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Una columna de humo rosa, un salto entre montañas y un cielo sin techo: los despegues de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Dientes, dientes»: una figura pequeña se eleva sobre una columna de humo rosa entre montañas rosadas bajo un cielo blanco

Hay un momento en todos los despegues en que el cuerpo deja de pesar. Lo sabe cualquiera que haya volado en avión: las ruedas corren por la pista, el morro se levanta y, durante un segundo, el estómago se queda abajo mientras el resto sube. Es una sensación rara, entre el miedo y la euforia. Y en cuanto pasa, el suelo se ve pequeño, las casas parecen de juguete y los problemas, por un rato, también.

Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), tiene un videoclip entero construido sobre esa sensación de despegar. Es el de «Dientes, dientes», una canción corta y afilada sobre la envidia ajena. En sus imágenes un hombre camina entre montañas rosas, se eleva sobre columnas de humo y salta de una cumbre a otra como si la gravedad fuera opcional. Este paseo recorre los despegues de Planeta Gayfolk a partir de ella.

La envidia mata

La canción arranca con una advertencia que suena a refrán de abuela: cuidado, que la envidia mata. Y enseguida se dirige a alguien concreto, a quien acusa de falsedad barata. No hay preámbulo. Desde el primer verso sabemos que hay alguien mirando con malos ojos y que el narrador lo ha notado.

Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes ante un callejón de espejos, junto al verso «Ten cuidado que la envidia mata» de «Dientes, dientes»

La envidia es uno de los sentimientos más antiguos que conocemos y uno de los peor vistos. Está entre los siete pecados capitales, aparece en la Biblia con Caín y Abel, en los mitos griegos, en los cuentos de hadas con madrastras y hermanastras. Y sin embargo es universal: todos la hemos sentido alguna vez, aunque nos cueste reconocerlo.

Lo interesante de «Dientes, dientes» es que no habla de la propia envidia, sino de la ajena. De lo que se siente al ser objeto de ella. Y esa experiencia, menos estudiada, es muy reconocible: la sensación de que hay alguien que se alegra de tus tropiezos, que minimiza tus logros, que te vigila esperando el fallo.

Oro frente a plata

El segundo movimiento de la letra es pura autoafirmación. El narrador se compara con el oro y sitúa a quien le envidia por debajo, sin llegar ni siquiera a la plata. Luego se describe como un ave fénix frente a un roedor.

Son imágenes exageradas, casi de patio de colegio, y precisamente por eso funcionan. La canción no busca la elegancia. Busca la contundencia de una respuesta rápida. Es lo que uno querría haber dicho en el momento justo y nunca se le ocurre hasta tres horas después.

Hay algo muy liberador en esa exageración. Durante mucho tiempo, a las personas que han sufrido acoso o desprecio se les pide humildad, discreción, que no se crean más que nadie. Esta canción hace lo contrario: se pone la corona sin pedir permiso. Y lo hace con humor, que es la mejor manera de que la corona no pese.

Una columna de humo rosa

El videoclip transcurre en un paisaje que parece de otro planeta. Montañas de perfiles suaves teñidas de rosa y violeta, valles cubiertos de bruma, un cielo pálido. Por ese escenario camina un hombre con el torso desnudo, y en algunos momentos ocurre algo imposible: el suelo bajo sus pies se convierte en una columna de humo rosa que lo eleva.

Fotogramas de «Dientes, dientes»: una figura de pie sobre una columna de humo rosa que la eleva entre nubes blancas y montañas lejanas

En uno de los planos lo vemos ya arriba, de pie sobre la cima de esa columna, rodeado de nubes blancas. En otro, el humo sale disparado hacia arriba como el chorro de un cohete y él va encima, diminuto, con los brazos relajados. En un tercero, la columna se recorta contra un cielo nublado y la figura parece flotar en mitad de la nada.

Me encantan esas imágenes porque convierten el despegue en algo blando y festivo. No hay motores ni ruido metálico. Hay humo de color, como en una celebración. Es como si despegar fuera, en Planeta Gayfolk, una fiesta íntima: algo que se hace con alegría y sin pedir permiso a nadie.

El rosa como combustible

No es casual que el humo sea rosa. El rosa tiene una historia larga y complicada en la cultura LGTBI. Durante el nazismo, el triángulo rosa se usó para marcar a los hombres homosexuales en los campos de concentración. Décadas después, los activistas lo recuperaron y le dieron la vuelta, convirtiéndolo en símbolo de orgullo y de memoria.

Hoy el rosa está en las banderas, en las pancartas, en la estética de muchas fiestas del Orgullo. Y en el vídeo de «Dientes, dientes» funciona como combustible. Es lo que empuja hacia arriba. Lo que antes se usaba para señalar, ahora sirve para despegar.

Me parece una lectura preciosa del vídeo: el mismo color que alguna vez marcó la vergüenza se convierte en el humo que eleva. Y eso conecta directamente con la letra, que trata de convertir el veneno ajeno en impulso propio.

Quien controla cada movimiento

En la segunda estrofa aparece un verso que cambia el tono: quien envidia controla cada movimiento. Ya no se trata solo de mala cara o de comentarios. Es vigilancia. Alguien que está pendiente de lo que haces, de con quién hablas, de lo que publicas, de lo que consigues.

Esa forma de envidia es especialmente agotadora porque no da tregua. Uno siente que vive bajo una lupa, que cada paso va a ser comentado y criticado. Y a veces, sin darse cuenta, empieza a moverse con cuidado, a esconder sus alegrías, a no contar sus planes para no dar munición.

La canción responde a esa vigilancia con un gesto muy propio de Mike: la ironía. Un «no te preocupes» en inglés, casi de broma, y la afirmación de que todo forma parte del procedimiento. Como si dijera: mírame cuanto quieras, que yo sigo a lo mío.

Tanta envidia, tanto sufrimiento

Hay un verso que me parece muy lúcido y muy compasivo a la vez: tanta envidia debe ser un sufrimiento. Por un momento, la canción deja de atacar y mira a quien envidia con algo parecido a la lástima.

Y es verdad. Envidiar duele. Quien vive pendiente de lo que tienen los demás no disfruta de lo suyo. Compara constantemente, se siente siempre en desventaja, no descansa nunca. La envidia es, en el fondo, una forma de infelicidad.

La letra sugiere, medio en broma, que esa persona debería estar en tratamiento. Pero detrás de la broma hay una intuición seria: quien dedica tanta energía a vigilar a otros probablemente necesita mirar hacia dentro. Y quien es envidiado no puede resolverle ese problema. Solo puede apartarse.

Un salto entre montañas

En la parte central del vídeo hay una serie de planos que me parecen de los más bellos de toda la obra visual de Mike. El hombre salta desde una cima con los brazos abiertos, como un nadador que se tira desde un trampolín, y queda suspendido sobre una cordillera de picos rosados. Luego lo vemos más lejos, diminuto, en lo alto del cielo, con las montañas abajo encendidas por la luz del atardecer.

Más fotogramas de «Dientes, dientes»: una figura diminuta salta con los brazos abiertos sobre una cordillera de picos rosados al atardecer

Son imágenes que recuerdan a los sueños de vuelo, esos en los que uno nota de repente que puede elevarse con solo desearlo. Mucha gente los tiene, y muchos psicólogos los asocian con sensaciones de libertad, de superación, de dejar atrás algo que pesaba.

En el contexto de la canción, ese salto es la respuesta definitiva a la envidia. No se discute, no se pelea. Se salta. Se pone distancia vertical. Desde allí arriba, quien vigilaba se queda abajo, tan pequeño que ya no se le distingue.

La altura como perspectiva

Hay una expresión que usamos mucho: ver las cosas con perspectiva. Y casi siempre la asociamos con la altura. Subir a una montaña, mirar desde un avión, asomarse a una azotea. Desde arriba, lo que parecía enorme se vuelve manejable.

Los saltos del vídeo tienen algo de eso. No son huidas, sino cambios de punto de vista. El hombre no escapa de las montañas: las sobrevuela. Las ve enteras, con sus valles y sus nieblas. Y al verlas enteras, deja de perderse en ellas.

Cuando alguien está atrapado en un conflicto con una persona envidiosa, suele faltarle precisamente esa perspectiva. Todo gira alrededor de lo que el otro dice o hace. Despegar, en ese sentido, es recuperar la visión completa de la propia vida, en la que esa persona ocupa, en realidad, un rincón muy pequeño.

Una canción de dos minutos

«Dientes, dientes» es breve. Apenas un par de estrofas y un estribillo que se repite como un mantra. Esa brevedad forma parte de su fuerza. No se entretiene en explicaciones ni en lamentos. Dice lo que tiene que decir y se marcha, como quien suelta una frase ingeniosa en una discusión y sale de la habitación antes de que le contesten.

Hay canciones que acompañan durante horas y canciones que funcionan como un chupito de ánimo. Esta pertenece al segundo grupo. Es perfecta para ponerla antes de entrar en un sitio donde sabes que habrá miradas torcidas, o después de leer un comentario malintencionado. Dos minutos de dientes al aire y a otra cosa.

Boxear entre nubes

La segunda mitad del vídeo cambia de escenario. El paisaje de montañas da paso a un espacio oscuro lleno de humo de colores, y el hombre se pone guantes de boxeo. Lanza golpes al aire, esquiva, salta entre nubes rosas, azules, naranjas. No hay rival visible. Pelea contra el humo.

Es una imagen muy sugerente. La envidia ajena es a menudo así: algo difuso, sin forma clara, contra lo que no se puede luchar de frente porque no hay nadie que dé la cara. Rumores, comentarios a medias, miradas. Golpear eso es golpear humo.

Y sin embargo el hombre del vídeo no parece frustrado. Se mueve con energía, casi bailando. Quizá la clave sea esa: no pelear para ganar, sino para soltar la rabia, para mover el cuerpo, para no quedarse quieto. Y luego, cuando el humo se disipa, seguir caminando.

Sonreír con los dientes

El estribillo da nombre a la canción y explica su estrategia. Enseñar los dientes, dice, es lo que más les duele. Así su rabia muere. Así su odio no muerde.

Mike Sain't Louis con camiseta oscura ante un escenario con foco rosa, junto al verso «Dientes, dientes, así su odio no muerde» de «Dientes, dientes»

Enseñar los dientes tiene una doble lectura muy interesante. En muchos animales es una amenaza: el perro que gruñe, el lobo que avisa. En los humanos, en cambio, es una sonrisa. La canción juega con esa ambigüedad. Los dientes son a la vez el arma y la alegría.

Y la propuesta es clara: ante la envidia, sonreír. No con falsedad, sino con la tranquilidad de quien sabe lo que vale. Una sonrisa que no se deja afectar. Porque lo que más desarma a quien busca hacer daño es comprobar que no lo consigue.

La sonrisa como resistencia

Esa idea tiene una larga tradición en la cultura LGTBI. Durante décadas, frente al insulto y la burla, muchas personas de la comunidad respondieron con humor, con exageración, con brillo. Las drag queens, la cultura camp, el sarcasmo afilado de los bares de ambiente: todo eso es, en parte, una forma de enseñar los dientes sonriendo.

No significa que el insulto no duela. Duele, y mucho. Pero la sonrisa es una manera de no dejar que el otro decida cómo te sientes. De mantener el control del propio rostro aunque por dentro haya tormenta.

«Dientes, dientes» se inscribe en esa tradición. Es una canción camp, exagerada, un poco descarada. Y precisamente por eso es fuerte.

Cuando sonreír no basta

Sin embargo, me parece importante decir algo que la canción, por su brevedad, no puede desarrollar. A veces la envidia o el acoso de otros no se resuelven sonriendo. Hay situaciones en las que el desgaste es tan grande que la persona se hunde, deja de dormir, pierde las ganas de todo. Y en esos casos no hay humo rosa que valga.

Si te pasa, no es un fracaso. No es que no seas lo bastante fuerte para sonreír. Es que estás cargando con algo que pesa demasiado, y mereces ayuda. Hablar con alguien de confianza, con un médico, con un psicólogo, es también una forma de despegar.

El suelo que se queda abajo

Vuelvo a los planos del humo rosa. En todos ellos hay algo que se queda abajo: el suelo, la bruma, las montañas. Despegar implica siempre dejar algo atrás. Y no todo lo que se deja es malo. A veces hay que dejar lugares conocidos, relaciones que parecían seguras, costumbres.

Pero en el caso de la envidia, lo que se queda abajo es exactamente lo que hay que dejar: la necesidad de agradar a quien no te quiere bien, el miedo a brillar demasiado, la costumbre de esconder los logros. Todo eso pesa. Y para elevarse hay que soltarlo.

Montañas de color imposible

Las montañas del vídeo no son de ningún sitio. Tienen la forma de cordilleras reales, con sus crestas y sus laderas, pero su color es de otro mundo: rosas suaves, malvas, violetas que se oscurecen en las sombras. Es como si alguien hubiera pintado los Pirineos con la paleta de un atardecer de verano en la costa.

Esa decisión estética convierte el paisaje en un lugar emocional. No estamos en una montaña concreta, sino en un estado de ánimo. Las montañas rosas son el territorio de quien ha decidido no dejarse amargar, de quien mira el mundo con un filtro propio. Y en ese territorio, despegar es fácil.

Planeta Gayfolk tiene muchos paisajes así, en los que la geografía se tiñe de los colores del universo de Mike. Desiertos de arena rosa, mares de neón, bosques con lunas enormes. Pero pocas veces se ven tan vacíos como aquí. En estas montañas no hay nadie más. Solo el hombre, el humo y el cielo. Y eso también dice algo: para despegar, a veces hay que estar solo un rato.

La envidia en los pueblos y en las redes

Hay un tipo de envidia muy española que se suele asociar a los pueblos: la del vecino que comenta si te has comprado un coche nuevo, la de la tía que pregunta por qué no te has casado todavía, la del conocido que se entera de tus asuntos antes que tú. Es una envidia de cercanía, de visillo y sobremesa.

Hoy esa envidia se ha mudado en buena parte a las redes sociales. Ya no hace falta asomarse a la ventana para vigilar al otro. Basta con mirar su perfil. Y los comentarios del visillo se han convertido en mensajes anónimos, en capturas compartidas en grupos, en críticas lanzadas sin dar la cara.

Para las personas LGTBI, esa vigilancia tiene a menudo un componente añadido: no solo se envidia lo que tienes, sino que se juzga quién eres. Con quién sales, cómo vistes, cómo te mueves. Por eso la respuesta de «Dientes, dientes» resulta tan pertinente: sonreír y despegar, en lugar de quedarse a discutir en la plaza o en los comentarios.

Los aviones de papel

De niños casi todos hemos lanzado aviones de papel. Se dobla una hoja con cuidado, se afilan las alas, se apunta y se suelta. Algunos caen en picado al instante. Otros, por razones misteriosas, planean durante segundos eternos y cruzan la habitación entera.

Me acuerdo de esos aviones viendo los saltos del vídeo. Hay algo de esa misma fragilidad y esa misma magia. El hombre no tiene alas ni motor. Solo se lanza. Y el aire, contra todo pronóstico, lo sostiene.

Quizá despegar sea eso: doblar lo que uno tiene con cuidado, apuntar hacia donde quiere ir y atreverse a soltar. Sin garantías. Sabiendo que puede caer en picado. Pero también que puede, si hay suerte y viento a favor, cruzar el cuarto entero.

Lo que se queda en tierra

Me gusta imaginar qué pasa abajo mientras el hombre del vídeo vuela. Quizá quien le envidiaba sigue allí, mirando hacia arriba con la boca abierta. Quizá ya se ha ido a buscar a otro a quien vigilar. Quizá, con suerte, se ha quedado pensando en su propia vida.

La canción no se ocupa de eso, y hace bien. Lo que haga el otro ya no es asunto de quien despega. Esa es otra de las enseñanzas de la letra: dejar de dedicar tiempo y energía a quien solo busca restarte. Hay mucho cielo por recorrer como para quedarse mirando hacia abajo.

Lo que hay debajo de la sonrisa

Detrás de esta canción descarada hay un hombre que ha contado su historia sin rodeos. Mike pasó casi dos décadas en dos relaciones sucesivas con hombres narcisistas que lo maltrataron psicológicamente. Cuando decidió hacerlo público, descubrió que ambos habían ido desacreditándolo de antemano entre conocidos, y varias personas le dieron la espalda. Llegó a estar al borde del suicidio. En la actualidad lo siguen profesionales de la salud mental que tratan con él un trastorno de estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación. Por eso la sonrisa de «Dientes, dientes» no es ingenua: es la de alguien que sabe lo que cuesta.

Si tú también sientes que la mirada de otros te está hundiendo, no tienes por qué aguantarlo a solas. Comparte lo que te pasa con alguien de confianza y consulta con tu centro de salud. Y si alguna vez se te pasa por la cabeza quitarte la vida, el 024 te atiende en España en cualquier momento, sin coste y con discreción. En una urgencia, marca el 112.

Verla, escucharla y quedártela

El videoclip completo, con su humo rosa y sus saltos entre montañas, se puede ver en su página. La canción suena también en Spotify. Si buscas el reverso de este despegue, «Punto muerto» habla de quedarse suspendido sin poder avanzar, y «La última carta» de despedirse de quien hizo daño. El resto está en el catálogo completo y en la sección de vídeos.

Descargarla es gratis: está en la tienda de esta web y en mikesaintlouis.com/descargas, sin registro. Para periodistas hay fotos y textos en prensa.

El cielo sin techo

Me quedo con el último plano del salto: una figura diminuta, muy arriba, sobre una cordillera rosa que se pierde en el horizonte. No sabemos dónde va a aterrizar. Quizá en otra cumbre. Quizá no aterriza.

Los despegues de Planeta Gayfolk no tienen pista de llegada. Lo que importa es el momento en que el cuerpo deja de pesar y el suelo, con todo lo que había en él, se queda abajo. Y desde allí, con el cielo abierto encima y sin techo a la vista, cualquier mirada envidiosa se vuelve, simplemente, demasiado pequeña para alcanzarte.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «Dientes, dientes»?

Un paisaje de montañas teñidas de rosa y nubes de humo de colores. Un hombre camina entre la bruma, salta de una cumbre a otra, se eleva sobre columnas de humo rosa y, en la segunda parte, boxea entre nubes de todos los colores.

¿De qué trata la canción?

De la envidia de los demás y de cómo responder a ella: sin rabia, enseñando los dientes en una sonrisa. La letra se compara con el oro y con un ave fénix frente a quien vigila cada movimiento con resentimiento.

¿Cómo afecta la envidia ajena a la salud mental?

Sentirse vigilado, criticado o saboteado de forma constante genera estrés y desgaste. Rodearse de gente que suma, poner límites y no entrar al trapo ayuda a proteger la autoestima.

¿Dónde puedo escucharla y descargarla?

Se oye entera en su ficha de gayfolkplanet.com y se descarga gratis en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas. También está en Spotify.

¿Qué hago si el acoso o la envidia de otros me hunde?

Habla con alguien de confianza y, si el malestar se alarga, pide ayuda a tu médico o a un psicólogo. Si te vienen ideas de quitarte la vida, el 024 atiende en España todo el día, gratis y en confianza. Para emergencias, el 112.

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