Relaciones tóxicas
Reglamento del mordisco: «Vampiro emocional» y la vieja costumbre queer de dormir con el monstruo
Por Mike Sain't Louis ·

Fondo rojo. Un cuello rojo. Un chico con los ojos cerrados y la cabeza ladeada, como quien se deja hacer, y detrás de él otro que le hunde los dientes justo debajo de la mandíbula. Una gota de sangre que baja despacio hacia el pecho, donde hay tatuado un corazón con alas. Esa es la portada de «Vampiro emocional», tal y como la describe su autor, y el planeta no sabe si mirarla con miedo o con ganas. Que es exactamente lo que pasa con los vampiros desde que existen.
La canción pertenece a «El día de la liberación», y su ficha la fecha el 12 de junio de 2026. Su letra todavía figura como «próximamente» en la sección de letras, así que el planeta no va a inventarse ni un verso. Lo que sí puede hacer es lo que hace siempre con los monstruos: abrir el armario, sacar los libros viejos y repasar el reglamento. Porque los vampiros, por suerte, vienen con instrucciones. Llevan siglos con las mismas normas. Y las normas, aplicadas a la vida sentimental, funcionan sorprendentemente bien.
Una tradición de dormitorio
Antes del reglamento, la genealogía. El vampiro moderno nace con olor a armario.
Mucho antes de que Drácula se pusiera la capa, un escritor irlandés del siglo XIX, Joseph Sheridan Le Fanu, publicó «Carmilla». Es la historia de una joven vampira que visita por las noches a otra joven, se mete en su cama y la va dejando sin fuerzas mientras le susurra cosas que en 1872 no se podían decir en voz alta. La palabra lesbiana no aparece en ninguna página, y no hace falta. Carmilla es, para muchas lectoras, la primera gran novela de terror queer. El monstruo era una chica que quería a otra chica, y el castigo, como siempre, era la estaca.
Veinticinco años después llegó Bram Stoker con «Drácula». Stoker era amigo de los Wilde en Dublín; incluso se casó con Florence Balcombe, a quien Oscar había cortejado. El planeta no va a hacer de la anécdota una teoría, pero tampoco puede evitar sonreír al ver al futuro padre del conde más famoso de la literatura tan cerca de la marica más famosa de su siglo.
Después vino el cine. Nosferatu con sus uñas largas y su sombra en la escalera. Anne Rice y su «Entrevista con el vampiro», donde dos hombres eternos crían juntos a una niña y discuten como un matrimonio de cuarenta años. Y «El ansia», con Catherine Deneuve, David Bowie y Susan Sarandon, que es probablemente la película más elegante jamás rodada sobre gente que se chupa la sangre en un piso de Manhattan con cortinas blancas.
La conclusión de la genealogía es sencilla: el vampiro siempre ha sido un poco nuestro. Seductor, nocturno, de otra especie, perseguido por los del pueblo con antorchas. Las maricas llevamos siglos identificándonos con él. Por eso duele tanto cuando el vampiro no es un personaje con el que te identificas, sino el tío que duerme a tu lado.
Regla primera: solo entra si le invitas
En todas las versiones del mito, el vampiro no puede cruzar el umbral de una casa sin invitación. Se queda en la puerta, encantador, con el sombrero en la mano, hasta que alguien dice «pasa». Después de eso, ya no hay manera de echarle.
El vampiro emocional funciona igual. Nunca entra a la fuerza. Entra porque tú abres. Porque al principio es atento, divertido, tiene conversación, te escribe por la mañana. Y tú dices «pasa», con todas las letras, porque cualquiera lo habría dicho. La invitación es el primer error y no es un error: es lo que hace una persona normal cuando alguien le gusta.
El planeta insiste en esto porque en estas historias siempre aparece el listo de turno a preguntar «¿y cómo le dejaste entrar?». Le dejaste entrar porque llamó a la puerta con buenos modales. Así entran todos. Los que entran dando patadas no son vampiros: son atracadores, y esos se ven venir.
Regla segunda: no se refleja en el espejo
Los vampiros no tienen reflejo. Te pones delante del espejo del recibidor con él al lado y solo te ves a ti. Él no está.
Esta es la regla más exacta de todas. El vampiro emocional tampoco se refleja. Por mucho que lo intentes, en tus recuerdos de la relación solo apareces tú: tú haciendo planes, tú pidiendo perdón, tú esperando, tú explicándote. Él no sale en la foto. Él nunca se equivocó, nunca dijo nada raro, nunca hizo nada que se pueda señalar con el dedo. No hay imagen suya que puedas enseñar a tus amigos para que entiendan. Solo hay la tuya, cada vez más pálida.
En otro rincón del planeta hay un espejo que sí funciona, el del callejón del Gato madrileño, donde los espejos deforman. Pero el del vampiro no deforma: borra. Y no hay nada más inquietante que mirar atrás y no encontrar al otro en ninguna de las escenas.
Regla tercera: se alimenta de noche
El vampiro duerme de día y come de noche. El emocional, también.

No es una metáfora gratuita. Las horas en que más te desgasta una relación así son las de madrugada. Los mensajes de las dos de la mañana que no puedes dejar sin contestar. Las discusiones que empiezan cuando ya estás en la cama. La llamada que no llega y que esperas despierto hasta que el móvil se queda sin batería. El vampiro emocional tiene una intuición extraordinaria para encontrarte cuando estás más cansado, que es cuando menos defensas tienes.
El planeta conoce esas horas. Las ha contado en muchas canciones. Una de ellas, «El castigo más duro», le da la vuelta a la imagen y pone al vampiro en el lugar de quien sufre:
No me salen las palabras / Tienen pinchos y destrozan […] se cree / que soy un vampiro que llora bajo la luz de la luna
Es una inversión preciosa. El que sufre es visto como el monstruo. El que llora bajo la luna es el raro, el exagerado, el que da miedo. Y mientras tanto, el auténtico chupasangre duerme a pierna suelta en su ataúd, descansado, con la conciencia limpia y el cuello del otro marcado.
Regla cuarta: el ajo
Para alejar a un vampiro, ajo. Ristras colgadas en la ventana, dientes en el bolsillo, sopa castellana para cenar. En España, por suerte, el ajo no falta en ninguna cocina.
El planeta ha buscado el equivalente emocional del ajo y ha encontrado varias cosas. Una es la risa. El vampiro emocional odia que te rías, porque la risa es una forma de energía que no puede capturar. Otra es la gente: los amigos que te dicen la verdad, la hermana que te recoge en coche a las tres de la mañana, la compañera de trabajo que se da cuenta de que ya no comes. El vampiro necesita que estés solo para comer tranquilo. Cada amigo es una ristra de ajos.
Y la tercera, la favorita del planeta, es la música. Hay pocas cosas que alejen más a un vampiro que alguien poniendo a todo volumen una canción que habla de él. No soporta verse retratado. Precisamente porque no se refleja en el espejo, le aterra que alguien le haga un retrato.
Regla quinta: la luz del sol
Los vampiros arden al sol. Por eso se esconden, por eso viven con persianas bajadas, por eso desaparecen cuando amanece.
Al vampiro emocional le pasa lo mismo con la verdad. Todo su poder depende de la penumbra: de que no se sepa, de que no se hable, de que nadie compare versiones. Cuando las cosas se dicen en voz alta y a plena luz, se queda sin armas. Hay otro tema del planeta que describe a ese tipo de personaje alimentándose en la oscuridad, «Como en la matanza de Texas», con una línea que el planeta tiene subrayada en rojo:
Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal
Es la descripción más exacta del vampirismo emocional que el planeta conoce. No se alimenta de sangre, se alimenta de esperanza. De tu esperanza en que cambie, en que vuelva a ser como al principio, en que esta vez sí. Y lo que devuelve es sal. Sal en la herida, sal en los ojos, sal en el suelo para que no vuelva a crecer nada.
Lo seco, dicho una vez y sin chiste: si después de cada encuentro tienes menos ganas de vivir que antes, alguien está comiendo.
Regla sexta: la estaca
Y por fin, la estaca. En el corazón, de madera, con un martillo. Es la escena final de todas las películas, la del cazavampiros sudando en la cripta mientras fuera ruge la tormenta.
El planeta, que es pacifista y además tiene la manicura recién hecha, propone una estaca menos aparatosa. Cerrar la puerta. No volver a invitar. Bloquear. No contestar al mensaje de las dos de la mañana. La estaca emocional no se clava: se retira. Se le quita al vampiro el acceso a la casa, y sin acceso se muere de hambre él solito.
Lo difícil, como saben todos los cazavampiros de las novelas, no es clavar la estaca. Es atreverse a bajar a la cripta. Es mirar el ataúd y aceptar que lo que hay dentro no es la persona que conociste, sino otra cosa. Por eso el planeta también tiene su «Ataúd de neón»: porque hay funerales que hay que hacer con luz rosa, para que la cripta no dé tanto miedo.
Regla séptima: no envejece
Hay una regla que casi nadie recuerda y que al planeta le parece la más cruel. Los vampiros no envejecen. Pasan los años, pasan las décadas, y ellos siguen igual: la misma cara, la misma ropa, el mismo encanto de la primera noche. Los que envejecen son los demás. Las víctimas, las amantes, los criados. Todos se arrugan alrededor del vampiro mientras él sigue intacto, como una foto de Instagram con filtro.

En las relaciones con un vampiro emocional pasa algo parecido, y cualquiera que haya salido de una lo sabe. Al final, el que parece mayor eres tú. Tú tienes las ojeras, el pelo más blanco, la espalda cargada. Él aparece en las fotos de la siguiente temporada fresco como una lechuga, con un novio nuevo y una sonrisa de anuncio de dentífrico. Ni una marca. Ni una cana. Como si los años que pasasteis juntos solo hubieran corrido para uno de los dos.
El planeta tiene una explicación de barra para eso, y no es científica: el que se alimenta, engorda; el que alimenta, adelgaza. No hace falta ser forense para leer la diferencia en las caras. Basta con mirar las fotos del antes y el después y ver quién ha pagado la factura.
Lo bueno de esta regla es que también tiene su reverso. Cuando por fin te alejas del vampiro, el tiempo vuelve a correr a tu favor. Recuperas el color. Duermes. Comes. Te vuelven a crecer las ganas de salir un jueves. Y un día te miras en el espejo del ascensor y te ves más joven que hace dos años. Es la única máquina del tiempo que funciona de verdad: dejar de ser la cena de alguien.
Regla octava: cambia de forma
En las novelas, el vampiro puede convertirse en murciélago, en lobo, en niebla que se cuela por debajo de la puerta. Nunca sabes con qué cara va a aparecer la próxima vez.
El emocional también cambia de forma, y lo hace con una habilidad que ya quisiera cualquier actriz de telenovela. Por la mañana es el novio perfecto que te trae el café a la cama. A mediodía es la víctima que te cuenta lo mal que le trata su jefe. Por la tarde es el juez que te reprocha algo que dijiste hace tres semanas. Por la noche vuelve a ser el amante tierno que te jura que no puede vivir sin ti. Cuatro criaturas distintas en un solo día, y todas comen del mismo plato: el tuyo.
Lo agotador no es cada una de esas formas por separado. Es no saber cuál te va a tocar. Vivir con el radar encendido, intentando adivinar si al abrir la puerta te espera el murciélago o la niebla. Eso, mantenido durante meses, deja a cualquiera sin energía aunque nadie le haya tocado un pelo. El mordisco, a veces, es solo la incertidumbre.
El planeta tiene un truco para estos casos, aprendido en muchas noches de discoteca: fijarse en lo que no cambia. El vampiro cambia de forma, pero no de apetito. Da igual con qué cara aparezca; al final de la escena, siempre hay alguien más cansado que al principio. Y nunca es él.
Los del pueblo con antorchas
Hay un personaje que siempre aparece en las películas de vampiros y que el planeta mira con desconfianza: la turba del pueblo. Los aldeanos con antorchas y horcas que suben al castillo a acabar con el monstruo. En las versiones clásicas son los buenos. En las versiones queer, casi nunca.
Porque la historia de las maricas está llena de antorchas. A lo largo de los siglos, la turba ha subido muchas veces al castillo, y casi nunca iba a por un vampiro de verdad. Iba a por el raro. Al que vivía solo, al que no se casaba, al que salía de noche, al que tenía amigos que no eran del pueblo. Al que, visto desde la plaza, parecía un monstruo porque no se parecía a ellos.
Por eso el planeta tiene cuidado al usar la palabra vampiro. No para señalar a quien es diferente, que eso ya lo hizo el pueblo durante siglos, sino para nombrar un comportamiento: el de quien se alimenta de otro hasta dejarlo seco. No importa si es hetero o marica, guapo o feo, de Chueca o de Valladolid. Lo que hace vampiro a alguien no es lo que es. Es lo que hace con tu cuello.
Esa distinción es la que separa un reglamento de una caza de brujas. Y la canción, con su portada erótica y su título de manual de autoayuda, se mueve justo en esa frontera: reconoce el deseo y reconoce el daño. No quema el castillo entero. Solo cierra una ventana.
El mordisco que gusta
Hay un problema en todo esto, y el planeta no lo va a esconder. La portada de «Vampiro emocional» no es una escena de terror. Es una escena erótica. El chico mordido tiene los ojos cerrados, la cabeza ladeada, y no parece estar sufriendo precisamente. El propio autor lo resume así en su ficha: te gusta hasta que te das cuenta de que te está dejando seco.

Ahí está la trampa de todos los vampiros, desde Carmilla hasta el último ligue de Grindr. El mordisco gusta. Al principio, mucho. La atención total, la intensidad, la sensación de que alguien te necesita de verdad, de que eres imprescindible, de que sin ti se muere. Nadie se deja morder por alguien que le da asco. Uno se deja morder por alguien que le hace sentir el centro del universo.
Y luego viene la anemia. Poco a poco, sin un momento concreto en el que puedas decir «aquí empezó». Un día te das cuenta de que estás pálido, de que no tienes ganas de ver a nadie, de que tu vida gira alrededor de las necesidades de otro, y de que esas necesidades no se acaban nunca. Los vampiros no se sacian. Esa es su condición. Siempre tienen sed.
El planeta, que ha visto muchas películas de terror y ha vivido unas cuantas, aplaude que la portada no esconda esa contradicción. Es más fácil hacer canciones sobre monstruos feos. Lo difícil es reconocer que el monstruo era guapo, olía bien y mordía de maravilla.
La autoparodia de rigor
Que conste que el planeta tampoco es inocente. Aquí también se ha chupado alguna sangre. Atención de los amigos a las cuatro de la mañana para contar el mismo drama por quinta vez. Audios de seis minutos sobre el ex mandados a gente que tenía su propia vida. Todos tenemos algo de vampiro en las malas temporadas. La diferencia, piensa el planeta, es que los vampiros de verdad no se preguntan nunca si están mordiendo demasiado. Si te lo estás preguntando ahora mismo mientras lees esto, enhorabuena: no eres uno. Como mucho eres un murciélago con ansiedad.
Videoclip y apuntes finales
La canción tiene videoclip oficial, de casi cuatro minutos, y está en Spotify. El planeta recomienda escucharla con las persianas abiertas, por si acaso.
El autor es Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que escribe sus letras sin IA y hace la música y las voces con herramientas como Suno. Todo eso, con sus créditos, está en la sala de prensa. Y si alguien quiere seguir por el pasillo de los monstruos, en el rincón camp del planeta hay sitio para todos: vampiros, cadáveres, máscaras de Saw y casas con mil muertos, siempre con purpurina.
La invitación que no se repite
Al final del reglamento, todas las novelas de vampiros terminan igual: con alguien que sobrevive y se queda marcado. Una cicatriz pequeña en el cuello, dos puntitos que solo se ven de cerca. Un recuerdo que vuelve las noches de luna llena.
El planeta cree que esa cicatriz no hay que esconderla. Que se puede llevar con orgullo, como el corazón con alas que lleva tatuado el chico de la portada. Es la prueba de que alguien bajó a la cripta y salió vivo.
Hay quien prefiere esconderla con un pañuelo, como las heroínas de las películas de la Hammer, que se pasaban media película con un fular anudado al cuello para que el doctor no viera los dos puntitos. El planeta entiende el pudor, pero no lo comparte. Las marcas que se esconden siguen doliendo por dentro. Las que se enseñan, a la tercera vez que alguien pregunta, ya se cuentan con gracia.
Y la próxima vez que llamen a la puerta a medianoche, con buenos modales y el sombrero en la mano, el planeta ya sabe qué hacer. Abrir la ventana para que entre el sol.
Y no decir «pasa».
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Vampiro emocional»?
De esa persona que se alimenta de tu energía, de tu atención, de tu tiempo y de tus ganas, hasta dejarte seco. La portada lo lleva al terreno literal: un chico con los ojos cerrados y otro que le clava los dientes bajo la mandíbula, sobre fondo rojo.
¿Está publicada la letra?
Todavía no. En la sección de letras del planeta figura como «próximamente». Por eso este post no cita versos de esta canción y se apoya en otras letras publicadas del autor que usan imágenes de vampiros y de terror.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», uno de los álbumes de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 12 de junio de 2026 y tiene videoclip oficial.
¿Quién la ha escrito?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Escribe las letras sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.