo de la basura. La del baño donde se acumula la humedad. La del dormitorio donde se apoya la maleta que nunca se termina de deshacer.

Cuando alguien pasa mucho tiempo encerrado, conoce esas esquinas mejor que nadie. Sabe en cuál entra el sol a media tarde, en cuál hace más frío, cuál cruje. Es un conocimiento íntimo y un poco triste: el de quien ha tenido demasiado tiempo para mirar las paredes.

«Entre cuatro paredes» no describe objetos concretos, pero su título invoca exactamente ese paisaje. Cuatro paredes son cuatro esquinas. Un perímetro conocido hasta el aburrimiento, del que parece imposible salir.

La pared como compañía

Hay algo paradójico en la manera en que nos relacionamos con la pared cuando estamos mal. Por un lado, encierra. Por otro, sostiene. Mucha gente, en sus peores momentos, se sienta en el suelo con la espalda contra la pared, o apoya la frente en ella. Es un contacto físico con algo sólido cuando todo lo demás parece deshacerse.

Uno de los fotogramas que mencionaba antes, el del perfil en sombra pegado a la pared, transmite esa doble sensación. No sabemos si esa persona se está escondiendo o si se está sujetando. Probablemente las dos cosas a la vez.

La terapia corporal habla a veces de esto: de la necesidad de anclarse a algo físico cuando la ansiedad dispara. Notar los pies en el suelo, la espalda en la pared, las manos sobre una mesa. Son gestos sencillos que ayudan a volver al presente. La pared, en ese sentido, puede ser también una aliada.

Una espalda que avanza

El videoclip de «Entre cuatro paredes» tiene, entre muchos planos de rostros, un momento que funciona como respiro. Un hombre camina de espaldas por un pasillo larguísimo de paredes desnudas, en blanco y negro. Al fondo hay una luz. Él avanza despacio, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, sin mirar atrás.

Fotogramas en blanco y negro de «Entre cuatro paredes»: un hombre de espaldas camina por un pasillo de paredes desnudas hacia una luz al fondo

En el plano siguiente lo vemos un poco más cerca, todavía de espaldas, con los hombros algo encogidos. El pasillo no tiene puertas a los lados. No hay escapatoria lateral. Solo se puede ir hacia delante o volver hacia atrás. Y él va hacia delante.

Me gusta muchísimo esa imagen porque contradice la sensación de parálisis de la letra. La canción dice que no hay fuerzas, que no hay ganas, que cada día pesa más. Pero el vídeo nos enseña un cuerpo que, aun así, camina. Es como si la imagen fuera un paso por delante de las palabras. Como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no se cree.

El túnel estrecho

La letra usa una imagen que se repite en mucha literatura sobre la depresión: el túnel. Habla de cada paso dentro de un túnel estrecho y, más adelante, de no ver el final de un túnel sin luz. El pasillo del vídeo es la traducción visual de ese verso.

Retrato en tonos apagados de Mike Sain't Louis ante un callejón de espejos, junto al verso «Cada paso que doy en este túnel estrecho» de «Entre cuatro paredes»

Lo interesante es que el túnel, como imagen, tiene dos lecturas. Puede ser un lugar sin salida, una galería que se estrecha cada vez más. O puede ser un trayecto: algo que se atraviesa. Los túneles, al fin y al cabo, se construyen para llegar a algún sitio.

Quien ha salido de una depresión suele describirlo así, como algo que se atravesó. No como un milagro ni como un salto, sino como un camino largo, oscuro, con tramos en que parecía que no se avanzaba nada. Y luego, de pronto, una luz al fondo que no se sabía si era real.

Rincones de la ciudad

Los rincones no están solo dentro de las casas. Las ciudades también tienen los suyos: el banco del parque que nadie usa, el soportal donde uno se refugia de la lluvia, la esquina del bar donde se sienta siempre el mismo señor. Madrid, que es donde Mike tiene su base, está llena de esos lugares pequeños y apartados donde la gente va a estar sola sin estarlo del todo.

Para muchas personas LGTBI, durante décadas, los rincones de la ciudad fueron también lugares de encuentro clandestino. Una esquina poco iluminada, un portal, un recodo del parque. Sitios al margen donde era posible verse sin que nadie mirara. Esa historia tiene una parte de libertad y otra de miedo, y forma parte de la memoria de la comunidad.

Hoy muchas de esas personas pueden encontrarse a plena luz, en el centro de la plaza. Pero el gesto de buscar el rincón, de no ocupar demasiado espacio, de no llamar la atención, a veces sobrevive por dentro aunque fuera ya no haga falta.

Lo que cabe en un rincón

Un rincón es pequeño, pero cabe mucho en él. Cabe un niño que se esconde de una bronca. Cabe un adolescente que llora con los cascos puestos. Cabe un adulto que se sienta en el suelo del baño a respirar después de una mala noticia. Cabe una persona mayor que coloca su butaca en la esquina del salón para ver pasar la vida por la ventana.

Cada uno de esos rincones tiene su propia historia, y casi ninguna se cuenta. Son momentos que pasan sin testigos. Por eso me parece tan valioso que haya canciones que se metan justo ahí, en el espacio más privado, y lo nombren. Al nombrarlo, el rincón deja de ser un secreto vergonzoso y pasa a ser algo compartido, algo por lo que otras personas también han pasado.

Ocupar el centro

Hay un ejercicio que algunos terapeutas proponen a personas con mucha ansiedad social: sentarse, de vez en cuando, en el centro. En el centro de la sala de espera, de la cafetería, del vagón del metro. No para exponerse por exponerse, sino para comprobar que no pasa nada terrible. Que se puede ocupar espacio.

Me parece una idea preciosa, porque convierte la recuperación en algo espacial. Salir del rincón tiene poco de metáfora. Es literalmente mover el cuerpo unos metros hacia dentro. Y cada vez que se hace, el rincón pierde un poco de su poder.

En los vídeos de Planeta Gayfolk eso pasa pocas veces, pero cuando pasa se nota. Una figura que se pone de pie en mitad de un cuarto, que se acerca a una ventana, que cruza un pasillo hasta el final. Son pequeñas conquistas del espacio.

Sin colores

La letra compartida dice que no hay colores alrededor, y el vídeo de «Entre cuatro paredes» lo toma al pie de la letra: está rodado casi entero en blanco y negro. Las paredes del pasillo son grises, la chaqueta del hombre es gris, la luz del fondo es un blanco sucio.

El blanco y negro tiene aquí una función distinta de la que suele tener en el cine. No remite al pasado ni a la nostalgia. Remite a la ausencia. Es el mundo tal como lo ve alguien que ha perdido la capacidad de disfrutar. Todo está ahí, pero sin saturación, sin calor.

Y precisamente por eso el contraste con otros vídeos de Planeta Gayfolk, llenos de rosas eléctricos, neones y cielos imposibles, es tan fuerte. Estos rincones grises son el reverso del planeta colorido. El lugar al que se va cuando se apagan las luces.

Perdón y valor

En mitad de la letra hay un verso que suele pasar desapercibido: falta el valor para pedir perdón. Es extraño, porque en una canción sobre el aislamiento uno no espera encontrar la culpa. Pero tiene todo el sentido.

La depresión viene a menudo acompañada de culpa. Culpa por no estar a la altura, por haber fallado a la gente, por no contestar los mensajes, por no ir a las cenas. Y esa culpa alimenta el aislamiento: como uno se siente en deuda, se esconde todavía más. Pedir perdón exigiría salir del rincón, mirar a alguien a la cara, y eso es justo lo que no se puede.

Reconocer ese bucle es un paso importante. A veces basta con un mensaje sencillo a alguien querido para romperlo: «he estado mal, siento haber desaparecido». No hace falta explicarlo todo. Basta con asomarse por el umbral.

Las casas de los que se quedan

Pienso también en la gente que vive con alguien atrapado en su rincón. Madres, padres, parejas, compañeros de piso que pasan por delante de una puerta cerrada y no saben si llamar. Que dejan un plato de comida junto al umbral. Que preguntan desde el pasillo, sin entrar, si todo va bien.

Esas personas también están en las canciones, aunque no aparezcan. Son el ruido de la casa al otro lado de la pared. La luz de la cocina que se ve por debajo de la puerta. Y su papel es delicado: acompañar sin invadir, insistir sin agobiar, estar disponibles sin exigir.

Si convives con alguien así, lo más útil suele ser lo más sencillo. Hacer saber que estás. No juzgar. Ofrecer compañía para dar pasos pequeños: un paseo corto, una cita médica, un café en la cocina. Y cuidarte tú también, porque sostener a otro cansa.

El rincón del móvil

Hay un rincón contemporáneo que no tiene paredes: la pantalla del teléfono. Muchas personas aisladas pasan horas en él, deslizando el dedo por vidas ajenas, leyendo conversaciones en las que no participan, viendo vídeos uno detrás de otro sin recordar ninguno. Es un sitio que parece abierto al mundo y que, en la práctica, puede funcionar como la esquina más cerrada de todas.

El aislamiento de hoy rara vez es total. Casi siempre hay una ventana encendida en la mano. Pero esa ventana no sustituye la presencia de alguien. Se puede estar conectado con cientos de personas y sentirse igual de apartado que el narrador de la canción. Por eso el verso de estar aparte entre tanta gente suena tan actual.

No se trata de demonizar el teléfono, que también puede ser una cuerda tendida: un mensaje a tiempo, un grupo de apoyo, una llamada a un servicio de ayuda. Se trata de notar cuándo deja de ser puente y se convierte en otro rincón.

Las esquinas del cuerpo

Cuando alguien se repliega por dentro, el cuerpo suele imitarlo. Los hombros se adelantan, la cabeza se inclina, los brazos se cruzan sobre el pecho. Es como si uno intentara convertirse a sí mismo en una esquina, ocupar el menor espacio posible, proteger el centro.

Las figuras de estos videoclips tienen casi siempre esa postura. Encogidas, de lado, con las manos metidas en los bolsillos o agarradas a algo. Ninguna abre los brazos. Ninguna levanta la barbilla. Y sin embargo, el hombre del pasillo camina. Encogido, sí, pero camina.

Hay quien trabaja la recuperación también desde ahí: desde el cuerpo. Estirarse por las mañanas, salir a andar aunque sea diez minutos, practicar algo de respiración. No arreglan nada por sí solos, pero recuerdan al cuerpo que existe otra postura distinta del ovillo.

Rincones con luz

No todos los rincones son tristes. Hay esquinas preciosas: la del sillón junto a la lámpara donde se lee por la noche, la del balcón con macetas, la de la cocina donde se toma el primer café mirando la calle. Rincones elegidos, que se buscan con gusto y de los que uno se levanta cuando quiere.

Quizá la recuperación consista, en parte, en transformar los rincones. No en eliminarlos, porque todos necesitamos un sitio donde recogernos, sino en hacer que vuelvan a ser lugares de descanso y no de huida. Poner una lámpara en la esquina oscura. Colgar algo bonito en la pared que tanto se ha mirado. Abrir la ventana más cercana.

Planeta Gayfolk tiene también rincones así, en otras canciones: esquinas de neón, terrazas con lucecitas, bancos frente al mar. Son el recordatorio de que el mismo gesto de buscar refugio puede llevar a un lugar acogedor en lugar de a una celda.

De dónde vienen estos rincones

Detrás de estas canciones hay una vida que Mike ha decidido contar. Pasó unas dos décadas atrapado en dos relaciones consecutivas con hombres narcisistas que le sometieron a maltrato psicológico. Cuando se atrevió a hablar, se encontró con que ellos ya habían ido dejando caer sospechas sobre él, y parte de su entorno se apartó. Estuvo muy cerca de quitarse la vida. Ahora lo atienden psiquiatras y psicólogos, que han puesto nombre a lo que arrastra: un trastorno por estrés postraumático, una depresión mayor de intensidad grave, ansiedad, fobia social y una personalidad evitativa. Ese último término, evitativa, explica mejor que ninguna otra por qué los rincones ocupan tanto sitio en su obra.

Si tú también vives pegado a la pared, no tienes por qué salir de golpe ni hacerlo sin apoyo. Escríbele a alguien de confianza o pide cita con tu médico. Y si alguna vez piensas en acabar con tu vida, el 024 te escucha en España a cualquier hora, sin coste y con total discreción. Para urgencias está el 112.

Escuchar, ver y bajarse las dos

El clip de «Entre cuatro paredes», con su pasillo en blanco y negro, se puede ver en su página de vídeo, y el de «No me aparece una ilusión», con sus umbrales en penumbra, en la suya. La canción está en Spotify. Para otro retrato de la parálisis, «Punto muerto» lleva la sensación de estar atascado hasta el espacio exterior. Todo lo demás está en el catálogo.

No tienes que pagar nada para quedártelas: se descargan en la tienda de esta web o en mikesaintlouis.com/descargas, sin cuenta. Para medios hay material en la página de prensa.

El rincón desde donde se sale

Vuelvo al hombre del pasillo. Lo imagino llegando al final, a esa luz blanca del fondo. No sé qué hay al otro lado. Puede que otro pasillo. Puede que una calle. Puede que una habitación con ventanas.

Lo que sí sé es que salió de algún rincón para empezar a andar. Que en algún momento se despegó de la pared. Y que eso, aunque no se vea en el vídeo, es lo más difícil. Los rincones de Planeta Gayfolk son sitios donde uno se esconde, sí. Pero también son, si se mira bien, los sitios desde donde se toma impulso.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «Entre cuatro paredes»?

Gran parte del clip transcurre en interiores apagados y casi sin color. Hay un pasillo de paredes desnudas por el que un hombre camina de espaldas hacia una luz lejana, y habitaciones donde las figuras se quedan quietas, sin saber muy bien adónde ir.

¿Qué relación tiene con «No me aparece una ilusión»?

Las dos comparten letra y hablan del mismo estado: el de alguien encerrado en su cuarto, sin fuerzas, apartado aunque esté entre gente. Cada una tiene su propio vídeo, con imágenes distintas, y juntas dibujan un mismo paisaje interior.

¿Por qué nos escondemos en los rincones cuando estamos mal?

Las esquinas dan sensación de protección: hay pared detrás y a los lados, y nada puede llegar por sorpresa. Es un gesto muy antiguo, casi animal. El problema llega cuando ese refugio se convierte en el único sitio donde uno se siente capaz de estar.

¿Dónde puedo oír y descargar estas canciones?

Las dos tienen ficha en gayfolkplanet.com para escucharlas enteras. Se bajan gratis desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas, y también están en Spotify.

¿Qué hago si me siento aislado y sin salida?

Intenta contárselo a alguien en quien confíes, aunque sea por escrito, y pide cita en tu centro de salud. Si tienes ideas de suicidio, el 024 atiende en España las veinticuatro horas, gratis y de forma confidencial. En caso de emergencia, llama al 112.

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