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Australia queer: del Mardi Gras de 1978 a la encuesta postal de 2017, con Priscilla, Bondi y «Si Don AussieBum hablase»

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Fotograma del videoclip de «Ride the Wave», de Mike Sain't Louis: un chico de pelo largo con camisa blanca surfea una ola turquesa de noche bajo una luna llena, en la portada de «Si el bañador hablase»

En el planeta hay un bañador que lo ha visto todo. Sale en «Si Don AussieBum hablase», una de las canciones más descaradas del primer disco de Mike Sain't Louis, y su gracia está en la amenaza que lleva en el título:

Si Don AussieBum hablase

Si ese bañador abriera la boca, viene a decir la letra, nos quedaríamos todos sin maridos, sin parejas, sin conocidos y sin la mitad de la familia. Incluido, por supuesto, el que va de santo en la iglesia. Es una broma, y muy del planeta. Pero detrás de la broma hay una idea seria: lo que pasa cuando los secretos de alguien se cuentan sin su permiso.

La marca que da nombre a la canción nació en Sídney en 2001, cuando un australiano llamado Sean Ashby decidió fabricar los bañadores que ya no encontraba en las tiendas y empezó a promocionarlos con fotos en la playa de Bondi. Así que este artículo coge el bañador y se va a su país de origen, a contar una historia en la que la exposición pública fue, durante mucho tiempo, un castigo. Y en la que el final, curiosamente, llegó en un sobre por correo.

El diario ya hizo inventario de esta canción como ruptura. Aquí se trata de otra cosa: de la historia LGTBI de Australia, de Oxford Street a Tasmania.

Una fiesta nocturna en Oxford Street

La noche del 24 de junio de 1978, en Sídney, un grupo pequeño de activistas llamado Gay Solidarity Group organizó una jornada de actos. El motivo venía de lejos: unos meses antes, el comité que preparaba en San Francisco la marcha por el aniversario de los disturbios de Stonewall había pedido a activistas de otros países actos de solidaridad. En California se discutía entonces la llamada Iniciativa Briggs, una propuesta que pretendía permitir despedir a profesores gais y lesbianas de las escuelas públicas.

Los activistas de Sídney prepararon una marcha por la mañana, una reunión pública y, por la noche, algo distinto: un desfile festivo, con música, al que llamaron Mardi Gras. Arrancó a las diez de la noche y bajó por Oxford Street hacia el centro de la ciudad.

Cuando llegaron a Hyde Park, la policía requisó el camión que abría la marcha y el altavoz. La gente, con el acceso al parque bloqueado, se dirigió hacia Kings Cross. Allí la policía cargó. Hubo 53 detenidos. Según el historiador Graham Willett, presidente de los archivos australianos de lesbianas y gais, muchos de ellos recibieron palizas en los calabozos.

Uno de los participantes, el diseñador Peter Tully, lo resumió con una frase que se ha citado mil veces: había ido esperando un carnaval y terminó en un motín de los gordos en Kings Cross.

El periódico que habló por ellos

Lo peor vino después. El Sydney Morning Herald, el gran diario de la ciudad, publicó los nombres y las profesiones de las personas detenidas. En una época en la que la mayoría de los estados australianos todavía castigaban la homosexualidad masculina, aquello fue un «outing» masivo. Hubo gente que perdió el trabajo, que fue rechazada por su familia o que tuvo que marcharse de la ciudad.

Aquí la canción del planeta se vuelve incómoda. En la letra, el bañador que habla es una fantasía cómica: imaginar todo lo que contaría si pudiera. En el Sídney de 1978 no hubo fantasía. Hubo un periódico que contó, con nombre y apellido, quién había estado aquella noche en la calle. La diferencia entre el chisme y el daño está, precisamente, en eso: en quién decide contar y a quién perjudica.

El Herald tardó casi cuatro décadas en pedir perdón. Lo hizo en 2016, y ese mismo año el Parlamento de Nueva Gales del Sur aprobó una disculpa formal a los «78ers», como se conoce desde entonces a quienes participaron en aquel primer desfile.

De la comisaría al desfile

La reacción de la comunidad fue organizar una campaña para que se retiraran los cargos. Al principio provocó más detenciones. Pero la presión pública y una cobertura mediática cada vez más favorable surtieron efecto: los primeros cargos se retiraron en octubre de 1978 y, a finales de 1979, todos. Además, se suavizaron las normas sobre los permisos para manifestaciones y desfiles en la calle, de modo que la victoria de aquel grupo pequeño acabó beneficiando a cualquiera que quisiera protestar en Sídney.

Fotogramas del videoclip oficial de «Si Don AussieBum hablase», de Mike Sain't Louis

En 1979, el Mardi Gras volvió a salir. Esta vez desfilaron unas tres mil personas, sin incidentes. Y ya no paró. Con los años el desfile se trasladó a finales del verano austral, se convirtió en un festival de varias semanas y hoy reúne a más de doscientas mil personas entre participantes y público. Es una de las citas grandes del calendario de la ciudad.

El planeta cuenta a menudo que el orgullo se hace cada día. La historia del Mardi Gras lo demuestra al revés: hizo falta una noche terrible para que, al año siguiente, saliera a la calle mucha más gente.

Un país que se despenalizó por partes

Australia es una federación, y el Código Penal es cosa de cada estado. Eso hizo que la despenalización de la homosexualidad masculina llegara a trozos, a lo largo de veintidós años.

El primero fue Australia del Sur, el 17 de septiembre de 1975, bajo el Gobierno reformista de Don Dunstan. El Territorio de la Capital, donde está Canberra, tenía un proyecto preparado casi a la vez, pero dependía entonces del Parlamento federal y llegó un poco más tarde. Victoria despenalizó en 1980; en ese estado, la pena de muerte por sodomía había seguido en los libros hasta 1949. El Territorio del Norte lo hizo en 1983, casi sin campaña previa.

Nueva Gales del Sur, el estado de Sídney, el del Mardi Gras y el de la mayor población gay del país, no fue precisamente pionero: despenalizó en 1984. Dos años antes había aprobado una ley contra la discriminación por orientación sexual, así que durante un tiempo se dio una situación absurda: no podían despedirte por ser gay, pero sí podían encarcelarte por ello. Australia Occidental tardó hasta finales de 1989, tras cuatro intentos fallidos. Queensland, hasta 1990, con el cambio de Gobierno.

Y quedó una isla.

Tasmania, la última

Tasmania, la gran isla al sur del continente, se resistió más que nadie. Su cámara alta, muy conservadora, bloqueaba una y otra vez cualquier reforma. A principios de los noventa, las relaciones entre hombres seguían siendo delito en la isla, cuando en el resto del país ya hacía años que habían dejado de serlo.

Un activista llamado Nicholas Toonen decidió llevar el caso fuera del país. Presentó una comunicación ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU, que el 31 de marzo de 1994 dictaminó que las leyes tasmanas violaban el derecho a la intimidad recogido en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Fue una decisión con eco mundial, que todavía se cita como un hito: un órgano de Naciones Unidas decía con claridad que castigar las relaciones entre adultos del mismo sexo vulneraba los derechos humanos.

El Gobierno federal respondió ese mismo año con una ley sobre la conducta sexual que protegía la intimidad de los adultos en todo el país. Pero Tasmania siguió sin derogar sus artículos. Toonen y otro activista, Rodney Croome, llevaron el asunto al Tribunal Superior de Australia. Ante la perspectiva de que el tribunal tumbara la ley, la cámara alta tasmana aprobó por fin la reforma, por un solo voto. Entró en vigor el 13 de mayo de 1997.

Detrás de esa votación ajustada hubo años de trabajo de hormiga: mesas informativas en mercados, cartas a los periódicos locales, conversaciones con vecinos de pueblos pequeños que nunca habían hablado con un gay declarado. Croome y Toonen se convirtieron en caras conocidas de la isla, para bien y para mal. Su historia muestra algo que se repite en casi todos los países: los tribunales ponen el plazo, pero la gente cambia de opinión hablando.

El sida y un desfile que no se suspendió

Como en todas partes, los años ochenta trajeron el sida. En Australia, el miedo fue tan grande que a los organizadores del Mardi Gras de 1985 les presionaron con fuerza para que lo cancelaran. No lo hicieron.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «siempre Ave Fénix y como diría La Pantoja» de «Si Don AussieBum hablase»

El activista Bill Whittaker dejó una frase que explica lo que el desfile significaba en aquellos años: mucha gente que conocían solo quería vivir hasta un Mardi Gras más. Era tan importante en sus vidas que se aferraban a esa fecha. El desfile se convirtió en una forma de seguir juntos, de decir que seguían ahí.

El diario del planeta ha escrito sobre la memoria del VIH y su presente, y la experiencia australiana encaja en ese relato: un país que vivió la epidemia con dolor y que, al mismo tiempo, convirtió su gran fiesta en un acto de resistencia.

Un vestido de tarjetas de crédito

Si hay una imagen que llevó la Australia queer al resto del mundo en los noventa, es la de un autobús plateado atravesando el desierto con tres artistas de cabaré subidas al techo. «Las aventuras de Priscilla, reina del desierto», dirigida por Stephan Elliott y estrenada en 1994, contaba el viaje de dos drag queens y una mujer trans desde Sídney hasta Alice Springs, en el centro rojo del país, para actuar en un casino.

La película fue un éxito internacional y ganó el Óscar al mejor vestuario en la ceremonia de 1995. Sus diseñadores, Lizzy Gardiner y Tim Chappel, se llevaron el premio, y Gardiner subió a recogerlo con un vestido que se ha convertido en leyenda: estaba hecho de tarjetas de crédito doradas de American Express, unidas con alambre.

El planeta se lleva bien con esa estética. Hay una tradición en la escena drag de hacer trajes imposibles con cualquier cosa, y el diario la ha contado en su texto sobre el drag y la escena queer. Un vestido de tarjetas de crédito en la alfombra roja de Hollywood es, en el fondo, el mismo gesto que un traje de lentejuelas hecho en casa para el desfile de Oxford Street: convertir lo que hay a mano en espectáculo.

Bondi y el bañador

Volvamos al bañador. AussieBum empezó como un proyecto casi casero: Sean Ashby fabricaba en pequeño, vendía por internet y usaba sesiones de fotos en Bondi, la playa más famosa de Sídney, para promocionar la marca. Con los años creció y saltó de los bañadores a la ropa interior y a otras prendas.

En la canción, el bañador tiene un papel mucho menos glamuroso que en los anuncios. Lo que cuenta la letra es que alguien se lo llevó, que lo usó «como reclamo» y que, si el bañador hablara, saldrían a la luz muchas cosas. Hay un humor muy del planeta en esa idea: una prenda diminuta que guarda más secretos que un confesionario. El propio texto lo dice con una lista interminable, que acaba en la iglesia:

el que va de santo en la iglesia

Es la vieja figura del hipócrita, la del que predica una cosa y hace otra, tan presente en tantas historias LGTBI. En Australia, como en Irlanda o en España, la oposición a los derechos de las personas LGTBI tuvo durante décadas un fuerte componente religioso. La canción no da nombres. Ni falta que hace: el retrato es universal.

El chisme como género

Conviene detenerse un momento en el tipo de humor de la canción, porque explica por qué encaja tan bien con esta historia.

Collage con un detalle de la carátula de «Si Don AussieBum hablase» y las carátulas de «Ride the Wave», «Tattoo de fénix», «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca»

«Si Don AussieBum hablase» pertenece a una tradición muy antigua: la del objeto que, si pudiera hablar, contaría lo que sabe. Las paredes que oyen, el espejo que lo ve todo, la cama que guarda secretos. En la canción el objeto es una prenda mínima, de marca, que ha pasado por demasiadas manos, y la lista de personas que quedarían en evidencia crece y crece hasta incluir a la prima Carmen, a los tíos y al guapo que tiene la mente sucia. Es una enumeración cómica que se va desbordando, como se desborda un cotilleo cuando pasa de boca en boca.

Ese humor es muy de barrio, muy de terraza de verano, y tiene una virtud: no señala a nadie concreto. Todo el mundo sabe que el chiste va de una fantasía. Nadie va a abrir un periódico al día siguiente y encontrar su nombre. Ahí está la frontera entre el chisme que se comparte entre risas y la exposición que destroza una vida, la misma frontera que el Sydney Morning Herald cruzó en 1978.

También hay en la letra una pequeña venganza contra quien se llevó lo que no era suyo. El bañador se fue con otro, que lo usó para presumir. Pero la canción se ríe de la situación en lugar de llorarla, y esa decisión, reírse en vez de hundirse, es una de las marcas del planeta. En el diario aparece una y otra vez: el humor como forma de recuperar el control de una historia que otro intentó contar por ti.

Y luego está la música: un estribillo hecho de onomatopeyas, «Bumbum», que se pega como la arena mojada. Una canción pensada para bailar en una fiesta de playa, con el bañador puesto, mientras alguien al lado se pregunta qué estará insinuando la letra.

Un sí que llegó por correo

La última gran batalla fue la del matrimonio. A diferencia de Irlanda, que celebró un referéndum vinculante, Australia escogió una fórmula muy rara: una encuesta postal voluntaria, organizada por la oficina nacional de estadística, sin valor legal directo, para que el Parlamento supiera qué opinaba la ciudadanía.

Mucha gente criticó el método. Les parecía injusto que los derechos de una minoría se sometieran a una consulta de opinión, y temían que la campaña sirviera para airear prejuicios. Hubo quien denunció que las semanas de campaña fueron duras para muchas familias y muchos jóvenes LGTBI. Pero cuando se contaron los sobres, el resultado fue claro.

Los formularios empezaron a enviarse por correo el 12 de septiembre de 2017 y los resultados se anunciaron el 15 de noviembre. Participó el 79,5 % de las personas llamadas a responder: más de 12,7 millones de australianos devolvieron su papeleta. El sí obtuvo el 61,6 %, con más de 7,8 millones de respuestas, frente al 38,4 % del no. El sí ganó, además, en 133 de las 150 circunscripciones federales del país, de modo que no se trataba de una victoria de las grandes ciudades frente al resto: fue casi un mapa entero del mismo color. Con ese resultado, el Parlamento aprobó la reforma de la ley del matrimonio, que entró en vigor el 9 de diciembre de 2017.

Tiene algo de justicia poética. En 1978, un periódico publicó sin permiso quién había estado en la calle. En 2017, millones de personas decidieron por sí mismas, en un sobre cerrado, que sus vecinos LGTBI podían casarse.

Ave Fénix

La letra de «Si Don AussieBum hablase» guarda un giro al final, cuando la burla deja paso a algo más personal. Quien ha sido herido se levanta:

siempre Ave Fénix y como diría La Pantoja

Y remata con la frase que todo el mundo en España sabe completar, la de tirar para adelante. El ave que renace de sus cenizas es una imagen que el planeta usa a menudo, y que tiene canción propia: «Tattoo de fénix», que el diario leyó como renacer en la pista de baile.

La historia LGTBI de Australia tiene mucho de esa ave. Los 78ers salieron de los calabozos de Kings Cross y, al año siguiente, desfilaron otra vez. Tasmania pasó de ser la última a estar entre las primeras. El Mardi Gras sobrevivió al sida. Y la consulta que tantos temían terminó con un sí rotundo. No hay que romantizar el dolor que hubo por el camino. Pero sí reconocer que, una y otra vez, la gente se levantó.

La senadora de Kota Kinabalu

Hay una figura que resume el cambio político de Australia mejor que cualquier ley. Penny Wong nació en 1968 en Kota Kinabalu, en la parte malaya de la isla de Borneo, hija de padre malasio de origen chino y madre australiana, y llegó de niña a Adelaida, la capital de Australia del Sur, el estado que había despenalizado primero.

Ficha de la canción «Si Don AussieBum hablase» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En 2007, el primer ministro Kevin Rudd la nombró ministra de Cambio Climático y Agua. Fue la primera persona abiertamente gay en sentarse en un Gobierno australiano, y una de las primeras de origen asiático. Quince años después, el 23 de mayo de 2022, se convirtió en ministra de Asuntos Exteriores.

Su caso es interesante por lo poco que ella misma ha querido convertirlo en espectáculo. Wong no ha hecho de su vida privada una bandera. Simplemente ha estado ahí, en primera línea, durante décadas. Y esa normalidad, en un país que encarcelaba a hombres por amar a otros hombres hasta 1997 en una de sus islas, es en sí misma un mensaje.

Tres lecciones desde las antípodas

Mirada desde Madrid, la historia australiana deja tres ideas que sirven aquí.

Primera idea: sacar a alguien del armario sin permiso hace daño. Lo que hizo el Herald en 1978 tiene equivalentes modernos en las capturas de pantalla reenviadas, en los grupos de mensajería, en los perfiles señalados en redes. Precisamente por eso el humor de la canción funciona: todos sabemos que hay una línea entre reírse de un bañador chismoso y destrozarle la vida a alguien.

Segunda idea: en un país descentralizado los derechos pueden avanzar a velocidades distintas según el territorio, y eso España lo conoce bien. Tasmania tardó veintidós años más que Australia del Sur. Aquí, el matrimonio llegó para todos a la vez en 2005, doce años antes que en Australia y por ley en las Cortes, pero las normas autonómicas de igualdad LGTBI no son iguales en todas las comunidades.

Tercera idea: una fiesta también puede ser una manifestación. El Mardi Gras nació como protesta y la policía lo trató como tal. Con carrozas patrocinadas o sin ellas, sigue recordando aquella noche. Lo mismo vale para el Orgullo que llena Chueca cada verano.

Paseo por Sídney con el bañador puesto

Si algún día cruzas medio mundo hasta Sídney, este es un itinerario posible.

Empieza en Oxford Street, en Darlinghurst, la calle del desfile desde 1978. Por la noche sigue siendo el corazón del ambiente.

Sigue hasta Hyde Park, donde aquella noche la policía cortó el paso y se llevó el camión de cabeza. Hoy es un parque sereno rodeado de oficinas.

Acércate a Kings Cross, donde acabó todo a golpes y detenciones. El barrio ha cambiado mucho, pero se nota que tuvo una vida nocturna intensa.

Y termina en Bondi, a pocos kilómetros del centro, la playa donde un chico con una idea fotografió sus primeros bañadores. Allí, con los pies en la arena, encaja escuchar «Ride the Wave», de cuyo videoclip sale la portada de este artículo. El diario la leyó como una canción para respirar, y frente al Pacífico se entiende por qué.

Epílogo: lo que el bañador no contaría

Si Don AussieBum hablase, dice la canción, nos quedaríamos todos sin maridos. Pero quizá lo más interesante sea lo que un bañador no contaría nunca: las noches de miedo, las familias que dieron la espalda, los trabajos perdidos por una lista en un periódico. Esas historias las han tenido que contar las propias personas, cuando han querido y como han querido.

Esa es, en el fondo, la gran conquista de la historia LGTBI australiana: pasar de ser contados por otros a contarse a sí mismos. Del nombre publicado en un diario contra tu voluntad al sobre que tú decides devolver. Del calabozo de Kings Cross a la carroza de Oxford Street.

El planeta tiene verano, playa y bañadores de sobra, como recoge su diario del verano. Esta canción es la más chismosa de todas. Para escucharla con la sonrisa torcida, «Si Don AussieBum hablase» está en Spotify. Los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, están en la página de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Cómo empezó el Mardi Gras de Sídney?

El 24 de junio de 1978 el Gay Solidarity Group organizó en Sídney una jornada por el Día Internacional de Solidaridad Gay, en apoyo a una marcha de San Francisco por el aniversario de Stonewall. Por la noche hubo un desfile por Oxford Street que la policía disolvió; acabó en Kings Cross con 53 personas detenidas. Al año siguiente desfilaron unas 3.000 personas sin incidentes.

¿Qué hizo el Sydney Morning Herald con los detenidos de 1978?

Publicó los nombres y las profesiones de las personas detenidas, lo que expuso a muchas de ellas ante sus familias y sus trabajos. El periódico pidió perdón en 2016, el mismo año en que el Parlamento de Nueva Gales del Sur aprobó una disculpa a los llamados 78ers.

¿Cuándo se despenalizó la homosexualidad en Australia?

Fue estado por estado. Australia del Sur lo hizo primero, el 17 de septiembre de 1975, con el primer ministro Don Dunstan. Nueva Gales del Sur, en 1984. Tasmania fue la última: su ley entró en vigor el 13 de mayo de 1997, después de que el Comité de Derechos Humanos de la ONU diera la razón a Nicholas Toonen en 1994.

¿Cuándo se aprobó el matrimonio igualitario en Australia?

Tras una encuesta postal voluntaria en 2017, en la que el sí obtuvo el 61,6 % con una participación del 79,5 %, el Parlamento aprobó la reforma de la ley del matrimonio, que entró en vigor el 9 de diciembre de 2017.

¿Qué tiene que ver «Si Don AussieBum hablase» con Australia?

AussieBum es una marca de bañadores fundada en Sídney en 2001. En la canción de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, el bañador es un testigo que sabe demasiado. El artículo usa esa idea para contar una historia en la que los secretos fueron, durante mucho tiempo, un arma contra la gente LGTBI.

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