Cultura queer
Barcelona queer: del MELH clandestino a la Rambla de 1977, Ocaña, Nazario y Flor de Otoño
Por Mike Sain't Louis ·

Hay ciudades que se recorren con un plano y otras que se recorren con una memoria. Barcelona permite las dos cosas. Quien pasea hoy por la Rambla ve turistas con helado, estatuas humanas, floristas, carteristas atentos y banderas de colores en algunos balcones del Eixample cuando llega el verano. Lo que no ve, porque no hay placa que lo cuente en cada esquina, es que por esa misma avenida bajaron un domingo de junio de 1977 miles de personas gritando que no eran peligrosas. Fue la primera manifestación LGTBI del Estado, y la policía la recibió a pelotazos de goma.
En el Planeta Gayfolk, Barcelona es una canción de madrugada. «Barcelona», del segundo álbum de Mike Sain't Louis, mezcla inglés y español en una noche de pista, luces de ciudad y pasos en la arena. Su estribillo tiene una palabra que, leída con la historia en la mano, pesa más de lo que parece: «nos liberamos». Este artículo no habla de la canción, de la que el diario ya hizo un retrato bilingüe. Habla de las personas que hicieron posible que, décadas después, alguien pudiera bailar esa palabra sin miedo en una ciudad del Mediterráneo.
Persianas bajadas: la Barcelona de los años sesenta
Para entender lo que pasó en 1977 hay que retroceder un poco. Durante el franquismo, la homosexualidad no era un tema del que se hablara abiertamente en ningún sitio. Desde 1954, la Ley de Vagos y Maleantes incluía a los homosexuales entre las figuras a vigilar y castigar. En 1970 llegó su sustituta, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que mantenía los llamados actos de homosexualidad como causa de medidas de seguridad: multas, destierros, internamiento en centros especiales. Las prisiones de Huelva y Badajoz quedaron asociadas para siempre a esa política, con su clasificación delirante entre homosexuales que se consideraban de nacimiento y los que se consideraban corregibles.
En ese contexto, Barcelona tenía algo que otras ciudades no tenían, o tenían menos: puerto, frontera cercana con Francia, una burguesía culta con viajes y lecturas, un barrio chino con fama de canalla y una tradición editorial que dejaba pasar, de vez en cuando, libros que no deberían haber pasado. Nada de eso era libertad. Era, como mucho, un poco más de penumbra en la que esconderse.
La vida queer de aquellos años se escribía en clave. Había bares donde todo el mundo sabía a qué iba y nadie lo decía, miradas en los cines de sesión continua, cartas firmadas con iniciales, amistades que se presentaban como primos. Era una vida hecha de contraseñas, y cualquier descuido podía terminar en una ficha policial.
Una carta a una revista francesa
La historia del activismo organizado en España empieza, curiosamente, con una carta. Cuando en las Cortes franquistas se debatía la futura Ley de Peligrosidad, dos barceloneses, Armand de Fluvià y Francesc Francino, decidieron que no podían quedarse callados. No podían protestar en la calle ni en la prensa española, así que escribieron a la revista francesa Arcadie, una publicación homófila que llegaba a algunas manos a través de la frontera. Firmaban con seudónimos, y se presentaban bajo el nombre de una agrupación casi imaginaria, la Agrupación Homófila para la Igualdad Sexual.
De aquel primer gesto nació, a principios de los años setenta, el Movimiento Español de Liberación Homosexual, el MELH. Según el Ministerio de Igualdad, que ha recogido esa historia en su web, el grupo llegó a reunir a entre sesenta y setenta personas, en su mayoría hombres, que se juntaban en pisos particulares de Barcelona con las cortinas echadas. Editaban boletines, traducían textos que llegaban de Francia, del Reino Unido o de Estados Unidos, y seguían con atención lo que había pasado en Nueva York en junio de 1969, en un bar llamado Stonewall.
Imagina la escena: un salón cualquiera del Eixample, una lámpara de pie, un ciclostil escondido, alguien vigilando la escalera. Ahí se estaba inventando, sin saberlo, todo lo que vino después. La presión policial terminó por disolver aquel primer grupo a mediados de la década, pero sus fundadores no se rindieron.
1975: el triángulo, las barras y el puño
Con la muerte del dictador en noviembre de 1975, el país entró en una transición llena de incertidumbre y de prisa. Todo el mundo quería salir a la calle: sindicatos, partidos todavía ilegales, feministas, vecinos, estudiantes. Ese mismo año nació en Barcelona el Front d'Alliberament Gai de Catalunya, el FAGC, heredero de aquella red clandestina.

Su logotipo era una declaración de intenciones. El Ayuntamiento de Barcelona lo describe así en su web de diversidad: un triángulo invertido como el que los nazis cosían en la ropa de los homosexuales en los campos, para recordar de dónde se venía; las cuatro barras de la bandera catalana, para vincular la lucha a una tierra que también se sentía oprimida; y un puño alzado, como signo de combate con perspectiva obrera. Era un emblema muy de su tiempo, cuando la liberación sexual se entendía como parte de una liberación más grande.
El FAGC seguía siendo ilegal. Pero ya no se limitaba a esconderse. Quería visibilidad, alianzas y calle. Del mismo impulso salió también el Institut Lambda, hoy Casal Lambda, considerado el primer centro cultural y de servicios para homosexuales de España. Por primera vez, ser gay en Barcelona podía significar tener un lugar al que ir que no fuera un bar ni un parque a oscuras.
Domingo, 26 de junio de 1977
Y entonces llegó la fecha. El FAGC convocó para el domingo 26 de junio de 1977 una manifestación en la Rambla, coincidiendo con el aniversario de Stonewall. La crónica de El País publicada dos días después habla de entre cuatro y cinco mil personas, entre homosexuales y simpatizantes. Abrían la marcha, según recogen las crónicas posteriores, un grupo de travestis. Detrás iban jóvenes, feministas, libertarias, sindicalistas, gente que nunca había salido a la calle por nada y gente que salía a la calle por todo.
Las consignas se gritaban en catalán y en castellano. «Amnistia sexual». «No som perillosos», no somos peligrosos, en respuesta directa al nombre de la ley que los perseguía. Había pancartas hechas a mano, risas nerviosas, abrazos. Había también miedo, claro: muchos de los asistentes no habían dicho nunca en público lo que eran, y lo estaban diciendo en la avenida más transitada de la ciudad.
La policía cargó a la altura de Canaletes. Hubo balas de goma y golpes. Al menos tres manifestantes resultaron heridos de gravedad. Un cuarto, el médico y profesor universitario Oriol Martí, fue detenido y pasó casi dos meses en la cárcel Modelo. Treinta y seis organizaciones políticas, sindicales y civiles firmaron un escrito exigiendo su libertad, y aquello también fue una novedad: partidos y sindicatos que hasta entonces habían mirado hacia otro lado empezaban a reconocer que la lucha de los homosexuales formaba parte de la democracia que se estaba construyendo.
Las fotografías de aquel día, con firma de Colita entre otras, son hoy documentos históricos. Se ven caras jóvenes, pelo largo, camisas abiertas, carteles sujetos con fuerza. Se ve, sobre todo, a gente que había decidido que ya bastaba de persianas bajadas.
Lo que vino después: Madrid, Sevilla, Bilbao
La marcha de la Rambla fue el detonante. Ese mismo año se creó la Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español, que reunió a los grupos que estaban naciendo en otras ciudades. Un año después, en 1978, las manifestaciones se extendieron a Madrid, Sevilla o Bilbao. La de Madrid acabaría convirtiéndose en una de las celebraciones más multitudinarias del mundo, y el planeta tiene su propio himno del Orgullo en carretera.
La presión dio frutos. A finales de 1978 se aprobó la reforma que eliminaba los actos de homosexualidad de la Ley de Peligrosidad, y entró en vigor en enero de 1979. No fue el final de la discriminación, ni mucho menos: la ley entera siguió viva hasta 1995, y otras figuras, como el escándalo público, siguieron sirviendo para perseguir a quien se salía de la norma. Pero el delito explícito había caído. El matrimonio igualitario tendría que esperar todavía hasta 2005, y el diario del planeta orbitó alrededor de aquel cambio de época en su lectura de «Franco ha muerto».
En el universo de Mike Sain't Louis, ese cambio de época tiene un título rotundo: «Franco ha muerto», con su propia página de single. Y tiene un álbum entero dedicado a la idea de salir, el tercero, que lleva por nombre «El día de la liberación». Son referencias distintas, pero apuntan hacia el mismo lugar: el momento en que una generación pudo, por fin, respirar en público.
La plaza Real: Ocaña y Nazario
Si la Rambla fue el escenario de la protesta, la plaza Real, a pocos pasos, fue el escenario de la fiesta. Allí vivían a finales de los setenta dos andaluces que acabarían siendo emblemas de la Barcelona libertaria: el pintor José Pérez Ocaña, llegado desde Cantillana, en Sevilla, y el dibujante Nazario Luque, nacido en Castilleja del Campo.

Ocaña era pura performance antes de que la palabra se pusiera de moda. Paseaba por la Rambla vestido de mujer, con mantón, abanico y sombrero, repartiendo flores y provocación a partes iguales. Pintaba vírgenes, ángeles y escenas de pueblo con un estilo naíf lleno de color. El cineasta Ventura Pons le dedicó en 1978 un documental, «Ocaña, retrat intermitent», que llegó al Festival de Cannes y convirtió al pintor en un personaje conocido mucho más allá de Barcelona. Murió en 1983, tras las quemaduras que sufrió cuando prendió el disfraz de sol que llevaba en las fiestas de su pueblo. Su manera de travestirse en plena calle tiene mucho que ver con lo que el diario del planeta cuenta sobre la escena drag queer.
Nazario, por su parte, fue una de las figuras del cómic underground. Su personaje más célebre, Anarcoma, un detective travesti que se movía por los bajos fondos de una Barcelona inventada y muy real a la vez, es uno de los grandes iconos del tebeo adulto español. Sus viñetas eran explícitas, divertidas y descaradas, y retrataban sin pedir permiso una ciudad que de día fingía y de noche se soltaba el pelo.
Los dos compartían algo que el Planeta Gayfolk reconoce como propio: la mezcla de lo popular y lo rompedor. La copla y el porno, la Semana Santa y la purpurina, el pueblo y la gran ciudad. Esa combinación de raíces andaluzas y libertad barcelonesa es, en cierto modo, una prima lejana del gayfolk, que también junta lo folclórico con lo disidente.
Flor de Otoño en la gran pantalla
En 1978, un año después de la marcha, se estrenó una película que hoy resulta asombrosa por su valentía. «Un hombre llamado Flor de Otoño», dirigida por Pedro Olea y basada en una obra de teatro de José María Rodríguez Méndez, contaba la historia de un abogado de buena familia de la Barcelona de los años veinte que de noche se transformaba en Flor de Otoño, artista de cabaré en el Barrio Chino, y que además conspiraba con los anarquistas contra la dictadura de Primo de Rivera.
José Sacristán interpretaba al protagonista con una dignidad que pocos esperaban en un cine que, hasta entonces, había tratado a los homosexuales casi siempre como chiste o como amenaza. La película situaba la doble vida en el centro de la historia y la convertía en un acto político. Que se estrenara en plena Transición, con la Ley de Peligrosidad todavía castigando los actos de homosexualidad, dice mucho de la urgencia de aquellos años.
Hay una línea que va de aquella película a la nueva cultura queer de Los Javis, y Flor de Otoño ocupa en ella un lugar muy barcelonés: cabaré, anarquismo y lentejuelas en la misma escena.
Escritores con la ciudad dentro
Barcelona fue también capital editorial, y algunos de los escritores más importantes de la ciudad dejaron, de forma más o menos abierta, huella de su deseo en la página.
Jaime Gil de Biedma, uno de los grandes poetas de la generación de los cincuenta, escribió sobre el amor entre hombres con una mezcla de ironía, melancolía y precisión que todavía hoy corta como una cuchilla. En «Poemas póstumos», de 1968, el poeta se mira a sí mismo con una lucidez casi cruel. Murió en 1990 por complicaciones relacionadas con el sida, en unos años en que la enfermedad se llevó a demasiada gente y se habló de ella demasiado poco. El diario del planeta dedicó un artículo a la memoria del VIH que conecta con esa herida.
Terenci Moix, novelista, cinéfilo y presencia inconfundible en la televisión, escribió en catalán y en castellano sobre el cine, el Egipto de los faraones, la infancia en el Raval y la homosexualidad, sin esconderse cuando esconderse era lo habitual. Su novela «El dia que va morir Marilyn», de 1969, retrata a una generación de chavales barceloneses que crecieron entre películas de Hollywood y represión. Moix tenía un humor desbordante y una erudición enorme, dos cualidades que el planeta admira en cualquiera.
Lesbianas y travestis: las que siempre estuvieron
Cualquier historia de la Barcelona queer que hable solo de hombres gais se queda coja. Las mujeres lesbianas participaron en el movimiento feminista de los setenta, que en Cataluña tuvo un momento clave con las Jornades Catalanes de la Dona de 1976, celebradas en la Universidad de Barcelona. Allí se habló abiertamente de sexualidad, de aborto, de divorcio, y también de lesbianismo, en unas jornadas que reunieron a miles de mujeres. El apoyo del movimiento feminista fue decisivo para que la manifestación de 1977 saliera adelante, según recuerda el propio Ayuntamiento.

Y las travestis y mujeres trans, que entonces se nombraban con otras palabras, eran las más expuestas de todas. No podían esconderse tras una apariencia discreta, así que sufrían con más dureza las redadas, las detenciones y la violencia. No es casualidad que encabezaran la marcha de la Rambla. Llevaban años en primera línea sin haberlo elegido. El diario del planeta habla de esa deuda con las mayores en su texto sobre la memoria y la generación anterior, porque sin ellas no habría nada de lo que hoy se celebra.
Del Gaixample a la ley de 2014
Las décadas siguientes cambiaron la ciudad. En los años noventa y dos mil, un trozo del Eixample se ganó un apodo cariñoso, el Gaixample, por la concentración de bares, librerías, saunas, tiendas y restaurantes con clientela LGTBI. Barcelona se convirtió en destino de turismo queer, con festivales de verano que llenan hoteles y playas y con un Pride que cada año saca a la calle a muchísima gente.
En el terreno legal, Cataluña aprobó la Ley 11/2014, de 10 de octubre, para garantizar los derechos de lesbianas, gais, bisexuales, transgéneros e intersexuales y para erradicar la homofobia, la bifobia y la transfobia. Fue una de las leyes autonómicas pioneras en la materia, con un régimen de sanciones para las conductas discriminatorias. El FAGC, aquel grupo que en 1977 era ilegal, siguió existiendo y presentando denuncias. Hoy existe en la ciudad un Observatorio contra la Homofobia que recoge agresiones y discursos de odio.
Nada de esto significa que el trabajo esté terminado. Las agresiones siguen ocurriendo, también en Barcelona, y la llegada del turismo masivo ha traído sus propias contradicciones: barrios que se encarecen, bares históricos que cierran, una fiesta que a veces olvida su origen de protesta. Pero el contraste entre aquel salón con las cortinas echadas y una Rambla llena de banderas es tan grande que merece, al menos, un minuto de silencio agradecido antes de volver a la pista.
«Nos liberamos»: la canción como homenaje involuntario
Volvamos a la canción. «Barcelona» es, ante todo, un tema para bailar. Habla de luces de ciudad, de manos en la cintura, de pasos en la arena, de una noche que nadie quiere que termine. La letra alterna inglés y español con la naturalidad de quien ha crecido entre dos idiomas en una playa turística, y el estribillo insiste en la misma idea:
In the thrill of the sound, "nos liberamos"
Mike Sain't Louis no escribió esa línea pensando en el FAGC ni en Oriol Martí ni en la plaza Real. Pero las canciones, cuando salen al mundo, se cargan de los significados que les da quien las escucha. Y es imposible, después de repasar esta historia, oír ese «nos liberamos» sin pensar en todas las personas que tuvieron que liberarse a la fuerza, en la calle, recibiendo golpes, para que hoy dos chicos puedan bailar juntos en un club junto al mar sin mirar por encima del hombro.
Hay otro verso que funciona igual de bien como resumen:
Heart to heart, we move, "juntos tú y yo"
Juntos. La historia de la Barcelona queer es una historia de gente que dejó de estar sola. Primero en un salón, luego en un local, luego en una avenida. La soledad era el arma más eficaz del régimen: si cada uno creía que era el único, nadie iba a organizarse. La primera carta a Arcadie, el primer boletín, la primera pancarta, rompieron precisamente eso.
Una ruta para quien visite la ciudad
Quien quiera pasear por esta memoria puede improvisar una pequeña ruta. Empezar en la parte alta de la Rambla, junto a la fuente de Canaletes, donde la policía cargó aquel domingo. Bajar despacio hacia el mar, imaginando las pancartas y las consignas. Desviarse a la plaza Real, con sus palmeras y sus farolas, y pensar en Ocaña paseando con su abanico. Perderse por el Raval, el antiguo Barrio Chino, donde estaban los cabarés que inspiraron a Flor de Otoño y donde Terenci Moix pasó su infancia.

Después, subir hacia el Eixample y su cuadrícula ordenada, donde se reunían aquellos pioneros en pisos particulares y donde hoy se concentra buena parte de la vida LGTBI de la ciudad. Y terminar, si el cuerpo aguanta, en la playa de la Barceloneta, al anochecer, con la canción en los auriculares. Las luces de la ciudad, el ruido del mar y un estribillo que dice «Barcelona, tú y yo».
Conviene llevar agua, calzado cómodo y la cartera bien guardada, porque la Rambla sigue siendo la Rambla. Y conviene, sobre todo, mirar con otros ojos. Muchos de los sitios por los que se pasa sin prestar atención fueron escenarios de valentía.
Por qué contar esta historia en un blog de canciones
Podría parecer raro que un diario dedicado a las canciones de un artista madrileño se pare a contar la historia del activismo barcelonés. No lo es. El Planeta Gayfolk existe porque existió esa historia. Las letras de Mike Sain't Louis hablan de amores entre hombres, de rupturas, de bodas imposibles, de fiestas, de memoria y de humor con plumas, y todo eso se puede escribir y publicar hoy porque alguien, antes, se jugó el trabajo, la libertad y el cuerpo.
Hay canciones del planeta que miran directamente al pasado, como «Franco ha muerto», y otras que no lo hacen, como «Barcelona», que solo quiere bailar. Pero incluso la que solo quiere bailar le debe algo a aquel domingo de junio. Bailar sin miedo también es una conquista.
Cinco nombres para no olvidar
Para cerrar, una pequeña lista con la que seguir tirando del hilo.
Armand de Fluvià, cofundador del MELH y del FAGC, que firmaba con seudónimo cuando su nombre real podía costarle la cárcel.
Francesc Francino, compañero de aquella primera carta a Arcadie y de los primeros boletines clandestinos.
Oriol Martí, el médico detenido tras la marcha de 1977 y encarcelado en la Modelo, cuyo caso movilizó a decenas de organizaciones.
José Pérez Ocaña, el pintor que convirtió la Rambla en pasarela y la provocación en arte popular.
Nazario, el dibujante que dio a Barcelona un detective travesti y un cómic sin vergüenza.
Detrás de cada uno de esos nombres hay cientos de personas anónimas que también estuvieron. Gente que pegó carteles de madrugada, que prestó su piso para una reunión, que se plantó en la Rambla aquel domingo aunque le temblaran las piernas. A todas ellas, este artículo y esta canción.
Fuentes y datos
La crónica original de la manifestación, publicada por El País el 28 de junio de 1977, puede leerse en su hemeroteca. El Ministerio de Igualdad resume la etapa del activismo clandestino en su página sobre los primeros frentes de liberación homosexual. El Ayuntamiento de Barcelona cuenta la historia de la marcha y del logotipo del FAGC en su web de diversidad sexual y de género.
«Barcelona» está disponible en Spotify. Las fechas de la trilogía y los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, están en la página de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo fue la primera manifestación LGTBI de España?
El domingo 26 de junio de 1977 en la Rambla de Barcelona. La convocó el Front d'Alliberament Gai de Catalunya y, según la crónica de El País de aquellos días, reunió a entre cuatro y cinco mil personas. La policía la disolvió con cargas y balas de goma.
¿Qué era el MELH?
El Movimiento Español de Liberación Homosexual, el primer grupo organizado del Estado. Nació a principios de los años setenta en Barcelona, impulsado por Armand de Fluvià y Francesc Francino, y se reunía en pisos particulares por miedo a la persecución.
¿Qué pedía la manifestación de 1977?
Sobre todo, la derogación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, que castigaba los llamados actos de homosexualidad, y la amnistía para las personas condenadas por ella.
¿Cuándo dejó de castigarse la homosexualidad en España?
La reforma de la Ley de Peligrosidad que eliminó los actos de homosexualidad se aprobó a finales de 1978 y entró en vigor en enero de 1979. La ley entera no desapareció hasta 1995.
¿Qué relación tiene la canción «Barcelona» con esta historia?
Ninguna directa: es una canción de baile nocturno del segundo álbum de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. Pero su estribillo repite la idea de liberarse juntos, y este artículo la usa como hilo para recordar a quienes abrieron esa posibilidad.