Camp español
Menú degustación con chaquetilla manchada: «Veneno» servido en siete platos
Por Mike Sain't Louis ·

La cocina está limpia. Eso es lo primero que asusta.
Ollas de acero que brillan como si nadie las hubiera usado nunca, campanas extractoras, esa luz amarilla de restaurante media hora antes de abrir, cuando todavía no ha llegado el primer cliente y el jefe de sala repasa las copas contra la lámpara. Todo en su sitio. Todo en orden. Y en mitad del orden, un señor con gorro alto y chaquetilla blanca, abotonada hasta arriba con botones negros, salpicado de rojo de la solapa al cuello. Mira a cámara con la calma de quien acaba de terminar el servicio y sabe que ha salido bien.
Encima, en letras rojas: «Veneno».
Uno podría pensar que es tomate. Una salsa que se ha escapado, un sofrito con carácter, un gazpacho rebelde. Uno podría pensar muchas cosas. El planeta prefiere no pensar y pedir la carta.
Porque la letra de esta canción todavía no está publicada (en su página de letras pone «próximamente», y aquí no inventamos versos ajenos ni aunque nos paguen en jamón), así que lo que hay sobre la mesa es esto: un título que muerde, una portada de thriller culinario, un vídeo cortito y una dedicatoria. Con eso se puede montar un menú entero. Siete pases. Sin alergias declaradas. Usted se sienta, se pone la servilleta y no pregunta qué lleva el caldo.
Aperitivo: una dedicatoria de dos palabras y una serpiente
El 18 de octubre, a la una de la tarde, el diario del planeta colgó el vídeo de «Veneno» con una frase de esas que no necesitan nota a pie: «Para La Veneno, siempre». Detrás, una serpiente y una corona en emoji, que en el idioma de las redes es como poner una vela delante de una estampita.
Y ya está. No hace falta más para que cualquiera que haya crecido en este país con la tele encendida sepa de quién hablamos.
Cristina Ortiz Rodríguez, La Veneno, nació en Adra, en Almería, y acabó siendo una de las caras más reconocibles de la televisión de los noventa. La descubrió el público en 1996, en «Esta noche cruzamos el Mississippi», el programa nocturno de Pepe Navarro en Telecinco, cuando la fueron a buscar al Parque del Oeste de Madrid, donde trabajaba. Salió a plató y el plató ya no fue el mismo. Murió en Madrid en noviembre de 2016. Ese mismo año la periodista Valeria Vegas publicó sus memorias, «¡Digo! Ni puta ni santa», y en 2020 Los Javis estrenaron la serie «Veneno», que la devolvió al centro del salón de todas las casas, esta vez con la dignidad que la tele de los noventa no supo darle.
Eso es lo que hay de hechos. El resto es cariño.
En el planeta La Veneno no es una invitada de paso. Ya apareció en «Kaaa Miga», donde su frase más famosa se cita entre comillas y con todo el respeto que merece una sentencia del Tribunal Supremo de la pluma. Y en el diario se habló de lo que hicieron Los Javis con la cultura queer española. Así que cuando una canción del catálogo se titula «Veneno» y su vídeo lleva esa dedicatoria, no hay casualidad posible. Hay una vela encendida.
Lo curioso es que la portada no la muestra a ella. Muestra a un cocinero. Y ahí empieza la carta.
Primer plato: la manzana
Todo menú de veneno que se precie empieza por la fruta.
- Walt Disney estrena «Blancanieves y los siete enanitos», y una generación entera de niños aprende que la amenaza más grande del mundo no es el lobo ni el ogro: es una señora mayor con una cesta que te ofrece algo rico. La madrastra se disfraza de abuelita, moja la manzana en un caldero, la deja roja y reluciente como un pintalabios de Mercadona, y la princesa, que vive con siete hombres y les limpia la casa sin cobrar, le da un bocado. Se cae redonda. Fin del primer acto.
Lo que nos enseñaron de pequeños, aunque nadie lo dijera así, es que el veneno siempre llega envuelto en un favor. Nunca viene con calavera en la etiqueta. Viene con un «toma, cariño, que te he traído esto».
Si alguna vez has recibido un táper de alguien que te odia, sabes de qué hablo. El arroz estaba buenísimo. Eso es lo peor.
La portada de «Veneno» juega exactamente a eso. El chef no tiene cara de malo. Tiene cara de profesional. Es el tipo al que le darías las gracias al final de la cena, al que mandarías un chupito de orujo a la cocina. La chaquetilla, abotonada con esmero, es la cesta de la madrastra. Las manchas rojas, lo único que no ha conseguido esconder.
Segundo plato: el vino de saúco de las tías
Si la manzana es el veneno de los cuentos, el vino de saúco es el veneno con pluma.

En 1944 Frank Capra estrenó «Arsénico por compasión», con Cary Grant poniendo caras de no entender nada durante dos horas. La historia es humor negro de manual de instrucciones: dos tías solteronas de Brooklyn, dulces, con cofia y galletas, que tienen la costumbre de invitar a señores mayores y solitarios a una copita de vino de saúco aliñado con arsénico, estricnina y una pizca de cianuro. Por compasión, dicen. Para que no sufran la soledad. Luego el sobrino loco los entierra en el sótano creyendo que cava el canal de Panamá.
Esa película tiene todo lo que el planeta adora: señoras con encaje que matan con educación, una casa que parece de muñecas y esconde un cementerio, y una lógica tan retorcida que acaba pareciendo sensata. Es camp antes de que el camp tuviera nombre en las revistas.
Y tiene, sobre todo, una idea que la portada de «Veneno» hace suya: el que envenena es quien te cuida. Las tías te sirven la copa. El chef te cocina. La madrastra te trae fruta. Nadie envenena a distancia: el veneno es la traición más doméstica que existe, la que solo puede hacerte alguien que sabe cómo te gusta el café.
¿Y quién sabe cómo te gusta el café? Tu ex. Tu madre. Tu compañero de piso. Tu mejor amiga. El que te tiene en favoritos.
Esa es la carta.
Tercer plato: setas del monte, que son ecológicas
Un paréntesis de temporada, porque estamos en otoño y en cualquier pueblo de Castilla ya hay un señor con cesta de mimbre y navaja subiendo al pinar.
La Amanita phalloides, la oronja verde, es la seta más venenosa que puedes encontrar en un bosque español. No sabe mal. No huele mal. No tiene pinta de mala. Y para cuando te das cuenta, el hígado ya ha firmado el finiquito. Los micólogos lo repiten cada otoño en las noticias, con el mismo tono de profesor de autoescuela cansado: no cojas lo que no conoces.
Lo traigo aquí porque es la versión vegetal de todos los hombres que han pasado por las canciones de este planeta. El buen chico del barrio de «Quien miente y jura», el novio perfecto que se presenta con flores y con referencias. Ecológico. De proximidad. Sin conservantes. Y luego resulta que sí, que tenía conservantes, colorantes y hasta un ex marido en Lanzarote.
Moraleja micológica, y es la única que vas a leer aquí: en el monte y en Grindr, si no lo conoces, no te lo metas en la boca.
Fuera de carta: el anillo con trampilla
Antes del siguiente pase, el camarero se acerca y susurra que hay un plato que no viene en el menú. Es de otra época y tiene más leyenda que receta.
Lucrecia Borgia. Roma, finales del siglo XV. Durante quinientos años se ha contado que llevaba un anillo con una tapita, que lo abría sobre la copa del invitado incómodo y que la cena terminaba con un muerto más y un brindis menos. Los historiadores llevan siglos diciendo que casi todo eso es bulo, propaganda de los enemigos de su familia, chismorreo de corte con más mala baba que documentos. Da igual. Donizetti le dedicó una ópera en 1833, Victor Hugo un drama, y el anillo con trampilla se quedó en el imaginario como el bolso de mano de la envenenadora elegante.
Fíjate en la jugada: a una mujer con poder se le cuelga el veneno como se le cuelga un apodo. No hace falta probarlo. Basta con repetirlo en cada sobremesa durante cinco siglos.
Al planeta esto le suena. A muchas locas les han puesto el sambenito de «venenosa» por tener la lengua rápida, del mismo modo que a muchas señoras las llamaron brujas por saber de hierbas. Cristina Ortiz, en cambio, cogió su apodo y se lo puso como quien se pone una corona.
Y el anillo, el de verdad, el que llevan las manos del chef de la portada, no lo vemos. Pero lo imaginamos.
Cuarto plato: la lengua
Hay un veneno que no se sirve en plato porque ya viene dentro de la boca.

En castellano decimos «lengua viperina», «mala baba», «tiene la lengua muy larga», «escupe veneno». Decimos de alguien que «suelta veneno» cuando habla y que «tiene un veneno» cuando es gracioso de una forma que duele. La serpiente del emoji de la dedicatoria no es casual. La serpiente es el animal que convierte la saliva en arma.
Y aquí el planeta tiene que reconocer algo incómodo: le encanta ese veneno.
Todo el catálogo de Mike Sain't Louis está hecho, en buena parte, de lengua afilada. Insultos con código postal, apodos de mercadillo, cartas de recomendación que en realidad son partes de lesiones. Eso también es veneno. Veneno con gracia, veneno de barra de bar a las tres de la mañana, veneno de vecina que se asoma al patio de luces. La tradición marica española lo ha practicado siempre como deporte de supervivencia: si te van a insultar por la calle, mejor tener la réplica más rápida que el insulto.
La Veneno era maestra en eso. Sus frases en plató no eran guion: eran defensa propia con purpurina. Le hacían una pregunta con mala intención y devolvía la pelota con efecto, con acento de Almería y con una seguridad que ya quisieran muchos ministros.
Hay un veneno que mata y hay un veneno que te salva la noche.
El problema es que, desde fuera, se parecen mucho.
Quinto plato: la chaquetilla, de cerca
Volvamos a la portada, que es lo único que tenemos de verdad, y mirémosla como se mira un plato en un concurso de la tele: de cerca, con lupa, buscando el fallo.
La chaquetilla de chef es una prenda muy seria. Doble botonadura para poder darle la vuelta si se mancha delante de un cliente. Tela gruesa para aguantar salpicaduras de aceite. Blanco, siempre blanco, para que se vea que eres limpio. Es un uniforme pensado para demostrar que nada se ha ensuciado. Por eso la mancha roja sobre ella grita tanto. Es como un vestido de novia con barro: el color del tejido está ahí precisamente para delatar.
Y luego está el gorro, la toque, ese cilindro blanco y alto que en las cocinas clásicas francesas indicaba rango. Cuanto más alto, más mandas. El cocinero de «Veneno» lleva un gorro de jefe. No es el pinche que ha tenido un accidente con la remolacha. Es el que decide qué se sirve y a quién.
La mirada, tranquila. Ni culpa ni prisa. Esa tranquilidad es lo que da escalofríos, porque es la misma que tienen los villanos que se saben impunes. Los del cine y los de la vida. Los de las películas de terror que tanto le gustan al planeta, de «Como en La matanza de Texas» en adelante, donde el monstruo también tiene una cocina, también tiene un delantal y también sirve la cena a su familia.
Hay un detalle que se agradece: la portada no enseña víctima. No hay cuerpo, no hay cliente desplomado sobre el mantel. Solo el chef y sus manchas. El crimen queda fuera de plano, como en las buenas películas de Hitchcock, donde lo terrible siempre está detrás de la puerta.
Lo que se sirve, lo imaginas tú.
Sexto plato: el frasco pequeño
Las abuelas de España repiten aquello de que en el frasco pequeño se guardan las buenas esencias. Y en cualquier sobremesa alguien remata: «y el veneno».
La canción «Veneno» es corta. Su vídeo dura un minuto y cuarenta y cinco segundos, lo que en el planeta es casi un aperitivo, un chupito, un pincho de tortilla de pie en la barra. Hay canciones del catálogo que se toman su tiempo para contar una ruptura con prólogo, nudo, desenlace y créditos. Esta llega, deja el plato y se va.
Eso también dice algo. El veneno no necesita discurso. Una gota. Un comentario. Una mirada en el momento exacto de la cena de Navidad, cuando tu tía pregunta si ya tienes novio y tu primo contesta por ti.
Puedes ver el vídeo aquí y cronometrarlo. Te sobrará tiempo para servirte otra copa. De lo que quieras. Yo de ti la serviría tú mismo.
Café y chupito: «siempre»
Y así llegamos a la sobremesa, que en este país es sagrada y dura más que la comida.

De toda la dedicatoria del diario, la palabra que pesa no es «Veneno». Es «siempre».
«Para La Veneno, siempre». Siempre quiere decir que no es la primera vez y no será la última. Que no es un homenaje de aniversario, de esos que se hacen porque toca y salen en el telediario con una foto en blanco y negro. Es una presencia fija, como la estampita en el salpicadero del coche, como la foto de la Jurado en la nevera de una loca de Lavapiés. La Veneno en este planeta es una de las santas del santoral marica, junto a las folclóricas, las drags de pueblo y las vecinas que nunca preguntaron.
Pensemos un momento en lo que significa que una cocina sea el escenario. Una cocina es donde se alimenta a la familia. Es el sitio de las abuelas, de los guisos de domingo, del cocido de garbanzos que tarda cuatro horas y se come en veinte minutos. Es el sitio de los cuidados. Y es, también, el sitio donde a muchas maricas y a muchas mujeres trans de la generación de La Veneno se les dijo, de una forma o de otra, que en esa mesa no había silla para ellas. Que se fueran. Que la familia era otra cosa.
Ese es el veneno de verdad. No el de la manzana ni el del saúco. El que se sirve en la mesa familiar con el mantel bueno puesto: el silencio, la vergüenza, el «no le digas nada a tu padre». Llega envuelto en cariño, como todos los venenos, y tarda años en hacer efecto.
Y frente a ese, el otro veneno, el de la lengua rápida, el de la réplica, el de «¿y tú quién eres?», que es lo que te queda cuando te han echado de la cocina. Un veneno que no mata a nadie. Que solo te mantiene vivo.
A lo mejor el chef de la portada es eso. Alguien que ha recuperado la cocina. Que se ha puesto el gorro más alto, se ha abotonado la chaquetilla hasta arriba y ha decidido qué se sirve en su mesa a partir de ahora. Las manchas no son de nadie en concreto. Son de toda la gente que le dijo que no sabía cocinar.
O a lo mejor es tomate y yo me estoy montando una película.
Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
La cuenta, por favor
Ya que estamos en un restaurante, toca saber dónde está este plato en la carta del planeta.
«Veneno» forma parte de «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. En la discografía de la web la tienes entre «La primera drag de Benidorm», que ya es un vecindario de lentejuelas y bombillas fundidas, y «Quien miente y jura». Una drag de pueblo a un lado, un mentiroso con referencias al otro, y en medio un chef con salsa roja. El planeta tiene esa forma de ordenar las cosas: como un mercadillo de los domingos, donde el puesto de bragas está al lado del de las especias y nadie protesta.
Como todo el catálogo, «Veneno» es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La letra es suya, escrita a mano y sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Es la forma de trabajar del proyecto desde el principio, y está contada sin trampas en la sección de prensa, donde también están las fichas de la trilogía y las fotos oficiales.
Y como todo el catálogo, se escucha gratis. Está en Spotify, en YouTube y en el resto de plataformas, y en la web se descarga sin registrarse, sin pagar y sin dar el correo. Aquí no hay propina obligatoria.
Recomendación del chef
Si te quedas con hambre, te dejo tres sugerencias para después del café.
La primera: ver la serie de Los Javis, si no la has visto, con una caja de pañuelos al lado. Está hecha con un amor que se nota en cada plano, y el planeta no puede decir mucho más sin ponerse a llorar en público.
La segunda: ver «Arsénico por compasión» un domingo por la tarde, con la manta y con alguien que no la conozca. Mirarle la cara cuando entienda qué llevan las copitas. Ese momento vale la entrada.
La tercera: escuchar «Veneno» sin saber qué dice, que es como está ahora mismo el mundo entero, porque la letra todavía no se ha publicado. Escucharla como se prueba un plato nuevo, sin leer la descripción en la carta. Dejar que te sorprenda. Cuando la letra salga, la leeremos juntos, y entonces sabremos si el chef se ha cargado a alguien o si simplemente le ha salido el tomate con mucha alegría.
Mientras tanto, la recomendación de la casa es la de siempre en este planeta, y la ponemos aquí con su punto de pimienta: come donde te quieran, bebe con quien te mire a los ojos y, si alguien te trae una manzana muy roja con una sonrisa muy grande, dile que gracias, que estás a dieta.
Para La Veneno, siempre.
Y para quien la cocinó mal: buen provecho.
Preguntas frecuentes
¿Está publicada la letra de «Veneno»?
Todavía no. En gayfolkplanet.com/letras/veneno figura como «próximamente». Por eso esta crónica no cita versos de la canción: habla de su portada, de su título y del vídeo corto que el diario publicó con la dedicatoria «Para La Veneno, siempre».
¿En qué disco está «Veneno»?
Forma parte de «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Qué se ve en la portada de «Veneno»?
Una cocina industrial impecable y un chef con gorro alto y chaquetilla blanca de botones negros, salpicada de rojo, que mira a cámara muy tranquilo. El título va encima en letras rojas.
¿Quién hace «Veneno»?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde se puede escuchar?
En Spotify, en YouTube y en el resto de plataformas. En gayfolkplanet.com, como todo el catálogo, se descarga gratis.