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Una criatura que escupe fuego sobre el paseo, un volcán que revienta y un coche ante las llamas: los monstruos de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Otro bombardeo»: la silueta negra de un coche detenido ante una pared de humo y llamas anaranjadas

Casi todos los niños han tenido alguna vez un monstruo debajo de la cama. O dentro del armario. O detrás de la cortina que se movía con el viento. Un monstruo que nadie más veía, que aparecía justo cuando se apagaba la luz y desaparecía en cuanto entraba un adulto en la habitación. Los padres decían que no existía. Pero el niño sabía que estaba ahí, porque lo notaba en el pecho, en la respiración, en las piernas encogidas bajo la sábana.

Mike Sain't Louis, a quien se presenta como «el primer cantautor IA», crea letras, composiciones y producciones musicales (música e interpretación vocal hechas con IA), y en uno de sus vídeos aparece un monstruo de verdad. Enorme, al final de una avenida, escupiendo fuego sobre el asfalto. Este paseo recorre los monstruos de Planeta Gayfolk, los que se ven y los que no, y la canción que les abre la puerta es «Otro bombardeo».

No puedo aguantar otro

«Otro bombardeo» es una canción de agotamiento. Empieza con una tristeza que no se detiene: estoy tan triste que no puedo parar de llorar. Sigue con una desconfianza absoluta: «Ya no se en quién confiar». Y la razón es devastadora en su sencillez: porque todos me tratan tan mal.

Retrato en blanco y negro de Mike Sain't Louis con la camisa abierta y un gran tatuaje en el pecho, en un callejón nocturno de piedra con un espejo dorado, junto al verso «Ya no se en quién confiar» de «Otro bombardeo»

Después llega una pregunta que cualquier persona que haya sufrido maltrato reconocerá. ¿Será verdad que soy una víctima, o mi historia ya cansa? Es la duda que el entorno siembra en quien sufre. La sospecha de estar exagerando, de ser pesado, de que los demás se han hartado de escuchar siempre lo mismo.

Y finalmente el núcleo de la canción. Ahora mismo no puedo aguantar otro bombardeo, y aquí tampoco puedo escapar. Es la descripción exacta de quien vive bajo ataque constante. No hay tregua, no hay refugio. Cada nueva agresión cae sobre una herida que todavía no ha cicatrizado.

Una criatura que escupe fuego

El vídeo de «Otro bombardeo» traduce ese sentimiento en imágenes de catástrofe. Y entre todas ellas, la más llamativa es la de una criatura gigantesca. Aparece al fondo de una avenida costera, entre edificios altos, con el mar a un lado. Es enorme, más alta que los bloques de viviendas, con una silueta que recuerda a los monstruos del cine japonés de los años cincuenta. De su boca sale una llamarada naranja que cae sobre la calzada.

Fotograma del videoclip de «Otro bombardeo»: una criatura gigantesca escupe una llamarada naranja al fondo de una avenida costera llena de coches parados, junto a tres miniaturas de un volcán que revienta, una nube de fuego sobre una carretera y un coche detenido ante un muro de llamas

Delante, la avenida está llena de coches parados y de gente diminuta. Nadie puede avanzar. El monstruo bloquea el camino y escupe fuego, y todo lo demás se queda quieto, atrapado.

Es una imagen exagerada, casi cómica, y precisamente por eso funciona. El monstruo es demasiado grande para ser real. Pero así es exactamente como se vive el miedo cuando uno está desbordado: como algo desproporcionado, imposible de esquivar, que lo ocupa todo.

Los monstruos del cine

El cine de monstruos gigantes nació en Japón a mediados del siglo pasado, pocos años después de los bombardeos atómicos que arrasaron dos de sus ciudades. Las criaturas enormes que destruían Tokio en aquellas películas eran, en el fondo, una forma de hablar de un trauma colectivo que no se podía nombrar directamente. La bomba se convertía en un lagarto radiactivo que salía del mar.

Me parece muy significativo que «Otro bombardeo» use esa misma imagen. La canción habla de bombardeos emocionales, y el vídeo los convierte en un monstruo de película antigua. Igual que aquel cine, recurre a la fantasía para decir algo demasiado doloroso para decirlo de frente.

Los monstruos, en el fondo, siempre han servido para eso. Para dar forma a miedos que no la tienen. Para poner un cuerpo, unas garras, una boca que escupe fuego, a algo que de otra manera sería solo una angustia difusa.

Un volcán que revienta

Otro plano del vídeo muestra un volcán aislado, de laderas oscuras y perfectas, sobre el que se levanta una nube enorme de humo blanco y gris con el centro anaranjado, como si el interior de la montaña estuviera ardiendo. El cielo alrededor está cubierto de nubes pesadas.

Los volcanes son monstruos de la naturaleza. Duermen durante siglos y de repente despiertan. Nadie puede pararlos. Lo único que se puede hacer es apartarse, observar, esperar a que la erupción termine.

En el contexto de la canción, el volcán puede leerse de dos maneras. Como la amenaza exterior que estalla sin previo aviso. O como lo que ocurre dentro de quien ha aguantado demasiado: una presión que se acumula y que, un día, revienta en forma de llanto que no se puede detener.

Nubes de fuego

El vídeo está lleno de explosiones. Nubes de fuego en forma de hongo que se elevan sobre ciudades, sobre carreteras con coches antiguos, sobre extensiones enormes de edificios al anochecer. Son imágenes que remiten directamente a la guerra, a las bombas, al título de la canción.

Fotograma del videoclip de «Otro bombardeo»: una nube de fuego en forma de hongo se levanta sobre una ciudad inmensa al anochecer, junto a tres miniaturas de otra explosión sobre el horizonte y de un avión entre llamas y humo

Pero el bombardeo de la letra no es literal. Es el de las palabras que hieren, los gestos de desprecio, las humillaciones repetidas, las críticas constantes. Quien ha vivido una relación de maltrato psicológico describe a menudo la experiencia con vocabulario bélico: me sentía en una trinchera, vivía en estado de alerta, no sabía de dónde vendría el siguiente ataque.

Las explosiones del vídeo dan escala a ese sufrimiento. Lo que ocurre dentro de una persona, a puerta cerrada, se proyecta sobre ciudades enteras. Como si el dolor de uno solo pudiera arrasarlo todo.

Un coche ante las llamas

Hay un plano que me parece especialmente elocuente. La silueta negra de un coche, de perfil, detenido en una carretera. Detrás, ocupando todo el fondo, una pared de humo y fuego anaranjado. No se ve a nadie dentro. Solo el coche, quieto, frente al desastre.

Es la imagen del bloqueo. Quien conduce no puede seguir adelante, porque delante está el fuego. Y quizá tampoco puede volver atrás. Se queda ahí, parado, mirando las llamas. Exactamente como dice la letra: aquí tampoco puedo escapar.

Muchas personas atrapadas en relaciones de maltrato se sienten así. Saben que lo que tienen delante es destructivo. Pero salir parece imposible: por dependencia económica, por miedo, por aislamiento, porque el agresor ha conseguido que no queden otros caminos.

Los monstruos que tienen cara amable

El problema de los monstruos reales es que casi nunca parecen monstruos. No escupen fuego ni miden cien metros. Sonríen, resultan simpáticos en público, tienen amigos que hablan bien de ellos. Su monstruosidad se manifiesta solo en privado, en la intimidad, frente a la persona a la que dañan.

Por eso es tan difícil que el entorno crea a quien denuncia. La pregunta de la canción, si será verdad que soy una víctima, nace de ahí. Cuando el monstruo tiene una cara amable para el resto del mundo, la víctima empieza a dudar de su propia percepción. Quizá exagero. Quizá el problema soy yo.

En «El narcisista», otra canción del planeta, Mike explora directamente esa figura: alguien que se presenta impecable hacia fuera y que en la intimidad manipula, humilla y destruye. El monstruo de «Otro bombardeo» es su versión fantástica, la que permite verlo por fin con su tamaño real.

El sueño de la razón

Hay un grabado muy famoso de Goya en el que un hombre duerme sobre una mesa mientras a su alrededor revolotean búhos, murciélagos y criaturas oscuras. En la base aparece una frase que se ha repetido muchísimas veces: el sueño de la razón produce monstruos.

Se ha interpretado de muchas maneras. Una de ellas es que, cuando dejamos de pensar con claridad, aparecen los miedos, las supersticiones, las pesadillas. Y otra, más compasiva, es que los monstruos surgen en los momentos de agotamiento, cuando la mente ya no puede más y se rinde.

«Otro bombardeo» habla desde ese agotamiento. El narrador no puede parar de llorar, no sabe en quién confiar, no puede aguantar más. Es en ese estado cuando los monstruos crecen. Y es también en ese estado cuando más necesario es pedir ayuda.

Monstruos debajo de la cama

Vuelvo a los monstruos de la infancia. Los psicólogos explican que esos miedos nocturnos son parte normal del desarrollo. El niño empieza a entender que hay peligros en el mundo, y su imaginación les da forma. Con el tiempo, con la seguridad de un entorno que le protege, esos monstruos van desapareciendo.

Pero hay niños que crecen en entornos donde el peligro es real. Niños que oyen gritos al otro lado de la pared, que aprenden a leer el humor de un adulto antes de entrar en una habitación, que viven en estado de alerta permanente. Para ellos, el monstruo no desaparece. Simplemente cambia de forma.

Muchos adultos que sufrieron así en la infancia son más vulnerables, después, a relaciones de maltrato. Han aprendido a convivir con el miedo, a justificar al agresor, a pensar que es normal. Romper ese patrón es posible, pero suele requerir ayuda profesional.

Nombrar al monstruo

En muchos cuentos tradicionales, el poder sobre un ser maligno se obtiene conociendo su nombre. Quien sabe cómo se llama el monstruo puede vencerlo. Hay algo de verdad psicológica en esa idea. Ponerle nombre a lo que nos ocurre es el primer paso para enfrentarlo.

Mike Sain't Louis con gorra estampada y camiseta de tirantes junto a un brocal de piedra con un planeta rosa reflejado, al lado del verso «Porque todos me tratan tan mal» de «Otro bombardeo»

Durante mucho tiempo, el maltrato psicológico no tenía nombre. Se hablaba de parejas difíciles, de caracteres fuertes, de discusiones. Hoy existen palabras precisas: manipulación, luz de gas, aislamiento, desprecio, control. Y existe también un reconocimiento legal y social de que esa violencia, aunque no deje marcas visibles, es violencia.

Canciones como «Otro bombardeo» contribuyen a esa tarea de nombrar. Al describir el agotamiento, la duda, la sensación de no tener salida, ofrecen a quien escucha un espejo. Y en ese espejo, muchas personas reconocen por primera vez lo que les está pasando.

Cuando el monstruo se hace pequeño

Hay un fenómeno curioso en los monstruos de la infancia. Cuando el niño crece y vuelve a la habitación donde dormía, todo le parece más pequeño. El armario que tanto miedo le daba es un mueble normal. La cortina es solo una tela. El hueco bajo la cama apenas tiene espacio para unas zapatillas.

Algo parecido ocurre con los monstruos de la vida adulta. Con distancia, con tiempo, con ayuda, la figura que parecía gigantesca va recuperando su tamaño real. Ya no escupe fuego. Ya no bloquea la avenida. Es una persona, con sus miserias y sus límites, que tuvo durante un tiempo un poder enorme y que, poco a poco, lo va perdiendo.

Ese proceso no es rápido ni lineal. Hay recaídas, momentos en que el monstruo vuelve a crecer, noches en que todo parece igual que antes. Pero la dirección existe. Y saber que existe ayuda a seguir.

El ruido de los ataques

En «Ruido en mi mente», otra canción del planeta, aparecen los fantasmas que no dejan de gritar. Son los ecos de los bombardeos pasados. Las frases que se quedaron dentro, las humillaciones que siguen sonando mucho después de que el agresor se haya ido.

Esa es quizá la forma más cruel del monstruo: la que se instala en la propia cabeza. Cuando ya no hace falta que nadie ataque desde fuera, porque uno mismo ha aprendido a repetir los ataques. Desmontar ese juez interior es uno de los trabajos más largos de la recuperación.

El miedo que se aprende

El miedo es una emoción útil. Nos protege de los peligros, nos hace apartar la mano del fuego, nos pone en alerta cuando algo va mal. Pero cuando se vive durante mucho tiempo bajo amenaza, el sistema de alarma se desajusta. Empieza a sonar con cualquier cosa. Un portazo, una frase dicha en tono más alto, un mensaje sin contestar.

Quien ha sufrido maltrato prolongado conoce bien ese estado. El cuerpo reacciona antes que la cabeza. El corazón se acelera, los músculos se tensan, la respiración se corta. Aunque el agresor ya no esté, el miedo sigue. Es lo que los especialistas llaman hipervigilancia, uno de los síntomas habituales del estrés postraumático.

Los monstruos del vídeo, con sus explosiones constantes, reflejan ese estado de alarma. No hay un momento de calma. Siempre hay algo ardiendo, algo estallando, algo que amenaza. Así se vive cuando el miedo se ha instalado en el cuerpo.

Refugios

En las ciudades que sufrieron bombardeos reales, la gente aprendió a buscar refugio. Sótanos, estaciones de metro, búnkeres improvisados. Lugares donde esperar a que pasara el ataque, apretados, a oscuras, compartiendo el miedo con desconocidos. Muchos supervivientes recuerdan esos refugios como espacios de terror, pero también de una solidaridad inesperada.

Quien vive bajo bombardeos emocionales también necesita refugios. Un amigo en cuya casa se puede pasar la noche. Una línea de atención a la que llamar. Un grupo de apoyo donde otras personas cuentan cosas parecidas. Un terapeuta que escucha sin juzgar. La letra dice que aquí tampoco se puede escapar, pero la realidad es que esos refugios existen, aunque desde dentro del bombardeo cueste verlos.

Encontrar el primero suele ser lo más difícil. Una vez dentro, uno comprueba que no es el único, que otras personas han pasado por lo mismo y han salido.

La historia que cansa

Me detengo otra vez en el verso más amargo de «Otro bombardeo»: la sospecha de que la propia historia ya cansa. Es un miedo muy real para quien ha sufrido. Contar lo que pasó una vez es difícil. Contarlo dos, tres, diez veces, y notar que los demás empiezan a desconectar, que cambian de tema, que miran el móvil, es devastador.

Las personas traumatizadas necesitan a menudo repetir su historia. No por victimismo, sino porque el cerebro intenta procesar lo ocurrido y lo hace volviendo sobre ello una y otra vez. El entorno, sin embargo, se cansa. Y la víctima, al notarlo, se calla. Ese silencio forzado puede agravar el daño.

Por eso es tan importante la ayuda profesional. Un psicólogo no se cansa de escuchar la misma historia. Sabe que cada repetición es parte del proceso. Y sabe acompañarla hasta que, poco a poco, deja de doler igual.

Monstruos en el mar

Hay monstruos que salen del agua. En el vídeo, la criatura gigante aparece junto al mar, y muchas de las explosiones ocurren en ciudades costeras. Las leyendas de casi todas las culturas tienen sus monstruos marinos: serpientes gigantes, calamares que hunden barcos, criaturas que emergen de las profundidades.

El mar es, en el imaginario colectivo, el lugar de lo desconocido. Lo que no se ve, lo que está debajo, lo que podría subir en cualquier momento. Igual que los recuerdos traumáticos, que permanecen sumergidos durante años y de repente salen a la superficie con una fuerza inesperada.

Pero el mar también es el lugar donde los monstruos vuelven a hundirse. En muchas de esas películas antiguas, la criatura acaba regresando al océano. No desaparece, pero se aleja. Deja de amenazar la ciudad. Y la vida, poco a poco, vuelve a las calles.

Dibujar al monstruo

Algunos terapeutas que trabajan con niños les piden que dibujen sus miedos. El monstruo del armario, la sombra de la ventana, la criatura que vive bajo la cama. Al ponerlo en el papel, el miedo cambia. Ya no está dentro, está fuera, delante, con unos bordes concretos. Se le puede añadir un sombrero ridículo, unos zapatos de payaso, unas gafas. Y de repente da menos miedo.

Con los adultos funciona algo parecido. Escribir lo que nos aterra, contárselo a alguien, convertirlo en una canción o en un dibujo, permite tomar distancia. El monstruo de «Otro bombardeo», con su silueta de película antigua, tiene algo de ese dibujo infantil. Es exagerado, un poco cómico, demasiado grande. Y al verlo así, ocupando la pantalla, uno puede por fin mirarlo de frente.

Hacer arte con el miedo no lo elimina. Pero lo transforma en algo que se puede compartir. Y compartirlo es ya una forma de no estar solo frente a él.

Los monstruos de la feria

En las ferias de los pueblos había siempre un tren de la bruja o un pasaje del terror. Una atracción donde, por unas monedas, uno se metía en la oscuridad para que le asustaran esqueletos de plástico, telarañas de algodón y algún empleado disfrazado que salía de detrás de una cortina. Se gritaba mucho y se salía riendo.

Ese tipo de miedo controlado tiene algo saludable. Uno elige asustarse, sabe que está a salvo, y al salir siente un alivio que se parece a la alegría. Las películas de terror cumplen la misma función. Permiten ensayar el miedo en un entorno seguro.

El monstruo de «Otro bombardeo» tiene algo de esa feria. Es demasiado aparatoso para ser real. Y quizá por eso ayuda: porque convierte un miedo íntimo y paralizante en un espectáculo que se puede contemplar desde la butaca, con las luces de la sala a punto de encenderse.

Una historia bajo las bombas

Mike ha contado públicamente lo que vivió durante casi veinte años: dos relaciones encadenadas con hombres narcisistas que le sometieron a maltrato psicológico. Al romper el silencio comprobó que ellos habían preparado el terreno para que una parte de su entorno no le creyera, y muchas personas se alejaron de él. Llegó a estar muy cerca de quitarse la vida. Hoy le atiende un equipo de salud mental, que ha diagnosticado en él estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. «Otro bombardeo» está escrita desde dentro de esa experiencia, desde el momento en que ya no se podía soportar un ataque más.

Si tú también sientes que vives bajo bombardeo y no ves a dónde escapar, no estás exagerando ni eres una carga. Cuéntaselo a alguien de confianza, acude a tu centro de salud o busca un servicio de atención a víctimas. Si en algún momento piensas en quitarte la vida, en España el 024 responde de día y de noche, gratis y en confianza. En una emergencia, llama al 112.

Verla, oírla y guardarla

El vídeo completo de «Otro bombardeo», con su criatura gigante, sus volcanes y sus nubes de fuego, puede verse en su página. La canción está también en Spotify. «El narcisista» y «Ruido en mi mente» tienen su propia ficha, y el resto del repertorio espera en el catálogo.

Puedes descargar todas las canciones sin pagar ni registrarte, desde la tienda de esta web o desde mikesaintlouis.com/descargas. Para medios hay material en prensa.

Encender la luz

Vuelvo a la avenida del vídeo. La criatura al fondo, la llamarada sobre el asfalto, los coches parados, la gente diminuta. Es una escena de pesadilla. Pero también es una escena de cine, y en el cine, los monstruos siempre acaban derrotados o se vuelven al mar.

Quizá esa sea la promesa escondida en los monstruos de Planeta Gayfolk. Que por grandes que parezcan, no son eternos. Que llega un momento en que alguien enciende la luz de la habitación y el armario vuelve a ser un armario. Y que, para llegar a ese momento, no hace falta ser un héroe. Basta con no quedarse solo.

Preguntas frecuentes

¿Qué monstruos aparecen en el vídeo de «Otro bombardeo»?

Una criatura gigantesca, al estilo del cine de monstruos clásico, que escupe una llamarada sobre una avenida costera llena de coches. Alrededor aparecen otras amenazas: un volcán que revienta, nubes de fuego en forma de hongo y un coche detenido ante un muro de llamas.

¿De qué habla «Otro bombardeo»?

De alguien que está tan triste que no puede parar de llorar, que ya no sabe en quién confiar porque siente que todos le tratan mal, y que no puede soportar otro ataque más sin tener a dónde escapar.

¿Por qué hablar de monstruos en una canción sobre maltrato?

Porque quien sufre maltrato psicológico suele vivir a la persona que le agrede como algo enorme e imprevisible, y cada ataque como una explosión. La imagen del monstruo ayuda a nombrar ese miedo y, al nombrarlo, a empezar a reducirlo.

¿Dónde puedo escuchar o descargar la canción?

Se oye entera en su ficha de gayfolkplanet.com. La descarga es gratuita en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas, y la canción está también en Spotify.

¿Qué hago si siento que vivo bajo ataque constante?

Si alguien te humilla, te controla o te hace sentir culpable de forma continua, puede tratarse de maltrato psicológico. Busca apoyo en personas de confianza y en profesionales. Si piensas en quitarte la vida, en España el 024 atiende gratis a todas horas, y en caso de peligro, el 112.

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