Planeta Gayfolk

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Una silueta junto a la ventana, un cuarto en penumbra y un rayo de sol en el suelo: las habitaciones de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «No me aparece una ilusión»: una figura pequeña sentada en el suelo de un cuarto vacío, bajo un haz de luz blanca que entra por una ventana alta

Todos tenemos un cuarto. A veces es grande y luminoso, con una ventana que da a un patio lleno de ropa tendida. A veces es diminuto, con una cama que ocupa casi todo y una silla donde se acumula la ropa de tres días. Pero en algún momento de la vida casi todos hemos descubierto que una habitación puede ser dos cosas a la vez: el sitio donde descansamos y el sitio del que no conseguimos salir.

Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), dedicó una canción entera a ese segundo tipo de cuarto. Se llama «No me aparece una ilusión» y es, probablemente, el retrato más desnudo que hay en su catálogo de un día de depresión contado desde dentro. Este paseo recorre las habitaciones de Planeta Gayfolk a partir de ella: los dormitorios en penumbra, las camas sin hacer, las ventanas que a veces se abren y a veces no.

Salir de la habitación

La primera frase de la canción ya lo dice todo. No apetece salir de la habitación. No hay drama en esa línea, no hay gritos ni portazos. Solo una constatación, casi administrativa: hoy tampoco. Y justo después, la explicación que no explica nada: falta la fuerza, falta la motivación.

Mike Sain't Louis con gorra ante un callejón de espejos, junto al verso «No me apetece salir de la habitación» de «No me aparece una ilusión»

Quien haya pasado por una depresión reconoce enseguida ese tono. No es tristeza exactamente. Es algo más plano, más gris. Es mirar la puerta del cuarto y sentir que está a una distancia enorme, aunque sean tres pasos. Es saber que fuera hay una cocina, una ducha, una calle, y que todo eso exige una energía que simplemente no está.

Me parece muy valiente que una canción empiece así. La mayoría de las letras sobre el dolor buscan una imagen grande: un corazón roto, una tormenta, un abismo. Aquí la imagen es mínima y doméstica. Una puerta que no se abre. Un cuerpo que no se levanta. Es tan concreta que cuesta escucharla sin pensar en alguna mañana propia.

Cuatro paredes y mucha gente

El segundo movimiento de la letra introduce una paradoja que conoce bien cualquiera que se haya sentido solo de verdad. El narrador está aislado entre sus cuatro paredes y, al mismo tiempo, siempre apartado aunque haya gente alrededor. Es decir: la soledad no depende de que la habitación esté vacía. Uno puede estar rodeado y sentir que hay un cristal entre él y el resto.

En Planeta Gayfolk esa idea aparece mucho. Los cuartos de sus videoclips casi nunca son lugares de encuentro. Son lugares de repliegue. Y cuando alguien sale a una fiesta, a una calle llena, a un bar, suele llevarse la habitación puesta, como si las paredes lo acompañaran.

Para muchas personas LGTBI esa sensación tiene una historia larga. Hubo generaciones enteras que crecieron en dormitorios donde no podían ser quienes eran: con la puerta cerrada para escuchar a escondidas cierta música, con revistas guardadas debajo del colchón, con la angustia de que alguien entrara sin llamar. El cuarto era el único sitio seguro y, a la vez, la prueba de que fuera no había sitio para ellos.

Una silueta junto a la ventana

El videoclip de «No me aparece una ilusión» arranca casi a oscuras. Un dormitorio con las paredes descascarilladas, una ventana de guillotina al fondo y, delante, una figura de pie, de espaldas, recortada contra la poca luz que entra. No vemos su cara. Solo el contorno de los hombros, una mano que cuelga, la postura de quien lleva rato ahí sin hacer nada.

Fotogramas de «No me aparece una ilusión»: una silueta de espaldas junto a una ventana en un dormitorio oscuro, alguien encogido en el suelo bajo una cortina azulada y una figura sentada al pie de la cama

Unos segundos después aparece otra imagen que se me quedó clavada: alguien encogido en el suelo, junto a la pared, con las rodillas contra el pecho. Encima, una cortina blanca deja pasar una claridad azulada, fría, de primera hora. La habitación está casi vacía. Una cómoda, una puerta entornada, nada más.

Y luego, una figura sentada en el suelo al pie de una cama deshecha, con la espalda hacia nosotros, mirando una ventana por la que entra un resplandor tenue. La cama tiene las sábanas revueltas, como si nadie la hubiera hecho en días. El suelo es de madera. Hay polvo en el aire.

Lo que más me impresiona de estos planos es que nunca necesitan un rostro. La depresión, en este vídeo, se cuenta con la postura de un cuerpo y con la cantidad de luz que hay en un cuarto. Es una decisión muy inteligente, porque convierte a esas siluetas en cualquiera. En ti, en mí, en el vecino de enfrente.

La cama sin hacer

Hay un objeto que se repite en casi todas las habitaciones del vídeo: la cama deshecha. Sábanas arrugadas, almohadas aplastadas, una manta que cae hasta el suelo. Es un detalle pequeño, pero lo dice todo.

Hacer la cama es uno de esos gestos automáticos que nadie valora hasta que deja de poder hacerlo. Cuando la depresión aprieta, lo primero que se cae son precisamente esas tareas mínimas: abrir la persiana, ventilar, estirar las sábanas, fregar la taza del desayuno. No porque uno no sepa que conviene hacerlo, sino porque cada pequeña acción pesa como si fuera una mudanza.

Hay terapeutas que recomiendan empezar justo por ahí. No por grandes propósitos, sino por la cama. Un gesto de dos minutos que deja la habitación un poco más ordenada y que, sobre todo, demuestra que algo se puede hacer. Suena casi ridículo, pero quien ha estado en ese pozo sabe que hay días en que estirar una sábana es una victoria.

Un cuarto con la persiana bajada

En la letra hay un verso que dice que no se encuentra consuelo ni siquiera en la oscuridad. Me gusta mucho porque desmonta un tópico. Solemos pensar que quien está triste busca la penumbra para estar a gusto, para esconderse. Y es verdad que a menudo se bajan las persianas. Pero la canción aclara que esa oscuridad tampoco ayuda. No es un refugio. Es solo otra forma de quedarse quieto.

Los cuartos del vídeo están siempre en esa luz de persiana bajada: rayas de claridad que se cuelan entre las lamas, un resplandor gris que no termina de decidirse. Es la luz de las horas en que no se sabe si es por la mañana o por la tarde. La luz de quien ha perdido la cuenta de los días.

Las paredes que escuchan

Hay planos en que la cámara se queda mirando la pared. Un rincón con papel pintado levantado, una mancha de humedad, la sombra de un marco. Parece que no pasa nada, pero pasa mucho. Las paredes de una habitación en la que alguien lo está pasando mal se convierten en testigos. Escuchan los suspiros, las llamadas que no se contestan, las horas mirando el techo.

En Planeta Gayfolk las paredes nunca son neutras. En otras canciones aparecen paredes que encierran, muros que separan, tabiques demasiado finos. Aquí son paredes cansadas, con la pintura vieja, que parecen haber absorbido años de silencio. Si pudieran hablar, contarían lo que la letra solo insinúa.

El tiempo que pesa

Uno de los versos más duros de la canción habla de cada día pesando más que el anterior. Es una descripción exacta de cómo se vive el tiempo en una depresión. No pasa. Se acumula. Cada mañana trae el peso de la anterior y el de la que vendrá.

En las habitaciones del vídeo el tiempo parece detenido. No hay relojes, no hay calendarios, no hay pistas de qué día es. Solo cambia la luz: más azul, más gris, más dorada. Es como si el cuarto estuviera fuera del mundo, en una especie de burbuja donde las horas se estiran.

Hay quien describe la depresión justamente así: como vivir dentro de una pecera. Se ve lo que ocurre fuera, se oye algo, pero todo llega amortiguado, lejano, sin color. Y la habitación es esa pecera.

Sin colores alrededor

La letra lo dice con una sencillez que asusta: no hay colores alrededor. Y el vídeo lo cumple. Casi toda la paleta es de grises, azules apagados, marrones sucios. Las sábanas son de un blanco viejo. Las paredes, de un verde que ya no es verde.

La pérdida del color es una de las imágenes más antiguas para hablar de la tristeza. Pero aquí no funciona como metáfora gastada, porque se apoya en algo que la psiquiatría también describe: la anhedonia, la incapacidad de sentir placer con lo que antes lo daba. La comida no sabe a nada, la música favorita no emociona, una conversación con un amigo se vive como un trámite. El mundo pierde la saturación.

Por eso, cuando el color vuelve en el vídeo, aunque sea un poco, se nota tanto.

Una ventana que se enciende

En la segunda mitad del clip la luz cambia. Hay un plano que funciona casi como un amanecer: una figura sentada en el suelo de madera, de espaldas, frente a un ventanal enorme. Al otro lado, montañas y un sol que asoma dorado entre ellas. La habitación sigue siendo la misma, con su suelo desgastado, pero ahora está bañada en naranja.

Más fotogramas de «No me aparece una ilusión»: una figura sentada de espaldas ante un ventanal por el que entra el amanecer, otra de pie a contraluz y una silueta junto a una ventana con las luces de la calle

Poco después vemos a alguien de pie, a contraluz, delante de otra ventana grande. La claridad que entra es tan intensa que lo convierte en una silueta perfilada en oro. Los brazos cuelgan relajados. La postura ya no es la de quien se esconde, sino la de quien mira.

Y hay una tercera ventana, de noche, con las luces amarillas de una calle al otro lado del cristal. Alguien sentado en el alféizar observa el ir y venir de la gente. Sigue dentro, pero mira hacia fuera.

Esas tres ventanas son, para mí, el centro del vídeo. Porque la depresión no se cura de golpe, pero sí tiene momentos en que la ventana deja de ser un muro y vuelve a ser una ventana. Momentos en que lo de fuera empieza a parecer posible otra vez.

El rayo de luz en el suelo

La imagen que elegí para la portada de este texto es uno de los planos más bellos del vídeo. Un cuarto vacío, casi blanco. Una ventana alta por la que entra un haz de luz que cae en diagonal sobre el suelo. Y, sentada justo en ese haz, una figura pequeña, quieta, como si se hubiera puesto ahí a propósito para recibir el calor.

Esa figura no ha salido de la habitación. Pero ha buscado el único punto donde da el sol. Y eso, a veces, es todo lo que se puede hacer. No salir todavía, pero sentarse en la luz.

Me parece una imagen muy honesta, porque no promete milagros. No hay música triunfal ni puertas que se abren de par en par. Solo un cuerpo que se acerca un poco a la claridad.

Algo pide respirar

El final de la letra es una de las cosas más delicadas que ha escrito Mike. Después de una larga lista de negaciones, aparece una frase que empieza también con un no, pero que gira en el último momento: no, pero algo dentro pide respirar. Y luego, todavía más tímido: tal vez algún día llegue el despertar.

Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes ante un escenario con foco rosa, junto al verso «Tal vez algún día logre despertar» de «No me aparece una ilusión»

Ese «tal vez» es lo más valioso de la canción. No dice que todo va a ir bien. No dice que mañana se saldrá de la habitación. Dice que hay una parte, pequeña, que todavía quiere aire. Y eso basta para que la canción no sea un callejón sin salida.

Quien acompaña a alguien con depresión aprende a buscar esas grietas. No las grandes declaraciones de mejora, sino los pequeños síntomas de vida: alguien que pide que le abran la ventana, que pregunta qué hay de comer, que dice que le apetecería dar una vuelta corta. Son señales de que algo pide respirar.

Los cuartos de la adolescencia

Pienso mucho, escuchando esta canción, en las habitaciones de adolescente de tantos chicos y chicas LGTBI. Cuartos con pósteres que había que elegir con cuidado para no levantar sospechas. Cuartos donde se lloraba en silencio después de un insulto en el instituto. Cuartos donde se escribían diarios que luego se escondían o se quemaban.

Muchas personas adultas recuerdan su habitación de entonces como el lugar donde se dieron cuenta de que eran distintas y donde, durante años, tuvieron que guardarse esa verdad. Algunas pasaron allí épocas muy oscuras. Las cifras de ansiedad, depresión e ideación suicida entre jóvenes LGTBI siguen siendo más altas que entre el resto, y los estudios coinciden en que el rechazo familiar y el acoso escolar pesan mucho en esa diferencia.

Por eso me emociona que una canción ponga el foco en la habitación. Porque para mucha gente de nuestra comunidad el cuarto fue, durante demasiado tiempo, el único armario con cerradura.

El cuarto propio

Virginia Woolf escribió que una mujer necesita dinero y una habitación propia para poder escribir. La frase se ha citado tanto que casi se ha gastado, pero sigue siendo cierta en un sentido amplio: todos necesitamos un espacio donde estar a salvo, donde pensar, donde crear.

El problema es cuando ese espacio deja de ser elegido y se vuelve obligatorio. Cuando ya no estamos en el cuarto porque queremos, sino porque no podemos estar en otro sitio. La habitación propia se convierte entonces en habitación cerrada.

«No me aparece una ilusión» habla justo de ese paso. De cómo el cuarto que debería proteger termina encerrando. Y el vídeo, con sus ventanas que poco a poco se iluminan, sugiere el camino de vuelta: recuperar la habitación como lugar propio, no como celda.

Los pasillos entre cuarto y cuarto

Entre las habitaciones del vídeo hay pasillos larguísimos, estrechos, con una bombilla desnuda al fondo. Una figura diminuta camina por uno de ellos hacia la luz, o quizá se aleja de ella, no está claro. La letra habla de cada paso dado en un túnel estrecho, y esos pasillos son su traducción literal.

Me gusta pensar en el pasillo como el lugar intermedio. Ya no es la habitación, todavía no es la calle. Es el trayecto. Y en la recuperación de una depresión, buena parte del tiempo se pasa ahí: no del todo hundido, no del todo fuera. Días en que se consigue llegar a la cocina, pero no al portal. Semanas en que se sale a por el pan y se vuelve corriendo al cuarto.

Ese territorio intermedio merece más respeto del que se le da. Desde fuera, a veces, la gente espera saltos grandes: que alguien pase de no levantarse a volver al trabajo como si nada. Pero la mayoría de las veces el camino es un pasillo largo, con bombillas que parpadean, y lo importante es seguir andando aunque sea despacio.

Lo que se queda en la mesilla

Hay un detalle en un par de planos que casi pasa desapercibido: una mesilla de noche con objetos amontonados. Un vaso, un libro abierto boca abajo, un cargador enredado, unas gafas. Es la geografía íntima de quien pasa mucho tiempo en la cama.

Las mesillas cuentan mucho. Dicen qué se lee, qué se toma, qué se deja a mano para no tener que levantarse. En una época mala, la mesilla se convierte en una pequeña despensa: agua, el móvil, el cargador, algo de comer. Todo lo necesario para no cruzar la puerta.

Cuando las cosas empiezan a mejorar, la mesilla también cambia. Aparece un libro nuevo, una planta, una lista de tareas sencillas. El cuarto entero va recuperando señales de futuro. Y ese futuro, aunque sea pequeño, empieza en el mueble que está más cerca de la almohada.

La música como compañía en el cuarto

Mucha gente atraviesa sus peores noches con unos auriculares puestos. La música es una de las pocas compañías que entran en la habitación sin pedir nada a cambio: no exige conversación, no hace preguntas incómodas, no se cansa de que la pongas otra vez. Para alguien que no tiene fuerzas para hablar con nadie, una canción puede ser lo más parecido a que alguien se siente a su lado en el borde de la cama.

Por eso tiene sentido que existan canciones como esta. No para animar a la fuerza, sino para hacer compañía. Para que quien está tumbado mirando el techo oiga, de pronto, que alguien describe exactamente lo que siente, y piense: no soy el único.

Pedir ayuda desde la cama

Hay algo muy práctico que me gustaría decir aquí. Cuando alguien está atrapado en su habitación por una depresión, a menudo la idea de pedir ayuda parece otra montaña imposible. Hay que llamar, explicar, desplazarse, esperar en una sala. Todo eso cuesta muchísimo.

Pero hay pasos más pequeños. Escribir un mensaje a una persona de confianza diciendo simplemente «no estoy bien». Pedir a alguien que te acompañe al médico. Llamar a un teléfono de ayuda desde la misma cama, sin tener que salir. En España, el 024 existe precisamente para eso: para que nadie tenga que estar solo en su cuarto con pensamientos que dan miedo.

Una vida contada sin adornos

Mike no escribe esta canción desde fuera. Ha contado en público que estuvo unos veinte años encadenando dos relaciones con hombres narcisistas que le maltrataron psicológicamente. Cuando decidió hablar, descubrió que ellos ya habían ido sembrando dudas sobre él entre conocidos, y algunas de esas personas se alejaron. Hubo un momento en que estuvo a punto de quitarse la vida. Hoy le acompaña un equipo de salud mental que le ha diagnosticado estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación. Las habitaciones de esta canción, con sus persianas bajadas y su luz que tarda en llegar, salen de ahí.

Si tú también llevas días sin poder salir de tu cuarto, no lo cargues en silencio. Cuéntaselo a alguien, aunque sea con un mensaje corto, y pide cita en tu centro de salud. Si en algún momento piensas en hacerte daño, marca el 024: atiende en España de forma gratuita y confidencial, a cualquier hora. Para una urgencia, el 112.

Verla, oírla y llevársela

El videoclip completo, con sus dormitorios en penumbra y sus ventanas que se encienden, está en su página de vídeo. La canción suena también en Spotify. Si te interesa este mismo territorio, «Entre cuatro paredes» comparte su letra con otro tratamiento visual, y «Ruido en mi mente» habla de la cabeza que no para. El resto de canciones está en el catálogo completo y los demás clips en la sección de vídeos.

Todo se puede descargar sin pagar un euro: desde la tienda de esta web o desde mikesaintlouis.com/descargas, sin registrarte. Si escribes sobre música, tienes fotos y textos en la sala de prensa.

La habitación de mañana

Vuelvo a la figura sentada en el rayo de sol. La imagino un rato después: quizá se levanta, quizá se queda. Quizá esa tarde consigue abrir la ventana del todo. Quizá no, y lo intenta al día siguiente.

Las habitaciones de Planeta Gayfolk no prometen finales felices. Pero dejan siempre una rendija. Una cortina que no está del todo corrida, un amanecer que entra sin pedir permiso, una calle iluminada al otro lado del cristal. Y en esa rendija cabe la posibilidad de que, algún día, el cuarto vuelva a ser solo un cuarto: un sitio al que volver después de haber salido.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «No me aparece una ilusión»?

Casi todo ocurre en interiores en penumbra: dormitorios con la cama revuelta, pasillos largos, cuartos con la persiana bajada. Las figuras aparecen de espaldas o a contraluz, sentadas en el suelo o de pie ante una ventana, y al final la luz del sol entra de lleno en la habitación.

¿De qué trata la canción?

De esos días en que no apetece salir del cuarto, en que falta la fuerza para lo más pequeño y nada consigue entusiasmar. Termina con una grieta de esperanza: algo dentro pide respirar y quizá algún día llegue el despertar.

¿Por qué la habitación es tan importante en la depresión?

Porque suele convertirse en refugio y en encierro a la vez. Mucha gente con depresión pasa días enteros en el dormitorio, y salir de él, aunque sea a la cocina, puede ser el primer paso de una recuperación.

¿Dónde puedo escuchar o bajar la canción?

Tiene ficha en gayfolkplanet.com, donde se puede oír entera, y se descarga gratis desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas. También está en Spotify.

¿Qué hago si llevo días sin poder salir de mi cuarto?

Cuéntaselo a alguien de confianza y pide cita con tu médico de cabecera, que puede derivarte a salud mental. Si aparecen ideas de quitarte la vida, llama al 024: es gratuito, confidencial y atiende día y noche en España. Ante una emergencia, el 112.

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