Cultura queer
Venezuela y Pakistán LGTBI: del artículo 565 a la ley trans de 2018, y la cara partida en dos
Por Mike Sain't Louis ·

Hay títulos que funcionan como un mapa. «Mitad Venezuela, mitad Pakistán», del primer álbum del planeta, junta en cinco palabras dos países que no comparten frontera, ni idioma, ni océano, ni casi nada. Uno está en el Caribe, con telenovelas, arepas y salsa. El otro está en el sur de Asia, con el Indo, el urdu y el críquet. La portada lo resuelve partiendo una cara por la mitad: un lado azul eléctrico, el otro rosa chicle, unas alas negras detrás y una barra de grafiti en el título.
La letra de la canción todavía no se ha publicado, así que este artículo no va a citarla ni a imaginarla. Lo que sí hace es aprovechar la excusa del título para mirar con calma algo que casi nunca se cuenta en España: cómo ha sido, y cómo es, la vida de las personas LGTBI en esos dos países. Las dos historias tienen tribunales, leyes que llegan y leyes que se tumban, comunidades que se organizan sin esperar permiso y diásporas que hoy viven en barrios de Madrid y Barcelona. Puestas una al lado de la otra, se parecen mucho más de lo que sugiere el atlas.
Una cara que no cabe en una casilla
Antes de los datos, la imagen. La portada de la canción no muestra dos banderas ni dos paisajes. Muestra una sola cara, cortada en dos colores. Es una manera muy gráfica de decir que una persona puede ser dos cosas a la vez sin que ninguna de las dos le sobre. El diario del planeta ya la leyó como un pasaporte imposible en su carta desde Mitad Venezuela, mitad Pakistán, y volvió a ella en una bitácora que la miraba desde otro ángulo.
Aquí la usamos como lente. Mucha gente LGTBI conoce bien esa sensación de tener la cara partida: una mitad para casa y otra para la calle, una para el pueblo y otra para la ciudad, una para el idioma de los padres y otra para el idioma de los amigos. Y mucha gente migrante la conoce también, por partida doble. Cuando las dos cosas coinciden, la cara se parte en más trozos todavía.
El videoclip de la canción, del que sale el fotograma de la portada de este artículo, tampoco ayuda a ordenar las piezas: hay un hombre de traje agachado en mitad de una calle vacía, con las manos en la cara, y despachos de cristal con rascacielos al fondo. Es un mundo de oficinas y aceras donde alguien, de repente, no puede más. No hace falta saber qué le pasa para reconocer el gesto.
Venezuela: un código militar de otro siglo
Empecemos por el Caribe. Durante décadas, el Código Orgánico de Justicia Militar de Venezuela castigó con prisión de uno a tres años y con la expulsión de las Fuerzas Armadas al militar que cometiera «actos sexuales contra natura». La expresión no se definía en ninguna parte. No hacía falta: todo el mundo entendía a quién iba dirigida.
La norma sobrevivió a varios cambios de época. Incluso se mantuvo cuando el código se volvió a publicar en la Gaceta Oficial en septiembre de 2021. Organizaciones de derechos humanos de dentro y de fuera del país llevaban años señalándola como uno de los ejemplos más claros de discriminación por orientación sexual que seguían vigentes en el continente.
El 16 de marzo de 2023, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia la anuló. Lo hizo a petición del Defensor del Pueblo y con una argumentación muy técnica: la norma no definía la conducta que castigaba, lo que choca con los principios de legalidad y taxatividad penal, y su aplicación no era compatible con la Constitución ni con los tratados internacionales de derechos humanos firmados por el país. La sentencia tuvo efectos retroactivos, es decir, favorecía también a quien hubiera sido condenado antes.
El propio tribunal insistió en que la decisión no debía «sacarse de contexto». Fue una victoria real, pero estrecha: eliminó un artículo y no tocó nada más. Venezuela sigue sin reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo, sin uniones civiles y sin una ley de identidad de género que permita a las personas trans cambiar su nombre y su sexo en los documentos de forma sencilla.
Tamara Adrián, una diputada en la Asamblea
En diciembre de 2015, la abogada y profesora universitaria Tamara Adrián fue elegida diputada a la Asamblea Nacional de Venezuela. Era la primera vez que una mujer trans llegaba al parlamento venezolano, y fue noticia en toda América Latina. Durante años había defendido causas de derechos humanos y de diversidad sexual desde la universidad y desde organizaciones civiles.

Su caso dejó una paradoja que explica bien la situación del país. Adrián se sentó en el escaño con su nombre de mujer, pero sus documentos oficiales seguían mostrando el nombre que le asignaron al nacer, porque no existía un procedimiento para cambiarlo. La diputada que tenía que legislar no podía tener un carné que la nombrara como ella se nombraba.
Esa contradicción es la cara partida de la portada convertida en trámite. Una mitad, la que se ve en público, en el hemiciclo y en las entrevistas. Otra mitad, la que exigen el registro civil y la ventanilla. Muchas personas trans de todo el mundo han vivido esa misma división en algún momento, aunque no lleguen nunca a un parlamento.
La noche de Valencia
La visibilidad política convive en Venezuela con episodios que van en dirección contraria. En julio de 2023, la policía irrumpió en un local frecuentado por hombres gais en la ciudad de Valencia, en el estado de Carabobo, y detuvo a una treintena de personas. Varias de ellas fueron acusadas de delitos como ultraje al pudor, y sus nombres y fotografías circularon por redes sociales antes de que ningún juez se pronunciara.
Las detenciones provocaron protestas de organizaciones LGTBI venezolanas e internacionales, que denunciaron la exposición pública de los detenidos y el uso de normas vagas contra un grupo concreto. Con el paso de los días, los detenidos fueron quedando en libertad, pero el daño de ver tu cara circulando en un chat de grupo no se arregla con una resolución judicial.
En el planeta, la exposición pública y el chisme son temas que vuelven una y otra vez, normalmente en clave de humor. En la vida real, cuando el chisme lo hace la policía, deja de tener gracia.
Una comunidad que se organiza en la calle
A pesar de todo, Venezuela tiene una escena LGTBI activa desde hace décadas. Caracas celebra marchas del orgullo desde principios de este siglo, con carrozas, pancartas y familias que se suman cada año. Hay colectivos de lesbianas, de hombres trans, de personas que viven con VIH y de juventudes que han sostenido campañas, talleres y redes de apoyo en un contexto económico muy duro.
El cine venezolano, además, ha puesto en pantalla historias queer con premios internacionales: películas sobre un fotógrafo de Caracas que se queda a cargo de su hijo adolescente, sobre un niño que quiere alisarse el pelo para una foto escolar o sobre un hombre maduro y un chaval de la calle. Son obras que se han visto en festivales de medio mundo y que demuestran que la conversación sobre identidad y deseo lleva tiempo abierta en el país, aunque las leyes vayan por detrás.
Pakistán: la sección 377 de 1860
Crucemos al otro lado del título. En Pakistán, las relaciones sexuales entre hombres siguen siendo delito según la sección 377 del Código Penal, un artículo que no nació allí. Lo redactaron las autoridades coloniales británicas en 1860 para el Código Penal de la India, y de ahí pasó a buena parte de los territorios que el Imperio gobernaba en Asia y en África.
Cuando Pakistán se independizó en 1947, heredó ese código. Décadas después, en 2018, el Tribunal Supremo de la India anuló la parte de la sección 377 que castigaba las relaciones consentidas entre adultos. Pakistán no ha seguido ese camino: allí el artículo sigue vigente, y a él se suman otras normas de origen religioso.
Es curioso cómo una misma ley, escrita por funcionarios de otro continente hace más de siglo y medio, ha marcado la vida de millones de personas a ambos lados de una frontera que ni siquiera existía cuando se redactó. Una cara partida también puede ser un mapa partido.
Las khawaja sira, una tradición propia
Pero la historia queer de Pakistán no empieza ni termina en el código penal. El país tiene una comunidad con una tradición muy antigua: las khawaja sira, el nombre con el que se conoce a personas trans e intersexuales que viven organizadas en casas, cada una con una guru que hace de maestra, madre y jefa, y un grupo de discípulas, llamadas chelas.
Esta forma de familia elegida existe en el sur de Asia desde hace siglos. Las khawaja sira han tenido un lugar reconocido en bodas, nacimientos y celebraciones, donde se las invitaba a bailar y a dar bendiciones. Al mismo tiempo, ese reconocimiento ritual ha convivido con la pobreza, la exclusión del empleo y la violencia. Muchas de ellas se han ganado la vida pidiendo dinero en los semáforos, bailando en fiestas o en el trabajo sexual.
La idea de una casa donde una maestra acoge a quienes su familia de sangre ha echado recuerda mucho a las casas de la escena del baile de Nueva York, con sus madres y sus hijas. Son tradiciones que no tienen nada que ver entre sí y que, sin embargo, inventaron la misma solución para el mismo problema: si tu familia te rechaza, construyes otra.
Del Supremo de 2009 al documento de identidad
En 2009, el Tribunal Supremo de Pakistán dictó una serie de resoluciones que ordenaban al Estado reconocer a las personas khawaja sira, garantizar sus derechos básicos y permitirles registrarse con una identidad distinta de la de hombre o mujer. En los años siguientes, el documento nacional de identidad empezó a incluir una tercera categoría.

Fue un cambio enorme en un país donde la cédula sirve para casi todo: abrir una cuenta en el banco, votar, comprar una tarjeta de móvil o heredar. Sin esa casilla, muchas personas trans vivían en un limbo administrativo, sin poder demostrar quiénes eran ni acceder a servicios básicos.
El censo de 2017 incluyó por primera vez una categoría para personas trans. La cifra que salió fue muy baja, alrededor de diez mil personas en un país de más de doscientos millones, y las propias organizaciones la consideraron un recuento muy por debajo de la realidad. Aun así, aparecer en el censo tuvo un valor simbólico: el Estado admitía oficialmente que existían.
La ley de 2018 y la presentadora de los informativos
El paso más ambicioso llegó en mayo de 2018, con la Ley de Personas Transgénero (Protección de Derechos). La norma permitía que cada persona registrara su identidad de género según su propia percepción, prohibía la discriminación en el empleo, la educación, la sanidad y el transporte, y reconocía el derecho a heredar. Fue considerada una de las leyes más avanzadas de la región en su momento.
Ese mismo año, Marvia Malik se convirtió en la primera mujer trans que presentaba un informativo en la televisión pakistaní. Su imagen leyendo las noticias, con traje de chaqueta y un estudio de plató a la espalda, dio la vuelta al mundo. Para muchas chicas trans del país, ver a alguien como ellas en un telediario fue algo parecido a lo que supuso en España ver a las primeras personas abiertamente LGTBI en la tele de los noventa.
Las cosas que se ven en la pantalla del salón importan. Lo saben bien quienes crecieron en un pueblo sin referentes, como cuenta el diario cuando habla de crecer queer en un pueblo. Una cara conocida en el televisor puede ser la primera prueba de que otra vida es posible.
Mayo de 2023: la ley se tumba
La ley de 2018 tuvo enemigos desde el primer día. Varios grupos religiosos y políticos la acusaron de abrir la puerta al reconocimiento de las parejas del mismo sexo «con el pretexto» de los derechos trans, y presentaron recursos ante el Tribunal Federal de la Sharía, el órgano que examina si las leyes de Pakistán son compatibles con el islam.
El 19 de mayo de 2023, ese tribunal declaró contrarias al islam varias secciones de la ley: la definición de identidad de género, la definición de persona transgénero, el artículo que reconocía la identidad según la propia percepción y el que regulaba la herencia. En la práctica, eso significaba que la identidad volvía a depender del sexo biológico. La sentencia fue recurrida y la batalla legal sigue abierta.
Igual que en Venezuela con el código militar, la historia no avanza en línea recta. Hay pasos hacia delante, sentencias que los anulan, recursos, protestas y vuelta a empezar. Quien haya seguido de cerca cualquier conquista de derechos sabe que esto es lo normal: lo que se gana un año puede perderse al siguiente, y hay que volver a defenderlo.
Una película en Cannes y un permiso que va y viene
En 2022, «Joyland», del director pakistaní Saim Sadiq, se convirtió en la primera película de Pakistán seleccionada en el Festival de Cannes. Ganó el Premio del Jurado de la sección Una Cierta Mirada y la Palma Queer. Cuenta la historia de un hombre casado de una familia de Lahore que entra a trabajar como bailarín de fondo en un espectáculo y se enamora de la artista trans que lo encabeza.
La película se rodó con actores pakistaníes y en urdu y panyabí. Su estreno en el país fue un culebrón: primero recibió el visto bueno, luego se suspendió a nivel nacional por las quejas de grupos conservadores, y después de una revisión volvió a autorizarse con algunos cortes, aunque la provincia del Punyab mantuvo durante un tiempo su propia prohibición. Al final se estrenó y fue la candidata de Pakistán a los Óscar.
Ese ir y venir de permisos se parece mucho a la historia de la ley de 2018. Una puerta que se abre, se cierra y se vuelve a abrir a medias. Y también se parece al cine venezolano que mencionábamos antes: en los dos casos, la pantalla ha ido más rápido que los tribunales.
Lo que comparten dos países lejanos
Si se ponen las dos historias en paralelo, aparecen varias coincidencias. En los dos países hay normas antiguas, una militar y otra colonial, que castigaban el deseo entre hombres con palabras deliberadamente vagas. En los dos ha habido tribunales que han movido la frontera de lo permitido, unas veces hacia delante y otras hacia atrás. En los dos, las personas trans han conseguido una visibilidad pública enorme, una en un escaño y otra en un plató, mientras sus documentos seguían sin reconocerlas del todo.

Y en los dos hay comunidades que no esperaron a la ley para organizarse. Las casas de las khawaja sira, los colectivos de Caracas, las marchas, los grupos de apoyo. Esa es quizá la coincidencia más importante: la vida LGTBI siempre ha ido por delante de los códigos.
Es lo mismo que pasó en España con los colectivos de los años setenta y ochenta, o en Canarias, con la memoria de Tefía que el planeta contó a partir de «En Canarias no existen las sirenas», o en Corea del Sur, que el planeta ya miró a través de «Toxina coreana». Cada país tiene su calendario, pero el guion se repite.
Barrios de Madrid y Barcelona
La cara partida de la portada también está en España. Venezuela es uno de los países de origen con más solicitudes de protección internacional en nuestro país en los últimos años, y muchas de esas personas viven en Madrid. Hay barrios donde las arepas ya son tan habituales como los churros, y donde los acentos caribeños forman parte del paisaje sonoro del metro.
La comunidad pakistaní, por su parte, está muy asentada en Barcelona, sobre todo en el Raval, con comercios, mezquitas, asociaciones y equipos de críquet que juegan los fines de semana. Entre unos y otros, España se ha llenado de personas que viven exactamente lo que dice el título: una mitad de aquí y otra de allí.
Dentro de esas comunidades hay, claro, personas LGTBI. Algunas vinieron precisamente para poder vivir sin esconderse. Otras se encuentran aquí con una situación doble: la libertad legal que da el país de acogida y el miedo a que su familia o su comunidad de origen se enteren. Es la cara partida en su versión más literal.
El asilo por orientación sexual en España
La legislación española reconoce esa realidad. La Ley 12/2009, reguladora del derecho de asilo, incluye expresamente la persecución por orientación sexual o identidad de género entre los motivos que pueden dar lugar a la protección internacional. Quien huye de un país donde su forma de amar o de vivir su cuerpo es delito puede pedir asilo en España.
El proceso no es sencillo. Requiere contar la propia historia ante funcionarios, a veces aportar pruebas de algo tan íntimo como el deseo, y esperar meses una resolución. Las organizaciones que acompañan a personas refugiadas y los colectivos LGTBI ofrecen asesoría gratuita y, muchas veces, algo igual de importante: un grupo donde no hay que dar explicaciones.
Si alguien que lee esto está en esa situación y se siente desbordado, no tiene por qué cargar solo con todo. En España, la línea 024 atiende de forma gratuita y a cualquier hora a quien lo está pasando mal, el 717 003 717 del Teléfono de la Esperanza ofrece escucha, y en una emergencia el número es el 112. Desde otros países, findahelpline.com recoge líneas de ayuda en muchos idiomas.
Dos idiomas en la misma boca
El título de la canción tiene, además, algo de juego lingüístico. «Mitad y mitad» es lo que se pide en una cafetería cuando se quiere café con leche a partes iguales. Es una expresión cotidiana que aquí sirve para hablar de algo mucho más grande.
El planeta mezcla idiomas a menudo. Hay canciones en inglés, en francés, en alemán y en portugués, y otras que saltan de una lengua a otra dentro del mismo verso. Esa mezcla no es un adorno: es la manera en que habla mucha gente que vive entre dos sitios. El español de Caracas y el urdu de Lahore no tienen nada en común, salvo que los dos se oyen hoy en las calles de Madrid.
En la diáspora, esa mezcla se convierte en identidad. Los hijos de familias migrantes cambian de idioma según con quién hablan, igual que mucha gente LGTBI cambia de registro según dónde está. Hay una mitad que se usa en casa y otra que se usa fuera. Con el tiempo, si hay suerte, las dos mitades acaban hablando entre ellas.
La salud mental de vivir partido
Vivir con la cara partida cansa. Las investigaciones sobre salud mental de las personas LGTBI coinciden en que la ocultación prolongada, el miedo al rechazo y la discriminación se traducen en más ansiedad y más depresión. Cuando a eso se suma la migración, con el desarraigo, la burocracia y la distancia de la familia, la carga se multiplica.

El diario del planeta dedica una entrada entera a la salud mental LGTBI, con ideas que valen también aquí: buscar una comunidad donde no haya que esconder ninguna mitad, pedir ayuda profesional cuando el peso es demasiado y no aceptar que el sufrimiento es el precio normal de ser quien uno es.
No se trata de elegir una mitad y renunciar a la otra. La portada no corta la cara para tirar un trozo: la corta para enseñar que los dos colores pueden convivir en el mismo retrato.
Orgullo con dos banderas
En las marchas del orgullo de Madrid aparecen cada año banderas de muchos países junto a la del arcoíris. Grupos de personas latinoamericanas, colectivos de migrantes, asociaciones que trabajan con refugiados. Ver una bandera venezolana con una franja de colores o una pancarta en urdu en mitad de la Castellana es una forma de decir que el orgullo también se hereda, se traduce y se reinventa.
El planeta defiende la idea de un orgullo que dura todo el año, no solo una semana de junio. Para quien vive entre dos países, eso tiene un sentido especial: el orgullo consiste en celebrar quién eres aquí y, además, reconciliarte con la parte de ti que se quedó allí.
El primer álbum como aduana
La canción forma parte del primer álbum de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco donde el planeta se presenta y abre sus fronteras. Tiene sentido que una canción con dos países en el título esté justo ahí, en la entrada, como si fuera el control de pasaportes de un lugar donde todo el mundo llega con la cara partida.
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, ha construido el planeta como un refugio para lo que dolía y para lo que no cabía en otro sitio. Muchas de sus canciones hablan de ciudades reales, como Madrid, Barcelona, París o Ámsterdam, y de lugares imaginarios. «Dubai», del tercer disco, juega con otro destino lejano desde un folleto de lujo leído en casa. «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» va más allá: no habla de unas vacaciones, sino de una identidad que no se deja meter en un solo país.
Lo que queda por hacer
Ni Venezuela ni Pakistán son, hoy, lugares fáciles para las personas LGTBI. En el primero falta casi todo el reconocimiento legal de las parejas y de las identidades trans. En el segundo, el deseo entre hombres sigue siendo delito y la ley trans ha quedado herida por una sentencia. En los dos, las organizaciones locales trabajan con muy pocos recursos y, a veces, con riesgo personal.
Lo que sí se puede hacer desde fuera es escuchar a esas organizaciones, no hablar por ellas, y tratar con dignidad a quienes llegan desde allí. Y recordar que las conquistas que hoy parecen firmes en España también fueron, hace no tanto, una puerta que se abría y se cerraba.
Una cara entera, al final
La portada de la canción parte la cara en dos, pero sigue siendo una sola cara. Los dos colores comparten los mismos ojos, la misma boca y las mismas alas. Esa es, quizá, la mejor lección que deja el título: que se puede ser de dos sitios, de dos lenguas y de dos maneras sin que ninguna mitad sea falsa.
Las historias de Tamara Adrián en la Asamblea, de Marvia Malik en el plató, de las khawaja sira en sus casas y de los colectivos de Caracas en la calle son historias de gente que se negó a elegir una sola mitad. El planeta, desde su órbita de purpurina, les dedica este rato de lectura.
La página de prensa recoge las fechas de la trilogía y los datos del proyecto. «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» está en Spotify. La sentencia venezolana de 2023 puede consultarse en el archivo del Tribunal Supremo de Justicia, y la del Tribunal Federal de la Sharía de Pakistán, en la crónica de Dawn.
Preguntas frecuentes
¿Es legal el matrimonio entre personas del mismo sexo en Venezuela?
No. Venezuela no reconoce el matrimonio ni las uniones civiles entre personas del mismo sexo. En 2023 el Tribunal Supremo anuló el artículo del código militar que castigaba los «actos sexuales contra natura» entre militares, pero eso no cambió el resto del marco legal.
¿Qué son las khawaja sira?
Es el nombre con el que se conoce en Pakistán a una comunidad de personas trans e intersexuales con una larga tradición propia, organizada en casas con una figura de maestra o guru y sus discípulas. Tienen presencia histórica en la vida social del sur de Asia.
¿Qué pasó con la ley trans de Pakistán?
La Ley de Personas Transgénero (Protección de Derechos) se aprobó en 2018 y permitía registrar la identidad según la propia percepción. El 19 de mayo de 2023 el Tribunal Federal de la Sharía declaró contrarias al islam varias de sus secciones, entre ellas la que reconocía esa identidad.
¿De qué trata la canción «Mitad Venezuela, mitad Pakistán»?
Su letra todavía no está publicada, así que este artículo no la cita. El título y la portada, con una cara partida en dos colores, son el punto de partida para hablar de identidades que no caben en una sola casilla.
¿Quién es Mike Sain't Louis?
Es un letrista, compositor y productor musical madrileño, creador del universo de Planeta Gayfolk y de la trilogía de álbumes que lo cuenta.