Letras
Una bicicleta blanca entre lavandas, un globo dorado sobre las amapolas y huellas en la orilla rosa: las bicicletas de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay un sonido que muchas personas asocian con los veranos de la infancia: el tictac suave de una bicicleta cuando se deja de pedalear y la rueda gira sola. Es un ruido casi imperceptible, un chasquido rítmico que acompaña las bajadas, el momento en que el viento da en la cara y no hace falta hacer nada. Quien ha bajado alguna vez una cuesta de pueblo en bicicleta, con las piernas abiertas y los pies lejos de los pedales, conoce esa forma particular de libertad.
Mike Sain't Louis, a quien se presenta como «el primer cantautor IA», firma letras, composición y producción musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y en su universo hay un rincón donde las bicicletas no corren. Esperan. Están aparcadas en mitad de campos de lavanda, bajo una lluvia de luces de colores, mientras el sol se pone al fondo. Este paseo recorre esas bicicletas y los paisajes lentos que las rodean, y la canción que marca el ritmo es «Lai».
Una canción casi sin palabras
«Lai» es una rareza dentro del repertorio de Mike. Casi no tiene letra. Unas pocas palabras sueltas en inglés, separadas por puntos suspensivos, como quien habla en sueños: «Serene, serene...», sereno, sereno. Velo. Sueño suave. Brillo amable. Silencio. Y entre ellas, un estribillo hecho solo de sílabas que se repiten una y otra vez: «Lara-li, loora-li, Lai...».

Es una canción para no pensar. Las palabras no cuentan una historia, no describen una situación, no plantean un conflicto. Funcionan como piedras en un río, pequeños puntos de apoyo para que la atención descanse. Y el estribillo de sílabas tiene algo de nana, de canción de cuna, de esas melodías que se tararean a un bebé sin necesidad de que signifiquen nada.
En un universo tan cargado de dolor como Planeta Gayfolk, donde muchas canciones hablan de maltrato, de depresión o de traición, «Lai» es un claro en el bosque. Un lugar donde sentarse a respirar.
Una bicicleta blanca entre lavandas
El vídeo de «Lai» empieza con una imagen que podría ser una postal de la Provenza o de algunos campos de Guadalajara en julio. Una bicicleta blanca de paseo, de esas con el cuadro bajo y una cesta delante, está aparcada en un sendero de tierra entre hileras de lavanda. Alrededor flotan círculos de luz desenfocados, verdes, rosas, blancos, como si el aire estuviera lleno de burbujas o de luciérnagas.
Nadie la monta. La bicicleta está quieta, apoyada en su pata, esperando. Quizá su dueña se ha alejado a coger un ramo. Quizá se ha tumbado entre las flores a mirar el cielo. El vídeo no lo dice. Solo nos deja la bicicleta y el campo morado que se pierde en el horizonte.
Me parece una imagen muy precisa de lo que la canción propone. Parar. Dejar la bicicleta un momento. Bajarse del movimiento constante, del pedaleo diario, y quedarse quieto en mitad de un paisaje que huele bien.
Una bicicleta rosa al atardecer
Unos segundos después aparece otra bicicleta, esta vez de un rosa intenso, casi fucsia, en el mismo tipo de campo. Pero la luz ha cambiado. Ahora es el atardecer, y el sol se esconde detrás de una línea de árboles y casas al fondo, dejando un resplandor dorado que se derrama sobre las hileras de lavanda.

La bicicleta rosa tiene algo más festivo, más atrevido. Es el color de Planeta Gayfolk, el que aparece en casi todos sus planetas, sus cielos, sus flores. Verla ahí, aparcada entre el morado de las lavandas y el oro del atardecer, es como ver una pequeña bandera plantada en mitad del campo.
Las bicicletas rosas tienen además una historia curiosa. Durante mucho tiempo se consideraron cosa de niñas. Un niño que pedía una bicicleta rosa se arriesgaba a las burlas del colegio. Muchos hombres gais recuerdan haber deseado secretamente un objeto de ese color y no haberse atrevido a pedirlo. Esta bicicleta, ahí plantada, con todo su descaro, parece una pequeña reparación.
Un globo dorado sobre las amapolas
Otra de las imágenes del vídeo muestra un globo aerostático dorado flotando sobre un campo de flores rosas y rojas, como amapolas o peonías. El sol está bajo y atraviesa la tela del globo, que brilla como si fuera de metal. Debajo, la cesta diminuta. Alrededor, el cielo pálido de la última hora de la tarde.

El globo comparte algo con las bicicletas: la lentitud. No es un avión, no tiene motor que empuje, no va a ningún sitio con prisa. Se deja llevar por el viento, sube y baja con el calor, avanza a la velocidad del aire. Quien ha montado en globo cuenta que lo más sorprendente es el silencio. No hay ruido de motor. Solo el soplido ocasional del quemador y, entre medias, una calma absoluta.
Bicicleta y globo son, en cierto modo, dos formas de viajar que respetan el paisaje. No lo atraviesan a toda velocidad. Lo recorren despacio, dejando tiempo para mirarlo.
La orilla rosa
Hacia el final del vídeo, la cámara llega a una orilla. El agua está quieta, casi un espejo, teñida de rosa y lila por el cielo del atardecer. Sobre ella flotan pequeñas figuras oscuras que parecen patos o barquitas de juguete, formando una fila que se aleja. Y en el aire, otra vez, esos círculos de luz de colores que acompañan todo el vídeo.
Es el final lógico de un paseo en bicicleta. Después de atravesar los campos, llegar al agua. Sentarse en la orilla. Ver cómo se pone el sol. La canción, con su estribillo de sílabas, acompaña esa llegada como una nana que se va apagando.
Hay algo en esa orilla rosa que invita a quedarse. No pasa nada. No hay drama, no hay tensión. Solo agua quieta, luz suave, pequeñas formas que se mueven despacio. Es exactamente lo que la palabra sereno significa.
Esferas por la calle mojada
No todo en «Lai» es campo. Hay un plano urbano muy curioso: una calle estrecha, mojada por la lluvia, con escaparates iluminados a ambos lados, y por el suelo ruedan esferas de colores, rojas, amarillas, azules, como canicas gigantes. La calle está vacía de gente. Solo las esferas y el reflejo de las luces sobre los adoquines.
Es una imagen de juego, casi infantil. Las esferas ruedan sin prisa, chocan suavemente, se detienen. Recuerda a las tardes en que, de niños, cualquier objeto redondo se convertía en un juguete. Y conecta con las bicicletas: ruedas, círculos, cosas que giran y avanzan.
Pedalear como terapia
Hay una razón por la que tantos médicos recomiendan montar en bicicleta. El ejercicio moderado y rítmico, como pedalear, nadar o caminar, tiene efectos demostrados sobre el estado de ánimo. Ayuda a reducir la ansiedad, mejora el sueño, libera sustancias que el cerebro asocia con el bienestar. No cura la depresión, pero puede ser un apoyo valioso dentro de un tratamiento.
Además, la bicicleta tiene algo que el gimnasio no tiene: el paisaje. Pedalear por un camino rural, por la orilla de un río, por un parque, obliga a estar presente. Hay que mirar el camino, esquivar una piedra, frenar en una curva. La mente, que tantas veces se pierde en pensamientos circulares, encuentra algo concreto en lo que fijarse.
Muchas personas que han pasado por épocas difíciles cuentan que la bicicleta les ayudó a salir de casa. Un paseo corto al principio, luego uno más largo. Y poco a poco, recuperar el gusto por moverse.
La lentitud como derecho
Vivimos en una época obsesionada con la velocidad. Los mensajes tienen que contestarse al momento, los proyectos tienen que estar listos para ayer, las vacaciones tienen que aprovecharse al máximo. Incluso el ocio se vive con prisa: ver muchas series, visitar muchas ciudades, ir a muchos conciertos.
Frente a eso han surgido movimientos que defienden la lentitud: la comida lenta, las ciudades lentas, el turismo lento. Proponen recuperar el tiempo como algo propio, no como un recurso que hay que exprimir. Y la bicicleta es uno de sus símbolos favoritos. Un medio de transporte a escala humana, silencioso, que obliga a ir despacio.
«Lai» podría ser la banda sonora de ese movimiento. Una canción que no tiene prisa, que no busca el estribillo pegadizo ni la explosión final. Que se limita a repetir unas pocas palabras suaves mientras las imágenes pasan despacio.
El sueño suave
Entre las pocas palabras de «Lai» aparece la de sueño, acompañada de un adjetivo: suave. «Dream, soft dream...». No es un sueño épico ni una gran ambición. Es un sueño blando, ligero, de esos que se tienen en una siesta de verano con la ventana abierta.

Para quien vive con insomnio, con pesadillas, con la cabeza llena de ruido, un sueño suave es casi un lujo. Dormir sin sobresaltos, descansar de verdad, despertarse sin angustia. La canción lo nombra como quien nombra algo deseado, algo que se espera alcanzar.
Las imágenes del vídeo tienen esa misma textura. Desenfocadas, luminosas, con colores pastel y destellos que flotan. Como si todo el vídeo estuviera ocurriendo en ese duermevela que precede al sueño.
Silencio
Otra palabra de la canción es la más breve de todas: «Hush...», que en inglés se usa para pedir silencio a un niño, a alguien que está alterado, a uno mismo. Es una palabra que se dice susurrando.
El silencio es un bien escaso. Las ciudades están llenas de ruido, los teléfonos no paran de sonar, las conversaciones se solapan. Y dentro de la cabeza, muchas veces, el ruido es todavía mayor. Encontrar un momento de silencio real, exterior e interior, puede costar mucho.
Los campos de lavanda del vídeo son lugares de silencio. Solo el zumbido de las abejas y el viento entre las flores. Una bicicleta aparcada no hace ruido. Un globo que flota tampoco. «Lai» construye un mundo donde por fin se puede callar.
Bicicletas y libertad
La bicicleta ha sido, a lo largo de la historia, un símbolo de emancipación. A finales del siglo XIX, cuando empezó a popularizarse, muchas mujeres encontraron en ella una forma de moverse solas, sin depender de nadie, sin necesidad de un carruaje ni de un acompañante. Algunas pioneras del feminismo llegaron a decir que la bicicleta había hecho más por la libertad de las mujeres que cualquier otra cosa.
Para muchos adolescentes LGTBI de pueblos pequeños, la bicicleta también fue una herramienta de libertad. Permitía alejarse de casa, ir al pueblo de al lado, encontrarse con amigos lejos de las miradas familiares. Un paseo en bicicleta podía ser la excusa perfecta para un primer encuentro, para una conversación secreta, para un rato de autenticidad.
Esas bicicletas aparcadas entre lavandas tienen algo de eso. Son la promesa de que se puede ir a cualquier parte. Y la decisión, de momento, de quedarse.
Lavanda para dormir
La lavanda tiene fama de calmante. Desde hace siglos se usa en saquitos para los armarios, en aceites para masajes, en infusiones para dormir. Muchas abuelas ponían un ramillete bajo la almohada. Aunque la ciencia es prudente sobre sus efectos, el olor de la lavanda se asocia en casi todas las culturas mediterráneas con el descanso y la limpieza.
Que el vídeo de «Lai» esté lleno de campos de lavanda no parece casual. Es como si la canción quisiera que se pudiera oler. Que el espectador, al ver esas hileras moradas, recordara el perfume de las sábanas recién lavadas, de la casa de verano, de la tranquilidad.
En España hay zonas enteras donde la lavanda florece cada verano y atrae a miles de visitantes que van a pasear entre las hileras. Muchos llegan en bicicleta.
Una galleta de estrella
Hay un plano de «Lai» que tiene algo de merienda infantil. Una galleta en forma de estrella flota en un vaso de leche, vista desde arriba, rodeada de pequeñas burbujas y destellos de colores. Es una imagen sencilla, doméstica, casi de anuncio de desayuno. Y sin embargo, dentro del vídeo, funciona como un recuerdo.
Las meriendas de la infancia tienen un poder enorme sobre la memoria. Un sabor, una textura, un olor pueden devolvernos de golpe a una cocina de hace treinta años, a la mesa de una abuela, a una tarde de verano después del colegio. La galleta de estrella en el vaso de leche es ese tipo de recuerdo: pequeño, tierno, sin pretensiones.
Para muchas personas que han pasado por épocas muy duras, volver a esos recuerdos amables es una forma de cuidarse. No para huir del presente, sino para recordar que también hubo momentos de calma, y que puede volver a haberlos.
Un cofre que se abre
Otro plano muestra un cofre antiguo, de metal labrado, que se abre lentamente sobre una superficie oscura. De su interior sale una luz blanca y azulada, y alrededor flotan burbujas de colores. No vemos qué hay dentro. Solo la luz.
Es una imagen de cuento, de tesoro escondido. Y en una canción como «Lai», que habla de serenidad y de sueños suaves, el cofre puede leerse como el lugar donde se guarda lo que de verdad importa. Los recuerdos buenos. La calma. Las cosas que no se pueden comprar.
Me gusta que el vídeo no nos enseñe el contenido. Cada espectador puede imaginar qué hay dentro de su propio cofre. Una foto, una carta, un olor, una persona. Algo que, cuando se abre, ilumina.
El rumor de las ruedas
Volviendo a las bicicletas: hay algo en su mecánica que resulta tranquilizador. La cadena que engrana, los radios que giran, el freno que roza suavemente la llanta. Es una máquina que se puede entender, que se puede arreglar con unas pocas herramientas, que no esconde nada. A diferencia de los teléfonos o los ordenadores, cuyo funcionamiento interno es un misterio, la bicicleta enseña todas sus piezas.
Mucha gente encuentra un placer especial en cuidar su bicicleta. Limpiar la cadena, engrasar los piñones, ajustar los frenos, inflar las ruedas. Son tareas manuales, repetitivas, que ocupan las manos y calman la cabeza. Hay talleres comunitarios en muchas ciudades donde se enseña a reparar bicicletas, y que funcionan también como espacios de encuentro.
En una época en que casi todo es desechable, la bicicleta resiste. Una buena bicicleta puede durar décadas si se cuida. Pasa de padres a hijos, de vecino a vecino, de una ciudad a otra.
Ir en bici por la ciudad
En los últimos años, muchas ciudades españolas han llenado sus calles de carriles bici y de sistemas de bicicleta pública. Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza: en todas ellas es cada vez más frecuente ver a gente que va al trabajo pedaleando. Es una forma de moverse que cambia la relación con la ciudad. Se ven cosas que desde el coche o el metro pasan desapercibidas. Se nota el olor de una panadería, el cambio de temperatura al cruzar un parque, el sonido de una plaza.
También hay algo social en la bicicleta urbana. Los ciclistas se saludan en los semáforos, comparten trucos, se avisan de los baches. Hay grupos que organizan paseos nocturnos, salidas de fin de semana, rutas para principiantes. Algunos colectivos LGTBI organizan sus propias marchas en bicicleta durante las semanas del Orgullo, con banderas atadas a los manillares.
La bicicleta rosa del vídeo, aparcada en el campo, podría ser perfectamente una de esas. Después de un día de ciudad, alguien ha pedaleado hasta las afueras para ver el atardecer.
Aprender a montar
Casi todo el mundo recuerda cómo aprendió a montar en bicicleta. Una calle sin tráfico, un parque, el patio de un colegio. Alguien que sujetaba el sillín por detrás y corría al lado. Y el momento mágico en que, sin saberlo, esa mano ya había soltado y uno pedaleaba solo. Muchas veces el descubrimiento venía acompañado de una caída inmediata, precisamente por el susto de darse cuenta.
Ese recuerdo encierra una lección que sirve para muchas otras cosas. Se aprende a mantener el equilibrio en movimiento, no parado. Y se aprende con alguien al lado que, en algún momento, suelta. Quien está recuperándose de una época difícil necesita a menudo eso mismo: una mano que sujete al principio, y la confianza de que llegará un día en que podrá seguir solo.
Hay adultos que nunca aprendieron, por miedo, por falta de oportunidad o porque en su casa no había bicicletas. Y hay escuelas y asociaciones que enseñan a montar a personas mayores, a mujeres migrantes, a quien sea. Nunca es tarde para descubrir esa sensación de las ruedas girando bajo el cuerpo.
Las rutas verdes
En España existen miles de kilómetros de antiguas líneas de ferrocarril abandonadas que se han reconvertido en caminos para ciclistas y caminantes. Se llaman vías verdes, y atraviesan valles, túneles, viaductos y estaciones abandonadas. Son rutas llanas, tranquilas, alejadas del tráfico, perfectas para pedalear sin prisa.
Recorrer una vía verde en bicicleta es una experiencia muy cercana a la que propone «Lai». Paisajes amplios, silencio, ritmo pausado. Y la sensación de estar usando de otra manera algo que fue construido para la velocidad. Donde antes pasaban trenes, ahora pasan bicicletas.
Una historia sin prisa
Mike ha hablado abiertamente de lo que atravesó durante casi dos décadas: dos relaciones, una detrás de otra, con hombres narcisistas que le hicieron daño psicológico de forma continuada. Al contarlo, comprobó que ellos habían ido preparando el terreno para que parte de su gente desconfiara, y muchos se alejaron. Llegó a un punto en el que pensó seriamente en quitarse la vida. Hoy le acompaña un equipo especializado en salud mental, y entre los diagnósticos figuran estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. Una canción tan quieta como «Lai» se entiende mejor sabiendo de cuánto ruido intenta proteger.
Si a ti también te cuesta bajar el ritmo y la ansiedad no te deja respirar, no esperes a que se pase sola. Habla con alguien de confianza o con tu médico. Si alguna vez se te pasa por la cabeza quitarte la vida, en España está el 024, que responde en cualquier momento, sin coste y con discreción. Ante un peligro inmediato, el 112.
Llevársela en el bolsillo
El vídeo completo de «Lai», con sus bicicletas entre lavandas, su globo dorado y su orilla rosa, está en su página. La canción se puede oír también en Spotify. Si buscas otros paisajes luminosos, «Me gusta el verano» y «Dreams Drift Afar» tienen su propia ficha, y el resto aguarda en el catálogo.
Para tenerla siempre a mano, descárgala sin pagar nada desde la tienda de esta web o desde mikesaintlouis.com/descargas, sin registrarte. Si escribes sobre música, en prensa hay material.
La bicicleta sigue esperando
Vuelvo a la primera imagen. La bicicleta blanca entre las lavandas, la cesta vacía, las luces de colores flotando alrededor. Nadie la ha montado durante todo el vídeo. Sigue ahí, apoyada en su pata, esperando.
Quizá esa sea la lección de las bicicletas de Planeta Gayfolk. Que no hace falta estar siempre en marcha. Que se puede dejar la bicicleta un rato, sentarse entre las flores, mirar cómo se pone el sol, tararear unas sílabas sin sentido. Y que cuando uno esté listo, la bicicleta seguirá ahí, para volver a casa despacio.
Preguntas frecuentes
¿Qué bicicletas aparecen en el vídeo de «Lai»?
Una bicicleta blanca de paseo, con cesta, aparcada entre hileras de lavanda bajo una lluvia de luces de colores, y otra rosa intenso en mitad del mismo campo morado al atardecer. Ninguna lleva ciclista: las dos esperan.
¿De qué trata «Lai»?
Es una canción casi sin letra, hecha de unas pocas palabras sueltas en inglés, como sereno, sueño o silencio, y de un estribillo de sílabas que funciona como una nana. Está pensada para bajar el ritmo y respirar.
¿Qué otras imágenes tiene el vídeo?
Un globo aerostático dorado sobre un campo de amapolas, una calle mojada con esferas de colores rodando, una galleta en forma de estrella en un vaso de leche, un cofre que se abre lleno de luz y una orilla rosada con pequeños patos.
¿Dónde puedo escuchar o descargar la canción?
Se oye entera en su ficha de gayfolkplanet.com. Para bajarla gratis tienes la tienda de la web y la página de descargas de mikesaintlouis.com, y también está en Spotify.
¿Qué hago si la ansiedad no me deja parar?
Bajar el ritmo ayuda, pero si la ansiedad es constante o te impide hacer vida normal, habla con tu médico o con un psicólogo. Si en algún momento piensas en suicidarte, en España el 024 atiende gratis a cualquier hora; si hay peligro inmediato, el 112.