Planeta Gayfolk

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Una terraza con guirnaldas de bombillas, una bóveda de piedra con los brazos en alto y una nave de láseres: las pistas de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Barcelona»: una silueta salta con los brazos en alto sobre la arena, entre humo rosa y dos haces de láser, con el puerto iluminado al fondo

Hay una terraza en el videoclip de «Barcelona» que podría estar en cualquier ciudad del Mediterráneo. Una cuerda de bombillas naranjas cruza el cielo morado de lado a lado, sujeta a unos postes finos, y debajo hay gente. Mucha gente. Casi todos de espaldas a la cámara, mirando hacia los tejados de enfrente, moviéndose despacio al ritmo de algo que no vemos pero que sí oímos.

No hay escenario ni barra a la vista. Nadie parece estar actuando para nadie. Solo hay luz cálida, cielo de madrugada y cuerpos que se balancean. Es la imagen más sencilla posible de una pista de baile: un trozo de suelo donde, durante un rato, la gente decide que se puede respirar.

«Barcelona» es un tema de Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», que firma la letra, compone y produce cada canción (música e interpretación vocal hechas con IA). Su vídeo es una sucesión de pistas improvisadas: terrazas, azoteas, paseos junto al mar, salas de piedra, naves industriales, una playa. Este texto recorre esas pistas una por una y se pregunta qué tienen los sitios donde se baila para que sigamos volviendo a ellos.

Una canción para la madrugada

La letra de «Barcelona» arranca con una frase que funciona como un decorado: «Late night, city lights, Barcelona's glow». Madrugada, luces de ciudad, el resplandor de Barcelona. En tres golpes ya estamos en la calle, tarde, con el cielo encendido por las farolas.

Mike Sain't Louis con gorra estampada, camiseta de tirantes y la mano junto a la sien, junto a un brocal de piedra con un planeta rosa reflejado y el verso «Late night, city lights, Barcelona's glow» de «Barcelona»

Lo que sigue es una noche contada en dos idiomas. El inglés pone el ritmo y la urgencia: el corazón que se salta un latido, un ritmo magnético bajo un cielo de luna, el bajo que acelera el pulso. El español aparece entre comillas, como si fueran frases que alguien susurra al oído en mitad del ruido: «perdidos en la mirada», «acércate a mí», «la noche nos envuelve», «bailamos», «juntos tú y yo».

Esa mezcla tiene algo muy de pista de baile. En una discoteca de una ciudad grande se oyen idiomas por todas partes, y a veces no hace falta entenderse del todo para bailar juntos. Basta con un gesto, una mirada, una palabra suelta en el idioma del otro.

Y en el centro de la canción hay una frase que se repite cada vez que vuelve el estribillo: «nos liberamos». Llega justo después de «In the thrill of the sound», en la emoción del sonido. Primero el sonido, luego la liberación. Ese orden es exactamente el de una buena noche de baile.

La terraza de las bombillas

Vuelvo a la terraza del principio, porque es la pista más humilde del vídeo y quizá la más bonita. Las bombillas no son focos de discoteca. Son de las que se cuelgan en las fiestas de barrio, en las verbenas de agosto, en los patios donde se celebra un cumpleaños. Dan una luz amarilla, cercana, un poco antigua.

Fotogramas de «Barcelona»: una terraza con guirnaldas de bombillas naranjas llena de gente de espaldas, un grupo en una azotea mirando la ciudad iluminada y una silueta con los brazos abiertos en un paseo con humo

Debajo de ellas, la gente no hace nada espectacular. Se mueve, charla, mira la ciudad. Algunos levantan un brazo. Otros simplemente están. Y eso también es bailar: estar en un sitio con otros cuerpos, al mismo ritmo, sin tener que demostrar nada.

Hay algo en esas terrazas de verano que conecta con una memoria muy extendida. Muchas personas recuerdan su primera fiesta así: al aire libre, con guirnaldas, con la música un poco alta para los vecinos. A veces, en esas fiestas, alguien entendió por primera vez que podía bailar con quien quisiera. Que la noche, por un rato, era suya.

La azotea frente a la ciudad

En otro momento del vídeo, un grupo de personas se asoma al borde de una azotea. Están de espaldas, quietas, mirando la ciudad de noche. Al fondo se recortan las agujas de una iglesia iluminada y un mar de tejados con ventanas encendidas. Una mano se levanta con algo que brilla, quizá un teléfono, quizá solo un gesto.

Es una pista que todavía no ha empezado o que acaba de terminar. Ese momento existe en todas las noches de baile: el rato en que uno sale a tomar el aire, se apoya en una barandilla y mira la ciudad desde arriba. El cuerpo aún late con la música. La cabeza, por fin, se queda en silencio.

Me gusta que el vídeo incluya ese plano quieto entre tanto movimiento. Las pistas no son solo los sitios donde se salta. También son los bordes, las escaleras, las azoteas donde se recupera el aliento. Una noche de baile completa tiene pausas, y las pausas también forman parte de la fiesta.

Un paseo envuelto en humo

Junto al mar, en un paseo con farolas, una silueta abre los brazos en cruz. Está de espaldas, rodeada de una nube de humo turquesa que la luz atraviesa desde atrás. A los lados pasan estelas blancas, como si alguien hubiera dejado la cámara abierta mientras circulaban coches. Al fondo, las grúas de un puerto.

Es la pista más solitaria del vídeo. No hay nadie más alrededor. Solo una persona, el humo y la noche. Y aun así, la postura no transmite soledad sino lo contrario: alguien que se abre al aire, que ocupa todo el espacio que le corresponde y un poco más.

Hay noches en que se baila solo, y no tiene nada de triste. Bailar sin público, sin nadie que mire, es una forma de reconciliarse con el propio cuerpo. Mucha gente que ha crecido escondiendo cómo se mueve, por miedo a parecer demasiado algo, aprende primero a bailar sola en su habitación, con la puerta cerrada. El paseo con humo parece el siguiente paso: salir de la habitación y abrir los brazos al aire libre, aunque todavía no haya nadie más.

La bóveda de piedra

La pista más sorprendente de «Barcelona» está bajo tierra, o al menos lo parece. Una sala enorme de techo abovedado, con arcos de ladrillo y piedra que se repiten hacia el fondo como en una cripta o en un antiguo almacén. Desde el fondo sale una luz blanca muy intensa, rodeada de humo verde y violeta. Y delante, a contraluz, un grupo de gente baila con los brazos en alto.

Más fotogramas de «Barcelona»: gente bailando con los brazos en alto bajo una bóveda de piedra, siluetas ante láseres verdes y una nave enorme cruzada por haces de luz

Me fascina el contraste. Los arcos parecen tener siglos. Han visto pasar mercancías, guerras, procesiones quizá. Y ahora, por una noche, se han convertido en el techo de una pista. La piedra antigua sostiene un baile moderno, y no hay ninguna contradicción en ello.

En muchas ciudades ha pasado algo parecido. Sótanos, almacenes, antiguas fábricas y salas olvidadas se han convertido en lugares de fiesta. Para la gente LGTBI, durante mucho tiempo, esos espacios escondidos fueron casi los únicos donde se podía bailar con libertad. Había que bajar unas escaleras, cruzar una puerta sin cartel, entrar en un sitio que desde la calle no existía. La bóveda de piedra del vídeo tiene algo de esa memoria: un refugio bajo el suelo de la ciudad donde, por fin, se levantan los brazos.

Los brazos en alto

Hay un gesto que se repite en casi todas las pistas del vídeo: los brazos levantados. En la bóveda, en una explanada con láseres verdes, en la playa, en la azotea. Una multitud de siluetas negras contra un cielo cruzado de haces verdes y rojos, todas con las manos arriba.

Levantar los brazos al bailar es un gesto muy antiguo. Se hace en las fiestas, en los conciertos, en las celebraciones de casi cualquier cultura. Es un gesto que deja el pecho al descubierto, que expone el cuerpo en lugar de protegerlo. Por eso es tan significativo cuando lo hace alguien que ha pasado años encogido.

Pensemos en quien ha vivido con miedo. El cuerpo aprende a cerrarse: los hombros hacia delante, los brazos cruzados, la mirada baja. Levantar las manos en una pista, rodeado de desconocidos, es lo contrario de todo eso. Es decir con el cuerpo que, durante esta canción, no hace falta defenderse de nada.

La nave de láseres

Otra de las pistas es una nave gigantesca de techo alto, con vigas de hierro y ventanales. Desde el fondo salen haces de luz blanca y verde que atraviesan el humo en diagonal. Abajo, una multitud diminuta. En el centro, sobre una especie de escenario, una figura levanta los brazos.

Es la pista en su versión más grande: la de los festivales, las raves, las noches que duran hasta el amanecer. Aquí el individuo casi desaparece. Lo que importa es la masa, el ritmo compartido, la sensación de formar parte de algo enorme.

Esa sensación tiene un valor especial para quien se ha sentido raro o fuera de lugar. En una multitud que baila, nadie es el raro. Todos se mueven a su manera, cada uno con su estilo, y la música lo iguala todo. Cientos de personas a las que nada une, salvo el sonido y la noche, coinciden durante unas horas en el mismo gesto.

Hay también algo de ritual en esas noches grandes. Se llega con el cuerpo cansado de la semana, con las preocupaciones a cuestas, y poco a poco la música las va desmontando. Primero los hombros se aflojan. Luego las caderas encuentran el ritmo. Al cabo de un rato, sin saber muy bien cómo, uno se encuentra con las manos arriba y la cabeza vacía de todo lo que pesaba. Nadie ha dado una orden. El sonido ha hecho el trabajo.

Por eso las naves de baile se parecen un poco a los templos, aunque casi nadie lo admita. Son edificios enormes donde una multitud se reúne a la misma hora para hacer el mismo gesto. Solo que aquí no hay sermón, ni culpa, ni nadie que vigile desde un púlpito. Solo láseres, humo y la certeza compartida de que esta noche no hace falta ser otra cosa.

Pasos en la arena

La letra habla de una playa: «Your hands, my waist, steps in the sand». Tus manos, mi cintura, pasos en la arena. Y el vídeo tiene su propia pista de arena: una explanada junto al mar, de noche, con humo rosa y dos haces de láser, uno blanco y otro amarillo, que se cruzan sobre una silueta. La silueta salta, con los brazos estirados hacia arriba y una pierna doblada, como si quisiera quedarse un segundo más en el aire.

Mike Sain't Louis con gorra estampada y camiseta de tirantes en un callejón empedrado de noche, con un espejo de marco dorado y un planeta rosa, junto al verso «In the thrill of the sound» de «Barcelona»

Bailar en la arena es más difícil que bailar en un suelo liso. Los pies se hunden, cuesta más saltar, el equilibrio se vuelve inestable. Y sin embargo, las fiestas en la playa tienen algo que no tienen las demás: el ruido del mar por debajo de la música, el horizonte abierto, la sensación de que no hay paredes.

Ese salto en la arena es, para mí, la imagen central de las pistas de Planeta Gayfolk. Un cuerpo que se despega del suelo inestable y, durante un instante, vuela. No importa que la arena sea blanda. Importa el salto.

Acércate a mí

Entre todas las frases en español de la canción, hay una que funciona casi como una invitación formal: «acércate a mí». Aparece justo después de «Turn the beat up, feel the rush», sube el ritmo, siente la descarga. Primero se sube la música, luego se pide cercanía.

En una pista de baile, acercarse a alguien es un acto pequeño y enorme a la vez. Hay que cruzar unos metros de suelo, sostener una mirada, decidir si se baila de frente o al lado. Para quien ha tenido que medir cada gesto en público, por miedo a que lo leyeran como algo que no debía ser, ese «acércate» tiene un peso especial. Es una puerta abierta.

La letra lo lleva más lejos: «Heart to heart, we move», corazón con corazón, nos movemos. Y luego, «juntos tú y yo». No hay drama ni despedida en esta canción. Hay dos personas que se encuentran en la pista y deciden, por una noche, moverse al mismo tiempo. A veces eso es todo lo que se necesita.

Las luces de la pista

Si algo define visualmente el vídeo de «Barcelona» son las luces. Láseres verdes que cortan el cielo, haces blancos que atraviesan el humo, estelas rosas que dejan un rastro al pasar, bombillas naranjas colgadas en guirnalda, neones azules en el suelo de una sala acristalada. Cada pista tiene su propia luz, y cada luz le da un carácter distinto.

La luz de una pista nunca es neutra. Las bombillas cálidas de la terraza invitan a quedarse, a charlar, a moverse despacio. Los láseres de la nave empujan al salto, a la euforia colectiva. El contraluz blanco de la bóveda convierte a los que bailan en siluetas, y eso tiene algo de protector: nadie es reconocible, todos son una forma que se mueve.

Esa protección de la penumbra ha sido importante para mucha gente. En la oscuridad de una pista, con la luz justa para no tropezar, uno puede probar movimientos que no se atrevería a hacer a plena luz. Puede ensayar quién quiere ser. Las luces de colores no ocultan del todo, pero suavizan. Dan permiso.

Las pistas como lugar seguro

Es fácil quitarle importancia a una pista de baile. Parece algo frívolo, un sitio para divertirse y poco más. Pero la historia de muchas personas LGTBI está llena de pistas que fueron mucho más que eso.

Durante décadas, en muchos lugares, la discoteca fue de los pocos espacios donde dos hombres podían bailar juntos sin que nadie llamara a la policía, o donde una mujer podía mirar a otra sin esconderse. Fue el lugar donde mucha gente conoció a sus primeros amigos que eran como ellos, donde encontró a una familia elegida, donde supo que no estaba sola. Algunas de esas pistas fueron atacadas precisamente por eso, porque eran refugios.

Por eso, cuando la letra de «Barcelona» dice «nos liberamos», no es una exageración. Para mucha gente, la pista fue literalmente el primer lugar donde se liberó. El vídeo no lo explica, no tiene por qué, pero lo muestra: gente de espaldas, anónima, con los brazos en alto bajo una bóveda antigua.

Cuando salir da miedo

No todo el mundo vive las pistas como un lugar fácil. Para quien sufre ansiedad o fobia social, una sala llena de gente puede ser lo más parecido a una pesadilla. El ruido, el contacto, las miradas, la sensación de que todos están juzgando. Hay quien lleva años sin pisar una discoteca, y no por falta de ganas.

Mike Sain't Louis conoce bien esa parte. Ha contado públicamente que pasó cerca de dos décadas, con dos parejas, atrapado en relaciones marcadas por el narcisismo y el maltrato psicológico. Cuando se atrevió a contarlo, se encontró con que ambos habían ido sembrando dudas sobre él entre conocidos, y perdió amistades por el camino. Llegó a pensar en quitarse la vida. Hoy recibe tratamiento de un equipo de salud mental por estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y trastorno evitativo de la personalidad.

Visto así, que haga canciones de pista, canciones para bailar de madrugada en una ciudad llena de luces, tiene algo de reparación. Las pistas de Planeta Gayfolk son también para quien todavía no se atreve a pisar una de verdad. Se puede bailar «Barcelona» en el salón, con la persiana bajada. También es una pista, y también cuenta.

Si estás atravesando una época en la que salir de casa parece imposible, no tienes por qué cargar con eso a solas. Habla con alguien en quien confíes o pide cita con tu médica de cabecera: la ansiedad y la fobia social tienen tratamiento. Y si en algún momento te pasa por la cabeza la idea de morir, en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora del día o de la noche; al otro lado hay alguien preparado para escucharte. Si la situación es urgente, marca el 112. Pedir ayuda también es un salto, aunque se haga con los pies en la arena.

Una pista en cada rincón

Lo que más me gusta del videoclip de «Barcelona» es que no se queda en una sola discoteca. Va saltando de un sitio a otro: la terraza, la azotea, el paseo, la bóveda, la nave, la playa. Como si quisiera demostrar que cualquier lugar puede convertirse en una pista si alguien pone música y otro alguien se atreve a moverse.

Esa idea tiene algo de manifiesto. No hace falta esperar a tener el sitio perfecto, ni la ropa adecuada, ni el cuerpo que creemos que deberíamos tener. La pista está donde está el baile. Un tejado, una calle, un pasillo de casa, una cocina mientras se hace la cena.

En Planeta Gayfolk las pistas se multiplican así: aparecen donde menos se esperan. Son portátiles, se llevan puestas. Basta con unos auriculares y las ganas de mover los hombros para que una parada de autobús se convierta, durante tres minutos, en una sala de baile privada.

La noche que envuelve

Hay un verso de la canción que me parece muy delicado: «la noche nos envuelve». No dice que la noche nos atrapa ni que nos esconde. Dice que nos envuelve, como una manta, como un abrazo.

Para mucha gente, la noche ha sido históricamente el tiempo de la libertad. De día había que fingir, que cumplir con lo que se esperaba. De noche, en cambio, se abría otro mundo con otras reglas. Las pistas son el corazón de ese mundo nocturno, el lugar donde la noche envuelve en lugar de amenazar.

El vídeo de «Barcelona» respeta esa idea. Casi todo ocurre de madrugada, con cielos morados, luces de neón y humo. Incluso las escenas de atardecer tienen ese aire de transición, de momento en que la ciudad cambia de piel y se prepara para bailar.

Otras pistas del planeta

«Barcelona» no es la única canción de Mike Sain't Louis pensada para moverse. En «Flow / We Glow» el movimiento nace de la calma y del mar, de dejarse llevar sin prisa, y «Light It Up» ya pide desde el título que alguien encienda la noche. Cada una abre su propia pista dentro del planeta, con sus luces y su ritmo.

Lo bonito de tener varias es que permiten elegir según el día. Hay noches de bombillas cálidas y noches de láseres. Hay días en que apetece bailar en grupo y otros en que solo se puede bailar a solas, con la persiana bajada. Todas cuentan.

Dónde bailar esta canción

El videoclip completo, con la terraza, la bóveda, la nave y el salto en la arena, se puede ver en su página de esta web. Si prefieres escucharla en cualquier momento, «Barcelona» está en Spotify. Y si quieres seguir saltando de pista en pista, todas las canciones y todos los videoclips del planeta están a un clic.

Llevártela a casa no cuesta nada. Puedes descargarla en la tienda de gayfolkplanet.com o en la sección de descargas de mikesaintlouis.com, sin pago y sin tener que registrarte. Para medios y periodistas, la sala de prensa reúne fotos, biografía y contacto.

La última canción de la noche

Termino en la terraza de las bombillas, que es donde empezó todo. Imagino que ya es muy tarde. Las guirnaldas siguen encendidas, pero el cielo empieza a clarear por el borde. Queda poca gente. Alguien recoge vasos. Alguien más se resiste a irse y sigue moviéndose, despacio, con los ojos cerrados.

Esa persona que no quiere que termine la canción es la que la letra tiene en mente cuando dice «let's not let it end». No dejemos que acabe. Y aunque toda noche acaba, algo se queda. El cuerpo recuerda que fue capaz de bailar. Que hubo un sitio, aunque fuera por unas horas, donde no hizo falta encogerse.

Eso son las pistas de Planeta Gayfolk: una terraza con guirnaldas, una bóveda de piedra, una nave de láseres, un salto en la arena. Lugares donde por fin se puede respirar, y a los que siempre se puede volver poniendo una canción.

Preguntas frecuentes

¿Qué pistas de baile aparecen en el videoclip de «Barcelona»?

Una terraza con guirnaldas de bombillas naranjas, una azotea donde un grupo mira la ciudad de noche, un paseo junto al mar envuelto en humo, una bóveda de piedra donde la gente baila con los brazos en alto, una nave enorme cruzada por láseres y una playa donde una silueta salta entre humo rosa.

¿De qué habla la letra de «Barcelona»?

De una noche de baile en la ciudad. Mezcla inglés y español: luces de madrugada, un ritmo que atrae como un imán, alguien que pide «acércate a mí», manos en la cintura, pasos en la arena y una frase que lo resume todo: «nos liberamos».

¿Por qué hablar de pistas de baile a partir de esta canción?

Porque el vídeo convierte cualquier sitio en una pista: un tejado, un paseo, una sala antigua. Y porque para muchas personas LGTBI la pista ha sido uno de los primeros lugares donde se podía ser quien se es sin pedir permiso.

¿Dónde se puede escuchar y descargar «Barcelona»?

Tiene ficha propia en gayfolkplanet.com, está en Spotify y el videoclip se puede ver en la web. La descarga es gratuita desde la tienda de gayfolkplanet.com y desde mikesaintlouis.com/descargas.

¿Qué hago si me da miedo salir y estar entre gente?

Ese miedo puede tener que ver con la ansiedad o la fobia social, y tiene tratamiento. Coméntalo con tu médica de cabecera o con alguien de confianza. Si te vienen pensamientos de quitarte la vida, en España el 024 atiende gratis y a cualquier hora. En una emergencia, el 112.

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