Planeta Gayfolk

Salud mental

Apps de ligar y autoestima: el swipe infinito, el rechazo que no hace ruido y cómo usarlas sin que te usen

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Ilustración: un móvil de borde rosa neón, con la pantalla llena de cuadraditos de perfiles, se alza inclinado sobre un planeta fucsia con rejilla de neón; de él sube hacia el cielo violeta una columna interminable de cuadraditos que se hacen pequeños y se pierden entre las estrellas, mientras otros caen a la deriva. Al fondo, un planeta rosa con anillo, una luna creciente y un corazón de neón cian.

Son las doce y cuarto de un martes. Has dicho que te ibas a dormir hace cuarenta minutos. Tienes el móvil a quince centímetros de la cara, el brillo al mínimo para no despertar a nadie, aunque vives solo, y el pulgar baja y baja por una cuadrícula de torsos, gafas de sol, nucas, perros prestados y paisajes de Tailandia. Nadie te ha escrito. Tú tampoco has escrito a nadie. Pero sigues ahí, como quien abre la nevera por quinta vez esperando que haya aparecido una tarta.

Esta nota va de esa escena. De las aplicaciones para ligar entre hombres, de lo mucho que han dado a la vida gay y de lo que, a veces, se cobran a cambio. Es un intento de mirar la pantalla con un poco de humor, un poco de ternura y algo de información, para que la próxima vez que el pulgar se ponga a bajar solo sepamos un poco mejor qué está pasando.

El catálogo que nunca se acaba

Conviene empezar por lo bueno, porque lo hay y es mucho. Para muchos hombres gays, bisexuales y trans, estas aplicaciones han sido la primera prueba de que no estaban solos. En pueblos donde no hay un bar de ambiente en ochenta kilómetros, en familias donde no se podía decir nada, en países donde ser marica sigue siendo peligroso, una cuadrícula de perfiles ha funcionado como una ventana. De ahí han salido polvos memorables, amistades largas, parejas de quince años y alguna boda con croquetas. Eso no se lo quita nadie.

El problema no es que existan. El problema es su forma. Una aplicación de ligar está diseñada como un escaparate sin fondo: siempre hay otro perfil debajo, y otro, y otro. Y el cerebro humano lleva muy mal los escaparates sin fondo. Los psicólogos que estudian la toma de decisiones llevan años hablando de la llamada paradoja de la elección: cuantas más opciones tenemos, más nos cuesta decidir y menos satisfechos quedamos con lo que elegimos, porque siempre sospechamos que lo bueno estaba un poco más abajo.

Aplicado a los afectos, el efecto tiene gracia y tiene pena. Quedas con alguien encantador, os reís, hay química, y a la vuelta, en el metro, ya estás abriendo la aplicación otra vez. No porque él no te haya gustado, sino porque el catálogo sigue ahí, encendido, prometiendo algo mejor. Y lo mismo hace él contigo. Nadie es suficiente cuando el siguiente está a un gesto del pulgar.

A eso se suma otra cosa: el diseño premia volver. Las notificaciones llegan a ratos, sin un patrón fijo. A veces nada durante horas y, de pronto, un «hola» o un mensaje que te alegra la noche. Es lo que en psicología se llama refuerzo intermitente, el mismo mecanismo que mantiene a la gente pegada a una tragaperras. No hace falta ser débil ni tener un problema para engancharse un poco. Basta con ser humano.

El rechazo que no hace ruido

En una discoteca, el rechazo tiene cuerpo. Alguien te mira, no le interesas, se da la vuelta. En una aplicación, el rechazo casi nunca llega como tal. Llega como silencio. Escribes «hola, ¿qué tal la noche?», ves que lo ha leído y no pasa nada. O ni siquiera lo lee. O el perfil desaparece de tu pantalla porque te ha bloqueado, sin que sepas por qué.

Ese silencio tiene un efecto curioso: deja un hueco y la cabeza se apresura a rellenarlo. Y casi nunca lo rellena con explicaciones amables, como que estaba cenando con su madre o que se le murió la batería. Lo rellena con lo de siempre: que eres feo, que eres mayor, que se te nota la pluma, que no vales la pena. Multiplicado por decenas de mensajes a la semana, ese rechazo sin palabras puede ir limando la autoestima de una manera que no se nota hasta que un día te descubres pensando que nadie te va a querer nunca.

Hay un detalle que conviene recordar: muchas personas del colectivo llegamos a las aplicaciones con la mochila llena. Quien creció escondiéndose, aguantando insultos en el patio o sintiendo que tenía que ganarse el cariño, suele ser más sensible al rechazo. No es una debilidad de carácter. Es una huella que la psicología describe desde hace décadas con el nombre de estrés de minoría: el desgaste que produce vivir esperando el golpe. Una aplicación que te rechaza en silencio cincuenta veces por semana pulsa justo esa tecla.

«No plumas»: la lista de la compra con prejuicios

Y luego están los perfiles que no te rechazan en silencio, sino por escrito y por adelantado. «Masc para masc.» «Discreción.» «No plumas, no gordos, no afeminados.» Hay quien defiende que eso son simples preferencias y que cada uno folla con quien quiere. Y es verdad que el deseo no se elige del todo. Pero una cosa es lo que te gusta y otra muy distinta colgar en la puerta un cartel de prohibido el paso para una parte entera del colectivo.

Lo del «no plumas» tiene, además, una ironía que da para un musical. La pluma es una de las cosas que más se persiguieron en los patios, en las familias y en las oficinas. Muchos de los que hoy la vetan en su perfil fueron los niños a los que se la intentaron quitar a collejas. La plumofobia dentro del colectivo es, en buena parte, homofobia de fuera que se ha quedado a vivir dentro.

Planeta Gayfolk le dedicó a esto una de sus canciones fundacionales, «Buscando el polvo perfecto», en la que el villano de la aplicación recita su lista de vetos hasta quedar en ridículo. La letra guarda, a mitad de canción, un consejo de un antiguo follamigo que suena a sabiduría de barra de bar y que resume muy bien el ambiente:

«Me dijo: ya no se lleva ir de inocente»

Lo bonito es que la canción no le da la razón. Escucha el consejo, lo encuentra deprimente y, al final, en lugar de endurecerse, se inventa un planeta entero donde no haga falta. Esa es una pista de por dónde van los tiros: no se trata de volverse cínico para sobrevivir, sino de no aceptar que la crueldad sea el precio de entrada.

El espejo con cuadrícula

Las aplicaciones de ligar entre hombres funcionan, sobre todo, con fotos. Y las fotos que mejor funcionan suelen ser de cuerpos: pectorales, abdominales, brazos, culos en bañador. Cuando pasas una hora mirando una cuadrícula así, el cerebro hace lo que hace siempre: compararse. Y la comparación sale perdiendo, porque te estás comparando con la mejor foto de cada uno, con buena luz, filtro y el abdomen apretado, mientras tú te ves en el espejo del baño a las doce y media con la camiseta del pijama.

Varios estudios con hombres gays y bisexuales han encontrado una relación entre el uso intensivo de estas aplicaciones y una mayor insatisfacción con el propio cuerpo, una autoestima más baja y más síntomas de ansiedad. Hay que leerlo con cuidado: que dos cosas vayan juntas no significa que una cause la otra, y es posible que quien ya se siente inseguro use más las aplicaciones buscando validación. Pero el círculo existe y lo conoce mucha gente: me siento mal, abro la aplicación para que alguien me diga que estoy bien, nadie me lo dice, me siento peor.

En ese círculo cabe también el deseo de verdad, que no tiene nada de malo. «Me Mola Zeus», una de las canciones más divertidas del planeta, retrata ese estado de enganche con alguien que aparece en la pantalla y te descoloca la semana entera:

«tu foto de perfil me da hambre / y no sé si quiero amor o desastre»

Es una frase que cualquiera que haya pasado una noche ampliando una foto con dos dedos entiende enseguida. El hambre es real y está bien sentirla. La duda también: amor o desastre. La canción no moraliza, se ríe de sí misma y se lo pasa bomba. Pero deja la pregunta encima de la mesa, y es una buena pregunta para hacerse antes de abrir la aplicación: ¿qué estoy buscando ahora mismo, de verdad?

Desaparecer sin despedirse

El ghosting no lo inventaron las aplicaciones. Siempre ha habido quien se iba a por tabaco y no volvía. Pero la tecnología lo ha hecho facilísimo. Hablas con alguien durante días, quedáis, hay besos, incluso hay planes para el puente, y de repente nada. Ni un mensaje. Ni un «no me apetece seguir». El chat se queda congelado en tu último «¿qué tal el día?», como un mensaje en una botella que nadie va a abrir.

Lo que hace daño del ghosting no es solo la pérdida, que a veces es pequeña. Es la falta de cierre. Sin una explicación, la cabeza se queda dando vueltas, revisando cada frase, buscando el error. ¿Fue el audio largo? ¿El emoji del melocotón? Casi nunca fue nada de eso. Casi siempre tiene que ver con la vida, el miedo o la torpeza del que se va. Pero el que se queda se lleva la tarea de explicárselo solo.

Aquí el planeta tiene una canción que sirve de antídoto, aunque nació para otra cosa. «No Contact» habla de cortar con alguien que hizo daño, de cerrar puertas y volver a la pista. En su momento más alto grita:

«I'm stronger, you're the ghost»

Leída desde aquí, la frase da la vuelta a la situación. El fantasma no eres tú, que te has quedado esperando. El fantasma es el otro, que se ha borrado. Tú sigues teniendo cuerpo, música y una vida que no cabe en un chat. No hace falta guardar el luto de alguien que no tuvo la educación de despedirse.

Usarlas sin que te usen

Nada de esto significa que haya que borrar todas las aplicaciones y meterse a monje. Significa usarlas con algo más de intención y algo menos de piloto automático. Algunas ideas que a mucha gente le funcionan:

  • Decide antes de abrir. ¿Buscas sexo esta noche, una cita, charla o solo estás aburrido? Las tres primeras son razones estupendas. La cuarta suele acabar en una hora perdida y un bajón.
  • Ponle horario. Un rato concreto, con principio y final. Fuera de la cama, a ser posible. El móvil a las dos de la mañana no tiene buenas ideas.
  • Vigila el después. Si cada vez que cierras la aplicación te sientes peor que cuando la abriste, es información valiosa. Tómate unos días de descanso y fíjate en cómo estás.
  • No te lo tomes como un examen. Un silencio no es un veredicto sobre tu valor. Es, como mucho, un dato sobre el gusto, el humor o la batería de un desconocido.
  • Escribe como te gustaría que te escribieran. Un «gracias, pero no» cuesta cuatro segundos y le ahorra a otro una noche dándole vueltas. Y deja la lista de vetos para el súper.
  • Protégete también por fuera. Quedar en sitios públicos, avisar a un amigo de dónde estás y no mandar fotos que no quieras ver circulando. El cuidado emocional y el físico van juntos.
  • Cultiva vida fuera de la pantalla. Amigos, grupos, deporte, coros, asociaciones LGTBI, bares de siempre. No para sustituir las aplicaciones, sino para que no sean el único sitio donde alguien te ve.

Y si un día te descubres a las doce y cuarto bajando la cuadrícula sin buscar nada, no te machaques. Deja el móvil en la mesilla bocabajo, pon una canción y duérmete. Mañana el catálogo seguirá ahí. Tú, con suerte, un poco más descansado.

Si la pantalla pesa demasiado

A veces el desgaste no se queda en un mal rato. Si notas que el uso de estas aplicaciones se ha vuelto compulsivo, que te aísla, que te hace sentir que no vales nada o que la tristeza y la ansiedad no se van, merece la pena pedir ayuda profesional. Tu médico de cabecera puede ser un primer paso, y hay psicólogos y asociaciones con experiencia en salud mental LGTBI; en este diario tienes una nota sobre salud mental LGTBI por si quieres saber más. Hablar con alguien de confianza también ayuda: un amigo, una hermana, alguien que te conozca fuera de la cuadrícula.

Si en algún momento piensas en hacerte daño o en no seguir, no lo pases solo. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, confidencial y atiende las 24 horas, también si te preocupa otra persona. Si hay una emergencia, llama al 112. En Latinoamérica y en el resto de Europa, llama al número de emergencias de tu país. Las canciones acompañan, hacen reír y a veces ponen nombre a lo que duele, pero no sustituyen a la terapia ni a una persona que te escuche.

Las canciones de esta nota, «Buscando el polvo perfecto», «Me Mola Zeus» y «No Contact», están en Spotify y Deezer y se pueden descargar gratis en esta web. Escúchalas sin notificaciones de por medio: tres canciones seguidas también son una cita, y esta vez contigo mismo.

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